Estados Unidos, Argentina y los F-16

Introducciòn de AgendAR:

Durante años, AgendAR siguió de cerca los intentos de reequipamiento de los cazas supersónicos de la Fuerza Aérea Argentina por parte de los gobiernos de Mauricio Macri, de Alberto Fernández y ahora de Javier Milei.

Durante todo ese tiempo los mandamases aeronáuticos (excepción hecha del Brig. Gral Xavier Isaac en tiempos fernandinos) arrimaron sin disimulos su preferencia por comprar F-16. Eso, según usos y costumbres de una fuerza alineada con los EEUU, y que desde 1955, al cajonear su autoequipamiento con el caza multipropósito Pulqui II y «clavar» a los varios países y fabricantes aeronáuticos que lo habían pedido, abjuró oficialmente de toda independencia tecnológica e industrial futuras en materia de diseño, fabricación y uso de material de combate.

Hasta 1953 probablemente podríamos haber seguido el destino de Suecia: potencia aeronáutica menor pero respetada capaz de diseñar, construir y exportar algunos aviones maravillosos, como el Saab Gripen. En 1955 hicimos harakiri aeronáutico explícito en favor de los EEUU. Pero fue la propia Fuerza Aérea la que se encargó del trabajo sucio de destripar la capacidad de autoequipamiento de la Fuerza Aérea.

Para más datos, ver aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Y para fijar posición sobre qué caza supersónico necesitamos aquí y ahora, en nuestra autoelegida incapacidad tecnológica y fabril, nuestro punto de vista se encuentra aquí y aquí. Ahi ya hay para entretenerse, lectores.

Estos F-16 argentos que vamos a comprarle a EEUU resucitarían del monumental stock de chatarra que toma sol y polvo desde hace décadas en los desiertos del Sudoeste de los EEUU, o de los que van siendo dados de baja -ya muy revenidos- en las fuerzas aéreas europeas de la OTAN a medida que éstas se reequipan con el F-35.

Habida cuenta de que somos sudacas imprevisibles y de que con chatarra voladora de cuarta en 1982 le mandamos 6 buques al fondo a su Graciosa Majestad, los EEUU nos venden 12 F-16 sin armamento lanzables inteligentes (es decir, sin bombas guiadas o misiles infrarrojos o radáricos). A eso sumarle una aviónica de tiempos del jopo y el cañón Vulcan de 20 mm. como único armamento.

En un combate de intercepción contra otros cazas incluso mucho más antiguos pero dotados de misiles de alcance corto o medio, el cañón es tan útil como un pelapapas.

Por otro lado, como dicen con verdad Sergio Eissa y Hernán Longoni, los autores de la nota que sigue, los últimos F-16 que compró Chile están en mejores condiciones de combatir a distancia, por su radar combinado con misiles AMRAAM de guiado terminal radárico, útiles a 20 o 30 km. de distancia. Añado con algo de maldad que la disponibilidad real de los F-16 chilenos rara vez supera el 50% de la flota total (44 aviones). Siempre faltan repuestos, y estos son un catálogo enloquecedoramente largo y variado. Sucede que los transandinos tienen 4 versiones distintas de este viejo pero hermoso caza.

En suma, los chilenos tienen media flota excelente para desfile aéreo, y nosotros estamos por adquirir la mitad de la mitad de la mitad de otra, y también para desfile. En el Atlántico Sur, alcanzaría con unos pocos misiles crucero Tomahawk -que son robots transónicos a turbina- lanzados sorpresivamente por submarinos británicos para que los nuestros sean destruidos en tierra. Adiós desfile. De todos modos, para guerra no habrían servido.

Vemos que hemos desperdiciado algunos elogios que prodigamos al Cdte. Xavier Isaac por su puntillosidad al comparar ofertas de MiG 35 ruso, JF-17 chino-pakistaní y HAL-Tejaz indio. Hoy Isaac es Jefe de Estado Mayor Conjunto de las tres fuerzas armadas, y subordinado a un gobierno civil que, como el de Javier Milei, excede por varios Kamasutras la política de «Relaciones Carnales» de Menem para con los EEUU. Isaac no parece interesado en renunciar.

