Reflexiones del editor:
Es ya un lugar común decir que el orden global liberal, que se impuso en gran parte del mundo después de 1945 y que pareció triunfar en 1989 -el símbolo fue la caída del muro de Berlín- está destruido. Lo repiten estudiosos y opinadores en general. También este editor, por lo que valga.
Muchos le atribuyen responsabilidad en su destrucción a Donald Trump. En mi opinión, exageran. Es cierto que sus políticas, especialmente en este, su segundo mandato, demolieron instituciones y cambiaron expectativas. Y que estimuló con su ejemplo y algunos apoyos groseros, que llegaran al poder otros lúmpenes con un discurso de «derecha». (Recordemos que antes, aventureros dispuestos a alcanzar y aferrarse al poder, tendían a usar un discurso de «izquierda»).
Pero las causas de la caída de ese orden global eran anteriores y más profundas. Dejaba afuera, o en un rol subordinado, de mano de obra barata, a buena parte de la población mundial. China, y otras naciones en el Este y el Sur de Asia, empezaron a construir su «lugar bajo el sol».
Rusia era y es demasiado grande, y tiene demasiadas bombas nucleares, para esperar que se dejaría empujar indefinidamente.
(De paso: ese orden tampoco reservaba un buen lugar para la América Latina. Pero aquí no fuimos capaces de construir nodos de poder para desafiarlo).
Como sea, algunos cambios son irreversibles. Después del 3 de noviembre, Trump puede o no transformarse en un «pato rengo», con su poder muy disminuido. Pero las ambiciones y temores que ayudó a despertar permanecerán, lo mismo que las causas del derrumbe de ese viejo orden.
Esté yo en lo cierto o no, el hecho es que todo esto es historia. Muy actual, claro. La pregunta es qué puede hacer Argentina en medio de los escombros de ese orden global.
Trataré de hacer algunas sugerencias prácticas.
En principio, admito que quizás para países pequeños, la opción menos riesgosa es entrar en acuerdos con potencias mayores, y confiar que ningún pedazo de ese viejo orden les caiga encima.
Ese camino está cerrado para nuestro país. Demasiado extenso, con una población mediana -casi 50 millones- y muchos recursos naturales. En particular, desde el 5 de mayo de 2012, hace hoy justamente 14 años, cuando se promulgó la Ley 26.741, la renacionalización de YPF, y luego se acordó con la petrolera Chevron impulsar la explotación de Vaca Muerta. Al menos por ahora, el petróleo y el gas son el principal combustible de conflictos. No el único, por supuesto.
Más allá de los hidrocarburos, en este siglo Argentina se ha desarrollado como proveedor de alimentos y minerales a Asia. Con espacio para seguir creciendo. Y está ubicada en el hemisferio occidental, que mucho antes de Trump y seguramente después de él, está en el interés estratégico de los Estados Unidos. Necesita una política exterior inteligente y prudente, como no la tuvimos, salvo excepciones, en los últimos 50 años. Mucho menos ahora.
(El desafío es más evidente todavía para nuestro vecino, el Brasil. Y más urgente. En octubre próximo debe decidir cómo lo encara).
La decisión será siempre política, cualquiera sea la forma en que se llegue a ella. Pero la política sin herramientas no es más que un discurso vacío. Por eso mis sugerencias se refieren a ellas.
La 1ª herramienta es el poder militar. Conozco y respeto la fuerza de los ideales, la fe religiosa, la identidad nacional o cultural. Pero necesitan para preservarse o prevalecer fuerzas armadas propias, y armas también propias -aunque sean muy económicos drones.
Armamento comprado o aliados lejanos geográficamente, no alcanzan, como muestra el caso del chavismo venezolano.
Otras herramientas fundamentales son las de la que ahora está de moda llamar guerra cognitiva. Antes se decía «propaganda». Que incluye la recolección de datos (antes «espionaje»).
En el mundo actual, piezas esenciales de esas herramientas están en poder de grandes empresas tecnológicas, que naturalmente tienen sus propias agendas. O las de sus CEOs y propietarios.
Esto ha despertado en muchos intelectuales de lo que solía ser «Occidente» -América del Norte, la Unión Europea y también en Latinoamérica- reclamos por su control estatal.
Estoy de acuerdo con ellos, y con la Iglesia católica, que un grado de control es necesario. Pero me inclino a pensar que no es suficiente.
Los datos… hace tiempo que los entregamos -en forma voluntaria o inconsciente- a Google, Facebook, Instagram…
La actitud práctica, en mi humilde opinión, es que los estados nacionales desarrollen sus propias herramientas tecnológicas, «convenientes» para alcanzar sus objetivos y defender sus intereses y su identidad. Como observaba hace siglos el maestro florentino, no es prudente depender de mercenarios.
En cuanto al posible mal uso por parte de los mismos gobiernos… Maquiavelo también estaría de acuerdo en que la única salvaguardia es una ciudadanía alerta.
Abel B. Fernández


