La energía nuclear está en alza en el mundo. Argentina está perdiendo el tren.

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La quimérica tarea que representa el ambicioso objetivo de lograr la neutralidad del carbono, tal como por ejemplo pregona la Unión Europea para 2050 con su Pacto Verde Europeo o China para 2060, ha finalmente instalado con buenos ojos el desarrollo de la “alternativa nuclear” para la producción de energía.

Se ha visto que la limitada capacidad de generación de las fuentes renovables y la alta demanda mundial de electricidad ha impuesto una mirada renovada sobre la energía nuclear. En este contexto la energía nuclear vuelve al ruedo, esta vez y dadas las circunstancias como el gran salvador que va a acompañar a las renovables en la transición hacia una generación sin emisiones de carbono.

Sin dudas, el punto de inflexión para la valoración de la fuente nuclear ha sido la guerra de Ucrania, que al poner en crisis la normalidad en la provisión de gas ha dado el empujón necesario para el retorno de los átomos. El primer paso lo dio la Comisión Europea, poniendo en agenda a fines de 2021 la consideración de la energía nuclear como verde al menos hasta 2045 y ratificando esa condición al año siguiente. Luego las restricciones de gas a Europa desde Rusia, los incrementos en el precio de los combustibles fósiles y las más recientes inestabilidades en Oriente Medio han ratificaron la necesidad de “recuperar” la energía nuclear.

La dimensión de este cambio de valoración sobre la energía nuclear se sustenta en los sucesos históricos que han pesado sobre el particular. El accidente nuclear de Fukushima (Japón) en 2011, provocado por un tsunami, significó un cimbronazo para la consideración de la energía atómica, que ya generaba desconfianza desde el desastre de Chernobyl (URSS, 1986): ambos accidentes, más allá de sus singulares características, alimentaron la representación del apocalipsis en la gente y empujaron a los gobiernos de muchos países no solo a desestimar un escalamiento en el desarrollo de esta industria sino incluso a sacar de servicio activo a muchas plantas nucleares en operación. Mientras que la energía nuclear llegó a significar más del 15 % de la generación eléctrica mundial en el año 2006, actualmente su producción sólo alcanza un 10% de la matriz eléctrica global.

Con el suceso de Fukushima, naciones centrales e influyentes como Japón y Alemania le bajaron el pulgar a la energía nuclear. Los alemanes pasaron de obtener más de un cuarto del total de su energía eléctrica de la provisión de 17 reactores nucleares en 2011 (133 TWh -terawatts) a apagar sus últimas 3 unidades en funcionamiento en abril de 2023. Teniendo en cuenta un consumo nacional total de 480 TWh, los alemanes debieron recurrir a profundizar el uso del carbón hasta alcanzar un 30% de ese total (179 TWh). En Japón, que en 2011 cubría el 30% de su demanda de electricidad a partir de sus reactores nucleares, se fue reduciendo esta fuente de generación hasta representar en 2019 sólo el 6% del total de la oferta eléctrica.

Más allá de los casos mencionados, tanto Estados Unidos como China se mantuvieron expectantes después de Fukushima en cuanto al escalamiento de sus proyectos nucleares. La balanza comenzó a pesar para ambos más por el lado de recuperar e incrementar capacidades de producción atómica cuando la demanda y los precios de la energía presionaron. Ambas naciones reconocen tácitamente que mantener la preeminencia a nivel global requiere poseer unas fuentes de energía suficientes, propias y tecnológicamente soberanas que puedan sostener una proyección de poder.

Estos movimientos, eminentemente geopolíticos, revalidan la mirada temprana de los inversores: los proyectos tecnológicos sobre fusión y fisión nuclear están teniendo una fuerte consideración de los fondos de riesgo, y las inversiones en la industria atómica en todo el ciclo del combustible nuclear están bullish (compradoras), desde la extracción de uranio hasta la disposición final de residuos. A modo de ejemplo mencionamos que un reciente estudio prospectivo realizado por la plataforma Crunchbase sobre la inversión en proyectos nucleares, ubica en más de u$s3.400 millones los aportes de venture capital para financiar tecnología nuclear, tanto la relacionada con la fisión del átomo como con la fusión.

Hoy nos encontramos con una serie de firmas y proyectos que tienen una mayor consideración que años atrás, desarrollando reactores nucleares modulares y/o investigando y buscando tecnológicamente la posibilidad de hacer de la fusión nuclear una alternativa comercialmente viable. Se destacan compañías como Terra Power, General Fusion y NuScale Power, que han obtenido más fondos y más tiempo para alcanzar sus objetivos: como ejemplo, detrás de Terra Power, firma con sede en el Estado de Washington (Estados Unidos), está Bill Gates y el chaebol surcoreano SK Group, financiando el desarrollo de Natrium, una nueva tecnología de reactores modulares pequeños (SMRs), con una capacidad de generación de 345 Mw (megawatts) -los reactores tradicionales en Estados Unidos producen alrededor de 1000 Mw-. Cabe asimismo destacar que China ha sido la primera en comenzar las actividades comerciales de un SMR en diciembre de 2023, al inaugurar una planta modular de 200 Mw en la provincia de Shandong.

En este segmento del mercado tecnológico Argentina tiene una oportunidad. Entre los países que acompañan en esta ruta de desarrollo de SMRs se destacan Rusia, China, Francia, Estados Unidos, Cánada, Corea del Sur, Reino Unido y Argentina, en este último caso con una planta en construcción: el reactor CAREM, ubicado adyacente a la central de Atucha.

La Central Argentina de Elementos Modulares (CAREM) viene desarrollándose desde 1984, cuando fue presentado su concepto durante una conferencia de la Organización Internacional de la Energía Atómica -OIEA-; se mantuvo en stand by hasta 2006, cuando fue relanzado dentro del Plan Argentino de Reactivación Nuclear, buscando la construcción de un prototipo de planta nuclear de cuarta generación de baja potencia: 32 Mw. Recién en 2014 se comenzó con la obra civil, que ha avanzado lentamente y en la actualidad se espera que el reactor esté en marcha entre 2028 y 2030.

Teniendo en cuenta este panorama, resulta auspicioso el reciente anuncio de asociación entre la firma INVAP y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para explorar en forma conjunta oportunidades de exportación del reactor CAREM y espolear el proyecto. Por otro lado, resultan alarmantes los anuncios de desafectación de fondos públicos por parte del Estado Nacional para la terminación del prototipo que, a todas luces es una excelente oportunidad de desarrollo de capacidades de generación de riqueza a partir de la alta tecnología, lo que se puede traducir en mayores niveles de bienestar social para Argentina.

Cabe resaltar en este sentido que el país forma parte de un pequeño club de naciones del mundo con capacidades tecnológicas en el ámbito nuclear, y ese es un activo muy relevante de cara a los objetivos globales de descarbonización y de ampliación de fuentes de energía, cada vez más demandadas por un mundo que consume más y más cada año. Sería muy perjudicial para una proyección de Argentina como potencia media, que el actual ruido político tire por la borda el trabajo ya realizado, más que nada considerando la oportunidad que se presenta para la industria nuclear argentina.

Gabriel Balbo

Director de ESPADE. Miembro del IRI-UNLP.

Un desarrollo argentino purifica el aire a partir de microalgas nativas

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Fue diseñado por Y-TEC e INBIOTEC-CONICET para absorber dióxido de carbono y generar oxígeno en entornos urbanos


El dispositivo Y-ALGAE, creado por Y-TEC junto a INBIOTEC-CONICET (Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Biotecnología de Mar del Plata), es un desarrollo tecnológico orientado a contribuir con la descarbonización en entornos urbanos y plantas industriales, donde no es posible que los árboles puedan cumplir esa función.

El componente activo de Y-ALGAE son microalgas nativas del sudeste de la provincia de Buenos Aires. Se trata de organismos microscópicos que, gracias a la fotosíntesis, aprovechan la energía provista por la luz del sol (o luz artificial) para convertir CO2 (un gas de efecto invernadero y uno de los responsables del cambio climático) en O2 y biomasa, que puede reutilizarse en fertilizantes, biocombustibles, suplementos proteicos y hasta ladrillos.

El reactor Y-ALGAE es sólo la parte visible de un extenso trabajo de investigación y desarrollo sustentable, que lleva más de una década comprometido con la creación de plantas de cultivo de algas para tierras no aprovechables y entornos industriales.

La eficiencia fotosintética del cultivo de estas especies de microalgas la convierten en una alternativa muy promisoria para la captura de CO2 y estrategia de mitigación del cambio climático, sobre todo en lugares donde por cuestiones de urbanización y/o climáticas no es posible la forestación.

Una tecnología muy versátil que permite, además, el aprovechamiento de aguas residuales o de producción y que favorece una economía circular, en el aprovechamiento de su biomasa como fuente de energía limpia.

Estación Alcorta de YPF
En paralelo al desarrollo piloto de reactores para el cultivo algal, se diseñó un dispositivo optimizado para adecuarlo a su exposición en entornos urbanos. El primero de ellos se encuentra emplazado en la estación Alcorta de YPF, ubicada en la Avenida Figueroa Alcorta y Echeverría en la ciudad de Buenos Aires.

El dispositivo está diseñado para operar utilizando agua de lluvia colectada desde los techos de la estación de servicio. Una vez sembrado con las algas y luego de haber crecido, las células se separan y la mayor parte del agua puede reutilizarse como agua de riego, o eventualmente, se puede reciclar para comenzar un nuevo ciclo de cultivo. La biomasa decantada y colectada puede ser utilizada de manera casi inmediata como material de construcción de pequeños objetos, tales como macetas, o como fertilizantes potenciados
para plantas ornamentales en el mismo espacio urbano. Esto garantiza un ciclo productivo sustentable.

«EE.UU. actualiza su política sobre la Antártida y hace advertencias».

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El presidente norteamericano, Joe Biden, firmó el viernes un memorándum que actualiza la política de Estados Unidos sobre la Antártida en un esfuerzo por protegerla de los efectos del cambio climático.