En el artículo que sigue los lectores van a encontrar que Eissa y Longoni hacen una refutación quirúrgica y experta de por qué NO COMPRAR los F-16. Hace años nos viene tratando de encajar esos aviones, o sus F-18, y como sea, la Generala Laura Richardson. Quien hasta nuevo aviso será la jefa real de nuestras fuerzas armadas residuales.

Diferimos de este artículo en un solo punto crucial: el Barón Rojo murió hace mucho. El tema en cuestión, a saber para qué comprar el F-16, ha perdido casi toda su sustancia tecnológica y operativa, aunque no así la geopolítica. Un caza de superioridad aérea (real o supuesta) es un ícono de adhesión a tal o cual polo de poder global. En un momento de la historia humana en que cualquier mamerto entiende que nuestro país debe ser neutral, compromete nuestro alineamiento con Washington por largo tiempo. Al menos intenta eso.

Yendo brutalmente a lo tecnológico y operativo: ¿ven mucha lucha entre cazas en el escenario ucraniano, oh lectores?

Tanto rusos como ucranianos evitan volar sus Sukhoi 25 y 29 o sus Sukhoi 27, 35 o 57 sobre el territorio en conflicto. No son kamikazes. Prefieren disparar misiles aire aire, aire -tierra o aire-mar inteligentes, en general desde gran altura para lograr más alcance, pero desde lo más lejos que se pueda del frente.

Los ataques rasantes supersónicos son de baja utilidad (pésimo apuntamiento) y alto riesgo (misiles antiaéreos portátiles por todas partes). La lucha aérea, antiaérea y de ataque a tierra no se parece a la de ninguna guerra simétrica anterior: se libra mayormente con baterías radarizadas, drones de observación y ataque, y sistemas misilísticos absolutamente automatizados.

Todos hemos visto Top Gun. Pero robot mata galán, quevacé.

Recordamos al lector que entre 2014 y 2015, el ingeniero Tulio Calderón de INVAP dirigió la Fábrica Argentina de Aviones de Córdoba, y una de sus medidas fundamentales fue empezar a diseñar drones argentinos de observación y ataque de tres capacidades de carga y alcance distintas, el llamado SARA, o Sistema Aéreo Robotizado Argentino.

«El Mago» Oreste Berta, diseñador y preparador de motores de la Escuadra Torino en Nürburgring, diseñó un pistonero de tipo bóxer y 90 HP refrigerado a aire para propulsar las máquinas, tanto monomotoras como bimotoras. Entre tanto, se iba diseñando también el BLAAV, o Blanco Aérea de Alta Velocidad, un supersónico a turbina diseñado para ejercicios de intercepción o tiro antiaéreo, pero capaz de volverse un misil crucero de unos 1000 km. de alcance con muy poca ingenieria agregada. Se estaba en conversaciones con distintos proveedores de turbinas extra-OTAN, para que el Reino Unido no objetara la compra, pero con el «caveat» de que la fabricación debía ser local.

Se pueden imaginar qué presidente degolló a la joven SARA en la cuna. Lo hizo en 2016, cuando con apoyo únicamente del Ejército, la FAdeA iba ensayando los primeros sistemas de despegue y aterrizaje autónomos de un primer dron de demostración tecnológica.

El SARA ponía del tomate a La Embajada y a La Embajadita (la británica) porque, de desarrollarse libremente, habría puesto en duda la ecuación de poder sobre el Atlántico Sur. Pero además, en lo inmediato, estorbaba incluso los planes de Israel y EEUU de vendernos sus drones.

No daré nombres, pero el Herodes del caso SARA fue y es tan popular que las canchas de fútbol crearon canciones sobre su prosapia, y tanto así que incluso hoy gobierna por poderes.

La Fuerza Aérea, previsiblemente, boicoteó el SARA «ab initio»: los aspirantes a Barón Rojo, que entienden tanto de guerra moderna como yo de rock japonés, lo ven como el principio del fin de carreras que todavía no empiezan. Están equivocados, pero ése es tema de otro artículo.

