Después de Petronas, Shell se retira del proyecto Argentina LNG

0

Luego de que Petronas se retirara en diciembre del año pasado del proyecto de exportación de gas natural licuado que lidera YPF, Shell apareció inmediatamente como su reemplazante neutralizando la incertidumbre que había generado la salida de la compañía de Malasia. Sin embargo, un año después es la propia Shell la que decidió bajarse.  

“Shell ha decidido no avanzar con la fase inicial del proyecto de GNL de Argentina. Inicialmente, Shell solo participó en la fase pre-FEED. Seguimos considerando a Argentina como un mercado de crecimiento potencialmente atractivo para la exportación de GNL. Por lo tanto, Shell continúa explorando opciones de expansión con YPF para el GNL de Argentina”, aseguró la firma a través de un breve comunicado.

La decisión de Shell se vio influenciada por varias razones y, si bien en el último año YPF logró también sumar a la italiana ENI y pugna por conseguir el desembarco de ADNOC, la petrolera estatal de Abu Dhabi, lo cierto es que el retiro de la compañía angloholandesa no es una buena noticia para el proyecto de exportación de Gas Natural Licuado.

Tercero en discordia

Fuentes del mercado reconocieron que el ingreso de ENI descolocó a Shell. El proyecto inicial era solo con YPF y de pronto la firma angloholandesa se encontró con un tercer socio con el que no tiene una relación muy fluida en el escenario internacional. Son compañías con una cultura institucional diferente que no terminan de congeniar. Por lo tanto, ese desembarco introdujo ruido en la relación con YPF.

En diciembre de 2024, YPF y Shell habían firmado el acuerdo de desarrollo del proyecto consistente en la instalación de un buque licuefactor con una capacidad de 6 MTPA. A su vez, en junio de este año, YPF y ENI firmaron un nuevo acuerdo, en el que se definieron los pasos requeridos para alcanzar la decisión final de inversión de la última fase del proyecto “Argentina LNG”, que prevé la incorporación de 2 buques con una capacidad conjunta de 12 MTPA. Además, se informó que YPF, Shell y ENI integrarían estas fases para optimizar costos y acelerar plazos. De este modo, ambas fases iban a avanzar de manera conjunta compartiendo infraestructura clave

YPF, por su parte, parece sentirse más cómoda con ENI que con Shell. El presidente y CEO de YPF, Horacio Marín, entabló una relación fluida con su par italiano Claudio Descalzi, que nunca llegó a tener con las autoridades globales de Shell. Además, el paraguas político que brinda la buena relación entre el presidente Javier Milei y la presidenta de Italia Giorgia Meloni también colaboró para estrechar ese vínculo.

Horacio Marín junto a su par italiano de ENI Claudio Descalzi. En el fondo, Javier Milei y Giorgia Meloni.

Presiones privadas y públicas

Al mismo tiempo que reforzó su alianza con ENI, en su afán de acelerar los plazos del proyecto —que de concretarse llevará el desarrollo de Vaca Muerta a otro nivel global— la compañía controlada por el Estado Nacional empezó a presionar a Shell para que se comprometiera más con la iniciativa, primero de forma privada y luego públicamente. “Estamos trabajando para cerrar el acuerdo, pero si no es Shell será otra compañía, la vida es así«, aseguró Marín en el último Forbes Energy Summit para referirse a la marcha de la denominada Fase III del proyecto Argentina LNG.  

«La velocidad que le estamos imponiendo con ENI y ADNOC no es una forma normal de hacer las cosas. Ya tenemos los barcos, negociaciones encaminadas, vamos muy rápido», agregó para diferenciar del ritmo de las charlas con Shell.

Esa presión pública incomodó a Shell, la cual, al verse forzada a tener que definir en plazos que no eran los que tenía previstos, decidió finalmente dar un paso al costado.

El desafío de la integración

En medio de esa negociación hubo otro dato que molestó a la compañía angloholandesa. YPF negocia el desembarco de la italiana ENI en tres áreas de Vaca Muerta en la ventana de gas húmedo donde la petrolera está asociada con Pluspetrol: Aguada Villanueva, Las Tacanas y Meseta Buena Esperanza. Cuando se enteró de esta negociación, Shell dejó trascender en privado que le interesaba sumarse, pero su pedido no tuvo una buena recepción por parte de YPF.

La salida de Shell supone un doble desafío para YPF. Por un lado, porque desde el punto de vista financiero es un golpe para el proyecto que esta compañía haya quedado afuera. Y, por otro lado, porque la intención es que los socios de Argentina LNG trabajen de manera integrada a lo largo de toda la cadena de producción.

Shell ya está trabajando en el upstream de Vaca Muerta, donde acaba de inaugurar una planta de tratamiento de petróleo y gas en Bajada de Añelo, una de las áreas que opera en Neuquén. ENI y ADNOC, en cambio, no operan en la formación no convencional y su desembarco va a llevar cierto tiempo en caso de que las negociaciones avancen.

Fernando Krakowiak y Nicolás Gandini

A 60 años que Jorge Leal llevó la bandera argentina al Polo Sur

0

Jorge Edgar Leal nació en 1921 en Rosario de la Frontera, Salta, en el extremo noroeste argentino. Ingresó de joven al Colegio Militar de la Nación y desarrolló la carrera militar hasta que llegó a sus oídos la noticia de que el general hernán Pujato, a cargo del recientemente creado Instituto Antártico Argentino (IAA), necesitaba oficiales.

Fue entonces, a inicios de la década del cincuenta, cuando su vida dio un giro inesperado. Desde la tierra de Güemes partió, con poco más de treinta años de edad, hacia misiones de frontera en las regiones más australes del país. A partir de ese momento, su destino quedó para siempre ligado al continente blanco.

El gobierno de entonces, encabezado por Juan D. Perón, fue decisivo para el reclamo argentino de soberanía sobre una porción de la Antártida y mares adyacentes. Desde 1943, cuando Gran Bretaña lanzó la Operación Tabarín, la tensión en el sur se intensificó: Inglaterra buscaba fortalecer su presencia para sostener sus exigencias sobre un espacio que abarca la totalidad del territorio pretendido por Chile y Argentina. El presidente Perón tomó cartas en el asunto e inició una etapa de crecimiento y consolidación de la presencia nacional en la región antártica. En ese sentido, una de sus decisiones paradigmáticas fue la implantación en 1946 del mapa bicontinental de la Argentina (el mismo que en 2010 fue declarado obligatorio para el uso en organismos públicos). Más adelante, en 1951, se puso en marcha el IAA dentro del Ministerio de Asuntos Técnicos, siendo el primer organismo científico antártico del mundo. Y el mismo año se estableció la base San Martín, la primera continental al sur del Círculo Polar.

Fue en ese contexto que Hernán Pujato seleccionó a Jorge E. Leal para fundar una nueva base del Ejército en la Antártida. Así fue que, en 1953 y con escasos medios, el joven oficial de Caballería estableció la base Esperanza —que hoy constituye un pequeño poblado y alberga la primera y única escuela del continente—. Luego cumplió funciones en la base San Martín y en la base Belgrano I. Este último destino le fue asignado tras el golpe de 1955 y la destitución de Pujato debido a sus vínculos con el peronismo.

A partir de entonces, Leal se convirtió en la figura central del Ejército en la Antártida, llegando a ocupar el cargo de Director Nacional del Antártico (DNA) tras su creación en 1969.

A fines de la década de 1950 se establecieron internacionalmente las bases del régimen jurídico antártico. Luego del Año Geofísico Internacional (1957-1958), se avanzó en la firma del Tratado Antártico (1959). Leal participó activamente en este proceso crucial para la historia del continente blanco y para la defensa de la posición argentina en la mesa de negociación. Nuestro país había sido pionero en la exploración de la región, con hitos indiscutibles como la presencia permanente desde 1904 en la base Orcadas, la más antigua del continente.

Sin embargo, requería alcanzar un objetivo simbólicamente decisivo: ser una de las naciones capaces de llegar al Polo Sur. Noruega, Gran Bretaña, la expedición transantártica de la Commonwealth y los Estados Unidos —que en 1957-1958 establecieron la base Amundsen-Scott en el propio vértice sur del planeta— ya lo habían logrado. Por eso, a comienzos de los años sesenta, la Argentina se propuso alcanzar también esa meta.

La preparación

Antes de la excursión terrestre, se realizaron dos viajes al Polo Sur por aire. Primero, fue la Armada la que a inicios de 1962 logró aterrizar dos aviones C-47 de la Aviación Naval, izando por primera vez la bandera argentina en el extremo austral del mundo. Segundo, fue la Fuerza Aérea la que repitió la proeza en noviembre de 1965, con tres aviones, uno los cuales continuó viaje hasta la base McMurdo de los Estados Unidos, atravesando todo el continente y constituyéndose en el primer vuelo transpolar argentino. Ambos fueron logros significativos y los datos cartográficos que aportaron fueron de importancia ya que el territorio entre el Mar de Weddell y el polo era prácticamente desconocido.

Pero el verdadero desafío era lograr llegar por tierra, tarea que fue encomendada al Ejército y, en particular, a Jorge E. Leal. Durante tres años, el coronel trabajó en cada detalle. A fines de 1963, desde la base Belgrano se iniciaron los estudios de terreno para definir posibles rutas hacia el interior de la meseta antártica. Esa planificación incluía establecer una base de apoyo intermedia —aproximadamente a los 83° de latitud sur— equipada con provisiones, combustible y material técnico.

Para la travesía se seleccionaron seis tractores snow-cat, capaces de desplazarse sobre la nieve y arrastrar trineos cargados de suministros. También se definieron el vestuario, el equipamiento, las herramientas mecánicas y la composición del grupo. La correcta selección del personal era fundamental: en un entorno tan extremo no solo se ponía a prueba la preparación técnica, sino también la fortaleza anímica de cada integrante.

Debe tenerse en cuenta que, tras la firma del Tratado Antártico, la expedición debía poseer un carácter eminentemente científico. Por ello se trasladó personal especializado y equipos destinados a realizar mediciones en glaciología, meteorología y gravimetría. Sin embargo, la misión también respondía a un objetivo estratégico fundamental: afirmar la capacidad argentina de alcanzar todos los rincones del territorio que considera propio en la Antártida. No se trataba sólo de una hazaña exploratoria o de un proyecto científico, sino también de un acto deliberado de soberanía territorial.

La expedición

El 26 de octubre de 1965 comenzó la Operación 90. A partir del reconocimiento aéreo se tenía una idea general del terreno, pero aún se ignoraban sus peligros concretos; por eso el avance debía ser lento y extremadamente cuidadoso. El equipo, integrado por diez hombres, partió desde la base Belgrano situada en la Barrera de Hielos Filchner. Hasta el Polo Sur los separaban unos 1.500 kilómetros mayormente desconocidos.

Es fundamental destacar el papel de la patrulla que abrió camino —la llamada Patrulla 82, compuesta por cuatro hombres con trineos tirados por perros— que cartografió montañas desconocidas (como el cordón Santa Fe) y marcó una ruta segura evitando grietas y zonas intransitables. El 4 de noviembre, la patrulla de apoyo y la columna de asalto se reunieron en base Sobral —instalada ese mismo año como base científica avanzada— donde realizaron mantenimiento mecánico.

