La pandemia seguirá pese a las vacunas

La Organización Mundial de la Salud no se mostró en este pandemia como un comunicador eficaz, y su gestión de la misma ha sido más la de observador. Pero en AgendAR rescatamos, ampliamos y compartimos estas advertencias. Son válidas:

La OMS alerta de que esta pandemia seguirá años, pese al despliegue, ya en curso inicial, de distintas vacunas, y que la mejor expectativa a nuestro alcance es que la inmunidad generada por una inoculación persistente dificulte el contagio al deprimir la circulación viral mundial.

Nuestro éxito mayor, dice la agencia, a lo sumo puede ser volverla una enfermedad de baja incidencia. Añade que el Covid-19 no será la última pandemia que enfrentemos este siglo, y ni siquiera la peor. Y subraya que por ello es necesario que los países inviertan para preparar sus sistemas de salud. Advertencia elípticamente dirigida a EEUU, país con más contagios y muertos en el mundo, defensor orgulloso de su carencia de un sistema real de salud pública o de políticas federales al respecto, y que en 2020 abandonó la OMS.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, señaló además que es importante llevar a cabo más análisis genéticos en todo el mundo, para asegurar que se detecten las nuevas variantes del coronavirus.
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Asunto que también debe mirarse en contexto: de un virus SARS CoV2 como el que surgió de Wuhan, China, a fines de 2019, y cuyo rasgo más peligroso es la contagiosidad relampagueante, ya hay centenares de cepas distintas. Al menos 3 (la inglesa, la sudafricana, una italiana) parecen haber perfeccionado su capacidad de transmisión (la británica, hasta en un 70%).
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Y además, la mayor parte de las vacunas ya en despliegue o de licenciamiento inminente, están apuntadas para generar anticuerpos contra un único antígeno viral: la proteína Spike. Como la Spike cumple muy bien su papel de pegarse a los receptores ACE2 de las células respiratorias humanas, resulta la explicación de la contagiosidad extraordinaria del Covid-19, y por ende es difícil que mute mucho. Sin embargo, dado que como todos el género «Corona», el SARS CoV2 funciona con ARN, mucho más mutagénico que el ADN, en las condiciones adecuadas esto podría suceder, y el resultado sería un nuevo Covid capaz de evadir o volver menos eficaz a la mayor parte del arsenal vacunatorio que emplearemos en 2021.
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A punto de cumplirse un año del primer aviso de los casos de neumonía en Wuhan, se han observado nuevas variantes en Reino Unido, Sudáfrica e Italia que parecen ser más infecciosas y que han provocado nuevas restricciones de viajes.
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El doctor Ghebreyesus dijo en una rueda de prensa que habrá “reveses y nuevos retos en el 2021, por ejemplo, las nuevas variantes del COVID-19. Pero el desafío inmediato es cómo ayudar a la gente que está cansada de la pandemia y las restricciones a seguir combatiéndola”.
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La OMS está trabajando de cerca con científicos de todo el mundo para “entender mejor los cambios en el virus” y su impacto”, subrayó Ghebreyesus. Los científicos de la OMS colaboran con sus colegas del Reino Unido y Sudáfrica en el estudio de las nuevas variantes supercontagiosas. No son más letales «per se», al parecer, pero al multiplicar más rápido el número de contagios lo hace indirectamente con la proporción de fallecidos, pese a que es un porcentual a la baja gracias a dos mejoras terapéuticas.
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Una de éstas, establecida hace ya meses en todo el mundo, es el uso de un viejo antiiinflamatorio corticoide, la dexametasona, para mitigar los efectos autoinmunes de la enfermedad grave. Esto ha mitigado la mortalidad en un 30%. La otra -en la que Argentina tiene liderazgo mundial- es el empleo de sueros equinos hiperinmunes, como el de Inmunova, que baja la mortalidad en un 45%. Es una novedad licenciada en diciembre, pero de despliegue nacional (e internacional) todavía limitado, porque la producción en gran volumen está en sus arranques.
