Universidad de La Plata: 4° a nivel latinoamericano

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La Universidad Nacional de La Plata fue elegida en un ranking internacional como la mejor de la Argentina y quedó cuarta a nivel latinoamericano, según la última edición del Ranking Internacional de Transparencia que elabora el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC). El listado se basa en la importancia de las casas de estudios del mundo al tener en cuenta la cantidad de citas a los perfiles públicos de sus investigadores y académicos en Google Scholar, por lo que se mide la calidad de la producción científica de cada universidad. La UNLP también subió posiciones en el ranking internacional: escaló más de 20 escalones hasta el 244° entre más de cinco mil universidades evaluadas por el Consejo español, y se impuso por sobre otras casas de estudio de Argentina.
Sorpresa en el ranking de universidades: La Universidad de La Plata es la mejor de Argentina
Sin embargo, para el resto del país el ranking no tuvo tan buenas noticias ya que se redujo la cantidad de universidades que pudieron integrar las miles de casas de estudios relevadas. El año pasado fueron 23, mientras que en 2023 el CSIC tomó solo 17 entre las que se destacó la UNLP.

LAS MEJORES UNIVERSIDADES: EL PODIO ARGENTINO

La Universidad Nacional de La Plata encabeza la nómina a nivel nacional con un total de 1.597.245 citaciones que la posicionan en el puesto 244° a nivel mundial en el ranking español que se basa en la calidad académica de los investigadores y científicos de las casas de estudio. Por su parte, la Universidad de Buenos Aires (UBA) es la segunda mejor referenciada de Argentina y se ubica en el puesto 415° del mundo, con casi la mitad de las citaciones: 878.612 en total. Si bien la casa de estudios cuyo rector es Ricardo Gelpi ha encabezado varios rankings a nivel latinoamericano, en este apartado quedó lejos de la UNLP. La siguen las universidades de Córdoba (puesto 722º mundial, con 360.161 citas), del Centro de la Provincia de Buenos Aires (puesto 1.694°, con 51.396 citas), y Río Cuarto (puesto 2014°, con 30.265 citas). Las cinco principales se encuentran en la primera mitad del ranking. El ranking general de las mejores instituciones de educación superior del mundo está encabezado por la Universidad de Harvard, con un total de 22.692.656 citas a sus perfiles de Google Scholar. En América Latina se mantuvo la Universidad de San Pablo, con 4.374.699 citas (puesto 63° a nivel mundial).

Argentina: Avanza con la producción de su vacuna bivalente

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En un contexto mundial, donde el Covid-19 sigue siendo tema de agenda permanente, algunos países han comenzado la distribución y aplicación de vacunas bivalentes. En Argentina comenzará la próxima semana la distribución de más de 1 millón de vacunas Pfizer y a partir del 6 de febrero, 900mil dosis de Moderna. Al mismo tiempo, se avanza con la producción nacional de vacunas de este tipo.
¿Qué son las vacunas bivalentes?
Estas vacunas, son aquellas que protegen al cuerpo contra dos tipos de antígenos, se trata de una versión mejorada que permite una protección más amplia.Las vacunas bivalentes contra el Covid-19 incluyen un componente de la cepa del virus original para brindar una amplia protección y un componente de la variante Omicron, que circula actualmente como predominante.Avanza la producción nacional de la vacuna bivalente Arvac-Cecilia GriersonLa vacuna Argentina contra el covid-19, Arvac, recibió la aprobación de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), para el inicio de los estudios de fases II y III, en los que se evaluara su seguridad, tolerabilidad e inmunogenicidad. La vacuna Arvac, avanzará con los estudios clínicos que serán realizados en voluntarios adultos previamente vacunados contra el virus SARS-CoV-2. La búsqueda de esta población se orienta a personas que ya hayan cumplido 18 años de edad o sean aún mayores, que se encuentren sanos y que hayan recibido las dos primeras dosis del esquema primario contra el Covid-19. Los informes de seguridad preliminar marcan que la vacuna Arvac, es segura e inmunológica, a su vez, se comprobó que, con una dosis de refuerzo, se incrementan hasta 30 veces los anticuerpos neutralizantes contra las variantes Omicron y Gamma, así lo comunico el Ministerio de Salud de la Nación. Pensada como dosis de refuerzo en personas ya inmunizadas, la vacuna Arvac, se basa en la tecnología de proteínas recombinantes, es una tecnología segura que es utilizada en la vacuna contra la Hepatitis B en niños recién nacidos. Se trata de una plataforma que ha demostrado seguridad y que puede adaptarse fácilmente ante el surgimiento de nuevas variantes a nivel regional o mundial. Este proyecto, fue seleccionado por la Agencia I+D+i (Agencia Nacional de promoción de la Investigación, el desarrollo tecnológico y la Innovación), en el marco de la unidad Coronavirus, iniciativa coordinada por la Agencia MINCyT (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación) junto al CONICET. Recibieron distintos refuerzos y apoyos de ambos organismos y las contribuciones del Laboratorio Cassará para resolver los aspectos de escalado, producción y financiación del ensayo clínico fase 1. En todo el proceso, la ANMAT supervisó el diseño de las pruebas y constató los resultados. El proyecto, en su estado actual, es la suma del esfuerzo coordinado de más de 100 personas de distintas disciplinas, pertenecientes a 9 Instituciones tanto públicas como privadas. La Universidad Nacional San Martin (UNSAM), CONICET, Fundación Pablo Cassará, Laboratorio Pablo Cassará, Centro de Medicina Comparada de la Universidad Nacional del Litoral (CMC UNL), F.P. Clinical Pharma, Nobeltri, Instituto de investigaciones Biomédicas en Retrovirus y Sida de la Universidad de Buenos Aires (INBIRS) y CEMIC. De esta manera, la República Argentina tendrá su propia vacuna bivalente contra el Covid-19 para la distribución y aplicación masiva, claro está, que a corto plazo, en nuestro país y al igual que en Chile y Brasil, se aplicarán las únicas existentes en el mercado hasta el momento, Pfizer y Moderna.