El memorándum se publicó luego de que esta semana circularan informes sobre el descubrimiento de vastas reservas de petróleo y gas por parte de Rusia en una zona del territorio antártico reclamada por Chile, Argentina y Reino Unido. La Casa Blanca no aclaró si está relacionado, pero advirtió que sigue atenta a países que pueden provocar “discordia internacional” en la región antártica.

El memorándum de seguridad nacional reemplaza la política de 1994 sobre el Ártico y la Antártida y establece objetivos clave mediante los cuales Estados Unidos liderará y participará en actividades a través del Tratado Antártico, del que la Argentina es firmante.

El Tratado Antártico ha mantenido con éxito la paz en la región antártica al congelar reclamos territoriales en conflicto, prohibir actividades militares que no sean en apoyo de la investigación científica o para cualquier otro propósito pacífico, priorizar la ciencia y la protección ambiental sobre los intereses comerciales, prohibir la minería con fines no científicos. y promover la transparencia y la cooperación”, señaló la Casa Blanca

“También proporciona herramientas para verificar el cumplimiento de estas ambiciosas disposiciones, herramientas que Estados Unidos ha utilizado más que cualquier otro país, habiendo realizado 15 inspecciones no anunciadas de instalaciones en la Antártida

Seguimos atentos a acciones de países que podrían amenazar los intereses nacionales de Estados Unidos al traer discordia internacional a la región antártica. Estados Unidos trabajará con socios internacionales a través del Tratado Anártico para promover la paz y la ciencia en la región, y promover la cooperación internacional al tiempo que salvaguarda los intereses nacionales de Estados Unidos.

La nueva política tiene cuatro objetivos principales: proteger el medio ambiente antártico “relativamente virgen” y los ecosistemas relacionados; preservar y buscar oportunidades para la investigación científica y comprender la relación de la Antártida con el cambio climático; mantener la Antártida como una región de cooperación internacional pacífica; y garantizar la protección de los recursos vivos y los ecosistemas de la región.

Turistas en la Antártida occidental
Turistas en la Antártida occidentalJuan Barreto – AFP

Según el memo, las investigaciones realizadas por Estados Unidos y otros países continúan demostrando los daños del cambio climático global en la región antártica, incluso a través del calentamiento y la acidificación de los océanos, el agotamiento de la capa de ozono, el aumento del nivel del mar y la contaminación del aire y el agua.

La investigación estadounidense también ha revelado los riesgos e incertidumbres de los “puntos de inflexión” climáticos, como el colapso de la capa de hielo de la Antártida occidental.

Estados Unidos dijo que seguirá alentando a los países a establecer contribuciones “ambiciosas” determinadas a nivel nacional para 2035 en virtud del Acuerdo Climático de París para limitar el calentamiento global a 1,5 grados Celsius y establecer un sistema de áreas marinas protegidas en la Antártida.

La política actualizada se basa en el compromiso de la administración Biden-Harris de modernizar las políticas climáticas y ambientales obsoletas, según informó la Casa Blanca.

Hallazgo

El diario británico The Daily Telegraph informó esta semana que parlamentarios británicos tienen temores de que Moscú intente extraer petróleo de una parte de ese territorio austral. Informes presentados en una comisión de la Cámara de los Comunes del Reino Unido revelaron que Rusia halló reservas estimadas en unos 511.000 millones de barriles de petróleo, lo que equivale a aproximadamente diez veces la producción del Mar del Norte en los últimos 50 años, el doble de las reservas de Arabia Saudita o 30 Vaca Muerta juntas.

El descubrimiento realizado por buques de la empresa rusa Rosgeo en el mar de Weddell ha despertado temores de que Moscú esté realizando exploraciones petrolíferas y de gas, e inspeccionando el continente con fines militares.

Si bien la Antártida no está gobernada por nadie, países como Reino Unido, Argentina, Chile, Australia y Nueva Zelanda han reclamado históricamente partes de su territorio.

Elecciones en Europa: avance de los conservadores.

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Las elecciones de eurodiputados, entre el 6 y 9 de junio, parecen encaminarse a un aumento de la representación de la extrema derecha, pero las previsiones anticipan una victoria para los conservadores. La socialdemocracia, que no pasa por su mejor momento, seguirá teniendo un papel en el próximo periodo legislativo, en medio de la probable caída de liberales y verdes. La gran pregunta es si la derecha buscará alianzas con los radicales y hasta qué punto esto puede alterar las identidades políticas sobre las que pivotea la Unión Europea.

Durante los últimos meses, han corrido ríos de tinta sobre el ascenso de las derechas radicales en Europa. No es para menos. En las próximas elecciones para el Parlamento Europeo, del 6 al 9 de junio, los partidos pertenecientes a esta familia política pueden ser la primera fuerza en ocho países, entre ellos dos de las cuatro principales economías de la eurozona: Francia e Italia. Además, también mejorarán sus resultados en otros Estados donde su fuerza era limitada, como Alemania, Rumania o Portugal, lo que aumentará considerablemente el tamaño de sus grupos en la Eurocámara: Identidad y Democracia (ID) y Conservadores y Reformistas Europeos (CRE). El primero congrega a partidos como Hermanos de Italia (de Giorgia Meloni), Ley y Justicia de Polonia, Vox de España, Demócratas de Suecia y el Partido de los Finlandeses. El segundo, a Agrupación Nacional de Marine Le Pen, La Liga de Italia, Alternativa para Alemania y el Partido Popular Danés. Al crecimiento de estos dos bloques hay que sumarle las pérdidas de grupos parlamentarios claves en la agenda europea de estos años como los socialdemócratas, los verdes o los liberales. 

Según las pocas encuestas publicadas con estimaciones de escaños, los socialdemócratas obtendrían entre 136 y 145 asientos de los 720 que compondrán este año el Parlamento, entre 9 y 18 menos que en 2019. Seguirán siendo, no obstante, la segunda fuerza y tendrán un papel clave en el tablero europeo, pero los pronósticos son una nueva llamada de atención tras una década en la que sus resultados no han hecho más que empeorar.

Los verdes también llegan tocados a estas elecciones. Por un lado, la reacción agrarista a las políticas de transición ecológica ha hecho que en países como Francia o Países Bajos aumente la hostilidad de algunos sectores sociales hacia estas formaciones. Y por otro, las ambiguas posiciones de algunos de sus miembros frente a la masacre perpetrada por Israel en Gaza aleja a parte de su base social, ya que según reflejan los datos, en la mayoría de países europeos los jóvenes son el grupo más comprometido con la causa palestina. 

Tampoco llegan mejor los liberales, a quienes el auge de la derecha radical también les está pasando factura. Si a esto le sumamos el bajo momento de Emmanuel Macron, el principal representante de esta corriente articulada en el grupo Renovar Europa, la desaparición del partido Ciudadanos en España o la complicada experiencia de gobierno del Partido Democrático Libre en la «coalición semáforo» que gobierna Alemania, el 9 de junio se les plantea un panorama muy poco alentador. 

El espacio ubicado a la izquierda de la socialdemocracia (La Izquierda), que obtuvo 41 parlamentarios en 2019 (y son actualmente 39), parece resistir (aunque desde una posición minoritaria) gracias a la mejora de los resultados en países como Bélgica, Irlanda u Holanda, pero su situación también es frágil y según algunos sondeos también perdería escaños. Espacios claves en la última década como La Francia Insumisa, Unidas Podemos en España o Syriza en Grecia transitan momentos de debilidad, mientras que, en Alemania, el fenómeno de Sahra Wagenknecht, una escisión de la izquierda con posiciones antiinmigración y antiprogresistas, podría incluso borrar del mapa a Die Linke (La Izquierda), otro habitual en el grupo de la izquierda europea.

Quienes parece que aguantarán mejor la tempestad son los conservadores del Partido Popular Europeo (PPE), que constituirían la primera fuerza, con unos resultados parecidos a los de 2019 (alrededor de 177 diputados). Este grupo contiene, entre otros, al Partido Popular español, la Unión Demócrata Cristiana de Alemania, Los Republicanos de Francia y el Partido Moderado de Suecia. Los populares tendrán la llave de la gobernabilidad, ya que a la hora de pactar podrán armar consensos amplios con socialdemócratas, liberales y verdes, como han hecho hasta ahora, o mirar hacia su derecha: CRE e ID. Algunas figuras importantes dentro del espacio, como la presidenta de la Comisión Europea y candidata a la reelección Ursula von der Leyen, se han mostrado abiertas a una posible colaboración con el grupo CRE, lo que supondría un paso más en la normalización las derechas radicales.

Ante este panorama, numerosas voces han señalado que estas elecciones podrían suponer un cambio de paradigma en la Unión Europea. Según los más pesimistas, la «gran coalición» entre conservadores y socialdemócratas que hasta el momento ha gobernado la Unión podría verse por primera vez en peligro y dar paso a un pacto de los populares con los grupos de extrema derecha. Este giro supondría un cambio sin precedentes en el continente, pero ¿es en verdad factible este pacto?

Por el momento, hay al menos dos cuestiones que lo dificultan y que hacen que lo más probable sea que el PPE opte por la geometría variable antes que por un pacto cerrado con los ultras. Es decir, que mantenga la gran coalición a la hora de elegir los principales cargos y marcar las líneas generales de la política europea, pero que gire hacia su derecha a la hora de impulsar o frenar determinadas medidas. 

La primera cuestión por la que este escenario parece más probable es numérica. La extrema derecha va a aumentar notablemente su peso parlamentario, pero aun así sigue siendo muy complicado que la suma con los conservadores les alcance para lograr una mayoría absoluta. Según las estimaciones de IPSOS y Politico, la suma de las tres derechas (del PPE más los dos grupos radicales) quedaría ligeramente por encima de los 330 diputados. Es lejos de los 361 de la mayoría absoluta y más lejos aún de los 398 que sumaría la gran coalición con socialdemócratas y liberales, que podría aumentar hasta los 450 escaños si se incorporan los verdes. 