La dureza de la travesía quedó registrada en el informe de viaje de Leal, así como en numerosos relatos posteriores: grietas enormes, tormentas, frío extremo y situaciones de riesgo. De hecho, uno de los mecánicos resultó herido en Sobral y debió ser reemplazado, lo cual alteró la composición del grupo, aunque no detuvo la misión. En la Antártida, por aquellos tiempos, incluso una lesión menor podía convertirse en una amenaza grave.

Desde base Sobral continuaron hacia la meseta, enfrentando ventiscas, grietas y la vastedad implacable del continente blanco. La columna principal avanzó con seis tractores snow-cat, que remolcaban trineos cargados con provisiones, combustible y equipos. El trayecto fue duro: tormentas constantes, temperaturas inferiores a –30 °C, luz permanente del verano polar y un terreno traicionero con grietas capaces de engullir un convoy completo. Por lo que el esfuerzo físico y mental es muy alto, con largas marchas, desgaste permanente de la maquinaria y condiciones meteorológicas severas. A ello se sumaban dificultades de orientación, ya que la brújula no funciona en esas latitudes y durante el día polar no pueden usarse las estrellas. Además, el fenómeno del “blanqueo antártico” —la ausencia total de sombras por la reflexión uniforme de la luz— eliminaba el contraste y la percepción de profundidad, generando desorientación y riesgos permanentes.

Luego, en medio de la nada, en la inmensidad del continente blanco, llegó un nuevo problema: el hielo. Cuenta Alfredo Pérez, el último sobreviviente de la expedición, que “no teníamos experiencia en la altura. Siempre trabajamos en el llano. Nuestros esquíes estaban hechos para operar en la nieve. Pero cuando alcanzamos los 1200 metros de altura se acabó la nieve y apareció hielo… ¡y el hielo nos rompió los patines de los trineos en los que llevábamos la carga! De pronto, entendimos que teníamos que volver, no nos quedaba otra, porque no teníamos donde llevar la nafta. Imagínese, habíamos hecho ya casi 600 kilómetros… Los trineos no estaban preparados para suelo duro, eran para nieve. Y a nosotros ni se nos ocurrió que íbamos a encontrar hielo”.

Sin embargo, cuando estaban por bajar los brazos, encontraron una solución muy argentina para su problema. ¡Lo ataron con alambre! Continúa Pérez: “estuvimos dos días soldando con la autógena, atando con alambre y con soga. Así logramos recuperar cinco trineos y pudimos seguir. A partir de ahí bajamos aún más la velocidad, anduvimos con muchísimo cuidado, despacito”.

Finalmente, tras 45 días, el 10 de diciembre de 1965 el grupo alcanzó el Polo Sur. Por primera vez en la historia, la Argentina llegó por tierra con su bandera al extremo austral de su territorio: 7.582 kilómetros al sur de La Quiaca. El equipo que alcanzó el Polo Sur bajo el mando del coronel Leal estuvo formado por diez integrantes: Jorge Edgar Leal (jefe del grupo), Gustavo Adolfo Giró (segundo jefe y responsable de las tareas científicas), Ricardo Bautista Ceppi (suboficial principal, mecánico), Julio César Ortíz y Alfredo Florencio Pérez (sargentos ayudantes, mecánicos), Jorge Raúl Rodríguez, Roberto Humberto Carrión, Adolfo Oscar Moreno y Domingo Zacarías (sargentos primeros, mecánicos, topógrafos y comunicaciones), y Oscar Ramón Alfonso (cabo, patrulla).

Tras cinco días de recuperación en la base Amundsen-Scott (¡luego los estadounidenses mandaron el gasto de comida a la embajada argentina!), el 15 de diciembre iniciaron el regreso, que fue más rápido al recorrer un camino conocido. El 31 de diciembre estaban de vuelta en la base Belgrano. La expedición completa duró 66 días y recorrió cerca de 2.980 kilómetros, llegando al vértice absoluto del país: el extremo del mundo.

El legado

Argentina se convirtió en el primer país en alcanzar el Polo Sur partiendo del mar de Weddell y regresando a él, siempre dentro del Sector Antártico Argentino. Además del valor simbólico y político, la misión dejó un legado científico significativo: durante la marcha se realizaron observaciones geológicas, gravimétricas y meteorológicas que aportaron información inédita sobre una de las zonas menos conocidas del continente.

Pero la cuestión de fondo de la Operación 90 no era simplemente explorar: era ejercer soberanía. Para Leal, la expedición representaba la prueba concreta de que la Argentina poseía la capacidad técnica, logística y humana para alcanzar “los últimos reductos” de su territorio antártico. Para él, la misión tenía un propósito central: “afirmar la capacidad argentina de alcanzar todos los rincones de lo que considera su territorio soberano, fortaleciendo los derechos de soberanía que el país esgrime en la Antártida Argentina.” Al llegar al Polo Sur por tierra, el país demostró que podía conectar su presencia efectiva con el extremo más remoto de la Tierra.

La gesta consagró a Leal —hasta su fallecimiento en 2017— como uno de los grandes referentes de la Antártida Argentina, junto a Hernán Pujato, a quien siempre reivindicó. Y su compromiso no terminó con la expedición: continuó participando en políticas de presencia y apoyo logístico, impulsando la defensa de los derechos argentinos en el sistema antártico e integrando debates sobre el futuro de la región. Su figura encarna la voluntad de una nación de llevar su bandera hasta los confines del mundo, aun con recursos limitados, sacrificio y determinación. La Operación 90 dejó una huella indeleble en la historia antártica nacional.

Dos elementos más deben ser resaltados sobre Jorge E. Leal. Por un lado, en sus escritos y declaraciones, insistió en una visión americana del continente blanco. Sostenía que esa parte de la Antártida corresponde “a todos los países sudamericanos que tengan interés en ir”, es decir, una Antártida sudamericana, vinculada geológica y geográficamente al continente por la continuidad de la cordillera de los Andes. De este modo, rechazaba las pretensiones británicas sobre los territorios antárticos reclamados por Chile y Argentina.

Por otro lado, destacó por su defensa de la democracia. Mantuvo una postura crítica frente a los sucesivos golpes de Estado, así como hacia los gobiernos militares. Postura que en tres oportunidades le significó ser detenido por sus colegas de armas. Tras el retorno democrático, en 1984, fue uno de los cofundadores del Centro de Militares para la Democracia Argentina (CEMIDA), del cual fue su primer presidente.

Hoy, cuando una parte importante de las Fuerzas Armadas asume el triste papel de acompañar y celebrar la entrega absoluta de la soberanía por parte del gobierno de Javier Milei, es más importante que nunca recuperar para las nuevas generaciones la historia de Jorge Leal, del CEMIDA y de tantos militares de la línea sanmartiniana que alguna vez dieron gloria a la Argentina.

Fuentes

Jorge Edgar Leal escribió un informe donde narra día por día los avatares de la expedición. El libro se titula Operación 90 y fue editado en 1976 por el Instituto Antártico Argentino. Se encuentra disponible en la Biblioteca Pública de la UNLP. Además, pueden consultarse las entrevistas de 2013 a Leal en el portal Educ.ar y de 2024 a Alfredo Pérez en La Nación. En 2017, año del fallecimiento de Leal, aparecieron varias notas en la prensa alusivas a su vida y obra, tales como la del Centro Cultural Argentino de Montaña, La Nación e Infobae. Por último, sobre el contexto, recomendamos el libro “La pugna antártica”, de Pablo Fontana, y la línea histórica publicada en la página web de la Dirección Nacional del Antártico. En el Museo Antártico “General de División Hernán Pujato” se puede observar parte de los equipos y vestuario utilizados en la Operación 90

Santiago Liaudat

El gobierno creó la Secretaría de Asuntos Nucleares. La encabeza el presidente de Dioxitek

0

El gobierno nacional dispuso este martes la creación de una Secretaría de Asuntos Nucleares en la órbita del Ministerio de Economía, que estará encargada de liderar la política para ese sector. Al frente de la flamante secretaría estará el actual presidente de DioxitekFederico Ramos Napoli, quien forma parte del armado político encabezado por el estratega presidencial Santiago Caputo.

Mientras que la continuidad de Ramos Napoli en la empresa estatal será definida en los próximos días, la novedad se produce al cumplirse un año del anuncio de un «Plan Nuclear Argentino«. El presidente Javier Milei había designado al frente de esa tarea a Demian Reidel, uno de sus asesores por ese entonces y actualmente presidente de Nucleoeléctrica Argentina, la empresa generadora nuclear estatal que el gobierno busca privatizar parcialmente.

Sin embargo, tanto el nuevo plan nuclear como la creación de un Consejo Nuclear nunca fueron formalmente institucionalizados por ley o decreto. En contraste, la creación de la Secretaría de Asuntos Nucleares define con claridad que la política sectorial ahora dependerá de Ramos Napoli.

Alcances del decreto 866

El decreto 866 publicado este martes en el Boletín Oficial dispuso una serie de cambios en el organigrama de la administración pública nacional. Entre estos destaca la creación de la nueva Secretaria de Asuntos Nucleares y la transferencia de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) de la órbita de la Jefatura de Gabinete de Ministros al Ministerio de Economía que conduce Luis Caputo.

La flamante cartera tendrá dos subsecretarias, una de Aplicaciones de Tecnología Nuclear y otra de Políticas Nucleares, y ejercerá el control tutelar de la CNEA. También participará en la política minera en coordinación con la Secretaría de Minería, con foco especial en producir tierras raras y uranio.

La apertura de esta secretaria es leída en el sector nuclear como una suerte de recreación de la Subsecretaría de Energía Nuclear que existió durante la presidencia de Mauricio Macri. El gobierno de Alberto Fernández discontinuó esa subsecretaría y volvió a empoderar a la CNEA en la conducción de la política nuclear.

Ramos Napoli, secretario de Asuntos Nucleares

Economía informó este martes que el actual presidente de Dioxitek será el nuevo secretario de Asuntos Nucleares. Ramos Napoli ingresó el año pasado en la empresa estatal, ocupando el cargo de gerente general. El gobierno lo promovió a la presidencia de la empresa en octubre.

Planta de Dioxitek en Córdoba.

Dioxitek es una empresa estatal que participa en la cadena de fabricación de los combustibles para las centrales nucleares argentinas. Concretamente importa concretado de uranio y realiza el servicio de conversión a dióxido de uranio, que es el polvo con el que se fabrican las pastillas que van insertas dentro de los elementos combustibles. También suministra fuentes de Cobalto-60 para aplicaciones médicas e industriales.

Ramos Napoli, un abogado especializado en derecho administrativo y corporativo, lideró hasta el momento un proceso de reestructuración de la empresa, con la meta de volverla rentable. La empresa resolvió en el último tiempo deudas que tenía con Kazatomprom por la importación de concentrado de uranio, con la CNEA, y con proveedores del proyecto de Nueva Planta de Uranio (NPU) en Formosa.

La gestión de Napoli también puso el foco en reacondicionar y sostener la capacidad de producción de dióxido de uranio en la planta que tiene en Córdoba y en explorar nuevas oportunidades de negocio. Una de las alternativas bajo estudio es producir y exportar hexafluoruro de uranio, el compuesto que se utiliza como materia prima en el proceso de enriquecimiento de uranio.

Las centrales nucleares argentinas utilizan uranio natural como combustible y agua pesada como moderador de la reacción en cadena y refrigerante, por lo que una eventual producción de hexafluoruro sería para abastecer a la demanda internacional de combustible con uranio enriquecido.