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Ghebreyesus subrayó “la importancia de aumentar la capacidad de hacer análisis genéticos (del virus SARS CoV2) en todo el mundo” y de compartir información con la OMS y otros países. Anticipa un enemigo cambiante, contra el que deberá ir adecuando nuestro arsenal terapéutico y vacunatorio inicial, dentro de una lucha que será larga. Es previsible que al toque de vacunarse la gente quiera recuperar su vida anterior, pero lo hará a su riesgo… y el de todos.
Por lo pronto, en los próximos meses, las personas que reciban la vacuna tendrán que seguir tomando las mismas precauciones que hoy abandona alegremente, como el uso de mascarillas y el distanciamiento social.

El futuro de la pandemia

Los especialistas de la agencia de la ONU para la salud insistieron en que las vacunas del COVID-19 ofrecen una luz de esperanza, pero es prematuro hablar del final de la enfermedad.
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Tanto Michael Ryan, director del área de emergencias de la Organización, como David Heymann, del Instituto de Medicina Tropical, creen que es probable que el SARS-CoV2 acabe siendo endémico, con una incidencia baja.
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Parece un objetivo de mínima si se lo compara con la extinción total en la biosfera del virus de la viruela, algo que una OMS mucho más poderosa en medios y más motivada políticamente que la de hoy logró, empezando en los ’50 y con remate en 1977. En lo que iba del siglo XX, esa virosis acumulaba 300 millones de muertos, mínimamente el triple que las 2 Guerras Mundiales, pero más probablemente el cuádruple.
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Pese a este éxito increíble, la virosis siguiente en la lista de enfermedades a desterrar de la OMS, la poliomielitis, barrida de casi toda la Tierra, sigue viva y activa. Lo hace acorralada en unos pocos reductos: son los países de África Central en guerra civil, y la frontera entre Pakistán y Afganistán; lugares sin estado donde distintas facciones islámicas integristas (Boko Haram y los talibanes) suelen asesinar a los equipos de vacunación.
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Los militantes en armas explican que las vacunas son inventos diabólicos de Occidente para esterilizar a la población masculina, y así evitar que surjan nuevas generaciones de combatientes islámicos que amplíen la Guerra Santa y la lleven al resto del mundo. En realidad, lo que pueden llevar (de regreso) al mundo esos guerreros es más bien la poliomielitis.
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Dada la enorme resistencia al medio ambiente de los poliovirus y su contagiosidad muy veloz a través del agua y los alimentos, desde estos focos donde gozan de un paraguas militar integrista, las subespecies 1 y 3 de polio podrían reconquistar fácilmente mucho del terreno perdido en 60 años de campaña continua de vacunación por la OMS.
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Pero tampoco la OMS actual es la de los años ’60 y ’70. Hoy se maneja con apenas unos U$S 2.400 millones al año: aproximadamente, el presupuesto de un gran hospital general estadounidense. El 20% del presupuesto de la OMS sale de contribuciones fijas de cada estado miembro de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuyos aportes se discuten cada dos años. El 80% sale de las contribuciones voluntarias de los países ricos, y últimamente también de ONGs filantrópicas lideradas por supermillonarios, que cada vez más son quienes deciden las políticas. No parecen muy exitosas.
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Cuando el presidente Donald Trump retiró a EEUU de la OMS en 2020, ésta perdió una contribución voluntaria de U$S 115,8 millones. En los primeros meses del año pasado la OMS no se decidía a llamar «pandemia» al Covid-19, pese a su relampagueante diseminación mundial. ¿Por qué? Hay dos explicaciones. Según una, estaba justamente tratando de evitar la salida de los EE.UU: Trump en aquellos días se jugaba políticamente a tomar este virus, que en 2020 mató a 1,8 millones de humanos, como otra infección respiratoria banal.
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Según la segunda explicación, la OMS trataba de evitarse problemas con su segundo contribuyente, que por su cría ultraintensiva de aves y de porcinos con los que compartimos virus respiratorios, amén del consumo de fauna salvaje a veces viva por parte de sus clases adineradas, ha sido el origen geográfico de esta pandemia. Y también de todas (menos una, la de 2009) de las grandes gripes pandémicas del siglo XX y XXI: China. Creemos que son ciertas las dos explicaciones.
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Este poderoso estado asiático pone U$S 57,4 millones en los bolsillos de la OMS, lo que no resuelve los problemas a repetición que le causa al mundo, pero los silencia al menos un tiempo. Ghebreyesus terminó llamando «pandemia» a la pandemia cuando ésta ya estaba en 74 países y en todos los continentes, salvo la Antártida.
