Brasil avanza con ensayos clínicos de una vacuna monodosis contra el dengue

En AgendAR brindamos por la decisión de Brasil de fabricar (bajo licencia) la vacuna antidengue de Merck: es monodosis y Lula parece haber conseguido un precio mucho menor que la superpoblada Indonesia. Sin embargo, en las condiciones de adquisición que logró Brasil hay una derrota diplomática evidente del Mercosur, por ausencia. Y la culpa es fundamentalmente de Argentina.

Brasil tiene 217 millones de habitantes, la Argentina 47, Paraguay 7,5, Uruguay 3,5, Bolivia 12,5; total:  287,5 millones de personas expuestas al dengue, que viene «reloaded» por la tropicalización del clima de los cinco estados, intercurrida este año por las lluvias de la Niña. 

¿Se habría podido negociar mejor en bloque con la Merck? Probablemente sí, y no sólo en el precio de la vacuna sino en su fabricación y distribución entre los cuatro miembros plenos más Bolivia. Este país pidió ingreso en 2015 y todavía espera y espera. Y sigue esperando. 

Omito a Venezuela, con sus 29,3 millones, expulsada por los gobiernos de Mauricio Macri en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Luis Lacalle Pou en Uruguay y Horacio Cartes en Paraguay. Casi, casi, los mismos gobiernos que impidieron e impiden el ingreso de Bolivia al bloque.

Ante cualquier pulseada con empresas, naciones o bloques externos, las cuatro fortalezas inherentes del Mercosur son su territorio de casi 15.000 millones de km2, su demografía en auge debido a la juventud relativa de su población, la capacitación de recursos humanos científicos, tecnológicos e industriales de Brasil y Argentina, y en cuarto lugar, los famosos recursos naturales. 

Estas cuatro ventajas comparativas para negociar asuntos serios se diluyen en la nada cada vez que, sea por votos o por botas, por togas o por gatos, accede al poder la derecha globalitaria, alineada con Washington. Su objetivo invariable desde 1987 ha sido debilitar el Mercosur y adherir a otros pactos, como el ALCA en el 2004, o el que periódicamente nos ofrece la UE. Todos vienen con el mismo menú fijo: vender naturaleza cruda barata, no fabricar nada complejo, convivir con alto desempleo y alta pobreza, pagar para endeudarse más, y expresar una obediencia diplomática perfecta hacia la OTAN.

En aras de la desindustrialización de su propio país, Bolsonaro bajó drástica y unilateralmente el arancel aduanero brasileño. Esto destruyó el arancel común fundacional del Mercosur (un 30% en algunas manufacturas) y «obligó» (haceme reír) al resto del bloque a seguir sus pasos. Se tiraron «de palomita».

Durante la pandemia de Covid fue imposible trazar una estrategia común del Mercosur, porque en este bloque los planetas casi nunca se alinean a favor de las urgencias comunes. Bolsonaro, en Brasil, negaba que la pandemia existiera, aunque también afirmaba que era china (¿entonces existía?), mientras promovía la ingestión de lavandina como terapéutico (lo que mató a algunos centenares de sus seguidores más convencidos). Sobre todo, «El Bolso» se negaba a encarar una campaña nacional de vacunación, y menos que menos coordinar el desarrollo de una nueva y propia del bloque con la verdadera potencia biomédica, biotecnológica y sanitaria del bloque, Argentina. 

Y la Argentina de Alberto Fernández, siempre pisándose el poncho, demoraba el desarrollo, testeo y licenciamiento de la vacuna de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y fabricaba vacunas AstraZeneca en mAbxience, una empresa del grupo Insud. Esta firma de Garín, provincia de Buenos Aires, llegó a producir hasta 40 millones de dosis mensuales… para México.

Aquí no quedaba ninguna. Eso, sin haber asegurado antes siquiera la inmunización de los alrededor de 14 millones de argentinos más vulnerables, por su edad y/o su profesión. Albertismo puro.

Llegada de las primeras Sputnik-V a la Argentina.

La inoculación masiva sólo empezó en otoño-invierno de 2021, con la llegada creciente de las vacunas Sputnik-V y Sinopharm, rusa y china respectivamente, ambas muy efectivas. Compra decidida por la ministra Carla Vizzotti, criticada por la derecha peronista y aborrecida en su momento por el PRO, la UCR y Cambiemos. Al punto que la diputada Lilita Carrió hizo denuncia penal contra el gobierno «por envenenamiento» (SIC) con la fórmula rusa. Estas dos importaciones hoy serían impensables, por pecado de origen, para el gobierno de Javier Milei.

