Isaac Asimov y la máquina que ganó la guerra

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El jueves pasado, 2 de enero, Isaac Asimov habría cumplido 100 años. En AgendAR quisimos homenajear a uno de los más grandes divulgadores científicos -ciertamente el más prolífico- de los tiempos modernos. Además de autor de Yo, Robot, Cavernas de Acero, la saga de la Fundación, y muuuchas otras obras de ficción.

Les acercamos una de ellas, un cuento corto, que no gira alrededor de esos escenarios que él consiguió que formaran parte de la imaginación de tanta gente en tantos lugares del mundo (aunque sus aficionados reconocerán a la super computadora Multivac). Aquí escribió de una computadora más antigua, que ayudará a ganar una guerra futura. Asimov nos está diciendo algo sobre las decisiones tecnológicas en las crisis… Cuando tengan 10 minutos libres, accedan aquí y léanla.

Asimov: «La máquina que ganó la guerra»

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«Faltaba mucho aún para que terminara la celebración incluso en las cámaras subterráneas de «Multivac». Se palpaba en el ambiente. Por lo menos quedaba el aislamiento y el silencio. Era la primera vez en diez años que los técnicos no circulaban apresurados por las entrañas de la computadora gigante, que las luces tenues no parpadeaban sus extraños recorridos, que el chorro de información hacia dentro y hacia fuera se había detenido. Claro que no seria por mucho tiempo, porque las necesidades de la paz serían apremiantes. Sin embargo, durante un día, o quizá durante una semana, «Multivac» podría celebrar el gran acontecimiento y descansar. Lamar Swift se quitó el gorro militar que llevaba puesto y miró de arriba abajo el largo y vacío corredor principal de la inmensa computadora. Se sentó cansado sobre uno de los taburetes giratorios de los técnicos y su uniforme, con el que nunca se había encontrado cómodo, adquirió un aspecto agobiante y arrugado.

— Aunque de un modo extraño lo echaré todo en falta. Es difícil recordar cuando no estuvimos en guerra con Deneb. Ahora me parece antinatural estar en paz con ellos y contemplar las estrellas sin ansiedad. Los dos hombres que acompañaban al director ejecutivo de la Federación Solar eran más jóvenes que Swift. Ninguno tenía tantas canas ni parecía tan cansado como él. John Henderson, con los labios apretados, encontraba dificultad en controlar el alivio que sentía por el triunfo.

— ¡Están destruidos! ¡Están destruidos! -dijo sin poder contenerse-. Es lo que no dejaba de decirme una y otra vez y aún no puedo creerlo. Hablábamos tanto todos, hace tantísimos años, de la amenaza que se cernía sobre la Tierra, sobre sus mundos, y sobre todos los seres humanos que todo era cierto hasta el tiempo, y hasta el último detalle. Ahora estamos vivos y son los de Deneb los destruidos y acabados. Ahora, nunca más serán una amenaza.

— Gracias a «Multivac» -afirmó Swift con una mirada tranquila al imperturbable Jablonsky, que durante toda la guerra había sido el intérprete jefe de aquel oráculo de la ciencia-. ¿No es cierto, Max? Jablonsky se encogió de hombros. Maquinalmente alargó la mano hacia un cigarrillo, pero decidió no encenderlo. Entre los millares que habían vivido en los túneles dentro de «Multivac», sólo él tenía permiso para fumar, pero hacia el final se había esforzado por evitar aprovecharse del privilegio.

— Eso es lo que dicen -comentó. Su pulgar señaló por encima del hombro derecho, hacia arriba.

— ¿Celoso, Max?

— ¿Porque aclaman a «Multivac»? ¿Porque «Multivac» es la gran heroína de la humanidad en esta guerra? -El rostro seco de Jablonsky adoptó una expresión de aparente desdén-. ¿A mí qué me importa? Si eso les satisface, dejad que «Multivac» sea la máquina que ganó la guerra. Henderson miró a los otros dos por el rabillo del ojo. En ese breve descanso que los tres habían buscado instintivamente en el rincón tranquilo de una metrópoli enloquecida, en ese entreacto entre los peligros de la guerra y las dificultades de la paz, cuando, por un momento, todos se encontraban acabados, solamente sentía el peso de la culpa. De pronto fue como si aquel peso fuera difícil de soportar por más tiempo. Había que desprenderse de él, junto con la guerra: pero ¡ya!

— «Multivac» -declaró Henderson- no tiene nada que ver con la victoria. Es solamente una máquina.

— Sí, pero grande -replicó Smith.

— Entonces, solamente una máquina grande no mejor que los datos que la alimentaban. -Por un momento se detuvo, impresionado él mismo por lo que acababa de decir. Jablonsky le miró, sus dedos gruesos buscaron de nuevo un cigarrillo y otra vez dieron marcha atrás.

— ¿Quién mejor que tú para saberlo? Le proporcionaste los datos. ¿O es que quieres quedarte con el mérito tú solo?

— No -contestó Henderson, -furioso-, no hay méritos. ¿Qué sabes tú de los datos que utilizaba «Multivac», predigeridos por cien computadoras subsidiarias de la Tierra, de la Luna y de Marte, incluso de Titán? Con Titán siempre retrasado dando la impresión de que sus cifras introducirían una desviación inesperada.

— Haría enloquecer a cualquiera -dijo Swift con sincera simpatía. Henderson sacudió la cabeza:

— No era sólo eso. Admito que hace ocho años, cuando remplacé a Lepont como jefe de Programación, me sentí nervioso. En aquellos días todas esas cosas eran excitantes. La guerra era aún algo lejano, una aventura sin peligro real. No habíamos llegado al punto en que fueran las naves dirigidas las que se hicieran cargo y en que los ingenios interestelares pudieran tragarse a un planeta completo si se les lanzaba correctamente. Pero cuando empezaron las verdaderas dificultades… ­Rabioso, pues al fin podía permitirse ese lujo, masculló-: De eso no sabéis nada.

— Bien -contemporizó Swift-, cuéntanoslo. La guerra ha terminado. Hemos ganado.

— Sí -asintió Henderson. Tenía que recordar que la Tierra había ganado y todo había salido bien-. Pues los datos resultaron inútiles.

— ¿Inútiles? -¿Quieres decir literalmente inútiles? ­preguntó Jablonsky.

— Literalmente inútiles. ¿Qué podías esperar? El problema con vosotros dos era que estábais en medio de todo. Nunca salísteis de «Multivac», ni tú ni Max. El señor director no dejó nunca la Mansión salvo para hacer visitas de estado donde veía exactamente lo que querían que viera.

— Pero yo no estaba ciego -cortó Swift-, como quieres dar a entender.

— ¿Sabe hasta qué extremo los datos concernientes a nuestra capacidad de producción, a nuestro potencial de medios, a nuestra mano de obra especializada, a todo lo importante para el esfuerzo bélico no eran de fiar, ni se podía contar con ellos durante la última mitad de la guerra? Los jefes de grupo tanto civiles como militares no tenían otra obsesión que proyectar su buena imagen, por decirlo así, oscureciendo lo malo y ampliando lo bueno. Fuera lo que fuera lo que pudieran hacer las máquinas, los hombres que las programaban y los que interpretaban los resultados sólo pensaban en su propia piel y en los competidores que había que eliminar. No había modo de parar eso. Lo intenté y fracasé.

— Naturalmente -le consoló Swift-. Comprendo que lo hicieras.

— Esta vez Jablonsky decidió encender el cigarrillo:

— Pero yo imagino que tú proporcionaste datos a «Multivac» al programarlo. No nos hablaste para nada de ineficacia.