Además, este acuerdo de derecha no sería tan sencillo, ya que el pacto con el grupo ID, tradicionalmente más radical y euroescéptico que los CRE, sería complicado de digerir para algunos dirigentes populares. Cuestiones como el atlantismo o el apoyo inquebrantable a Ucrania son líneas rojas para el PPE, como ya han señalado dirigentes como Von der Leyen. 

Por tanto, aunque en el PPE cada vez son menos quienes tienen reparos en pactar con figuras de los CRE como Giorgia Meloni, el acuerdo entre todas las derechas parece lejano. Tampoco sería plausible excluir a Identidad y Democracia de la ecuación y sumar a los liberales a la alianza con CRE: la semana pasada los liberales firmaron un acuerdo contra la normalización de la extrema derecha en las instituciones del que se ausentó el PPE. Si quieren gobernar Europa con la ultraderecha, los conservadores se encuentran solos y con unos números que de momento están lejos de la mayoría absoluta.

La segunda cuestión es estratégica, y es que probablemente el PPE preferirá no cerrar ninguna puerta y jugar a dos bandas durante la legislatura. Esta geometría variable colocaría a los conservadores en una posición de pivotes, ya que podrían elegir hacia dónde inclinan las políticas europeas, pactando en algunas ocasiones con liberales y socialdemócratas y en otras con la derecha radical. De este modo, los conservadores se convertirían en el actor central de los próximos cuatro años, el único con verdadera capacidad de decidir el rumbo de la política europea. 

Pero la presencia de una extrema derecha cada vez más numerosa en el Parlamento Europeo es peligrosa no solo por lo que pueda pactar con el PPE, sino por su capacidad de desplazar hacia la derecha los ejes de la política europea en temas como la política de asilo o la transición ecológica. No se trata tanto de las medidas que el PPE pueda aprobar con sus potenciales socios ultras, sino de la legislación que pueda frenar y del impacto que esto pueda tener en la elaboración de políticas públicas en el seno de la Unión. En un momento en que se necesita decisión y convicción para afrontar los graves problemas ecológicos y sociales del futuro, la presencia de una derecha radical en alza añade incertidumbre y puede torpedear las respuestas de las instituciones europeas a estos retos. 

El ejemplo más claro es la normativa en materia de transición ecológica, en la que la competencia entre derecha y extrema derecha por el voto rural podría llevar a un frenazo en la agenda verde europea. El Partido Popular busca seducir a estos sectores a los que la extrema derecha ha conseguido politizar en contra de las medidas para hacer frente al cambio climático y teme que los pactos con socialdemócratas, liberales y verdes en esta materia lo perjudiquen electoralmente. Este es uno de los puntos en los que el equilibrismo de los populares puede tener consecuencias más graves.

No obstante, aunque la derecha radical contará con más fuerza que nunca, la realidad es que la situación después del 9 de junio no será tan distinta a la actual: el PPE ya se ha alineado en varias ocasiones con la extrema derecha. La alianza de populares y radicales ya estuvo a punto de tumbar algunas medidas claves de la agenda verde como la Ley de Restauración de la Naturaleza, que salió aprobada por un estrecho margen. Y en el caso de otras normas, como el Pacto sobre Migración y Asilo, también se ha podido ver cómo se incorporaban algunas demandas de la extrema derecha, a pesar de no contar con su voto favorable por no ser lo suficientemente restrictivo.

En el PPE seguramente se queden satisfechos con el resultado al no tener que enfrentarse –aún– al dilema de elegir entre una alianza con la derecha radical o una «gran coalición». Esa pantalla todavía está lejos, pero la dinámica de cooperación/competencia entre populares y radicales puede terminar causándoles problemas en el mediano plazo. Si el PPE cede al empuje de la derecha radical en temas sociales y ecológicos, y por un puñado de votos legitima el discurso antiinmigratorio o la revuelta antiecologista del agro, este bumerán político puede terminar volviéndose en su contra. Y es que puede haber un momento en el que la gente prefiera el original a la copia. 

Probablemente, el nuevo periodo legislativo que comience tras las elecciones europeas no sea el del pacto con la extrema derecha, pero sí el de la consolidación de esta última como actor político en el tablero europeo. El peligro no es tanto que Meloni o cualquiera de sus aliados termine de comisario europeo, sino que las políticas de la Unión se parezcan cada vez más a lo que desea la primera ministra italiana. Ese es el verdadero poder de la extrema derecha: la penetración de sus postulados en la esfera política incluso cuando no es ella quien ostenta el poder. 

Jaime Bordel Gil

¿Petróleo en la Antártida? Qué debemos hacer los argentinos

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Reproducimos esta importante entrevista de Agencia Paco Urondo a Manuel Valenti Randi es Director de OCIPEx y María Laura Civale es Responsable grupo de trabajo Malvinas, Antártida, Atlántico Sur y Cuenca del Plata de OCIPEx.

¿Es nuevo el descubrimiento de recursos petroleros y gasíferos en la Antártida? 

Desde la década del 1970 se realizaron estudios de prospección petrolera en la Antártida, tanto en el continente como en el Mar de Weddell. Por lo tanto la respuesta a la pregunta es no. Por ese entonces, el interés provenía principalmente de EEUU y Gran Bretaña para estudiar la posibilidad de explotar recursos petroleros en el continente blanco, ya que existían distintos conflictos en Medio Oriente que dificultaban el acceso a dichos recursos. Los estudios mostraban que la Antártida podía poseer dichos recursos al estar dentro de las mismas cuencas que poseían recursos en la costa de África, Brasil, el Mar Argentino, la Cuenca de Malvinas y el Atlántico Sur1. 

Este interés llevó a la negociación en la década del 70 y 80 de un acuerdo para la explotación petrolera y minera en el continente antártico entre todos los países que formaban parte del Tratado Antártico, incluido la Argentina. Esta fue denominada “Convención sobre la Regulación de las Actividades asociadas a los Recursos Minerales Antárticos” la cual fue firmada en 1988, pero nunca fue ratificada.

Un estudio de 1991 del Servicio Geológico de EEUU realizó una estimación de recursos de  19 mil millones de barriles de petróleo recuperable y 106 billones de pies cúbicos de gas, que equivalen a 3 billones de Mm3 de gas, equivalente a 36 mil millones de barriles de ´petróleo, fundamentalmente en el Mar de Weddell, dentro de la Antártida Argentina2. Estos datos son muy similares a los que hoy se difunden como las supuestas reservas encontradas por Rusia.

¿Se puede explorar y explotar hidrocarburos en la Antártida?

Ese mismo año, en 1991, por acuerdo de todos los países miembros del Tratado Antártico se firmó el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente (1991), que prohíbe cualquier actividad relacionada con los recursos minerales e hidrocarburíferos, dejando a salvo la investigación científica. Es importante remarcar la diferencia entre la investigación científica propiamente dicha respecto de la prospección con el potencial fin de explotación. Esta última actividad es la que ha dado lugar a suspicacias respecto de las actividades rusas en la Antártida.

¿Es real que Rusia descubrió petróleo en la Antártida?

Hasta el día de hoy no hay información oficial del gobierno ruso sobre estos supuestos hallazgos. Una de las fuentes citadas es la cuenta de Twitter BRICSNews, que no es un órgano oficial de difusión. Si fuera real la realización de prospección con el objetivo de cuantificar reservas hidrocarburíferas explotables con fines comerciales, la Federación Rusa estaría incumpliendo el Protocolo Ambiental que suscribió. Otra cosa es que un país, como cualquier otro que realiza actividades científicas en la Antártida, encuentre la presencia de hidrocarburos o minerales en el marco de sus investigaciones.

Es importante aclarar que más allá que la tecnología evolucionó mucho y ya se explota petróleo en el Ártico, las condiciones no son iguales en la Antártida3. Los mayores costos logísticos, la gran distancia de los principales centros de consumo, y las mayores dificultades para su potencial explotación, implican altos costos. Además, la situación jurídica del Ártico es muy diferente a la que rige en la Antártida, donde no existe un tratado internacional con las características que distinguen al Tratado Antártico.

Entonces, ¿por qué se afirma esto? El 22 de febrero el Departamento de Estado de EEUU, al cumplirse dos años del inicio del conflicto en Ucrania, publicó una nueva lista de sanciones a entidades, bienes y personas rusas. Dentro de esas empresas sancionadas se encuentra ROSGEO, “un holding geológico multidisciplinario de propiedad estatal rusa que ofrece servicios de exploración geológica. Dentro de Rusia, ROSGEO y sus subsidiarias realizan una variedad de servicios geofísicos en la búsqueda y exploración de campos de petróleo y gas.” 4

Según la página de ROSGEO, hace al menos cuatro años se completaron exploraciones geofísicas marinas integrales en el marco de la 65° Expedición Antártica Rusa en el Mar de Riiser-Larsen, dentro del sector que reclama Noruega en la Antártida. Allí encontraron, al igual que en estudios anteriores de otros países, evidencia de la presencia de recursos petroleros y gasíferos5.

Dentro de ROSGEO se encuentra el JSC Polar Marines Geosurvey Expedition (PMGRE) que, según el Departamento de Estado, se dedica a la exploración y prospección de minerales. Esta empresa también realiza acciones científicas con sus buques en la región antártica como el Mar de Weddell. Sin ir más lejos, el barco que realiza dichas actividades es el Akademik Karpinsky que también se encuentra sancionado. En el documento estadounidense no se aportan pruebas específicas de actividades irregulares del buque ruso en la Antártida.

Este buque recala en Sudáfrica para sus operaciones. Por esta razón el medio sudafricano Daily Maverick sacó numerosas notas desde el 28 de febrero6 en adelante denunciando las supuestas actividades ilícitas en la Antártida del buque ruso en el Mar de Weddell. Este territorio es parte de la Antártida Argentina y es reclamado por el gobierno británico como propio, fundado en la proyección territorial de la ilegal e ilegítima ocupación sobre las Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Es importante recordar, en este contexto, que tanto Rusia como Sudáfrica son parte del bloque BRICS.

