Eduardo Zuain, el diplomático que el Presidente Alberto Fernández acaba de designar para encabezar la embajada en Moscú, reveló que el gobierno aspira a alcanzar un acuerdo con Rusia para fabricar en un laboratorio argentino la vacuna Sputnik V.
«Es un deseo, una aspiración y un objetivo estratégico de la Argentina empezar a trabajar para que un día esas vacunas se empiecen a fabricar en la Argentina», afirmó Zuain.
Fuentes de la Cancillería señalaron que las negociaciones son, por el momento, conversaciones a largo plazo con las autoridades del centro Gamaleya, de Moscú. Pero subrayaron que el proyecto de producir la Sputnik V en el país existe y sería «una segunda etapa», porque el primer paso es «garantizar que lleguen las vacunas prometidas».
«Mi tarea en Rusia empieza por abogar porque continúen los envíos de vacunas a la Argentina del modo más regular posible. Y conseguir que en la Argentina se empiecen a fabricar vacunas. Vamos a hacer gestiones para iniciar un proceso que termine en eso: Argentina como centro de producción de vacunas. Tenemos que ir por eso», había afirmado Zuain en declaraciones radiales.
La Sputnik V se produce actualmente, además de en Rusia, en India y Corea del Sur, mientras están avanzadas las tratativas para que Brasil se convierta también en fabricante. La posibilidad de sumar a la Argentina en el segundo trimestre del año ya la había sugerido en diciembre el director ejecutivo del Fondo Ruso de Inversión Directa, Kirill Dmitriev.
Zuain lo puso como su prioridad, en momentos en que la altísima demanda mundial de vacunas está provocando demoras en la provisión. A la Argentina llegaron menos de 900.000 dosis, muchísimas menos de las que había anunciado el Gobierno. Solo en enero el Presidente había dicho que llegarían 5 millones.
«Hay una disputa por las vacunas. Todos los países lo quieren lo antes posible. Afortunadamente, nuestro gobierno golpeó todas las puertas y por eso hoy está en el selecto grupo de países que empezó a vacunar -afirmó Zuain. Vamos a abogar para que continúen los envíos del modo más regular posible».
Comentario de AgendAR:
En nuestra opinión, la aspiración que revela el embajador Zuain es un proyecto deseable y posible. Pero es necesario tener claro que su realización puede llevar un tiempo largo. No depende solamente de la voluntad política que exista en el Kremlin o en la Casa Rosada.
Es necesaria una infraestructura industrial en condiciones de producir en gran escala y bajo normas GMP (Good Manufacturing Procedures) medicamentos biológicos (las vacunas como la Sputnik son eso). Si la farmacología farmoquímica o de síntesis fue la 1.0, la que dominó el panorama desde 1880 a 1980, la «biológica» es la 2.0 y sus bases son la biología molecular y la ingeniería genética.
La Argentina debutó en este campo con empresa como Biosidus (lamentablemente, vendida hace poco a un fondo de inversión estadounidense) y el grupo ELEA o Insud, al que pertenece mAbxcience, reconvertida rápidamente de su finalidad original (fabricar anticuerpos monoclonales) a elaborar la vacuna Oxford. Eso se hizo en un acuerdo de partes entre ELEA, AstraZeneca y el magnate mexicano Carlos Slim.
La Argentina tiene ya 4 décadas de experiencia en biológicos. Es producto de recursos humanos formados en ciencias biomédicas en las universidades públicas y desde la década del ’40 por premios Nobel, como lo fueron Bernardo Houssay, Luis Leloir y César Milstein. Pero también ocurrió porque algunos empresarios nacionales -no muchos- encararon la aventura de producir biológicos, en algunos casos con desarrollos tecnológicos propios y libres de patentes externas. Los países de desarrollo medio capaces de cosas así son pocos.
Esta capacidad a la Argentina le valió el papel (poco brillante pero muy ganancioso) de fabricar genéricos que se venden en el exterior con las etiquetas de las Big Pharma del Hemisferio Norte. Los controles de calidad son severísimos, porque las grandes marcas mundiales no arriesgan su reputación, pero comprando en Argentina, Brasil, Corea o la India, bajan mucho sus costos. Y el consumidor final, el paciente del Hemisferio Norte, no tiene ni idea.
