El manejo de la pandemia en Argentina: qué se hizo bien; qué se hizo mal. Qué se propone

De Daniel Feierstein publicamos hace dos meses un diagnóstico duro de la situación y hace una semana 22 consejos breves que aportó para manejarla. Ahora, cuándo todos estamos preguntándonos qué pasó y cómo sigue, nos parece oportuno este reportaje que le hace NexCiencia. Para que no nos acusen de favoritismo, al final agregamos un cuestionamiento de Daniel Arias a algunas de sus conclusiones.
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Daniel Feierstein cobró notoriedad en los últimos meses por analizar desde una perspectiva sociológica los problemas que enfrenta la estrategia oficial para frenar, de manera efectiva, los contagios de COVID-19.
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“Si uno se pregunta: ¿qué se hizo mal desde el punto de vista médico? La respuesta es que no se hizo nada mal. Los tratamientos avanzan, se pertrechó a los sistemas de salud, se agregaron camas, se compraron respiradores, se invirtió en equipamiento, en edificios. La clave para entender cómo, luego de haber empezado tan bien, estamos terminando tan mal, es de carácter eminentemente sociológico”, afirma con vehemencia Daniel Feierstein, doctor en Ciencias Sociales, investigador del CONICET y director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la UNTREF.
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Desde los inicios de la pandemia, Feierstein viene alertando sobre la necesitad de incorporar una mirada desde las ciencias sociales a la hora de diseñar e implementar las estrategias oficiales para enfrentar al coronavirus. En las últimas semanas, algunos de sus hilos en Twitter en los cuales se preguntaba “¿por qué fracasan todas las estrategias para frenar los contagios?”, se hicieron virales y superaron los 10 mil retuits.
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El sociólogo fue marcando algunos errores cometidos por el gobierno y también diferentes características de nuestra sociedad que le imponen obstáculos y límites a las políticas oficiales. Algunas de ellas se encuentran en plena disputa. “Un problema importante es que no estamos aceptando como sociedad ninguna posibilidad, aunque sea ínfima, de redistribución de la riqueza para enfrentar la pandemia y sin ninguna forma de redistribución de la riqueza cualquier medida sanitaria es imposible”, sostiene. Y avanza: “No se le puede pedir al sector gastronómico o a los gimnasios que se fundan, también es necesario acompañar a los sectores más vulnerable que reciben el IFE. Para poder hacerlo, el Estado tiene que tocar ciertos intereses y establecer contribuciones extraordinarias sobre los sectores más ricos o los exportadores que pudieron seguir trabajando normalmente en medio de la crisis”.
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Como especialista que se dedica desde hace 30 años al estudio de los genocidios y otras violencias estatales masivas, Feierstein trató de llamar la atención sobre un mecanismo que puede guiar la acción de las personas y que resulta muy habitual en las situaciones de catástrofe: la negación.
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– ¿En qué consiste el concepto de negación y cómo opera en este marco de pandemia?
– Dentro de un universo amplio de los comportamientos sociales y su vinculación con una situación de crisis, como implica una pandemia, traté de iluminar uno que me parecía muy importante para entender la situación actual, que era entender el peso que pueden tener los procesos de negación, su estructuración en representaciones negacionistas y cómo eso podía ser consolidado, por alguna de las acciones planteadas. El proceso de negación no es una disfunción, es una estructura protectiva de nuestro aparato psíquico que lo que hace es evitar que tengamos acceso al registro de circunstancias que pueden poner en riesgo nuestra subjetividad. En algunos casos puede funcionar bien. Ahora, en circunstancias de crisis, cuando estamos confrontados con el riesgo de nuestra propia muerte, la de seres queridos y, sobre todo, la ruptura radical de nuestra vida cotidiana, esos mecanismos de negación se pueden volver particularmente dañinos porque nos impiden observar una realidad y, por lo tanto, nos impiden actuar para enfrentar esa situación y nos ponen en peligro. Y eso se estructura con la racionalización de esa forma de negación, que da lugar a un fenómeno de negacionismo, que es cuando tratamos de construir sentidos que ratifiquen esa negación. Entonces, surgen las teorías conspirativas, «la pandemia no existe», «los muertos no son tantos», «la letalidad no es tan alta como dicen», «a mí no me va a tocar», «esto afecta a la gente mayor», distintos mecanismos que aparecen para darle una racionalización a ese proceso de negación.
