Marina Silva y Lula: divorcio trágico
La génesis de la percepción “del átomo malvado” merece examen: ya no es credo de “minorías intensas” sino algo implantado en casi toda la sociedad brasileña, menos discutible que la redondez de la Tierra. Viendo las cosas en su origen, los militares cometieron la estupidez insuperable de inaugurar el complejo de centrales nucleares Almirante Álvaro Alberto en Angra dos Reis, un parque nacional a sólo 151 km. de Río de Janeiro. Angra tiene un combo de 365 islas, playas inmensas, manglares, aguas prístinas, relictos selváticos de Mata Atlántica, navegación a vela, buceo y ecoturismo. Los militares –y la democracia posterior también- dejaron que Angra se urbanizara con condominios de lujo, paraísos de “weekend” para los cariocas ricos. Son tres usos de la tierra bastante incompatibles entre sí. Los argentinos carecemos de escapadas de esplendor geográfico equivalentes a Angra a tiro de La Reina del Plata. ¿Pero cómo se pondrían los platudos en La Horqueta, Barrio Parque y Recoleta si se levantaran tres centrales nucleares en Cariló? Toda vez que los chicos rubios que salvan las ballenas y el planeta salen por la Rede Globo vaticinando Chernobyles en Angra, cruje el valor inmobiliario invertido allí por los que cortan el bacalao en Río. ¿Empieza a entender por qué –además de las habilidades extorsivas de Jimmy Carter– en Brasil no hay 4 ni 8 centrales, como quería el dictador militar Ernesto Geisel, sino 2 y media? Angra III se empezó en 1984. En 1989 debió haber entado en línea. Como sucedió con sus predecesoras, la construcción se paró demasiadas veces. Aunque en 2010 el presidente saliente, Luiz “Lula” da Silva, trató de ponerle fecha de terminación en 2015 y reactivar proyectos por 4 o 5 centrales más, no tuvo maldita la chance con aquel Parlamento repleto de aspirantes a golpistas, y las tribulaciones ulteriores de su sucesora Dilma Rouseff con la opereta judicial llamada “Lava-Jato” terminaron sacando del ring al alma viviente del Programa Nuclear Brasileño: «seu Othon», como lo llamaba el público, porque tenía una inexplicable popularidad rara en milicos o tecnólogos, y era ambas cosas. El almirante Othon Luis Pinheiro Da Silva, el hombre a cargo –entre otras cosas- de construir la propulsión nuclear del submarino brasileño, ese sueño eterno del país resucitado por Lula. La “opereta política” montada contra Rouseff, el Lava-Jato, dejó preso a Pinheiro da Silva desde fines de Octubre de 2015. Y era un ícono. Y llegamos al caso de otro ícono: Marina Silva, compañera juvenil de militancia del “seringueiro” Chico Mendes, aquel cauchero artesanal asesinado por defender su pedazo de Amazonía en Acre de los “grileiros”. Estos son ladrones de áreas protegidas y otras tierras fiscales selváticas. Generalmente se trata de ganaderos, pero se hacen mineros, madereros o de otras profesiones, de acuerdo al carácter bio y geomorfológico del pedazo de planeta que logren robar. “Grilar” es dejar varios meses una escritura falsificada de cesión a propiedad privada de tierras públicas en una caja con grillos, para que el papel adquiera el aspecto amarillento y roído de un documento oficial de 1930, o por ahí, y coincida con la fecha inventada de la entrega, y los sellos y firmas fraguados. Con tales artesanías de escribano, los grileiros hace más de medio siglo que expulsan a la población residente en la Amazonía para hacer talas rasas y poner ganado, represas o lo que venga, con ayuda de gobernadores, jueces, policías y sicarios. En Brasil las cosas se hacen a lo grande: en 2012 murió Cecilio do Rego Almeida, tras “grilarse” 4,7 millones de hectáreas, la superficie sumada de Bélgica y Holanda, en el estado de Pará, área del río Xingú. Su grupo, CR Almeida, reúne 30 empresas, algunas de ellas de ingeniería. Marina Silva empezó la vida como “alimento balanceado” de tipos como do Rego Almeida: paupérrima seringueira amazónica, huérfana temprana que sobrevivió a hepatitis reincidentes, varias expulsiones de tierra, envenenamiento con metales pesados liberados por la minería de oro, y sobre todo, a muchas amenazas de muerte, esta mujer aprendió a leer a los 16 años, se licenció en historia en la Universidad de Acre a los 28, y pasó de mucama doméstica a activista con Chico Mendes, y luego del asesinato de Mendes, a militante del PT, concejala, diputada nacional y Ministra de Medio Ambiente en el primer gobierno de Lula, entre 2003 y 2008. Este personaje gigantesco –tanto como Lula- no tardó en quedar aislada de ellos y respecto del gabinete del PT. Cayó en desgracia porque en su guerra personal contra los grileiros fue tan “al hueso” que bajó la tasa interanual de deforestación de la Amazonía en un 56% mientras duró su ministerio. La a agroindustria, la minería y las constructoras se la juraron. Su ruptura con Lula tuvo varias causas más, pero la principal fue