El gobierno de Estados Unidos presentó las nuevas Guías Alimentarias para Estadounidenses 2025-2030. Dan vuelta de cabeza la vieja “pirámide nutricional”, vigente desde 1974. No es poco, Perón todavía existía y la Internet, no.
Este nuevo evangelio de la derecha extrema le da la derecha a las proteínas y grasas, llama saludables a las que cargaban desde los ’60 el anatema de jodidas, y el “vade retro Satanás” se lo pone a los carbohidratos. Pero agarrate, Catalina, incluso a los carbohidratos complejos e indestructibles, los llamados genéricamente “fibra”.
Cosas de Robert F. Kennedy Jr., el Secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) de los Estados Unidos incrustado en su cargo por el presidente Donald Trump. Hasta que llegó Bobby Jr., siempre fue algún científico «primus inter pares».
Pero llegó y ya empezó a difundir sus evangelios. Diabetólogos, cardiólogos, oncólogos, neurólogos y nutricionistas, nada tenéis que perder, salvo a vuestros pacientes..
Hasta enero de 2026, la fibra era el “nec plus ultra” de la alimentación sana, la base de la pirámide. Si comías mucho arroz integral y verduras, con no poca fruta, el ocasional pescado y el aún más infrecuente pollo, y a sumar el chancho en las fiestas patrióticas y casamientos, estabas medio como condenado a la salud.
En síntesis, si te nutrías como un chino o un vietnamita rural, entonces te volvías viejo, sano, venerable, destinado a ser un flaco supercentenario, lo que según metaestudios a doble ciego sobre millones de casos, más o menos tiene miga.
En la carrera a los 100, más cerca de los 90 que de los 80, te morías de aburrido, nomás. Pero eso tras vivir como un sano asiático estoico, bregando tras tu búfalo en el arrozal, con muy poca propensión a enfermedades crónicas, metabólicas y degenerativas.
La pediatría, oh lectores, se caracteriza por los cambios rápidos y pendulares de paradigma. Sus Tablas de la Ley se reescriben seguido, probablemente porque la investigación clínica es difícil. Andá a que un comité de ética te autorice un doble ciego con niños.
Las rarezas de Kennedy Jr. no son inocuas. Con la nutrición de los chicos, adultos y viejos la historia es distinta. La investigación clínica es apabullante, las publicaciones son consistentes, y los bandazos de opinión son mal mirados. Ni siquiera cuando los inicia un doctor con título, pero sin el mayor cargo de salud pública en su país, y éste ya no es la primera potencia científica del mundo.
Hablo de tí, oh pérfida Albión.
WAKEFIED: CON LA SALUD PÚBLICA NO SE JODE
Nadie quiere repetir el papelón del Dr. Andrew Wakefield, cuando en 1998 publicó en el semanario de medicina clínica más viejo del mundo, The Lancet, que la vacuna triple viral causaba “enterocolitis autista” (eso no existe), con la sola evidencia de 12 presuntos casos, y sin un grupo control.
A Wakefield se le cayó Planeta Medicina en la cabeza, esgrimiendo centenares de estudios serios, masivos y a doble ciego. Ante una reacción tan rápida y masiva, Wakefield y sus co-firmantes, amén de la propia revista, admitieron que estaban macaneando. El buen doctor Andy tuvo que desdecirse públicamente, y en 2010 fue echado del Colegio Médico británico por conducta deshonrosa.
Pero la piedra que tiró en 1998 mató y sigue matando a millones de pibes. Los antivacunas (son muchos) al tipo lo siguen como los talibanes a su Profeta y los Guardias Rojos a Mao.
Por ello, al jefe de redacción de The Lancet que autorizó aquel artículo, y no en la revista «Para Tí», y nada menos que en tapa, lo deben haber destinado a la oficina de Kabul, entre los de su misma lana. O tal vez hoy trabaja revoleando hamburguesas en Mc Donald’s, donde puede matar de sarampión a menos chicos.
Cuando los médicos ingleses le dieron el olivo a Wakfield, el daño ya estaba hecho: la tasa de vacunación infantil británica con la entonces novedosa vacuna triple antisarampión, antirubéola y antipaperas, se cayó al piso. La Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas dijo al respecto que la triple viral, y específicamente su componente antisarampión, entre 2000 y 2023 bajó un 88% la mortalidad infantil, y eso suma un total acumulado de 59 millones.
