Indios Munduruku del río Tapajós, en rebelión contra las represas que se les vienen encima y los dejarán sin medios ni lugar de vida.
Brasil, con las centrifugadoras que se autoabastecen de combustible enriquecido, tiene cierto margen para desobedecer al “Club Nuclear”, o al menos a sus cuatro miembros principales, sin que el estado de Río de Janeiro pierda la mitad de su capacidad de generación eléctrica.
Asociado con el 5° estado del “Club”, Francia, el presidente Luiz Lula da Silva en 2008 anunció la compra de cuatro submarinos de ataque Scorpene franceses de propulsión convencional (térmica y eléctrica), más un 5° con el casco alargado y preparado para recibir un motor nuclear de tipo PWR con uranio enriquecido al 19,7%, límite máximo del material considerado de uso civil por el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica).
Esta PWR sería de desarrollo totalmente brasileño (según los vecinos), y su combustible saldría de alguna ampliación de Resende, por ahora abocada a surtir la demanda (no toda) de “las Angras”. Los motores atómicos navales de las superpotencias suelen usar uranio de grado militar (93% o por ahí), dado que el espacio a bordo no sobra y conviene que todo sea muy potente y compacto.
Es física: cuanto más enriquecido el combustible, mayor es su capacidad de generar calor en menor espacio, y más dura. En los subs clase Ohio de la US Navy, la carga original de combustible excede la vida útil de casi todo el resto del submarino. Pero Resende, por su tamaño, tardaría años en fabricar un núcleo tan enriquecido, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le tiraría el caballo encima a Brasil si se atreviera a enriquecer uranio a más del 19,7%, y mientras Resende llega lentamente a un primer núcleo del reactor naval, las Angras se quedarían sin combustible.
Visto todo lo cual, es mejor bancarse un motor atómico más grandote, menos potente y con alguna rotación periódica del combustible. Con un motor de 19,7% la ventaja principal del submarino atómico se mantiene: puede permanecer meses sumergido generando su propio oxígeno y agua potable, sin otro límite que la comida a bordo, y las superpotencias no tendrán mucha idea de en qué lugar del mundo está y qué demonios hace. Lo cual les generará un consumo infernal de recursos navales en búsqueda, detección y seguimiento. Que es la utilidad primera de los submarinos nucleares: empiojarle el mar a quienes se piensan sus dueños.
Como decía el creador del Nautilus, el Alte. Hyman Rickover: «Better a sub at sea than a bomb in the basement» (mejor un submarino en el mar que una bomba en el sótano). El axioma de Rickover es válido incluso para submarinos de ataque como será el SBN Alvaro Alberto, sin armas nucleares.
Brasil trata de conseguir esa capacidad por la cual la Armada Argentina, arma carente por completo de vocación industrialista, puso su paraguas político sobre la CNEA durante sus 30 años. Y es muy probable que Brasil lo logre: los primos son tenaces.
Cuándo lo logrará es otra historia. Las fechas de terminación de este 5° submarino se van corriendo: la última anunciada es 2023, y tiene tanta credibilidad como las muchas anteriores que ya vencieron. Lo cierto es que Resende ya tiene el módulo suficiente como que Brasil pueda permitirse el lujo de al menos UN primer submarino nuclear, cuando se logre resolver su miríada de desafíos técnicos.
El país, que aspira a asegurar militarmente sus rutas comerciales de navegación, especialmente las del Atlántico Sur que conectan a la industria brasuca con decenas de estados africanos, queda en condiciones de decir «urbi et orbi»: no nos pueden parar el submarino ni apagar la luz. Con copia en carbónico para las cancillerías de la OTAN.
El problema es que no hace falta que nadie les corte la luz: se apaga igual. Brasil tiene sin duda la mejor red de distribución eléctrica de la región, y la número 10 del mundo: 100% de la población urbana y 97,5% de la población rural servidas. Pero también tiene un consumo pavoroso, por sus considerables industrias, sus megalópolis atlánticas, y un déficit de potencia de base que sólo se curaría con un programa nucleoeléctrico de alrededor de 30 mil MWe. Estoy hablando de 17 veces la exigua capacidad instalada de Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA) al 2018, de modo que seguramente me quedo corto.
Pero plantear siquiera eso en Planalto es un suicidio político, tras tanto escándalo y fracaso en el pasado de Angra 1 y 2, y otros asuntos. Ya conté por qué y cómo el átomo brasileño quedó maldito ante parte de la población, al menos para usos civiles. Y ni el propio Lula, el más querido de los presidentes brasileños, que de ecologista finolis no tiene un pelo, logró resucitarlo.