el apoyo del PT a dos megaproyectos “hidro” en la selva, el desvío del San Luiz y luego aquel represamiento múltiple del Xingú, Belo Monte. Y es que los megavatios “de base” de algún lado tienen que salir. En Brasil, donde Petrobras descubrió no poco petróleo nuevo, off-shore y a 7 km. verticales de la superficie, está creciendo la energía térmica. También hay un “boom” eólico fulminante. Pero el viento es un recurso intermitente: no genera electricidad de base, que es la que cubre demanda 24x7x365, especialmente la industrial. Y en un país tan represado como Brasil, siempre falta potencia de base en años secos como 2001 y 2015. En los años secos (toda esta última década lo ha sido en general) las ciudades entran en apagón, la industria reduce turnos, o cierra, y la hidrodependencia se vuelve una fuerza recesiva formidable. Es lo que desgastó más la presidencia de Henrique Cardoso, y una de las razones por las cuales en 2003 Lula por fin lo pudo derrotar en elecciones. Y qué hidrodependencia: entre el 77 y el 85% y hasta el 95% de la electricidad sale de turbinas hidráulicas, según la hidrocidad de los ríos. Más de 400 embalses artificiales entre el trópico y los 30º de latitud Sur son demasiados, incluso en el país más fluvial del planeta. Todo lo bueno y con alta densidad energética se represó hace rato y lo que queda son ríos selváticos de llanura, con caudal locamente variable por estacionalidad monzónica, poca pendiente, baja densidad energética, orillas no demarcadas, lagos enormes y un impacto social, político y ambiental múltiple. La densidad energética puede ser indicativa de impacto social, pero es medible científica y objetivamente: una muy buena represa, como Xingó, genera 50 vatios por metro cuadrado de lago (w/m2). Una buena, como Itaipú, rinde 8,13 w/m2, y una mala en serio como la selvática Tucuruí, 1,74 w/m2. Xingó tiene 3000 MW instalados y un lago de apenas 60 km2. En cambio, Tucuruí tiene 4240 MW instalados, pero su desaforado lago mide 2340 km2. De ahí su baja densidad energética. Y las hay peores.
Turbinando o vertiendo agua podrida del hipolimnio lacustre, algunas represas amazónicas generan tantos gases invernadero por megavatio/hora como las centrales térmicas de carbón.
Los embalses en zona tropical y fértil tienen un “epilimnio” superficial de agua bien oxigenada, y un “hipolimnio” profundo de agua pobre en oxígeno y saturada de “gases invernadero” disueltos, creados por la putrefacción de materia orgánica. Los gases se evaporan de la superficie del lago, pero las turbinas y vertederos los ventean desde las turbulentas corrientes generadas aguas abajo del cerramiento.
Hasta 1980 se creía, ingenuamente, que la hidroelectricidad era la respuesta contra el recalentamiento global. Haceme reír. Estudios posteriores mostraron que en los trópicos y subtrópicos, los lagos y el agua turbinada emiten cuatro de los seis llamados “gases invernadero” principales: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y sulfuro de hidrógeno, productos de la putrefacción vegetal. Las emisiones sin embargo varían con cada lago hidroeléctrico, su latitud, su temperatura, su fotosíntesis y su profundidad, porque no hay dos iguales.
En líneas generales, los de baja densidad energética llegan a emitir más toneladas anuales de carbono por megavatio/hora producido que las peores plantas termoeléctricas: las de carbón. Los mejores lagos parecen ser los de alta densidad energética, y emiten –según estudios de Luiz Pinguelli Rosa– menos toneladas/kw/h que las mejores plantas térmicas, que son las de ciclos combinados que queman gas natural.
Lo cierto es que el verso de la hidroelectricidad con cero impacto invernadero no se sostiene, al menos en países calientes. Pero el venteo de tales gases no ocasiona ningún problema local: agrava uno planetario. Es una “externalidad”. Mientras Pakistán, Vanuatu, Holanda y Bangla Desh no le reclamen nada a Brasil por sus inundaciones cada vez peores, todo bien.
Los impactos sociales y políticos locales son más trágicos, de pago al contado, y muy “in situ”. A través de corporaciones mixtas (Norte Energia) en que se mezcla dinero del BANDES con constructoras privadas, el estado federal vuelve a financiar como en épocas militares la expulsión, generalmente con alguna masacre de indígenas de poca difusión, en favor de las empresas y sus represas, «el progreso».
Lo que se pierde, además de recursos biológicos y bosque, es el “ethos” mismo de la república, especialmente cuando el PT, el partido de los pobres urbanos, termina haciendo las mismas perradas que el general Emilio Garrastazú-Médici en sus “limpiezas étnicas” del Amazonas, allá a comienzos de los ’70, pero a una escala mayor. La Constitución de 1988, que le da ciudadanía plena y propiedad de sus tierras a los indios se disuelve en fuego, humo, tumbas clandestinas y pasadas de topadora.