Nicolás Deza

Una interfaz cerebro-computadora podría tratar enfermedades como el ELA y la epilepsia

0

Un equipo de científicos estadounidense ha desarrollado una interfaz cerebro-computadora (BCI,por sus siglas en inglés)de silicio del grosor de un cabello, que se puede implantar en el cerebro y que es capaz de transferir datos a altas velocidades. El dispositivo, afirman sus creadores, transformará la interacción entre humanos y computadoras.

El BCI se podrá usar en el tratamiento de afecciones neurológicas como la epilepsia, lesiones medulares, ELA, accidentes cerebrovasculares y ceguera, ayudará a controlar las convulsiones y a restaurar las funciones motoras, del habla y visuales gracias a un diseño ‘mínimamente invasivo’ pero de alto rendimiento.

Chip de silicio ultrafino para conexión cerebral inalámbrica

La interfaz usa un chip de silicio para establecer una conexión inalámbrica de gran ancho de banda entre el cerebro y un ordenador externo. 

La plataforma se denomina Sistema de Interfaz Biológica con la Corteza (BISC) y ha sido desarrollada por investigadores de la Universidad de Columbia, el Hospital Presbiteriano de Nueva York, la Universidad de Stanford y la Universidad de Pensilvania.

El BCI incluye un único chip implantable que funciona como una ‘estación repetidora’ portátil, y el software personalizado necesario para que funcione el sistema, detallan los autores en un artículo en Nature Electronics.

«La mayoría de los sistemas implantables se construyen en torno a un contenedor de componentes electrónicos que ocupa un enorme volumen de espacio dentro del cuerpo», comenta Ken Shepard, ingeniero en la Universidad de Columbia, uno de los autores principales del trabajo.

«Nuestro implante es un único chip de circuito integrado tan fino que puede deslizarse en el espacio entre el cerebro y el cráneo, apoyándose en el cerebro como un trozo de papel de seda húmedo», detalla. 

Potencial revolucionario para trastornos neurológicos

Que BISC esté formada por un solo chip «allana el camino para las neuroprótesis adaptativas y las interfaces cerebro-IA para tratar muchos trastornos neuropsiquiátricos, como la epilepsia», avanza Andrea Tolias, de la Universidad de Stanford y coautor del estudio.

«Este dispositivo de alta resolución y alto rendimiento de datos tiene el potencial de revolucionar el tratamiento de afecciones neurológicas, desde la epilepsia hasta la parálisis», afirma Brett Youngerman, de la Universidad de Columbia y colaborador clínico del proyecto. 

Tecnología CMOS: más pequeña, segura y potente

Las BCI son unas herramientas que, mediante sensores implantados en el cerebro, captan las señales eléctricas que las neuronas usan para transferir información por todo el cerebro y las convierten en acciones. 

Las más avanzadas que se utilizan hoy en día en el ámbito médico están hechas con componentes microelectrónicos, como amplificadores, convertidores de datos, transmisores de radio y circuitos de gestión de energía. 

Pero para que quepan todos estos elementos hay que implantar quirúrgicamente en el cuerpo un gran contenedor electrónico; extirpando una parte del cráneo o colocando el dispositivo en el pecho- y conectar los cables al cerebro.

BISC es distinta: todo el implante, que ocupa menos de una milésima parte del tamaño de un dispositivo convencional, es un único chip de circuito integrado de semiconductores complementarios de óxido metálico (CMOS) con un grosor de solo 50 micrómetros, como un cabello humano. 

Con un volumen total de aproximadamente 3 mm³, el chip flexible se adapta a la superficie del cerebro, pero integra 65.536 electrodos, 1.024 canales de registro simultáneo y 16.384 canales de estimulación. 

Implante mínimamente invasivo con conexión WiFi

El chip que se implanta incluye un transceptor de radio (un dispositivo que incluye un transmisor y un receptor), un circuito de alimentación inalámbrica, control digital, gestión de energía, conversión de datos y los circuitos analógicos necesarios para soportar las interfaces de registro y estimulación.

La estación repetidora es en sí misma un dispositivo WiFi 802.11, que en la práctica forma una conexión de red inalámbrica repetida desde cualquier ordenador al cerebro. 

«Al integrar todo en una sola pieza de silicio, hemos demostrado cómo las interfaces cerebrales pueden ser más pequeñas, más seguras y mucho más potentes», afirma Shepard.

Para probar los métodos quirúrgicos e implantar el dispositivo de forma segura, los autores usaron modelos preclínicos y demostraron su calidad y estabilidad. Ahora se están haciendo estudios en pacientes humanos.

«Los implantes pueden insertarse a través de una incisión mínimamente invasiva en el cráneo y deslizarse directamente sobre la superficie del cerebro en el espacio subdural. Su forma delgada como el papel y la ausencia de electrodos que penetren en el cerebro o cables que unan el implante al cráneo minimizan la reactividad de los tejidos y la degradación de la señal con el tiempo», comenta Youngerman.

Para acelerar su aplicación a la práctica clínica, los equipos de Columbia y Stanford lanzaron Kampto Neurotech que está desarrollando versiones comerciales del chip para aplicaciones de investigación preclínica y recaudando fondos para avanzar en el sistema hacia su uso en humanos. 

Quiero torpedos robóticos, de observación furtiva, merodeo y ataque

0

YO no quiero submarinos franceses. Argentina no debe pagar un mango por ellos. Quiero torpedos submarinos robóticos armados, de observación, merodeo y ataque, desplegados en los fondos de la plataforma hasta la milla 201. Todos en «stand by», para no gastar sus baterías inútilmente.

No es una doctrina naval escrita por Flash Gordon. Existe desde el siglo pasado, sólo que aquí los almirantes no se enteran y quieren, para variar, quemar la chequera en algo que no deje un mango en industria local.

Quiero que esos torpedos se activen por hidrofonía cuando pasa una nave cerca o por arriba, y entonces desplieguen una boyita a superficie con una cámara, una fibra óptica y una antena en banda X.

Los quiero dirigidos todos desde el continente, mediante un link a un satélite GEO propio de ARSAT. El radioenlace depende de esa antena flotante. No hace falta que tenga una fibra óptica que la conecte al torpedo. Los códigos de comunicación entre la boyita y el torpedo deben ser encriptados y depender de pulsos de sonido de muy baja frecuencia. No se necesita mayor ancho de banda. Para transmitir coordenadas y recibir la orden de vigilar de modo solapado, o atacar, o de seguir durmiendo en el fondo, alcanza y sobra con pulsos de sonido.

Para mayor redundancia y no hundir tránsitos civiles, barcos propios o enemigos antes de tiempo, se identifica el barco en tierra por la emisión sónica de sus hélices y máquinas. Obviamente, los perfiles de ruido de cada barco deben estar almacenados en bases de datos (traducir como «librerías» en mal castellano).

Esos catálogos de identificación están en el continente. Sin orden presidencial, no hay ataque. A lo sumo, seguimiento. Furtivo o no, a elección del presidente (no de éste, por Dios). A veces es bueno pegarles un buen susto a los gringos, y ya.

Si la firma sónica es hostil y hay el enemigo parece preparar alguna perrada contra la Agentina, y en eso concuerdan tres torpedos dormilones por mayoría de 3 contra 2 hidrófonos, el presidente activa los respectivos torpedos por una señal vía satélite a través de las antenitas flotantes.

De ser posible, se añade un sistema de confirmación de alarma por satélites de radar en banda L, como nuestros SAOCOM 1 y 2. Están en órbita polar helisincrónica a 620 km. de altura. La tasa de revisita es más bien baja, es decir de inspección del mismo sitio del mar, es de 8 días para cada par de satélites. Se la puede disminuir mucho aumentando el número de pares de satélites.

Tener 6 u 8 satélites de observación en banda L requiere de baterías y antenas de gran potencia. Es caro, pero no tanto como comprar submarinos al pedo para que los franchutes y sus agentes locales hagan plata y la fuguen. Todo esto es difícil, pero está al alcance de nuestra tecnología. Ya lo hicimos con los SAOCOM 1 y 2.

La banda L requiere de antenas enormes. Nuestros 2 SAOCOM actuales agotan rápidamente la carga de las baterías, lo que da apenas unas 160 «fotos» del mar por día. Nada que no se pueda subsanar con baterías de iones de litio o de sodio, en lugar de las viejas de níquel-cadmio de nuestra flotita actual. Con placas fotovoltaicas de una eficiencia del 30 o 40% (chinas o chinas) la recarga de potencia puede ser mayor y más rápida.

Eso permitiría localización y vigilancia 24×7 del Mar Argentino, del puerto británico de Southampton, de la isla Ascensió, sin los cuales es casi imposible darnos una sorpresa, y de todo activo de la 4ta Flota de los EEUU en la costa oriental de La Tierra de los Bravos y Hogar de los Valientes.

¿LO HUNDIMOS O LO VIGILAMOS DE CERCA?

Si varios torpedos identifican el barco como hostil, por votación avisan a base terrestre, repliegan la boya con antena y salen a buscarlo por hidrofonía.

Triangulan su posición, eso no falla. Por cortesía hacia Su Majestad (la Tatcher no la tuvo con el ARAS Belgrano), uno de los tres drones submarinos reflota su boya óptica para confirmar y grabar el ataque, de modo que quede registrado con día, hora y ubicación.

No se trata de repetir la pavada del ataque al HMS Invincible, al que la Marina y la Aviación fajaron vuelta y vuelta en 1982, sin dejar constancia. 43 años más tarde, Inglaterra sigue negando que aquel ataque haya siguiera ocurrido, e incluso aquí hay quienes le creen.

Con un torpedo como testigo silencioso del ataque, los otros dos convergen sobre el barco.

Deben explotar bajo la quilla para sacarla del agua y romperla por el medio, nada de embestir el casco por laterales. Que ese gringo se hunda rápido y bien. Podemos ir a sacar a los sobrevivientes, si los hay, del agua antes de que se congelen. Los johnnies no tuvieron esa muestra de humanidad con el Belgrano.

We mean business. En mi barrio, «agarrate Catalina». Pero no somos turros.

Esos torpedos de vigilancia, merodeo y ataque tendrían que ser fabricados localmente, pagados en pesos, y desplegados de a centenares. INVAP y la CNEA pueden hacerlo, si Milei no los funde o los mata antes.

Exportar reactores nucleares argentinos es técnica y diplomáticamente más complicado. Pero mire, paisano, lo venimos haciendo desde 1981… y que nos echen los perros.

Estas cosas sólo serán posibles cuando el presidente Javier Milei y su actual Ministerio de Defensa se pudran, olvidados, en alguna cárcel y en el ataúd de las pesadillas y agachadas más horribles de nuestra historia nacional.

¡Viva la Argentina, compatriotas¡

Iba a añadir «Carajo» con 6 u 8 signos de exclamación. Pero ese slogan hoy huele a mierda.

Daniel E. Arias

(Por coincidencia, o tal vez no, hoy, 10 de diciembre, publicamos en AgendAR una noticia: la Marina del Brasil está desarrollando, y ensaya en un ejercicio reciente, sistemas similares a esta propuesta de Arias).

Cómo perdimos un portaaviones; dos astilleros y 2,6 millones de km2 de mar argentino

0

El 2 de mayo de 1982, tras cambiar por cuenta propia sus propias reglas de ataque, la Royal Navy hundió el viejo crucero ARA Belgrano, muy al sur y sl oeste de las islas demasiado famosas. El ataque se produjo casi a quemarropa, en términos del oficio, con tres torpedos MK4 de la Segunda Guerra Mundial, sin sistemas de teleguiado o de guiado autónomos. El equivalente naval de un hacha de piedra, vamos.

