Reflexiones del editor:
La globalización ha sido tema de análisis y debate por décadas. También en Argentina, por supuesto, y conforme a una costumbre local, entre los politizados se formaron hinchadas. Por ejemplo, la de los multipolares buenos contra los globalistas malos.
En mi caso, un viaje en estos días a un país de la Unión Europea -el que habla nuestra lengua- me confirmó en una idea: en aspectos muy concretos de nuestra vida, ya la globalización es un hecho consumado.
Porque cuando bajé en el aeropuerto de Barajas, llamé a un Uber, y enseguida vino. No tuve que avisar nada: la aplicación era la misma que uso en Buenos Aires, y el viaje lo debitaron de la misma tarjeta. Ah, también estaban ahí Cabify y otras plataformas.
No sé si hubiera pasado lo mismo en Shangai -no fui todavía. Pero, en todo caso, eso dependería de un acuerdo entre una empresa china y la que tiene sede en San Francisco, California.
Obvio, apunto esto porque me sorprendió. Otras plataformas, con distintas funciones, juegan un papel más decisivo en la globalización. Whatsapp, Telegram, Discord… También Netflix. Ni siquiera el idioma es barrera. Google se apura a ofrecernos traducir…
Cabe agregar que, en Uber y sus similares a quien conduce lo llaman «socio», y no está afiliado a un sindicato de peones de taxi. Pero no parece importarle: evalúa que la diferencia pasa por si es o no el dueño del auto, o de una flotilla de autos.
Resumo: El proceso de globalización que empezó hace unos 600 años un pequeño reino en la península occidental de Eurasia está completado. Antes, los mercaderes árabes habían hecho un buen intento llevando el Islam por todo el sur de Asia, hasta las lejanas Filipinas. Pero los navíos portugueses eran más grandes, y podían llevar más cañones: esos comerciantes árabes fueron desplazados.
Una tecnología decisiva en el proceso de globalización ha sido siempre la tecnología militar.
Como sea, es historia. La historia que produjo este mundo en que vivimos. Al que muchos intelectuales, en esta era del Descontento, simplifican demasiado, en mi falible opinión.
No es «1984», tiranías totalitarias que mantienen guerras interminables para conservar el control absoluto. Puede llegar a ser, pero no es. Tampoco «Un mundo feliz», una sociedad totalmente planificada por una tecnología que, ayudada por drogas, mantiene a las mayorías en un estado de estúpida satisfacción. A veces parece así, pero no. Estamos en la era del Descontento.
Porque globalizado no es lo mismo que unificado. El término más preciso lo acuñó, creo, mi amigo Ricardo Auer: éste es hoy un mundo nodal. En el que muchos nodos comercian, compiten, pelean, y, a veces, colaboran entre ellos.
Esos nodos no son iguales en su naturaleza y mucho menos en su poder, por cierto. En otro momento, trataré de precisar esto, siempre en mi falible opinión.
Por ahora me limito a señalar que hay categorías muy distintas. Entre los nodos más poderosos están -aunque prefieren no remarcarlo- las grandes corporaciones financieras y tecnológicas. No despiertan lealtades fervientes, pero manejan recursos gigantescos.
También debe tenerse en cuenta -aún en un Occidente en parte pos cristiano, a las religiones, No tienen ejércitos, pero hacen a la identidad de los pueblos.
También existen, en una forma más imprecisa pero muy real, distintas culturas y sistemas de valores. En este plano a la globalización le falta mucho trecho hasta que exista algo que pueda llamarse una civilización global. Pienso que no menos de un siglo, más probablemente dos.
En este plano hay dos errores peligrosos: no tener en cuenta las diferencias culturales, o creer que permanecen inmutables a través de las generaciones. Justamente en Occidente tenemos ejemplos de cuán rápido cambian.
Pero en estas líneas mi intención es reivindicar a una categoría clave de los nodos que configuran el mundo actual: las naciones.
Todas, o casi todas, tienen en su historia crímenes y locuras, pero son los entes que están más cerca de los hombres y mujeres comunes que las forman. En ellas pueden sentir pertenencia. Y en el plano práctico, sólo los estados nacionales pueden poner freno al poder, a veces inhumano, de la categoría de nodos que mencioné en primer término: las grandes corporaciones.
No hay garantía de que lo hagan, cierto. Pero no hay otro actor que pueda hacerlo.
Un punto más: casi siempre, en los análisis teóricos de la realidad global se tiene presente solamente las intenciones y las capacidades de las Grandes Potencias.
Si miramos las realizaciones y los logros humanos, vemos que no es así. Y aún en términos de poder desnudo, en este tiempo los casos de Ucrania y de Irán muestran que naciones más débiles también pueden hacer las cosas difíciles a las Grandes Potencias.
Si una nación cuenta con dos elementos hoy fundamentales para ejercer soberanía: un complejo industrial militar, aunque sea modesto, y lo que Aldo Ferrer llamaba «densidad nacional». O, en las palabras que Félix Luna escribió para un tema de Ariel Ramírez: «una testarudez llamada patria».


