La IA y la Argentina: un año de carta de intención

La plata de la inteligencia artificial dejó de ir al software y se mudó a los chips, la energía y los centros de datos. Lo dice el último informe de mercados de Andreessen Horowitz, uno de los fondos de inversión más influyentes de Silicon Valley. Argentina tiene buena parte de lo que ese ciclo necesita y, a un año del anuncio de Stargate, sigue con una carta de intención.

El 30 de septiembre, Andreessen Horowitz (a16z, como se lo conoce en la industria) publicó la segunda edición de su State of Markets, un informe de más de cien gráficos sobre el primer semestre de 2026. La tesis central entra en una frase: la tecnología ya no es un sector de la economía, es el ciclo económico entero. Y dentro de ese ciclo, el dinero se está moviendo del código a los fierros. Qué parte de esa plata va a pasar efectivamente por acá es la pregunta argentina que nadie está haciendo.

La respuesta corta: por ahora, casi nada. No porque falten condiciones. La Patagonia tiene viento, el país tiene territorio y existe un régimen de incentivos pensado para inversiones de este tamaño. Falta lo que separa un anuncio de una obra: una decisión de inversión firmada. El viernes se cumple un año del lanzamiento de Stargate Argentina, y el proyecto sigue apoyado en el mismo documento con el que se presentó.

El ciclo de todo

a16z estima que la tecnología explicó cerca del 76% del crecimiento de las ganancias de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos en lo que va de 2026, con datos hasta fines de agosto. El fondo no publicó cómo hizo la cuenta, así que el número hay que tomarlo como lo que es: una estimación de parte interesada. a16z invierte en OpenAI, SpaceX y Databricks, entre otras. Le conviene que el ciclo siga.

Aun con esa salvedad, el diagnóstico de fondo es difícil de discutir. Durante décadas, lo que marcaba el pulso de la economía eran los bienes durables: casas, autos, heladeras. Hoy ese lugar lo ocupa la tecnología. Según el informe, el equipamiento de alta tecnología, el software y la investigación ya representan alrededor del 55% de toda la inversión de capital en Estados Unidos.

De bits a átomos

Lo novedoso no es que la tecnología gane. Es dónde está ganando. En la década pasada, la estrella fue el software: costo marginal casi cero, márgenes enormes. Ahora la estrella es el hardware. La construcción de infraestructura para IA despertó industrias que el mercado consideraba lentas, cíclicas y caras: semiconductores, redes, generación eléctrica.

Los números ayudan a dimensionarlo. Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle invirtieron 416.000 millones de dólares en 2025. Las estimaciones de los analistas ubican 2026 cerca de los 777.000 millones y proyectan más de un billón para 2027. Esa plata sale, en gran parte, de las ganancias de esas mismas empresas, y cada vez más de deuda. El informe lo resume con una imagen precisa: el flujo de caja de las grandes tecnológicas se está convirtiendo en flujo de caja de los fabricantes de chips.

Y la demanda no afloja. La teoría decía que las placas de procesamiento, las GPU, se volvían obsoletas en tres o cuatro años. No está pasando. El precio de alquiler de modelos de varias generaciones atrás, como la A100 de Nvidia, está igual o por encima de lo que estaba en enero. El cómputo sigue faltando en todos los eslabones de la cadena.

Y ahí es donde la conversación se vuelve concreta para Argentina.

Un año después

El 10 de octubre de 2025, en Casa Rosada, se anunció Stargate Argentina: una carta de intención entre OpenAI y la empresa Sur Energy para un centro de datos de hasta 500 megavatios en la Patagonia, con una inversión de hasta 25.000 millones de dólares dentro del RIGI. OpenAI participaría como principal compradora de capacidad de cómputo. La construcción y la operación quedarían a cargo de una sociedad entre Sur Energy y un proveedor global de infraestructura en la nube cuyo nombre nunca se informó.

A septiembre de 2026, el proyecto seguía apoyado públicamente en esa carta. Sin decisión final de inversión conocida. Sin obra iniciada. En mayo, el Buenos Aires Times ya había reportado que no había rastros de una presentación formal.

El informe de a16z permite leer esa demora con otros ojos. Si la demanda de cómputo supera a la oferta, el problema no es que falte interés global en construir. Es que la competencia por dónde construir es feroz. Los países que se quedan con los data centers no son los que tienen mejor recurso en abstracto. Son los que ofrecen energía firme, conexión a la red, permisos rápidos y contratos de largo plazo con una contraparte identificable. Una carta de intención no vinculante es un punto de partida. En un mercado donde cinco empresas van a gastar casi 800.000 millones de dólares este año, también es fácil de reemplazar por otra ubicación.

Hay además un detalle que no es menor. En el esquema anunciado, la parte tecnológica la ponen otros. Argentina aportaría energía, tierra y beneficios fiscales. Es una posición legítima, pero conviene nombrarla: en el ciclo de los átomos se puede jugar como dueño de la infraestructura o como proveedor de insumos para la infraestructura de otros.

Lo que se viene

El informe cierra con una apuesta: la IA va a ampliar su demanda hacia robótica, biotecnología, salud y defensa. Todo eso necesita más cómputo, más energía y más redes. Si la proyección de más de un billón de dólares para 2027 se cumple, la carrera por ubicar esa infraestructura se va a intensificar.

Hay un matiz que el propio informe reconoce. La adopción de IA en las empresas es amplia pero superficial: casi el 30% de las compañías del S&P 500 reporta algún impacto cuantificable, pero apenas el 2% informa una métrica que sigue en el tiempo. Se está construyendo para una demanda que todavía no terminó de demostrar su retorno. Eso puede ser señal de burbuja o de que lo grande todavía no llegó. a16z, como inversor, apuesta a lo segundo.

Para Argentina, cualquiera de los dos escenarios lleva a la misma conclusión. La ventana para entrar como sede de infraestructura está abierta ahora, mientras el cómputo escasea. Cuando la oferta alcance a la demanda, los proyectos que no se firmaron se van a seguir posponiendo, y los que se firmaron en otro lado ya van a estar funcionando.

El ciclo de todo ya tiene ganadores visibles: los que fabrican chips, los que generan energía y los que construyen donde la red llega. Argentina tiene viento, tiene territorio y tiene un régimen de incentivos. Lo que todavía no tiene es un contrato.

El viernes se cumple un año de Stargate Argentina. La pregunta es si el próximo anuncio de infraestructura va a llegar con una firma o con otra carta de intención.

Columna de IA por Esteban Terranova

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