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– ¿Cuáles creés que fueron las acciones del gobierno, durante la gestión de la pandemia, que reforzaron este proceso de negación?
– Yo suelo decir que se sobreestimó el pánico y se subestimó la negación. El pánico puede ser una conducta problemática, puede provocar acciones desesperadas y libres de toda normatividad. Uno lo podría haber pensado para las primeras 48 horas después de decretado el aislamiento, el temor a que la gente se arrojara a los supermercados a pertrecharse de comida y provocar desabastecimiento, por ejemplo. Pero después era obvio que el mayor problema no iba a ser ese. Mas bien hemos visto lo contrario, no aparece el miedo que debería aparecer, el miedo saludable ante semejante nivel de muertes y de contagios y, por el contrario, el sentimiento dominante ha sido la negación muy alimentada por el discurso tranquilizador. Porque si yo estoy en un estado de negación y tengo una autoridad que me dice que está todo controlado, este tipo de lenguaje que tiende a alejar el pánico y a recomponer tranquilidad ratifica la negación. Otro elemento que sirvió para ratificar la negación es que faltó un acompañamiento simbólico del discurso, que es lo que en comunicación se llama transmisión no verbal, que suele ser mucho más potente que la transmisión verbal. Yo te puedo pedir que te cuides pero, si te lo estoy diciendo mientras hablo con un periodista en un estudio cerrado, los dos sin barbijo y sin distancia, te estoy dando un doble mensaje que también sirve como ratificador de la negación. Esto es, me están diciendo algo pero ni ellos lo creen, porque ni ellos lo actúan. Ahí hay un componente muy importante para entender por qué cobra tanta fuerza la negación. Y, por último, te señalaría la falta de planificación estratégica, lo que podríamos plantear como un cierto incumplimiento de la palabra pública. Si yo te digo que vamos a aislarnos por X cantidad de días pero después te extiendo los días, y después lo extiendo de nuevo y de nuevo, entonces, en esa extensión, pierde credibilidad esa palabra porque ya sabemos que esos días no son tales, porque no sabemos dónde está el final y entonces se va generando una situación de agobio, de cansancio, de hartazgo que tuvo que ver con esta falta de explicitación de un plan estratégico. Que además, cuando se estructuró, tuvo diversos problemas.
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– Resulta paradójico que mientras el gobierno brindaba un mensaje tranquilizador -como vos lo caracterizás-, había periodistas y políticos que consideraban, por el contrario, que se desplegaba un mensaje del terror y que era un herramienta para manejar a la sociedad con fines oscuros.
– Eso es muy interesante. Efectivamente, aparecen determinados sectores políticos y determinados medios de comunicación planteando un negacionismo ideológico articulado, ya no es un proceso de negación psíquico sino de otro tipo. Yo recuerdo una frase de Jorge Asís que me impactó mucho, muy reiterada durante todo un mes, que hablaba de “muertos imaginarios”. E incluso decía que no iba a haber más de 500 muertos en 2020 por la pandemia. Me llama la atención la impunidad porque debería haber, aunque sea, un reconocimiento público de su falta de respeto a las familias de los fallecidos, para las cuales los muertos no son imaginarios. Pero, al mismo tiempo, apareció desde algunos especialistas también, un discurso “terrorista” en un sentido contrario que hablaba de bombas virales. Y esas bombas virales no ocurrieron nunca y eso también fortaleció el negacionismo. Me acuerdo del día en que se abrieron los bancos y salió todo el mundo a la calle y se hicieron largas colas. Eso era una bomba viral y Buenos Aires iba a entrar en una situación como la de Brasil. Pasaron quince días y eso no ocurrió. Cuando se autorizan a los runners o las salidas de los niños también aparece el mismo discurso y no pasó nada tampoco. Entonces, esas catástrofes nunca efectivizadas fueron muy fuertes para ratificar el negacionismo. Se generó una situación de “Pedro y el lobo” por la cual cuando el escenario se empieza a complicar y se requiere implementar restricciones en al AMBA, en la primera quincena de julio, había un nivel de destrucción de la confianza pública que impidió que esa medida pudiera ser cumplida cabalmente.