— ¿Cómo podía decirlo? Y si lo hubiera hecho, ¿cómo podían creerme? -preguntó Henderson desesperado-. Nuestro esfuerzo de guerra estaba acoplado a «Multivac». Era un arma tremenda porque los denebianos no tenían nada parecido. ¿Qué otra cosa mantenía en alto nuestra moral sino la seguridad de que «Multivac» predeciría y desviaría cualquier movimiento denebiano y dirigiría nuestros movimientos? Después de que nuestro ingenio espía instalado en el hiperespacio fue destruido carecíamos de datos fiables sobre los denebianos para alimentar a «Multivac» y no nos atrevimos a publicarlo.

— Cierto -dijo Swift.

— Bien -prosiguió Henderson-. Pero si le hubiera dicho que los datos no eran de fiar, ¿qué hubiera podido hacer sino remplazarme y no creerme? No lo podía permitir.

— ¿Qué hiciste? -quiso saber Jablonsky.

— Puesto que la guerra se ha ganado, os diré lo que hice. Corregí los datos.

— ¿Cómo? -preguntó Swift.

— Intuitivamente, supongo. Les fui dando vueltas hasta que me parecieron correctos. Al principio casi no me atrevía. Cambiaba un poco aquí, otro poco allí para corregir lo que eran imposibilidades obvias. Al ver que el cielo no se nos caía encima, me sentí más valiente. Al final apenas me preocupaba. Me limitaba a escribir los datos precisos a medida que se necesitaban. Incluso hice que el anexo de «Multivac» me preparara datos según un plan de programación privada que inventé a ese propósito.

— ¿Cifras al azar? -preguntó Jablonsky.

— En absoluto. Introduje el número de desviaciones necesarias. Jablonsky sonrió. Sus ojillos oscuros brillaron tras sus párpados arrugados.

— Por tres veces me llegó un informe sobre utilización no autorizada del anexo, y le dejé pasar todas las veces. Si hubiera importado le habría seguido la pista descubriéndote, John, y averiguando así lo que estabas haciendo. Pero, naturalmente, nada sobre «Multivac» importaba en aquellos días, así que te saliste con la tuya.

— ¿Qué quiere decir que no importaba nada? -insistió Henderson, suspicaz.

— Nada importaba nada. Supongo que si te lo hubiera dicho entonces te habría ahorrado tus angustias, pero también si tú te hubieras confiado a mí, me habrías ahorrado las mías. ¿Qué te hizo pensar que «Multivac» funcionaba bien, por muy imaginativos que fueran los datos con que la alimentabas?

— ¿Que no funcionaba bien? -exclamó Swift.

— No del todo. No para fiarse. Al fin y al cabo, ¿dónde estaban mis técnicos en los últimos años de la guerra? Te lo diré, alimentaban computadoras de mil diferentes aparatos especiales. ¡Se habían ido! Tuve que arreglarme con chiquillos en los que no podía confiar y veteranos anticuados. Además, ¿creen que podía fiarme de los componentes en estado sólido que salían de Criogenética en los últimos años? Criogenética no estaba mejor servido de personal que yo. Para mí, no tenía la menor importancia que los datos que estaban siendo suministrados a «Multivac» fueran o no fiables. Los resultados no lo eran. Yo lo sabía.

— ¿Qué hiciste? -preguntó Henderson.

— Hice lo que tú, John. Introduje datos falsos. Ajusté las cosas de acuerdo con la intuición… y así fue como la máquina ganó la guerra. Swift se recostó en su sillón y estiró las piernas.

— ¡Vaya revelaciones! Ahora resulta que el material que se me entregaba para guiarme en mi capacidad de «tomar decisiones» era una interpretación humana de datos preparados por el hombre. ¿No es verdad?

— Eso parece -afirmó Jablonsky.

— Ahora me doy cuenta de que obré correctamente al no confiar en ellos -declaró Swift.

— ¿No lo hiciste? -insistió Jablonsky que, pese a lo que acababa de oir consiguió parecer profesionalmente insultado.

— Me temo que no. A lo mejor «Multivac» me decía: «Ataque aquí, no ahí»; «haga esto, no aquello»; «espere, no actúe». Pero nunca podía estar seguro de si lo que «Multivac» parecía decirme, me lo decía realmente; o si lo que realmente decía, lo decía en serio. Nunca podía estar seguro.

— Pero el informe final estaba siempre muy claro, señor -objetó Jablonsky.

— Quizá lo estaría para los que no tenían que tomar una decisión. No para mí. El horror de la responsabilidad de tales decisiones me resultaba intolerable y ni siquiera «Multivac» bastaba para quitarme ese peso de encima. Pero lo importante era que estaba justificado en mis dudas y encuentro un tremendo alivio en ello. Envuelto en la conspiración de su mutua confesión, Jablonsky dejó de lado todo protocolo:

— Pues, ¿qué hiciste, Lamar? Después de todo había que tomar decisiones.

— Bueno, creo que ya es hora de regresar pero… os diré primero lo que hice. ¿Por qué no? Utilicé una computadora, Max, pero una más vieja que «Multivac», mucho más vieja. Se metió la mano en el bolsillo en busca de cigarrillos y sacó un paquete y un puñado de monedas, antiguas monedas con fecha de los primeros años antes de que la escasez del metal hubiera hecho nacer un sistema crediticio sujeto a un complejo de computadora. Swift sonrió con socarronería:

— Las necesito para hacer que el dinero me parezca sustancial. Para un viejo resulta difícil abandonar los hábitos de la juventud. Se puso un cigarrillo entre los labios y fue dejando caer las monedas, una a una, en el bolsillo. La última la sostuvo entre los dedos, mirándola sin verla.

— «Multivac» no es la primera computadora, amigos, ni la más conocida ni la que puede, eficientemente, levantar el peso de la decisión de los hombros del ejecutivo. Una máquina ganó; en efecto, la guerra, John; por lo menos un aparato computador muy simple lo hizo; uno que utilicé todas las veces que tenía que tomar una decisión difícil. Con una leve sonrisa lanzó la moneda que sostenía. Brilló en el aire al girar y volver a caer en la mano tendida de Swift. Cerró la mano izquierda y la puso sobre el dorso. La mano derecha permaneció inmóvil, ocultando la moneda.

— ¿Cara o cruz, caballeros? -dijo Swift.»

Isaac Asimov, 1961

El camino de INVAP – Conclusión

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La 1° parte de esta nota está aquí, la 2° aquí, y la 3° aquí.

Pilca, paredón y después

A ojos de los EEUU INVAP tiene que pagar un pecado original: nació para darle a la Argentina la capacidad de enriquecimiento de uranio. Eso se logró entre 1981 y 1982, y se hizo público en 1983, un año y meses tras la derrota de Malvinas. Por menos que eso, en 2003 EEUU y el Reino Unido invadieron Irak.

INVAP nació en 1974 dentro de la CNEA como Gerencia de Física Aplicada, pero 2 años más tarde se volvió INVAP Sociedad del Estado o SE, formalmente independiente de la CNEA. Eso se hizo para acelerar los tiempos de decisiones tecnologicas, de compras, de contratación y de obra, que en la institución madre son geológicos.

Y los dos primeros trabajos serios de INVAP sucedieron durante la administración del contralmirante Carlos Castro Madero. Fueron respectivamente el dominio de la metalurgia del circonio, que en pocos años hizo que la CNEA se volviera 100% independiente de sus proveedores alemanes y canadienses en materia de combustible de centrales. Eso no gustó mucho en EEUU, pero dentro de todo era perdonable.