Esta información fue recopilada por la Cámara de los Comunes del Reino Unido de Gran Bretaña, que a través del Comité de Auditoría Medioambiental7 pidió informes específicos a especialistas en política antártica y convocó a miembros de la Cancilleria y del Departamento de Regiones Polares británicos, entre otros. 

¿Qué respondieron los especialistas y funcionarios británicos?

Klaus Dodds, quizás el principal especialista en geopolítica antártica, planteó en un escrito que “Existe la preocupación de que Rusia esté recopilando datos sísmicos que puedan interpretarse como prospección y no como investigación científica. (…) Al parecer, el buque ruso responsable de las actividades, el Akademik Karpinsky, está financiado por un programa estatal organizado por la empresa estatal rusa Rosgeologia”8. Sin embargo, no aporta respaldo documental ni fuentes primarias a esta afirmación potencial de que Rusia habría realizado prospecciones con fines comerciales y no científicos.

Cuando le consultaron al viceministro de exteriores, David Rutley, que su departamento había decidido confiar en las garantías rusas de que sólo estaba realizando investigaciones científicas, agregó: “Rusia ha reafirmado recientemente su compromiso con los elementos clave del tratado”9.

Por su parte, la directora de las regiones polares del Reino Unido, Jane Rumble, dijo que “no hay ninguna evidencia que apunte a una violación del tratado. Se necesitarían equipos diferentes entre la topografía y la explotación real, para que no haya un cambio”. La funcionaria aclara que “Rusia ya ha sido abordada sobre este tema antes y, de hecho, ha asegurado a la RCTA (Reuniones consultivas del Tratado Antártico) en múltiples ocasiones que se trata de un programa científico, por lo que lo mantendremos bajo revisión”10. 

El parlamentario McMorrin instó a Rutley a revisar las preocupaciones y presentarlas en la Reunión Consultiva del Tratado Antártico que se realiza a fin de mes en la India.

¿Por qué se difunde esta “noticia”?

La Antártida ha sido objeto de puja en distintos períodos de la historia y nunca fue ajena al orden internacional imperante. Desde comienzos del siglo XX cuando se llevaron a cabo las primeras expediciones a fin de explorar el continente, hasta mediados de ese siglo cuando a raíz de la formulación de reclamos territoriales y en paralelo al desarrollo de la Guerra Fría y su consecuente orden bipolar, se vislumbró la necesidad de regular el continente obedeciendo a una lógica de seguridad internacional. 

Del mismo modo, una vez más la disputa geopolítica mundial se expresa en el escenario antártico. Esto está conectado a la estrategia de la alianza angloestadounidense en el Atlántico Sur y la Antártida, que se cristalizó hace poco más de un mes con la visita de Laura Richardson a Ushuaia, la preocupación sobre “la pesca ilegal china” en el Mar Argentino y las sospechas de un potencial “uso militar” de la base espacial china en la provincia de Neuquén. 

A esto le sumamos que el conflicto ruso-ucraniano también se ha expresado dentro de las Reuniones Consultivas del Tratado Antártico, hecho inédito si tomamos en cuenta que se trata de un ámbito, que a diferencia de la Asamblea General de Naciones Unidas, históricamente fue ajeno a los conflictos por parte de los representantes de los Estados Parte. 

¿El Tratado Antártico qué función cumple?

Además de la prohibición de actividades relacionadas con la explotación de minerales anteriormente señalada, es importante puntualizar algunas cuestiones que suelen divulgarse de manera confusa:

Además del Tratado Antártico de 1959, se adoptaron otros 3 instrumentos conexos que regularon otros aspectos de la Antártida a lo largo del tiempo: la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas (1972), la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (1980) y el Protocolo sobre Protección de Medio Ambiente (1991). Por esto, se habla de “Sistema del Tratado Antártico” (STA). 
El Tratado Antártico y sus instrumentos conexos no tienen fecha de vencimiento. Sí es posible hacer modificaciones y enmiendas, pero bajo ciertos requisitos. Se suele mencionar el año 2048 como punto cúlmine, pero ello refiere a la posibilidad de revisión del Protocolo sobre Protección de Medio Ambiente que cumplirá 50 años de su entrada en vigencia. Eventualmente, en ese caso, podrían realizarse modificaciones, pero requiere una mayoría específica para su adopción (incluyendo ¾ Partes Consultivas) que lo hace de difícil cumplimiento. 

El Art. 4 del Tratado Antártico (1959) hace referencia al status de las reclamaciones territoriales. Es importante aclarar que este artículo, también conocido como “cláusula paraguas”, mantiene inalterados los reclamos territoriales del continente. Esto quiere decir que no se han resuelto las reclamaciones formuladas por únicamente 7 países a lo largo de la historia (más las reservas a realizarlo en un futuro por parte de Estados Unidos y hoy la Federación Rusa); por ende, no dejaron de existir. En pos de la utilización pacífica de la Antártida y la investigación científica, quedaron “pausadas/congeladas” y no se admiten nuevos reclamos ni ampliaciones de los formuladas con anterioridad. 

Las decisiones del Tratado Antártico se toman en las mencionadas “Reuniones Consultivas del Tratado Antártico”, donde únicamente participan con voz y voto las Partes Consultivas (los países signatarios originales del Tratado y los que posteriormente demostraron interés científico) y las Partes Adherentes (el resto de los países que no demuestra este interés no forma parte de la toma de decisiones). Actualmente hay 29 países que se consideran Partes Consultivas y otros 27 países que son Partes Adherentes. En relación a lo sucedido, se pone a prueba el sistema de toma de decisiones del STA, donde nuestro país participa activamente en cumplimiento de los objetivos primordiales del Tratado Antártico. 

¿Y Argentina?

Nuestro país es uno de los signatarios originales del Tratado y tiene una extensa historia en la Antártida, siendo el país con más presencia prolongada e ininterrumpida en dicho continente desde 1904. 

El sector reclamado por Argentina comprende los meridianos 25° y 74° de longitud Oeste, desde el paralelo 60° de latitud Sur hasta el Polo Sur. Nuestro reclamo se superpone con el de otros dos países: Chile y el Reino Unido. Es relevante puntualizar que junto con Chile, desde la década del 50, existen declaraciones conjuntas en las que se produjo el reconocimiento mutuo de soberanía. 

Respecto del Reino Unido, la pretendida porción abarca totalmente al Sector Antártico Argentino y la disputa con este actor se repite apenas un poco más al norte de la Antártida, donde se encuentran implicadas las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, junto con los espacios marítimos correspondientes, en el marco de una controversia que lleva casi dos siglos pendiente de resolución. 

En el contexto actual caracterizado por la disputa de varias potencias en la configuración de un nuevo orden internacional, cuya presencia se acentúa cada vez más en el Atlántico Sur y la Antártida, resulta indispensable el resguardo de los espacios vitales de nuestro país mediante la implementación de estrategias de largo plazo en nuestra política exterior y con un modelo económico que tienda al desarrollo de nuestras capacidades con el objetivo de defender el interés nacional. 

Referencias:

1 pubs.usgs.gov/of/1991/0597/report.pdf

2  Ídem.

3 El Ártico, al tratarse de un océano congelado, se encuentra regido sustancialmente por el Derecho del Mar, a la vez que existen controversias en relación a la delimitación de los espacios marítimos entre los Estados que tienen proyección al Ártico (Plataforma Continental, Zona Económica Exclusiva). La Antártida es un continente con un sistema jurídico específico y con otros actores involucrados.

4 www.state.gov/imposing-measures-in-response-to-navalnys-death-and-two-years-of-russias-full-scale-war-against-ukraine/

5 rusgeology.ru/en/press/news/rosgeologiya-vypolnila-issledovaniya-geologicheskogo-stroeniya-i-neftegazovogo-potentsiala-shelfa-an/

6 www.dailymaverick.co.za/article/2024-02-28-us-sanctions-target-russian-ship-surveying-for-antarctic-oil-and-gas-via-cape-town/ y www.dailymaverick.co.za/article/2024-05-09-russias-antarctic-prospecting-links-via-sa-warrant-deeper-scrutiny-hears-uk-westminster-inquiry/

7 committees.parliament.uk/committee/650/environmental-audit-subcommittee-on-polar-research/

8  committees.parliament.uk/writtenevidence/124548/pdf/

9 www.dailymaverick.co.za/article/2024-02-28-us-sanctions-target-russian-ship-surveying-for-antarctic-oil-and-gas-via-cape-town/

10 www.dailymaverick.co.za/article/2024-02-28-us-sanctions-target-russian-ship-surveying-for-antarctic-oil-and-gas-via-cape-town/

Un portaaviones nuclear de EE.UU. y otros buques de la OTAN llegan a Puerto Belgrano

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Con la dirección del portaaviones nuclear George Washington, la tercera joya atómica de la America’s Navy de Estados Unidos, una veintena de instructores también extranjeros y la participación de las armadas de cuatro países de la OTAN, comenzará en la argentina Base Naval Puerto Belgrano la primera fase de la Southern Seas 2024, el décimo ejercicio de tal tipo ordenado por la IV Flota del Comando Sur norteamericano. Marinos de siete países sudamericanos, entre los que no estará Brasil, y de cuatro de extrazona, entre los que estará Gran Bretaña, abrirán el próximo 29 de mayo el tramo Passex de estas maniobras que se desarrollarán en el curso del año. El presidente Javier Milei será quien dé luz verde al inicio de las acciones, seguramente enfundado en un flamante uniforme de combate de la armada.