Los que están (o estaban) en peligro real en tiempos de SARA eran (son) los comodoros y brigadieres que ven la creación de una línea de drones nacionales como una amenaza a sus jubilaciones. Onda, comprás chatarra OTAN que ni siquiera logra volar, como los Super Étendard Modernisés (SEM), o que sólo sirve de adiestrador, como el Texan. Y con el diego que te queda vivís como un rey cauteloso. O no.

Fuera de ello, con el 8vo país del planeta por superficie terrestre a defender, 36, 24 o 12 cazas inservibles (pero supersónicos) son lo mismo.

En AgendAR queremos el regreso del proyecto SARA, y mientras tanto, charlar de sistemas misilísticos antiaéreos móviles con la India, nuestro futuro comprador de soja en plan B, ya que el binomio Milei-Macri le ha hinchado tanto las pelotas a China que nos canceló swaps y ahora empieza a recortarnos pedidos de granos.

Queremos cosas que nos defiendan en serio. De aviones caza supersónicos hablaremos cuando nos sobre algo de plata, que será cuando tengamos un gobierno sin doble comando y pensemos más bien en aviones de doble comando. Porque el hombre del asiento trasero, el verdaderamente importante, irá manejando un enjambre de drones erizados de armas, y data-link mediante, generará y recibirá información radárica y visual de otros aviones y baterías terrestres. Será un nodo altamente móvil en una red informática. El de adelante será más bien un remisero con grandes dotes de navegación y aerobáticas, para esquivar misilazos enemigos.

Y además, ese caza que compremos tenga integración y reparación nacional, misiles inteligentes y no un ridículo pelapapas Vulcan de 20 mm.

Daniel E. Arias

ooooo

Para los autores de esta nota, alineados en el «Consenso Básico de la comunidad académica sobre la política de defensa», la compra de los aviones F-16 a EE.UU., en lugar de los JF-17 que ofrece China, es una iniciativa que refleja intereses “cuyo proyecto es destruir las Fuerzas Armadas, de acuerdo con los intereses de la superpotencia

«A lo largo de cuarenta años de democracia, dos comunidades epistémicas han disputado la definición sobre que es la política de defensa. Claramente, ésta no es neutral ni objetiva y responde a intereses y sistemas de creencias de los actores políticos y sociales, domésticos y externos, interesados en influir en esta cuestión problemática. ¿Por qué? Básicamente, porque quién define es quien decide o, dicho de otra manera, la definición sesga la solución del problema.

Estas dos comunidades epistémicas son, por un lado, el Consenso Básico que entiende, entre otras cosas, que la misión principal de la política de defensa es la de conjurar y repeler las agresiones externas militares estatales (AEME); que no deben ser utilizadas como Crime Fighters o Guardias Nacionales en la lucha contra el delito (Nuevas Amenazas, Narcotráfico, entre otras); ni deben ser reconvertidas en Small Armed Forces subordinadas a los intereses estratégicos que los Estados Unidos tiene en Sudamérica. Por el otro, tenemos al Consenso Oris de Roa, identificado por Luciano Anzelini, pero poco estudiado. Estos actores plantean, en este caso en palabras del exembajador Oris de Roa: “EE.UU. tiene hacia nosotros un interés político, y nosotros tenemos hacia ellos un interés económico. A EE.UU. le interesa el tema de la seguridad, el apoyo internacional, la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico (…) El desafío está en poder trabajar con ellos dándoles satisfacciones a los intereses que ellos tienen con respecto a nosotros, y al mismo tiempo, de una forma diplomática, que eso se traduzca en una actitud más bien positiva con respecto a nuestra agenda económica”.

En síntesis, proponen el alineamiento con los Estados Unidos, aunque esto perjudique los intereses vitales y estratégicos de Argentina; la utilización de las Fuerzas Armadas contra los delitos transnacionales; y el desconocimiento –en la práctica– de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur; como, por ejemplo, con el Acuerdo Foradori-Duncan.