El capitán del submarino nuclear ingles HMS Conqueror atacó en las aguas someras del Banco Burwood, mientras la formación del Belgrano y sus dos destructores antisubmarinos acompañantes se iban alejando de regreso al continente. A velocidad muy lenta, porque esta nave, la segunda en tonelaje y capacidad de fuego de la Armada, tenía las calderas y las turbinas reventadas por la falta de mantenimiento.

La Armada Naval Argentina en 1982 literalmente cagaba plata, pero aparentemente destinaba enormes partidas para mantener su red de espionaje y asesinato de compatriotas civiles. Y el Mar Argentino les servía no tanto para navegar como para tirar los cadáveres.

Las consecuencias de que una Fuerza Armada se dedique a cuestiones policiales, o más bien parapoliciales, son su deterioro rápido como fuerza de combate contra estados extranjeros. Tal vez en ello hay cierto sentido de ahorro infuso. Como descubrieron El Tigre Acosta o el Capitán Astiz, arrojar monjas y chicas adolescentes desde helicópteros es menos complicado que enfrentar a los enemigos territoriales de la Nación.

Lo cierto es que el 2 de Mayo de 1982 el HMS Conqueror no tuvo maldito el problema en ubicar a la cómicamente llamada Fuerza de Tareas Sur, a saber, un viejo crucero que supo ser veloz hasta que lo compramos, lisiado de gravedad, y dos destructores presuntamente muy antisubmarinos: tres perfectos ejemplares de chatarra yanqui descartada por la US Navy después de la Segunda Guerra Mundial. 

Qué sordos de hidrofonía debían estar las tres naves argentinas para no detectar al Conqueror. Los submarinos nucleares rompen récords de días en inmersión, pero no son silenciosos en absoluto. Es historia que no escucharon siguiera las dos explosiones de dos torpedos que estallaron en el casco del Belgrano, ni el impacto del que rebotó sin detonar. 

Hay algún lector que logre no escuchar el estallido de 720 kg. de Tórpex en el agua, medio en el cual el sonido se propaga 750 veces mejor y más rápido que en el aire? Los escoltas debían estar distraídos o muy apurados por rajarse. Es fama que no se quedaron a sacar a sus compatriotas del agua y de las balsas, donde unos cuantos se murieron de frío o por las quemaduras, ipso facto o hasta dos días depués.

Faltó sólo que los náufragos fueran localizados por la Armada Chilena. Y es lo que sucedió. En la próxima guerra los contratamos. 

Pero lo mejor viene ahora. Damas y caballeros, vean como entre tres almirantes y un presidente de mierda nos hunden el principal barco de la flota, dos astilleros, cuatro submarinos y con ellos, el dominio de 2,6 millones de km2 de mar que supo ser argentino.

LOS INGLESES NO PUDIERON, PERO MENEM Y ALGUNOS ALMIRANTES SÍ

Dos días tras el hundimiento del ARA Belgrano, el portaaviones ARA 25 de Mayo en retirada venía atravesando el Golfo de San Jorge de sur a norte, rumbo a su apostadero en Bahía Blanca, con dos destructores clase 42 (bastante modernos) como escolta. Fueron el ARA Trinidad al frente y el ARA Hércules a popa, espaciados los tres buques a 5 km. uno de otro.

Los tres iban en fila india y navegación lenta. El portaaviones estaba muy mal de calderas y turbinas, probablemente peor que el Belgrano, ya hundido. Sabiamente, iban pegados a la costa y sobre fondos bajos para que no se les colara desde atrás y por abajo un submarino inglés entre la proa del Hércules y la popa del portaaviones.

Pero increíblemente, el HMS Onyx logró hacerlo con la intención de torpedear al 25 de Mayo por enfilada y desde popa. 

El Onyx era un submarino viejo, diésel-eléctrico, de un desplazamiento similar al de nuestros TR-1700 alemanes, esos mismos que no llegaron a tiempo para esta guerra. Lo dicho: los submarinos diésel-eléctricos pueden ser bastante más silenciosos que los nucleares, y por sus escuetas dimensiones operan mejor que un monstruo de 5000 toneladas de desplazamiento en aguas litorales.

Todo lo que sigue sucedió de noche. 

Sin usar siquiera su periscopio ni su sonar, el Onyx parece haber estado en preparativos para torpedear por hidrofonía. Tenía tres tipos de torpedo para «atender» al 25 de Mayo, y dos -como lo explica el colega Chaluleu- eran filoguiados y autoguiados por sonido respectivamente. Una salva de tres de enfilada por el lugar más ruidoso de cualquier barco, las hélices, y hasta la vista, baby.

El 25 de Mayo, aún a bajísima velocidad, tenía los motores típicamente reventados y era cualquier cosa menos silencioso. En esos aprontes de fusilamiento, bajando su velocidad para no ligarse las ondas de choque que iban a generar los torpedos en el portaaviones, estaba el submarino británico cuando fue embestido desde popa por el Hércules.

La gente del Hércules, dicho en su total defensa, iba muy sobre alerta: estaban a espera de que sucediera exactamente lo que sucedió, que se les colara un submarino inglés por proa para unirse, silbando bajito, a la caravana y reventar al 25 de Mayo por popa.

Observación tecnopolítica de AgendAR: confiá en los sonares y los hidrófonos ingleses para detectar submarinos ingleses. Total, como decía en su lujoso despacho de Florida y Córdoba, un tanto alejado del mar, el Almirante Popeye, la Rubia Albión nunca va a ser hipótesis de conflicto.

Dos detalles importantes: el encontronazo se produjo al azar. 

El destructor argentino, con su sonar en modo pasivo, no había siquiera detectado al cuarto submarino inglés, más discreto y compacto que los 3 submarinos nucleares de su Graciosa Majestad. Esos seguían rastreando al 25 de Mayo, pero mar afuera. Meterse con un titánico submarino nuclear de caza en los bajíos del interior del Golfo de San Jorge es colisión segura contra la primera roca que te salga al paso.

Mi admiración por el coraje de la gente del Onyx. Hizo exactamente eso. Aún si lograba su objetivo, le iba a ser bastante difícil escapar de la venganza de al menos uno de los destructores argentinos clase 42, incluso si uno se quedaba in situ para sacar del agua a los náufragos que quedaran vivos.

Que no iban a ser muchos. Entre el combustible de los aviones hangarados, los en cubierta, el de los helicópteros y las bombas y cargas explosivas de todos ellos, no hay sitio más peligroso en el mundo que un portaaviones en guerra. Y máxime si está severamente rengo.

El otro detalle es que el Hércules no estaba como plato principal en aquella cena. El Ónyx, de la clase Óberon, tenía seis tubos lanzatorpedos en proa, pero dos más en popa, apuntados perfectamente hacia la proa de nuestro destructor. Esos dos tubos nunca fueron usados. Al parecer la intención y la atención a bordo y en aquel momento se centraban en nuestro único portaaviones.

En guerra eso se llama fascinación por el blanco.

Tras el impacto contra el Onyx, en el Hércules sonaron alarmas, pararon máquinas y lanzaron buzos, pensando que se habían llevado puesta algún peñasco no cartografiado, que algunos hay, pese a un siglo entero de espléndido trabajo del Servicio de Cartografía Naval. 

Los buzos subieron a bordo absolutamente desconcertados. Había encontrado que el bulbo de proa que aloja al sonar principal estaba destruido, y que las palas de las hélices estaban melladas y abolladas. 

El destructor ya no estaba en condiciones de navegar. Su lugar en la caravana de escolta del 25 de Mayo fue tomado rápidamente por otro destructor más viejo, y al Hércules se lo tuvieron que llevar a a puerto a la sirga.

Ni rastros de peñasco alguno.

Pero no hace falta que lo busque mucho, chamigo lector.

El misterio se develó 30 años después de la guerra y en un encuentro amistoso entre marinos veteranos de ambas partes, organizado por la Royal Navy. En ese evento, un suboficial argentino, que había servido a bordo del Hércules supo, en charla informal, que la Royal Navy había casi perdido al Onyx, por el arrasamiento de su vela, palabra que en navalés significa la torre vertical que sale de la línea del casco, y que suele llevar el periscopio, el lo los radares y el snórkel. 

En esa vela quedaron encerrados y aplastados dos tripulantes ingleses.

El casco de presión del submarino quedó intacto, para alivio de los británicos. Pese a la escasa profundidad, el Onyx logró abrirse hacia el este y fugarse del Golfo de San Jorge sin ser detectado, con ese sigilo exclusivo de la vieja propulsión diésel-eléctrica.

Es como meterse en el circo con un rifle de caza, intentar matar al elefante y fugarse por boletería sin que nadie te señale. ¿Se da cuenta, lector, lectora, porque creo que hay que sembrar el fondo del Mar Argentino de una red pasiva de detectores móviles, es decir de drones autónomos de vigilancia, merodeo, seguimiento y ataque? 

¿No es más barato que patinarse 3 o 4 mil millones de dólares en tres submarinos franceses que no van a llegar nunca porque no los vamos a poder pagar nunca?

Respecto de lo casi sucedido la noche del 4 al 5 de abril de 1982 el norte del enorme Golfo de San Jorge, ambas marinas y ambos gobiernos, cada cual por sus razones, decidieron silenciar el incidente durante décadas.

Me temo que en nuestro caso, eso no sucedió tanto por complicidad culposa con Su Graciosa Majestad, sino porque nuestros almirantes no se enteran da nada que suceda en el mar que supuestamente custodian. Desde Florida y Córdoba, eso sí.

Esto sucedió en esa noche en que centenares de argentinos y posiblemente decenas de ingleses salvaron el cuero porque Alláh, o quien haya sido que estuvo de guardia en aquel turno, así lo quiso. Me fue relatado personalmente por el mismo suboficial (RE) que una década antes había recibido el «chisme informal» (es un decir) de su par británico, entre tragos y canapés.

Este señor había servido en el ARA Hércules durante el conflicto Era un hombre ya canoso y muy discreto, de saco y corbata que seguramente fueron impecables en tiempos mejores pero estaban algo gastados. Me contó esta historia en la UTN de Bahía Blanca, tras la presentación de «Aquella guerrita olvidada», mi libro sobre Malvinas, en junio de 2022. Pidió reserva de su nombre.

La seguiré manteniendo a rajatabla.

La anécdota me sorprendió no poco. La investigación en la que baso mi novela tomó casi 12 años de trabajo maniático, y mis amigos y lectores saben exactamente a qué me refieron cuando digo «maniático». Se me puede escapar un chihuahua del zoológico, pero el elefante no, téngalo por seguro.

LO QUE PUEDEN UN PRESIDENTE TRAIDOR Y ALGUNOS GORRAS AL USO CON SUS LAPICERAS

Lo que no pudo hacer la primera ministra Maggie Thatcher con tres submarinos nucleares y un cuarto de propulsión convencional, lo hicieron el presidente Carlos Menem y tres gorras con sus lapiceras. 

El pobre 25 de Mayo, como probó de sobra en Malvinas, no estaba para navegar, y desde 1987 estaba espera de una decisión de remotorizarlo. Indolente, juntaba polvo en las atarazanas de Astilleros Río Santiago, a espera de una nueva planta de propulsión, y una puesta al día de sensores, computadoras, sistemas de telecomunicaciones, de su ascensor de aviones y de su armamento defensivo.

El resto de la historia la cuenta la Fundación Histarmar, con declaraciones del ingeniero jefe a cargo de la reparación y puesta a nuevo de aquel viejo portaaviones botado en 1944.