Taiana incorpora frente a Malvinas aviones modernizados por FAdeA para la fuerza aérea

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El ministro de Defensa, Jorge Taiana, presentó junto al jefe de la Fuerza Aérea Argentina, el brigadier General Xavier Isaac, las aeronaves Hércules C-130 y IA 63 Pampa III – Bloque II para incorporar a esa dependencia militar y anunció que movilizará otras unidades al Sur del país, frente a las Islas Malvinas.

Las máquinas fueron moderizadas íntegramente en la Fábrica Argentina de Aviones “Brigadier San Martín” SA (FAdeA) con aportes del Fondo Nacional de la Defensa (FONDEF) y que serán incorporadas a la flota de la Fuerza Aérea Argentina.

“Esto es resultado de una decisión política y de una estrategia de reequipamiento que tiene su base en la ley FONDEF, que brinda los recursos para avanzar hacia esta dirección. Los aviones vamos a usarlos no solo para transporte, sino para fortalecer el despliegue, el control y la vigilancia de nuestro territorio”, expresó Taiana.

Asimismo, el titular de la cartera también mencionó la incorporación de dos nuevas aeronaves, Beechcraft y SAAB 340 y adelantó que próximamente se llevará una dotación de Pampas a la base de Río Gallegos: “Estamos teniendo una presencia màs fuerte en el Sur de nuestro país. Hace poco recuperamos un radar en Río Grande y ahora vamos a llevar a Río Gallegos una dotación de Pampas. Comenzaremos por tres para recuperar la capacidad de aviones de caza en el sur argentino de manera permanente”, aseveró.

“Esta es la prioridad que le damos desde el gobierno a la recuperación de las capacidades para que hagan efectivo el control y la vigilancia de nuestro espacio aéreo y que contribuyan con firmeza a recuperar una capacidad de disuasión y acción que esté a la altura de lo que merece y requiere nuestro país”, concluyó Taiana.

Por su parte, la secretaria de Investigación, Política Industrial y Producción para la Defensa, Daniela Castro, señaló: “Las modernizaciones realizadas integralmente en FAdeA refuerzan esas indicaciones de la Directiva de Política de Defensa Nacional, que se asientan en la generación de conocimiento y en la industria nacional como soporte de la soberanía nacional”.

A su turno, Isaac destacó el trabajo realizado junto al Ministerio de Defensa con el aporte del FONDEF y el apoyo de Nación para “empezar a cubrir todas las posiciones relativas favorables que la Fuerza Aérea y el instrumento militar tienen en el país”, y aseguró que “cada pista y cada base que hay en la patria es una posibilidad de proyectar poder espacial.” Finalmente, en concordancia con las palabras del Ministro reafirmó: “Vamos a ir a Gallegos con el Pampa para definitivamente destinarlo en lo que próximamente va a ser nuevamente la X Brigada Aérea, vamos a volver a tener presencia en una parte tan importante de la Patria como es el Sur”.