El otro recurso a mano para generar electricidad de base en Brasil es hacer estragos humanitarios, etnológicos, sociales, ecológicos y jurídicos en sus inmensos ríos. Para mal de la población ribereña.
En la historia del Programa Nuclear Brasileño desde fines de los ’60 no hay sólo algunas malas decisiones, sino también demasiada mala suerte como para ser casual, y mucha confusión política de la población. Y todo esto arrimó leña a un ardiente final de tragedia griega, que acaba de incinerar al gobierno del PT, sin importar que haya sacado a 40 millones de brasileños de la pobreza.
Angra 1, decidida en 1971 y firmada en 1972, tuvo la desgracia de entrar en línea tarde, renga y el mismo año en que estalló la central soviética de Chernobyl. Y por sus frecuentísimas salidas de servicio, extrañas para una Westinghouse tan probada y conocida, se ganó su apodo entomológico de “A Vagalume”. Y eso sucedió mientras en la URSS se desencadenaba el primer accidente nuclear “INES 7” de la historia, y en Río de Janeiro se fundaba el Partido Verde. Todo junto.
En sus inicios, el PV era un inocuo rejunte de artistas y psicólogos progres, pero le llovió plata (?) y se enraizó rápidamente en varias corrientes de raíz distinta y más profunda y legítima, que tratan de corregir las injusticias más brutales y desatendidas del Brasil: el Movimiento de los Sin Tierra, el mucho más disperso y despolitizado de las etnias amazónicas acorraladas y masacradas por ganaderos, madereras, mineros y constructoras de represas, y la devastadora pobreza urbana de cuentapropistas, donde sucedió el “boom” de los partidos evangélicos de la creciente población “favelada”. Todo eso hoy es un compacto poderoso. Y con fobia al átomo.
Lo que logró la línea fundacional carioca del Partido Verde –y sin Chernobyl le habría sido más difícil- fue imprimirle su antinuclearismo tilingo a toda esta gente tan distinta, tan humilde, y tan desencontrada en intereses económicos y visiones culturales. Contra el antinuclearismo difuso en la sociedad no pudo luchar siquiera Lula, pese a comandar un partido obrero, urbano y con un ideario industrial, es decir educativo, científico y tecnológico.
Las represas “buenas” por definición son las de ríos de montaña o serranía: alta pendiente implica mucha potencia hidroeléctrica, y altas orillas de piedra suponen lago chico en área, con buena capacidad de almacenamiento para gastar en años secos, y un impacto de inundación de vecinos muy manejable.
Un caso interesante: Itaipú, con 14.000 MW instalados, cuya producción eléctrica DIARIA equivale al consumo ANUAL de Argentina en 2008. Como el Paraná pese a su estiaje es bastante caudaloso a año completo (factor de carga del 51%,), Itaipú en producción anual equivale a 8 centrales nucleares de 1000 MW cada una, nuevecitas, de buena marca y con un factor de disponibilidad del 90%.
Hay un lado oscuro de Itaipú, cuando uno logra cerrar la boca y pensar en frío, tras el vértigo inicial que da esa obra prodigiosa. Los sobrecostos fueron del 240% sobre lo estimado: oficialmente, fueron U$ 36.000 millones. Con eso, hoy uno se compra 9 centrales nucleares como las que quería Geisel. ¿Qué opción era mejor?
Las centrales hidroeléctricas binacionales arman balurdos de plata entre socios: a pedido del Paraguay, el economista estadounidense Jeffrey Sachs investigó y dijo, como perito de parte, que con los préstamos que el país guaraní recibió de Brasil, hay U$ 24.000 millones más de costos financieros que se terminarán pagando en 2023.
Si esto fuera cierto, “la boleta total” de Itaipú cerraría en U$ 60.000 millones. Pero como el comprador del 97,5% de la electricidad es Brasil y Paraguay estuvo vendiendo su 50% de producción eléctrica “a precio reventado”, en 2012 –siempre según Sachs- Brasil le debía U$ 5000 millones a Paraguay. No aceptamos Banelco. Colaciónese.
Atif Ansar y Bent Flyvberg, respectivamente profesores de Gobierno y de Manejo de Grandes Programas en la Universidad de Oxford, creen que en realidad Itaipú salió tan cara que no va a pagarse jamás. Probablemente eso es una pavada de Brits que odian la obra pública. Pero es cierto que la escala de los megaproyectos hidro resulta proporcional a la opacidad de sus costos y el alcance de sus “externalidades”, nombre técnico para otro axioma: “los costos que paga la gilada”. ¿Quiénes la componen?