Según la página web del Pentágono de Estados Unidos, hasta ahora única voz oficial de la Southern Seas, Milei “recibirá con honores especiales” al submarino nuclear, que el 25 de abril zarpó de su base de Norfolk, la más grande del mundo, situada en el Estado atlántico de Virginia, escoltado por el destructor de misiles guiados USS Porter y el buque de abastecimiento USS John Lenthall. En Puerto Belgrano lo esperarán oficiales de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Paraguay y Uruguay junto con los de Gran Bretaña, Canadá y Países Bajos, para iniciar “este operativo que proporcionará la ocasión de mejorar la interoperatibilidad y crear confianza con las fuerzas marítimas de las naciones socias”, al decir del jefe de las fuerzas navales del Comando Sur, Jim Aiken

Se ignora si el Poder Ejecutivo –Ministerio de Defensa y la cancillería– cursó al Congreso el pedido de admisión imprescindible para el ingreso de tropas extranjeras, que al menos en el caso de Estados Unidos tiene por norma incluir una garantía de inmunidad. Es decir, que bajen en los puertos para distenderse libremente y quedar exentos de imputación en caso de incurrir en excesos. Según palabras de Aiken en la web del Pentágono, oficiales y soldados esperan “visitar varios lugares espectaculares en América del Sur, ya que los efectivos de la marina estadounidense no suelen ir y ver esta parte del mundo”.

En lo que el Comando Sur dirigido por la generala cuatro estrellas Laura Richardson, gestora e ideóloga de estas maniobras, observa como “la gran novedad de las Southern Seas 2024”, un equipo internacional de aproximadamente una veintena de oficiales de Estados Unidos y los tres invitados de la OTAN ofrecerá instrucciones a bordo del George Washington. Los acompañarán instructores del US Naval War College (el llamado “hogar del pensamiento” de la armada norteamericana) y trabajarán con el personal embarcado del Destroyer Squadron 40 (ejecutor de la estrategia marítima norteamericana al brindar apoyo táctico a las operaciones navales en el área de responsabilidad del Comando Sur).

Con la clara idea de señalar la importancia que el Pentágono le da a este tipo de ejercicios con sus “socios”, como define a lo que en realidad son sus aliados, es ilustrativo acercarse a su página web. Allí resalta el significado del portaaviones nuclear, al que además de dar como la tercera unidad de la US Navy, le dedica un párrafo breve pero contundente. “El George Washington –dice– es una pieza clave de la fuerza naval, con pistas más adaptables y mayor capacidad de supervivencia que cualquier otra de sus características en el mundo. Su personal está siempre listo para entrar en acción, entrenado y equipado para una gran gama de misiones de mar, realizar ataques y maniobrar en el espectro electromagnético y en el ciberespacio. Ninguna otra fuerza naval del mundo tiene una unidad comparable”.

El Comando Sur cobró vida con la designación de Richardson como su jefa, en marzo de 2021 y ya desde su comparecencia ante el Senado norteamericano, para recibir el visto bueno a su nominación, que acababa de anunciar el presidente Joe Biden. En el Congreso, la generala dejó traslucir que a su rol militar –teñido por un violento y cavernario lenguaje propio de la Guerra Fría– le agregaría un cierto tono diplomático, para presionar desde ambos flancos a los gobiernos de los países dueños de las mayores reservas de litio del mundo. Así embaucó a los congresales que estaban dudosos de aceptarla para el cargo, con la garantía de que pelearía en todos los frentes para asegurarle a EE UU los recursos estratégicos –minerales, materias primas, agua– para seguir desarrollando su juego de gran potencia.

La IV Flota, hoy un engranaje clave de la política militar-diplomática norteamericana, estuvo desactivada durante casi dos décadas, hasta que en 2008 fue reactivada, durante el gobierno del republicano George W. Bush. Un analista militar de la estatal Universidad de la República de Uruguay explicó así las causas del renacer del aparato naval: “Ocurrió después de que el Pentágono analizara con preocupación el retroceso parcial de su peso político regional. La Venezuela conducida por Hugo Chávez y un potente Brasil dirigido por Lula pasaron a ser actores principales que marcaron la agenda estratégica para el continente. Y un dato no menor: el funcionamiento de la IV Flota se reflota luego de que, en aquel entonces, Brasil descubriera nuevos yacimientos petroleros en su plataforma marina”.

Las carencias que exhibirán las achanchadas marinas de guerra sudamericanas contrastarán con la opulencia de sus pares norteamericanos, por ejemplo, parte de una máquina de matar cómodamente financiada por una sociedad que no tiene muy en claro dónde van a parar sus entregas al fisco. Cada año, en tiempos de la declaración de impuestos, el Institute for Policy Studies (IPS) de Washington entrega “Tu recibo fiscal”, un informe basado en datos oficiales que muestra a qué ítems se destinan los impuestos ciudadanos. Año tras año, se confirma que los grandes beneficiarios son el Pentágono y sus empresas contratistas. El año pasado cada contribuyente, desde un niño hasta un anciano, pagó un promedio de 2974 dólares en impuestos destinados al Pentágono. De esa suma, apenas 705 dólares se destinaron a pagar el salario de las tropas, mientras 1748 fueron asignados a subsidiar a las empresas contratistas del Ministerio de Defensa. Desde la Lockeed Martin (el mayor productor de armas, aviones y artículos para matar) hasta Space Exploration Technologies Corp, el monstruo de Elon Musk orientado a fabricación aeroespacial y ofrecer servicios de transporte espacial con el fin de reducir el costo de una hipotética colonización de Marte. 

Milei y después. La Argentina que cambió

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El título que elegí se puede entender de dos maneras distintas. Por eso, empiezo por decir cuál es la que yo elijo. Muchos analistas ven a la irrupción de Javier Milei y los «libertarios» en la política argentina como un hecho nuevo e imprevisto que cambió todo, y los confirman en esa opinión estos tumultuosos cinco meses de gobierno.

Tienen razones para pensar así. ¿Quién preveía, sólo tres años atrás, que un gritón panelista de TV iba a ser presidente de Argentina?

En cambio, yo creo, y voy a tratar de convencerlos a ustedes, que la llegada de Milei a la presidencia es una de las consecuencias de 
cambios profundos que se manifestaron en este siglo. Cambios que tienen origen, sí, en un problema argentino anterior: la falta de un modelo de desarrollo económico consistente. Problema que enfrentamos al menos desde mediados de la década de los ´70 del siglo pasado, cuando el modelo de industrialización para el mercado interno y pleno empleo encontró un límite. Más o menos al mismo tiempo que empezaron a crujir los «estados de bienestar» europeos.

Pero en este siglo la falta de un modelo aceptado por una mayoría de los argentinos fue acompañada por transformaciones sociales -en parte provocadas por esa ausencia, y en otra gran parte, por causas que están acelerando esas transformaciones en la mayoría de los países del mundo. Pero que el conjunto de nuestra dirigencia política no vio, o no quiso ver.

Afirmo esto con tanta convicción porque yo también me equivoqué. Hasta hace poco más de un año pensaba, como otros estudiosos con mejores credenciales, que las dos grandes coaliciones que hegemonizaban el sistema político nacional, las versiones actuales de las corrientes que nos expresan a los argentinos desde hace casi 80 años, el peronismo y el rechazo al peronismo, daban estabilidad a la política local. No fue así.

Hoy creo que hubo algo más que la frustración con gobiernos, que la misma gente que los había votado vivió como fracasos, o como desilusiones. La sociedad argentina había cambiado, y la dirigencia – y los analistas. no nos dimos cuenta de la profundidad de ese cambio.

No es que surgieron de repente realidades que no existían antes. Nada surge de repente en las sociedades humanas. Los cambios se dan cuando esas nuevas realidades crecen.

Esbozo aquí tres de ellas.

La pobreza y la exclusión -que existieron siempre, por supuesto- vienen creciendo en nuestro país desde los ´70 del siglo pasado, y se agravaron, mucho, en la segunda mitad de los ´90.

Sucedió que en este siglo, en el breve gobierno de Duhalde, se ensayó en 2002 una solución -el Plan Jefes y Jefas (de hogar, desocupados)- para paliar esa crisis que había llegado a límites insoportables. Los gobiernos kirchneristas ampliaron y formalizaron esa red de protección, con medidas tan necesarias como la Asignación Universal por Hijo, y un variado número de políticas sociales.

El gobierno de Mauricio Macri aumentó el número de beneficiarios de esos planes, porque sus medidas económicas no favorecieron el crecimiento del empleo privado. En realidad, durante su gestión desaparecieron muchas empresas pequeñas y medianas, las que en nuestra estructura son las mayores generadoras de empleo. . Por encima de la diferencia en las políticas económicas, la gestión de Alberto Fernández continuó esa tendencia en este campo, acentuada por las restricciones que impuso la pandemia.

Estos planes sociales evitan -en la mayoría de los casos- la indigencia. Pero no sacan a ningún beneficiario de la pobreza. Ni le dan la identidad, el respeto, que en otro tiempo brindaba el trabajo formal.

Es necesario decir que surgieron, y surgen, esfuerzos dignos para organizar y valorar las tareas que hacen los excluidos de la economía formal. Que, es cierto, trabajan bastante más que un empleado con horario. Así, la llamada «economía popular». Pero depende de los subsidios del estado nacional.

Nada necesariamente negativo en eso, por sí mismo. Muchos futuristas sostienen que es el destino de la mayoría de la humanidad, a medida que las máquinas se hacen cargo del trabajo. Como sea, el punto no es lo que va a pasar, sino lo que está pasando. Una gran parte de los «incluidos» -de las extensas clases medias argentinas, en la medida que «clase media» todavía significa algo- han empezado a mirar a los excluidos como en los países europeos se mira a los inmigrantes: gente ajena, oscura, hasta peligrosa, que se aprovecha del esfuerzo de los «ciudadanos de bien», una expresión que usa mucho Milei.

El hecho que los excluidos hacen los trabajos necesarios. que los «incluidos» no aceptan, no cambia esa mirada. Los hechos no cambian los prejuicios, en general.

No es el único cambio. Ni el más novedoso. Después de todo, el prejuicio hacia los «cabecitas negras» -hoy se abrevia «cabeza»- viene de los comienzos del antiperonismo, en los ´40 del siglo pasado. Lo que sucede es que se ha extendido mucho, y se le escucha a muchos votantes del peronismo, también.