El Pampa modernizado se encontraba en desuso con prolongado tiempo fuera de servicio, siendo originalmente una aeronave de la serie Pampa II. El proceso de modernización, requirió una inspección mayor por 1.200 horas y una recorrida (inspección y reparación a fondo) del sistema eléctrico, de comandos de vuelo, del sistema hidráulico, del anemométrico, el de oxígeno, y de la célula, es decir la estructura del fuselaje y las alas.

A su vez, se realizó su remotorización y modernización de Pampa II a Pampa III – Bloque II, con el montaje de un nuevo motor más potente, y el reemplazo de los relojes analógicos de la cabina por un «full glass cockpit», relojes digitales sobre tres grandes pantallas navegables y modificables. También recibió la modificación de sistema de oxígeno, la incorporación de una nueva computadora de misión, nuevos sistemas de navegación y tiro, y la  instalación de un Head Up Display (HUD), que proyecta la información más relevante de los sensores del avión sobre el parabrisas, para que la lectura de esos datos no signifique apartar los ojos de la línea de vuelo.

Finalmente, «last but not least», el avión tiene un data link de gran ancho de banda, es decir que vuela «en red», comunicado en tiempo real con radares terrestres, con otros aviones de su propia clase, con drones y con «amplificadores de capacidades», aviones AWACS de contro aéreo, o reabastecedores de combustible en vuelo. No es un instrumento aislado, sino parte de una orquesta. Lo que falta es la orquesta, pero eso es otro problema. O el de siempre, más bien.

La nueva configuración Pampa III – Bloque II permite entrenar en simuladores de vuelo muy realistas, porque reciben -via data link- datos de aviones reales en vuelo. Es un avión escuela aún sin despegar del suelo, y doblemente cuando despega. Y a U$ 13,4 millones la unidad, muy barato, además, en su categoría.

El Pampa nuevo simplifica y acorta el tránsito desde aviones escuela con motor pistonero o turbohélice al escalón tope de la Fuerza Aérea Argentina, que son los A-4R de cazabombardeo, no muy distintos de los A-4B y C que lucharon en Malvinas, pero con un radar «look down» en la joroba del fuselaje, y mejor aviónica.

Aviones de superioridad aérea, supersónicos, con radares y misiles y capaces de combatir contra otros aviones caza, de esos no tenemos desde la desprogramación, allá por 2015, de los viejísimos Mirage III franceses y Dagger israelíes. Que ya no estaban para más convites, según venían tendiendo accidentes.

Por su parte, el Hércules C-130 de matrícula TC-64 corresponde a la última aeronave incluida en el programa de modernización y remoción de obsolescencias, que involucró cinco aviones Hércules de la Fuerza Aérea Argentina. Se les extendió la vida útil en al menos 20 años y se actualizaron en radares, comunicaciones, motorización y células. Con la reparación de células, el reemplazo de componentes dañados fue tan drástico que los aviones reparados son literalmente nuevos. Con esto la FAA recupera el soporte básico de cualquier táctica y estrategia: la logística.

Entre lo que se modernizó de los Hércoles están un sistema duplicado de control de vuelo, comunicación satelital comercial (Commercial Satellite Communication – SATCOM); sistema de comunicación por enlace de datos controlado por el piloto (el data link); sistema de alerta de proximidad de tierra ampliado (te advierte por mensajes de voz cuando volás a ciegas y estás a punto de llevarte puesto un cerro, o los mástiles un buque o simplemente el terreno), sistema de prevención de colisiones (lo mismo, pero para no estrellarte con otros aviones); radar meteorológico en color (el código cromático indica la velocidad del viento en las tormentas), y sistema de control ambiental mejorado, entre otros.

Importante, lo último. Antes de esa instalación, los Hércules, que por dentro parecen galpones con demasiadas vibraciones y estrépito, eran famosos por el frío que te comías a bordo. En el frente son preferibles los soldados frescos a los congelados.

Con estas adquisiciones, la Fuerza Aérea Argentina continúa con su proceso de recuperación de capacidades a través del FONDEF.