«En el año 1987, siendo Director del Astillero Río Santiago, estábamos en plena producción de las corbetas tipo MEKO-140 –ya habíamos entregado las tres primeras–, finalizando la ‘Parker’ y botando la última de la serie que era la ‘Gómez Roca’. Otra quinta corbeta estaba en alistamiento a flote.

«Existía una armonía entre el personal del Astillero y el de la Armada que permitía trabajar conjuntamente con todos los asesores técnicos europeos, representantes de los distintos equipos que se instalaban abordo. En esa época, dichos equipos eran muy modernos y de diseños de última generación.

«Estando a cargo del astillero, me preocupaba que, cuando se terminara la construcción de la serie MEKO-140 –de acuerdo al programa, en los próximos dos años–, nos quedáramos sin trabajos en la planta.

«En ese sentido, mantuvimos una reunión con los jefes de la Comisión Inspectora, integrada por parte de la Armada por el Capitán de Navío Etcheverry Serrat y por el Capitán de Navío Ingeniero Naval E. Armanino, ambos profesionales con experiencia en la construcción de buques militares. De acuerdo con mi preocupación, les sugerí que el astillero estaba en condiciones de diseñar un proyecto de corbeta similar a las MEKO pero totalmente argentinizada, dando comienzo –en base a la experiencia acumulada–, a una nueva serie de buques de ese tipo.

«Me respondieron que la Armada no tenía en sus planes continuar con la construcción de esos buques de superficie y que el proyecto más importante en ese momento era el reemplazo del ’25 de Mayo’ por un portaaviones denominado 30-30-30. Me explicaron que dicho portaaviones se llamaba así porque debía tener 30 nudos de velocidad máxima, capacidad para 30 aviones y 30.000 toneladas de desplazamiento. En ese año, el ’25 de Mayo’ estaba fuera de servicio amarrado en Puerto Belgrano.-

«Les dije que, desde mi punto de vista, la construcción de ese tipo de portaaviones era imposible que nuestro país la pudiera encarar financieramente.

«Les pregunté por qué el ’25 de Mayo’ estaba amarrado fuera de servicio cuando su gemelo el ‘Minas Gerais’ estaba totalmente activo en Brasil. Me explicaron que los problemas más importantes de nuestro portaaviones eran: la planta propulsora, la catapulta, el ascensor de aviones y las calderas. En la misma reunión les sugerí que el astillero podía estudiar la repotenciación del mismo reemplazando las turbinas de vapor por motores diesel, pensando también que los motores los construiríamos en el astillero. Por educación, no me dijeron que yo estaba loco, pero lo interpreté así por sus comentarios.

«En la siguiente reunión, donde participaron también otros oficiales de la Armada, todos mostraron su entusiasmo por el proyecto, comentando que la ventaja que teníamos era que las estructuras y el enchapado del casco estaban en muy buen estado, con espesores casi originales.

«El personal de Ingeniería del astillero –en esa epoca integrado por casi 200 profesionales de diversas especialidades y niveles–, comenzó a trabajar; ellos usaron como guía la transformación del famoso ‘Queen Elizabeth ll’ hecha en Alemania donde le reemplazaron las turbinas de vapor por una planta diesel eléctrica.

«También entramos en contacto con un importante estudio de Ingeniería Naval de Estados Unidos, especialistas en haber modernizado muchos portaaviones de la Armada de ese país; nos asistieron principalmente sobre el nuevo diseño de la planta de vapor (en este caso pasaba a ser auxiliar), la catapulta y el ascensor de aviones.

«La oficina de ingeniería trabajó mas de un año en el nuevo proyecto y el mismo tenía las siguientes caracteristicas principales:

• El desplazamiento estaba en casi 1.000 toneladas menos que el original.-

• La planta propulsora estaba integrada por 4 motores Sulzer mod V 16Z40/48 de 15.000 CV c/uno; la potencia total era de 60.000 CV (40.000 la original) la velocidad max. 28 nudos (23 nudos la original).-

• Contaba con dos lineas de eje nuevas con hélices de paso controlable. La planta de vapor era de calderas compactas de alta velocidad de generación de vapor y su principal función era alimentar a la catapulta.-

• La planta generadora de energía eléctrica se renovaba totalmente. El diseño completo de la planta propulsora, linea de ejes y helices se realizó con la asistencia de Sulzer de Wintertur, Suiza y una importante firma de cajas reductoras de Alemania.

• El costo estimado de esta transformación estaba en el orden de los 70 millones de dólares y se estimaba que el portaviones estaría en condiciones de operar con los aviones Super Ètendard y tendría un remanente de vida útil de 20 años.

En 1988, el portaaviones llegó a remolque al astillero; allí comenzamos a realizar tareas de desguace en las salas de calderas y turbinas. El contrato entre el astillero y la Armada aún no estaba firmado.

«Para firmar el contrato era necesario convencer a los altos mandos (Almirantes) de las bondades de nuestro proyecto, se llevaron a cabo diversas reuniones y finalmente se acordó una reunión cumbre donde por parte de la Armada estaban las autoridades más importantes y nosotros concurrimos asistidos por dos Ingenieros especialistas en propulsión de Sulzer y otros de Alemania. Los mismos explicaron con lujo de detalles las ventajas del proyecto, entre las que estaba el aumento de la autonomía y la mayor capacidad de transporte.

«En esa reunión la única pregunta que se realizó por parte de un alto jefe de la Armada fué porque la mayoría de los portaaviones del mundo usaban turbinas de vapor y no motores diesel. Se respondió que la mayoría eran de propulsión nuclear y de origen estadounidense, donde siempre por diversos motivos (altas potencias) prefirieron las turbinas de vapor.

«Al poco tiempo, la Armada nos informó que desistía del proyecto diesel por un proyecto de repotenciacion usando turbinas de gas de origen italiano, si mal no recuerdo ese proyecto estaba en el orden de los 350 millones de dólares. Obviamente no se hizo nada y en 1990, creo recordar, el portaviones salió a remolque para hacer su último viaje a su destino final: el desguace. Los que estuvieron contentos fueron los brasileños, dado que se les suministró gran cantidad de elementos para su portaaviones que duró en servicio unos cuantos años más.- (El ‘Minas Gerais’ estuvo en servicio hasta el año 2001)

Saludos, Ernesto Marta»

De haberse seguido el plan del ingeniero Marta, habríamos tenido portaaviones activo hasta 2015, con una fuerza de ataque antibuque de 15 aviones Super-Étendard, y bastante capacidad aérea antisubmarina por una bicoca. 

Menem prefirió que los aviones quedaran hangarados en tierra hasta su total inutilidad, y que la Armada sin portaaviones y -ésa fue la pérdida mayor- el país sin su principal astillero para grandes buques. Ya que estaba, Menem cerró e intentó vender a algunos testaferros de IRSA el astillero de submarinos de la Argentina, TANDANOR, donde quedaron sin terminar cuatro submarinos TR-1700, diésel eléctricos como el británico Onyx.

No entiendo por qué Menem se fue a la tumba sin una condecoración de Su Graciosa, una OBE, Order of the British Empire. ¿Se la dieron a los Beatles y no a semejante servidor del Imperio? 

Conozco a tres altos gorras navales que merecerían al menos la Orden de la Jarretera, si es por eso. 

Era inevitable que en las décadas siguientes, y con la complacencia de nuestra infalible cancillería, el Reino Unido reclamara el dominio efectivo de 2,6 millones de km2 del Mar Argentino.

Los tiene. Y nadie dice que se vayan a detener ahí.

Daniel E. Arias

Brasil explora y desarrolla Sistemas Navales No Tripulados

0

La Marina de Brasil realizó del 10 al 14 de noviembre pasado en la Base Naval de Aratu (Salvador, Bahía) el ejercicio ARAMUSS 2025, un hito pionero para integrar tecnologías no tripuladas en operaciones marítimas, con énfasis en inteligencia artificial, robótica y guerra de minas.


Algunos detalles del ejercicio:

Participantes y escala: Reunió a más de 2.000 personas, incluyendo autoridades militares, investigadores, estudiantes, empresas tecnológicas nacionales e internacionales (como Embraer, Senai Cimatec, Speedbird y Atech), y representantes de la academia.
También contó con la presencia de la Marina Portuguesa para fomentar la interoperabilidad y cooperación atlántica.

Actividades principales:Conferencias y exposiciones: Del 11 al 13 de noviembre, se realizaron talleres, palestras y mesas redondas sobre desafíos en sistemas autónomos, con exposiciones estáticas de vehículos no tripulados (USV, UUV, UAV).

Demostraciones prácticas: En la Bahía de Todos los Santos se probaron operaciones conjuntas entre sistemas tripulados y no tripulados. Incluyeron simulaciones de guerra de minas, vigilancia marítima, hidrografía y contramedidas asimétricas. 

Vehículos destacados: Mero (USV), Suppressor (Emgepron), LAUV Triton (Ocean Scan), VSNT (CASNav), FlatFish (Senai Cimatec) y NAURU (XMobots). Estos operaron de forma autónoma o desde centros de comando en tierra y buques.

Enfoque técnico: Se evaluó la interoperabilidad, el uso de IA para detección de objetos subacuáticos y la integración con doctrinas de la OTAN en guerra de minas.

Contexto y objetivos: Como primer experimento operativo de Sistemas No Tripulados Marítimos (MUS), ARAMUSS buscó no solo demostrar tecnologías, sino también promover alianzas y desarrollar una doctrina nacional.

El vicealmirante Gustavo Calero Garriga Pires lo describió como un «nuevo espacio de integración entre la Marina, la industria y la academia». El comandante Rodrigo Bouças, coordinador del evento, destacó su éxito en validar operaciones reales.

Conexión con otros ejercicios:ARAMUSS precedió al MINEX-25 (17-19 de noviembre), un ejercicio de guerra de minas que usó las mismas tecnologías para simular escenarios como ataques asimétricos con VSNT y exploración con LAUV.

El evento reafirma el compromiso de Brasil con la innovación en defensa marítima, posicionando a Bahía como un polo estratégico.

Redacción de AgendAR

INVAP presentó su sistema antidrones SADEM en ExpoDefensa 2025

0

Como venimos señalando desde hace años en AgendAR, los drones son, por eficaces y sobre todo por baratos, EL arma decisiva en los arsenales de las guerras que no representen un desafío existencial para Grandes Potencias. Es decir, todas las guerras que no incluyyan un riesgo de cataclismo nuclear.

La dirigencia política actual y -aparentemente- los organismos militares no parecen ser consciente de esto. Por suerte, Argentina cuenta con quienes desarrollan herramientas para la guerra moderna. Podemos no ser por completo irrelevantes, en el exigente sistema global que se está desarrollando en el siglo XXI.

A. B. F.

ooooo

Latinoamérica enfrenta desafíos crecientes en vigilancia aérea, control de fronteras, lucha contra el tráfico ilícito, gestión de emergencias y protección de infraestructuras estratégicas. En este contexto, la demanda por soluciones tecnológicas confiables y adaptadas a las realidades de la región es cada vez mayor.

En Expodefensa 2025, INVAP presenta un portafolio integrado de sistemas espaciales y de defensa diseñados específicamente para responder a estos retos regionales, combinando ingeniería de alta complejidad con experiencia operativa en entornos diversos — selva, montaña, costa y áreas urbanas.

