Un test para volver a la cancha, al colegio, al trabajo y a la vida

Ups, se nos coló casi el doble de hinchas que permitía el aforo… No respiren, muchachos…

Cuando aterrizan 4 jets al hilo en Ezeiza, los tests de antígenos son lo que hoy pone orden en el caos de 400 o 500 desembarcados que tratan de pasar al galope los controles sanitarios de acceso.

Al respecto, dos comentarios: el primero es que desde que Ezeiza se abrió un poco, esos kits nos vinieron salvando del “deltazo”, la explosión de contagio con la cepa delta, mientras avanzaba, despacio, ay, tan despacio, la vacunación.

El segundo es que AgendAR (somos así de obvios) apoya la fabricación de un test nacional que cueste U$ 7 en lugar de U$ 14. Algo de este tipo está desarrollando el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIB) de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) para la empresa CHEMTEST.

Y esa es la noticia. Lo que sigue es interpretación.

Si es lo suficientemente disponible y barato, este kit tal vez evite eventos de supercontagio. ¿Un ejemplo cercano? El desmadre de 54.000 hinchas futboleros –legalmente, debían ser sólo 36.000-, todos sin barbijo e intercambiando con alegria sus aerosoles respiratorios en el superclásico Boca-River. Eso sucedió en el estadio Monumental este 3 de octubre.

Para sorpresa de nadie, ocurrió bajo la mirada impávida de 1200 miembros de la Policía de la Ciudad y 300 guardias privados. Según el teflón legal que evita que los capitostes de los clubes grandes se manchen con sus actos, nada preanuncia acciones penales. Si las hay, recaerán sobre los clubes de todo tamaño bajo la forma de más partidos sin hinchadas, en un ya clásico “justos por pecadores”. Si el del domingo 3 fue un evento de supercontagio, lo estamos por descubrir.

La situación tal vez anticipe el funcionamiento general de la economía y la sociedad argentinas en 2020, y por eso merece una mirada tecnológica y económica, antes que sociológica o jurídica.

Para hacerla clara, si pagaste sin pestañear $ 3000 por una entrada al estadio, recargale U$ 7 (hoy son $ 1300 a precio “blue”) y entrá con la tranquilidad de que tus chances de contagiar a alguien son muy bajas. Lo cual no quiere decir que puedas obviar el barbijo. Y eso porque estos kits tienen una fiabilidad del 98%, no del 100%. De modo que los cabeza de termo que gritan a tu alrededor a cara pelada bien pueden estarte contagiando.

De haberse desplegado un test de antígenos a la entrada de River el 3 de octubre, la única noticia digna de mención habría sido que Boca perdió por 1 gol contra 2.

Por si hace falta aclarar, estamos contra el “derecho” de los hinchas a romper los aforos legales en las canchas, o el de los clubes a llenar las tribunas. Preferimos ver fútbol argentino por la tele argentina y no tener que enterrar, en las semanas posteriores al partido, a un exceso de ciudadanos por sobre la media diaria esperable. Que hoy, todavía, sigue en descenso.

Derecho por derecho, nos interesa mucho más el derecho del argentino común a trabajar, estudiar y pasar fronteras en ese dudoso escenario de 2022 que los optimistas honestos (y los no tanto) se apresuran a llamar “de la postpandemia”.

Se lo llame como se lo llame, es un escenario con rebrotes regionales, y la posibilidad casi inevitable de que algunos, motorizados por cepas emergentes más contagiosas, se vuelvan eventos pandémicos. Especialmente, en los países y regiones del planeta con un patrón vacunatorio “overo”: aquí sí, allá no. EEUU, con ya más de 700.000 muertos, como ejemplo perfecto.

¿Cómo funciona hoy un test rápido de antígenos en Ezeiza o Aeroparque desde fines de marzo? ¿O para el caso, en el aeropuerto internacional cordobés Ing. Taravella desde el martes 5 de octubre?

Tests de antígenos en Aeroparque

Se hace por hisopado, no por gotita de sangre. Detecta en 15 minutos o menos si uno tiene el SARS CoV2 en nariz y garganta. Y es binario: el bicho lo tenés o no lo tenés, con un porcentaje de certeza que -va de nuevo- no es del 100%, pero arrima bastante.

Si salís negativo, luz verde, pasás a Migraciones, sellitos en tu pasaporte, aduanas e ingresás al país. Pero te comprometés a hacerte un test PCR en 7 días y enviarlo a las autoridades. Infectológicamente, no es una barrera perfecta, pero es la que hay.

Si salís positivo en el test de antígenos, te agarran por las orejas ahí nomás en el aeropuerto y te aislan de prepo, en lugar a decidir. Lo que te sacará de aislamiento es no hacer síntomas en 7 días y un test PCR limpio. Si violás el aislamiento y contagiás a alguien, los medios, la justicia y los vecinos no tendrán mucha piedad con vos.