¿Puede visualizar 59 millones de niños muertos? Con la triple viral se salvaron. No trate de ver los discapacitados neurológicos motrices, los sordos o los ciegos que se salvaron de serlo.
Wakefield y tu hermana.
El mundo de la medicina clínica es conservador. Para cambiar la opinión de muchos, para poner un paradigma patas pa’ arriba, necesitás nuevos estudios que falseen o confirmen el estudio disruptor, y más vale que sean enormes y de procedimientos impecables.
Y aunque los estudios de validación o de réquiem son carísimos, los hay, y con pocas excepciones, tienden a corroborar más que a demoler. La epidemiología cambia, como toda ciencia, pero en general de modo incremental. Se cruza el Jordán, e incluso el Rubicón, pero pisando sobre las piedras y despacito. Es poco petardista, pero muy pocos pegan el resbalón y se caen al agua.
Por ello, los extraordinarios cambios de paradigma alimentario que trompetean, desafiantes, los Departamentos de Salud y el de Agricultura de los EEUU, en tanto que autoridades federales son, sin pestañear, una noticia.
Pero mala, malísima.
Primero, porque las Nuevas Guías de los EEUU no inciden sobre miles de millones de vidas. Se actualizan cada 5 años, y en general, corroboran la doctrina anterior, con ciertos cambios de puntos y de comas, y a veces alguna que otra refutación pequeña (pero picante), de esas cosas que pintan cuando se mira un asunto con la lupa grandes. Por ejemplo, no todo el colesterol es malo, sólo el de baja densidad. Cuando falta el colesterol bueno, el HDL, se disparan los bobazos, los infartos de cerebro y otras menudencias.
Pero establecer en forma contundente en el mundo médico eso tomó desde la década de 1920 hasta la de 1980. Dos generaciones, miles de publicaciones en pugna, decenas de miles fueron dando vuelta los paradigmas, y luego nuevas ideas de base.
Las ideas muy demostradas, y bien demostradas, generan inercia institucional, bendita sea. Los ministerios de salud, en cualquier lugar del mundo, tienden a mantener rumbo y velocidad, como también los acorazados y portaaviones. Y por lo mismo: son cosas enormes, odian zigzaguear, y si lo hacen, es con dificultad.
Y si no encuentran dificultad por deficiencias del estudio, a veces mueren miles o decenas de miles de personas.

Chocar los tacos, hacer la venia y acatar
Los “Departments” en Estados Unidos son ministerios, la pirámide misma de la autoridad federal. Tienen una planta de investigadores intachable e intocable, sin importar si el presidente es Franklin D. Roosevelt o un bruto con peluca naranja sobre el cráneo (y un touch de Alzheimer debajo).
Lo que recomienda “el Fed” es lo que afirma la ciencia, y lo que dice, se hace. A los gobernadores de los 51 estados, por muy peleados que estén con la maldita casta de burócratas médicos de Washington, les conviene obedecer aunque gruñan. Así ha sido casi siempre.
Pasando a qué hay que comer, y qué no, el llamado SNAP, Supplemental Nutrition Assistance Program, y otros programas sociales menores de nutrición -bueno, los que quedan- cada cinco años deben revisar sus paradigmas, y en general hacer la venia, chocar los tacos y acatar. Salvo que tengan refutaciones espectaculares.
Lo mismo vale para los comedores escolares, incluso los de la educación paga. Si un pibe de un colegio gratis en un ghetto, otro en una re-escuela de Nueva Inglaterra hacen shock anafiláctico por algo que estaba en el menú, los padres arman altos juicios. Está en la cultura “Will sue your ass”, como dicen en Netflix.
Lo otro es cómo pega una novedad tan brutal sobre alimentación como ésta, que tendrá vigencia este años hasta 2030, sobre los EEUU pero también el resto del planeta. Las reparticiones federales de salud de los EEUU solían ser cuadradamente científicas y honestas y se tomaban en serio.