“Diseñadas, fabricadas e integradas en la región, nuestras soluciones combinan rendimiento, robustez y transferencia tecnológica, ofreciendo capacidades estratégicas escalables a las necesidades de gobiernos y fuerzas de seguridad latinoamericanas”, expresaron a través de sus redes.

Se trata de una solución antidrones SADEM que fue presentada a nivel internacional como una respuesta integral a la creciente amenaza de las aeronaves no tripuladas comerciales y de fabricación casera. Basado en el análisis en tiempo real de emisiones de radiofrecuencia, interferencias y sensores opcionales de radar y electroópticos, el sistema está diseñado para detectar drones hostiles antes del despegue, rastrearlos en vuelo e interrumpir sus enlaces o señales de navegación cerca de bases militares, fronteras e infraestructuras críticas.

La capacidad de distinguir rápidamente un dron convencional de una plataforma hostil se convierte en un requisito operativo, y SADEM se ajusta a esta lógica al proporcionar herramientas capaces de identificar emisiones de radio incluso antes del despegue del dron. Esta detección temprana permite alertar a una estructura de defensa poco antes de una posible acción, lo que mejora la capacidad de respuesta de las unidades responsables de la protección del sitio.

La cobertura que ofrece SADEM se adapta a las necesidades gracias a su arquitectura modular. El alcance de detección depende de la configuración elegida y puede superar la distancia entre el operador y el dron, aunque las características del terreno y la aeronave influyen en el alcance real. El sistema puede desplegarse en terrenos variados, ya sea en zonas urbanas, zonas montañosas o amplios espacios abiertos. Su arquitectura permite una rápida instalación para misiones que requieren alta movilidad o, por el contrario, la integración en una red fija encargada de la monitorización de sitios sensibles. Las opciones tácticas, móviles o fijas proporcionan protección continua para bases militares, fronteras o eventos de alta visibilidad.

Las diferentes configuraciones de SADEM se basan en un núcleo tecnológico común que incluye análisis de señales en tiempo real, algoritmos avanzados de procesamiento, interferometría correlativa e inteligencia artificial. Las versiones de gama alta integran transmisores de nitruro de galio, receptores de InGaP o GaAs y un completo paquete de software que garantiza la monitorización, el registro y la operación continuos del sistema. 

Según la versión, el sistema puede utilizar antenas omnidireccionales o direccionales, capacidades de interferencia de alcance variable y una potencia de interferencia de entre 5 y 450 vatios, según las bandas utilizadas.

Las versiones más avanzadas incluyen sensores electroópticos e infrarrojos que proporcionan identificación visual complementaria. En la configuración equipada con un radar de banda X, SADEM puede detectar y clasificar drones que no emiten señal de radio. Las cámaras proporcionan observación de largo alcance con un alcance visible de hasta 8 km para drones y 12 km para un objetivo humano de tipo OTAN, mientras que la detección térmica puede alcanzar los 26 km para un dron y los 38 km para una persona. Estos sensores están conectados a cabezales rápidos de giro e inclinación, seguimiento automático y funciones de reconocimiento basadas en inteligencia artificial. El sistema funciona en modo manual o automático, responde en menos de cinco segundos y puede utilizarse local o remotamente dentro de una red segura.

Las capacidades de interferencia cubren las bandas utilizadas por drones comerciales, como las frecuencias de 2,4 GHz y 5,8 GHz, así como las señales de navegación GNSS, como GPS, Galileo, BeiDou y GLONASS. También se ofrecen opciones de suplantación de GNSS, junto con funciones de lista blanca y negra para gestionar selectivamente las frecuencias autorizadas o prohibidas. El usuario puede actualizar la base de datos integrada para seguir la evolución de los modelos disponibles en el mercado.

INVAP se posiciona como una empresa de alta tecnología que desarrolla proyectos a medida para clientes nacionales e internacionales. El creciente uso de sistemas antidrones y el creciente número de escenarios en los que se requieren estas herramientas demuestran la expansión de esta categoría de equipos. La presentación del sistema SADEM en Expodefensa 2025 ilustra esta tendencia e indica que las soluciones de detección y neutralización siguen ganando terreno, impulsadas por la necesidad de proteger infraestructuras críticas en un contexto donde las amenazas de los drones ligeros se diversifican constantemente.

Preguntas sobre una política exterior argentina en los tiempos de Trump

0

Introducción

«Los fuertes hacen lo que tienen el poder de hacer y los débiles aceptan lo que tienen que aceptar.» Tucídides (ca. 411 a.C./2000, Libros V-VIII)

El 20 de noviembre de 2025 Donald Trump compartió en Truth Social el mensaje de un seguidor que exigía ahorcar a legisladores demócratas y aseguraba que «George Washington los haría». Añadió de su puño y letra: «¡Es un comportamiento sedicioso por parte de traidores! ¡Enciérrenlos!».

Con esa sola secuencia ya tenemos el espíritu del tiempo: la superpotencia hegemónica del último siglo se desliza hacia una retórica que combina la violencia fundacional de la república con la estética del linchamiento. El mundo observa, atónito, cómo el país que durante siete décadas garantizó (o impuso) un cierto orden liberal internacional ahora exhibe, sin pudor, la posibilidad de su propia descomposición interna y, con ella, la de todo el sistema que sostuvo.

Este artículo intenta leer ese instante histórico sin pretender agotarlo. Partimos de dos postulados simples:

  1. nada en los seres humanos es “natural”; nuestra única naturaleza es la sociedad que construimos conflictivamente a lo largo de la historia (Bourdieu, Marx);
  2. la realidad social es tan compleja que solo podemos abordarla mediante drásticas simplificaciones (Morín, Moscovici).

Aceptada esa limitación, adoptamos deliberadamente el «anarquismo metodológico» de Feyerabend: no hay un único método legítimo y cada capa de la realidad exige herramientas distintas. Nuestra explicación será, pues, multicausal y multicapa, como una cebolla: al retirar una capa aparece otra de igual complejidad.

Las tres capas que alcanzamos a vislumbrar (sabiendo que no son las únicas ni necesariamente las más importantes) son:

  1. Las crisis recurrentes del capitalismo y el descubrimiento de sus límites estructurales actuales.
  2. El caos del interregno pos-unipolar: lo viejo (el mundo westfaliano y la globalización neoliberal) muere; lo nuevo (¿multipolaridad ordenada?, ¿caos?, ¿nuevo imperialismo?) no termina de nacer.
  3. Las contradicciones internas de Estados Unidos, que se expresan en el retorno del nacionalismo agresivo y en la figura de Donald Trump como síntoma y acelerador.

El resultado global es un mundo caleidoscópico y peligrosísimo, atravesado por violencias físicas y simbólicas que desbordan los aparatos de comprensión racional que Occidente tomó durante dos siglos y medio como “la” naturaleza humana. Este texto no pretende cortar el nudo gordiano, solo intenta describirlo, develar una imagen borrosa del mismo, aun sospechando que no existirá algún nuevo Alejandro que lo parta definitivamente.

Capa 1 – Las crisis recurrentes del capitalismo y el descubrimiento de sus límites estructurales actuales

El capitalismo no está muriendo por falta de crecimiento ni por la caída tendencial de la tasa de ganancia en su versión clásica. Está muriendo por su triunfo descomunal: produce demasiado, demasiado barato y con demasiado poca gente.

Desde 2007-2009 el sistema entró en una crisis estructural distinta a todas las anteriores. Lehman Brothers fue el estallido visible; la desregulación financiera de los 90 (culminada con la derogación efectiva de Glass-Steagall en 1999) fue la mecha; pero la pólvora es más antigua y más profunda.

Gracias al conocimiento científico convertido en fuerza productiva directa (automatización, robótica, inteligencia artificial), el capitalismo actual genera riqueza a una velocidad que ya no necesita a la mayoría de los seres humanos ni como productores ni como consumidores solventes. Marx lo anticipó en los Grundrisse: cuando la fuente de valor deja de ser el tiempo de trabajo vivo y pasa a ser la ciencia objetivada en máquinas, el trabajador se convierte en simple “vigilante y regulador” … y luego ni siquiera eso.

Rifkin y Mason lo actualizan: estamos entrando en un mundo donde grandes segmentos de la población son estructuralmente sobrantes. El desempleo ya no es cíclico ni sirve como ejército de reserva. Es permanente y creciente. La IA generativa destruye ahora empleos administrativos y de servicios con la misma brutalidad con que la mecanización destruyó los oficios manuales hace dos siglos. El resultado es una crisis de demanda histórica: la productividad se dispara, pero la capacidad de consumo agregado se estanca o retrocede.

La secuencia se repite desde 2008:

  1. Excedente masivo de capital sin colocación productiva rentable.
  2. Crédito barato → burbujas sucesivas (inmobiliaria, tecnológica, cripto, IA).
  3. Estallido → rescate público con deuda soberana → nueva burbuja para evitar la deflación.
  4. Mientras tanto, cada ciclo deja más población fuera del mercado laboral para siempre.

En 2025 se suma un detonante de corto plazo que acelera el incendio: el fin del carry-trade japonés. Tres décadas de tasas cero o negativas financiaron al mundo. Al normalizar su política monetaria, Japón retira liquidez global de golpe: caen los mercados, suben los rendimientos de la deuda, el dólar se fortalece peligrosamente y se prepara una recesión global de proporciones aún impredecibles.

Esta no es una crisis más dentro del capitalismo. Es la evidencia de que el capitalismo como modo de producción históricamente determinado está mutando hacia algo cualitativamente distinto. El trabajo humano deja de ser el eje de la creación y distribución de la riqueza; el conocimiento objetivado en máquinas (y pronto en inteligencias no humanas) toma ese lugar.

Lo que venga después puede ser, en teoría, maravilloso: abundancia material casi ilimitada, jornadas laborales mínimas o nulas, niveles de vida nunca vistos para la inmensa mayoría. También puede ser (y mi pesimismo antropológico me inclina a temerlo) algo moralmente horroroso según los parámetros que hoy consideramos humanos: una sociedad escindida entre una minoría que controla las máquinas y el conocimiento y una mayoría sobrante, mantenida con raciones básicas o directamente excluida, vigilada, encerrada o, en el peor caso, eliminada por innecesaria.

La historia no tiene guion escrito, pero sí tiene antecedentes claros: cada vez que un modo de producción volvió superflua a una parte significativa de la población, esa población fue tratada como desecho o como amenaza. El capitalismo tardío, con su capacidad inédita de producir sin casi trabajo humano, está a punto de repetir esa lógica a escala planetaria y con herramientas de control y destrucción que harían palidecer a cualquier tiranía del pasado.

Esa es la capa de base. Sin entender esta mutación en curso no se comprende por qué el mundo de 2025-2030 se parece cada vez más al de 1914-1939… pero con armas nucleares, cambio climático y una inteligencia artificial que ya no necesita a la mayoría de nosotros.

Capa 2: El caos del interregno pos-unipolar: lo viejo (el mundo westfaliano y la globalización neoliberal) muere; lo nuevo (¿multipolaridad ordenada?, ¿caos?, ¿nuevo imperialismo?) no termina de nacer.

Lo viejo muere, lo nuevo no termina de nacer

«La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados.» Gramsci, Cuadernos de la cárcel

En las relaciones internacionales estamos viviendo exactamente ese interregno.