Hay más lados oscuros de Itaipú en esa dirección, la gilada que garpa, y con su vida. El lago es enorme: 1400 km2, y desalojó cultivadores brasileños de soja que, ante la insuficiencia de las compensaciones, tuvieron que comprar hectáreas más baratas en Paraguay, transformándose en “brasiguayos”, como se los llama. Pero esos eran tipos con una moneda: pudieron poner la ropa a salvo.
Otros no: datos de impacto humano del lago en Paraguay, indisponibles, según usos y costumbres. Pero distintas organizaciones civiles e iglesias concuerdan en que el total de familias desplazadas en ambas orillas fue de 10.000, y el de individuos, 59.000. Los Ava-Guaraníes y mestizos del lado paraguayo terminaron amontonados a culatazos en reservas inviables y conflictivas, mientras los medios elogiaban la obra y los ecologistas se preocupaban por los yaguaretés.
Y ojo, Itaupú es una presa “buena”, la última buena de varias decenas de cierres de un tramo en que el Paraná tiene 200 metros de pendiente y un cauce emparedado entre dos potentes orillas de granito. Ojalá tuviéramos algo de esa geología hidrológica nosotros, más allá de Misiones. Pero no es el caso, y hace tiempo que Brasil, el país más hidroeléctrico del planeta, agotó todos los enclaves geográficos comparables.
Los que le quedan sin represar se dividen en malos y peores. La obra hidro más controvertida, Belo Monte, sobre el Xingú, entró en operaciones a principios de este año, pese a la movilización masiva de las tribus Kayapó, Munduruku y otras. Los caciques que no fueron comprados con televisores y camionetas saben que tras Belo Monte se vienen 60 represas más en la cuenca amazónica, a construirse en las dos próximas décadas sobre el Tapajós, el Teles-Pires, el Araguaia-Tocantins, y sigue la lista. El 99% de los argentinos nunca vio esos ríos, pero existen y son enormes. Y también un irremediable despelote técnico.
Antes de acusar a nadie de indigenismo tilingo (estoy en la Argentina, conozco el paño facho), los problemas de estos emprendimientos son inherentes a la geografía. Toda la cuenca amazónica, en su mayor parte una planicie, funciona con dos estaciones casi independientes de la lluvia local: la inundada y la seca.
En la primera, que va de diciembre a abril, toda la red de grandes ríos, de tributarios y de arroyos tiene 7 metros extra de profundidad, por la mayor escorrentía que baja desde los Andes, irrigados por lluvias monzónicas motorizadas por los «ríos atmosféricos» del Amazonas.
Hasta el 17% de la selva (el “Igapó”) queda entonces 3 o 4 meses bajo agua por el desmadre hídrico general, porque en esta zona tan chata de la llanura amazónica ningún río tiene orillas de piedra y bien delimitadas.
En revancha, durante la estación seca, de mayo a diciembre, todos los ríos bajan 7 metros y en muchos de ellos se puede caminar por el fondo, y hasta pisando sobre pasto nuevecito. Y esto sucede aunque llueva diariamente, con esas lluvias de ciclo cerrado generadas por la evapotranspiración de la formidable masa vegetal, tal vez la única del mundo tan ingente como “para regarse a sí misma” todos los días. En la seca fluvial, las precipitaciones apenas bajan un 10% promedio sobre una media anual de 4000 milímetros.
Es una seca muy mojada, la amazónica, pero tanta mojadura sin pendiente no mueve el amperímetro. Construir represas al pedo es un negocio de constructoras, pero en términos hidroeléctricos a Brasil no le reporta casi nada.
Es extraño, como todo en el Amazonas: llueva o no llueva, en la seca los ríos quedan reducidos a su mínima expresión. Esto obliga a que cada gran represa cuente con varias represas tributarias construidas aguas arriba, que les sirvan de reservorio. De otro modo, en la seca dejarían las turbinas fuera de régimen y la red eléctrica en “brown-out”. Sí, lector, las superficies lacustres -y los desalojos violentos- se van sumando.
Las etnias ribereñas hasta hace poco eran alimentariamente autónomas: vivían sobre ríos corrientes y biológicamente vivos, no sobre cadenas de lagos de agua estancada, eutroficada por excesos fotosíntesis, podrida de algas en descomposición y con poca pesca.
Cuando los ríos tropicales son subdivididos como ristras de chorizos en cadenas de lagos de escasa corriente y alta temperatura, a lo sumo sobreviven los peces no migratorios o capaces de arreglárselas en los primeros metros de profundidad (el epilimnio). Allí arriba el contenido de oxígeno disuelto del agua la vuelve “respirable” para todo ser con branquias. Pero el agua de fondo, o hipolimnio, se vuelve técnicamente una “zona muerta”, agua negruzca y sin oxígeno.