Durante estas últimas cuatro décadas, el Consenso Básico se mantuvo incólume. Incluso pese al intento más serio de imponer los criterios de la otra comunidad epistémica durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) a través de la derogación del Decreto Reglamentario de la Ley de Defensa Nacional y del dictado de la Directiva de Política de Defensa Nacional (DPDN) 2018, esta sobrevivió. Funcionarios políticos y sus asesores fracasaron “como analiza Luciano Anzelini en su artículo de la Revista Íconos 75” por incapacidad en la gestión y porque a la derecha argentina no les interesa la política de defensa y las Fuerzas Armadas y, en consecuencia, ha subordinado la política exterior y de defensa a los intereses del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (desde mediados del siglo XIX y hasta la II Guerra Mundial) y, posteriormente, a los de los Estados Unidos.

Pese a ello, el Consenso Oris de Roa estaría intentando imponer que la definición de que los aviones F-16 son la mejor opción para modernizar la Fuerza Aérea argentina.

A continuación, tomando como punto de partida los argumentos presentados por Juan Battaleme en dos notas publicadas en PERFIL y RUSI, sumamos algunas ideas y contraargumentos.

Las consideraciones técnicas. En primer lugar, se argumenta que si no se compran los F-16 habría un problema de interoperabilidad con los países de la región. Sin embargo, no existiría ningún inconveniente de interoperabilidad. Si se siguiera ese criterio, todos los países de la región deberíamos contar con los tanques Leopard IV, lo cual no se verifica en la realidad. La República Argentina se encuentra modernizando los tanques TAM que fueron diseñados con un peso máximo que los hace aptos para cruzar todos los puentes de nuestro país; mientras que el Leopard no podría cumplir con ese requisito operativo. Aun así, los TAM2CA2 modernizados son completamente interoperables con los tanques del resto de la región. La interoperabilidad es un concepto que está relacionado a equivalencia de los sistemas de abordo y no a igualdad de medios o plataformas.

En segundo lugar, los Skyhawk A4-AR llegaron en diciembre de 1997 y eran sistemas modernos. Actualmente, siguen siendo apropiados y cumplen con la misión para la que fueron desarrollados. No obstante, presentan al menos dos problemas: a) la plataforma o la célula (la carrocería, para que se entienda) es antigua; y b) se compraron treinta y seis (36) aviones A4-AR a fines de los 90, sin embargo, solo volaban dieciocho (18). En aquel momento el Poder Ejecutivo Nacional decidió no comprar los repuestos e implementos necesarios para el debido sostenimiento logístico de estos aviones, en tanto que Estados Unidos no garantizó la provisión de armamento inteligente. Por ejemplo, el Sistema A-4AR se lo pidió a Estados Unidos con los cañones DEFA 553 de 30 mm (como el Ayit israelí o la conversión Halcón que Argentina hizo con sus A-4B/D remanentes a finales de los 80), debido a las fallas del Colt Mk12 original. La respuesta estadounidense fue incluir a bajo precio una cantidad importante de munición de 20 mm para forzarnos a desistir de instalar los cañones de más calibre y más eficientes. Todos nuestros A-4AR usan el Colt Mk12 original con todos sus problemas, y eso también es un mensaje, en este caso de Estados Unidos hacia nosotros. Frente a esta situación hubo que recurrir a proveedores privados que ofrecían los repuestos y el armamento a un costo mucho mayor de lo que Argentina pagó por cada plataforma.

En tercer lugar, y con relación al IA-63 Pampa, entrenador básico avanzado que utiliza actualmente la Fuerza Aérea argentina para la formación de sus pilotos de caza, debemos destacar que, en cuanto a la aviónica y los sistemas, un Pampa III es más moderno que un F-16 block 15 y también con respecto a un MLU. Obviamente, en lo que refiere a la capacidad del radar (que el Pampa no tiene), la performance y envolvente de vuelo, el F-16 es superior.