Lo viejo tiene dos caras que se derrumban al mismo tiempo:

  1. El sistema westfaliano de Estados-nación soberanos (nacido en 1648) ya no controla ni sus fronteras, ni sus monedas, ni sus políticas económicas, ni sus narrativas culturales.
  2. La globalización neoliberal que iba a ser su sucesora (la “nueva Polis” que describía Samir Amín, dominada por el capital financiero transnacional y sus cinco monopolios: tecnología, finanzas, recursos, medios y armas de destrucción masiva) recibió heridas mortales entre 2001 (11-S) y 2008 (Lehman). Desde entonces agoniza sin que nadie haya logrado enterrarla del todo.

El resultado es un vacío de poder global que nadie llena.

Fukuyama anunció en 1989 el “fin de la historia” y la victoria eterna de la democracia liberal. Treinta y seis años después [actualizado a 2025], la historia ha vuelto con venganza: hipernacionalismos, guerras comerciales, guerras a secas, desdolarización acelerada, bloques regionales armados, carreras armamentistas en el Indo-Pacífico y en Europa del Este, y una potencia hegemónica (EE.UU.) que alterna entre el repliegue aislacionista y el golpe de Estado preventivo según quién esté en la Casa Blanca.

Lo nuevo que debería reemplazar al viejo no termina de nacer. Las candidatas son tres, todas problemáticas:

a) Una multipolaridad ordenada (el sueño BRICS ampliado, G-20, etc.) que requiere instituciones comunes y una mínima confianza recíproca. No existe ni lo uno ni lo otro: China y la India se miran con desconfianza, Rusia está en guerra abierta con Occidente, Brasil y Sudáfrica oscilan.

b) Un nuevo imperialismo (chino, estadounidense restaurado o híbrido) que imponga un orden por la fuerza. China no tiene todavía la capacidad militar global ni la voluntad ideológica de hacerlo; EE.UU. ya no tiene el consenso interno ni los recursos económicos para repetirlo.

c) El caos puro: fragmentación en bloques hostiles, proliferación nuclear, guerras por recursos escasos (agua, tierras raras, rutas marítimas), migraciones masivas y colapso de cadenas de suministro. Este es el escenario que, por descarte, gana probabilidad cada día.

En este vacío, los Estados recuperan agresividad porque ya no tienen nada que perder ni nada que los discipline desde arriba. Las normas del derecho internacional se convierten en papel mojado cuando la superpotencia misma las rompe sin costo (Irak 2003, Libia 2011, AUKUS 2021, Gaza 2023-2025). Los actores subestatales (megacorporaciones, fondos buitre, narcoestados, milicias) ganan autonomía. Y los ciudadanos, desprotegidos por Estados debilitados y por una globalización que ya no reparte beneficios, se refugian en identidades tribales, religiosas o nacionalistas.

Este interregno no es una “transición ordenada”. Es un período de entropía creciente en el que las reglas que funcionaron durante setenta y cinco años (1945-2020) se disuelven sin que aparezcan nuevas reglas universalmente aceptadas. Y mientras no aparezcan, vuelve a regir la ley más vieja del mundo: la que citaba Tucídides en la introducción.

Para los Estados del Sur Global —mi propio país incluido— el costo de equivocarse en este tablero es literalmente existencial. Una decisión mal calculada (elegir el bloque perdedor, firmar un tratado de libre comercio que te convierta en patio trasero de alguien, endeudarte en dólares cuando el dólar es arma de guerra, abrirle la puerta a una base militar extranjera, o simplemente quedarse quieto y esperar que pase la tormenta) puede significar, en el mejor de los casos, décadas de estancamiento y dependencia reforzada; en el peor, desmembramiento territorial, hambruna organizada, migración masiva de la propia población o directamente la desaparición como sujeto político soberano.

En este nuevo juego no hay árbitro, no hay red de seguridad y no hay segunda oportunidad. Los fuertes volverán a hacer lo que puedan; los débiles —nosotros— sufriremos lo que debamos si no acertamos con una estrategia que, por primera vez en dos siglos, no esté escrita en Washington, Bruselas o Pekín, sino en nuestras propias capitales.

La tercera capa —la descomposición interna de Estados Unidos y su traducción en política exterior trumpista— no es un fenómeno separado. Es la consecuencia lógica de las dos capas anteriores: un imperio que ya no puede sostener ni el orden global ni la cohesión interna reacciona con furia primitiva.

Capa 3. Las múltiples capas de la cebolla norteamericana.

Subcapa 1: Los peligros de la estrategia demócrata

El imperio que se mira el ombligo

El núcleo de la fractura estadounidense es la lucha por el control de Eurasia, el tablero decisivo según la geopolítica clásica. Desde Mahan hasta Mackinder y Brzezinski, la doctrina es la misma: quien domine el Heartland euroasiático y sus bordes costeros dominará el planeta. Para la élite de Washington, China no es un socio comercial algo díscolo, sino el único contendiente capaz de disputarle ese premio definitivo.

Esta obsesión no nació en los 90. Es la herencia directa del Gran Juego que, entre 1830 y 1907, enfrentó al Imperio Británico y a la Rusia zarista por el control de Asia Central: rutas comerciales, pasos de montaña, acceso al Indo y al Pacífico. El tablero es el mismo; solo cambió el color de las banderas.

Pero antes de que la élite pudiera siquiera plantearse la estrategia para contener a China, la globalización que había prometido prosperidad infinita se volvió en contra de su propio pueblo.

El shock fue múltiple y simultáneo:

· China emergió como fábrica del mundo y, en menos de dos décadas, pasó de receptor de inversiones a acreedor neto de Estados Unidos.

· Las guerras interminables en Medio Oriente (2001-2021) costaron 8 billones de dólares y devolvieron a casa ataúdes y veteranos rotos.

· Las sucesivas derrotas catastróficas —de Irak a Afganistán— destruyeron la fe en la invencibilidad estadounidense y en la capacidad de exportar democracia con bombas.

El resultado interno fue devastador.

La clase media industrial fue barrida. Las fábricas cerraron o se mudaron a Shenzhen y Dongguan. El Cinturón del Óxido —esa franja que va de Pensilvania a Illinois pasando por Ohio, Michigan y Wisconsin— se convirtió en el paisaje visible del abandono: plantas oxidadas, pueblos fantasmas, esperanza de vida en caída libre. El desempleo estructural se instaló y ya no se fue. Los hombres blancos sin título universitario —la columna vertebral histórica del país— vieron caer su expectativa de vida entre 2014 y 2017 por primera vez en tiempos de paz, gracias a lo que Case y Deaton bautizaron “muertes por desesperación”: sobredosis, suicidio, alcoholismo. El fentanilo, fabricado en laboratorios chinos y cruzado por carteles mexicanos, terminó de hacer el trabajo: alrededor de 82.000-110.000 muertos al año [ajustado por datos CDC 2025], una guerra civil lenta que ningún presidente declara.

Al mismo tiempo, la frontera sur se volvió porosa. Millones de migrantes —muchos de ellos población sobrante de sus propios países, expulsada por la misma lógica de automatización y concentración de riqueza que ya describimos— llegaron buscando los empleos que los estadounidenses ya no querían o ya no existían. El encuentro fue explosivo: comunidades blancas en declive que se sentían reemplazadas en su propio territorio por otros que, paradójicamente, también eran víctimas del mismo sistema. El resentimiento no era solo económico; era existencial. El “sueño americano” —trabajo duro = ascenso social— había muerto, y nadie ofrecía uno nuevo.

Esta combinación tóxica —desindustrialización, derrotas militares, epidemia de opioides, migración masiva— creó una sociedad partida en dos: una minoría cosmopolita, educada y conectada al mundo (costas, grandes ciudades) que seguía beneficiándose de la globalización, y una mayoría interior que se sentía traicionada, olvidada y humillada por sus propias élites.

Solo en ese caldo de cultivo pudo surgir la pregunta estratégica que hoy divide a Washington: ¿cómo contener a China cuando tu propio país se está desmoronando por dentro?

La respuesta dominante —la que hegemonizó la política exterior de Clinton, Bush hijo (segundo mandato), Obama y Biden— fue la siguiente: primero había que debilitar a Rusia, repetir en Eurasia el guion que tan bien funcionó en Yugoslavia (1991-1999): fragmentar una federación multiétnica, crear estados clientes en sus bordes y aislar geopolíticamente a Moscú para que no pueda servir de retaguardia continental a Pekín.

Esta estrategia se fundamenta en la lectura más agresiva de Mackinder y Brzezinski: si se rompe el Heartland ruso, China queda expuesta en sus flancos norte y oeste, convertida en una potencia marítima vulnerable, rodeada por aliados estadounidenses desde Japón hasta la India. La expansión de la OTAN al Este (1999: Polonia, Hungría, República Checa; 2004: países bálticos, Rumania, Bulgaria; 2008: promesa formal de membresía a Ucrania y Georgia en la cumbre de Bucarest) no fue un proceso inocente de “ampliación democrática”. Fue la construcción deliberada de un cordón sanitario que acercara la frontera de la alianza atlántica a 150 km de San Petersburgo y a 400 km de Moscú, exactamente el mismo movimiento que Londres intentó (y fracasó) contra la Rusia zarista en el siglo XIX.

Think tanks cercanos al Partido Demócrata elaboraron la hoja de ruta. El Center for a New American Security (CNAS) y el Atlantic Council publicaron, entre 2016 y 2022, informes y mapas que mostraban escenarios de “descentralización” o “federalización forzada” de la Federación Rusa: un Cáucaso independiente, un Lejano Oriente autónomo, una Siberia rica en recursos, pero desconectada de Moscú. El Carnegie Endowment for International Peace (2022) llegó a incluir mapas explícitos de una Rusia fragmentada en cinco o seis entidades para “impedir la formación de una coalición eurasiática antioccidental”. El objetivo táctico nunca se ocultó del todo: debilitar a Rusia primero para enfrentar a China después con el flanco europeo asegurado.

Dos voces realistas de peso advirtieron que esa estrategia era suicida. Henry Kissinger, en múltiples artículos y entrevistas entre 2014 y 2023, repitió que tratar a Rusia como una potencia regional derrotada la empujaría inevitablemente a los brazos de China, creando exactamente la coalición que Brzezinski consideraba “el escenario más peligroso”. John Mearsheimer, en su célebre artículo de 2014 y en decenas de conferencias posteriores, fue más contundente: “Occidente está provocando a Rusia hacia una guerra que no puede ganar militarmente, pero que sí puede hacer perder a Ucrania y fracturar a Europa; el resultado será una Eurasia más unida contra nosotros, no más dividida”.

La historia les dio la razón más rápido de lo que imaginaban. La invasión rusa de Ucrania en 2022 no fue el comienzo de la confrontación, sino su consecuencia previsible. Y la respuesta occidental —sanciones masivas, rearme europeo, envío de armas— solo aceleró la alianza Moscú-Pekín que se pretendía evitar.

Lo que comenzó como una disputa estratégica entre élites se ha convertido en una fractura política y social dentro de Estados Unidos mismo. La próxima subcapa de esta cebolla mostrará cómo esa grieta atraviesa clases, regiones y generaciones, y cómo la reacción nacionalista —encarnada hoy en el retorno de Trump— es la respuesta interna a un proyecto imperial que ya no puede pagar sus cuentas ni convencer a su propia población.