No hay suficiente tierra arable en el mundo para alimentar tanto ganado como quiere Kennedy Jr., ni tanta tierra para sepultar a los que lo abracen sus ideas. Los bulos matan gente, y luego, por suerte, a sus autores. Lamentablemente, esto no es una verdad absoluta, pero es absolutamente cierta.
Si una droga licenciada por la FDA (Food and Drug Administration) tenía efectos adversos en su fase de despliegue, le revocaban el permiso de venta y las farmacias debían eliminar de los anaqueles y devolver a origen, lo que se llama un “recall”. El sistema funciona así, y es injusto con las farmacológicas emergentes sin un padrino forrado, pero si hay daños para la gente, ataja la pelota en el área chica.
A veces también dentro del arco, como en el caso de la talidomida, un supuesto tranquilizante para embarazadas que resultó teratogénico y en los ’60 dejó cantidad de niños sin brazos, con las manos saliéndole desde los hombros. Uno recuerda más los goles en contra, por espectaculares, que las decenas de miles de atajadas: no generan títulos. Y como periodista cientifico digo: «Mea culpa, mea máxima culpa».
Salen carísimos, los recalls, de modo que las licencias de fase IV, es decir las de despliegue, distribución y venta, por las dudas, no se regalan. La fase 3, con algunos miles de pacientes en el grupo activo y otros miles en el grupo control, es un matadero, un baño de sangre de ideas que parecían buenas.
Ante la posibilidad de un recall de la FDA, los propios laboratorios, con billones de dólares a ganar, arrugan como frenada de gusano.
Y como la temible FDA depende del NHH, tener un pelotudo total en el NHH (el Bobby) anuncia desastres.
Poderes tácitos globales
Todo esto y la potencia económica de las farmacológicas yankis le dio a la FDA poderes de licenciamiento mundiales. No debería tenerlos y probablemente terminará perdiéndolos, por desprestigio porque toda la administración actual de salud de los EEUU está en manos de ignorantes, irresponsables, y otros adjetivos que empiezan con «i».
Por si alguien saca los pies fuera del plato, el Bobby redujo los 27 centros e institutos del NHH a sólo 8 «para disminuir la burocracia». Llegó el doctor Cureta, y es a la ciencia lo que el Fuhrer fue a la república alemana.
Mantiene su autoridad transfronteras porque a los ministerios de salud de más de cien estados-nación, quieran que no, les conviene seguir lo que recomienda el National Institute of Health en materia de drogas y vacunas.
Es una cesión tácita de soberanía, pero no una decisión expresa. Es lo que hay, y debería ser mejor pero, vista nuestra propia historia argentina, pudo y puede ser mucho peor.
Si los ministerios de salud vasallos no siguen los sanos consejos de Big Brother, los médicos de esas naciones les saldrán con los tapones de punta a sus propios funcionarios toda vez que se arme magno desbole, cosa inevitable, y el asunto se difunda y cunda.
Fue el caso del Vioxx, de Merck. Era un antiinflamatorio y antiálgico muy potente para los dolores de artrosis, al toque de licenciado por la FDA se recetó a 20 millones de personas, y resultó que tenía enormes efectos adversos para el sistema circulatorio.
Hablo de reacciones inflamatorias graves que no habían pintado en los estudios de fase, ni siquiera en la 3, donde se atajan los penales. Pero hasta al Dibu Martínez le cuelan algún shot. Toda fase 3 trata de parecerse al “real world”, el mundo real, donde realmente terminan apareciendo los problemas ocultos. La fase 3 es predictiva, la 4 es la verdad de la milanesa.
A veces una fase 3 de 6000 casos respaldados por 5 hospitales difiere de lo que termina pasando en la calle. Es un impecable modelo de velero armado con pinzas dentro de su botella, y de pronto puesto en el tormentoso mar.
El Vioxx dejó a 140.000 estadounidenses con inflamaciones circulatorias severas (sí, mató a unos cuántos por bobazo), La Merck y la FDA fueron acusadas por los medios de haberse comido la curva, y ambas organizaciones se ligaron “class actions”, decenas de miles de juicios que se fueron unificando en causas comunes.
