Malvinas: política interna, petróleo, política internacional

Reflexiones del editor:

Estas líneas fueron publicadas hace pocos días en mi blog personal, con el título «Malvinas: tras un manto de neblina, y de humo, las islas siguen ahí». Algunos amigos cuestionaron la imagen que las acompaña, el cementerio que en las islas guarda los restos de los soldados argentinos caídos ahí. «Demasiado dura», me dijeron. Mi respuesta es un verso que Borges puso en su poema «Milonga del muerto», filoso como el cuchillo de uno de sus malevos. «No conviene que se sepa Que muere gente en la guerra«. No es así: Debe tenerse presente.

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Esas «islas demasiado famosas» han vuelto a ser en estos días un tema muy presente en las conversaciones y las emociones de los argentinos. Gracias, sobre todo, a los jugadores de la Selección que levantaron una bandera que les habían arrojado los hinchas «Las Malvinas son argentinas«, y la mostraron al mundo.

Ese gesto despertó entre nosotros un patriotismo emocional e instintivo. Ayudado, es cierto, por la bronca que despertó en medios ingleses y los ataques digitales de anglófilos y otros que no nos quieren.

Hay algo permanente en el fondo: los argentinos (muchos) tenemos presente una usurpación de hace 197 años, y los caídos en una guerra de hace 44.  Es una herida en la memoria que no cierra, aunque no por eso odiemos a los ingleses (puede haber otros motivos en algunos casos).

Pero con un discurso en cadena nacional de Milei el tema tomó un nuevo cariz. Para sorpresa de pocos, el presidente decidió aprovechar algo con lo que no tenía que ver.

El presidente de los EE.UU., fastidiado con Inglaterra por la falta de apoyo a su aventura en Irán, quiso presionar públicamente para que Londres aumente su gasto en defensa, y anunció que estaba revisando la posición de su país de neutralidad formal en la disputa de soberanía sobre las Malvinas/Falklands. Esa herramienta de presión ya se había planteado en un mail del Pentágono, con el mismo objetivo explícito, que Gran Bretaña aumentara su presupuesto militar. Pero fue la declaración de Trump, como es costumbre, lo que aumentó la repercusión.

Milei, y sus asesores, decidieron que era una ocasión ideal para mostrarse a la vez patriota y trumpista.  

Nuestro presidente descubrió de repente que Malvinas era una causa sagrada, y, entre otras cosas, que la anunciada explotación petrolera en el mar cercano a las islas debía ser enfrentada.

El discurso y las medidas que lo fueron acompañando han sido un éxito en el plano de la comunicación. Los medios y las redes se ocupan del tema, entre nosotros. También, en menor grado, en Inglaterra.

Pero hasta donde puedo percibir, NO ha sido un éxito político. Esto es, no aparecen en mediciones de opinión pública o en focus groups, que ni los que se inclinaban a votar a Milei en 2027, ni los opositores decididos, ni tampoco los indecisos / descreídos hayan cambiado de opinión, ni crean que Milei se volvió»malvinero».

Igual, debemos tener en cuenta que hubo un cambio brusco en nuestra política exterior, en un tema que para los argentinos es importante.

Como señaló con acierto Carlos Pagni, la política exterior del gobierno de Milei se parecía hasta ahora en este tema, como en otros otros, a la que trataron de llevar adelante Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella: bajar el nivel de enfrentamiento con Gran Bretaña y «seducir» a los kelpers, la población implantada, con la vaga esperanza de que en algún futuro impreciso, decidan aceptar la soberanía argentina. Detrás de esta política, en realidad, está el «realismo periférico» de Carlos Escudé. Que puede resumirse en un consejo: «No te pelees con el que es más fuerte que vos».

Con más timidez, esta también fue la política exterior en la cuestión Malvinas del gobierno de Macri (esto no lo dice Pagni).

En cambio, la política exterior de estos días en la cuestión Malvinas se parece a la que mantuvieron en este siglo los gobiernos kirchneristas: reivindicar la soberanía argentina, sin concesiones, y descartar intentos de aceptar el statu quo, como el acuerdo Foradori-Duncan, un comunicado conjunto firmado en 2016 entre la Cancillería Argentina y el Reino Unido.

Es necesario aceptar que ninguna de esas dos políticas mostraron hasta ahora avances concretos en el tema de la soberanía. O en el control por Argentina de las explotaciones económicas en el Atlántico Sur.

Pero… elegir una política exterior siempre tiene consecuencias, tenga éxito o no. Por eso conviene prestar atención a la anunciada explotación petrolera en el mar cercano a las Malvinas. Y, por supuesto, en el plano geopolítico: la posición estratégica del archipiélago en el pasaje entre el Atlántico y el Pacífico -que ya fue importante en las dos guerras mundiales del siglo pasado- y también en el acceso a la Antártida.