En cuarto lugar, no se tiene en cuenta que un Pampa II/III requiere un adiestramiento para la gestión de recursos muy moderno. En la actualidad un piloto gestiona recursos en la cabina y los que se adiestran en el Pampa adquieren capacidades que les permiten adaptarse fácilmente a aeronaves de combate modernas. De ahí que, desde ese punto de vista, pasar de un Pampa III a un F-16A prácticamente sería un retroceso, salvo en cuanto a la performance y la envolvente de vuelo.

En quinto lugar, la Fuerza Aérea argentina para operar los F-16 tendrá que tener presente que debe mejorar y tener en excelente estado las pistas, debido a la toma del aire, y que, por otro lado, esta aeronave utiliza hidracina –un compuesto cancerígeno– como generador de energía de emergencia porque frente a la avería del motor se produce la pérdida del control de los mandos de vuelo, lo cual es solucionado por ese sistema redundante. Esto último requiere ciertos cuidados especiales, si utilizó ese generador, cuando la aeronave aterriza.

Por último, Estados Unidos entregaría doce aviones únicamente en condiciones de vuelo. En cuanto a los doce restantes, deberían ser modernizados, para lo cual no existirían capacidades para hacerlo en Argentina. Es decir, serían veinticuatro aeronaves, y no treinta y seis, porque doce ya fueron entregados a Ucrania. En todo caso, ¿por cuántos años los proveedores de Estados Unidos estarían interesados en sostener la logística de nuestros viejos F-16, o tendríamos los mismos problemas que tuvimos con el A4-AR? Asimismo, ¿en caso de que Argentina sufriera una agresión militar, Estados Unidos nos brindaría apoyo y soporte o se repetiría la situación de la Guerra del Atlántico Sur (1982)? Tengamos presentes que Chile ya tiene restricciones operativas y estratégicas para utilizar sus F-16. Tanto el país hermano como nosotros somos considerados por EE.UU. como su patio trasero. Situación que el país del norte pretende mantener a toda costa. En consecuencia, nunca nos van a vender misiles inteligentes sin restricciones como tampoco lo hicieron con el país trasandino y, en nuestro caso, se le agrega el veto británico. El veto británico existe efectivamente y ya afectó –por mencionar solo un ejemplo–, la reparación del destructor Hércules que tenía componentes británicos.

Finalmente, se señala que sería costoso/complicado pasar de un Sistema de Armas occidental a uno chino. Seguramente, pero la alternativa sería tener un avión que no brinda la capacidad de defensa aérea indirecta como bien saben los británicos.

En síntesis, el F-16 no es la mejor opción para que la Fuerza Aérea argentina cumpla con la misión que le encomienda la Constitución Nacional, la Ley de Defensa Nacional, la DPDN 2021 y el Plancamil 2023. Pese a lo expuesto, Estados Unidos y el Consenso Oris de Roa estaría logrando imponer esta opción.

Los argumentos políticos. En definitiva, los Estados Unidos ofrecerían doce aeronaves operables “as is” y doce aviones que, como hemos descripto en el apartado previo, no estarían condiciones de volar (el dejá vu de los SEM de la Armada argentina), pero lo que también llama la atención son las consideraciones políticas en los argumentos del autor.

En primer lugar, el autor sostiene que la adquisición del F-16 supondría “una mejora en la dinámica existente del ambiente de seguridad de la región, en tanto Chile y Brasil ya trabajan en estrecha colaboración y agenda común con Estados Unidos en temas de seguridad y defensa”. En la actualidad ¿es malo el ambiente de seguridad internacional en Sudamérica? No compartimos esa apreciación. Argentina con su Ministerio de Defensa y sus Fuerzas Armadas tienen una estrecha colaboración con Brasil y Chile; a tal punto, que con este último compartimos la Fuerza de Paz Combinada Cruz del Sur y realizamos todos los años la patrulla antártica. En cuanto a Estados Unidos, se colabora estrechamente en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico; las agencias de seguridad de Argentina, Estados Unidos, Paraguay y Brasil colaboran estrechamente en Triple Frontera; y Argentina y Estados Unidos firmaron un acuerdo para combatir los delitos transnacionales, como el narcotráfico, la trata de personas, el ciberdelito y el lavado de dinero, entre otros, durante el mes de septiembre de 2023.