Otro de los cambios, y muy importante, es generacional. Por supuesto, esto ha sido así en toda la historia humana. Viejos papiros egipcios mencionan la falta de respeto de los jóvenes. Pero que sea esperable, no hace que deje de ser un cambio.

En este siglo, la mayoría de los jóvenes no espera -muchas veces, no busca- un trabajo permanente. Más, les es difícil conseguir un trabajo formal, si no es por vínculos familiares o «contactos». Si es de clase media -en el sentido muy amplio que lo es la mayoría de los argentinos- es probable que considere probar suerte en Europa, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda… Son (todavía) una minoría pequeña la que se decide a hacerlo, bastante menor que la suma de los inmigrantes que vienen a encontrar trabajo en Argentina. Aún si les sumamos quienes viven aquí y trabajan para empresas o clientes del exterior, aprovechando la deslocalización del trabajo en el mundo digital, son una pequeña porción de la «fuerza laboral». Pero influyen poderosamente en la actitud de los jóvenes trabajadores. Y en la realidad de las relaciones laborales.

Así, la legislación laboral y los sindicatos aparecen irrelevantes para muchos jóvenes. El sector etario donde fue más extendido el voto a favor de Milei.

Por supuesto, esto que describo es parcial. Todavía pervive mucho de la Argentina peronista. Y de la antiperonista. Y hay valores comunes que movilizan también a los jóvenes, como mostró la reciente, masiva, manifestación en defensa de la universidad pública y gratuita.

El tercer factor es, por supuesto, la economía. Resumo algo que he repetido muchas veces: el modelo económico de industrias protegidas, produciendo para el mercado interno y -en unos cuantos casos- para los países vecinos, que entre 1945 y 1975 brindó  crecimiento, casi pleno empleo y prosperidad -aunque no estabilidad- a Argentina, «cumplió su ciclo». Todos los intentos de resucitarlo han terminado en un capitalismo prebendario, proveedor del Estado o usufructuario de los «nichos» que proporciona.

Y los intentos «modernizadores», aperturistas -Martínez de Hoz, Menem-Cavallo, Mauricio Macri- terminaron en crisis más o menos severas. Nada hace pensar que no pasará lo mismo con el de Milei.

Así, la dirigencia política argentina -más precisamente, quiénes sean elegidos por la mayoría- están condenados a buscar un nuevo camino. Tanto si el gobierno actual se autodestruye en pocos meses -es posible- o dura tanto como el de Menem. Esto último me resulta difícil de creer, debo decir.

¿Hay algo nuevo, algo que aparece en este siglo, en este ciclo que yo mismo señalo se repite desde hace 50 años? Sí. Es el olvido de las consecuencias políticas de algo muy familiar a los argentinos en la segunda mitad del siglo XX: la alta, altísima inflación.

El final de la Convertibilidad, la Gran Devaluación del año 2002, provocó un salto inflacionario aún mayor que el que causó en el pasado mes de diciembre la devaluación del ministro Caputo. La dirigencia de ese momento estaba aterrada -fresca la memoria de las hiperinflaciones de Alfonsín y de los primeros años de Menem. Aún economistas «nac&pop» proponían una dolarización.

Finalmente, con medidas moderadas y prudentes se llegó a estabilizar la economía. Y luego empezó el crecimiento «a tasas chinas». Cuando estas empezaron a aminorar -siempre sucede, hasta en China- una modesta tasa de inflación parecía un precio aceptable para una política distributiva.

Claro, ya en 2022 y 2023, la inflación no era «aceptable». Pero la dirigencia argentina -en el gobierno; desde la oposición siempre se pueden plantear soluciones drásticas- estaba convencida que «ajuste» era una palabra horrible, que iba a ser rechazada por la sociedad.

Recuerdo haber discutido en esos años -siempre sostuve que la inflación era el factor que más desordenaba la vida de la gente, además de la economía- con funcionarios albertistas, cristinistas y hasta algún massista. Y su respuesta era la misma, y aparentemente sensata: «No se ganan elecciones con una política antiinflacionaria».

Hasta el próximo olvido, la lección que han aprendido todos los políticos argentinos -lo digan o no en público- es «El gobierno no gana elecciones con alta inflación».

Todo este largo texto -sin estadísticas ni ecuaciones; Pareto me llamaría «ageometroi»- es para tratar de convencerlos que es necesario empezar a pensar ya políticas económicas, sociales, de relaciones internacionales, adecuadas para la Argentina y el mundo que ya están a nuestro alrededor.

Debemos empezar por descartar la fácil asunción que Milei es una anomalía, y que una vez que este improvisado experimento «anarco-capitalista» se  autodestruya  volverá la «normalidad». Un pasado mítico anterior a 2015, o 2003, o 1945, o 1916… No hay máquinas del tiempo, compatriotas.

Abel B. Fernández

Un COVID largo puede destruir tu capacidad de ejercicio. Ahora sabemos por qué.

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Para muchas personas con COVID prolongado, uno de los principales síntomas es la dificultad para hacer ejercicio: cuando sobrepasan sus límites puede producirse un devastador ciclo de fatiga. Eso suele empeorar los resabios musculares de la enfermedad.

Esto se llama malestar postesfuerzo (MPE), y tiene iguales síntomas que la encefalomielitis miálgica, o síndrome de fatiga crónica (EM /SFC). Pero no es lo mismo.

Un estudio de Nature Communications da la explicación del bajón en el umbral del agotamiento. Lo que no da es una solución mágica. Dice que los pacientes con COVID largo sufren una serie de cambios en el reposo post-ejercicio, que incluye daño difuso y generalizado en la estructura profunda de los músculos, y alteraciones en su composición de fibras y en su metabolismo energético.

El estudio «muestra realmente el daño» casusado por el malestar postesfuerzo, afirma Lucinda Bateman, médico del Bateman Horne Center, especializado en el tratamiento de pacientes con ME/SFC y COVID prolongada. Como señala Bateman, esto incluye mostrar «la inflamación, el daño, las cicatrices, los coágulos», que se encuentran en los tejidos musculares de los pacientes con COVID prolongado. También se hallaron bajones de actividad en las mitocondrias, las organelas microscópicas que generan la mayor parte de la energía aeróbica de una célula moderna.

La respuesta sugerida al MPE: tomátelo con calma.

Malestar postesfuerzo provocado por la prueba de esfuerzo

En el estudio, los investigadores reclutaron a 25 pacientes con COVID prolongado. Todos ellos eran jóvenes -con una edad media de 41 años-, no padecían otras enfermedades preexistentes y venían cargando con una reducción significativa de su vida laboral y social. Condición de exclusión: tenían que presentar malestar postesfuerzo para ser reclutados por el estudio, afirma Rob Wüst, fisiólogo del ejercicio de la Universidad Libre de Ámsterdam y coautor del estudio.

Los participantes se sometieron a una prueba de esfuerzo cardiopulmonar en la que se les pedía que hicieran ejercicio hasta quedar exhaustos, lo que desencadenaba un episodio de malestar postesfuerzo.

Para caracterizar los cambios que experimentaba su organismo, los investigadores extrajeron sangre y realizaron una biopsia muscular una semana antes de la prueba de esfuerzo y un día después. Los resultados de estas pruebas se compararon con los de 21 pacientes sanos, que tenían la misma edad y sexo, y que sirvieron de «grupo control».

«Normalmente sabemos por todas las demás enfermedades crónicas que el ejercicio es bueno, que el ejercicio es medicina», afirma Wüst. «Sin embargo, estos pacientes empeoran». Es el mundo al revés.

Cambios en los sistemas energéticos del cuerpo

Los cambios clave que descubrieron Wust y colegas fueron diferencias en la capacidad del organismo para generar energía en comparación con los pacientes sanos. Esto incluía niveles más bajos de fosforilación oxidativa, un proceso bioquímico que produce ATP, una molécula que el cuerpo utiliza como reserva y fuente instantánea de energía «a demanda». También observaron que tras el ejercicio se producía una disminución de la actividad de las mitocondrias, las minúsculas centrales energéticas que fabrican las moléculas de ATP dentro de cada célula humana.

En la gente con COVID largo, la función mitocondrial se deteriora rápidamente tras el esfuerzo, afirma Wüst. Y los que están acostumbrados a un cuerpo que rinde y aguanta el ejercicio los hace entrar en un círculo vicioso, de nuevos esfuerzos excesivos que llevan de cabeza al colapso de la función mitocondrial y del metabolismo muscular.

Ambos grupos, el de testeo y el de control, pasaron por dos pruebas sucesivas de esfuerzo espaciadas 24 horas. En ambas se les pidió que hicieran ejercicio hasta el agotamiento.

Durante la prueba de esfuerzo del segundo día, los pacientes con malestar postesfuerzo mostraron una capacidad disminuida para fabricar energía y se agotaron mucho más rápido y con menos ejercicio que en el día anterior. Las personas sin malestar postesfuerzo hicieron cantidades de ejercicio similares ambos días, antes de «estrellarse contra la pared» (expresión de entrenadores yanquis, significa llegar al agotamiento).

El agotamiento suele ocurrir en el momento en que los miocitos (células musculares) abandonan el uso intenso de oxígeno para generar energía, y pasan a metabolismo anaeróbico, un proceso bioquímico más primitivo e ineficiente, que ocurre en el citoplasma extramitocondrial. En lugar de quemar glucosa (el combustible standard de todo miocito) y hacerlo de modo total hasta reducirla a agua y dióxido de carbono, el metabolismo anaeróbico desintegra la glucosa a medias y la reduce a ácido láctico. Cuando éste se acumula en los músculos, tiene efectos rápidamente tóxicos, los hace doler, les quita capacidad de contraerse, y es el momento en que uno «se estrella contra la pared». El metabolismo anaeróbico no da para esfuerzos prolongados.