No fue público ni perdonable el segundo trabajo de INVAP: el diseño, construcción y puesta en marcha de la Planta Experimental de Enriquecimiento de Uranio en Pilcaniyeu. La instalación está oculta a plena vista en la amplia desolación de una quebrada a 16 km. de esa población, entonces de 400 habitantes. “Pilca” viene a ser la estación inmediatamente anterior a Bariloche (60 km antes) en la línea del viejo ferrocarril General Roca. Su virtud era ser un lugar de la estepa rionegrina con más ovejas que personas, y donde jamás había pintado un periodista o un diplomático.

“Pilca” se hizo secretamente para poner a salvo al Programa Nuclear de posibles boicots de uranio enriquecido. Sufrimos uno tras la exportación de dos reactores a Perú, y bastó. Nos lo aplicó en 1978 el presidente estadounidense Jimmy Carter, a la sazón ex reactorista nuclear de la US Navy, por invadir “el patio trasero” sudaca de los EEUU, y sin pedir permiso.

Pilca es, por ende, más una vacuna antiboicot que una instalación industrial. La tecnología (difusión gaseosa) es deliberadamente atrasada y las instalaciones, chicas “ex profeso”. Una simple fotografía satelital de Pilca es un doble mensaje al que la mira con ojos entendidos: “Los argentinos no tienen ni remotamente capacidad de enriquecimiento de uranio a grado militar (90%), pero si los seguimos jodiendo, van a tener que modernizar la tecnología y ampliar la planta”.

La vacuna nos salvó de todo boicot ulterior. “Fue como mano de santo”, al decir español. Desde que INVAP construyó Pilca, nadie ha vuelto a negarnos uranio enriquecido a grado reactor (19,7%) o grado central (entre el 1,8 y el 5%). Ésta fue la explicación necesaria (pero no suficiente) del éxito de INVAP, hoy el más prestigioso vendedor mundial de pequeños reactores multipropósito. El resto de la explicación es mucha creatividad tecnológica, y una capacidad de supervivencia asombrosa, a costos personales que asustan.

La contradicción, por ahora irresoluble, es que si la muchachada del State Department no nos hubiera echado un boicot, probablemente no habríamos intentado siquiera enriquecer uranio. Y por hacerlo, el State Department emitió una “fatwah” contra INVAP, que sigue vigente desde 1983 pese a que en EEUU ya pasaron muchos presidentes. De modo que INVAP seguírá viva pero lidiando con interferencias de todo tipo.

Queda claro que sin Pilca INVAP jamás podría haber exportado más reactores, luego de los de Perú. EEUU se habría encargado de que el cliente no recibiera uranio enriquecido de parte de ningún proveedor. En este negocio, el que vende un caballo tiene que garantizar el pasto.

No es imposible que alguna vez debamos tomar decisiones como lo hizo Brasil, y construir otra planta, en otro lado, con tecnología más moderna y ahorrativa en electricidad, para poder llegar a muy poco combustible enriquecido “grado reactor” (19,7%) o mucho combustible “grado central” (3,4%). Si queremos salir de vender reactores, el equivalente de mitras papales y ofrecer centrales nucleares compactas como el CAREM, probablemente haya que mandar una señal. Una construcción es una señal.

Todo esto implica chirridos diplomáticos, operaciones de prensa, aprietes y vaya a saber qué cosas más. Pero desde la construcción del OPAL hemos subido a una cornisa muy alta, con falta de espacio para retroceder. En 2018 INVAP ganó por segunda vez la construcción de otro reactor de reemplazo, el del PALLAS en Petten, Holanda. Es el segundo mayor del mundo en potencia y producción.

Una parte creciente de los argentinos parece remisa a tirar por la borda casi 70 años de investigación, desarrollo y esfuerzo industrial en el área atómica, de modo que la opción de cierre de “Pilca” no existe, por conflictiva. Sí existe la de abandono, practicada con éxito por Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, la Alianza y el gobierno del ingeniero Mauricio Macri. Desde los tiempos fundacionales del contralmirante Carlos Castro Madero, la última y única vez que en Pilca se volvió a invertir plata fue durante el segundo gobierno de CFK.

CFK en Pilca allá por 2014, en ocasión de una modernización y potenciación de la planta.

Fuera de esto, desde que Alfonsín, advertido por Castro Madero, anunció al mundo la existencia de Pilca, los destinos tecnológicos de la Argentina han pasado por este lugar ventoso, polvoriento y desolado, que sólo sale en las noticias cholulas cuando Máxima Zorreguieta, la reina de Holanda, visita la vieja estancia familiar con su rey Guillermo y sus tres hijas. Parece mentira pensar que el Mercosur nació aquí en 1987.

Lo hizo cuando Alfonsín invitó al presidente brasileño José Sarney a venir a inspeccionar Pilca con comitiva de expertos y sin restricciones. Tras la posterior contrainvitación brasileña para que Alfonsín visitara Aramar, surgió la idea de una agencia de control recíproco de inventario de materiales nucleares, la ABBAC. Sólo cuando la Argentina y Brasil abandonaron su desconfiada rivalidad nuclear, empezaron a comerciar en serio en manufacturas y materias primas.

Este sitio está cargado de historia reciente, con sus sombras y sus luces. Pero las luces son deslumbrantes, y se prendieron aquella noche del 4 de junio de 2000, cuando Juan Pablo Ordóñez colgado del teléfono a las 3 de la mañana, hora argentina, lo despertó desde las antípodas el gerente de tecnología de ANSTO, Ross Miller, para decirle que INVAP, increíblemente, hbía ganado. El “sí” de Claudia Schiffer, en la metáfora de Cacho Otheguy.

El futuro estaba por empezar. Nadie dijo que sería fácil.

Daniel E. Arias

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Lo que antecede no es la historia de INVAP. Eso sería un libro, con muchas páginas. Publicamos esta crónica de unos episodios y desafíos significativos en su trayectoria, con la idea de contribuir a hacer realidad esa consigna que citamos al principio: «Dos, tres, muchos INVAPs».

Es cierto que no se consigue fácilmente otro Conrado Varotto, u otro Héctor «Cacho» Otheguy. Ni los «espartanos» que a lo largo de estas décadas se pusieron la camiseta de INVAP y trabajaron por el «bronce» y el orgullo de lo que estaban haciendo. Pero estamos convencidos que los tenemos. Hace falta convocarlos con seriedad. «Que buen vasallo fuera, si buen señor hubiera…».

Simplificaciones: «70 años de peronismo» vs «120 años de oligarquía»

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Una publicación digital, Nueva Región, acercó hace algunas semanas un muy abreviado resumen de un capítulo del libro de Alan Beattie, ex economista del Bank of England y hoy editorialista del Financial Times, que trata de la evolución -o más bien, involución- de la economía argentina. Lo reproducimos aquí, rastreamos el original y agregamos un comentario:

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«En su libro “Falsa Economía: una Sorprendente Historia Económica del Mundo”, Alan Beattie se pregunta porqué Argentina no fue EEUU y su respuesta es simple: mientras EEUU repartió la tierra en parcelas pequeñas, Argentina se la dio a unas pocas familias.

“EEUU favoreció a colonos «squatters», Argentina a terratenientes”. El resultado inmediato fue que mientras en EEUU la poca tierra obligaba a innovación para optimizar y mejorar ganancias, al latifundio argentino le alcanzaba con vacas, ovejas y alambre de púa.