Peor aún: esos lagos en zona tropical emiten gases invernadero a borbotones, especialmente metano, proveniente de la putrefacción de plantas y algas en el hipolimnio. Y el metano, muy eficiente en atrapar radiación térmica, tiene un GWP (Global Warming Potential, capacidad de recalentamiento global) 25 veces mayor que el dióxido de carbono, medido a 100 años de emitido. La de Belo Monte no es electricidad limpia.
Tampoco limpia de sangre. En los embalses de llanura los lagos hidroeléctricos se vuelven gigantescos en superficie, porque -nuevamente dicho- la chatura del paisaje no demarca orillas. Y esto significa que los lugareños no sólo pierden la pesca –su fuente de proteínas y medio de vida- sino también sus aldeas. Pierden todo. Se vuelven IDPs, “Internally Displaced Persons”, eufemismo gringo de parias.
En suma, el antinuclearismo berreta de “las minorías intensas” y la acuciante falta de electricidad condenaron a la desaparición al sector menos organizado y peor representado y defendido de la democracia brasileña: los indios.
Alguien tenía que joderse.
Daniel E. Arias


“Take five”: en 2008 Brasil compró a Francia la licencia de fabricación de cuatro submarinos Scorpene como el de arriba, y uno como el de abajo, mucho más parecido al Barracuda (mismo fabricante, Naval Group). A éste último Brasil le pondrá un motor nuclear de desarrollo propio. El prototipo del motor, un PWR con uranio enriquecido al 19,7%, se está probando en instalaciones terrestres desde hace tres años.
Ante el fiasco del sistema de toberas que les vendió Siemens en su acuerdo de 1975, el Programa Paralelo brasileño decidió la construcción de una planta piloto de enriquecimiento con tecnología propia de centrifugadoras. La diseñó la Armada y está en Aramar, Iperó, Sao Paulo. Fue inaugurada en 1988, visitada por Alfonsín en el cuadro de apertura y distensión que posibilitó el Mercosur. Posteriormente, la tecnología allí testeada se instaló a escala industrial en Resende, Río de Janeiro, en 2003.
Iperó fue el primero y por ahora solitario éxito palpable del “Programa Nuclear Paralelo” de Brasil, en el que cada fuerza armada tenía su propio proyecto de producción de elementos físiles, billetera libre y ningún control civil interno. Tampoco parece haber tenido la suficiente coordinación inter-fuerzas.
Llegada la democracia a Brasil en 1985, los controles civiles –que los militares recibieron con tanta alegría como un pato la munición- fueron corrigiendo la situación, fundamentalmente para no desairar los ofrecimientos de inspección recíproca y colaboración tecnológica que por fin ofrecía la Argentina. Iperó, planta piloto, y luego Resende, plenamente industrial, fueron puestas bajo control del ABBAC, la agencia binacional de controles recíprocos de inventarios nucleares.
Este organismo binacional fue pergeñado por los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney para disipar suspicacias de armamentismo entre ambos países, pero sin tener que firmar el TNP (Tratado de No Proliferación del Organismo Internacional de Energía Atómica). La explicación ya la dimos muchas veces: el tratado deja proliferar libremente a las superpotencias militares, pero le pone mil y un palos en la rueda a la investigación, desarrollo y transferencia de tecnología nuclear pacífica de los escasos países como el nuestro, con programas atómicos independientes.
En contradicción con este marco conceptual inicial del ABBAC, en tiempos del presidente Carlos Menem nuestro país firmó unilateralmente el TNP sin siquiera avisarle a Brasil. Nuestro socio en el Mercosur se vio obligado a hacer lo propio un tiempo después, para no quedarse aislado diplomáticamente en la región. De modo que la ampliación industrial que fue Resende directamente nació bajo salvaguardias dobles, del ABBAC y del OIEA, con el organismo de Viena metido cual suegra en la cama de la feliz pareja. Sobre esto, se vuelve después.
Aunque industrial, Resende fue pensada para abastecer un programa de centrales ya condenado al enanismo, que hoy por hoy sólo genera el 3% de la electricidad nacional. Y pese a la oposición de los EEUU los brasileños la hicieron nomás, y le dijeron “No hay tu tía” a los EEUU, que han hecho todo lo posible -y seguirán haciéndolo- por evitar que Brasil y Argentina tengan capacidades propias de enriquecimiento.