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Lo único que diremos en defensa de Ghebreyesus es que la velocidad de este coronavirus lo debe haber sorprendido. Mucho más letales que el SARS CoV2 pero menos contagiosos, los corona que desataron el SARS en 2003 y el MERS en 2012 pudieron ser contenidos por cuarentenamiento, distanciamiento social riguroso y la vieja técnica policial de detección de casos, el rastreo de los contactos de esos casos, y su aislamiento forzoso. El SARS se extinguió, y el MERS sigue débilmente activo en la Península Arábiga, pero sin poder salir de allí.
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Para ilustrar, por contraste, la contagiosidad del SARS CoV2, ya está en todo el planeta. Pese a mil precauciones, finalmente llegó a la Antártida, con 36 casos en la base científica chilena Bernardo O’Higgins, en la Península Antártica.
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Las declaraciones de Michael Ryan y de Heymann deben ser tomadas en este contexto tan vasto. Por una parte, saben que la OMS de hoy es muy distinta de la de los ’60 y ’70, rica, autárquica, agresiva y lo suficientemente prestigiosa como para que ningún país se atreviera a irse con un portazo porque la agencia se negaba a obedecerle. También saben que con el Covid-19 están peleando contra un virus nuevo del que demasiados factores todavía no se conocen bien, como el caso de los efectos a largo plazo sobre los curados e incluso los asintomáticos. Pero además, un virus que muta muy rápido.
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Por ende, la capacidad de contenerlo con las aproximadamente 57 vacunas que hoy transitan estudios de fase no es conjetural, pero tampoco una apuesta segura. Y máxime cuando la diseminación y los rebrotes de esta enfermedad cabalgan sobre esos 10 días  asintomáticos de quienes desarrollarán síntomas, y también de la numerosa aunque no cuantificada población portadora que muy probablemente no hará síntoma alguno (especialmente, los niños).
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Si Heymann cree que no habrá extinción a corto plazo del SARS CoV2, en AgendAR le creemos. No tiene el CV de un burócrata: es uno de los últimos sobrevivientes de aquella OMS que en 1980 anunció, triunfal, la extinción total de un virus que como el Variola sp. de la viruela, viene matando humanos desde hace más de 60.000 años.
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Heymann estuvo como vacunador en la primera línea de fuego, en el estado de Bihar, en la India. Cuando tiene que explicar por qué la OMS logró borrar el virus de la viruela pero no el de la poliomielitis, subraya las diferencias ya no en aquella y la actual organización, sino en los virus mismos; y por ende en el modo en que se vacuna contra uno y otro.
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Para eliminar el Variola sp., de la viruela, la metodología fue la vacunación «en anillo». Donde se detectaba un caso, se vacunaba a los integrantes de esa familia, y a los de las 30 casas vecinas. La viruela le da esa ventaja decisiva a los vacunadores: es tan brava que no hay casos asintomáticos, y algunos de los síntomas -las pústulas llenas de pus- son absolutamente evidentes en la piel de todo el cuerpo, incluida la cara.
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En el caso de la polio, enfermedad más silenciosa porque los contagiadores son muchos más que los sintomáticos, la estrategia debe ser forzosamente más cara: la de contención.
En esta estrategia hay que ser menos ahorrativo y «vacunar en alfombra» provincias, regiones o países enteros, donde cada humano debe ser inoculado. ¿Por qué? La viruela era una enfermedad de contacto social cercano: se propagaba por estornudos o por tocar las pústulas purulentas del enfermo, al tratar de ayudarlo. En cambio los Poliovirus 1,2 y 3 son de transmisión fecal-oral: sobreviven en el agua y los alimentos, y resisten largamente la desecación y los rayos ultravioletas del sol.
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Incluso si uno vacunó contra la polio a la mayoría de la población de una provincia, hay reservorios de virus en el medio ambiente e incluso en redes de agua, si son muy primitivas. Y estas reservas virales sigan viables años enteros indetectadas, bajo el radar epidemiológico, y reencienden focos de la enfermedad no bien llegan al alcance de humanos no vacunados.