Vos preguntás: el test de antígenos ¿es ése que detecta anticuerpos? No, para nada. Se puede ser portador sano del SARS CoV2, o portador próximamente enfermo, y sin embargo no tener respuesta de anticuerpos. Normalmente, ésta se vuelve detectable con un test de anticuerpos entre el 5to y el 7mo día de la infección. Pero la portación asintomática puede prolongarse aún más.

En ese caso, durante el período de “ventana inmunológica”, uno se vuelve una máquina bípeda e indetectada de contagiar al prójimo. Máxime si lo que trae uno adentro de las vías respiratorias es una variedad del SARS CoV2 como la delta, un 160% más contagiosa que la alfa, la beta y la gamma, todavía prevalentes en el país.

¿Pero para esto no hay una detección directa y más o menos rápida del genoma viral, llamada PCR? Claro que la hay, y la seguirá habiendo y probablemente se la siga considerando confirmatoria, la que saca de dudas. Desde inicios de la pandemia fue mérito del Ministerio de Salud (MinSal) y de laboratorios como el citado IIB-UNSAM y el ANLIS (en mi barrio, el Instituto Malbrán) el hacer que la PCR:

* se pudiera hacer sin reactivos chinos (resultaron caros y malos),

* lograr que cada determinación saliera no en un día sino en una hora y media, sin emplear aparatos termocicladores importados del tamaño de un lavarropas y un precio U$ 70.000 la pieza, sino usando maquinitas nacionales “homeotérmicas” del tamaño de una caja de zapatos y comprables por U$ 180,

* que se sacara la PCR de un único laboratorio porteño de equipamiento carísimo (el Malbrán), donde se hacía el 20 de marzo de 2020, para llevarlo a todo el país,

* que esa descentralización bajara la espera del diagnóstico de una semana a uno o dos días, según cada lugar.

No obstante, para la impaciencia nacional y popular, una hora es mucha espera en un aeropuerto. Y ni te cuento en la puerta 12 de Boca Juniors, si se repite el superclásico en la Bombonera y el equipo xeneixe pide venganza.

Además, lo que iba quedando bastante claro ya en septiembre de 2020 era que todos las PCR, incluso nuestras mejores versiones criollas, daban falsos negativos en hasta un 15% de personas cuyos cuadros de Covid-19 resultaban clínicamente incontestables: fiebre muy alta, oxigenación a la baja, postración extrema y neumonía bilateral, por dar un ejemplo.

La constatación impuso el criterio razonable de que sano está quien tenga una PCR limpia, y además demuestre seguir clínicamente asintomático durante 7 días.

Evadiendo “el deltazo”

El Dr. Diego Comerci en el IIB, durante el desarrollo del test de antígenos de CHEMTEST

La lentitud con la que la cepa delta del SARS CoV2 viene avanzando en la Argentina es producto de la geografía y de la política vacunatoria. Con una sola de estas condiciones, estaríamos incendiados como Brasil.

La geografía de nuestro país es la de una península muy larga de Norte a Sur, con casi todas sus megalópolis en la zona central. Estas ciudades, salvo Tucumán, están a más de 1000 km. de las fronteras porosas del Norte. Y a su vez el transporte terrestre masivo de personas entre nuestros límites boreales y la zona central desapareció en los ’90, junto con el ferrocarril de pasajeros.

Menem lo hizo: en el desastre logístico que dejó para la movilidad humana, el transporte por autobús y automóvil es menos eficiente que el tren como vía de infección. Simplemente es más caro y menos masivo.

Las fronteras con Chile, en comparación con las que tenemos con Bolivia, Paraguay, Brasil y Uruguay, no pasan por cruzar un arroyo a pie sino por trasponer barreras en pasos de montaña. Ahí el flujo humano y su dirección dependen más del “turismo cambiario”: invasión de clase media transandina cuando la Argentina está barata, excursiones de compra de argentos clasemedieros a Chile cuando la electrónica argenta se pone cara. Pero todo ese ir y venir está suspendido por pandemia desde 2020.

Es difícil que puedan reinfectarnos los estados vecinos: tienen menos circulación viral que nosotros. El único acceso rápido al centro del país para las nuevas variantes del SARS CoV2 que vienen desde el ancho mundo son los aeropuertos. De modo que ésos son los sitios lógicos para desplegar todo el blindaje de tests de antígenos.

