Un debate, y un mar a proteger ¿Cómo puede Argentina recuperar sus submarinos?

La valiosa publicación Zona Militar, especializada en temas de defensa, aportó, con una semana de diferencia, dos visiones antagónicas (por la misma periodista) sobre el camino que debe seguir nuestro país -oceánico por geografía, aunque en la mayor parte de su historia haya dado la espalda al mar- para reconstruir una herramienta básica para su defensa. Creemos que esas dos miradas traen información, sobre nuestra situación actual y las alternativas que se consideran.

Reproducimos ambas aquí, y ofrecemos nuestra opinión. No para cerrar el debate, por cierto. Para contribuir a ampliarlo a más argentinos.

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ARA Santa Cruz: la alternativa para recomponer la Fuerza de Submarinos

Jennifer P. Olivera

Tras la tragedia con el submarino ARA San Juan, el Comando de la Fuerza de Submarinos de la Armada Argentina quedó sin unidades en servicio en 2017, y desde entonces poco se ha dicho sobre el tema.

En la actualidad, los submarinistas argentinos se capacitan gracias al submarino ARA Salta que opera como simulador, dado que ya no puede navegar, y a su vez, existen convenios con la Armada de Perú para la realización de las prácticas de inmersión. Sin embargo, esta situación actual dista de ser la más conveniente para la fuerza de submarinos, si lo que se pretende, es mantener la capacidad submarina en la Armada.

La aprobación del FONDEF este año estableció cuáles son los proyectos prioritarios para la defensa, y como alternativa, la gestión de Rossi planteó la posibilidad de incorporar un submarino nuevo del extranjero y acelerar la reparación del submarino ARA Santa Cruz (S-41) que se encuentra en Tandanor.

Sin embargo, al analizar el FONDEF, ese fondo tiene como objetivo principal realizar el reequipamiento de las Fuerzas Armadas mediante el impulso de la industria nacional siempre que sea posible. Por consecuencia, el lineamiento general del nuevo fondo para la defensa establece que, en primer lugar se hará la recuperación de material, en segundo lugar, se pensará en la modernización, y como última opción, se analizará la incorporación de nuevo equipamiento.

Por ende, entiendo que, acelerar la reparación del ARA Santa Cruz, es la respuesta más inmediata que se podrá esperar del Ministerio de Defensa ante la pregunta sobre qué sucederá con la fuerza de submarinos argentina. Si bien el ministro Rossi ha dicho públicamente que espera analizar la adquisición de un submarino del extranjero (se mencionó opciones de Brasil y Noruega), lo cierto es que todavía no existe un proyecto viable que se haya dado a conocer.

Esto me lleva al análisis de la opción más esperanzadora que tiene la Argentina: el ARA Santa Cruz.

El ARA Santa Cruz fue construido en el astillero Thyssen Nordseewerke de Alemania en 1980 y entró en servicio en la Armada Argentina en 1984. En 1999 se le realizaron tareas de Media Vida divididas en dos etapas, una en el Arsenal de Marinha do Ro de Rio de Janeiro en Brasil y otra en el Arsenal Naval de Puerto Belgrano. En esa oportunidad se cortó el casco para acceder a los motores y cambiar sus 960 baterías. En su momento se optó por una opción especial de la marca MTU, que en comparación con otros motores, no presenta una duración tan prolongada, ofreciendo una prestación de tan sólo 2.000 horas. Ya en Argentina, se le realizó las tareas de Media Vida en el casco, el armamento y los sensores. Se estima que en su momento, el costo del trabajo en las baterías fue de unos 6 millones de euros.

Actualmente, el S-41 está en el Astillero Tandanor, siendo sometido nuevamente a tareas de Media Vida, dónde, según pude conocer, se estarían realizando trabajos a las baterías que han presentado problemas, además de arreglos en el casco del submarino y a varios equipos que muestran signos de degradación.

De acelerar y finalizar la tarea de Media Vida en el ARA Santa Cruz, el sistema gozará de la extensión en su vida útil, pudiendo incorporarse en el mediano plazo, a la Fuerza de Submarinos. De este modo, la Fuerza de Submarinos pasaría a contar con un submarino modernizado y un simulador. Pero sobre este punto, me planteo la siguiente pregunta: ¿Qué otra alternativa existe? ¿Analizar la oferta de submarinos procedentes de Noruega? ¿Terminar el ARA Santa Fe? ¿Es suficiente un único submarino en servicio?

Considero que debido a la compleja situación económica que transita el país, adquirir equipamiento extranjero parece poco probable. Por otro lado, finalizar el ARA Santa Fe, es una opción que la Armada está evaluando, pero no hay información todavía sobre la viabilidad del proyecto.