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– ¿Cuál es el papel que jugaron la mayoría de los medios de comunicación en esa disputa por el sentido a partir de su sistemático ataque a las medidas de aislamiento?
– Yo creo que el rol fue muy malo pero no necesariamente de un modo tan lineal. Me parece que fue más complejo y más transversal. Más transversal en el sentido de que vos tenías en los medios hegemónicos, quizás, una mayoría de periodistas que empezaron a jugar en esta estrategia de corroer cualquier medida de cuidado pero también había otros periodistas con un discurso mucho más responsable. Y, por otro lado, también tenés periodistas que sí habían jugado una actitud de mayor corrosión, como el caso de Eduardo Feinmann, y que cambiaron su discurso cuando los atraviesa el virus. Me parece que el problema fue más bien otro y fue que muchos periodistas no tuvieron registro de lo que esta crisis producía en ellos mismos a nivel psíquico y, entonces, hubo una transferencia a la audiencia de las propias angustias, hartazgos, temores y negaciones. Es un proceso menos ideológico pero más profundo y que caló muy hondo. Y ahí me parece que el caso más sintomático es Luis Novaresio que ha atravesado momentos distintos en relación con la pandemia desde su terror en el primer mes, hasta su hartazgo a partir de mayo y su enojo a partir de agosto, y en todos los casos transfería a la audiencia lo que le estaba ocurriendo a él y con un nivel de ansiedad que era tremendamente nocivo. Lo que hacía era irradiar ansiedad, angustia, terror. Esto pudo conectar con cierto clima negacionista y me parece que es la tónica más interesante para pensar el rol de los medios.
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– Una situación sorprendente ocurre en algunas provincias donde aumentan mucho los contagios pero hay una fuerte resistencia al cierre de actividades porque dicen que la cuarentena ha sido muy larga y no se aguanta más, cuando en esos lugares, el cierre fue muy breve. ¿Por qué ocurre algo así?
– Ese es un gran problema de la sociología: las representaciones que construimos, a veces, pueden tener grandes distancias con los elementos objetivos de la realidad. Y creo que lo que jugó aquí fue el carácter centralista argentino, donde los medios de comunicación irradian hacia todo el país la situación de Buenos Aires. La mesa política de los tres (Fernández, Kicillof y Larreta), elegida por el gobierno nacional, también reflejaba la situación de Buenos Aires. Ahora bien, el AMBA fue lidiando a lo largo de seis meses con la curva de contagios, tuvo una situación muy mala pero que permitió que el sistema de salud resistiera porque, en ese tiempo, se lo pudo recomponer y reforzar.
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En el interior del país la situación fue muy distinta. Como se logró suprimir el virus por varios meses, los contagios empiezan a acelerarse en el mes de agosto, con lo cual, el crecimiento es infinitamente más acelerado porque ocurre en un momento de apertura. Y, cuando se requiere un nuevo cierre, pequeño, de 14 días para poder volver a suprimir el virus, el clima político atravesado por la grieta, por el negacionismo, por la irradiación centralista porteña, genera una percepción de la situación que lo impide. Y esa es la disyuntiva en que se encuentran los gobiernos provinciales, sean del signo político que fueren. En muchos casos tienen la voluntad de llevar a cabo estos cierres, que hemos denominado cierres selectivos, planificados, intermitentes y, sin embargo, no tienen las condiciones sociopolíticas para poder hacerlo. Esto es producto de una representación de la situación totalmente errada pero absolutamente consolidada de “no vamos a tolerar un día más de restricción”. Y esto está generando una situación catastrófica porque en muchas ciudades del país el sistema de salud puede colapsar. Entonces, Argentina se está acercando a tasas increíbles de muertos, de contagios, de letalidad y poniendo en peligro el sistema de salud, situaciones todas que no esperábamos y que no parecían ser el destino de ese primer abordaje tan interesante del primer mes.