En 2010, con pleno acuerdo del PT y la oposición –pero no del PV- se aprobó Belo Monte, construida a velocidad “warp” en más o menos 1/3 del tiempo que tomaron las dos primeras “Angras”, porque había que ir más rápido que los recursos de amparo.
El asunto nunca llegará a la Suprema Corte: con una decisión express de la Abogacía General de la Unión, el Poder Judicial desechó de un saque más de 20 acciones interpuestas por el Ministerio Público Federal. Lo hizo con un rarísimo instrumento legal llamado “suspensión de seguridad”: en síntesis, se construye primero, y después se litiga a ver si se construye. Sic.
Pese a su pragmatismo, por su historia y su origen, Marina Silva dio el portazo antes en el PT. Y no le fue mal con el Partido Verde, o más bien viceversa. Hace poco, Silva adoptó algunas ideas muy “piantavotos” en la base urbana progre: se hizo pentecostal, ergo antiaborto en materia de derechos femeninos, y de yapa creacionista en materia educativa.
Y aún con tales mochilas milicoides en su programa, en las elecciones presidenciales de 2010, ya como rival de Roussef, Silva sacó el 19,3% de los votos. En 2014, con 21%, quedó sólo 7 puntos abajo que la infortunada ganadora, Dilma, y bien por encima del olvidable Aecio Neves. Si había ballotage, quizás Silva ganaba. El “trabalhismo”, muy distributivo pero también espantosamente “friendly” con las constructoras, logró hacer enemigos profundos de aliados naturales, y la Silva transformó al PV en una fuerza nacional, multiclasista, con despliegue territorial… y golpista.
Las 14 turbinas Francis de Belo Monte (4 son de Pescarmona) giran desde marzo de este año, y el lago irá creciendo hasta que sepulte 668 km2 de selva amazónica: tiene 4,2 veces la extensión del de Yacyretá.
Por el lado malo… hubo que “remocionar” (eufemismo casi novedoso) a 40.000 pescadores-cazadores-recolectores Xingú y Kayapó, hasta 2010 alimentariamente autónomos, y hoy despojados de sus ríos, selvas y aldeas porque todo se lo va tragando el lago. Ya son IDS hacinados en campamentos, desconcertados padres de una próxima ola de “favelados” urbanos, aunque a algunos los mataron porque se resistieron.
El 4% de estos IDS recibió otra casa, que a diferencia de la que tenían junto al río viene sin profesión ni pertenencia a una sociedad organizada. Al 96% restante le dieron bonos, algo de efectivo, o nada. “Eletricidade limpia”…
Las cuentas de si el Brasil industrial y urbano con esto gana o pierde plata son casi estúpidas. En ríos de llanura lo típico es que se genera poca electricidad, medida contra gastos y costos colosales. Los MW instalados en Belo Monte son 11.000, pero el “factor de carga” del Xingú es de sólo el 39%, por eso esos 3 a 4 meses de estiaje anual del rio en años normales. Así, la producción anual de Belo Monte equivale a la de 5000 MW nucleares con un factor de disponibilidad «setentoso» del 85%, como el que debió haber tenido Angra I (y no lo tuvo).
Curiosamente, Belo Monte genera tanta electricidad anual como la que entregaría lo que quedó sin hacerse del plan de 1975 del dictador Geisel. Sus 8 centrales alemanas SIEMENS habrían ocupado unas 800 hectáreas de tierras sin mayor valor etnológico, cultural o biológico. Eso es 835 veces menos superficie que la del lago de Belo Monte, cuando se termine de llenar.
OK, estoy haciendo trampa. Añadimos las superficies afectadas a minería y fábricas de combustibles típicas de todo programa de centrales atómicas de potencia. Y además, también las tierras que ocupará el repositorio de desechos nucleares “de alta”, cuando llegue el momento de hacerlo. Salvo en Finlandia, donde ya entraron en funciones dos repositorios geológicos “de alta” y “de media” en Olkiluoto, a profundidades de 500 y 250 metros en roca estable, en superficie esos siempre son usos conflictivos de la tierra, y lo serán aún más en Brasil, con su grieta antinucelar. Pero a la hora de sumar hectárea afectadas e impacto biológico REAL, son muchas menos de las del Brasil víctima de “la fiebre de las represas”.
Y a no confundirse: más allá de las truculencias de las “minorías intensas” como Greenpeace, el antinuclearismo descafeinado pero difuso e infuso en la sociedad brasileña tiene al menos uno de sus orígenes en el talón de Aquiles de casi todo programa nuclear: el sector minero de uranio, que es impresentable.
Pero atención a esto: no lo es por nuclear, sino por minero, por su impacto químico en tierras y napas. Las compañías mineras tienen en casi todos lados, salvo donde se las persigue y aprieta, la maldita costumbre de gestionar en forma precaria sus pasivos ambientales, sobre todo los diques de colas.