Lo cierto es que los países como el nuestro, con un desarrollo tan desigual y combinado, adelantados en algunas pocas ramas tecnológicas pero atrasados en las más, son raros. Y eso en parte explica por qué AstraZeneca subcontrató en Argentina toda su producción de la vacuna Oxford para los 630 millones de sudamericanos. La firma anglosueca terceriza su vacuna Oxford en 30 proveedores en todo el mundo, entre ellos mAxciencie, y se propuso vacunar con esa fórmula -vendida al costo- al 20% de la población mundial. Sin embargo, casi todas sus plantas están incumpliendo con las agendas de fabricación y AstraZeneca está quedando mal parada ante más de un gobierno.
El posicionamiento de nuestro país como fabricante de genéricos biológicos es algo de lo que el argentino de a pie, y frecuentemente los que lo gobiernan, no tienen la más pálida idea. Significa que algunas industrias argentinas podrían competir en calidad con las Big Pharma que les compran su producción, pero fuera del país o de la región sólo la pueden revender bajo etiqueta de esas grandes marcas veneradas. Es el costo de la imagen-país, ligada a exportaciones primarias.
Esa situación también significa que la Argentina no le sobra aún capacidad instalada para ser siquiera un proveedor masivo de genéricos biológicos para el Primer Mundo, como la India. Esa capacidad no se limita a comprarse planta instalada con un «hardware» de producción exquisito. Pasa mucho más por una orquesta afinada de recursos humanos en investigación pura, aplicada, tecnología industrial, gestión regulatoria y márketing. Y eso no se compra llave en mano: se construye en décadas. Bien, parte de ese camino ya lo tenemos hecho.
Más modesta pero urgentemente, lo que necesita ahora la Argentina es volverse productor local de la Sputnik V, visto que TODA la producción de la vacuna Oxford de AstraZeneca se va a México -epidemiológicamente en llamas, y por ello incapaz de dar grandes garantías de que las 22 millones de dosis acordadas nos van volver. La Sputnik es tecnológicamente muy parecida a la Oxford pero conceptualmente más astuta, por usar dos adenovirus distintos para entregar su mensaje génico. De ese modo, el primer pinchazo no genera resistencia inmune contra el segundo: la vacuna no lucha contra la vacuna.
Para fabricar la Sputnik aquí rápido obviamente necesitamos del acuerdo del Fondo Ruso de Inversión Directa (RFID) para que nos transfieran la tecnología. Y eso para llegar a la autoprovisión en un mundo que se ha vuelto incumplidor: Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Sinopharm, Coronavac, y el propio RFID, todos ellos prometían agendas de entrega que hoy no pueden sostener, y eso en buena medida sucede porque la planta instalada en sus propios países de origen no logra volumen de producción. En cuanto a la subcontratación externa, la cantidad de buenos fabricantes de genéricos con normas GMP en países de desarrollo medio y con la experticia farmacológica de la India, Corea, Brasil o Argentina, no queremos insistir, no sobra, ante semejante rampa de demanda planetaria.
Visto lo cual, la idea de Zuain cierra bien: si pasados estos meses en que dependemos de lo que nos entrega Rusia -con cuentagotas-, dentro de unos meses logramos la venia para iniciar una autoprovisión de la Sputnik V, no tendremos que esperar hasta 2023 para tener un porcentaje biológicamente significativo (el 80% al menos) de nuestra población vacunada con dosis completas. La falta de vacunas es el destino casi seguro de la mayor parte del mundo subdesarrollado, con el cuadro de producción actual.
Para Rusia, que está teniendo más éxito del que imaginaba y empieza a recibir gruñidos por atrasos en entrega, nos volvemos un problema de imagen menos. Pero si además logramos volumen como para exportar en forma coordinada con el RFID, para ellos nos volvemos una solución, y seguramente no menor. Sería una estrategia «todos ganan» para ambas partes.
AgendAR siempre dio apoyo a nuestras fortalezas en la farmacología avanzada. En Agosto publicamos: «Vacuna de Oxford en la Argentina: un logro que se nutre de la capacidad científico-tecnológica local». Que AstraZeneca, uno de los dos gigantes globales, junto a Pfizer, en este campo haya elegido a una empresa argentina para fabricarla para toda Latinoamérica evita dar más explicaciones.
