Dice el Ingeniero Vernieri, columnista habitual en el principal diario de Chubut:
Indudablemente mi deducción expresada en la nota anterior, es coherente, la minería de uranio ha sido contaminante, ha dejado pasivos de muy larga duración y tiene baja aceptación social.
Dirán que el procedimiento de extracción mediante lixiviación in situ (ISR) resuelve esos problemas. Hay que reconocer que tiene ventajas frente a la minería convencional, pero eso no lo convierte en inocuo.
No se remueve estéril, no hay cráter, no hay escombreras gigantes y las presas de cola generalmente son más chicas. Eso reduce enormemente el impacto paisajístico y el volumen de residuos sólidos en superficie.
Además, no hay túneles, no hay explosivos, no hay flotas pesadas y la infraestructura superficial es mínima.
Los yacimientos de Kazajistán están en areniscas profundas saturadas de agua, condiciones perfectas para ISR, no obstante, no ha podido certificar que no ha habido contaminación de acuíferos.
En ISR el uranio se disuelve directamente en el acuífero mineralizado. Solo se bombea solución cargada, no hay trituración ni molienda. De ahí que el volumen de residuos sólidos radiactivos es muchísimo menor.
Los trabajadores no están dentro del cuerpo mineralizado. Operan pozos y plantas en superficie. Desde el punto de vista de salud ocupacional, es objetivamente más seguro.
Requiere, en comparación con las explotaciones tradicionales, menos terreno, produce menos polvo y tiene menor impacto visual. Para colmo de tentador el ISR es hoy el método más barato para producir uranio. El cierre de los yacimientos explotados por este procedimiento es más simple. No hay que rellenar galerías, estabilizar taludes y la gestión de las presas de relaves es más sencilla por su menor magnitud.
El cierre consiste en restauración química del acuífero, lo más difícil sino imposible, sellado de pozos y monitoreo hidrogeológico posterior por décadas.
En lugar de montañas de residuos, lo malo es la segura alteración química del acuífero, la movilidad de metales y la migración de las soluciones lixiviantes.
Reitero es un cambio de tipo de riesgo, no su eliminación. El ISR solo funciona si se cumplen condiciones muy específicas: Acuífero confinado, baja permeabilidad lateral, sin conexión con agua potable y buena caracterización hidrogeológica
Si esas condiciones no se dan, no se puede utilizar este procedimiento.
Las excelentes condiciones geológicas en Kazajistán le han permitido dominar el mercado mundial, a costa de contaminar sus acuíferos.
Si bien Francia no prohibió la minería de uranio en su territorio, en los hechos ha dejado de explotar minas, aún le queda una importante que no la explota y ha seguido la política de importar de Níger (África) Kazajistán, Canadá y Australia.
Níger ha sido el punto más controvertido, especialmente por denuncias históricas sobre impactos ambientales y desigualdad económica.
Francia no exige estándares ambientales equivalentes a los suyos en los contratos con este país africano. Tan es así que son ya proverbiales los reclamos del país, así la conjetura de hipocresía gana fuerza..
Si se beneficia de regulaciones más débiles o de contextos políticos frágiles, entonces sí puede hablarse de externalización de riesgos.
Francia explotó minas uranio de Níger, digamos, cómodamente, hasta que llegó el golpe de estado que cambio en gobierno.
Ing. Juan Vernieri
Reflexión de AgendAR:
En este portal somos pronucleares y el Ing. Vernieri es sumamente anti, pero de manera persistente. Casi no habla de otra cosa.
Es curioso: un antinuclearismo tan grande, Ing. Vernieri, teniendo la Argentina un programa nuclear tan chico.
Nos sorprendió bastante la resignada racionalidad con que encara que ahora Ud. va a tener actividad nuclear de cerca y de sobra, con el proyecto minero IVANA sólidamente hincado en su provincia.
Ud., Ing. Vernieri, acepta que ésta será minería de bajo impacto salvo para el agua subterránea. Bajo impacto al menos, comparado con las barbaridades a cielo abierto típicas de la minería de oro y cobre que el presidente Menem nos supo conseguir. Y que sigue.
No habrá que usar toneladas de explosivos para decapitar un cerro y transformarlo en un agujero de 500 metros de hondo. Sería inútil, cuando el yacimiento está apenas a 10 metros bajo el suelo de la estepa. Y además, no tiene mayor desarrollo: vertical: la roca uranífera se termina a algunas decenas de metros. Nos alegra que esto lo diga un ecologista puro y duro.