“Las economías rara vez se hacen ricas solo con agricultura, Gran Bretaña había mostrado el camino: industrialización” pero las élites argentinas rechazaron la industrialización para seguir mamando de la teta de la explotación agropecuaria latifundista.

“Entre 1880 y 1914 el sistema político norteamericano se adecuó dinámicamente a los cambios y las demandas de su población. El sistema argentino permaneció obstinadamente dominado por una minoría autocomplaciente.”

Dice Beattie que EEUU hubiese sido como Argentina si el Sur racista confederado hubiese ganado la Guerra Civil.

Al final de la 1ra guerra, las exportaciones de granos y carne cayeron. Al final de los 1920s, las exportaciones ya eran 2/3 menos. EEUU ya había comenzado un proceso de recambio económico. Las elites argentinas la rechazaron.

EEUU había comenzado su recambio económico con industrialización, y al final de la 1ra Guerra invirtió ahorros propios en quedarse con industria europea (sin recursos después de la guerra) y se posicionó como potencia mundial. La Argentina oligárquica desapareció del mundo.

Además de haber invertido sus primeros años de bonanza en un recambio industrial y usar esos recursos para adueñarse de la industria del mundo destruida por la guerra, EEUU ya era una economía de escala. Argentina no fue nada de eso.

No fueron los “70 años de Peronismo”, son los “120 años de Oligarquía”. Lo dice Alan Beattie, economista liberal del Financial Times, nada ni cerca del “populismo”, todo lo contrario.»

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Ese capítulo del libro de Beattie está basado en un artículo suyo para el Financial Times de mayo de 2009 «Argentina: The superpower that never was«. AgendAR desarrolló el tema de los inconvenientes estructurales que trabaron nuestro desarrollo en El mito de la decadencia argentina. Allí Díaz Bonilla, con más rigor estadístico, traza la interrupción del crecimiento de la base industrial argentina -hasta ese momento, muy respetable por los estándares internacionales- en las políticas antiindustrialistas aplicadas por el Proceso de 1976-83.

Nada es definitivo, por cierto, en las ciencias sociales. Y la economía es una de ellas. Es cierto que la tradición -con raíces anteriores a 1810- del reparto de latifundios desde el Estado- ha jugado en contra del desarrollo de una ruralidad próspera en el siglo XIX y buena parte del XX. Es cierto también que la dirigencia argentina no supo -no quiso- emprender el camino industrial cuando un Carlos Pellegrini planteaba su necesidad. Pero simplificar así el proceso de desarrollo de un país es demasiado… facilista. Los EE.UU. no se industrializaron porque el Norte ganó la Guerra Civil. El Norte la ganó -aunque el Sur tenía mejores generales- porque ya estaba industrializado.

Alberto Fernández elevó los niveles de alerta y reforzó la seguridad en posibles objetivos

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Ante la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, que elevó al máximo la tensión en Medio Oriente, el presidente Alberto Fernández ordenó ayer subir los niveles de alerta y reforzar los operativos de seguridad en todo el país.

En un día marcado por la amenaza de represalias «abrumadoras» de Teherán a Washington por el ataque que mató al general iraní Qassem Soleimani en Bagdad, por pedido directo del Presidente se ordenó «reforzar los objetivos de Estados Unidos en el país», especialmente las aerolíneas norteamericanas que operan en la Argentina, la seguridad en los aeropuertos y pasos fronterizos. «Todo está diagramado por cada una de las fuerzas federales a cargo», señaló una fuente de la Casa Rosada.

Además, el Presidente instruyó al Ministerio de Seguridad para que tome contacto con la embajada de Estados Unidos para informar sobre las medidas que se tomaron e intercambiar información, aseguraron desde esa cartera.

Según señaló la fuente de Casa Rosada, también se tomará contacto con las embajadas de los países que pudieran estar involucrados en el conflicto «para estar a disposición de cualquier eventualidad o prevención necesaria».

Los niveles de alerta se potenciaron ayer en todos los pasos fronterizos, donde las autoridades de Migraciones locales tienen listados de Interpol con los nombres de sospechosos de terrorismo.

Simultáneamente, la Cancillería dio a conocer anoche un comunicado en el que expresa su «preocupación» por los acontecimientos en esa región, puesto que en un mundo «hiperconectado» las consecuencias se sienten «en todo el planeta». El texto recuerda los dos ataques terroristas sufridos por la Argentina, en la embajada de Israel, en 1992, y la sede de la AMIA, en 1994.

El comunicado de la Cancillería exhorta a las partes del conflicto a «trabajar en pos de una salida pacífica y negociada que evite escaladas que pongan en riesgo la seguridad internacional», y reclama la acción de las organizaciones multilaterales.

El viernes el gobierno había indicado que tomaba la situación con «cautela» y que estaba «evaluando los hechos» en Medio Oriente, pero que no aún no tenían «posición», ya que consideraban que el conflicto «no involucraba a la Argentina» y que no era necesaria una declaración urgente. Actualmente se encuentra en Buenos Aires el encargado de negocios de la embajada argentina en Irán, Carlos Salord, que mantiene informada a la Cancillería sobre la evolución de la situación.

La historia de «Clementina», la primera computadora en la UBA

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Manuel Sadosky es uno más de los miles de buenos ejemplos que nos ofrece la historia de la inmigración en la Argentina. Sus padres, ucranianos que debieron huir de la persecución rusa, se afincaron en Buenos Aires en 1905. Allí, don Natalio ejerció la profesión de zapatero, dispuesto a esforzarse para darle a sus hijos un mejor bienestar que el propio. En el caso de Manuel, nacido en 1914, el objetivo se cumplió con creces: el gran matemático fue una de las mentes más brillantes de los agitados años 60.

En 1957, siendo vicedecano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, se encaminó con el decano Rolando García y la profesora Rebeca Guber hacia un proyecto de gran repercusión: dotar a la Universidad de Buenos Aires con la primera computadora. El primer problema a resolver fue dónde conseguir los 400 mil dólares para comprarla. La ayuda provino del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) que entonces era presidido por el doctor Bernardo Houssay, quien no se mostró muy entusiasmado con la idea. Pero algunos amigos en común intercedieron y, de esta manera, gracias al aporte económico de la institución, la facultad pudo iniciar la búsqueda.

Cuatro empresas se presentaron a la licitación: la inglesa Ferranti más las estadounidenses IBM, Remington y Philco. La comisión designada para elegir la computadora adecuada optó por la Ferranti, de Manchester. La sencillez del lenguaje que utilizaba -Autocode-, creado en la Universidad de la mencionada ciudad inglesa, fue una de las importantes ventajas que se tuvieron en cuenta.

La Mercury de Ferranti arribó al puerto de Buenos Aires en noviembre de 1960. El desembarque demandó unas semanas y se armaron algunas partes. De todas maneras, faltaba acondicionar el sitio que se había elegido para su instalación: el segundo piso del Pabellón 1 de la Ciudad Universitaria, que en ese tiempo estaba en construcción. Por fin, el 15 de mayo de 1961, la computadora se encontraba ubicada en su lugar y lista para ser usada. ¿Su medida? El recubrimiento metálico para los catorce gabinetes del procesador más los cuatro que contenían la memoria (de cinco kilobytes) medía unos catorce metros y medio de largo por dos de alto y cincuenta centímetros de profundidad.