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Pero además -y aquí es inevitable hacer la comparación con el SARS CoV2- los poliovirus causan enfermedad intestinal asintomática en 199 de cada 200 casos, y sólo 1 con síntomas, aunque espectaculares: fiebre muy alta primero, y luego parálisis fláccida, con una cantidad de casos fatales cuando además de miembros dejan inmóviles los músculos respiratorios. De modo que con 1 caso sintomático en una aldea no alcanza con vacunar en 31 casas, sino a toda la aldea, persona por persona. Y a las aldeas vecinas, especialmente si están situadas aguas abajo de un río compartido en común.
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Sin embargo, frente a todas estas dificultades biológicas, organizativas, económicas y políticas, en 2018 Heymann sentía suficiente confianza como para declarar en la revista Polio Global Eradication Initiative, número de junio de 2019, que el poliovirus 2 había sido aniquilado, y que siempre con la estrategia de contención probablemente se erradicaría el tipo 3. La lucha se concentraría luego en el tipo 1.
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Si Heynmann dice que pese al despliegue internacional de tantas vacunas contra el SARS CoV2 éste se volverá endémico pero de baja incidencia, en lugar de desaparecer, es difícil refutarlo. Máxime ante la aparición de estas variantes «super» del sur de Gran Bretaña y de Sudáfrica, que logran superar en casi un 70% la contagiosidad de suyo rapidísima de las primeras cepas del SARS CoV2. Y es un problema, porque en su versión original, este virus ya tenía la genética perfecta para volverse un éxito total como parásito humano en un mundo cada vez menos rural y más urbano, donde ya el 55% de la población planetaria vive, viaja o trabaja en hacinamiento.
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Por lo pronto, el SARS CoV2 nos confrontó por primera vez con los aerosoles pumonares, más que los estornudos, como vía principal de contagio de una virosis básicamente respiratoria. Dicho de otro modo: el único modo en que un portador sano (o todavía sano) no contagie es impedir que respire. Si el infectado asintomático tiene barbijo y Ud. también, y están a 2 metros uno de otro y el viaje es breve y el vehículo está bien ventilado y Ud. situado «a barlovento» del portador, lo más probable es que no haya contagio. Pero trate de reproducir esas condiciones en un colectivo o en un subte porteños en una jornada de trabajo en tiempos «normales»…
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Occidente ahora tiene el equivalente urbano (y a veces culto) de Boko Haram y de los talibanes: los grupos antivacuna New Age y las sectas religiosas, que no usan armas sino el sistema judicial. No es que hayan inventado nada. La militancia antivacunas es tan vieja como la escarificación antivariólica más inmemorial (y peligrosa): con Variola sp. vivo, que mataba al 2% de los inoculados. Por supuesto, eso era nada frente al 40% de muertes de los contagiados por vía natural, pero parece lógico que ante estos números mucha gente prefiriera arriesgarse al no contagio.
Lo que no habla muy bien de nosotros como especie es que los grupos antivacunas se pusieron verdaderamente «on fire» en Inglaterra en 1796, cuando Edward Jenner revolucionó la vacunación cambiando de género viral, usando el Vaccinia sp. en lugar de su primo feroz, el Variola sp. El Vaccinia Jenner lo obtenía de las pústulas que se generaban en las ubres de las vacas, y cuyo contacto parecía mantener mágicamente libres de viruela humana a las ordeñadoras profesionales. La escarificación con Vaccinia, en lugar de Variola, carecía de «eventos adversos», en el lenguaje médico de hoy.
Jenner y sus adversarios no tenían la menor idea de lo que era un virus, pero Jenner, al menos, tenía esa capacidad detectivesca de observación que define a los buenos médicos clínicos. Y ésa observación suya sobre las ordeñadoras fue el nacimiento de la inmunología. Pero vastos y variados sectores religiosos, y también honorables colegas y académicos de la profesión médica, acusaron a Jenner de querer transformar a los vacunados en vacunos: sin duda la inoculación con exudados de ubre los volvería idiotas dóciles, como las propias vacas.
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La inmunología así nacida en 1796, durante los siglos XIX y XX mejoraron muchísimo. Los antivacunas no. A lo sumo le añadieron sofisticación pseudocientífica a su estupidez, y la más costosa y refinada protección legal al daño que su negativa a vacunarse le ocasiona a la «inmunidad de rebaño» generado por las vacunas.