Estuvieron presentes en el acto el jefe de Gabinete, Héctor Mazzei; el secretario de Asuntos Internacionales para la Defensa, Francisco Cafiero, la subsecretaria de Planeamiento Operativo y Servicio Logístico de la Defensa, Lucía Kersul; el subsecretario de Gestión Administrativa Gonzalo Alemis; y el vicepresidente de FAdeA, Franco Giuggioloni.

También participaron los jefes del Estado Mayor Conjunto, teniente General Juan Martín Paleo; de la Armada, almirante Julio Horacio Guardia; y del Ejército, teniente General Guillermo Olegario Pereda.

Observaciones de AgendAR:

Así como las casas destruidas se reconstruyen desde los cimientos, el ministro Taiana y el Brigadier General Xavier Isaac están rehaciendo a la Fuerza Aérea desde su asiento real, que es la Fábrica Argentina de Aviones. Eso ha sido lo primero a reparar, y la FAdeA se reconstruye reconstruyendo las naves que ya teníamos y a las que, pobreza manda, parecemos un poco condenados a seguir teniendo. Con la deuda externa (trucha) a pagar, no es mucho el reequipamiento avanzado que se puede importar.

Lo que mirado por AgendAR no es una crisis, sino más bien una oportunidad.

¿Cazas MiG-35 rusos? ¿JF-17 pakistaníes? Olvídate, cariño. Por ahora, al menos. Pero además, ¿qué sucede en los cielos ucranianos? Allí los aviadores deben volar pegados al piso si quieren jubilarse, porque en altura tienen cita con un SAM disparado desde alguna lejana batería móvil. Pero incluso rascando las azoteas y copas de árboles y perdiendo mucha efectividad por ello, allá abajo suelen tener un mal encuentro con un MANPADS tirado desde el hombro de un infante.

Así las cosas en los cielos ucranianos, la contienda aérea se va reduciendo cada vez más a una lucha entre sistemas automatizados móviles de defensa antiaérea y drones. Creo que a cualquier jefe aeronáutico se le van a ocurrir cosas más urgentes en las que enterrar U$ 600 o 700 millones en una decena de aviones. Máxime cuando 10 aviones o 12 aviones, en el 8vo país del mundo por su extensión territorial, por muy supersónicos que sean, no cambian en nada la situación defensiva actual.

El despliegue de los Pampas III bloque II en Gallegos, bastante cerca de las Malvinas, tampoco mueve el amperímetro estratégico local. Son aviones subsónicos, no tienen lanza de reabastecimiento para llegar a las islas cargando armas y además, volver, carecen de armas de tubo en el fuselaje y a fecha de hoy no hay adónde poner un radar de búsqueda ni de puntería en sus pequeñas células. Lo que se adose en ese sentido, va afuera, entorpeciendo la aerodinámica. Tampoco habría potencia eléctrica para hacerlo funcionar.

Vía data link y con mala visibilidad, los Pampas navegar hasta cercanías de los aviones de combate radarizados que tenemos (el Pucará Fénix, un único prototipo), y tomar puntería de los sensores de infrarrojo Fix View (otro desarrollo en prototipo y sin despliegue efectivo) y disparar misiles buscadores de calor del tipo del Sidewinder. Eso si conseguimos algún equivalente moderno de los Sidewinder AIM-9M que nos quedan en arsenales, y que datan de tiempos de Ñaupa.

Pero estos misiles van a perder alcance y capacidad de intercepción efectiva por la baja velocidad inicial al momento del disparo: los Pampa III bloque II, incluso remotorizados, siguen siendo transónicos, no supersónicos. Y de los pocos segundos de combustión del motor del misil, se desperdiciarían demasiados en forzar el cruce de la velocidad del sonido. Durante el vuelo inercial subsiguiente del proyectil, el alcance y la energía cinética efectivos para maniobras de intercepción son escasos.

Frente a los cazas multirrol Eurofighter Typhoon GFR4 que ostenta la RAF en las islas, los Pampa no tienen capacidad de combate a distancia ni en proximidad, o «dogfight». Y eso pese a que este pequeño avioncito criollo siempre ha tenido una agilidad maravillosa a alturas bajas y medias.

En las prácticas de combate cerrado solía enloquecer bastante a los pilotos de Mirage, en Tandil, prov. de Buenos Aires. Salvo que los Mirage se escaparan a puro motor en vertical por encima de los 6000 metros, no lograban desprenderse de algún Pampa literalmente pegado a la nuca del perseguido.