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– Hoy da la sensación de que revertir este clima social es algo muy difícil. Incluso, se percibe al gobierno nacional y a los gobiernos provinciales como resignados ante esta situación. Pero todavía quedan muchos meses por delante hasta que se aplique una vacuna. ¿Qué acciones pensás que se pueden llevar a cabo?
– Yo planteo dos cuestiones que me parecen centrales. Primero, una estrategia de reducción de daños. Creo que se puede lanzar una campaña ya. Y puede conectar con las personas porque el mayor enojo es con la restricción, no con el cuidado. Por eso, implementar cuidados que no impliquen restricción es algo viable. Lo segundo es revertir ese clima construido de degradación de la palabra pública, de negacionismo, de desconfianza con las medidas de restricción. Creo que, en ese sentido, una propuesta de aislamientos selectivos, planificados e intermitentes puede ser un paso superador de lo que hemos vivido, si se presenta bien. Requiere, en un primer momento, trabajar en modos minimalistas, esto es, con cierres de 5 ó 7 días, en lugar de 14 ó 21, que sería lo ideal. Y para que se recomponga la palabra pública se tiene que cumplir con el cierre y, sobre todo, con la apertura. Esto es que un gobierno provincial o municipal, según las necesidades, decida cierres muy cortos donde se vea el efecto positivo del cierre y el cumplimiento de la apertura, que puede ir acompañada de una estrategia de reducción de daños. Porque lo que ratificó el negacionismo y este clima social es observar reiteradamente que los pronósticos no se cumplían. Desde las bombas virales que no explotaban hasta los picos que no llegaban, pasando por las aperturas que no se producían. Y se fue entrando en una lógica donde parecía que la única forma de revertir la restricción era la protesta, era enfrentarse al Estado. Y esto puso a la sociedad en pie de guerra con el Estado que apareció en soledad disponiendo medidas de cuidado que aparecían como excesivas y, sobre todo, que incumplía sus propias promesas. Me parece que eso es lo que tenemos que revertir.
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Un cuestionamiento para la polémica
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El enfoque de Feierstein abre ángulos nuevos de visión y acción. Pero su propuesta de minicuarentenas muy locales y de sólo 7 días podría tener algún sustento político solamente allí donde hay intendentes suficientemente fuertes y distantes de otras ciudades como para cerrar sus partidos a cal y canto. Y eso sólo a condición de que a estos intendentes no se le rebelen la ciudadanía y la policía locales, y que no choquen de frente con sus propios gobernadores.
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Como se darán cuenta, estas 3 cláusulas de exclusión dejan poquísimas municipalidades en el país en condiciones de hacer estas piruetas de frenado y arranque súbito con éxito. Huanguelén, una minúscula ciudad agropecuaria en el Suroeste de la provincia de Buenos Aires ha sido una. Habrá que estudiar si Coronel Suárez, cabecera de partido, 14 veces más numerosa en habitantes y con mucha mayor conectividad comercial, logra hacer lo mismo.
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El punto clave, a mi entender, es que propuesta de Feierstein aplica categorías que describen bien el funcionamiento del aparato psíquico de las personas, pero no tienen sustento geográfico, logístico ni biológico. La pandemia en sus dos primeros meses se manejó muy bien, lo cual nos permitió cruzar el invierno con casi 1/3 de los muertos por millón que tenían vecinos como Chile o Bolivia. Ya despuntando la primavera, estábamos alcanzándolos, con 2/3 de sus números. Probablemente a fines de año los hayamos alcanzado.
No se maneja nacionalmente una pandemia con un puñado de intendentes separatistas, como se pueden ver ahora, aplicando cuarentenas o toques de queda (caso del Partido de la Costa en la provincia de Buenos Aires) a su arbitrio, o por el contrario, declarando abiertas sus ciudades. Algunas de estas medidas anárquicas pueden ser transitoriamente eficaces (ciertamente, no la apertura total), pero distan mucho de un manejo organizado a nivel de regiones o de país. Que, es obvio, debería hacer uso de esa herramienta que liga el «big data» con la cartografía, los Sistemas de Información Geográfica.