Todos se referían a ella como «la máquina». Sin embargo, pronto pasó a tener nuevo nombre. Se la llamó Clementina debido a que vino preparada para ejecutar, con sencillos bips, la canción «Oh my darling Clementine», muy popular en Inglaterra aún hoy que su música sigue oyéndose en los estadios de fútbol. En Buenos Aires, el gusto iba en otro sentido: fue programada para ejecutar ciertas óperas y «La Cumparsita».

Una profesora llegó desde Manchester para ofrecer un curso de cinco días a los encargados de diseminar el conocimiento en nuestra tierra. Ante el entusiasmo general, se fundó el Instituto del Cálculo, donde Clementina fue la herramienta vital. Según los expertos, la máquina resolvía en un segundo lo que a cualquier humano le demandaba una hora y media.

Así fue como Clementina se convirtió en la eficaz auxiliar de los especialistas en matemática aplicada. Realizaba cuentas matemáticas para establecer pautas en el sistema de ahorros y préstamos, para el estudio de los ríos patagónicos, para resolver cálculos astronómicos, por ejemplo, para establecer la órbita del cometa Halley. Unas cien personas trabajaban con «la máquina», bien dispuesta a efectuar censos comerciales, análisis del funcionamiento de reactores nucleares, investigaciones cardiológicas y traducciones, como ser del ruso al español.

El envión dado por Clementina en el mundo universitario (ya se usaban algunas computadoras en empresas), llevó a que la Facultad creara, en 1963, la carrera de Computador Científico. Por su parte, la Universidad Católica Argentina compró su propia máquina, a la que bautizaron Carolina.

En 1966, con la caída de Illia y la reacción universitaria ante la decisión del gobierno de facto de intervenir las universidades, los claustros fueron desalojados en la acción represiva denominada la Noche de los Bastones Largos. Sadosky marchó a Montevideo para continuar con el desarrollo de la computación. También allí impulsó la compra de una máquina. Una más de aquellas moles hoy superadas incluso por nuestros teléfonos, pero que iniciaron el fructífero camino de la computación.

Manuel Sadosky en el Instituto de Cálculo trabajando con la computadora Clementina junto a su colega Juan Carlos Angio.

Clementina fue «jubilada» en 1971 luego de diez años de servicio. La tecnología daba grandes pasos y era necesario no perder el ritmo. En esa oportunidad, la revista de La Nación le dedicó a la máquina pionera una extensa nota firmada por Horacio Chaves Paz, titulada: «Una lágrima por Clementina».

Frozen 2: entretenimiento familiero (video)

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Disney estrena la continuación del clásico de animación de las nuevas generaciones. Les ofrezco una pequeña reseña sin spoilers.

Magia, música y familia.

El camino de INVAP – III

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La 1° parte de esta nota está aquí, y la 2° aquí. En esta 3°, se cuenta como INVAP y la misma Comisión Nacional de Energía Atómica se envolvieron en una región muy mentada, el Medio Oriente, como se ganó la ojeriza de una poderosa Cancillería… Pero los que más hicieron para cancelar nuestro desarrollo independiente… habían nacido acá. No es sorpresa.

, Pilcaniyeu, aquel pecado original

En 1983 el gobierno de Raúl Alfonsín, y desde 1989 los dos de Carlos Menem literalmente destruyeron a la CNEA, comprador fundacional de tecnología de INVAP. Así, dejaron sin ingresos a esta Sociedad del Estado rionegrina, que sólo vive de su facturación. Peor aún, Menem pulverizó minuciosamente el prestigio que ganado por INVAP como proveedor nuclear en Medio Oriente y el Magreb, algo que Alfonsín había respetado. Menem no.

A pedido de EEUU, Menem en 1990 detuvo en el puerto de Escobar un embarque de tuberías, compresores, filtros y sistemas. Eran componentes de una planta química para transformar mineral uranífero molido en “yellow cake”, polvo amarillo de dióxido de uranio. En un segundo embarque, también parado, estaban los componentes para fabricar una planta piloto de manufactura de combustibles para un reactor de investigación. Factura total: U$ 25 millones de 1990, equivalentes a 49,81 millones de hoy.

No se hacen armas nucleares con “yellow cake” ni los combustibles de reactores definen una pelea, salvo usados como garrotes. Ambas operaciones eran lícitas, ambas instalaciones serían civiles y todo debía construirse bajo salvaguardias, vigilancia y garantías del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Pero el cliente era el nuevo Irán integrista, que ya no era tan nuevo.

Aquel país cambiante supo ser ocasional vedette del comercio exterior argentino. Por ejemplo, ya en tiempos del Ayatollah Khomeini, Irán fue el mayor comprador de trigo de aquella Argentina poco sojera del gobierno de Raúl Alfonsín, es decir desde que la URSS ya no pudo pagarnos más y dejó de comer pan, y se desintegró.

Pero no sólo de pan vive el persa. La infraestructura nuclear académica iraní para formación de recursos humanos, especialmente el pequeño reactor TRR de la universidad de Teherán, o TRR, fueron construcción supervisada de Humberto Ciancaglini, de la CNEA, y su equipo de argentinos. Eso fue en épocas del presidente Arturo Illia, arrancando en 1966.

El TRR, Reactor de Investigación de Teherán, que la Argentina construyó en 1966 y rediseñó y reconstruyó a nuevo en 1987 a pedido del OIEA y bajo su supervisión.

En 1973 el contraalmirante Oscar Quihillalt, presidente saliente de la CNEA, reemplazó a Ciancaglini, sin despeinar a nadie en Teherán. La Iran Atomic Energy Organization (IAEO) y su director, el físico Akhbar Etemahd, le tenían tanta confianza a la CNEA como constructor y asesor que hasta nos pidieron ayuda a nosotros, argentos sólo duchos en uranio natural, para negociar en Europa la compra de centrales nucleoeléctricas de uranio enriquecido y agua liviana. Y eran grandes en serio: las 2 de Bushehr se firmaron con KWU-Siemens, y 2 más en Ahvaz a Framatome, de Francia, sumaban más de 4000 MW. El Shah de Persia, Rehza Palevi, era un monarca ilegítimo y brutal puesto por un golpe de la CIA y que gobernaba con la Shavak, la Policía Secreta. Pero tenía chequera.

La insurrección popular que en febrero de 1979 derribó al Shah degeneró, meses después en la construcción de otro estado ni un pelo menos policial: la República Islámica. Pero cuando ocurrió aquella revuelta, Quihillalt y los suyos habían regresado a sus pagos criollos por otras causas. Y es que en forma previa a ser tumbado de su trono, Rehza Palevi había echado de su cargo a Etemahd, impuesto un cambio de rumbo antieuropeo en la IAEO y firmado la compra de 8 centrales estadounidenses.

Tras derribarlo, medio asombrados aún por su emergente poder, los mullahs del Ayatollah Khomeini descubrieron que eran tan expertos en generar neutrones como la CNEA en interpretar el Corán. ¿Con quién hablar? Lejos de quedarse a completar Bushehr, la germánica muchachada de KWU-Siemens se había fugado en automóvil hacia Siria con la Guardia Islámica persiguiéndolos a través del desierto, al parecer por algunas cuentas que no cuadraban en la obra de Bushehr (o eso dijeron en la IAEO). Las 2 unidades de aquella megacentral tenían, promedio, un 80% de avance de obra.