Para los atletas entrenados, «la pared» puede llegar, por ejemplo, al final de una maratón de 41 km. En el caso de las personas con malestar postesfuerzo, aunque hayan sido atletas hasta que se contagiaron COVID, ese derrumbe sigue a actividades cotidianas, como dar una vuelta a la manzana, ducharse o hacer las tareas domésticas.

El umbral anaeróbico determina cuánta actividad se puede hacer antes de caer rendido por el agotamiento, dice Todd Davenport, investigador de la Universidad del Pacífico, cuya investigación se centra en el malestar postesfuerzo. No se funciona por encima del umbral anaeróbico durante mucho tiempo o muy bien, añade. Parte del entrenamiento de futboleros y de nadadores competitivos consiste en elevar poco a poco el rango en que el cuerpo soporta el esfuerzo anaeróbico, para ese titánico remate final que a veces decide triunfo o fracaso.

Eso se podía ver bien en las caras agotadas de la Selección Argentina en el tercer tiempo del partido contra Francia por la Copa Mundial. Y los franceses también estaban en las últimas de la anaerobiosis. Por algo les ganamos a penales.

Volviendo al tema, esta insuficiencia adquirida en la forma en que el cuerpo fabrica, almacena y gasta energía es exclusivo de los pacientes con malestar postesfuerzo. Viven en el tercer tiempo, aunque antes del COVID fueran atletas sumamente aeróbicos. Para los pacientes con otras afecciones que dificultan el ejercicio -como la insuficiencia cardíaca, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica o la fibrosis quística- el ejercicio sigue siendo difícil, pero beneficioso. No hay pérdidas musculares fisiológicas y morfológicas inducidas por el sobreesfuerzo.

En suma, que el malestar postesfuerzo del COVID largo es algo muy raro, en términos metabólicos, pero nada infrecuente, en términos estadísticos.

Cambios en la composición de las fibras musculares

Otra diferencia clave que descubrieron Wüst y sus colaboradores fueron los cambios en la composición muscular de los pacientes con COVID prolongada. Estos individuos tenían una mayor proporción de fibras musculares de contracción rápida en comparación con los pacientes sanos.

Las fibras musculares de contracción rápida, llamadas también fibras blancas, son muy voluminosas porque tienen espacio para almacenar su propio combustible (glucógeno). Se utilizan para movimientos rápidos y explosivos, como levantar pesas o hacer piques cortos, pero no tienen aguante, se cansan rápido por acumulación de ácido láctico. Son las que buscan desarrollar los «patovicas».

En contraste, las fibras musculares de contracción lenta, o rojas, son largas, flacas y de un color rojo profundo, porque están enormemente vascularizadas y llenas de capilares, para absorber rápido el oxígeno circulante en sangre y desprenderse del dióxido de carbono generado. Queman «lo que se les tire»: glucógeno, hasta agotar su escasa carga inicial, pero luego empiezan la combustión metabólica de ese residuo tóxico, el ácido láctico.

Ese segundo quemado se produce en las mitocondrias, las organelas energéticas de las fibras musculares. En la fibra roja son muy abundantes, y degradan el ácido láctico hasta volverlo agua y dióxido de carbono, en un proceso molecular de quemado a fondo y sin llama que produce mucha más energía de un modo más sostenible. Esa energía se almacena en forma de ATP, una molécula que sirve de reserva para activar los procesos metabólicos de todo el organismo: viene a ser como el oro de respaldo en una economía como la del mundo previo a 1971. Es fácilmente fungible en todos lados, y sirve para cerrar cualquier gasto.

Las fibras rojas no sólo usan glucógeno o glucosa, sino ácidos grados como combustibles. Dada la cantidad de grasa en el cuerpo humano, mucho mayor que en otros primates, eso es como quemar no nafta ni gasoil, sino un fuel-oil de alta densidad, el hidrocarburo líquido más pesado y barato. Con la diferencia es que es una combustión mitocondrial, con enzimas, sin llama, con alto uso de oxígeno, y sin más residuos que vapor de agua y dióxido de carbono, que se expelen por los pulmones.

En las sabanas africanas, donde se fueron formando los homínidos de los cuales descendemos, particularmente el Homo erectus, el metabolismo aeróbico parece haber sido importante en las estrategias de caza de cuadrúpedos. El Homo erectus era menos veloz que sus presas, pero las cazaba por persecución prolongada hasta agotarlas, como los lobos, mucho más que por acecho o intercepción, como los felinos. Los Kung’ San, hombres modernos pero que siguen habitando ese mismo paisaje semiárido y abierto del sureste africano, siguen cazando por persecución prolongada. Si no tuvieran esas flacas musculaturas de maratonistas, deberían haber cambiado de negocio.

Estas fibras rojas generan menos fuerza, y las usamos para esfuerzos más sostenidos y predecibles: mantener la postura dorsal, caminar e incluso correr, pero distancias medias y largas, sin piques explosivos. Genética aparte, la forma de uso es el segundo determinante de las proporciones relativas de fibra roja y blanca de la gente. En los brazos de un pesista o en los muslos de un «sprinter» de 100 metros puede haber un 90% de fibra blanca, porque el esfuerzo es básicamente anaeróbico, con acumulación de ácido láctico.

Pero en las piernas de un ultramaratonista la proporción puede ser la inversa: predomina la fibra roja, porque a partir de los primeros centenares de metros de carrera, las riendas del metabolismo muscular las toman las mitocondrias, y los músculos rojos se insuflan de sangre y entran «en ciclo aeróbico». La temperatura general de todo el cuerpo sube uno o dos grados, la sudoración se activa para bajar la temperatura interna, y se entra en un estado parecido al de una fiebre sin infección.

Hay un tercer tipo de fibras intermedias, ni rojas ni blancas, rosadas, y ni que sirven para esfuerzo explosivo pero se cansan menos, aunque son menos resistentes a la fatiga que las fibras rojas. El «precalentamiento» de los futbolistas profesionales cuando salen del banco y se aprestan a entrar en juego es un intento de activar el metabolismo mitocrondrial en las tres grandes categorías de fibras musculares.

Más allá de que hay gente que nace flaca, fibrosa y casi para maratonista, y otros que vienen al mundo predeterminados para ser morrudos y fuertes, el predominio de la musculatura blanca, roja o intermedia lo deciden el cerebro y el tiempo. De acuerdo al modo de vida, las neuronas activan los músculos de modo distinto, y estos van adquiriendo mayor o menor predominio en volumen de estos tres tipos de musculatura.

Visto con ojos de economista, el trabajo muscular es insólitamente schumpeteriano: destrucción creativa. Las fibras musculares excesivamente solicitadas se rompen y generan microdesgarros, sólo visibles bajo microscopio. Pero en reposo, y máxime cuando el cuerpo sigue caliente, hay un trabajo minucioso de reconstrucción molecular y celular de cada músculo, y de transformación de células indiferenciadas en nuevos miocitos. Ésa es la base de ponerse musculoso, o al menos, fibroso.

De regreso a los que tratan de salir de un COVID largo y se quedan sin aliento con esfuerzos que antes ni registraban, el asunto es que durante la enfermedad hubo una transformación muscular solapada, y una pérdida funcional de fibra blanca. «Sabemos que es difícil cambiar los tipos de fibras en las personas y que (estos cambios) no ocurren con la inactividad», afirma Wüst. «Algo más está cambiando los tipos de fibra».

Aunque los fisiólogos no saben qué impulsa este cambio, puede ayudar a explicar parte de la fatiga que experimentan los pacientes. «Las fibras musculares de contracción rápida (es decir las blancas) consumen energía más rápido y, por tanto, se fatigan antes», afirma Wüst.

Cambios en la capacidad de recuperación del organismo

Además de los cambios en la capacidad del organismo para utilizar la energía y en la composición de las fibras musculares, Wüst y sus colaboradores también hallaron indicios de daño muscular.

En una persona sana, los músculos hacen microdesgarros difusos en el esfuerzo y se reconstruyen (con un «plus» a favor) en el reposo, y así se va fortificando con el ejercicio, dice Maureen Hanson, bióloga molecular de la Universidad de Cornell. Hanson investiga en el malestar post-esfuerzo en pacientes con COVID y ME/CFS de larga duración. «La persona sana tiene una respuesta al ejercicio, y esa respuesta es distinta de la respuesta del paciente con ME/SFC».

En varios estudios llevados a cabo por Hanson y sus colaboradores, los pacientes con COVID larga y ME/SFC muestran una capacidad disminuida para recuperarse del ejercicio. En una persona sana, el daño muscular causado por el ejercicio empezará a repararse en horas, y sigue durante días. En una persona con malestar post-esfuerzo, la reparación no ocurre y el daño por microdesgarros se va acumulando.

El estudio de Nature Communications constató ese deterioro tisular en los pacientes con COVID prolongado: signos de cicatrización muscular, inflamación y coágulos sanguíneos, tanto antes como después del ejercicio. «Vimos mucho daño muscular y signos de que había habido daño en el pasado», afirma Wüst.

«Los pacientes tienen oleadas constantes de malestar post-esfuerzo», dice Davenport, y añade que esto puede suceder con actividades diarias tan aparentemente banales como ir de compras o cepillarse los dientes.

La estrategia que por ahora dan los fisiólogos se parece un poco al «agua y ajo» de los traumatólogos cuando uno se queja de dolores post-operatorios. Hay que mantenerse bastante tiempo debajo de los nuevos límites del «crash» muscular, sin cejar pero sin forzar, y esperar que las cosas se vayan arreglando solas. Lo que sucede bastante, tras un par de años que suelen ser bastante malos. La estrategia de no cejar y ni forzar la gente con inclinaciones al spanglish la llama «pacing», traducción aproximada, «regular la cosa».

Lo dicho, agua y ajo. Hasta que sepamos más.

Daniel E. Arias

Petróleo en la Antártida: contexto geopolitico

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El navío científico ruso Alexander Karpinsky anunció que encontró indicaciones de una «vasta reserva de petróleo» en la Antártida, en la zona reclamada por Argentina y por Gran Bretaña. La Federación Rusa habría afirmado que seguirá lo estipulado en el Tratado Antártico.