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En 2021 el problema fundamental para una vacunación antiCovid-19 universal será la falta de planta fabril para suministrar suficientes dosis, su precio abusivo (en Argentina tenemos aseguradas la de AstraZeneca y la Sputnik V, las 2 más baratas), y su logística, por ahora complicada por cadenas de frío. Los antivacunas son sin duda un problema, pero en 2021 estarán en un tercer lugar distante. Concentrado en el abastecimiento, el gobierno ha decidido no dar esa última y tercera pelea al volver optativa la vacuna. Habida cuenta de las imbecilidades que vienen diciendo de la Sputnik V los multimedios dominantes y sus coros de trolls, y del impacto de tanta «fake news» sobre el argentino de a pie, tal vez esto en 2021 sea una política realista.
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Pero incluso luego de una muy buena campaña vacunatoria en 2021, los antivacunas nos obligarán a convivir hasta no se sabe cuándo con reservorios nacionales de SARS CoV2. Como son internos, no hay cierre de puertos o aeropuertos que logren evitar la reinfección general. ¿Podemos «anillarlos» garantizando la vacunación de los 30 vecinos inmediatos a un antivacunas? No hay modo, porque esto no es Bihar, la India, en 1970, donde cada aldeano vive sin salir más que unos kilómetros del ámbito de su aldea. Por el contrario, los argentinos de hoy son altamente móviles en lo geográfico. Pero además, nadie sabe aún la proporción real de portación asintomática, donde están los llamados «supercontagiadores», ni cómo seguirá el baile si aquí desembarcan cepas virales supercontagiosas, como la del Sur de Inglaterra.
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“El principal objetivo de la primera ola de vacunación es evitar enfermedades graves y muertes, proteger al personal de salud y a las personas vulnerables. Eso sería un gran paso en devolver el mundo a una cierta normalidad”, dijo Ryan, de la OMS. “La existencia de una vacuna, incluso muy eficaz, no garantiza la erradicación de una enfermedad. Es una barrera muy alta que saltar. Primero hay que enfocarnos en salvar vidas y controlar la enfermedad para que las sociedades puedan volver a la normalidad y entonces intentaremos el gran desafío de erradicar el virus, pero ahora mismo, con las herramientas que tenemos es imposible decir cuándo ocurrirá».
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“Todavía se está estudiando si las vacunas, además de evitar que te enfermes, previenen que te infectes y que pases la infección”, explicó la científica jefa de la OMS Soumya Swaminathan. “De momento la gente que se ha vacunado tiene que seguir tomando las mismas precauciones hasta que se logre la inmunidad de grupo».
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Como si fuera tan fácil.
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Hasta ahora, se estimaba que esa inmunidad se alcanzaba con un 70% de población vacunada. Las últimas afirmaciones al respecto del Dr. Anthony Fauci corrigen la cifra muy para arriba: del 60% inicial (su estimación en marzo de 2020) hoy habla de un 90% de vacunados, y recién ahí llega la «inmunidad de rebaño». Fauci, director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas (NIAID) desde 1984, sirvió de «advisor» de la Casa Blanca con 6 sucesivos presidentes, pero sólo tuvo líos en serio con Donald Trump, y su política de no tomarse en serio al Covid-19, dejar que cada gobernador o «mayor» practicara la política que se le diera la gana, y recomendarle a sus «fans» que combatieran el virus tomando lavandina.
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Fauci reconoce ante el Science Times del 24 de diciembre de 2020 que ahora se atreve a retocar la cifra mínima de la inmunidad de rebaño, porque lee las encuestas.
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Trump ya no lo puede echar, pero además Fauci ha visto cómo el porcentaje nacional de «antivaxxers» (nombre gringo de los antivacunas) bajaba del 60% inicial al 40%. Algunos antivaxxers estadounidenses no son gente linda New Age, sino gigantones barbudos que denuncian la inexistencia de la pandemia, y salen a desfilar por las ciudades del Sur vestidos como militares y empuñando fusiles M-16, para defender su derecho constitucional a no hacer cuarentena ni usar barbijo. Estos tipos son más como el Boko Haram o los talibanes: vacunarlos es, probablemente, un tema de guerra civil. Pero la derrota no militar sino política de los antivaxxers en EEUU está relacionada con que los estadounidenses cerraron 2020 con las peores cifras mundiales: 20,5 millones de contagios y 350.000 muertos. Y como bien dice el Martín Fierro: «No hay cosa como el peligro/pa’ refrescar a un mamao».