Llenos de metales pesados y líquidos de un pH escalofriante, los diques son el regalito que le queda a las generaciones futuras de lugareños cuando la mina cierra y la multinacional propietaria se va silbando bajito a otros lados, sin dejar bienes ejecutables “in situ” como garantía. Y si hay litigio, a dirimirse en los tribunales del país de la casa matriz. Sic.
Las leyes mineras de casi toda Sudamérica fueron modificadas en los ’90 y hoy son todas mellizas, muy parecidas en este “andá a cantarle a Gardel”. La Argentina, hay que reconocer, tiene una del período de Domingo Cavallo que hasta está fue traducida al castellano y todo.
En Brasil, la mala fama del Programa Nuclear Brasileño tiene al menos tres nombres mineros: Caldas, en el estado de Minas Gerais, Caetité, en Bahía, Santa Quiteria en Ceará, todos con pasivos a remediar, con vecinos afectados por contaminación química de tierra y aguas, rodeadas de vecinos furiosos… y menos invisibles para los medios que los indios amazónicos.
Como expresión medible del problema político de las represas, 6 años más tarde de la aprobación de Belo Monte, los diputados del PV, con Silva a la cabeza, levantaron, unánimes, la mano a favor del “impeachment” de Dilma Rousseff, sin que les importara mezclarse con una lúgubre caterva de tilingos, chorros, asesinos de indios, nazis y golpistas confesos, pero bien blindados en fueros legislativos y judiciales.
De verdes a podridos, viaje sin escalas.
Si no resucita su Programa Nuclear, no resucita Brasil. No sé si esto es una fotografía o un epitafio del átomo brasileño.
Pero no ignoro lo que se juega Argentina en ello.
Daniel E. Arias


En términos de eficacia, destacó que «en la mayoría de los casos los modelos que emplean células o tejidos reconstruidos representan mejor la fisiología y fisiopatogenia humana que los modelos animales clásicos como rata, ratón, conejos y cobayos».
En la actualidad son cada vez más los países que imponen restricciones y prohibiciones a la comercialización de productos que fueron testeados en animales, por lo que resulta una barrera para aquellas pymes nacionales que
quieren acceder a esos mercados.
En la región, por ejemplo, países como Brasil, Colombia, Chile ya tienen restricciones y prohibiciones para el testeo de cosméticos, las cuales se van a ir implementando en etapas, gradualmente a medida que vayan incorporando los
métodos alternativos, que llevan tiempo. «Por eso es importante, aunque aún no haya legislación, trabajar en esta temática porque las prohibiciones van a llegar. Por otro lado, aunque en Argentina no tenemos actualmente restricciones, cada vez son más los consumidores que eligen comprar productos no testeados en animales por lo que también condiciona la demanda local», concluyó.




“Take five”: en 2008 Brasil compró a Francia la licencia de fabricación de cuatro submarinos Scorpene como el de arriba, y uno como el de abajo, mucho más parecido al Barracuda (mismo fabricante, Naval Group). A éste último Brasil le pondrá un motor nuclear de desarrollo propio. El prototipo del motor, un PWR con uranio enriquecido al 19,7%, se está probando en instalaciones terrestres desde hace tres años.
Ante el fiasco del sistema de toberas que les vendió Siemens en su acuerdo de 1975, el Programa Paralelo brasileño decidió la construcción de una planta piloto de enriquecimiento con tecnología propia de centrifugadoras. La diseñó la Armada y está en Aramar, Iperó, Sao Paulo. Fue inaugurada en 1988, visitada por Alfonsín en el cuadro de apertura y distensión que posibilitó el Mercosur. Posteriormente, la tecnología allí testeada se instaló a escala industrial en Resende, Río de Janeiro, en 2003.
Iperó fue el primero y por ahora solitario éxito palpable del “Programa Nuclear Paralelo” de Brasil, en el que cada fuerza armada tenía su propio proyecto de producción de elementos físiles, billetera libre y ningún control civil interno. Tampoco parece haber tenido la suficiente coordinación inter-fuerzas.
Llegada la democracia a Brasil en 1985, los controles civiles –que los militares recibieron con tanta alegría como un pato la munición- fueron corrigiendo la situación, fundamentalmente para no desairar los ofrecimientos de inspección recíproca y colaboración tecnológica que por fin ofrecía la Argentina. Iperó, planta piloto, y luego Resende, plenamente industrial, fueron puestas bajo control del ABBAC, la agencia binacional de controles recíprocos de inventarios nucleares.
Este organismo binacional fue pergeñado por los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney para disipar suspicacias de armamentismo entre ambos países, pero sin tener que firmar el TNP (Tratado de No Proliferación del Organismo Internacional de Energía Atómica). La explicación ya la dimos muchas veces: el tratado deja proliferar libremente a las superpotencias militares, pero le pone mil y un palos en la rueda a la investigación, desarrollo y transferencia de tecnología nuclear pacífica de los escasos países como el nuestro, con programas atómicos independientes.