Pero en este desafío del uranio enriquecido brasuca hay algo de fútbol tribunero. Es cierto que Brasil necesita enriquecer este combustible “at home” para cubrir sin temor a extorsiones el consumo de las Angras 1 y 2, y la 3 si se termina alguna vez. Nosotros también lo necesitaremos para nuestras centralitas compactas CAREM, que funcionan con uranio enriquecido, y para la primera gran PWR de agua liviana que construyamos, si alguna vez sucede. Pero la verdad es que la minúscula planta de enriquecimiento argentina de Pilcaniyeu, Río Negro, o la mucho más moderna e industrial de los brasileños en Resende no son motivo de insomnio para nadie, ni siquiera en Washington.
Y es que a la hora de hacer bombas lo que vale es el plutonio: una esfera tamaño bola de billar de plutonio 239 militar pesa 4 kg y cuesta mucho menos que una de 15 kg. de uranio enriquecido al 90% (de tamaño apenas mayor). En el ínfimo y terrible instante de formar masa hipercrítica, la bola de plutonio tarda más en volatilizarse y dispersarse como gas en estado de plasma. Pero en las millonésimas de millonésimas de segundo en que conserva el estado sólido supercrítico, rinde más neutrones, fisiona más material y por ende rinde más potencia termomecánica y radiante. “More bang for the buck”, como descubrió Oppenheimer en 1944. No sólo es una mejor bomba, es más barata.
En términos militares, hoy con uranio se hace “jogo bonito” en diplomacia internacional, pero los goles se hacen con plutonio. Desde 1992, cuando los EEUU y la entonces recién nacida Federación Rusa desmantelaron en cumplimiento de los pactos Salt III sus últimas bombas de uranio, es dudoso incluso que queden muchas de éstas en los arsenales de las superpotencias, y ya eran rarezas.
La ventaja inicial de diseño de “Little Boy”, la bomba de Hiroshima, fue que su mecanismo de acción era un cañón antiaéreo (sic) que disparaba una bala de uranio enriquecido contra un blanco de lo mismo en el otro extremo del tubo. Sí, efectivamente, el cañón hacía blanco sobre sí mismo. Tampoco nadie pretendía darle más de un único uso…
Esto del cañón permitía fabricar una bomba longilínea y relativamente aerodinámica, que con los rediseños y miniaturizaciones de posguerra llegó a caber en balas de artillería. Y sin embargo, durante toda la Primera Guerra Fría las superpotencias experimentaron de todo, y terminaron adhiriendo a la bomba implosiva de plutonio, al menos como base de su armamento. En esta Segunda Guerra Fría eso no parece en vías de cambiar.
En pocos años, “Fat Man”, de 1,5 m. de diámetro, evolucionó en la portátil Davy Crockett, de 27,5 cm., disparable desde un cañoncito sin retroceso.
La bomba implosiva de plutonio derivada de “Fat Man”, la que barrió Nagasaki, llegó a grados de rediseño y miniaturización aún más drásticos. En ello perdió su desventaja inicial (su forma de globo de 1,5 m. de diámetro, que la volvía una pesadilla aerodinámica) y en los ’50 adoptó formas extremadamente versátiles, desde la Davy Crockett de 27,5 cm. de diámetro, disparable por un cañoncito sin retroceso desde un jeep, hasta la que se lleva a lomos de soldado en una mochila. Un soldado muy heroico, qué duda cabe.
Y la bomba de plutonio nunca perdió su ventaja inicial: el “pit” o semilla metálica hipercrítica por compresión, tarda más en volatilizarse, y cuando lo hace ya entró en fisión hasta el 20% de su masa, hecha de un material carísimo, pero comparativamente más barato que el uranio HEU (de alto enriquecimiento, o «militar», con entre un 93 y un 95% de isótopo 235).
En contraste, la bomba de uranio sólo logra fisionar el 1% del HEU, un producto cuya alta pureza de isótopo 235 se logra a costa de un trabajo separativo muy costoso en energía eléctrica. HEU. «Little Boy», la bomba de Hiroshima, que se tuvo que improvisar con un enriquecimiento casi «submilitar» en máquinas separativas muy ineficientes, es una horrorosa prueba de que el uranio muy enriquecido sirve para armas de destrucción masiva. Pero la bomba de uranio se terminó volviendo rápidamente “un arma champagne”.
Por ello, es de una imbecilidad o maldad supinas perseguir a los países enriquecedores de uranio, si tienen sus plantas bajo salvaguardias del OIEA. Y menos cuando se trata de plantas chicas y fáciles de monitorear. Como para dejar la cosa establecida, si se suman las capacidades de enriquecimiento actual de Brasil en Resende y de Argentina en Pilcaniyeu, dan algo así como el 0,3% de la instalada en todo el mundo, medida en unidades separativas.