Al propio Fernández el pecado original de la Sputnik-V parece haberlo incomodado, porque en cuanto pudo compró Pfizer y Moderna, a precios muy convenientes (para ambas empresas). Para rematar una trayectoria algo pestilente en el manejo de esta crisis, el Ministerio de Salud a fines de 2023 y cuando el Covid ya había casi desaparecido, la licencia regulatoria para la vacuna de la UNSAM, unas 10 veces más barata y de igual efectividad que las estadounidenses. Para sorpresa de nadie, el MinSal de Milei compró Moderna, por si el Covid vuelve.

Con todo, los números argentinos de muertos cada 100.000 habitantes por Covid fueron inesperadamente de los mejores en la región. Algo habremos hecho bien. Y en Brasil, en forma esperable, de los peores.

Hoy la epidemia es otra, y con otros números. Por el cambio climático, ahora hay dengue en el sur de Europa, en Estados Unidos e incluso en el Sudeste Asiático, China y Australia, y no va a desaparecer solo. En realidad, es muy improbable que desaparezca. 

Si esperamos que la Organización Mundial de la Salud (OMS) repita su patriada de 1981, cuando logró la extinción a escala planetaria del virus de la viruela, más vale conseguirse un banquito. El Ortopox variola, el virus causante, es el que más humanos ha matado desde la prehistoria hasta 1987. Hoy esa entidad, así como todas las de Naciones Unidas, están dominadas por EEUU, es decir, por las Big Pharma. El juego no es erradicar enfermedades sino hacer plata. A menos que haya ricos amenazados en países ricos.

La buena negociación de Lula con Merck podría haber sido una mucho mejor si al menos nuestra cancillería le hubiera hecho un guiño a Itamaraty para encarar. En el Mercosur, Brasil y Argentina suman mucho más que dos. Pero como viene sucediendo durante casi toda la historia del Mercosur, aquí ahora tenemos un presidente que lo detesta, y en Brasil uno que sabe que, por ahora y hasta nueva noticia, con Argentina no se puede contar para ningún emprendimiento regional científico, tecnológico o de salud pública.

Nuestra cancillería siempre tiene otras prioridades, y la principal hoy es rifar más de un siglo de neutralidad argentina ante las guerras del Hemisferio Norte. Por su parte, el nuevo, casi invisible, casi inmaterial Ministro de Salud, Mario Russo, avisó que al dengue se lo combate con mangas largas y absteniéndose de usar bermudas. Recomendó colores claros. Al fin un médico «fashion».

Entre tanto, agregó que el gobierno -principios son principios- no hará ninguna campaña de vacunación, que la vacuna antidengue Qdenga que Brasil consiguió a un precio excelente (U$ 19) no es mala, y que en Argentina se la ponga quien quiera (aquí vale U$ 130). La libertad es así: cara. Russo tocó a «sálvese quien tenga».

Hay 250.000 casos de dengue registrados en Argentina, y un 2500% de aumento interanual de enfermos respecto de 2023. Por la cantidad de enfermos que cualquier porteño o cordobés conoce, ese número no es de confiar. El dengue es una enfermedad bastante demoledora y de recuperación lenta para quienes hacen síntomas, y el 5% hace síntomas serios, y máxime los pibes y adolescentes. Morir de dengue hemorrágico es espantoso: todo el circuito circulatorio se vuelve permeable y derrama sangre en todas las cavidades e insterticios humanos, incluida la calota craneal, o la expele por todos sus orificios, incluidos los ojos.

Las vacunas efectivas, como la Qdenga, no sirven sólo para salvar individuos. El suministro masivo crearía «inmunidad de manada»: el virus tendría grandes dificultades para transmitirse por contagio, aunque sobren mosquitos Aedes. Sería como con los taxis tras un ajuste: sobrarían autos, pero vacíos de pasajeros.

Sin vacunas y con clima a favor, el problema con esta enfermedad es que la hembra contaminada con virus DENV-1, 2, 3 y 4 pone huevos. Que hoy pueden aguantar sin problemas los flojos inviernos de la Llanura Chacopampeana, y de los que las larvas emergen ya contaminadas. 

