“HABEMUS PAPAM”: INGENIERÍA GENÉTICA ARGENTINA

Mientras muchos se obsesionan con los vaivenes del dólar y las tasas -el casino financiero- la ciencia argentina sigue brindando herramientas para la salud de nuestra gente, o para la actividad productiva.

Este lunes 14 informamos de un convenio para producir aquí la vacuna contra la fiebre amarilla. Hoy, uno de nuestros editores, Daniel Arias, desarrolla el significado de una noticia que dimos ayer mismo.

INGENIERÍA GENÉTICA VEGETAL QUE PUEDE DAR PREMIOS NOBEL Y PLATA

En menos de una semana, la ciencia criolla sorprendió con dos novedades de ingeniería genética en el tercer cultivo más consumido del planeta: la papa, o Solanum tuberosum. Luego de su mejor década en investigación y desarrollo, entre 2005 y 2015, la Argentina está logrando por fin una ristra de descubrimientos básicos y aplicados que podrían darle no sólo premios sino grandes ventajas económicas al país. Si culminan en patentes, claro está. Y si esas patentes se radican aquí.

Y preferentemente, si las compran empresas argentinas.

La “papa inoxidable” del INTA-Balcarce

Una de las novedades, que en AgendAR bautizamos “la papa inoxidable”, viene del equipo que dirige Sergio Feingold en el INTA-Balcarce. Todavía está en estado ciencia aplicada, pero con la filosofía de patentamiento más bien laxa vigente en los EEUU, la Argentina debería estar ya buscándole protección. ¿Por qué? Porque su desarrollo como tecnología industrial parece bastante inminente.

La novedad consiste en el “silenciamiento” del gen de la polifenol-oxidasa, enzima que hace que la papa se ponga negra al pelarse o machucarse durante la cosecha, almacenamiento, transporte o pre-procesamiento. Dado que el “pardeamiento enzimático” es la principal fuente de descarte de tubérculos perfectamente sanos a lo largo de la cadena que media entre el productor y el consumidor, ese “know-how” podría cosechar mucho más dinero para el país que nuestra cosecha nacional de papas en sí. Que con 2,4 millones de toneladas, no es poca. Pero palidece en comparación con las 95.98.500 toneladas producidas por China en 2015. O las 19.843.900 producidas por Estados Unidos.

Pasar de “ciencia aplicada” a tecnología industrial, para la gente del INTA-Balcarce, supondrá lograr que se logre inhibir la enzima citada no en el 15% de la descendencia de la papa, sino de un número mucho más elevado y sostenible de esa progenie, y que no haya regresión genética el estado anterior a lo largo de varias generaciones de cultivo. ¿Qué porcentaje de papas “inoxidables”? ¿Cuántas generaciones?

Esos números no están en ningún libro. Son los que estén dispuestos a pagar los agricultores. Especialmente, los del Sudoeste asiático, donde la papa se está transformando en una fuente de hidratos de carbono casi tan importante como el arroz.

La “super-papa”, o la “super-fotosíntesis”

El otro “breakthrough” argentino con el Solanum tuberosum es de una importancia casi vertiginosa. En AgendAR estuvimos tentados de bautizarlo “la superpapa”. Y sin intención humorística alguna. Simplemente sabemos cuando un descubrimiento básico parece cerca, realmente muy cerca, de volverse en “game changer” tecnológico global.

Para espantar legos (no es la intención) podríamos llamar a este desarrollo, que tiene su lado de ciencia pura y su lado de tecnología, la “super-expresión del gen BBX21”. En castellano simple esto parece ser la llave genética para hacer que cualquier cultivo tenga una fotosíntesis más poderosa, y como resultado indirecto, una mayor producción en cosecha. Tal vez el mejor título para este desarrollo sea “super-fotosíntesis”. Que voten los lectores.

Pero si esto hay que decirlo de un modo que seduzca a un empresario agrícola calibre Gustavo Grobocopatel, ¿qué tal una planta de papa capaz de crecer más rápido que una maleza? Y dado que Los Grobo por ahora no se han metido –que se sepa- en papas, ¿qué tal una soja que crezca más rápido que la mata negra?

Veo que algunos lectores ligados a agroindustrias han dejado de bostezar y me miran fijamente. La mata negra (Brachyclados lycioides) es una leñosa típica de la Llanura Chacopampeana que, desde que 1996, cuando desembarcó la agricultura transgénica en la Argentina, se fue volviendo cada vez más resistente a las dosis más extremas de los herbicidas más discutibles, y a sus múltiples cócteles y combinaciones.

Reformulo la pregunta: ¿qué tal una soja que a fuerza de pura fotosíntesis logre derrotar en crecimiento vertical y uso de nutrientes de suelo a TODAS las malezas contiguas, sin tener que usar el cada vez más debatido e inefectivo glifosato, y sin pagarle el gen RR de resistencia a la Monsanto-Bayer? Planta que fotosintetiza mejor, crece más.

Eso es un sueño de máxima, pero nadie habla de imposibilidades: a lo sumo, de dificultades (este estudio tomó 10 años). Con mucha modestia, la “super-papa recombinante porteña” de la UBA y el CONICET tiene un rendimiento en tubérculos un 15% mayor, y eso da para hacer olas en “la pampa papera” en inmediaciones de Miramar, Mar del Plata y Balcarce. La planta que sus creadores inicialmente creyeron recombinante (y fue un error) da papas más chicas, pero en mayor cantidad, y la biomasa resultante en almidón apunta al número citado.