Nos da gusto que Ud. diga que no habrá mayor riesgo radiológico para los laburantes, en tanto no aspiren polvo. No es que vayan a aspirar mucho, porque al acuífero se le inyecta agua por una parte, y se la extrae por otro. El yacimiento es de carnotita del jurásico, roca relativamente permeable, y los metales a recuperar (uranio y vanadio) forman sales solubles, y son fácilmente movilizables si se mantiene el acuífero dentro de su pH normal, es decir alrededor de 8: nada ácido y ligeramente básico.
Para el caso, lector del Ing. Vernieri, te aseguramos que aspirar durante años cualquier polvo, sea de ladrillo, de cemento, de roca molida, sea estéril o metalífera, con o sin vanadio, con o sin uranio, te puede llevar a la silicosis, o «pulmón de minero». Tus pulmones quedan duros como cartón, quedás en insuficiencia respiratoria, y eso es discapacitante. O mortal.
La mina inyectará agua virgen con agentes movilizantes en el suelo por perforaciones «ad hoc», y la extraerá, con su carga de uranio y vanadio, a través de otras perforaciones. En la aridez de la estepa del Macizo Central Norpatagónico no hay agua para desperdiciar, ni se la puede traer de otros lugares. Los agentes movilizantes clásicos para este tipo de minería todavía extraña en nuestros pagos puede ser oxígeno puro, o peróxido de hidrógeno (agua oxigenada).
No habrá que usar ácidos fuertes para sacar el uranio, reconoce Ud., Ing. Vernieri. En realidad, la empresa dice que usará ácido sulfúrico o carbonato de calcio según el tipo de suelo que se vaya encontrando para movilizar el uranio y el vanadio. Añade que cuando se haya extraído lo extraíble de ambos metales a lo largo de un frente de pozos de inyección y los correspondientes de extracción, se remediará el acuífero a su condición química de base.
Esos valores de base se están investigando hoy para fijar compromisos contractuales. La remediación se va haciendo con agua limpia del lugar y en tiempo real, siguiendo el avance del frente de explotación. La idea es dejar el acuífero como estaba antes del desembarco de la mina.
Para evitar la contaminación vertical de acuíferos distintos a profundidades distintos, los pozos deben estar encamisados. Y para evitar la contaminación horizontal, ayuda bastante que la velocidad de flujo del agua dentro del acuífero es muy baja, y que las bombas de extracción son más potentes que las de inyección. La idea es que el «licor lixiviante» esté a una presión subterránea menor que la del acuífero natural que lo rodea, para evitar infiltración lateral.
El control de que no la haya se hace con pozos testigos, ubicados aguas abajo, según la dirección natural del acuífero.
La idea no es mala si la provincia, propietaria del subsuelo, ejerce su contralor.
Que todo esto lo admita, con renuencia, una compleja rareza como es ser ingeniero, ecologista y de yapa, columnista, nos emociona. De todos modos, no es lo normal que las provincias argentinas con minería controlen a las empresas mineras, mayormente multinacionales con algún prestanombres local.
Por algo en su nuevo código minero Menem y Cavallo le sacaron la propiedad del subsuelo al estado nacional. No porque éste sea inherentemente más honesto que los estados provinciales, pero sin duda era molesto por ser mucho mayor. Hoy, gracias a esos dos próceres, las mineras tienen demasiada plata y operan sobre provincias demasiado pobres.
Y la cola no mueve al perro.
En San Juan, que a fines del siglo pasado se había vuelto bruscamente la provincia más activa del país en extracción de oro y cobre, en 2006 el organismo que controlaba que Barrick Gold no hiciera desastres era la Policía Minera.
El gobierno provincial estaba contentísimo porque por fin el organismo tenía camionetas y equipos técnicos decentes como para hacer bien su trabajo de controlar… a la Barrick. Los pagaba la Barrick.
No comment, como dicen en las películas.
Hasta ahí, en nuestra desconfianza de que aquí las cosas se puedan hacer por derecha, máxime después de los años ’90. Ud. y nosotros, ingeniero Vernieri, podemos estar casi de acuerdo.
Pero para nuestra tranquilidad, seguimos teniendo un desacuerdo fundamental.
SOMOS INDUSTRIALISTAS
Lo que no le molesta a Ud., ing. Vernieri del proyecto IVANA, pero a nosotros sí, es su carácter puramente extractivo.
IVANA exportará polvo de octóxido de uranio sin más valor agregado argentino que la molienda y el lixiviado.
Todos los pasos siguientes de valor agregado se dan afuera del país. Son (y abrevio para no cansar) la transformación química del octóxido amarillento en dióxido negro, el proceso térmico bajo alta presión que transforma el dióxido en polvo en pequeñas pastillas negras de cerámica durísima, resistente a la radiación y a las presiones y temperaturas feroces que se alcanzan cuando entran en reacción nuclear controlada.