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Hoy la sociedad estadounidense parece algo más dispuesta a escuchar a Fauci. Los infectólogos consultados por Science Times en general le dan razón: entre 80 y 90% de vacunación, ni un punto menos, para lograr que su sociedad se vuelva «intransitable» para el SARS CoV2. Lo significativo es que por ahora, un 40% sigue renuente a ponerle el hombro a la jeringa.
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Un 90% de vacunados es una cifra acojonante incluso entre argentinos. Es lo que se necesita para cortar el crecimiento de una virosis supercontagiosa y de transmisión muy veloz, como el sarampión. Afecta más a chicos que a adultos, con una mortalidad del 0,1% en países con buenos sistemas de salud, y del 10% en los otros.
Aunque la vacuna es altamente efectiva, la Argentina logró erradicarlo recién en 2000, luego de muchas campañas y vaivenes. Pero regresó al país al toque de que el Ministro de Salud Adolfo Rubinstein suspendiera la vacunación obligatoria, en 2019, ante el horror de la Sociedad Argentina de Pediatría y de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología. Hubo 179 casos, y un chico muerto. Fue el primer brote en 18 años y el peor en 23 años. Vacunación intensa mediante, el brote se terminó oficialmente en julio de 2020. Pero al primer relajo en la vacunación, hay sarampión a patadas en Brasil, listo para volver.
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El sarampión tal vez sea un modelo de nuestra relación con el Covid-19 si las vacunas no lo logran erradicar del planeta.

No será la última pandemia

“Aunque pueda ser chocante para la gente, esta pandemia ha sido muy grave, y ha llegado muy rápido por todo el mundo, pero puede que no sea la gran pandemia que temíamos. Éste es un virus muy transmisible y mata, pero con una mortalidad es relativamente baja comparada con otras enfermedades transmisibles. Esto es una llamada de atención”, dijo Michael Ryan.
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“El planeta es frági, vivimos en una sociedad cada vez más global compleja y estas amenazas continuarán”, añadió el director de emergencias que considera que la gran lección de esta crisis es que “tenemos que prepararnos por si ocurre una pandemia más grave en el futuro.
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“Definitivamente estamos mejor preparados, pero este virus nos está diciendo que todavía no estamos lo suficientemente preparados”, añadió el asesor senior Bruce Aylward. “Estamos en segundas y terceras olas y no estamos preparados”. “No sabemos qué será la próxima pandemia y el próximo virus. Debemos ser humildes y reconocer que siempre tenemos que estar preparándonos”.
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“El mundo ha aprendido lo central que es la salud. Invertir en salud será una prioridad para los países en el futuro y espero que ahora todos los caminos lleven a la cobertura de salud universal y todos los países se lo tomen en serio”, pidió Ghebreyesus, que dijo que preparar nuestros sistemas sanitarios “llevará tiempo y no será la única medida necesaria.
“Este virus ha expuesto los problemas sociales. La sanidad por sí misma no será la solución. Hay que abordar las desigualdades e implementar los Objetivos de Desarrollo Sostenible por completo, preocuparnos por nuestro planeta y abordar el cambio climático”.
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El cambio climático es un multiplicador geográfico y demográfico de las virosis tropicales y subtropicales, como la fiebre amarilla, el zika, el dengue y el chikungunya, y bajo el gobierno de Donald Trump EEUU se transformó en adalid del negacionismo del recalentamiento, al punto de retirarse de los Acuerdos de París de 2015. 4 años más tarde, rompió con la OMS.
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La virosis que motiva esta artículo, el Covid-19, no parece (al menos todavía) tener una relación directa con el cambio climático. Pero que Ghebreyesus hable de ese tema hasta ayer tabú es otra banderilla más que este funcionario gris y complaciente (pero harto) acaba de clavar sobre el lomo de los EEUU.