Es cierto que la misma planta que produce MUCHO uranio LEU (Low Enrichment, entre 3 y 5%, “grado central”) se puede reconfigurar para producir MUY POCO uranio HEU (High Enrichment, 90%, “grado bomba” o “motor naval”). Pero aún si se reconfigurara Resende, la planta resultaría chica para un programa militar.
Digo esto porque hay material en Wikipedia que asegura solemnemente que Resende –capaz de arrimar a 280 toneladas/año de LEU- se podría reconfigurar para producir hasta 31 bombas de HEU por año (565 kg, mínimo) y que el “lapso de escape” hasta la primera de ellas sería de 3 años. Bullshit.
Es un macanazo atómico. Por empezar, la planta está instrumentada y telemetreada desde la sede del OIEA en Viena para saber en tiempo real su inventario de insumos y productos a la centésima de gramo. De yapa, Brasil llegó a recibir entre 60 y 80 inspecciones sorpresa/año del organismo vienés en 2003 y 2004, cuando la construyó. La suegra, no por vienesa y finolis, pierde costumbres de suegra. Bemvinda, a sinhora…
Es cierto que la planta ocultaba con mamparas de madera algunos detalles de las centrifugadoras, para evitar el pirateo de tecnología por los inspectores, que no son ángeles (nadie pretende que lo sean). Eso dio lugar a un tiempo de forcejeo casi cómico entre inspectores y autoridades locales por el tamaño de las mamparas, parecido al de una adolescente con su madre cuando discuten la longitud de una minifalda. Sólo que en este caso los roles estuvieron siempre invertidos: Brasil ponía maxifaldas de madera, el OIEA exigía minifaldas de esas que no dejan nada a la imaginación.
Son fantochadas y las dos partes lo saben. Cuando los estados quieren armas –ver Israel, ver Sudáfrica, ver la India, ver Pakistán, ver Corea del Norte- van al plutonio, y es clarísimo que para el OIEA, sobre todo desde 1992, cuando empezó a ser dominado unilateralmente por los EEUU, hay hijos y entenados, y los perseguidos por la agencia son los segundos. Desde que se derrumbó la URSS, el organismo vienés parece creer que las bombas atómicas norcoreanas o pakistaníes son malas, pero no así las israelíes.
Aunque los isótopos de ambos metales físiles –plutonio 239 y uranio 235 de alta pureza- son más caros que el oro o todos los de la familia del platino, el plutonio sigue siendo mucho más barato que el uranio 235 enriquecido desde su piso natural del 0,71% con que sale de la mina, al grado militar actual, bien arriba del 90%.
El plutonio hoy, y al menos en la Tierra, parece ser un elemento artificial. Como hace 1700 millones de años funcionaron al menos 16 “reactores nucleares naturales” en formaciones uraníferas de Oklo, Gabón, no es imposible que existan distintos isótopos de plutonio en la naturaleza geológica. Pero nunca aparecieron en las prospecciones, porque pese a sus vidas medias larguísimas, los plutonios naturales de la corteza terrestre “decayeron” en otros elementos.
Momento que reescribe la dudosa historia del futuro humano: el núcleo del reactor plutonígeno de Arak es extraído. La cavidad fue rellenada después con concreto, inutilizando toda la planta para siempre. Lamentablemente, el trabajoso acuerdo con Irán -6 años de negociaciones- para que no fabricara plutonio militar no estaba blindado contra la aparición de un presidente estadounidense, Donald Trump, que lo anuló.
El plutonio se fabrica en reactores ad-hoc o plutonígenos, bastante berretas pero potentes, como el de Arak de 40 MW térmicos, que el OIEA –y éste fue il “capolavoro” tardío de Rafael Grossi- le hizo cerrar en 2014 a Irán. Para mayor inri, los iraníes le tuvieron que extirpar el núcleo al reactor y rellenar la cavidad con cemento.
Como estos reactores son militares, en general no brillan por su prolijidad en radioprotección, que en general parece ser una manía sólo de civiles. Esto es cierto incluso en EEUU, donde a estos reactores se los llama con el eufemismo de “production facilities”. Dicho en Argentina en 1986 por Abel González, hoy nuestro “top man” en esta difícil materia en organismos multilaterales como el OIEA y el UNSCEAR, “los operadores de estas plantas se irradian hasta las pelotas”.