Los devotos del Ayatollah Khomeini se tomaron una década en tratar de rescatar la relación con Argentina. De movida, no hubo tiempo: al toque de asumir ellos el poder, la OTAN les armó una guerra con Irak, que tardó 8 años y 2 millones de muertos en apagarse, en 1988, sin ganadores. Cuando volvió a reinar cierta paz de cementerios en la zona, a los mullahs les resultó una locura dejar 2000 MW casi terminados sin inaugurar. Además, debían hacerse reparaciones: Bushehr había recibido todo tipo de atenciones por parte de la artillería y la aviación irakíes. Si hay que juzgar la ingeniería nuclear alemana por su fortaleza, tanta bomba y misilazo no habían logrado daños irreparables en Bushehr, y no por no tratar.

Para no tener que negociar con “aquellos tramposos”, y para que los alemanes (que todavía se llamaban “Occidentales”) no tuvieran que mostrarse ante las cámaras con “aquellos barbudos medioevales”, ambas partes se valieron de la CNEA como intermediario. En Teherán los argentinos habían dejado buena obra y buena imagen, y por otra parte la CNEA de los ’80 estaba asociada a Siemens en ENACE, aquella empresa mixta que diseñó y estaba construyendo Atucha II, o más bien tratando.

Para no irritar a EEUU y comprometer un poco al resto de la UE en la movida, Siemens (que sin su Cancillería sería un quiosco) se reservó la parte del león, subcontrató a ENACE e INVAP y sumó a otra asociada española, Endesa. Esa firma había suministrado parte de los componentes de la central nuclear de Trillo, una típica PWR de Siemens.

Una de las 2 unidades de la central nucleoeléctrica Siemens de Bushehr, en Irán, terminada con décadas de atraso por la rusa Rosatom.

En 1985, aún antes de terminar su guerra con Irak, la nueva jefatura nuclear de Irán se bajó hasta estas pampas a ir emparchando relaciones con la CNEA y obtener de ENACE una evaluación de daños en Bushehr. En 1988, ya en paz, el nuevo e islámico director del IAEO, Dr. Rehza Amrollahi, volvió a Buenos Aires y se quedó paralizado cuando la Dra. Emma Pérez Ferreira, a la sazón recién puesta al frente de la casa le tendió la mano para saludarlo. Ups. ¡Una mujer! ¿Cómo tocarla, si no usaba velo y ni siquiera era su hija, su madre o estaba casada con él? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Momento difícil para navegar sin champagne, además, a puro canapé, café, té, y firmando papelitos con sonrisas pétreas.

Lo que se firmó eran dos cosas, una que convenía a EEUU y otra que no. Se hizo la primera.

La que no convenía a EEUU era la terminación de Bushehr, porque a contramano de la física, para el State Department una central núcleoeléctrica “es proliferante”, es decir serviría para fabricar armas nucleares cuando el vendedor es independiente (como nosotros), el comprador, antipático (como Irán) y de yapa, el producto es ajeno (como una máquina Siemens).

Las centrales nucleares no sirven para fabricar plutonio 239 “grado bomba” porque lo sobreirradian. Cuando en 1974 el New York Times, repitiendo paparruchadas de un “think tank” estadounidense, aseveró que Atucha I nos abría la puerta para “la bomba”, el reactorista argentino Jorge Cosentino retrucó que sí, efectivamente, la centralita fabricaba 100 kg. diarios de plutonio. Pero, añadió, lo “quemaba” casi todo en tiempo real, y además era del tipo equivocado de plutonio (con abundancia de los isótopos 240, 241 y 242, inútiles por hiperfísiles). Para obtener plutonio 239 de pureza militar, se tendría que extraer del núcleo de la central no un único elemento combustible, el más gastado, por día, sino uno “casi crudo” y cada hora.

¿Por qué con tanto petróleo como tienen los iraníes querían terminar Bushehr? Para exportar más crudo y así reconstruir un poco su descuadernado país. ¿Y por qué queríamos terminarla nosotros? Porque la mejor salsa es el hambre. En su nuevo integrismo religioso, Irán ya no era un país en el cual la vida cotidiana fuera grata para el ingeniero nuclear argentino tipo. Pero con Atucha II atrancada en un interminable “stop and go” porque Economía no soltaba un austral, con tal de facturar horas/hombre de ingeniería en dólares, ENACE e INVAP habrían agarrado trabajo adonde pintara. Estaban perdiendo recursos humanos día a día.

Sin embargo, cuando ya se estaban anotando los viajeros, un oportuno llamado de Cierta Embajada detuvo a cierto canciller llamado Dante, de cuyo apellido no quiero acordarme (pero terminaba en Caputo). Por eso Bushehr la terminaron los rusos. A eso en EEUU y aquí lo pagan como diplomacia.

“Otro pisotón más en las manos e INVAP se cae, por fin”, habrán dicho en el edificio Harry Truman de C Street, Washington DF. Allí trabajan unos 8000 tipos sumamente profesionales, cultos, memoriosos y expertos en llamar por teléfono o escribir “white papers” sin membrete ni firma, pero con instrucciones clarísimas y corteses. Meet the State Department crowd, dear reader!

El edificio Harry Truman del State Department, la cancillería de los EEUU.

Sólo se logró salvar la parte de lo firmado que esos buenos muchachos llaman “antiproliferante”. De modo que en 1987 INVAP rediseñó y reconstruyó a pleno el TRR, el reactor de Teherán, aquel TRIGA estadounidense de 5 MW construido entre 1966 y 1967 por Ciancaglini.

Originalmente, como todo reactor anterior a los años ’80, había funcionado con uranio enriquecido al 90%, grado militar, pero desde su puesta en marcha Irán no había comprado más combustible estadounidense. Ahora había que adaptarlo a uranio civil enriquecido al 19,7%, “grado reactor”, militarmente inútil. Eso implicaba un núcleo sustantivamente más voluminoso, hecho de 80 barras, y grandes cambios en los sistemas de refrigeración, en las celdas de irradiación y en las barras de enclavamiento.

Obviamente la muchachada del Truman no levantó siquiera el teléfono: esa política de reconversión de reactores en el Tercer Mundo, pagada en casi U$ 6 millones por el OIEA, había nacido en… sí, el mismísimo edificio Truman. Donde no querían uranio militar en el Tercer Mundo, y menos que menos en aquel nuevo Irán.

Y aunque estábamos trabajando realmente para Washington, la gente del Truman logró que nos fuera muy difícil conseguir 116 kg. de uranio enriquecido grado reactor: no estábamos ni estamos en condiciones de producir esa partida en nuestra pequeña planta de Pilcaniyeu. Lo proporcionó de nuevo la URSS, todavía emperrada en existir.

Finalizando los ’90 INVAP estaba demolida por la pérdida de todos sus mercados. La CNEA no encargaba ninguna obra de ingeniería desde 1983. Pero en Medio Oriente no lograba afirmarse, y máxime tras el traspie iraní. Esta historia la cuenta mucho mejor aquí el Dr. Diego Hurtado de Mendoza, Secretario de Políticas y Planeamiento del MinCyt.

Entre 1988 y 1993 el embajador Adolfo “Chinchín” Saracho, radical de los de antes (patriota), había logrado entusiasmar a Turquía con la central nuclear compacta CAREM. Era una máquina de potencia demasiado baja para la rampante demanda eléctrica industrial turca. Pero si había casorio de la tecnología de INVAP con la red turca de comercio exterior en Medio y Lejano Oriente, así como en África del Norte, esas centralitas se venderían como pan caliente.

