Todo indica que la Argentina de las próximas décadas tendrá casi la misma cantidad de habitantes que la actual, pero una composición interna radicalmente distinta. Así lo describe el tópico «Demografía» de Argendata, la plataforma de datos de la fundación Fundar, con investigación de Rafael Rofman (CIPPEC): un país que dejó de crecer al ritmo de antes y que, al mismo tiempo, envejece cada vez más rápido.
Cuatro etapas de crecimiento
La población argentina nunca dejó de aumentar desde la independencia, pero lo hizo a velocidades muy diferentes. Entre 1810 y 1870, el avance fue lento: pasó de apenas 400.000 habitantes a un millón. Después llegó la etapa de la inmigración masiva, sobre todo europea, que aceleró el crecimiento entre fines del siglo XIX y principios del XX: la población se duplicó, de dos a cuatro millones, en apenas veinte años.
A partir de 1950, el ritmo volvió a bajar: duplicar los 16 millones de habitantes de ese año hasta llegar a los 32 millones tomó 35 años, hasta fines de los ochenta. Y, desde 2015, se abrió una cuarta etapa, marcada por una caída de la fecundidad tan abrupta que las proyecciones sugieren que el país podría no superar nunca los 50 millones de habitantes. Para 2100, incluso, la población podría retroceder hasta los 38 millones.
El derrumbe de la fecundidad
El dato más llamativo del informe es la velocidad con que cayó la natalidad en la última década. Durante buena parte del siglo XX, Argentina redujo su tasa de fecundidad con lentitud: en 1990, esa tasa era apenas un 4% menor que en 1950. Pero, desde 2014, el descenso se aceleró de forma abrupta: en menos de diez años la tasa global de fecundidad cayó más de un 40% y, en 2023, tocó un mínimo histórico de 1,36 hijos por mujer, un nivel propio de países mucho más desarrollados.

El fenómeno se dio de manera pareja en todo el territorio. Las provincias patagónicas registraron las bajas más pronunciadas –Tierra del Fuego (60%), Santa Cruz (56%) y Chubut (49%)-, pero Buenos Aires y Mendoza también retrocedieron un 47%. Para 2023, ninguna provincia argentina alcanzaba ya el nivel de reemplazo poblacional (2,1 hijos por mujer), y Tierra del Fuego se convirtió en la primera en caer por debajo de 1.
Entre las explicaciones que plantea el informe aparecen los cambios culturales y las nuevas preferencias de las generaciones jóvenes, la mayor cobertura educativa, el acceso a información sobre derechos sexuales y reproductivos, y la difusión de anticonceptivos como los implantes subdérmicos.
Un envejecimiento tardío que ahora se acelera
Aunque a mediados del siglo XX Argentina lideraba, junto con Uruguay, la transición demográfica en América Latina -con una estructura poblacional cercana a la europea-, esa ventaja se fue diluyendo. En 1950, la edad mediana del país era apenas dos años menor que la de España; en 2025, la diferencia ya es de 13 años. Muchos países que partían más atrás terminaron por alcanzar a la Argentina, o incluso superarla.
El cambio en la estructura por edades es contundente. En 1869, los menores de 20 años eran el 54% de la población; hoy representan menos del 30%. En el otro extremo, los mayores de 65 años pasaron del 1,9% al 12,4% en el mismo período. Detrás de este giro hay dos procesos que se combinan: la caída de la fecundidad y la baja constante de la mortalidad, que hace que cada vez más personas alcancen edades avanzadas. La expectativa de vida al nacer, que rondaba los 30 años a fines del siglo XIX, hoy supera los 77.
La pirámide que se volvió rectángulo
Ningún gráfico resume mejor este proceso que la pirámide poblacional. La base ancha y la cima angosta que caracterizaban a la Argentina de 1869 -propias de una sociedad con alta natalidad y alta mortalidad- fueron dando lugar a una figura cada vez más rectangular, con una distribución de edades más pareja entre generaciones.

El bono demográfico, una ventana que se cierra
El informe destaca que el país atraviesa hoy un «bono demográfico»: un período en el que la población en edad de trabajar (20 a 64 años) supera ampliamente a la población dependiente, lo que, en teoría, facilita el ahorro, la inversión y el crecimiento económico. Ese proceso comenzó en los años noventa y se profundizará en los próximos 15 años, pero tiene fecha de vencimiento: hacia 2040 empezará a revertirse, cuando las generaciones nacidas después de 2015 -mucho más chicas por la caída de la fecundidad- lleguen al mercado laboral, mientras sigue creciendo la cantidad de adultos mayores. El propio informe advierte que aprovechar esta ventana depende de políticas que impulsen la productividad y el empleo; si eso no ocurre, la oportunidad del bono demográfico se pierde.
Efectos que ya se sienten
La transformación demográfica no es solo una curiosidad estadística: ya modifica la vida cotidiana. Los hogares son cada vez más chicos -de 4,5 integrantes en promedio en 1950 a menos de 3 en 2022-, empujados tanto por la caída de la fecundidad como por el aumento de personas mayores que viven solas. La edad promedio de las madres al tener su primer hijo también subió, en sintonía con lo que ocurre en España, Chile o Uruguay.
En el sistema educativo, el fenómeno ya genera un alivio inédito: entre 2018 y 2025, la cantidad de niños en edad de ingresar al nivel inicial cayó un 33%. Del otro lado, el sistema previsional enfrenta una presión creciente, con una población en edad jubilatoria que aumentó más de un 300% desde 1950.
Un rasgo propio: la migración perdió peso
A diferencia de otros países de la región, que en las últimas décadas usaron la inmigración para compensar la baja natalidad o rejuvenecer su fuerza laboral -como España desde los noventa, o Chile y Perú con la llegada de venezolanos-, en la Argentina el aporte migratorio se volvió marginal. Entre 1870 y 1915, las migraciones habían explicado la mitad del crecimiento poblacional; hoy, ese crecimiento depende casi por completo de la diferencia entre nacimientos y muertes, que además se desacelera.
Hernán Ansuini