Tampoco molesta a Vernieri que la metalurgia de superaleaciones de zirconio para encerrar esas pastillas en sutiles tubitos de zircaloy no se haga aquí. Y menos que menos que no se organice en nuestro país el armazón de tubos llamado «elemento combustible» para su quemado en centrales nucleares. Ahí la cadena de valor agregado alcanza su tope. Son centenares de grandes, pequeñas y expertas operaciones que multiplican centenares de veces el valor del uranio tal cual sale del suelo, y tal cual ingresa al núcleo de una central nucleoeléctrica.
Lo idiota de nuestro caso es que todo ese ecosistema científico, tecnológico e industrial transformativo ya lo tenemos en el país, y muerto de hambre. Un proyecto como IVANA es la cola del perro, pero sin el perro.
Le damos una escala estimativa de precios internacionales. Y tome en cuenta que aquí no se hace enriquecimiento de uranio, porque nuestras tres centrales activas «queman» uranio natural, con apenas un 0.7% del isótopo 235 con el que sale del suelo. De modo que esa etapa la omitimos.
Mire estos números, ingeniero:
El kg. de octóxido de uranio, un polvo amarillento llamado «yellow cake», está a unos U$ 200.
Lo producíamos prácticamente a pie de mina, en la cantera de Sierra Pintada, Mendoza, hasta que algún imbécil (seguramente nada imbécil) cerró la mina (tiempos de Menem, Ud. sabe), le cedió este recurso estratégico nacional a la provincia (menemismo explícito) y la provincia, magnánima, tomó la decisión federal, y en nombre de todo el país, de que no produjéramos más nuestro propio uranio y en cambio lo importáramos de Kazajstán.
Las malas lenguas en Malargüe dicen que Sierra Pintada como activo nacional de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) daba trabajo en blanco y bien pago todo el año. Añaden las malas lenguas que eso molestaba a los viñateros que dan trabajo en negro, temporario, y prefieren ser amos y señores de los recursos humanos aledaños, para explotarlos a lo perro. Eso, según usos y costumbres muy viejos, y pre-nucleares.
Sierra Pintada parecía más bien una cantera, cuando estaba acativa. Andenes volados a dinamita en paredes de piedra, y grandes camiones yendo y viniendo con roca despedazada rumbo a la molienda. IVANA será un paisaje bastante distinto, chato, de caños, bombas y piletas. Pero lo imporante, en ambos casos, es el secado de los solutos. En IVANA producirá un polvo amarillento llamado «yellow cake».
El kg. de yellow cake está a U$ 200, y subiendo, porque este estúpido mundo no lee sus columnas. Debido a ello, está asustado del cambio climático y se está re-nuclearizando a velocidad de escape.
El kg. del dióxido de uranio, que es el que sirve en las centrales nucleares, le suma unos U$ 25 al yellow cake. El proceso químico se llama «conversión», y por ahora se hace en Córdoba, en Dioxitek. Eso se fundó en descampado pero hoy quedó rodeado hoy de edificación, el lugar perfecto para que Dioxitek esté… en otro lugar.
El resultado de la conversión es un polvo negro de dióxido de uranio depurado de otros óxidos metálicos indeseables. Hasta ahí, llega a U$ 225 por kg.
Es decir, muy bajo valor agregado respecto del mineral uranífero.
El kg. de pastillas cerámicas negras de dióxido de uranio, la forma en que ingresa el uranio a la zona crítica de la central, suma alrededor de U$ 300, lo que da U$ 525.
Explicación para los lectores, porque esto Ud. lo tiene claro, ingeniero. Muy pocos países saben fabricar estas pastillas. Se requiere de moldes ultraduros de carburo de tungsteno para comprimir en frío este polvo a 400 megapascales, que viene a ser unas 18.000 veces más presión que la del aire de un neumático de camión liviano. O si prefiere, el equivalente del peso de ese camión de 4 toneladas sobre la superficie de una uña.
El polvo queda comprimido a un 60% de su máximo teórico de densidad. Entonces Ud. pasa esas pastillitas negras por un horno a 1800 grados de temperatura, lo que las transforma en pequeñas piezas de cerámica muy dura, densa y pesada, a un 95% de su máxima densidad teórica. Son tamborcitos de 15 mm. de diámetro por 15 de altura.
Si levanta uno entre los dedos, le va a resultar sorprendentemente pesado. Si se lo tira a alguien, a ese alguien le va a doler. La famosa densidad del uranio, casi el doble de la del plomo.