La pesada herencia de la Guerra Fría: se ven 3 de los 9 reactores plutonígenos y plantas de reprocesamiento de Hanford, en el sureste desértico del estado de Washington. Nadie sabe cómo vitrificar y gestionar con costos y riesgos razonables el inventario de residuos radioactivos generados allí desde inicios del Programa Manhattan hasta 1987. Son 208 millones de litros contaminados con 46 especies de radioquímicos que contienen 176 millones de curios de radioactividad, el doble de lo liberado por el accidente de Chernobyl en la URSS. Sólo el traslado por caños del material líquido hasta la futura planta de vitrificado es un trabajo estimado en U$ 13.400 millones, según Scientific American. Fecha posible de inicio de obras: 2022. Fecha de término de la vitrificación: 2068. Nadie cree en tales fechas, por la dificultad técnica del trabajo. No importa en qué país ni bajo qué régimen político, en las plantas de armas nucleares a cargo de militares la radioprotección es una contradicción en término.
Estas instalaciones no fabrican ni un kilovatio/hora de electricidad. Son meras “tostadoras” de uranio natural moderadas con agua pesada. Su función es darle una irradiación “livianita” al uranio 238 (que viene a ser el 99,3% de este elemento en estado natural), como para limitar su captura de neutrones. Generalmente constan de un reactor nuclear de potencia entre baja y media, cuyo núcleo emite neutrones que son interceptados por «blankets» (frazadas), envoltorios de uranio depletado, más rico que el uranio natural en su radioisótopo 238, el inútil para fisión, y más pobre en su isótopo 235, el físil. En los blankets, el uranio 238 atrapa neutrones y tras un par de transformaciones nucleares se vuelve plutonio 239.
La idea es obtener mucho plutonio 239, pero poco y nada de 240, 241 y 242. Estos son “hiperfísiles” por dos causas: están los isótopos que emiten tanta radiación gamma a distancia que es prácticamente imposible su manejo metalúrgico para fundir y tornear el «pit», el núcleo de una bomba implosiva.
Pero están los otros isótopos que son tan reactivos que disuelven en plasma el “pit”, o semilla hipercrítica de la bomba A, antes de tiempo, y disipan en un fogonazo prematuro (“fizzle”) lo que debería ser una razonable explosión. El resultado de un «fizzle» es la dispersión aérea incontrolada de especies de plutonio muy radioactivas y de largas vidas medias, una «bomba sucia» de efectos muy duraderos y perfectamente capaces de afectar al país atacado, al atacante y a decenas de neutrales. Es un menú tan suicida que ha sido rechazado por los militares de EEUU, Inglaterra, Francia, la URSS y China. No sin haberse ensayado en varias pruebas fallidas, incluso en superficie.
Las “production facilities” se construyen en general con alguna planta adjunta de reprocesamiento, donde el plutonio es químicamente separado en fase líquida del combustible irradiado. No existe ninguna constancia de que Brasil haya tenido este tipo de instalaciones.
Es risible mencionar ese reactorcito de 0,5 MW térmicos moderado con grafito en la Reserva Biológica de la Barra de Guaratiba, llamado Projeto Atlantico. La escasa potencia del aparato -80 veces menor que el de Arak, en Irán, y 300 veces menor que el de Dimona, en Israel- trasunta su baja utilidad militar, lo que no significa nula utilidad.
«Los muchachos» probablemente estaban ensayando a escala demostración la tecnología de un plutonígeno en serio, una production facility. Diplomáticamente, es meter la cabeza en la picadora de carne: no vas a poder comerte las empanadas resultantes.
Es inevitable que un reactor así produzca plutonio, pero no en las cantidades y tiempos que requiere un programa de armas, incluso si se acota el «quemado» de los blankets para obtener el “mix” isotópico necesario, casi libre de especies de plutonio por encima del 239. Lo que sí te va a producir es tremendos despelotes internacionales y con tu propia sociedad civil.
Lo que choca es la propensión de los generales de la larga dictadura brasileña en poner instalaciones potencialmente sucias en reservas naturales. Si querían generar politización antinuclear inespecífica en la sociedad civil, politización de la que después te va a impedir generar reactores para medicina nuclear, o centrales de potencia para no depender de los hidrocarburos cuando ya hayas represado todos tus ríos… «Los muchachos» hicieron todo lo necesario para crear una Greenpeace brasileña poderosa, y veinte más como esa multinacional, pero más locales. Y ganaron. Literalmente, se ametrallaron las patas.
Acabo de explicar, sin proponérmelo, por qué las centrales de potencia son pésimas fabricando plutonio militar. Dado que hay que maximizar el quemado para sacarle a cada tonelada de combustible el máximo posible de megavatios/hora por día, la irradiación del uranio 238 es profunda. Resultado: un exceso de isótopos hiperfísiles.