Según la ANAC, Administración Nacional de Aviación Civil, tenemos 30 aeropuertos internacionales. Según la realidad, son menos. Los de alto tránsito (alto para los escuálidos estándares actuales) y con acceso a megalópolis de gran densidad son tres: el Newbery, llamado popularmente Aeroparque, el Pistarini (el nombre correcto que nadie le da a Ezeiza) y a partir de ayer, el Taravella (el nombre correcto que todo el mundo le da al de Córdoba Capital por evitar el chiste fácil).

Dentro de un tiempo habrá que considerar otros aeropuertos turísticos a los que se pueda llegar en vuelo directo por charter, como el de Puerto Iguazú, cercano al Parque Nacional de las cataratas, o el de Río Gallegos, acceso habitual de trasbordo hacia el Parque Nacional Los Glaciares. Ninguno está en contacto pleno con ciudades superpobladas. Y seguramente tendrá prioridad el Mosconi, de la populosa Comodoro Rivadavia, y por asuntos no de turismo sino de petróleo.

La decisión de cerrar todos los accesos aéreos masivo al país, salvo Ezeiza y Aeroparque, fue correcta. La de irlos abriendo sin apuro y a medida que se iba llegando al 50% de población con doble vacuna y el 67% con dosis inicial, también lo fue. La llegada de los nuevos tests de antígenos mejoró mucho las cosas. Todo esto nos ganó tiempo.

El candado aeronáutico, tan impopular con la clase media alta viajera, nos puso a cubierto de la gente linda que TIENE que ir a Miami o se muere, y que habida cuenta del horroroso panorama infectológico del estado de Florida, es factible que vuelva con algún regalo viral impensado. Regalo que, como ya se vio, suele llevarse puestos al portador, a familiares y a vecinos.

El MinSal, cuyos acuerdos ruinosos con AstraZeneca y el grupo Insud hemos criticado de sobra por atrasar meses la vacunación, aprovechó bien el tiempo ganado por el candado aéreo de Ezeiza, y avanzó como mejor pudo con las vacunas de plan B, Sinopharm y Sputnik-V.

Éstas resultaron no sólo más disponibles que la de plan A sino mejores en efectividad. La Sputnik-V, particularmente, da una protección contra enfermedad sintomática, internación y muerte del 79,4% con sólo la primera dosis. A dosis única, resulta un 16,31% más eficaz que la AstraZeneca a doble dosis.

De modo que tenemos bastante para agradecerle a estos híbridos del viejo test instantáneo de embarazo (tienen soportes idénticos) con la inmunología y la nanotecnología del siglo XXI. Hoy están donde se requiere.

Y vienen evitando “el deltazo”.

Cómo funcionan estos pendorchos

Las tiras reactivas ante antígenos desarrolladas por el IIB, todavía sin su casette de plástico.

Los soportes físicos de estos tests son casettes o tarjetas de cartón impermeable con tira reactiva. La duración de anaquel prevista para el kit del IIB-UNSAM es de un año, sin cadena alguna de frío ni otra precaución que la del “packaging”.

Aquí, una aclaración del Dr. Diego Comerci, a cargo del desarrollo: “Ojo al atribuir los créditos. En el IIB-UNSAM nos limitamos a desarrollar los antigenos recombinantes y los anticuerpos monoclonales y policlonales, que vienen a ser los bioinsumos, a pedido de CHEMTEST.

Añade Comerci, con no poca proliferación de siglas: “CHEMTEST es la empresa que tiene la plataforma tecnológica para producir las tiras reactivas bajo normas de la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica). El fondo FONARSEC de la Agencia financió a CHEMTEST para que la firma desarrolle los test rápidos de antígenos y subcontrate los servicios de I+D del IIB-UNSAM para sacar adelante en exclusiva los bioinsumos necesarios. Se generó un círculo virtuoso entre los sectores productivo y académico. Vale la pena aclararlo para no mezclar los tantos”.

Puede ser, pero para aclarar lo aclarado, CHEMTEST –firma que viene sacando conejos biotecnológicos de la galera desde antes de la pandemia- es un start-up incubado con éxito por la UNSAM, y sin “la Agencia”, que viene a ser la caja para desarrollos tecnológicos del Ministerio de Ciencia, la empresa no habría tenido plata para llegar a término con este test. Aún así, para llegar a libre distribución del kit, éste todavía tiene que recibir agua bendita de la ANMAT.

Si el estado a través de sus varios avatares no pone la capacidad instalada, los recursos humanos y la tarasca, aquí no pasa nada. La iniciativa privada viene bastante privada de iniciativa. Esto es la Argentina, no California.

El modo de diagnóstico es tan elemental que el kit de CHEMTEST sirve para determinación casera, uso que no se descarta. Pero aún si lo autoriza la ANMAT, el casette no abundará en las farmacias y los precios al público serán salados. Los precios al estado y a la salud pública, en cambio, serán casi al costo. La venta a prepagas y a empresas andará en lugares intermedios de la escala de precios, sujeta a cantidad. Nuestra suposición: serán el mayor mercado.