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El ARA Santa Cruz, lejos de ser la mejor opción para la fuerza de submarinos

Jennifer P. Olivera

En una nota anterior abordé la problemática de la Fuerza de Submarinos argentina, incorporando al submarino ARA Santa Cruz (S-41), como una alternativa para recomponer la fuerza que se encuentra sin unidades en servicio desde que el ARA San Juan naufragó en el fondo del mar tras un siniestro que dejó a 44 personas sin vida.

El ministro de defensa en reiteradas ocasiones al ser consultado sobre la situación de la Fuerza de Submarinos, afirmó que, una de las alternativas y la más próxima a ser resuelta, sería finalizar la tarea de Media Vida del ARA Santa Cruz para incorporarlo a la fuerza.

Sin embargo, la discusión interna que surge es si es realmente viable invertir dinero y tiempo en la modernización del submarino.

Para algunos, la misma presenta una oportunidad de contar con un submarino para la fuerza en el corto/mediano plazo, pero para otros, implica invertir una suma considerable de dinero en un submarino que ya quedó obsoleto, no solo ante el avance tecnológico mundial, sino que el mismo ya no contempla las necesidades actuales de la defensa marítima argentina.

De tal modo, disponer del submarino Santa Cruz ya no sería una opción porque por más que se pretenda modernizarlo, lo cierto es que su casco ya tiene más de 40 años, con una vida estimada de 50 años. Además, al S-41 ya se le realizó una tarea de media vida en 1999, y es importante determinar si es posible volver a realizar el corte del casco nuevamente para proceder con dicha tarea. Del mismo modo, una reparación de tal envergadura precisa de un tiempo estimado de 3 a 4 años antes de que pueda volver a navegar, con lo cuál, se estaría ya ante un submarino que le restaría poco tiempo de utilidad.

Sin embargo, la opción del ARA Santa Cruz aún figura como una alternativa. Pero al consultar a expertos, la respuesta es que la modernización del ARA Santa Cruz está lejos de ser la mejor opción para recomponer la fuerza de submarinos.

Hay que tener en cuenta que, prácticamente todos el sistemas de radares, el sonar, el snorkel, etc. que se encuentran en el submarino, operan con tecnología hidráulica y en la actualidad los submarinos del mundo operan con todo eléctrico. También el hecho que los submarinos de la clase TR1700 no ofrecen la misma autonomía que los más modernos, y teniendo en cuenta la amplia plataforma marítima argentina, habría que que contemplar la recomposición de una flota de submarinos capaz de cubrir todo el territorio marítimo argentino, y que sea capaz de hacerlo con tecnología moderna, sobre todo en lo que se refiere a las telecomunicaciones, la electrónica y la capacidad de los motores y baterías que en el presente se utilizan las de iones de litio porque presentan una carga más rápida y mayor duración para garantizar que el submarino pueda operar y realizar las misiones para las cuales está diseñado de una forma más eficiente.

Por otro lado, muchas de los sistemas y partes que se encuentran en los submarinos TR1700 que requieren reparación y modernización ya no se fabrican en ninguna parte del mundo, con lo cuál se necesitaría solicitar que se hagan especialmente para la Armada Argentina, elevando el costo.

La otra alternativa como se planteó en una nota anterior, es esperar a incorporar un submarino extranjero que este en proceso de ser dado de baja pero que se encuentre aún en condiciones de operar. Se observa que la Armada de Noruega podría estar dando de baja unidades en los próximos meses pero habría que ver si la situación económica en el país permite un proyecto así.

Cómo conclusión, dado que el submarino ARA Santa Cruz presenta un costo de modernización muy alto teniendo en cuenta las prestaciones que podrá realizar en el largo plazo, tal vez lo más conveniente sea optar por la adquisición de un submarino de procedencia extranjera, y comenzar a estudiar alternativas. Claramente modernizar al ARA Santa Cruz implica desembolsar mucho dinero para obtener un sistema que, incluso modernizado, no estaría a la altura de las necesidades actuales de la Argentina. La otra vía es la incorporación de un submarino nuevo, sin duda, la opción más atractiva pero difícil de vislumbrar en el escenario económico actual, con lo cuál la necesidad de restituir la capacidad perdida con el hundimiento del ARA San Juan, aún permanece incierta.

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Sugerencia de AgendAR:

Estas posiciones divergentes dejan en claro algo que debería ser obvio: es necesario separar las decisiones estratégicas para la defensa nacional, que necesariamente se desarrollan a lo largo de años y décadas, de las urgencias inmediatas.