Es esperable que en julio de 2024, cuando vuelve un ciclo climático Niña, quizás con sequía y frío, la población total de Aedes de las megalópolis argentinas baje. Pero ya hay población mínima estable, la que ya nos compramos con décadas de inacción, y tras una epidemia tan brutal como la actual las próximas camadas de mosquitos nacerán mayormente infectadas. De modo que el que se naturalizó argentino no es sólo Aedes vector: también lo es este flavovirus, y en nuestro país sus cepas 1 y 2 en forma preponderante.

Russo no reconoce que hay pandemia. En la próxima primavera, si sigue en su cargo, no reconocerá que se ha vuelto endemia.

Cuando volvamos a tener alguna suerte de gobierno, se impone un ataque por varios frentes: para pegarle a los mosquitos, hay que fumigar los basureros a cielo abierto, los patios de chatarra y toda acumulación de agua en la vía pública con larvicidas como los que fabricaba el laboratorio provincial de Formosa, LAFORMED. Dado que el Aedes aegyptii es un mosquito no sólo urbano sino básicamente intradoméstico, el larvicida tiene que estar al alcance de las familias bajo la línea de pobreza, hoy casi el 52% del total, para usar en sus casas. Lo mejor sería entregarlo gratis, por timbreo, casa por casa, y con folletito de instrucciones de uso, porque este mosquito es bien de hogar: tiene menos calle que Russo.

Pero para ello hay que reabrir la Agencia Nacional de Laboratorios Públicos (ANLAP), cerrada por decreto «de necesidad y urgencia» del actual gobierno. Nucleaba a más de 30 laboratorios farmacológicos nacionales, provinciales, municipales, militares y universitarios. Uno de ellos, justamente, era LAFORMED.

Los repelentes que fabrica (¿fabricaba?) el Laboratorio Provincial LIF de la Provincia de Santa Fe.

El otro laboratorio provincial que interesa en este trance del dengue es el LIF, que abastece a los hospitales del sistema público de Santa Fe. Es el único en el país que fabrica DEET, o dietiltoluamida, el componente esencial del repelente para mosquitos. Hoy es inconseguible en todo el país por «decisión del mercado». Haciéndola corta, Milei cerró la ANLAP y el monopolio del DEET quedó en manos de la multinacional Johnson, que lo hizo desaparecer a Uruguay y Paraguay. Con lo que si hoy pinta un pulverizador de Off en un súper argento, desaparece en el acto y a cambio de fortunas. Los Johnson y los Aedes lloran de agradecimiento. La libertad es así, emocionante.

Hay dos modos más de pegarle al mosquito Aedes: la esterilización con rayos gamma y liberación sistemática y continuada de millones de mosquitos macho, que son hippones y se alimentan de flores: no pican. Sólo lo hacen las hembras. Pero la cruza de macho irradiado con hembra, infectada o no, es infértil. Lo que logra la liberación de machos es deprimir el crecimiento demográfico de la especie.

Este enfoque fue muy efectivo para destruir a la mosca del mediterráneo de los cuatro oasis frutícolas mendocinos, tarea que lleva a cabo desde hace décadas el ISCAMEN, Instituto de Sanidad y Calidad Agropecuaria Mendoza. El método fue clave para poder exportar fruta mendocina a la UE y EEUU.

En 2019 el ISCAMEN firmó un convenio con la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) para continuar el desarrollo de la técnica del mosquito Aedes aegypti esterilizado con rayos gamma. Sin embargo, el «core business» del ISCAMEN es otro y el Instituto está medio a trasmano del NEA, del NOA y de la Zona Centro. Habría que criar irradiar y liberar machos de Aedes en las instalaciones del Centro Atómico Ezeiza, de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Que depende de la Secretaría de Energía, es decir de petroleros que jamás entendieron para qué sirve la CNEA. Buen momento para que se enteren.

Hay otra tropelía a hacerle al mosquito Aedes macho y a su progenie: infectarlo con bacterias del género Wolbachia, que en general parasitan crónicamente hasta el 60% de los machos y hembras de casi todas los géneros y especies de mosquito. Cuando el macho está infectado en criadero con una especie de Wolbachia diferente de las que parasitan a las hembras de la región, se logra más o menos el mismo efecto esterilizante que la irradiación con gamma: por algún efecto inmune, no hay huevos. En pruebas de campo, esta técnica redujo en un 97% las infecciones en tres ciudades del Valle de Aburrá, en Colombia.