En 1988 eso me dijeron, entusiasmados, los 4 partidos políticos turcos con representación parlamentaria, incluido “El del Justo Sendero”, la entonces pequeña fracción integrista de un tal Recep Tayyip Erdohan. Me lo decía también el presidente socialdemócrata de la TAEK (Autoridad Turca de Energía Nuclear), me lo decían las temibles FFAA locales, me lo aseguraban los dueños de los multimedia y también los servicios de espionaje, unos tipos con demasiada pinta de ser del oficio.

A Saracho, en la minúscula embajada argentina en Ánkara (doy fe, viví allí un tiempo) lo espiaban la CIA, el SIS inglés, el BND alemán, la DGSE francesa, nuestra SIDE, la consabida KGB, sus propios colegas y obviamente los turcos. Pero estos también lo mimaban como a una gallinita que ha prometido poner huevos de oro.

¿Cómo siguió la historia? No siguió. Se explica con una palabra capicúa: Menem. “E´ Nesario” incumplió la propuesta base del parlamento turco: dado que el CAREM tenía una ingeniería bastante audaz para los ‘80, tanto Turquía como Argentina debían clonar un prototipo en sus respectivos territorios. Onda: “Si no funciona bien de movida, que no seamos los únicos en quedar como unos bobos”.

El Parlamento turco votó apartar una suma de U$ 180 millones para ello (hoy serían U$ 400 millones), pero el nuestro jamás discutió siquiera el asunto. Aquí, sospechosamente, del CAREM no hablaba nadie. Sus correligionarios y nuestros medios estaban acuchillando silenciosamente a mi amigo Saracho por la espalda. Pero lo peor vino después, con El Capicúa.

Apartando enteramente de la negociación a INVAP, el presidente Carlos Menem puso al frente de la CNEA al Dr. Manuel Mondino. Éste tomó las riendas del negocio y estuvo 3 años bardeando a los turcos con demoras inexplicables y pedidos desmesurados, incluso en ese país donde hace 10.000 años y con otras fronteras, banderas e idiomas, fueron inventadas simultáneamente la escritura, el comercio entre estados y la coima. En 1993 los turcos se fueron de la Argentina con un portazo final. Hoy ellos también compran centrales nucleares rusas. En el edificio Harry Truman se habrán escuchado las carcajadas: “¡Con Menem somos ‘innesarios’!”.

La sala de control del reactor ETRR-2 de Egipto, entregado por INVAP en 1998, en la última visita del recientemente fallecido director del OIEA, Yukiya Amano.

Tras perder a la CNEA, a Turquía y a Irán en sucesión, INVAP tuvo que optar por la mutilación o el cierre. De 1300 personas que INVAP tenía en 1989 (todos expertos nucleares y tecnológicos, con apenas 50 administrativos), echó a 1000. Se quedó con 300 espartanos, a las que les pagaba cuando se podía, en general con bonos propios sin valor de compra ni en los supermercados de Bariloche.

En 1994 la llegada del exfundador de INVAP, Franco “El Petiso” Varotto a la dirección de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE, no confundir con CNEA), salvó a INVAP de quebrar aquel año. Lo hizo dándole la obra de un primer satélite de observación terrestre, el SAC-B, que representó una inyección de U$ 15 millones. INVAP de satélites no sabía nada, pero aprendió rápido. Luego seguirían otros 2 satélites, SAC, el A y el C, pero INVAP sólo lograba respirar en serio cuando ganaba alguna licitación nuclear, como la del reactor ETRR-2 en Inshas, Cairo, Egipto.

En 1998 ese reactor ya estaba funcionando, los egipcios, razonablemente contentos e INVAP de nuevo sin un mango y viviendo a salto de mata, entre satélites y contratitos petroleros e informáticos aquí y allá. Los 300 invapios espartanos cobraban poco pero salteado, trabajaban “por la camiseta”, y devorados por aquella empresa sin horarios o fines de semana, se divorciaban como estrellas de rock, pero con menos plata y menos prensa.

El gobierno de la Alianza fue mucho peor. El Parlamento, ablandado por el lobby del extinto presidente de la CNEA, Dan Beninson, y luego por Aldo Ferrer, el 27 de Septiembre de 1999 votó por ley 25.160 la alocación del equivalente en pesos de U$ 163 millones para la construcción del CAREM. Pero luego de Ferrer el director de la CNEA fue el exsecretario de Energía de Alfonsín, Dr. Jorge Lapeña (sí, el de los apagones de 1988). Lapeña decidió no gastar aquella partida hasta no recibir “un estudio imparcial” de factibilidad comercial. ¿Lapeña podía incumplir así una ley nacional? Al parecer, sí: lo hizo.

Como el estudio le salió mal (auguraba buenas ventas del CAREM) Lapeña mandó a hacer un segundo estudio: mismo resultado. Entonces mandó a hacer un tercero, que también le resultó contrario, es decir a favor del reactor. Pero a esa altura, el valor de la partida en dólares ya se había evaporado, el peso nacional y el presupuesto también.

Y la Alianza se iba de la Casa Rosada en helicóptero, dejando debajo un país en llamas.

(Concluirá mañana)

Daniel E. Arias

EE.UU. mata al general iraní Qassem Soleimani. Las posibles consecuencias

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La noticia está, naturalmente, en todos los medios, con detalles, imágenes … y operaciones de propaganda. En AgendAR nos limitamos a repasar brevemente los hechos, y aventurar las que pueden ser, en nuestra opinión, las consecuencias en el futuro cercano.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó matar al general iraní Qasem Soleimani, quien murió en un ataque en Bagdad, según informó el Departamento de Defensa de los EE.UU. el mismo jueves del hecho a la noche.

Por orden del presidente, el ejército estadounidense ha tomado medidas defensivas decisivas para proteger al personal estadounidense en el extranjero al matar a Qasem Soleimani, anunció en un comunicado. Minutos antes, Trump había tuiteado una bandera estadounidense.

Entre las víctimas del ataque está, según los medios europeos, además del general Soleimani, el líder del Hezbolá libanés, Muhammad al-Kawtharani y responsable de las relaciones públicas de las fuerzas pro-Irán, uno de los más altos rangos en la organización. También cayeron cuatro iraquíes y tres libaneses.

En las últimas horas hubo un nuevo ataque aéreo de EEUU al norte de Bagdad. Los blancos habrían sido un líder religioso chíita y un comandante de las Fuerzas de Movilización Popular, un célula paramilitar pro iraní.

El New York Times sugiere que el general Soleimani era visto por algunos como un potencial futuro líder de Irán. Lo que es cierto es que era un líder militar admirado en su nación. Y sus máximas autoridades han prometido vengarlo.

Ahora, la República Islámica de Irán es una potencia regional, con potencialidades, y debilidades, distintas aunque comparables a las de las otras tres: Turquía, Israel y Arabia Saudita. Pero no está en condiciones, ni remotamente, de infligir un golpe militar considerable a los Estados Unidos.

La otra Gran Potencia involucrada en la región, Rusia, no ha dado señales de estar dispuesta a interponer sus fuerzas militares en la defensa de objetivos iraníes. Si lo hiciera, esto modificaría la situación militar de como aparece a primera vista. EE.UU. también se ha cuidado de tener choques directos con los rusos. Pero hasta ahora, salvo declaraciones de preocupación y un diálogo con Macron, Putin no ha dado otras señales.

China se nos ocurre que es un espectador interesado pero lejano. Esto quedará confirmado si se mantiene la fecha del 15 de este mes para la «fase uno» del arreglo comercial que firmará con los EE.UU. En todo caso, poco puede resultar más conveniente a China que su gran rival se comprometa más en el pantano del Medio Oriente.