Sólo que -como lo certifica el cielo ucraniano- el «dogfight» se está volviendo un modo de combate del siglo pasado, pero de todos modos incluiría siempre ganar la vertical sobre el enemigo como materia obligatoria, y además para que la trifulca acrobática culmine en un derribo práctico, se necesita que el perseguidor tenga al menos cañones a bordo. No es el caso.

Entonces a no embromar, el Pampa es un avión de entrenamiento. Quizás uno de los dos o tres mejores del mundo en su tipo, pero es un avión escuela. Tiene inevitables capacidades de ataque a tierra, cómo no. Puede cargar con 1,5 toneladas de armamento, repartibles entre un cañón de 30 mm. en una góndola ventral, o dos metras calibre .50 en dos góndolas subalares, o bombas guiadas a condición de que otro Pampa actuando de numeral ayude con el apuntamiento con un láser infrarrojo, onda «teneme la vela». Todo muy bien, salvo si el enemigo tiene sistemas antiaéreos modernos, y no te cuento si está enojado.

Como capacidad de patrulla, al menos desde retaguardia, no es de despreciar la de las 5 Chanchas (sobrenombre de los Hércules) que han vuelto al servicio activo. Para dar un ejemplo, las Chanchas de la FAA ya tenían sus años cuando volaron en Malvinas. No sólo hicieron las de cualquier Hércules, llevando y trayendo equipos pesados, relevos y munición para la infantería. Uno tuvo que volar en reconocimiento avanzado como reemplazo de los Neptune de la Armada, que ya tenían quemados los radares. Para ello, el TC-63 debía emplear su radar de proa para plotear los movimientos de la Task Force británica.

Eso implicaba volar pegado al mar para no pintar en las pantallas de la flota enemiga, hacer breves trepadas a 3000 metros, allí dar un par de barridas de radar y volverse a zambullir hasta el mar para no comerse un misilazo Sea Dart de largo alcance. Nadie se aburría a bordo de los Hércules destinados a «vuelos locos», como se los llamó en la FAA. Así murió sin sobrevivientes la tripulación del TC-63, derribada por el piloto de Harrier, Nigel «Sharkey» Ward.

Un perfecto hijo de puta, el «Brit». No le alcanzó surtirle un Sidewinder en el ala izquierda al avión argentino para voltearlo. Además lo tuvo que rociar con el cañón de 30 mm. de punta a punta de ala hasta agotar la munición, y allí recién el Hércules, que ya venía ardiendo, se dignó a picar y caer al mar, cerca de la isla Borbón. Masacre innecesaria, porque ya con el misil el TC-63 estaba perdido. Ward podría haberle dado chances de escapar a algunos de los tripulantes.

Los Hércules sirven y servirán para todo, en una Aeronáutica que no siempre fue pobre, pero con o sin plata, y durante décadas, se emperró en no desarrollar sus propios radares. Y así hasta que a partir de 2002, por decisión presidencial, a veinte años de la Guerra de Malvinas, se los empezó a diseñar, construir e instalar INVAP.

Lo importante es que Taiana está poniendo cerca de las islas aviones que pergeñó y construyó la Argentina, y que logró modernizar a estándares internacionales. Tanto así que el Pampa es un avión exportable, o lo será cuando la FAdeA esté en condiciones de producir más de 6 por año.

Los Pampas son una promesa de que en algún futuro, que hoy parece lejano, algún otro ministro con parecidas intenciones, un gobierno más firme y algo más de chequera pueda poner activos militarmente más significativos en Comodoro y Gallegos. Y entonces nos volvamos al menos una molestia mental para los dirigentes isleños.

No digo darles miedo, pero algo de insomnio, ¿por qué no? Como para que la muchachada de Whitehall, la cancillería británica en Londres, no siga ocupándonos cada vez más espacios marinos simplemente porque se les da la gana. Desde 1982, va van por 1,65 millones de km2, y contando.

En cuanto a capacidad defensiva, seguimos sin tener ninguna. Y así estaremos hasta que otro gobierno argentino más audaz, más inteligente o más rico, y preferiblemente las tres cosas, no asuma que estamos en el siglo XXI y que la aviación tripulada se ha vuelto menos decisiva.