Es una de las tecnologías a las que apostaría para recuperar algún control nacional y racional de la crisis. Pero si las directivas emergentes de todos modos fueran desacatadas, por esa erosión de la autoridad al que se refiere Feierstein, ¿qué se debe hacer, entonces?
Lo primero sería no buscar culpables al cuete, aunque sea políticamente redituable. Admitir que a esta altura de los números tal vez esta crisis ya no se la maneja es exponerse a que a uno le peguen, pero se parece bastante a lo que pasa hoy. Es probablemente más honesto confesar que casi todos ignoramos cómo se la podría manejar.
Yo apuesto mi escasa fe a las novedades que puedan aportar la farmacología y las mejoras de la clínica: el muy caro remdesivir no parece haber servido de mucho, en cambio la vieja y barata dexametasona fue un «game changer». Y así, a fuerza de prueba, error y «trials» de doble ciego, la letalidad en el mundo ha ido bajando, pese a la expansión de la casuística. Es un modo de ir tirando hasta tanto pinten algunas primeras vacunas, si son eficaces y de fácil distribución.
Creo que no es la negación lo que fogonea el espectacular incendio virológico del interior. Éste se desparramó desde nuestras grandes megalópolis. Y lo hizo cuando en una de ellas, el AMBA, paradójicamente, la velocidad de contagio venía bajando desde hacía semanas.
Es la logística que hemos ido construyendo durante décadas lo que desparrama Covid-19 por nuestros casi 2,8 millones de km2. Hoy el SARS CoV2 llega a cualquier caserío rural que el INDEC no califica como ciudad con los camiones que trasladan alimentos y combustibles. Hoy son estos vehículos la vía más capilar e incontrolable de contagio a distancia de los pocos municipios que quedan virológicamente prístinos.
A un automovilista lo atajan seguro, pero ¿quién va a parar a hisopar a un chofer que trae comida, o repuestos a una zona sin casos o con muy pocos desde alguna lejana (e infectada) capital? Y si en la ciudad de llegada los bares y restaurantes están abiertos, nadie usa tapabocas y la vida social continúa como si tal cosa porque no hay casos, ¿quién va a impedirle al transportista mezclarse con la gente? Resultado: primeros casos. Luego, incendio.
Éste es un país demasiado grande (el 9no de la Tierra) para la logística residual que heredó de los ’90. Neuquén es un ejemplo de libro: tuvo por décadas uno de los mejores aparatos de salud pública del país, pero hoy las terapias intensivas neuquinas están colapsadas y Neuquén deriva casos graves a Río Negro, que jamás tuvo un desarrollo sanitario comparable.
¿Cómo se pudo haber infectado de modo tan explosivo una provincia de tan alto PBI, pero cuya densidad poblacional promedio es tan baja? Todo en Neuquén se mueve en camión, y lo hace desde y/o hacia unos pocos enclaves de hacinamiento donde el SARS CoV-2 tiene circulación comunitaria, modo elegante de decir que allí te lo puede pegar cualquiera.
A Neuquén, los alimentos llegan desde la Argentina fértil, al Norte. En el Alto Valle, el petróleo y el boom inmobiliario que trajo van desalojando las viejas chacras frutihortícolas. Y los combustibles que salen de las urbes petroleras (Cutralcó, Centenario, Plottier, Zapala), viajan a las refinerías de la Pampa Húmeda como crudo (está la de Plaza Huincul, pero es chica), y vuelven como nafta y gasoil.
¿Qué ciudad chica del país y dependiente en alimentos, medicamentos, combustibles refinados o repuestos mecánicos obliga al camionero a detenerse en un retén para un hisopado, y si sale positivo lo obliga a hacer cuarentena mientras otro colega toma su lugar? Ninguna. Es económicamente imposible: las empresas deberían tener choferes de relevo en casi todos sus puntos de destino. Los números no cerrarían.
Entonces, incluso durante el primer mes y medio de aplicación, cuando la cuarentena nacional se acató casi con entusiasmo y la pandemia pareció que podría acorralarse y reprimirse en unas pocas grandes ciudades, ¿no estaban tendidas, y a la espera, las vías de contagio del interior?