Subcapa 2: Las contradicciones e imposibilidades de Trump

Este caldo de cultivo explica el fenómeno Trump: un movimiento que canaliza el resentimiento visceral de la población sobrante —ese Homero Simpson desempleado, o el obrero del Cinturón del Óxido que ya no sueña con ascenso social, sino que vive la pesadilla de un «sueño americano» convertido en deuda perpetua, fentanilo y fronteras porosas—. Su sujeto electoral no es un bloque homogéneo de élites o ideólogos puros, sino una masa desarraigada que ve en Trump no un salvador coherente, sino un ariete contra el sistema que los devoró. Detrás de este emergente político, sin embargo, se esconde un ramillete de posicionamientos ideológicos internos en guerra permanente, un Frankenstein político que explica las imposibilidades estructurales del segundo mandato: un gobierno que promete «drenar el pantano» pero termina ahogándose en sus propias contradicciones.

El trumpismo arrastra, en primer lugar, a los republicanos tradicionales: pragmáticos aislacionistas que comparten con los demócratas la visión de China como amenaza estructural, pero que prefieren una contención quirúrgica —aranceles selectivos, alianzas ad hoc— sin los excesos de la guerra fría recargada. Son los herederos de Eisenhower o Nixon: un Estado eficiente para el comercio y la defensa, no para aventuras morales o intervenciones humanitarias disfrazadas de imperialismo.

Luego vienen los neoconservadores clásicos, los halcones de la era Bush que creen en un Estado fuerte y expansivo como motor de la grandeza americana. Para ellos, el keynesianismo no es un pecado, sino una virtud si se motoriza con guerra permanente: un leviatán que gasta billones en complejos militares-industriales para generar empleo en los estados rojos, proyectar poder global y «exportar democracia» a bombazos. Ven en la OTAN un baluarte sagrado, en China un enemigo que exige no solo tarifas, sino portaaviones en el Estrecho de Taiwán y apoyo incondicional a Israel o Ucrania. El retiro caótico de Afganistán fue, para ellos, una traición; DOGE, un capricho que socavaba la «gran estrategia» imperial.

En el extremo opuesto, y en profunda contradicción con los neocons, pululan las nuevas derechas libertarias y tecnológicas —un enjambre de Silicon Valley que venera a Ayn Rand como profeta del egoísmo racional y encuentra en pensadores «nuevos» como Peter Thiel (el inversor que financió a Trump mientras soñaba con ciudades-estado flotantes y monedas privadas), Curtis Yarvin (el neorreaccionario que aboga por «reiniciar» la democracia con CEOs como reyes absolutos) y figuras paradigmáticas como Elon Musk (el transhumanista que prioriza Marte sobre Detroit) y Sam Altman (el CEO de OpenAI que acelera la IA para «salvar» el capitalismo, pero que ya condena a millones a la obsolescencia). Estos ven al Estado no como motor de poder, sino como un tumor burocrático que ahoga la innovación: odian los impuestos que financian guerras eternas, desprecian la OTAN como un club de parásitos europeos y sueñan con un «America First» que signifique criptomonedas libres, regulaciones cero y un gobierno reducido a un árbitro mínimo para que las élites tecnológicas reorganicen el mundo a su imagen.

Esta contradicción es letal y ya ha hecho eclosión en el segundo mandato de Trump. Los neoconservadores empujan por más gasto en defensa —$1.01 billones para el Pentágono en 2026, con énfasis en bases en el Indo-Pacífico y apoyo incondicional a aliados—, mientras los libertarios reclaman tijeretazos masivos al Estado: recortes a la ayuda exterior que han causado, según estimaciones independientes, cientos de miles de muertes en el Sur Global [recortes en la USAID habrían implicado la muerte de 300.000 niños], y una desregulación que deja a la población sobrante sin red de seguridad alguna. El choque estalló en la creación y colapso del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), el experimento libertario por excelencia: Musk, co-líderando con Vivek Ramaswamy, prometió ahorrar $2 billones cortando «fraude y burocracia» con una sierra mecánica simbólica, instalando ingenieros jóvenes (de 25-30 años) de Tesla y SpaceX en agencias federales y despidiendo a alrededor de 200.000 funcionarios en meses. Pero DOGE se convirtió en un caos: brechas de seguridad en datos sensibles (incluyendo información personal de millones de americanos), demandas por abuso de poder y un costo neto de $21.7 billones según el Office of Management and Budget, mientras los neocons lo veían como un sabotaje a la «gran estrategia» imperial.

El retiro de Musk en mayo de 2025 fue el clavo final. Tras una pelea pública con Trump —Musk arremetió en X contra recortes a subsidios para vehículos eléctricos que beneficiaban a Tesla, y criticó el «One Big Beautiful Bill» como un despilfarro que aumentaba el déficit y socavaba DOGE; Trump lo llamó «ingrato» en un mitin—, el magnate abandonó Washington, dejando el DOGE huérfano y disuelto en noviembre, ocho meses antes de su mandato original hasta julio de 2026. Según el director de la Office of Personnel Management, Scott Kupor, DOGE «ya no existe» como entidad centralizada; sus funciones se dispersaron en otras agencias, sus empleados huyeron o fueron reubicados, y lo que quedó no fue eficiencia, sino un limbo: demandas judiciales por violaciones de privacidad, denunciantes manifestando accesos ilegales a datos sensibles y una lección brutal sobre la incompatibilidad entre el keynesianismo bélico de los neocons y el anarcocapitalismo de los tech-libertarios.

Trump, pragmático como siempre, navega entre ambos: nombra a halcones como Marco Rubio en Exteriores para contentar a los intervencionistas, pero deja que Thiel y Yarvin susurren al oído sobre «reinicios» tecnológicos que ignoran las guerras ajenas. Esta subcapa política contradictoria explica por qué la política exterior trumpista es errática: un día amenaza con aranceles del 60% a China y alianzas con Putin; al siguiente, envía portaaviones al Estrecho de Taiwán y veta la desintegración de la OTAN. El imperio ya no dicta reglas coherentes porque su alma está partida: los unos quieren un Estado guerrero que proyecte poder; los otros, un Estado mínimo que libere al «homo economicus» de las cadenas fiscales. Y en medio, la población sobrante —ese Simpson enfurecido— aplaude el espectáculo, sin saber que ambos bandos lo ven como colateral prescindible en su lucha por el futuro.

Conclusión (o la ausencia deliberada de ella)

No hay conclusión posible, porque en este interregno nada concluye: el capitalismo sigue mutando sin saber hacia qué monstruo o maravilla, el orden mundial se deshace sin que nadie logre armar uno nuevo, y el imperio que durante setenta y cinco años escribió las reglas del juego ahora ni siquiera puede ponerse de acuerdo consigo mismo sobre si quiere seguir jugando o quemar la mesa. Los fuertes volverán a hacer lo que puedan; los débiles —nosotros— sufriremos lo que debamos si no encontramos, rápido y por nuestra cuenta, una estrategia que no dependa de Washington, Bruselas ni Pekín. Y mientras tanto, en este mundo sin árbitro ni red de seguridad, solo queda una pregunta que resuena como un eco infantil y trágico a la vez:

¿Y ahora quién podrá defendernos?

Lic. Hugo Villanueva

Profesor de Relaciones Internacionales, Universidad Champagnat (Mendoza), Universidad Nacional de Cuyo

Mandioca misionera: La soberanía del bioplástico, sin resinas importadas

0

No es un dato menor. Mientras la agenda pública se distrae con debates superficiales, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), nuestro buque insignia en ciencia y tecnología, avanza silenciosamente en la construcción de una soberanía material. En esta oportunidad, de la mano de la empresa misionera Plastimi SRL, se está desarrollando una tecnología que podría cambiar la matriz de importación de bioplásticos en nuestro país, utilizando un recurso tan nuestro como el almidón de mandioca.

Digamos todo: hoy Argentina depende de la importación de resinas biodegradables. Sí, se compran de Europa, generalmente a base de almidón de maíz, para satisfacer una demanda creciente. Esta dependencia no solo implica una salida de divisas significativa, sino que también nos ata a cadenas de suministro externas y tecnologías que no son propias. La iniciativa conjunta entre el CONICET y Plastimi SRL viene a desafiar este esquema, proponiendo un camino hacia la autoabastecimiento con materia prima nacional y tecnología desarrollada en casa.

El corazón del proyecto reside en la capacidad de nuestros investigadores para innovar. Mientras los bioplásticos comerciales a nivel global se basan en almidones de papa o maíz, este equipo argentino está apostando por el almidón de mandioca. Y esto, hay que subrayarlo, no es un detalle menor. La mandioca es un cultivo de profunda arraigo en Misiones, con un impacto social y económico directo en pequeños y medianos productores de la región. «Buscamos generar un desarrollo regional que le dé valor agregado a la materia prima de nuestra propia provincia», señaló con acierto ‘Cuenca’, uno de los participantes clave en este esfuerzo. Esa frase encierra la esencia de lo que debería ser nuestra política de desarrollo productivo: agregar valor, generar empleo y asegurar independencia.

El camino no es nuevo en su concepción. En 2021, el Programa de Investigación Científica y Tecnológica Aplicada (PICTA) ya sentaba las bases para este tipo de sinergias. Lo que vemos hoy es la materialización de esa visión. La conjunción de la capacidad científica del CONICET para desentrañar los secretos de la materia y el know-how industrial de Plastimi SRL —una empresa con trayectoria en la fabricación de envases y con un historial de colaboración con grupos científicos locales— es la fórmula que necesitamos potenciar. No se trata solo de hacer bolsas biodegradables que contaminen menos, que ya es un objetivo loable. Se trata, fundamentalmente, de dejar de importar y de poner a trabajar a nuestra ciencia y a nuestra industria en beneficio propio, generando tecnología transferible y adaptada a nuestras condiciones.

Los beneficios son múltiples y estratégicos. Por un lado, una reducción sustancial de los costos de producción al reemplazar insumos importados por materia prima local. Por el otro, una disminución palpable del impacto ambiental, lo que nos posiciona mejor en un contexto global donde la sostenibilidad es una divisa cada vez más valiosa. Pero, por sobre todo, es un paso firme en la dirección de la soberanía tecnológica e industrial, un objetivo que ‘Agenda R Web’ siempre ha puesto en el centro del debate nacional. Este desarrollo nos obliga a mirar la capacidad instalada que tenemos, en CONICET y en nuestras PyMEs, para resolver problemas complejos y generar riqueza en casa.

Impacto para la Argentina

Este desarrollo entre CONICET y Plastimi SRL es un faro que ilumina el camino correcto para Argentina. Primero, en materia de sustitución de importaciones: cada tonelada de resina bioplástica que se produzca con almidón de mandioca en Misiones es una tonelada menos que se importa de Europa, con el consecuente ahorro de divisas. Esto es crucial para nuestra economía, que siempre pugna por equilibrar su balanza comercial. Segundo, y no menos importante, es la generación de valor agregado en origen. La mandioca, un producto primario, se transforma en un material de alta tecnología. Esto no solo beneficia a los productores de Misiones con una demanda sostenida y con mejores precios, sino que también impulsa toda una cadena de valor regional, desde el campo hasta la fábrica.

Para INVAP, para ARSAT, y para cada PyME innovadora en el país, este proyecto debería ser un modelo a seguir. Demuestra que la vinculación público-privada es el motor más eficaz para la innovación productiva. Nuestro CONICET, lejos de ser un mero centro de conocimiento abstracto, se reafirma como un activo estratégico fundamental para la soberanía tecnológica. En un país con tantas urgencias, invertir en ciencia aplicada que resuelve problemas concretos y genera riqueza genuina, es la inversión más inteligente que podemos hacer. Es la demostración práctica de que el Estado, con sus capacidades de investigación, puede ser el gran articulador de un modelo de desarrollo que nos saque de la dependencia y nos impulse hacia la autonomía productiva.

Redacción de AgendAR