Argentina necesita reforzar ahora su capacidad de vigilancia e intervención en el Atlántico Sur, para evitar el saqueo a que está siendo sometida, evaluado (por lo bajo) en U$ 2.000 millones/año sólo considerando la materia prima de peces de escama y moluscos, que se vuelven U$ 14.000 millones con los productos terminados. El S-41 Santa Cruz, se evaluó en 2018, puede volver al mar por U$ 60 millones. ¿Entonces?

Hay muchos instrumentos para defender nuestro mar más apropiados y económicos que un submarino. Igual, contar con al menos uno en condiciones de navegar es imprescindible para no terminar aprobando sin siquiera discutir toda nueva exacción de territorios marítimos que nos impone el Reino Unido. Necesitamos recuperar alguna herramienta de disuasión creíble, y más vale tarde que tardísimo.

En el plano estratégico, hemos sugerido en varias ocasiones que se empiece a estudiar en profundidad un proyecto que se esbozó en la cámara de Diputados hace pocos años: construir un submarino nuclear. Un proyecto ambicioso, pero posible, al menos del modo en que vienen encarándolo nuestros vecinos brasileños: ya se van tomando dos décadas para ello. Y no dude que llegarán.

Aquí eso llevaría no menos de 15 años, y probablemente más. Los submarinos nucleares no se sacan de una galera. Implicaría ante todo el desarrollo de un reactor nuclear tipo PWR -que es difícil de compactar- adecuado para la propulsión de un submarino, y se aprovecharía la estructura inconclusa del S-43 ARA Santa Fe, el sumergible tipo TR-1700, similar al malogrado S-42 ARA San Juan. Sin embargo, diseñar desde planos, licenciar en cada etapa de avance, construir, testear y desplegar un nuevo motor nuclear tipo PWR (Pressured Water Reactor) sería una tarea de una década en sí misma por lo bajo, incluso para la Argentina, hasta hace poco el único país del Hemisferio Sur con capacidad de diseño de reactores nucleares de potencia.

Entre otras cosas, porque además de hacerlo desde cero, ese motor hay que construirlo por duplicado, con una copia de simulación a tamaño real en tierra que certifique si la versión embarcada está en condiciones de navegar. En tiempos de CFK se especuló con la posibilidad de ponerle al S-43 Santa Fe una planta nuclear de potencia de tipo CAREM, convectiva y sin bombeo, como la que hoy se construye (sumando atrasos sobre atrasos) en Lima, provincia de Buenos Aires, al lado de las Atuchas 1 y 2. Pero este tipo de reactor podría ser útil a lo sumo en una nave de superficie: su recipiente de presión debe ser muy largo en la vertical por necesidades de termohidráulica, y perdería potencia y capacidad de enfriamiento en caso de inclinarse por rolido, pique o cabreo. Por lo demás, el recipiente del CAREM prototipo actual, de más de 11 metros de alto, no hay modo de hacerlo entrar en el escueto diámetro del casco resistente de un TR-1700.

La opción de terminar el S-43 Santa Fe con su propulsión original diésel, y tal vez mejores baterías (de iones de litio) que las de plomo-ácido con las que fue diseñado en Alemania en los ’70, es menos fantasiosa. Daría una nave de muy largo alcance en navegación a profundidad snórkel, aún con sus baterías originales de plomo-ácido. Aunque jamás  podría dar la vuelta al mundo sumergido a profundidad de combate (hazaña exclusiva de un submarino nuclear), de todos modos sería amenazante a más de 20.000 km. de distancia y sobre todo, casi inubicable, que en conflicto, es cuando obliga al enemigo a invertir grandes recursos antisubmarinos en encontrarlo: puede estar en cualquier lugar del planeta, y atacar por sorpresa y «en la retaguardia». Un submarino oceánico, incluso uno viejo, es la materialización de que la mejor defensa es un buen ataque, aunque ese ataque no suceda jamás.

Así era nuestro perdido S-42 San Juan, y así también podría volver a ser el S-41 Santa Cruz, que en esa nota de Zona Militar se sugiere que debemos dejar a medio reparar -es decir chatarrear, tirar a la basura- para comprar una unidad costera, probablemente usada y con poca vida útil por delante, cara también de reparar y poner en orden de batalla, y por su corto alcance, de prestaciones inferiores. Contra ese argumento contrapesamos que el S-41 Santa Cruz ya está comprado, así como también está comprado (y al mismo fabricante, Thyssen, en los ’70), el que fue durante décadas el único astillero de submarinos de la región: el Domecq García, hoy CINAR.