Quien las transitó o vivió en ellas sabe que las ciudades petroleras o mineras son campamentos de trabajo, «boomtowns» grises, precarios y con mucha población de paso, donde la comida es cara y no se cultiva nada ni en invernáculos. Todo viene y va en camión. Ciudades turísticas de fama nacional recostadas hacia el Oeste cordillerano, como Caviahue o Villa Pehuenia, tienen combustible «cuando llegue el camión, vuelva pasadomañana». Debe haber pocos países en el mundo que gastan tanto combustible líquido para mover combustible líquido como el nuestro.
Lo que no resultó esperable era que este derroche logístico, que nadie quiso remediar renacionalizando y reconstruyendo los trenes, fuera a tener consecuencias sanitarias. Faltaba un virus zoonótico respiratorio como éste, de contagio relampagueante, pero con muchos portadores asintomáticos que no se enferman pero sí desparraman, o que empiezan con los síntomas casi una semana después del contagio. Bienvenidos al siglo XXI, lectores.
El transporte de mercancías por riel, allí donde existía, permitía el movimiento de muchas más toneladas con mucho menos personal. Las grandes líneas argentinas, con la Belgrano Norte a la cabeza, abundaban en ramales secundarios y terciarios que aseguraban una logística muy capilar a centenares de ciudades, aldeas y parajes. Los pueblos que pudieron resistir el cierre de la estación pasaron a depender del camión para poder mover sus productos agropecuarios. Hay casi dos generaciones de argentinos que nunca vieron aquellos enormes trenes cargueros que parecían no terminar de pasar nunca.
Y la nueva y mala correlación resultante entre toneladas movidas y personas a cargo de moverlas importa, porque el SARS CoV-2 viaja y se desparrama en los pulmones de los portadores asintomáticos, mucho más que en los «fomites» u objetos contaminados, como se temía en marzo o abril. Hoy se sabe que es la gente la que contagia a la gente, y respirando nomás. Cuanto más gente para mover menos mercancías, más vulnerables nos fuimos haciendo como país.
En tiempos de Perón se nacionalizaron los ferrocarriles ingleses y franceses: el inventario arrojó 48.000 km. de vías férreas en distintos estados técnicos de mantenimiento, pero casi todas en uso, y un parque de locomotoras y vagones de carga medio envejecido, todavía funcional. Fue en los ’60, ’70, ’80 pero especialmente en los ’90, cuando terminamos de reventar un país logísticamente ferroviario para reemplazarlo por uno dependiente del camión, con no más de 9000 km. de riel en uso.
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Vuelvo a la propuesta de Feierstein: cuarentenas intensas pero acotadas en el espacio de algunas municipalidades y el tiempo de una semana. Suena atractivo. Pero fuera de la dificultad política para imponer o dejar suceder algo tan poco federal e inorgánico, sucede que un contagio en el día 1 seguido por un pródromo lento -y eso pasa con frecuencia- permitiría que el portador sano vuelva a circular por el país, y haga los primeros síntomas recién en su nuevo punto de destino. A esa altura dejó un tendal.
Las cuarentenas de 15 días, cuando todavía eran acatadas, no salían de la observación de la psiquis humana sino de la dinámica de la infección. A un virus que, en casos agudos, se toma promedio 20 días desde el pródromo al desenlace, bueno o malo, y que incluye casi siempre una semana de portación asintomática y posible hipercontagio, no se lo ataja encerrando a nadie con una cuarentenita abreviada. Sí, lectores, las pandemias y la libertad se llevan pésimo.
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Vivimos todos a espera del licenciamiento de dos o tres vacunas, en lo posible de distinta base tecnológica, que le compliquen por fin la vida al SARS CoV2. En el interín, la gimnasia cívica que propone Feierstein puede ser un pasatiempo interesante, sobre todo ejecutado con energía. No difiere tanto de ese nuevo culto urbano llamado «la danza y el martillo» muy recomendado a nosotros desde España. Parecen respuestas muy dinámicas. Pero en este país enorme tienen poca demografía detrás, menos logística aún, y con este virus en particular, cero biología.
Daniel E. Arias