Un lector de Econo Journal leyó la nota sobre la Argentina Week organizada por la Secretaría de Asuntos Nucleares, y tuvo el siguiente comentario:
Esta gente no termina de entender en qué consiste el desarrollo nuclear en Argentina. Arman una feria de stands que no sirven para nada, como si se vendiera un producto terminado.
Lo complejo acá no es el marketing empresarial, no es un tema de unicornios, de marketing o cuestión convencer inversores privados, lo complejo es construir reactores de potencia, desde su ingeniería hasta su financiamiento, no hay productos terminados, hay proyectos que hay que sacarlos adelante y ponerlos en operación, y para eso se necesita un Estado presente con proyectos claros, sustentados con políticas de estado y con instituciones fuertes.
De nuevo vienen con los bolazos nucleares, sale Reidel y entra Napoli pero el humo sigue, no aprendemos más.
Santiago
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Concordamos bastante con Santiago, aunque se queda corto. La Argentina Week no fue sólo una venta de humo del mileísmo nuclear. Fue una venta de la Argentina.
Fuera de la Argentina misma y de lo que le queda de Estado, Javier Milei no está vendiendo nada porque no tiene nada en el mostrador.
Habría algunas cosas concretas y materiales para mostrar en un stand (dotado protecciones radiológicas) si en Ezeiza estuviera en línea el reactor de producción de radioisótopos RA-10.
Pero no está en línea. No se terminó siquiera la construcción, salvo la de obra civil. Terminado y operativo, este reactor podría estar empezando a ganar U$ 90 millones/año.
Pero la nueva cúpula nuclear mileísta bajó de U$ 344 a 155 millones/año el presupuesto de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), diseñadora y dueña de la instalación.
Reventó cantidad de otros proyectos estratégicos en centrales de potencia (una argentina de 700 MW, otra también criolla de 32 MW, y una china de 1160 MW).
Pero este reactor de Ezeiza lo agarró tan adelantado, tan a metros de salir en Instagram con Milei cortando la cinta de inauguración, tan a tiro de manotear los U$ 90 millones/año que va a producir, que las pocas chirolas que no saqueó de la CNEA las concentró en el RA-10. Que promete terminar en 2027, haceme reír.
Haceme reír porque el 80% del personal de la CNEA está bajo la línea de pobreza, y porque la malaria afecta indirectamente a todos sus proveedores de obra y baquía en resolución de problemas de obra, ensayos en frío y en caliente, puesta en marcha, y márketing en el exterior.
En primer lugar, INVAP. Tiene la dirección de obra. Es estatal y rionegrina, ha diseñado, construido y entregado 8 reactores, 1 en Argentina y 6 en Perú, Argelia, Egipto, Australia, Holanda y Arabia Saudita. Sólo tuvo apoyo financiero del Estado con el primero.
Alfonsín, Macri y De la Rúa trataron de hacerla quebrar suspendiéndole obras, y negándose a pagar por obra hecha. Con lo que estuvo 3 veces al borde del cierre.
¿Se puede confiar en que este gobierno pague?
La otra empresa es NA-SA, diseñadora, montajista y asesora en construcción y capacitación de RRHH de la CNEA.
La malaria cundió. Le pegó incluso a la constructora Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA). Ésta imperdonablemente estatal y terminó 2023 con un superávit de U$ 245 millones (nada inhabitual), del cual por legislación (Menem la hizo) no puede disponer.
NA-SA fue la que terminó y puso en marcha Atucha 2, abandonada durante 27 años por 12 gobiernos. Era una obra innecesaria, estúpida e imposible si no venía a completarla “gente que sabe”. Debían ser SIEMENS, o Électricité de France, según el macrismo, el grupo Clarín, La Nación y otros baquianos en toques de atención y tribunas de doctrina.
Y como no puede tocar un centavo de lo que recauda para el estado, NA-SA financia sus obras públicas mediante fideicomisos que compran los particulares, y que están apalancados por contratos de venta de electricidad.
Pero ese mismo sector privado, el que inventó a Milei y lo vota no es enteramente idiota. Cuando vio el “Nuevo Programa Nuclear Argentino”, una Disneylandia atómica dirigida por una caterva de pánfilos, vampiros financieros, procesados por choreo y algún psicótico o dos, clavó el freno.
Desde que llegó esta legión, la venta de fideicomisos de NA-SA bajó del 22% de las ganancias de la empresa al 7%.
La Libertad Avanza avanza como Michael Jackson cuando hacía el “moonstep”: para atrás.
INVAP y NASA movilizan una cadena de abastecimiento que suma unas 160 empresas privadas argentinas, calificadas a normas nucleares de calidad, y que hoy también clavan el freno y despiden ingenieros.
Ninguna parece fanáticamente interesada en ser acreedora “sine die” del estado argentino, como le pasó a INVAP, por adelantar trabajo para la terminación del RA-10. No en una economía en recesión provocada por un estado en demolición.
Bueno, había que explicar por qué en Argentina Week ningún ejecutivo de Westinghouse, de General Electric, de Bechtel, de Kairos Power o de Terra Power se arrojó a los pies de Milei para suplicar que se los dejara construirnos nuevas centrales nucleares.
Por ahora, los tipos parecen felices de que este año les regalemos NA-SA y sus tres máquinas a alguno de ellos, y por chirolas.
Pero según les va y según quiebran desde 1980 las firmas nucleares estadounidenses, NA-SA necesita tanto de capital y administración privados como Ud. o yo de un agujero en la cabeza.
Lo notable es que pese a tanta agachada con los calzones a media asta, los medios mundiales no le dieran maldita la bola a la Argentina Week.
En mi inexperto juicio, esto se debe a un viejo axioma periodístico.
Que la Argentina le haga regalos inauditos a los otrora poderosos países del 7G, como el río Paraná, el Canal de Beagle o sus últimos glaciares, nada de eso es noticia. Nunca lo es si un perro muerde a un hombre.
Sí lo es cuando un hombre muerde a un perro.
No es lo que estaría sucediendo. Es mi explicación de por qué al abogado Federico Ramos Nápoli, flamante Secretario de Energía Nuclear, lo dejan gastarse una torta en ese evento turístico, Argentina Week, pero a la hora de los bifes no hay maldita la cosa qué poner en el mostrador.
Salvo a la Argentina misma, como a un cacho de carne.
Daniel E. Arias