La relación con Estados Unidos se desenvuelve por los carriles normales que históricamente se han desarrollado; obviamente, sin llegar al grotesco de las relaciones carnales de la década de los 90. En el único punto que no estamos de acuerdo es en utilizar nuestras Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico o el crimen organizado o las Nuevas Amenazas o Amenazas Emergentes o sinónimos varios.

El segundo argumento es muy revelador en dos sentidos. El autor sostiene que “si bien se puede argumentar que la opción china no empeoraría la condición de seguridad en el Atlántico Sur, el argumento de adquisición que utilizan los defensores del JF-17 es que no tienen restricciones de uso, o lo que es peor, desde el punto de vista político, comprarle a China obligaría al Reino Unido a destinar más recursos a la defensa de las islas Malvinas y, por lo tanto, van a tener que negociar. Una razón por demás imprudente para pensar la adquisición de un avión de combate, más en un país que, por razones de sus vulnerabilidades económicas, demanda una modernización que no sea vista como provocativa o que está diseñada para modificar el statu quo regional.

Básicamente, y en primer lugar, el autor considera que es imprudente que la política de defensa apoye a la política exterior para forzar al Reino Unido a negociar. En otras palabras, argumenta que no hay que molestar a los británicos apoyando desde la defensa la política exterior. Disentimos con esta apreciación estratégica. Tal como sostiene la DPDN 2021, a los británicos no les interesan los habitantes de las islas, sino el control del Atlántico Sur, los estrechos y la proyección a la Antártida y, como contracara, lo que está en juego para la Argentina son sus intereses vitales (integridad territorial) y sus intereses estratégicos (la libertad de maniobra en el Atlántico Sur y sus recursos estratégicos, y la proyección antártica). Entonces, ¿para qué queremos FF.AA. y aviones de combate si no es para cumplir con la misión que les ordena la Constitución Nacional y la Ley de Defensa?

En segundo lugar, y según el autor, ¿las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, el Atlántico Sur y la Antártida son irrelevantes para las consideraciones de la defensa nacional?

Un tercer argumento es que no sería conveniente tener un avión con “plenas capacidades” para la defensa nacional como el JF-17 porque sería una amenaza para el Reino Unido. ¿Por ello hay que optar por el F-16? En efecto, esto es un reconocimiento que los F-16 no proveerían una actitud disuasiva creíble. Como ya sostuvimos ut supra, al igual que con Chile, los aviones vienen con restricciones de uso y no conformarían un sistema de armas: problemas operativos, logísticos y no contaríamos con misiles de inteligentes sin restricciones. Los F-16 sería una opción cara para que no cumpla con la misión que deberían realizar –como se señaló– y para realizar solamente desfiles aéreos.

Por último, si compartimos que la vocación de servicio de nuestros militares es invalorable. Por eso nuestros pilotos –y todas las Fuerzas Armadas– deben contar con Sistemas de Armas acordes al siglo XXI. Este sería uno de los argumentos para adquirir ya los F-16. Para ello, se aprobó el Fondef con amplio consenso político y, pese a lo que dice erróneamente Battaleme, este se ha ejecutado y ha mejorado la disposición de recursos para invertir en la política defensa; como demuestra la ejecución de los años 2020 a 2022, informada al Congreso de la Nación en mayo y noviembre de cada año.

¿Y entonces? Las Fuerzas Armadas que propone el Consenso Oris de Roa es la que ya planteaba McNamara en los años 60: los militares nativos deben conformar Small Armed Forces que cumplan un rol subordinado a los intereses de Estados Unidos en América Latina. Guardias Nacionales luchando contra el narcotráfico: sería muy triste presenciar a un F-16 “persiguiendo” una avioneta en la frontera norte.