Sí, claro, siempre es posible la avivada de sacar un elemento combustible “medio crudo” de la central y llevárselo a una planta radioquímica oculta para reprocesarlo y sacarle el 239 más o menos puro. Pero es difícil engañar a las cámaras y otros sensores físicos y químicos, todos telemétricos, del OIEA, y si aparecen indicios de que alguien los interfirió o trató de “perrear”, se compra inspecciones sorpresa diarias y horario central en los noticieros mundiales, y unas operetas de desestabilización interna que te las cuento. No es que sea imposible fabricar armas de plutonio. Para el caso, tampoco lo es ponerle un babero a un tigre, y los militares de todo el mundo tratan de no hacerlo.
Por supuesto, hay hijos y entenados. Cuando Sudáfrica fabricó al menos 8 bombas de plutonio (y una la testeó no muy secretamente sobre el Océano Índico el 22 de Septiembre de 1979), lo hizo con transferencia de tecnología encubierta desde Israel, y bajo el paraguas diplomático de los EEUU.
Cuando se bajó el gobierno del «appartheid», Nelson Mandela se hizo presidente y Sudáfrica renunció a su rol de gendarme regional no blanqueado de la OTAN, esas armas fueron desmanteladas bajo inspección internacional, único caso en la historia mundial. Israel mantiene impertérrito sus «bombs in the basement» sin sufrir ningún tipo de sanciones de comercio exterior. Pero a los entenados, salvo cuando tienen el tamaño demográfico de la India, les va mal, mal, mal, mal.
Las FFAA brasileñas probablemente apostaron más al tamaño geográfico y económico que demográfico. No por nada tienen la mitad del territorio de Sudamérica, y la mayor parte de su PBI. Pero además están menos desgastadas que las argentinas: mataron a menos civiles, en lugar de destruirla su industria la hicieron crecer a lo pavote (vayan Petrobras y Embraer como pruebas), y de yapa no perdieron ninguna guerra. Pero todavía tienen la costumbre residual “de cortarse solas” cuando pueden.
Hay historia detrás de esa historia: Brasil fue antes un imperio que una república, y no se olvida. Pero además, hay historia reciente: las FFAA brasucas se acostumbraron a «hacer la suya» desde la presidencia del citado Gral. Ernesto Geisel hasta 1985. Hasta aquel año, cada una de las Fuerzas Armadas tuvo su propio programa de armas nucleares libres de control interno civil, y obviamente tampoco externo por parte del OIEA.
Como prueba de su nostalgia por estos años de privilegio, pobres en resultados pero fabulosos en gastos, ya en democracia y aprovechando que el presidente Henrique Cardoso estaba de gira en el exterior, el Ejército anunció en 1991 la construcción de una “facility” de 40 MW térmicos. 40 megavatios que al día siguiente de volver Cardoso al país eran 2 MW y luego ninguno, porque jamás se construyó. Ni un gruñido cuartelero se escuchó.
Aquel año, el establishment político brasileño ya no toleraba más pavadas castrenses, entre otras cosas, porque empezaba el Mercosur, y la industria paulista entonces estaba muy interesada en acceder al mercado interno argentino con sus manufacturas. No podés venderle heladeras y autos a tu socio y cliente si simultáneamente lo asustás con un trabuco.
El as de espadas final del plutonio contra el uranio, en materia militar, es que toda bomba termonuclear (o H) que anda por ahí usa una bomba de plutonio como espoleta. No es enriqueciendo uranio como hacés tu bomba, salvo que seas un total idiota. Pero con uranio enriquecido propio, salido de plantas instaladas en tu propio país, nadie puede decirte: «firmame este papel y dame tu petróleo, o tus centrales de potencia se quedan sin combustible, y Río de Janeiro en apagón permanente».
Aunque parezca política ficción, los milicos brasileños renunciaron a la bomba –y a la vía del plutonio, el mejor modo de hacerla- no tanto por las presiones yanquis, aunque las hubo y terribles. Han demostrado históricamente que tienen más espaldas que nosotros para aguantarlas.
Renunciaron a regañadientes porque los obligó su propia burguesía industrial, tentada de asociarse económicamente con la Argentina, «a ver qué pasaba». Y lo decisivo no fueron las amenazas de sanciones económicas de los EEUU. Lo que hizo cambiar de frecuencia a nuestros vecinos y socios fue la audaz propuesta de la DIGAN y de Alfonsín en 1987, un golpe diplomático magistral que tiene la firma del embajador Adolfo «Chinchín» Saracho de pe a pa.
Y aquello sí que fue un cambio histórico. O pudo ser. Pero la historia tiene final abierto.








:quality(80)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/lanacionar/6J3UV2NYVJEA5LK2FLMQT35DRA.jpg)