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El petróleo, como tantas veces

Después de 1982, las Malvinas dejaron de ser, en parte, una carga en el presupuesto de Gran Bretaña gracias a los «permisos de pesca» que extendía el gobierno kelper, apoyado en el control de hecho que Inglaterra ejercía en el mar adyacente. Pero la pesca del calamar, aunque muy buen negocio para empresas españolas y chinas, no movilizaba grandes capitales ni exigía radicar personal.

El petróleo es algo muy distinto. Y existen indicios geológicos que hacen suponer que existe una cuenca importante en la cercanía de las Malvinas. Como para justificar una explotación off-shore en un océano poco hospitalario. Si esa explotación tuviera éxito, en las islas se construiría una infraestructura considerable (ya se ha comenzado) y aumentaría en mucho la población actual, de escasos 3.450 residentes. Quizás sería la base para un nuevo mini estado petrolero.

Como sea, los preparativos de esa explotación anunciada están en marcha, abiertamente, por la asociación entre una empresa israelí y otra británica.

En Argentina ya se había previsto esa posibilidad. La ley 26.659,  sancionada en marzo de 2011, y modificada por la ley 26915 de 2013, establece penas de prisión y multas elevadas para quien realice exploración o extracción sin autorización de la autoridad competente en el mar territorial o la plataforma continental argentina. Y hay oficinas en la cancillería que notifican de eso a las empresas, que pueden tomar en consideración la advertencia, o no.

Por lo general, lo hacen. Una explotación petrolera offshore, en particular en el Atlántico Sur, ya tiene bastantes riesgos para encima añadir la hostilidad de un gobierno vecino y, quizás, de patriotas violentos. Un motivo adicional para acatarla es si el estado que objeta controla la cuenca petrolera de Vaca Muerta, mucho más importante por tamaño y locación que lo que pueda encontrarse bajo el mar.

Salvo que pesen en la decisión un interés geopolítico o una afirmación de poder.

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Argentina, Inglaterra y EE.UU.: un triángulo no amoroso

Diferencias estratégicas con Gran Bretaña ante los conflictos en curso en Oriente Medio han provocado que en el gobierno de EE.UU. y en el de Israel se escucharan voces a favor de reconocer la soberanía argentina en Malvinas. Pero sería un error creer que con eso damos un paso importante en la tarea de recuperarlas.

El presupuesto militar británico, aún sin el aumento que reclama Trump, es más de 20 veces superior al argentino. La relación de fuerzas es todavía más desproporcionada que en 1982.

Y que las Malvinas estén en poder nuestro y no de Inglaterra no es ni puede ser un objetivo de EE.UU. ni de Israel.

Cierto, es posible que a Trump y al Pentágono les gustaría tener una base ahí, cerca del pasaje de Drake. Mount Pleasant es una base militar británica, no de la OTAN.

Pero ni Milei con sus muestras de fidelidad perruna puede convencer a Estados Unidos que seríamos un aliado más confiable, más fuerte que Gran Bretaña, al punto de forzarla a que nos entregue las islas. Es un escenario absurdo, aún en este siglo de absurdos.

Y hay una isla más grande y en una posición aún más decisiva para monitorear, y en el caso impedir, el pasaje interoceánico: Tierra del Fuego.

A propósito de eso, hay un dato a tener en cuenta: el 4 de abril de 2024, Milei viajó a Ushuaia para reunirse con la entonces jefa del Comando Sur de EE.UU., la generala Laura Richardson. Allí anunció un centro logístico con proyección antártica que se desarrollaría de forma conjunta con Estados Unidos. Sería «una puerta de entrada al continente blanco”.

También lo dijo el vocero presidencial de entonces, Manuel Adorni, que se refirió a la obra como desarrollada “en conjunto” entre Argentina y Estados Unidos.

No hace falta recordarles que no se avanzó un paso en ese proyecto. El gobierno argentino no tiene los recursos, y Washington parece más preocupado por Irán y el abastecimiento petrolero.

En todo caso, seamos conscientes que si EE.UU. se decide a invertir en la construcción y mantenimiento de una base militar en Tierra del Fuego, tiene otro interlocutor posible. La mitad oriental de la isla es chilena, y Punta Arenas ya es un centro logístico importante.

Resumiendo: para recuperar las Malvinas, Argentina sólo cuenta con su voluntad, y, quizás, con la ayuda de una potencia aún más poderosa que Estados Unidos y China sumados: el Tiempo.

Deberá emplear esa ayuda para reconstruir su «densidad nacional», y fortalecer lazos de confianza e intereses mutuos con los países vecinos, cuyos puertos hoy hacen más fácil sostener la presencia de Inglaterra en las islas.

Tiene a su favor ese patriotismo instintivo y emocional que a veces se manifiesta en su gente. Pero, otra vez, no reemplaza en la necesaria tarea de disuadir a posibles enemigos, a unas fuerzas armadas bien equipadas, a un complejo militar-industrial-tecnológico,… Ni siquiera a unas modestas fábricas propias de drones.

Abel B. Fernández