Por esos motivos, es que el peligro de una guerra generalizada nos parece poco más que un fantasma mediático. El asesinato de Soleimani no tendría consecuencias más graves que la invasión de Irak en el 2003. Que provocó, directa o indirectamente, catástrofes humanitarias sin precedentes en Irak y Siria, pero no modificó en forma apreciable el balance de poder mundial.

Atención: nos referimos hasta aquí al peligro de una guerra convencional, que no se extendería, a nuestro entender, fuera de la región. Pero Irán es una nación orgullosa, con más de 82 millones de habitantes, con una fuerte identidad cultural y nacional. Es muy probable que use las armas de la «guerra asimétrica», del terrorismo, como también usan sus enemigos. Todos los países del mundo deben estar preparados para un escenario así. Como el que hemos vivido ya por décadas, pero más.

En cuanto a las consecuencias económicas de esta escalada del conflicto entre EE.UU. e Irán, el aumento del precio del petróleo, y del oro, han sido automáticos y muy previsibles. Pero el primero no será lo bastante alto para afectar la economía global (más de lo que ya está). Salvo que se interrumpa el suministro del petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz, y aún así no representará una catástrofe económica. El siguiente cuadro refleja con claridad la situación de los principales proveedores.

A. B. F.

Un equipo argentino desarrolló un reemplazo biológico de agroquímicos

Con el avance de la tecnología el agro fue incorporando cada vez más herramientas que benefician y agilizan los procesos del sector. En ese sentido, la implementación de productos biológicos en contraposición a los químicos es una novedad que ya pisa fuerte en varios países del mundo.

Una de las revelaciones de este año en el mercado local es Howler, un producto biológico creado por un equipo argentino cuyas muestras comenzarán a distribuirse por el mundo. El equipo estuvo liderado por un grupo de científicos del Conicet, en conjunto con la Estación experimental Obispo Colombres de Tucumán y la Universidad de Tucumán; luego, Summit Agro Argentina -una subsidiaria de la japonesa Sumitomo Corporation Group- se encargó de realizar el desarrollo global.

«Adoptar esos productos eco-friendly toma tiempo, pero la tendencia llegará [a la Argentina]», señaló el gerente general del Departamento de AgriScience de Sumitomo Corporation Group, Kazuma Suzuki, en su visita al país. Suzuki se refirió a la creación de Howler, un producto para vacunar cultivos y activar el sistema de defensa de las plantas, y contó cuáles son los planes de la empresa en el mercado agropecuario.

-Llegaron al país en un momento difícil.

Sí, Summit Agro Argentina se instaló acá en octubre de 2001, un momento muy difícil para el país en lo económico. Pero, gracias al gran esfuerzo del equipo, la compañía siguió creciendo año a año. Nuestro crecimiento aquí es más grande que el del mercado. La agricultura es el corazón de la economía y de la industria argentina. Así que tanto Summit Agro Argentina como la casa central de Sumitomo Corporation Group tiene un gran compromiso con vuestra economía.

-¿Cómo describiría el negocio de Sumitomo Corporation Group?

Históricamente, Sumitomo Corporation era una empresa de trading que cubría un enorme rango de industrias: metales, infraestructura, recursos naturales, medios, químicos, alimentos. Pero ahora nos gusta tener un rol de creadores. Generamos valor y prosperidad en diferentes industrias mediante muchas inversiones globales. Ya no solo se trata de comercio, sino también de manufactura, marketing, etcétera.

-¿Qué importancia tiene el negocio del agro dentro de Sumitomo?

Tenemos una larga historia en el negocio del agro. Empezamos en 1960 exportando productos japoneses a todo el mundo. Y hoy, debido al crecimiento de la población y a la importancia de la seguridad alimentaria, la agricultura es una de las industrias claves en las cuales nos estamos enfocando.

-¿Cómo ven a la región desde el Departamento de AgriScience?

Hoy, la facturación de nuestra unidad de negocio del agro tiene un valor de 2,4 billones de dólares norteamericanos. De ese total, podría decir que el 30% viene de nuestro negocio en América Latina, así que es realmente muy importante y nos gustaría poder seguir haciendo crecer nuestras ventas en el futuro.

-¿Llegan desarrollos tecnológicos exclusivos para la Argentina?

Nosotros somos una empresa que desarrolla tecnología a través de inversiones o convenios con empresas de R&D, principalmente de origen japonés, pero además, a través de nuestra presencia global, estamos en la búsqueda de nuevas tecnologías como fue el caso de Howler.

Enfocamos nuestro desarrollo en productos de protección de cultivo ambientalmente amigables, ya sean de origen químico o biológico y también cada vez más hacia la digitalización de servicios, por eso esperamos seguir aportando valor y soluciones concretas a los productores argentinos como lo hemos venido haciendo desde que se creó la empresa en Argentina.

-¿Cuáles son los problemas que deben enfrentar los productores argentinos?

Hay problemas como el tipo de cambio o la reciente inestabilidad. Lo observamos muy atentamente desde Japón. Pero creo que siempre tenemos que mirar hacia el futuro y no solo a corto plazo. Argentina siempre ha logrado superar las dificultades. Por eso, aunque en este momento sin duda hay dificultades, yo no me preocupo demasiado a largo plazo. Argentina es uno de los mercados prioritarios para el negocio del agro.

-¿Qué está ocurriendo con el negocio de los productos biológicos?

Aunque ahora vivo en Tokio, durante los últimos seis años estuve en Europa liderando nuestro equipo de Sumitomo Agro Europa. Y allí la dirección hacia las soluciones biológicas es muy clara, especialmente en Francia, España e Italia. Y acá en América también, en países como Chile, México o Estados Unidos. Muchas empresas ya están, gradualmente, apropiando soluciones biológicas de control. Utilizan soluciones químicas tradicionales y soluciones biológicas. Hoy, nuestra facturación en la actividad global de soluciones biológicas es de 35 millones de dólares. Nuestra idea es llegar a 100 o 120 millones, lo cual sería un 5% del total de nuestras ventas.

-¿Y en la Argentina somos más «conservadores» con este tipo de soluciones?

Depende un poco de nuestros colegas el iniciar o promover nuevas soluciones. Pero sí. Adoptar esos productos eco-friendly toma tiempo, pero la tendencia llegará. Esto no significa que ignoramos a los químicos, de ninguna manera, utilizamos químicos pero, gradualmente, tenemos que migrar hacia las soluciones biológicas

-¿Hay aportes tecnológicos argentinos?

Sí, claro. Se firmó un acuerdo global para desarrollar una tecnología creada por el Conicet, la Universidad de Tucumán y la estación experimental Obispo Colombres de Tucumán. Es un tecnología biológica, un producto de vacunación [llamado Howler] que se lanzó este año en Argentina para cereales de invierno y el cultivo de soja. Y el año que viene se van a estar distribuyendo muestras alrededor del mundo para iniciar el desarrollo en una gran diversidad de cultivos.

-Para concluir, ¿qué planes tienen para los próximos cinco años?

En primer lugar, tenemos una estrategia para priorizar ocho países: Argentina, Brasil, Rusia, Ucrania, México, Estados Unidos, Turquía e India. Vamos a concentrar recursos e inversiones en ellos. Luego, en lo que respecta a nuestro negocio agro, el «bio cambio» va a ser muy importante en muchos países, incluyendo la Argentina. Así que nuestro objetivo es tener el mejor servicio y cuantas soluciones sean posibles, no solo en agroquímicos sino también en productos como semillas, fertilizantes o incluso servicios tecnológicos. Esa es nuestra dirección.