En contradicción con este marco conceptual inicial del ABBAC, en tiempos del presidente Carlos Menem nuestro país firmó unilateralmente el TNP sin siquiera avisarle a Brasil. Nuestro socio en el Mercosur se vio obligado a hacer lo propio un tiempo después, para no quedarse aislado diplomáticamente en la región. De modo que la ampliación industrial que fue Resende directamente nació bajo salvaguardias dobles, del ABBAC y del OIEA, con el organismo de Viena metido cual suegra en la cama de la feliz pareja. Sobre esto, se vuelve después.
Aunque industrial, Resende fue pensada para abastecer un programa de centrales ya condenado al enanismo, que hoy por hoy sólo genera el 3% de la electricidad nacional. Y pese a la oposición de los EEUU los brasileños la hicieron nomás, y le dijeron “No hay tu tía” a los EEUU, que han hecho todo lo posible -y seguirán haciéndolo- por evitar que Brasil y Argentina tengan capacidades propias de enriquecimiento.
Pero en este desafío del uranio enriquecido brasuca hay algo de fútbol tribunero. Es cierto que Brasil necesita enriquecer este combustible “at home” para cubrir sin temor a extorsiones el consumo de las Angras 1 y 2, y la 3 si se termina alguna vez. Nosotros también lo necesitaremos para nuestras centralitas compactas CAREM, que funcionan con uranio enriquecido, y para la primera gran PWR de agua liviana que construyamos, si alguna vez sucede. Pero la verdad es que la minúscula planta de enriquecimiento argentina de Pilcaniyeu, Río Negro, o la mucho más moderna e industrial de los brasileños en Resende no son motivo de insomnio para nadie, ni siquiera en Washington.
Y es que a la hora de hacer bombas lo que vale es el plutonio: una esfera tamaño bola de billar de plutonio 239 militar pesa 4 kg y cuesta mucho menos que una de 15 kg. de uranio enriquecido al 90% (de tamaño apenas mayor). En el ínfimo y terrible instante de formar masa hipercrítica, la bola de plutonio tarda más en volatilizarse y dispersarse como gas en estado de plasma. Pero en las millonésimas de millonésimas de segundo en que conserva el estado sólido supercrítico, rinde más neutrones, fisiona más material y por ende rinde más potencia termomecánica y radiante. “More bang for the buck”, como descubrió Oppenheimer en 1944. No sólo es una mejor bomba, es más barata.
En términos militares, hoy con uranio se hace “jogo bonito” en diplomacia internacional, pero los goles se hacen con plutonio. Desde 1992, cuando los EEUU y la entonces recién nacida Federación Rusa desmantelaron en cumplimiento de los pactos Salt III sus últimas bombas de uranio, es dudoso incluso que queden muchas de éstas en los arsenales de las superpotencias, y ya eran rarezas.
La ventaja inicial de diseño de “Little Boy”, la bomba de Hiroshima, fue que su mecanismo de acción era un cañón antiaéreo (sic) que disparaba una bala de uranio enriquecido contra un blanco de lo mismo en el otro extremo del tubo. Sí, efectivamente, el cañón hacía blanco sobre sí mismo. Tampoco nadie pretendía darle más de un único uso…
Esto del cañón permitía fabricar una bomba longilínea y relativamente aerodinámica, que con los rediseños y miniaturizaciones de posguerra llegó a caber en balas de artillería. Y sin embargo, durante toda la Primera Guerra Fría las superpotencias experimentaron de todo, y terminaron adhiriendo a la bomba implosiva de plutonio, al menos como base de su armamento. En esta Segunda Guerra Fría eso no parece en vías de cambiar.
En pocos años, “Fat Man”, de 1,5 m. de diámetro, evolucionó en la portátil Davy Crockett, de 27,5 cm., disparable desde un cañoncito sin retroceso.
La bomba implosiva de plutonio derivada de “Fat Man”, la que barrió Nagasaki, llegó a grados de rediseño y miniaturización aún más drásticos. En ello perdió su desventaja inicial (su forma de globo de 1,5 m. de diámetro, que la volvía una pesadilla aerodinámica) y en los ’50 adoptó formas extremadamente versátiles, desde la Davy Crockett de 27,5 cm. de diámetro, disparable por un cañoncito sin retroceso desde un jeep, hasta la que se lleva a lomos de soldado en una mochila. Un soldado muy heroico, qué duda cabe.
Y la bomba de plutonio nunca perdió su ventaja inicial: el “pit” o semilla metálica hipercrítica por compresión, tarda más en volatilizarse, y cuando lo hace ya entró en fisión hasta el 20% de su masa, hecha de un material carísimo, pero comparativamente más barato que el uranio HEU (de alto enriquecimiento, o «militar», con entre un 93 y un 95% de isótopo 235).