Ese trabajo de sinterizado aquí lo hace CONUAR S.A., una sociedad mixta de la CNEA, con un tercio del paquete accionario, y del Grupo Pérez Companc, con 2/3. La planta está adentro del Centro Atómico Ezeiza. No se puede vender. Es un bien estratégico nacional, según contrato.
Repito, ahí Ud. llega a U$ 525 el kg. Y le puso mucho valor agregado argentino al yellow cake, que es más bien materia prima. Y todo esto Ud. lo hizo con tecnología nacional desarrollada por la CNEA, sin pagarle un mango de patentes a ningún país y a ninguna consultora.
El añadido de un armazón, manojo o elemento combustible es la parte decisiva y la realmente cara.
En el caso de las centrales que más le interesan a la Argentina, las CANDU, el manojo consta de 37 tubitos muy sutiles de zircaloy, una superaleación de zirconio transparente ante la circulación de neutrones, pero muy resistente a presiones y temperaturas extremas. Las pastillas deben bancarse 1800 grados de temperatura en su centro, y presiones de agua refrigerante de 10 megapascales. Sí, son 100 kg. sobre una uña. Elija cuál.
Los 37 tubitos (o «lápices») de zircaloy se llenan de pastillas de punta a punta (50 cm). Esos lápices están unidos y separados entre sí por separadores, también de zircaloy, y obturados en cada extremo por tapones del mismo material. La CNEA tardó años enteros en descular cómo hacer esa soldadura sin que emitieran gases de fisión generados por las pastillas.
Los manojos de 37 lápices son muy livianos, no llegan al Kg. Pero Ud. los llena de pastillas, y pesa 22 kg. Esa sutil estructura no puede romperse, rajarse, fundirse o desintegrarse, y debe durar varios años en condiciones brutales. En el caso de una CANDU como la central de Embalse, Córdoba, es un año en promedio.
Ahora piense en el calor que generan más de 5 millones de esas pastillas, cuando se irradian unas a otras de neutrones, entran en reacción nuclear controlada.
Cada manojo tiene más o menos la forma y tamaño de un tronco de los de chimenea. «Crudo», recién fabricado, sin haber ingresado al corazón de una central CANDU, es muy poco radioactivo. Lo puede cargar, aunque va a necesitar las dos manos. Pero cada manojo contiene potencialmente 3450 MWh de energía térmica, que equivalen al calor generado por 1500 tambores de fuel o gasoil, de los de 220 litros.
Los manojos no reaccionan, dejados en soledad. Pero amuchados ordenadamente dentro del corazón de una central como Embalse, sí. Generan 2100 megavatios térmicos, que a su vez le dan a Córdoba 756 megavatios eléctricos, 24 x 7 y más o menos 350 días por año. Piense en la cantidad de gases invernadero que le estamos ahorrando a la atmósfera, con esa única central.
Una central puramente argentina por su ingeniería, con 700 MW de potencia instalada nos tomaría entre 6 y 8 años y unos U$ 8000 millones, generaría unos 5000 puestos de trabajo durante la construcción y 500 estables, en operaciones.
Esto no es minería, Ing. Vernieri. Esto es industria muy exclusiva.
Y nosotros sabemos hacer todo, el ciclo completo desde la mina hasta el elemento combustible. Y de yapa, sabemos hacer una central tipo CANDU, pero más avanzada, e incluso rehacerla a nuevo, y por una tercera parte del precio de una a inaugurar, cuando expiren sus primeros 30 años en operaciones. Y podemos construir decenas de ellas. Tenemos la física, la química, la tecnología, los recursos humanos, todo.
Pero estamos aquí discutiendo de minería.
De las centrales se encarga NA-SA, Nucleoeléctrica Argentina SA., una empresa estatal fantásticamente redituable que diseña, opera y repara máquinas de uranio natural. Por operar y reparar las dos Atuchas y Embalse, y de yapa vendiendo la electricidad a muy mal precio (es deliberado, lo fijan los petroleros de la Secretaría de Energía), NA-SA genera el 7.5% de toda la electricidad producida en Argentina, y unas utilidades del 18% anual.
Si hacemos 10 centrales como ésta, nos olvidademos de los apagones y exportamos no uranio, sino energía. Y si hacemos 20, podemos darle potencia a centenares de industrias electrointensivas: vidrio, acero, cemento, aluminio, y siguen los rubros.
Ése es el único modo inteligente de usar el uranio, Vernieri. Para exportarlo sin valor agregado local, mejor dejarlo adonde está y esperar que llegue algún gobierno menos vendepatria.