La detección se basa en los cambios de color de las nanopartículas de oro ligadas a anticuerpos al combinarse con algunos antígenos del SARS CoV2.

La respuesta de si hay o no virus toma de 10 a 15 minutos. Al igual que los tests de embarazo, los de antígenos de SARS CoV2 deben dar dos reacciones de color, visibles como rayas azules-negras en una tira roja. La primera certifica que el kit funciona y no está vencido. La segunda (si aparece) es un positivo: ojo, virus.

Como se dijo, estos kits por ahora se importan. Los usa ahora en tres aeropuertos la Fundación Stamboulián, y vienen protegiendo hace meses el AMBA –y por ende, el país todo- de un “deltazo” aerotransportado. Desde ayer lo hacen también con Córdoba y su propio conurbano.

En términos de tecnología, no había mucho que inventar: sólo hubo que reinventarlo aquí con otras moléculas y otras vías químicas de fabricación para no pagar patentes al cuete. El resto para CHEMTEST será fabricar en masa para que el costo unitario sea banal.

Esto se puede lograr eliminando importaciones de movida a puro precio y calidad. Las que circulan por EEUU y la UE andan entre los U$ 14 y U$ 12 por unidad. De los U$ 7 que se estima puede salir un casette nacional de antígenos, el componente más intensivo en tecnología son las  tiras de detección, tapizadas de anticuerpos anti-Covid invisibles marcados con nanopartículas de oro metálico.

Esa tira, como la que muestra el Dr. Comerci en la foto, sale solamente U$ 1 dólar. Y eso porque el plástico adsorbente (sí, con “d”) que soporta los reactivos viene de China: hay 5 proveedores, pero están todos en ese país.

Los otros U$ 6 del kit del IIB son elementos plásticos de baja tecnología: hisopos, goteros, packaging protector, esterilización, impresos con instrucciones. Nada que no se pueda hacer aquí, probablemente no más barato que en Extremo Oriente, pero con una cadena de proveedores locales, en pesos y sin exportar dólares.

Los anticuerpos de la tira reactiva detectan antígenos virales. Se les acoplan con un encaje perfecto de superficies moleculares tridimensionales, como las de una llave con una cerradura.

Cuando sucede eso, el oro en nanopartículas al que están ligados los anticuerpos se agrega, y las nanopartículas cambian simultáneamente de tamaño, de patrones de absorción y emisión de la radiación electromagnética y por ende, también de color. Cuando pasan de menos de 30 nanómetros a más de 80 en las tiras de detección aparece la línea azul deseada que indica que el test funciona. Al rato, eventualmente pinta una segunda línea nada deseada: la que “bate” detección de antígenos.

Y ésta también es una aplicación –algo más medioeval- del oro en nanopartículas

Es curioso, pero los cambios de tamaño y color del oro formulado en nanopartículas fueron la base de los gloriosos azules, los anaranjados espléndidos y los rojos saturados de los vitrales de las viejas catedrales góticas del Norte de Europa. No han cambiado de tinte desde que se montaron. Son colores mucho más intensos y durables que los de los vidrios teñidos de hoy. Y hace más de 700 años que sirven para atraer visitantes a esos edificios vertiginosos.

Los maestros laminadores de vidrio de los siglos XIII y XIV no entendían la química de la Tabla de Mendeleiev, tampoco conocían los nanómetros como unidad de medida, ni les hubiera parecido posible que pudieran existir objetos metálicos tan chicos. Pero por prueba y error con los materiales, habían desarrollado una nanotecnología empírica de molienda, mezclado, reacción y dilución del oro nanoformulado, transmitida de maestros a aprendices por recetas generalmente secretas. La cosa es que funcionaba. Todavía funciona.

Y así como atraen fieles a la catedral, las nanopartículas de oro pueden rebotar hinchas en la puerta de un estadio. O justificar ausencias laborales. O no justificarlas. O determinar sobre bases legales científicas, y sin conflictos con profesores ni padres, que un colegio puede seguir abierto. O que no. Sin que tenga que opinar la Corte Suprema.

Es curioso saber que explicada y sistematizada por la física cuántica y la biología molecular, esa nanotecnología del oro va a servir para que, en el pedregoso futuro que se viene, vayamos reconquistando, centímetro a centímetro, tanto terreno perdido ante el SARS CoV2 en el trabajo, el estudio, los viajes, la diversión e incluso el fútbol.

Comerci cree que tendrá los prototipos necesarios para presentar ante la ANMAT a fines de 2021.

Sería un golazo.

Daniel E. Arias