El principal fabricante de mosquitos Aedes macho irradiados está en Medellín, produce 30 millones de individuos por semana, y el dueño es (redoble de tambores)… Bill Gates. No será Elon Musk, pero quizás el presidente Javier Milei querría sacarse una foto también con él.

Aclaraciones necesarias: los mosquitos irradiados no irradian. Sólo son estériles. Y el género bacteriano Wolbachia no ataca a los humanos.

Entre tanto, el CONICET (Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica) acaba de decirnos cómo NO combatir al mosquito. Hasta este año, el consenso científico común era que las larvas del Aedes aegyptii, que son acuáticas, eran 100% dependientes del oxígeno atmosférico, que aspiran en la superficie con un órgano llamado «sifón», parecido al snórkel de un submarino. Error garrafal, oh intendentes voluntariosos: las larvas se bancan entre 15 y 55 días respirando oxígeno disuelto en el agua, como un pez: cuanto más fría, más aguantan.

De modo que rociar charcos y lagunas con aceites sobrenadantes es perder tiempo y plata. La leyenda urbana (y municipal) de que las larvas de Aedes sólo prosperan en agua bastante pura es otro verso: se bancan casi todos los grados de contaminación con hidrocarburos del agua en cualquier ambiente urbano. El descubrimiento de estas capacidades de supervivencia son de Agustín Alvarez-Costa, becario posdoctoral del CONICET en el Instituto de Biodiversidad y Biología Experimental y Aplicada (IBBEA, CONICET-UBA) y de Soledad Leonardi, del Instituto de Biología de Organismos Marinos (CONICET-IBIOMAR), con sede en Puerto Madryn. 

El que no resistirá sin aire es el CONICET, y el gobierno parece muy decidido a ahogarlo. Pero volvamos a la plaga (el dengue).

Hay que combatir también no sólo al taxi sino al pasajero: el flavovirus DENV en sus cuatro variantes. Para eso no hay otra que las vacunas. Visto que su pacto con Merck impide que Brasil exporte su producción de monodosis, habrá que negociar con esta multinacional, o con Takeda, la productora de Qdenga (ya licenciada en casi todos los países con dengue). Pero habrá que hacerlo desde una posición de fuerza. Obvio que no son cosas exigibles a este gobierno: el chancho no chifla.

Nada mejor que inspirarse en la de Brasil. A mediados de los ’90, tenía una epidemia rampante de sida, al menos 600.000 casos contabilizados. Y visto que las multis fabricantes de los antivirales más efectivos pedían precios estrepitosos y se negaban a vender sus fórmulas para fabricación local, el presidente Hernando Enrique Cardoso, económicamente liberal pero nada pelotudo y bastante reacio a comer vidrio, hizo que Itamaraty avisara urbi et orbi que el Instituto Oswaldo Cruz y el Instituto Butantán se ponían a fabricarlos por ingeniería inversa. Es decir a copiarlos por síntesis química aditiva. Y a hacer genéricos. 

La mayor potencia mundial en genéricos, la India, acababa de hacer lo mismo. Pero el estado precursor absoluto fue Sudáfrica, donde en algunas provincias había un 30% de población portadora del HIV. Sudáfrica reventaba económicamente bajo el HIV: se había transformado en el mayor importador mundial de antivirales «de primera marca», por alrededor de 4300 millones de Krugerrands/año.

Este hecho sucedió el 10 de Febrero de 2012 y debería celebrarse como día de fiesta, porque la esencia del BRICS nació ahí, no de una iniciativa china o rusa. Aquel fue el mayor acto de desobediencia del Tercer Mundo ante la angurria de las Big Pharma, y hasta hoy lamentablemente no se ha repetido, y por eso el coronavirus Covid-19 mató a tanta gente (unos 20 millones). ¿Nos quieren hacer juicios de patentes? Métánle nomás. Vayan a la Oficina de Cobros: atiende Magoya. Entre tanto, salvamos millones de vidas de nuestros paisanos.

Para tener una idea, en los años pico de la pandemia de SIDA la dosis anual del mejor antiviral de la época, el dolutegravir, en los EEUU era de U$ 27.000 dólares por paciente. Con genéricos propios, Brasil consiguió el mismo tratamiento por U$ 340 dólares, 79,4 veces más barato. De suministro público y gratuito, por supuesto. Y como estimación de lo que logran genéricos decentes, en 2002 la mortalidad brasuca por HIV había descendido un 50%, y las internaciones, un 70%.