No hay muchos más industrias farmacéuticas argentinas en condiciones de asumir esos desafíos. Si bien las firmas locales logran dominar el 60% del mercado interno y varias de ellas incursionaron en biológicos y son exportadoras, tanto con marca propia como ajena, la lista corta es MUY corta: Elea, Bagó, Gador, Roemmers y Richmond. Biosidus, la pionera, ya no es argentina, y seguramente se nos olvida alguna. Pablo Cassará, que este año hizo movidas audaces para independizar al país de la necesidad de comprar reactivos de diagnóstico, puede anotarse en una patriada como la vacuna rusa, pero necesitaría de un aporte de fondos muy grande, que probablemente deberían venir del estado.
El Covid-19 no desaparecerá fácilmente: en un año logró una circulación viral mundial tan apabullante que es imposible que no genere mutaciones, y dado que su transmisión es tan fácil, la pulseada darwiniana entre las cepas mutantes las empiezan a ganar las más contagiosas, que si nos guiamos por el caso de la cepa B.1.1.7 británica, son también más letales. ¿Por qué?
Es simple: las variantes agresivas le ganan terreno a las otras porque se reproducen y se expelen en mayor cantidad en y desde los tractos respiratorios. Las cepas P.1 brasileña y la B. 1.351 sudafricana son más resistentes a los anticuerpos terapéuticos. Peor aún, la brasileña probó ser reinfectante, es decir se la puede agarrar alguien que ya se curó de un Covid, y que en teoría debería ser inmune, o bastante inmune. En ese cuadro, no importa cuántas vacunas nuevas se licencien en 2021: es casi seguro que habrá que irlas modificando y relicenciando a futuro.
Esta pandemia no va a desaparecer elegantemente por sí misma ni con esta primera generación de vacunas. Si el virus empieza a mutar a formas más benignas, como se pronostica livianamente, sólo lo hará cuando encuentre una población inmunológicamente resistente a su transmisión, que le dificulte el paso. Eso se logra vacunando, o -como intentó Suecia- apelando a la «inmunidad de rebaño» y a dejar que la naturaleza haga su trabajo selectivo. Esta estrategia espantosa aplicada a todo el mundo mataría a decenas de millones de personas, y más probablemente, centenares de millones. Recién tras una poda monstruosa de humanos, las ventajas del virus las tendrían cepas lentas y benignas, capaces de hacer durar todo lo posible al infectado asintomático para que infecte.
Obviamente la Humanidad no puede aceptar que se llegue a esto «por la vía natural». Parece haber sido el caso de otra respiratoria pandémica espantosa, la gripe H1N1, que en tres brotes sucesivos, hace más de un siglo, mató a más de 50 millones de personas. Entre 1918 y 1921, cuando sucedió eso, no teníamos «vacunas inteligentes», diseñadas molécula a molécula y gene a gene, como las de hoy. Contra el Covid, deberemos emplear sucesivas y cada vez mejores vacunas que vayan acorralándolo y dejándolo sin sin escapes evolutivos. No estamos ni empezando. La OMS asegura que hasta que esta primera generación de vacunas de principios de 2020 llegue a los países de menor desarrollo, ya estaremos en 2023. Y mientras haya países infectados, por muy lejanos y aislados que estén, estará en peligro el mundo todo, ricos incluidos. El mundo se volvió una autopista viral, no sólo informática.
En Agendar creemos que la Argentina tiene base en farmacología biológica como para fabricar la vacuna Sputnik V bajo licencia rusa, y no sólo ayudarnos, porque estamos tapados de contagios, sino ayudarlos a los rusos, porque hace meses la Sputnik no la quería nadie y hoy, en cambio, están tapados de demanda.
Pero el país debería estar pensando también en desarrollar sus propias vacunas, con candidatas como las de la UNSAM, la UNL y la Universidad Católica de Córdoba. Necesitan entrar en estudios de fase y son caros. Mercado local y mundial, desgraciadamente, sobra, y más desgraciadamente aún, promete persistir. Pero hay que plantearse planes cuidadosos y relevar bien los recursos científicos, tecnológicos y de infraestructura disponibles. Con el voluntarismo no basta.
Y buena suerte en Rusia, embajador Zuain.