La investigación viene del IFEVA (Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura), de la UBA y el CONICET, y de la FAUBA (Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

El experimento consistió inicialmente en tomar el gen BBX21 de un “yuyo silvestre” de difusión casi planetaria, la Arabidopsis thaliana, cuyo mérito más notable es haber sido la primera planta en ser secuenciada genómicamente. Esto la transformó, en los laboratorios de biotecnología vegetal, en el equivalente de los ratones en el testeo de nuevos fármacos en salud humana. A esta planta algo relacionada con la mostaza, el nabo y la rúcula, especie tan poco notable que no tiene ni nombre popular (o por el contrario, exceso de ellos), se le viven poniendo y sacando genes “para ver qué pasa”. Eso es ciencia pura.

En este caso, se le sacó el gen BXX21, relacionado al parecer con algunas mejoras en la fotosíntesis, y se implantó ese gene, supuestamente ajeno, en el genoma de papas de la variedad Spunta, la más cultivada en Argentina. El que piense que esto era una búsqueda inocente y al azar, se equivoca. La ciencia pura a veces no lo es tanto.

Al llegarse a una papa Spunta transgénica con hasta 7 implantes genéticos BXX21, la inclusión significó que la planta expresaba una cantidad mucho mayor de antocianinas y compuestos fenólicos en las hojas. Y esos pigmentos protegen la hoja y le permiten hacer rampa de fotosíntesis en las horas en las que el sol pega más vertical y con más ferocidad, cerca del mediodía.

Es sorprendente pero tiene sentido. Las plantas son mayormente verdes porque para fogonear sus fotosíntesis, absorben los componentes rojos de la radiación solar, comparativamente los de menor energía dentro del espectro solar. Los componentes verdes y azules de alta energía más bien los reflejan. Pero los componentes ultravioletas, cuya energía es tanto mayor que puede destruir el ADN por generación de “radicales libres”, necesitan otro tratamiento.

Las uvas negras tratan de mitigar esa energía fotónica absorbiéndola con moléculas que lo disipen como inofensivo infrarrojo. Por eso es tan subido en taninos y polifenoles el vino de las uvas Cabernet y Malbec de los Valles Calchaquíes. Son viñedos altos, casi tropicales por latitud, y por ello muy expuestos a una feroz irradiación ultravioleta al mediodía. La cáscara de las uvas ambientadas allí está atiborrada de pigmentos oscuros protectores. No es de extrañar que las hojas de otras especies vegetales hagan lo mismo con pigmentos más rojos, marrones e incluso azules, como las antocianinas y polifenoles.

En esta investigación, empezada hace ya 10 años, hubo una sorpresa mucho mayor y más básica: el gen BXX21 resultó no ser exclusivo de la Arabidopsis thaliana. Está también en Solanum tuberosum, es decir en la planta de papa. Y está en aparentemente todo el resto del mundo vegetal, incluidos los árboles. Lo cual tiene también su lógica: casi todas las plantas, salvo las que crecen en la penumbra, necesitan fotosintetizar al mediodía. Si cada planta compite contra sus vecinas en crecimiento, no le conviene “dormir la siesta al mediodía”. No se puede «apagar» metabólicamente para no sufrir daños oxidativos. Si lo hiciera, desaprovecharía el horario de máxima iluminación.

De modo que la papa transgénica con genoma “enriquecido” en BXX21 no es, en rigor, transgénica. Si a la Unión Europea se le ocurre rechazarla con argumentación ecologista para que sus «farmers» subsidiados puedan seguir jugando a la agricultura, van a tener que inventar unos dibujos legales escalofriantes. La «super-papa» FAUBA-INTEVA, o UBA-CONICET (que los lectores voten cómo llamarla) no tiene ningún gen con pasaporte de otra especie, ni siquiera de otra especie emparentada y clasificable en el mismo género. Nada de eso. Tiene mayor cantidad de algo con que ya venía desde hace milenios o eones, según qué antigüedad evolutiva tenga el BXX21, y que parece ser un gen clave en regulación de la fotosíntesis vegetal en buena parte de la biosfera.

Crocco, Gómez Ocampo y Botto

De modo que la “super-papa” porteña no sólo debería ser exportable «per se», sin intromisión de entes regulatorios. Mucho más que eso, es -como dicen sus creadores- la punta de un iceberg, tanto en ciencia básica como en aplicaciones patentables.

Con la reciente publicación en Plant Physiology  pasan a la fama Javier Botto, Profesor Adjunto de la cátedra de Fisiología Vegetal de la FAUBA, Carlos Crocco, docente de la misma cátedra, y Gabriel Gómez Ocampo, co-autor del trabajo y becario del CONICET con sede en el IFEVA, además de otros co-firmantes. Ganaron el bronce. Sería una lástima que fueran investigadores y empresas de otros países los que ganen el oro. Hay que patentar.

AgendAR subraya que estas cosas están sucediendo como consecuencia lógica de algo más de una década de inversión sostenida en ciencia y tecnología, un suceso “freak” en la historia argentina. Advierte también que desde 2016 el MinCyT (Ministerio de Ciencia y Tecnología), desandando sus pasos, está “en achique” presupuestario. Este año dejó sin trabajo a 800 aspirantes que, como becarios “de iniciación” y luego “de perfeccionamiento” se habían doctorado o posdoctorado, y ganado duramente, a lo largo de esa misma década, su nombramiento como investigadores profesionales del CONICET. Se aspiraba a tener un CONICET con 20.000 investigadores en 2020. Y al INTA se le vienen recortes de planta del 8%, y se empiezan a detener investigaciones «de bandera».

Puede ser que nos estemos perdiendo algunos premios Nobel: vendrían bien para la golpeada autoestima argentina. Pero lo seguro y peor es que estamos perdiendo plata.

Daniel E. Arias