Aunque la industria no cede en el pedido de alivio fiscal al ministro de Economía Luis Caputo -para «nivelar la cancha» con los importados-, en paralelo, se activa un plan de supervivencia que paradójicamente tiene a China como protagonista. La estrategia se teje en las fábricas tras el shock de importaciones que combinado con la baja de consumo fue letal en 2025 y «ya no queda margen».
El diagnóstico sobre la competencia con China ya no pasa por el histórico reclamo arancelario, sino por una cruda aceptación de la asimetría estructural. «Competirle a un sistema que planifica a 30 años con subsidios cruzados y una escala inalcanzable para el capitalismo occidental es una batalla perdida antes de empezar», admiten por lo bajo referentes del sector.
La preocupación hoy no es solo el costo, sino el salto de calidad: China dejó de ser el taller de terceros para imponer marcas propias —como Xiaomi en telefonía o sus nuevas automotrices— que en solo cinco años pasaron de la irrelevancia a liderar mercados globales.
Ante este escenario, y frente a lo que describen como una falta de interlocución clara con el Gobierno para coordinar una política industrial, los empresarios están activando sus propias misiones de «salvataje».
La estrategia que gana terreno es el modelo de asociación: convencer a los gigantes asiáticos de que producir en Argentina —aunque sea bajo un esquema de ensamblado, moldes compartidos e integración de partes chinas— es un negocio viable para abastecer la región. La hoja de ruta ya tiene fecha: en abril, una delegación de industriales viajará a la Feria de Cantón no solo a comprar insumos, sino a negociar alianzas que permitan mantener las persianas levantadas, buscando replicar el esquema de integración que Brasil ya empezó a consolidar.
Belén Ehuletche