En contraste, la bomba de uranio sólo logra fisionar el 1% del HEU, un producto cuya alta pureza de isótopo 235 se logra a costa de un trabajo separativo muy costoso en energía eléctrica. HEU. «Little Boy», la bomba de Hiroshima, que se tuvo que improvisar con un enriquecimiento casi «submilitar» en máquinas separativas muy ineficientes, es una horrorosa prueba de que el uranio muy enriquecido sirve para armas de destrucción masiva. Pero la bomba de uranio se terminó volviendo rápidamente “un arma champagne”.
Por ello, es de una imbecilidad o maldad supinas perseguir a los países enriquecedores de uranio, si tienen sus plantas bajo salvaguardias del OIEA. Y menos cuando se trata de plantas chicas y fáciles de monitorear. Como para dejar la cosa establecida, si se suman las capacidades de enriquecimiento actual de Brasil en Resende y de Argentina en Pilcaniyeu, dan algo así como el 0,3% de la instalada en todo el mundo, medida en unidades separativas.
Es cierto que la misma planta que produce MUCHO uranio LEU (Low Enrichment, entre 3 y 5%, “grado central”) se puede reconfigurar para producir MUY POCO uranio HEU (High Enrichment, 90%, “grado bomba” o “motor naval”). Pero aún si se reconfigurara Resende, la planta resultaría chica para un programa militar.
Digo esto porque hay material en Wikipedia que asegura solemnemente que Resende –capaz de arrimar a 280 toneladas/año de LEU- se podría reconfigurar para producir hasta 31 bombas de HEU por año (565 kg, mínimo) y que el “lapso de escape” hasta la primera de ellas sería de 3 años. Bullshit.
Es un macanazo atómico. Por empezar, la planta está instrumentada y telemetreada desde la sede del OIEA en Viena para saber en tiempo real su inventario de insumos y productos a la centésima de gramo. De yapa, Brasil llegó a recibir entre 60 y 80 inspecciones sorpresa/año del organismo vienés en 2003 y 2004, cuando la construyó. La suegra, no por vienesa y finolis, pierde costumbres de suegra. Bemvinda, a sinhora…
Es cierto que la planta ocultaba con mamparas de madera algunos detalles de las centrifugadoras, para evitar el pirateo de tecnología por los inspectores, que no son ángeles (nadie pretende que lo sean). Eso dio lugar a un tiempo de forcejeo casi cómico entre inspectores y autoridades locales por el tamaño de las mamparas, parecido al de una adolescente con su madre cuando discuten la longitud de una minifalda. Sólo que en este caso los roles estuvieron siempre invertidos: Brasil ponía maxifaldas de madera, el OIEA exigía minifaldas de esas que no dejan nada a la imaginación.
Son fantochadas y las dos partes lo saben. Cuando los estados quieren armas –ver Israel, ver Sudáfrica, ver la India, ver Pakistán, ver Corea del Norte- van al plutonio, y es clarísimo que para el OIEA, sobre todo desde 1992, cuando empezó a ser dominado unilateralmente por los EEUU, hay hijos y entenados, y los perseguidos por la agencia son los segundos. Desde que se derrumbó la URSS, el organismo vienés parece creer que las bombas atómicas norcoreanas o pakistaníes son malas, pero no así las israelíes.
Aunque los isótopos de ambos metales físiles –plutonio 239 y uranio 235 de alta pureza- son más caros que el oro o todos los de la familia del platino, el plutonio sigue siendo mucho más barato que el uranio 235 enriquecido desde su piso natural del 0,71% con que sale de la mina, al grado militar actual, bien arriba del 90%.
El plutonio hoy, y al menos en la Tierra, parece ser un elemento artificial. Como hace 1700 millones de años funcionaron al menos 16 “reactores nucleares naturales” en formaciones uraníferas de Oklo, Gabón, no es imposible que existan distintos isótopos de plutonio en la naturaleza geológica. Pero nunca aparecieron en las prospecciones, porque pese a sus vidas medias larguísimas, los plutonios naturales de la corteza terrestre “decayeron” en otros elementos.
Momento que reescribe la dudosa historia del futuro humano: el núcleo del reactor plutonígeno de Arak es extraído. La cavidad fue rellenada después con concreto, inutilizando toda la planta para siempre. Lamentablemente, el trabajoso acuerdo con Irán -6 años de negociaciones- para que no fabricara plutonio militar no estaba blindado contra la aparición de un presidente estadounidense, Donald Trump, que lo anuló.
El plutonio se fabrica en reactores ad-hoc o plutonígenos, bastante berretas pero potentes, como el de Arak de 40 MW térmicos, que el OIEA –y éste fue il “capolavoro” tardío de Rafael Grossi- le hizo cerrar en 2014 a Irán. Para mayor inri, los iraníes le tuvieron que extirpar el núcleo al reactor y rellenar la cavidad con cemento.