¿Se da cuenta de por qué este gobierno quiere desesperamente privatizar NA-SA?
Legalmente, podemos hacer las CANDU que Ud. quiera sin infringir patentes, porque la tecnología se compró a Canadá en los ’70. En la práctica, hemos podido terminar una sola, Embalse, con una tremenda oposición de distintos gobiernos. Y pudismo rehacerla para una extensión de vida de 30 años más. No es imposible que esta central opere un siglo entero.
Los 7 países que usan este tipo de centrales consideran que los precios y la calidad de los componentes argentinos es muy buena. Son básicamente partes de elementos combustibles, tuberías de zircaloy, incoloy y otras super-aleaciones, e intercambiadores de calor. Se han exportado a la India e incluso a Canadá.
Empiece a sumar valor agregado etapa por etapa. Antes toda esa guita quedaba aquí, en forma de buenos salarios permanentes de obreros, técnicos y profesionales calificados. Ahora no, porque el programa nuclear argentino acaba de ser nuevamente amputado de sus obras. Desde 2015 en adelante, el Ing. Mauricio Macri y luego el presidente Javier Milei le suspendieron «sine die» la construcción de 3 nuevas centrales nucleares.
Lectores (me dirijo a ellos, ingeniero), las que quedan en operaciones también son 3. Tenemos el mismo número de máquinas activas que el previsto para 1986, con 3 más en construcción. Las existentes, e incluso las que hoy por hoy quedaron en carpeta, resultan pocas para quemar los grandes excedentes de yellow cake que se exportarán desde Chubut.
No deje que le macaneen, lector, ese uranio sale.
Éste es un proyecto de exportar naturaleza casi cruda, disfrazado de restitución del ciclo de combustibles. Basta de comprarle a los kazajos. Por fin volvemos a producir nuestro propio uranio.
Mendoza misma, tras haber cerrado la mina de Sierra Pintada y dado pie a 30 años de importaciones al cuete, ahora acaba de descubrir que la minería no es tan mala. Claro, exportar yellow cake sin tener que meterse en cosas industriales y complejas convence a cualquiera.
Pero estamos hablando de plata. Ing. Vernieri, no es lo mismo exportar roca aurífera que fundir oro para hacer lingotes, y si se quiere aún más industria, exportar esas piedras no produce las ganancias de hacer microcableados y contactos de oro para microelectrónica.
O que si a uno le da por el lado artesanal, diseñar y hacer los anillos, collares y tiaras de oro de una señora con demasiada mosca, escoltada por guardaespaldas con anteojos negros.
Lo primero, exportar polvo, es de países pobres y brutos. Nosotros nos hemos ido volviendo pobres a fuerza de cerrar industrias y hambrear a los docentes. Pero todavía no somos enteramente brutos.
Sí somos bastante estúpidos. En 1984 teníamos resuelto aquí el ciclo completo de los combustibles nucleares.
E íbamos a llegar al año 2000 con al menos 8 centrales nucleares en operaciones, íntegramente argentinas desde la cuarta, y con varias más en construcción. Y la ley argentina decía que el uranio era un recurso estratégico, y no se podía exportar.
Y no debería exportarse, lectores. Tenemos poco uranio. Australia tiene el 30% de las reservas mundiales, Canadá el 10%, y nosotros menos del 1%. Incluso con un programa nucleoeléctrico tan chiquito y triste como el nuestro, calcule que tenemos uranio para sólo 30 años sin tener que volver a importar.
Pero eso si nos dejamos de boludear con que somos la Arabia Saudita del uranio. Con ese verso, nos van a fumar en pipa, y todavía vamos a dar las gracias.
De tener el segundo programa nucleoeléctrico más vibrante del Tercer Mundo en los ’70, nos hemos congelado en esa década. Con solo tres centrales, gracias a una alianza no muy explícita de empleados declarados y encubiertos del State Department, y de ecologistas argentinos angelicales.
Ing.Vernieri, lo que nos jode de IVANA es que la descomunal torta de valor agregado industrial y de RRHH expertos y bien pagos, todo eso queda afuera. Y a nosotros nos queda la minería. La cola del perro, pero sin el perro.
Y eso fue fácilmente aprobado por una provincia que, ante la amenaza (haceme reír) de tener una central, se horrorizó y se declaró antinuclear de la primera hora.
Ingeniero, nosotros y Ud. vivimos en planetas distintos. No obstante, siempre lo leemos.
Ecologistas somos todos, ¿no?
Pero a nosotros nos interesan dos hermanitas que siempre andan juntas: la industria y la educación
Daniel E. Arias