Un contagiado pobre ya no estaba condenado a muerte. Podía vivir casi sano y morirse de viejo o de otra cosa, en lugar de destruido de infecciones oportunistas tras 5 o 6 años atroces. No había «inmunidad de manada», los antivirales no generan eso. Lo que había era una población portadora sana e incluso sexualmente activa, pero mucho menos factible de transmitir el virus HIV por su baja cantidad en sangre, saliva y otros fluidos humanos. El presidente Carlos Menem no imitó a Cardozo, ni se subió a su iniciativa.

Esa rebelión de 2012, por alguna causa, entre 2019 y 2023 no volvió a pintar. No se entiende bien por qué. Pero eso resultó un negocio fabuloso para la Pfizer, Moderna, AstraZeneca y gavillas similares, aunque mató por Covid a 20 millones de humanos en el mundo faltos de vacunas.

Por eso la tercera cosa que proponemos es un pacto sanitario con Brasil, y con todo el Mercosur además, para negociar en forma conjunta con las Big Pharma ante las futuras epidemias, y hacer valer una de las cuatro fortalezas del bloque: somos más de 300 millones. Pero hay que hacer valer también otra fortaleza que da más palanca: tenemos unos biotecnólogos «de la gran siete», como diría el Dr. Conrado Varotto cuando habla de sus ingenieros nucleares o espaciales.

Esto es cierto en biología pura y aplicada, especialmente en Argentina. Somos de la gran siete, lectores. Somos de rompe y raja. A las multis podemos ponerlas entre la espada y la pared, porque si no se avienen a fabricación local y a bajar sus precios criminales, las reventamos fabricando buenos genéricos. ¿Desde cuándo la salud de un pueblo depende más un CEO que de su presidente?

Ésa es una palanca decisiva del bloque, y no la estamos usando. No la hemos usado nunca. En la Argentina, tampoco.

Pero fundamentalmente, ante las epidemias que siguen tan campantes y las pandemias que se nos vienen, el Mercosur tiene que unirse para desarrollar vacunas propias.

Con 3 premios Nobel en biociencias medicas y la mayor parte del mercado farmacológico en manos de empresas nacionales, Argentina, con sus universidades públicas y el CONICET, todavía es LA potencia biotecnológica del bloque. Y Brasil puede fabricar fármacos complejos a gran escala.

Asumir eso empieza a ser un asunto de vida o muerte para los argentinos.

Quienes, por ahora, de presidente para abajo, lo ignoran.

Daniel E. Arias

ooooo

DEL NEW YORK TIMES:

El brote de dengue que afecta a América Latina desde hace tres meses es de una escala nunca vista: un millón de casos en Brasil en apenas unas semanas, un exponencial aumento en la Argentina, declaración de estado de emergencia en Perú, y ahora también en Puerto Rico…

El brote actual presagia un cambio de paisaje para la enfermedad. Los mosquitos transmisores del dengue proliferan en las ciudades densamente pobladas con mala infraestructura, y en los entornos cálidos y húmedos: precisamente el tipo de hábitat que se está creciendo velozmente en todo el planeta a causa del cambio climático.

En los tres primeros meses de 2024, los gobiernos de América Latina confirmaron un total de 3,5 millones de casos, mientras que en todo 2023 hubo 4,5 millones, y en lo que va del año la región registro más de 1000 muertes a causa de la enfermedad. De hecho, la Organización Panamericana de la Salud está advirtiendo que 2024 podría ser el peor año del que se tenga registro en materia de dengue.

Ese veloz cambio del panorama de la infección demanda nuevas soluciones, y los investigadores de Brasil acaban de darnos una luz de esperanza, con el anuncio de que los ensayos clínicos de una nueva vacuna contra el dengue de una sola aplicación arrojaron excelentes resultados de protección contra la enfermedad.

Actualmente, existen dos vacunas contra el dengue, pero una es costosa y hay que aplicarse dos dosis, y la otra solo puede ser administrada a personas que ya tuvieron dengue anteriormente.

El desarrollo

La nueva vacuna monodosis usa virus vivos atenuados de las cuatro cepas de dengue, y fue inventada por científicos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos y luego cedida con licencia para su desarrollo al Instituto Butantan, un centro estatal de desarrollo científico de la ciudad de San Pablo, y a laboratorios Merck.