Como estos reactores son militares, en general no brillan por su prolijidad en radioprotección, que en general parece ser una manía sólo de civiles. Esto es cierto incluso en EEUU, donde a estos reactores se los llama con el eufemismo de “production facilities”. Dicho en Argentina en 1986 por Abel González, hoy nuestro “top man” en esta difícil materia en organismos multilaterales como el OIEA y el UNSCEAR, “los operadores de estas plantas se irradian hasta las pelotas”.
La pesada herencia de la Guerra Fría: se ven 3 de los 9 reactores plutonígenos y plantas de reprocesamiento de Hanford, en el sureste desértico del estado de Washington. Nadie sabe cómo vitrificar y gestionar con costos y riesgos razonables el inventario de residuos radioactivos generados allí desde inicios del Programa Manhattan hasta 1987. Son 208 millones de litros contaminados con 46 especies de radioquímicos que contienen 176 millones de curios de radioactividad, el doble de lo liberado por el accidente de Chernobyl en la URSS. Sólo el traslado por caños del material líquido hasta la futura planta de vitrificado es un trabajo estimado en U$ 13.400 millones, según Scientific American. Fecha posible de inicio de obras: 2022. Fecha de término de la vitrificación: 2068. Nadie cree en tales fechas, por la dificultad técnica del trabajo. No importa en qué país ni bajo qué régimen político, en las plantas de armas nucleares a cargo de militares la radioprotección es una contradicción en término.
Estas instalaciones no fabrican ni un kilovatio/hora de electricidad. Son meras “tostadoras” de uranio natural moderadas con agua pesada. Su función es darle una irradiación “livianita” al uranio 238 (que viene a ser el 99,3% de este elemento en estado natural), como para limitar su captura de neutrones. Generalmente constan de un reactor nuclear de potencia entre baja y media, cuyo núcleo emite neutrones que son interceptados por «blankets» (frazadas), envoltorios de uranio depletado, más rico que el uranio natural en su radioisótopo 238, el inútil para fisión, y más pobre en su isótopo 235, el físil. En los blankets, el uranio 238 atrapa neutrones y tras un par de transformaciones nucleares se vuelve plutonio 239.
La idea es obtener mucho plutonio 239, pero poco y nada de 240, 241 y 242. Estos son “hiperfísiles” por dos causas: están los isótopos que emiten tanta radiación gamma a distancia que es prácticamente imposible su manejo metalúrgico para fundir y tornear el «pit», el núcleo de una bomba implosiva.
Pero están los otros isótopos que son tan reactivos que disuelven en plasma el “pit”, o semilla hipercrítica de la bomba A, antes de tiempo, y disipan en un fogonazo prematuro (“fizzle”) lo que debería ser una razonable explosión. El resultado de un «fizzle» es la dispersión aérea incontrolada de especies de plutonio muy radioactivas y de largas vidas medias, una «bomba sucia» de efectos muy duraderos y perfectamente capaces de afectar al país atacado, al atacante y a decenas de neutrales. Es un menú tan suicida que ha sido rechazado por los militares de EEUU, Inglaterra, Francia, la URSS y China. No sin haberse ensayado en varias pruebas fallidas, incluso en superficie.
Las “production facilities” se construyen en general con alguna planta adjunta de reprocesamiento, donde el plutonio es químicamente separado en fase líquida del combustible irradiado. No existe ninguna constancia de que Brasil haya tenido este tipo de instalaciones.
Es risible mencionar ese reactorcito de 0,5 MW térmicos moderado con grafito en la Reserva Biológica de la Barra de Guaratiba, llamado Projeto Atlantico. La escasa potencia del aparato -80 veces menor que el de Arak, en Irán, y 300 veces menor que el de Dimona, en Israel- trasunta su baja utilidad militar, lo que no significa nula utilidad.
«Los muchachos» probablemente estaban ensayando a escala demostración la tecnología de un plutonígeno en serio, una production facility. Diplomáticamente, es meter la cabeza en la picadora de carne: no vas a poder comerte las empanadas resultantes.
Es inevitable que un reactor así produzca plutonio, pero no en las cantidades y tiempos que requiere un programa de armas, incluso si se acota el «quemado» de los blankets para obtener el “mix” isotópico necesario, casi libre de especies de plutonio por encima del 239. Lo que sí te va a producir es tremendos despelotes internacionales y con tu propia sociedad civil.
Lo que choca es la propensión de los generales de la larga dictadura brasileña en poner instalaciones potencialmente sucias en reservas naturales. Si querían generar politización antinuclear inespecífica en la sociedad civil, politización de la que después te va a impedir generar reactores para medicina nuclear, o centrales de potencia para no depender de los hidrocarburos cuando ya hayas represado todos tus ríos… «Los muchachos» hicieron todo lo necesario para crear una Greenpeace brasileña poderosa, y veinte más como esa multinacional, pero más locales. Y ganaron. Literalmente, se ametrallaron las patas.