A los perjudicados o a sus familiares la Merck tuvo que compensarlos con U$ 4850 millones. Cómo hizo la Merck para encajar ese cañonazo y seguir viva, lo sabe Dios.
Como parece obvio, el Vioxx no le salió políticamente gratis ni siquiera a los ministros de salud del resto del mundo colonizado o semicolonizado, donde la prensa se restriega contra los tobillos de los laboratorios como un gatito. Los países que conservan una capacidad de licenciamiento en casa, logran no incendiarse cuando la FDA mete la pata. Pero esa soberanía hay que pagarla. Y «no hay plata».
Las autoridades realmente profesionales de licenciamiento en casa son como la línea de defensa y el arquero locales, Nahuel Molina, Cuti Romero, Nico Otamendi, el otro Nico, Tagliafico, y con el poderoso Dibu Martínez entre los palos y desmoralizando a los shoteadores.

En 1964, el presidente Arturo Illia creó el Instituto Nacional de Farmacología y Bromatología,y no era una sucursal criolla de la FDA. Era nuestro y andaba muy bien, con unos laboratorios y métodos de testeo y licenciamiento y unos cráneos que había que verlos. La “Big Pharma” estadounidense perdió muchos goles ante nuestro viejo Instituto porque los yankis ni se acercaron al área grande, o intentaron un chute largo y pegó en el palo.
El país ni se enteró. Pero por algo los milicos y los medios voltearon a Illia, ¿no?
Quien firma, ignora si a la ANMAT, Autoridad Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica de la Argentina la Merck le hizo un globito con el Vioxx. Aquí ese medicamento fue licenciado por la ANMAT no bien la FDA lo aprobó en Washington, y prohibido no bien lo desaprobó. La cola suele seguir al perro a todos lados.
El Vioxx aquí tuvo poco tiempo de pintar en anaqueles y recetarios, pero a algún artrítico se habrá llevado puesto, inevitablemente.
Esto sucedió en 2004. La ANMAT había sido creada por Carlos Menem en 1993 para tapar un escándalo con medicamentos de venta libre pero contaminados por metanol. La fábrica no tenía un control de calidad coherente porque el estado estaba pintado en la pared. Libertad de mercado.
Así, en 1992 las pastillas y jarabes de propóleos de Laboratorios Huilén dejaron 25 muertos y 100 discapacitados neurológicos gravísimos.
El modo menemista de evadir culpas fue crear otra autoridad regulatoria, y regalarle la potestad a los dictámenes de la DFA yanqui, fuente de toda razón y justicia. Y eso por diseño. De modo que si su dirección, generalmente puesta a dedo por quien haya ganado las presidenciales, la caga mal, se puede argüir «No fuimos nosotros, su Señoría. Fueron los yanquis malos».
Es un poco como ceder la autoridad de la Policía Federal Argentina, de las provinciales, y de todas las comisarías al FBI. Menem lo hizo.
Si la FDA dijo que el Corchoxx es bueno, vamos el Corchoxx. Si lo rebotó en fase 4, entonces es malo: Corchoxx, fuchi fuchi de la Argentina. Esa perversión está en los estatutos fundacionales y funcionales de la ANMAT y desde 1993 nadie quiso cambiarlos.
Ya dije cómo le fue al presidente Arturo Illia en 1966 cuando se peleó con Big Pharma.
Desde la creación de la ANMAT que defiende básicamente a la cambiante direccion de la ANMAT, se volvió imposible desarrollar drogas y vacunas nacionales. La ANMAT cuida su tujes, no el de la población, y te obliga a conseguirte una autorización de la FDA si querés licenciar aquí. Y la FDA es carísima, pero la mejor, como decía la propaganda de los televisores Grundig.
Si por gracia de Dios y de ese poderoso caballero que es don Dinero la FDA autoriza Corchoxx para la venta, aquí en casa el licenciamiento sale como piña y por chauchas, es poner sellos y chau. Pero si no, no. Y licenciar con la FDA te va a costar algunos miles de millones de dolarifacios.
Antes de que eso suceda, las modelos Kendall Jenner y Bella Hadid se van a bajar de las pasarelas, y por fin van a aceptarme un cafecito.
(Continuará)
Daniel E. Arias