Según el autor a esta situación se llegó porque: a) faltaron recursos, b) nacionalismo obstruccionista y c) la disputa entre China y Estados Unidos. Ciertamente, faltaron recursos. En primer lugar, el presupuesto bajó del 2% del PBI en 1990 (luego que se alcanzara el control civil de las Fuerzas Armadas) hasta el 0,9% en 2001 en el marco de un gobierno, que, si bien era peronista, se presentaba como neoliberal –es decir, de derecha– y acorde a las relaciones carnales con los Estados Unidos. Esta situación, se repitió entre 2015 y 2019 cuando descendió hasta el 0,7% del PBI; recuperándose desde entonces. En función de lo que ha pasado bajo gobiernos con políticas neoliberales, se podría inferir que el presupuesto vuelva a bajar entre 2023 y 2027.

En segundo lugar, el problema no fue el “nacionalismo obstruccionista”, sino, por el contrario, fueron el alineamiento con los Estados Unidos, la priorización de las relaciones financieras y comerciales con ese país, como sostuvo Oris de Roa –ver ut supra–, y el veto británico los que impidieron la recuperación y modernización de las Fuerzas Armadas. Además de los ejemplos de los A4-AR y del destructor Hércules, podemos sumar la compra de aviones que no vuelan, como los SEM y los Texan II AT-6C durante el gobierno de Mauricio Macri, anunciados para luchar para el narcotráfico, pero que no tienen armamento apropiado, y que ahora son empleados para el adiestramiento en la Escuela de Aviación Militar. Asimismo, el endeudamiento de la última dictadura (1976-1983), de la década del 90 y los 50 mil millones de dólares que pidió el presidente Mauricio Macri al Fondo Monetario Internacional (FMI), le permiten a los Estados Unidos condicionar –además de la política económica– nuestra política exterior y de defensa. ¿Mala gestión de la derecha o, en definitiva, ese es el proyecto de la derecha para con las Fuerzas Armadas? Small Armed Forces alineadas con los Estados Unidos, a condición de dejar de lado nuestro reclamo de soberanía?

No obstante, los dirigentes del campo nacional y popular y el progresismo deben hacer un mea culpa: resuelta la cuestión militar en 1990 se abandonaron los temas estratégicos de la defensa, dejándolos en mano de la derecha, cuyo proyecto es destruir las Fuerzas Armadas acorde a los intereses de la superpotencia.

En tercer lugar, existe efectivamente un escenario internacional más pugnante por la disputa entre Estados Unidos y la República Popular China que estaría configurando una transición hegemónica entre ambas potencias. En consecuencia, teniendo presente el contexto geopolítico –segunda razón–, la compra de los F-16 devendría en la única posible. Por un lado, no se vería afectado el intercambio comercial y político con China por no adquirir material de esa procedencia (moderno, de última generación y completo en armamento y disponibilidad). Por el otro, no se generarían rispideces con los Estados Unidos que podría –entre otras– afectar nuestra situación económica y la relación estratégica con la potencia. Por ello, se piensa en adquirir un sistema de armas antiguo, con una perspectiva de uso con un horizonte a diez años, que a su vez satisfaga la mirada del Consenso Oris de Roa. En definitiva, los limitantes son el contexto geopolítico y los condicionantes económicos que le impuso la derecha a nuestro país durante la última dictadura (1976-1983), durante los años 90, en la gestión de Mauricio Macri entre 2015 y 2019 y, tal vez, durante el nuevo gobierno argentino.

El autor refiere en una de sus notas a la película Top Gun, cuya versión original vimos extasiados en 1986, y cuya secuela disfrutamos este año. Entre una y otra pasaron cuarenta años y aquellos adolescentes fanáticos de los aviones, somos ahora adultos que siguen siendo amando los aviones, pero más interesados en la defensa nacional, en la modernización de las Fuerzas Armadas y convencidos en que éstas son esenciales para la defensa y la política exterior. También consideramos que el diseño de nuestro Sistema de Defensa debe estar acorde a los intereses vitales y estratégicos de Argentina, y no a los de otras potencias extranjeras.

A esta altura, queremos –más bien– disfrutar de una película sobre el ataque al de la Fuerza Aérea argentina al HMS Invencible y volver a mirar a los Halcones sobrevolando la Patagonia y el Atlántico Sur en cazas de última generación.»

VIAPerfil