Acabo de explicar, sin proponérmelo, por qué las centrales de potencia son pésimas fabricando plutonio militar. Dado que hay que maximizar el quemado para sacarle a cada tonelada de combustible el máximo posible de megavatios/hora por día, la irradiación del uranio 238 es profunda. Resultado: un exceso de isótopos hiperfísiles.
Sí, claro, siempre es posible la avivada de sacar un elemento combustible “medio crudo” de la central y llevárselo a una planta radioquímica oculta para reprocesarlo y sacarle el 239 más o menos puro. Pero es difícil engañar a las cámaras y otros sensores físicos y químicos, todos telemétricos, del OIEA, y si aparecen indicios de que alguien los interfirió o trató de “perrear”, se compra inspecciones sorpresa diarias y horario central en los noticieros mundiales, y unas operetas de desestabilización interna que te las cuento. No es que sea imposible fabricar armas de plutonio. Para el caso, tampoco lo es ponerle un babero a un tigre, y los militares de todo el mundo tratan de no hacerlo.
Por supuesto, hay hijos y entenados. Cuando Sudáfrica fabricó al menos 8 bombas de plutonio (y una la testeó no muy secretamente sobre el Océano Índico el 22 de Septiembre de 1979), lo hizo con transferencia de tecnología encubierta desde Israel, y bajo el paraguas diplomático de los EEUU.
Cuando se bajó el gobierno del «appartheid», Nelson Mandela se hizo presidente y Sudáfrica renunció a su rol de gendarme regional no blanqueado de la OTAN, esas armas fueron desmanteladas bajo inspección internacional, único caso en la historia mundial. Israel mantiene impertérrito sus «bombs in the basement» sin sufrir ningún tipo de sanciones de comercio exterior. Pero a los entenados, salvo cuando tienen el tamaño demográfico de la India, les va mal, mal, mal, mal.
Las FFAA brasileñas probablemente apostaron más al tamaño geográfico y económico que demográfico. No por nada tienen la mitad del territorio de Sudamérica, y la mayor parte de su PBI. Pero además están menos desgastadas que las argentinas: mataron a menos civiles, en lugar de destruirla su industria la hicieron crecer a lo pavote (vayan Petrobras y Embraer como pruebas), y de yapa no perdieron ninguna guerra. Pero todavía tienen la costumbre residual “de cortarse solas” cuando pueden.
Hay historia detrás de esa historia: Brasil fue antes un imperio que una república, y no se olvida. Pero además, hay historia reciente: las FFAA brasucas se acostumbraron a «hacer la suya» desde la presidencia del citado Gral. Ernesto Geisel hasta 1985. Hasta aquel año, cada una de las Fuerzas Armadas tuvo su propio programa de armas nucleares libres de control interno civil, y obviamente tampoco externo por parte del OIEA.
Como prueba de su nostalgia por estos años de privilegio, pobres en resultados pero fabulosos en gastos, ya en democracia y aprovechando que el presidente Henrique Cardoso estaba de gira en el exterior, el Ejército anunció en 1991 la construcción de una “facility” de 40 MW térmicos. 40 megavatios que al día siguiente de volver Cardoso al país eran 2 MW y luego ninguno, porque jamás se construyó. Ni un gruñido cuartelero se escuchó.
Aquel año, el establishment político brasileño ya no toleraba más pavadas castrenses, entre otras cosas, porque empezaba el Mercosur, y la industria paulista entonces estaba muy interesada en acceder al mercado interno argentino con sus manufacturas. No podés venderle heladeras y autos a tu socio y cliente si simultáneamente lo asustás con un trabuco.
El as de espadas final del plutonio contra el uranio, en materia militar, es que toda bomba termonuclear (o H) que anda por ahí usa una bomba de plutonio como espoleta. No es enriqueciendo uranio como hacés tu bomba, salvo que seas un total idiota. Pero con uranio enriquecido propio, salido de plantas instaladas en tu propio país, nadie puede decirte: «firmame este papel y dame tu petróleo, o tus centrales de potencia se quedan sin combustible, y Río de Janeiro en apagón permanente».
Aunque parezca política ficción, los milicos brasileños renunciaron a la bomba –y a la vía del plutonio, el mejor modo de hacerla- no tanto por las presiones yanquis, aunque las hubo y terribles. Han demostrado históricamente que tienen más espaldas que nosotros para aguantarlas.
Renunciaron a regañadientes porque los obligó su propia burguesía industrial, tentada de asociarse económicamente con la Argentina, «a ver qué pasaba». Y lo decisivo no fueron las amenazas de sanciones económicas de los EEUU. Lo que hizo cambiar de frecuencia a nuestros vecinos y socios fue la audaz propuesta de la DIGAN y de Alfonsín en 1987, un golpe diplomático magistral que tiene la firma del embajador Adolfo «Chinchín» Saracho de pe a pa.
Y aquello sí que fue un cambio histórico. O pudo ser. Pero la historia tiene final abierto.








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