Respecto de su vida residual, y la afirmación de que el casco resistente del S-41 Santa Cruz está cerca de su límite de servicio, hay que descontar la cantidad de años no navegados que esa nave lleva juntando polvo en el astillero porteño. Y además no se puede dejar la decisión en un par de altos escritorios navales culturalmente proclives -ver un siglo y medio de historia previa- a la importación, a la compra «llave en mano», de material nuevo cuando las vacas están gordas, de segunda mano cuando no, y a desdeñar olímpicamente la industria local electrónica, electromecánica, naviera, de grandes construcciones metálicas, y últimamente, desde que INVAP empezó a tallar en la materia, de radares, sonares y sistemas electroópticos argentinos para control de grandes espacios.

Necesitamos la opinión respecto del casco del S-41 Santa Cruz de los expertos en alta metalurgia de la Comisión Nacional de Energía Atómica y de IMPSA (hoy una empresa nacional): son la autoridad de referencia en recipientes de presión, como los de de centrales nucleares. Por ende, pueden dar un cuadro realista de cualquier pieza gigante de aceros forjados especiales en materia de fragilidad, resistencia y corrosión bajo desgaste físico y químico. También deben expedirse acerca de si el casco resistente del S-41 Santa Cruz admite un doble corte sin pérdida de su capacidad de operar a profundidad de combate (300 metros o más).

Los submarinos diésel-eléctricos, además, son más silenciosos que los nucleares: no tienen que usar ruidosas bombas de refrigeración del combustible de barras de uranio. Y aquí surge otro problema más: forzosamente, el combustible nuclear de un submarino nuclear argentino debería ser de un enriquecimiento bastante alto (HALEU, casi el 20%), y eso para alcanzar una potencia y una vida operativa decentes.

¿Y quién en el ancho mundo nos vendería HALEU para un submarino de guerra? Nadie. Para reactores que fabrican radioisótopos médicos, es otra historia, INVAP vive exportándolos. ¿Pero obtener HALEU para la propulsión de un arma dedicada al hoy muy contestado dominio de nuestro mar? Nuestra planta de enriquecimiento de Pilcaniyeu, Río Negro, es demasiado chica y obsoleta para fabricar la cantidad y calidad de uranio necesarias.

La construcción del S-43 Santa Fe fue abandonada hace 25 años, cuando se había completado en un 74 por ciento. Es un crimen, agravado por cada día que pasa sin solución. El armazón de este submarino nuclear se encuentra sin avances al menos desde mediados de los ’94, en los astilleros del Complejo Industrial y Naval Argentino, CINAR.

Terminar el S-43 Santa Fe con propulsión diésel-eléctrica, sea la original alemana o actualizada con nuevas baterías, se puede hacer con las capacidades nacionales. No de otro modo en 2014 y con 27 años de atraso se terminó Atucha II, que en 2006 era una colección de 85.000 piezas desarmadas. Hoy es la central nuclear más potente de la región, y una de las dos de mayor disponibilidad, pese a sus años. Cuando algo está bien hecho, viejos son los trapos.

Y volver a poner en marcha el astillero permitiría también devolver al mar el S-41 ARA Santa Cruz. Dicho de nuevo: lo eficaz de tener dos submarinos oceánicos como estos tremendos TR-1700 es su capacidad ubicua: incluso como máquinas defensivas son mejores que submarinos costeros más pequeños y de menor autonomía, y si son mejores en este rol es porque pueden defender el Mar Argentino desde afuera y a cualquier distancia.

Finalmente, dado que nuestro gran conflicto marítimo de fronteras es el que tenemos con el Reino Unido, debería ser prioridad nacional obligar a que el Ministerio de Defensa inglés deba gastar mucha más plata que hoy en campear sobre el Mar Argentino. Eso es algo que hoy logra por centavitos.

Volverles caras las Malvinas a Su Majestad se logra de dos modos: pescar calamar en serio antes de que llegue a las aguas que le arrebataron a nuestro país, y con un astillero, más que con sus productos, los submarinos. Devolver lentamente el CINAR a su pico de capacitación y calidad en recursos humanos y materiales, un taller de referencia capaz de fabricar unidades, mantenerlas y eventualmente modernizarlas, es algo más efectivo que tener varios submarinos comprados que deben repararse fuera de la Argentina. Es el astillero CINAR nuestra carta brava para negociar el mar durante las próximas décadas, más aún que los submarinos.

Y además un CINAR elevado a la fama que nunca le dejaron alcanzar ganaría plata. Abriría el negocio de reparar submarinos de otros países… y no sólo en la región.

No concordamos en este tema con Zona Militar.