El encargado de fabricar la vacuna será ese establecimiento, que ya produce la mayoría de los agentes inmunizadores que se usan en Brasil y tiene capacidad para fabricar decenas de millones de dosis de esta nueva vacuna. En los próximos meses, el Butantan presentará la vacuna ante el organismo regulador brasileño para su aprobación, y la producción en masa arrancaría el año que viene.

Pero para el brote de dengue actual ya no llegan, y para cuando la producción tome impulso y arranque la campaña de vacunación, tal vez también sea tarde para el brote del año que viene. Normalmente, el aumento del dengue es por ciclos de tres o cuatro años.

Y la nueva vacuna no necesariamente ayudará al resto de América Latina: el Butantan solo fabricará la vacuna para Brasil. Los otros países que tienen problemas de dengue tendrán que comprársela a Merck, que todavía no ha dicho cuánto piensa cobrar por cada dosis…

Y por supuesto también hay demanda de una vacuna contra el dengue más allá de América Latina: el mosquito Aedes aegypti ya está propagando la enfermedad en Croacia, Italia, California y otras regiones que no la conocían. Y los lugares acostumbrados a lidiar con brotes leves ahora enfrentan otros sin precedentes: el año pasado, Bangladesh registró 300.000 casos.

En Brasil

El dengue es conocido como la enfermedad “rompehuesos”, por el dolor insoportable que causa en las articulaciones. No todo el mundo experimenta eso: tres cuartas partes de las personas infectadas no presentan ningún síntoma, y entre quienes sí lo tienen, la mayoría de los casos se parecen solo a una gripe leve.

Pero en alrededor del 5% de las personas que se infectan la enfermedad evoluciona hacia un cuadro grave. El plasma, el componente líquido rico en proteínas de la sangre, puede empezar a filtrarse fuera de los vasos sanguíneos, haciendo que los pacientes entren en shock o sufran falla multiorgánica.

Entre los pacientes con dengue grave que son tratados con transfusiones de sangre y soluciones intravenosas, la tasa de mortalidad tiende a oscilar entre el 2% y el 5%. Pero cuando no reciben tratamiento —porque no se dan cuenta de que es dengue y no buscan tratamiento, o por saturación de los centros de atención médica—, la tasa de mortalidad es del 15%.

En Brasil, el actual brote de dengue está afectando más a los niños, y los menores de cinco años tienen la tasa de mortalidad más alta de cualquier grupo etario, seguidos por los de cinco a nueve años. Según el Instituto Oswaldo Cruz, un centro nacional de investigación de salud pública de Brasil, el mayor número de casos confirmados se da entre los adolescentes de entre 10 y 14 años.

Inmunización

En enero, cuando los hospitales de Brasil empezaron a verse desbordados de pacientes con dengue, el gobierno compró todas las reservas mundiales de una vacuna de fabricación japonesa, llamada Qdenga. El sistema de de salud pública la está administrando a niños de entre seis y 16 años, pero este año solo habrá suficiente vacuna para inmunizar completamente a 3,3 millones de los 220 millones de habitantes de Brasil.

Se trata de un enorme esfuerzo nacional que protegerá a unos pocos millones de niños, pero no contribuirá en nada a la inmunidad colectiva.

Y la Qdenga no es barata: en Europa cuesta alrededor de 115 dólares por dosis, y unos 40 dólares en Indonesia. Brasil negoció un mejor precio por cantidad y paga 19 dólares la dosis.

A Brasil, el dengue le cuesta al menos 1000 millones de dólares anuales en atención médica y pérdida de productividad. Y esa cifra no tiene en cuenta el sufrimiento humano involucrado.

Que existan cuatro cepas diferentes del virus del dengue no solo complica el proceso de elaboración de una vacuna: la evolución del dengue hacia un cuadro potencialmente mortal es más común cuando la persona se infecta por segunda vez con una cepa diferente a la que ya tuvo. Qdenga protege contra las cuatro cepas de dengue, y se espera que la nueva vacuna de Butantan también lo haga, aunque los datos publicados hasta ahora muestran que solo se probó contra los dos tipos que circulaban durante la primera parte del ensayo. Se esperan nuevos resultados para junio.

Cuando finalmente pase este brote, habrá millones de nuevas personas que se infectaron y cursaron la enfermedad, con síntomas o no. Y ellos necesitarán la nueva vacuna con más urgencia que nadie.

Por Stephanie Nolen

VIALa Nación