El hallazgo de un gigantesco yacimiento de petróleo bajo el suelo de la Antártida, despertó interrogantes sobre cuáles serían los derechos de Rusia, como descubridor, y de otros países presentes en el continente helado para explotar eventualmente en algún momento ese valioso recurso.

El cuarto continente del mundo en superficie -después de Asia, América y África- es efectivamente uno de los lugares más anhelados del planeta. Y desde 1961 es administrado por un acuerdo internacional, el Tratado Antártico, que fue firmado el 1° de diciembre de 1959 originalmente por los siete países con pretensiones soberanas (Argentina, Chile, Reino Unido, Noruega, Australia, Nueva Zelanda y Francia) más otros cinco: Bélgica, Estados Unidos (donde se firmó el acuerdo), Japón, Sudáfrica y Rusia.

Países que reclaman soberanía en la Antártida

Países que reclaman soberanía en la Antártida

Fuente: BBC / LA NACION

Entre los países con aspiraciones de soberanía, cuatro son naciones lindantes (Argentina, Chile, Australia y Nueva Zelanda) y tres tienen motivos históricos (Gran Bretaña, Noruega y Francia).

La Argentina, por su parte, tiene motivos geográficos y también históricos ya que fue el primer país en instalar una base permanente en la región y declarar su soberanía allí en 1904. La Base Orcadas es hoy la estación científica antártica más antigua todavía en funcionamiento. La Argentina considera la región como una extensión de su provincia más austral, Tierra del Fuego, al igual que las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur.

Chile, sumó su propio reclamo años más tarde, en 1940, también sobre la base de que era una extensión natural de su territorio. La Antártica Chilena -como se la conoce allí- forma parte de la Región de Magallanes, la más austral de las 16 regiones en que se divide el país, y se superpone en partes con los terrenos antárticos exigidos por Argentina y Reino Unido.

Las otras demandas de soberanía se basan en las conquistas realizadas por famosos exploradores antárticos a comienzos del siglo XX.

El reclamo de Noruega se funda en las exploraciones de Roald Amundsen, el primero que alcanzó el Polo Sur geográfico, en 1911.

Y las pretensiones de Nueva Zelanda y Australia se basan en las gestas antárticas de James Clark Ross, quien izó la bandera del Imperio británico en territorios que fueron puestos bajo la administración de esos dos países por la Corona británica, en 1923 y 1926, respectivamente.

En tanto, Francia también reclama una pequeña porción de suelo antártico que fue descubierta en 1840 por el comandante Jules Dumont D’Urville, quien lo bautizó Tierra Adelia, en honor a su esposa.

Más allá de estos reclamos, un total de 29 países son considerados “partes consultivas”, con derecho a voz y voto (sin diferencias entre los que tienen reclamos soberanos y los que no), y un total de 35 países, incluyendo a Rusia, Alemania, Brasil, China, Estados Unidos e India, tienen bases permanentes en el continente blanco.

Sin embargo, el lugar no pertenece a nadie. Y de hecho el tratado no reconoce privilegios ni diferencias entre los países firmantes que reclaman soberanía, según establece su artículo IV.

“Ningún acto o actividad que se lleve a cabo mientras el presente tratado se halle en vigencia constituirá fundamento para hacer valer, apoyar o negar un reclamo de soberanía territorial en la Antártida, ni para crear derechos de soberanía en esta región. No se harán nuevos reclamos de soberanía territorial en la Antártida, ni se ampliarán los reclamos anteriores, mientras el presente tratado se halle en vigencia”, señala.

El tratado, firmado en el contexto de la Guerra Fría, buscó evitar una escalada militar, afirmando que “es en interés de toda la humanidad que la Antártida continúe utilizándose siempre exclusivamente para fines pacíficos y que no llegue a ser escenario u objeto de discordia internacional”.

El pacto congeló los reclamos territoriales existentes y estableció que la Antártida se convierta en una reserva científica internacional.

En total, 52 naciones forman hoy parte del Tratado, aunque solo las 29 que realizan “actividades de investigación sustanciales” tienen poder de voto y pueden tomar decisiones sobre el presente y futuro de la Antártida.

Comentario del Dr. Mariano Memolli:

Estuve haciendo una búsqueda ampliada sobre este tema.

La prospección por sísmica marina y con zonda multi haz (multibeam) la han realizado muchos países y lo han presentado cómo estudios del lecho marino para las Áreas Marinas Protegidas cuan realidad realizan prospección de hidrocarburos y minerales. Rusia entre ellas.

Me llama mucho la atención que el buque ruso inició su campaña de investigaciones en 2020 y nada de esto se publicó entonces. Hoy, en medio del conflicto entre Rusia y Ucrania, a pocos días del inicio de la Reunión Consultiva del Tratado Antártico, medio británicos publican esta noticia que bien podría expresar la preocupación por la prospección realizada por la propia monarquía británica.

Ningún medio ruso (a los que tuve acceso) levantó la noticia como un descubrimiento importante, los que leí hacen referencia a la noticia de The Telegraph.

La discusión en el parlamento británico contó con el asesoramiento del Prof Klauss Dodd, un académico con profundo rechazo a la posición Argentina, este profesor es quien asesora a los británicos sobre este hecho. Una de sus afirmaciones es “Las acciones de Rusia deben entenderse como una decisión para socavar las regulaciones que rodean la exploración sísmica y, en última instancia, como un presagio de la extracción de recursos en el futuro”. El buque, según los propios británicos, hizo tareas científicas. Un medio ruso señala que:

“A pesar de los “temores” de los analistas occidentales y simplemente de los rusófobos, la propia Federación de Rusia ya ha confirmado plenamente su compromiso con el Tratado y el hecho de que la investigación se llevó a cabo exclusivamente desde un punto de vista científico para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Ni siquiera está previsto ningún trabajo práctico sobre el desarrollo industrial de las reservas.

Se supone que las actividades conjuntas de investigación de los estados no provocarán un enfrentamiento en la región. Sin embargo, las acciones de los geólogos rusos han generado preocupación, ni siquiera porque esto esté sucediendo en una era de conflicto entre Occidente y la Federación Rusa, sino porque lo más probable es que no sean los rusos quienes comiencen a extraer minerales”.

En lo que concuerdo con Klauss Todd es sostener que, desde el inicio de la guerra Ucrania Rusia, el conflicto tuvo un enorme impacto en el Sistema del Tratado Antártico y que hay países que están impulsando cambios, sobre todo para cambiar el consenso por votaciones de mayorías, algo inconveniente para Argentina por el conflicto en el Atlántico Sur.

Rusia realiza prospección y el hecho debe abordarse con la máxima rigurosidad que le hubiera correspondido a los demás países que hicieron lo mismo.

Dr. Mariano Memolli

exdirector por más de una década del Instituto Antártico Argentino

INTA y Conicet: «Producir peces en sistemas circulares es rentable y reduce la contaminación»

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Un equipo de investigación del INTA y del Conicet demostró que la producción intensiva de peces en un sistema circular bajo invernadero logra rendimientos muy superiores a los sistemas de cultivos tradicionales. Además, minimiza el impacto de las bajas temperaturas del invierno, optimiza el uso del agua y reduce la huella de carbono.


Especialistas del INTA y del Conicet validaron un sistema de producción intensiva de peces con alta eficiencia y rentabilidad que posibilita la cría de especies en climas con inviernos moderados, con muy buenos resultados desde el punto de vista productivo y ambiental. En la campaña 2024/2025, se validará este sistema con especies nativas como la boga.

Según especificó Ariel Belavi -referente nacional de acuicultura del INTA-, “los sistemas circulares bajo invernadero son mecanismos de cultivo intensivos de peces que se basan en el uso eficiente del agua mediante la reutilización y recirculación del agua a través de filtros biológicos y de sedimentación”. Así, según señaló, “es posible optimizar el uso del agua y reducir la huella de carbono”.

En este sentido, Pablo Collins -investigador del Conicet- detalló: “Los peces generan desechos con alto contenido de nitrógeno que pueden provocar toxicidad en los sistemas de cultivo si no se eliminan o transforman”. De allí la importancia de la recirculación que transforman estos desechos en moléculas inocuas para los peces mediante los biofiltros. “Esto permite utilizar nuevamente el agua en el cultivo de peces y/o vegetales, cerrando de esta manera el circuito del agua en los sistemas productivos”, explicó Collins.

Además, Belavi detalló otros beneficios de este sistema de producción: “Por tratarse de sistemas bajo invernadero permiten sobrellevar los inviernos intensos de la región pampeana”.

Es que, según los especialistas, “estos sistemas circulares están enmarcados en los objetivos de la economía azul que, además, permiten altos rendimientos comerciales en toneladas por hectárea en regiones del país con restricciones térmicas para la cría de peces, incluso especies nativas de climas templados-cálidos”.

“Luego de un año de estudio pudimos evaluar la eficiencia del sistema que utilizamos, desde el punto de vista productivo y ambiental”, confirmó el coordinador quien adelantó que obtuvieron “resultados muy buenos”. En este punto señaló: “Se obtuvieron rendimientos muy superiores a los sistemas de cultivos tradicionales semi intensivos”.

estos sistemas pueden ser implementados en producciones intensivas en áreas periurbanas, utilizando cualquier espacio disponible.

El estudio consistió en evaluar el sistema en piletas rectangulares de plástico de 2.5 x 4 m de 10 mil litros y un biofiltro de 3 mil litros bajo invernadero (sin calentamiento de agua). La densidad de siembra utilizada fue de 15 peces por m3 -150 individuos por pileta- cultivando solo machos de tilapia azul debido a que esta especie es la más utilizada internacionalmente para validar sistemas de cultivos acuícolas.

El cultivo en estas condiciones logró una producción total de 92 Kg/pileta luego de 12 meses de cría, llegando a un peso promedio de 684 g (máximos de 962 g). La talla del 100% de los individuos superó el tamaño estandarizado comercial y gastronómicamente como plato (mayor a 25 cm).