Y dado que en Ucrania el viejo concepto de superioridad aérea parece haber perdido sentido para ambos bandos, alguien que resucite el programa SARA, Sistema Aeronáutico Robotizado Argentino. Fue una idea de INVAP que la FAdeA tomó «al vuelo» en 2014. Otros tiempos…

La propuesta incluía 4 tipos de dron, de alcance, autonomía y carga útil creciente. Oreste Berta, «El Mago» de los Torino de la Escuadra de Nürburgring, había desarrollado los motores pistoneros boxer de tipo para esa futura flota, que tendría monomotores y bimotores. La panoplia del SARA tendría tres clases de plataformas de vuelo relativamente lento, con autonomías y cargas útiles crecientes, civiles y militares, y dentro de éstas, de observación y también de combate. Pero el cuarto SARA sería un dron transónico a turbofan llamado elípticamente Blanco Aéreo de Alta Velocidad, BLAAV.

La utilidad real del BLAAV, aparato demasiado caro para blanco de uso único, habría sido más bien la de un misil crucero de cierto alcance. Habida cuenta de que el Mar Argentino -según nuestra cartografía vieja- es más del doble de mayor que el Mar Negro, necesitamos más vuelo que los 300 km. de ese par de Neptunos ucranianos que en 2022 se cargaron el crucero ruso Moskvá.

Asunto que no se repitió, porque pocas horas después cinco robots rusos aéreos de mayor alcance, probablemente misiles Kalibr, borraron del mapa la fábrica de los Neptuno, Luch Design Burea en Vizar, cercana al aeropuerto de Hostomel, en Kiev. Todo ello sin que mediaran pilotos humanos en el pifostio.

Las sucesivas guerras de Libia, Nagorno-Karabaj y hoy la de Ucrania, certifican que si hay un proyecto que merezca plata del FONDEF, el que promete «the biggest bang for the buck», la mayor efectividad militar real por cada dólar invertido, es el SARA. También asegura la mayor generación de desarrollo, fabricación y empleo calificado local, y la mayor autonomía diplomática.

Estimados, lo más relevante de un dron no es la plataforma aeronáutica sino el software y el hardware a bordo, que es lo que determina sus distintos grados de autonomía. Exactamente como sucede con los satélites.

Y para el caso, ya fuera para la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) o para la empresa de telecomunicaciones nacional ARSAT, INVAP lleva diseñados y construidos unos cuantos desde 1996, funcionaron todos bien, y de los 4 en vuelo a fecha de hoy, dos son considerados avanzadísimos, los SAOCOM 1A y 1B.

El Proyecto SARA entusiasmó (es entendible) mucho más al Ejército que a la Fuerza Aérea, donde todavía causa cierto pánico. Y no se trata del rechazo de los pilotos humanos que podría reemplazar. No los reemplazaría, los potenciaría.

Cualquier avión de combate biposto de los que tenemos, incluidos los A4R de doble comando y todos los Pampas y Pucarás, puede potenciar su peligrosidad si el hombre del asiento trasero, ahora en rol protagónico, va dirigiendo uno o más drones propios a distancia vía el data-link encriptado.

¿Cuántos BLAAVs se compra la Argentina a sí misma, a la larga y sin apuro, por el valor que nos cobraría China por irnos entregando, también a la larga y sin apuro una escuadrilla de JF-17? Lo de «sin apuro» hay que entenderlo bien: Pakistan Aeronautical Complex tiene que actualizar a modelo C todos sus JF-17 A y B viejos, y además atender algunos pedidos previos de exportación. Antes de que nos piantáramos de la cola, ya estábamos últimos.

En cuanto al MiG-35, técnicamente mucho más atractivo en carpetas y por la oferta rusa de apertura de talleres de mantenimiento, reparación y eventual integración en Córdoba, tiene dos inconvenientes: la doble motorización es una, y no menor.

La otra, es que el precio verdaderamente de regalo (U$ 35 millones la unidad) se debe a que por ahora esta bella máquina no está en producción por falta de pedidos internos e internacionales, por lo cual se entrega -si se entrega- con incontables cafés para la espera. O un samovar, si se prefiere el té.

Los compradores con poca plata y/o paciencia optan por el MiG-29, claramente inferior pero el menos, existente. Los de mayor chequera piden el SU-35, de mucho mayor rango y capacidades, y que sale con fritas. No hay que ser Wilbur Wright ni Pierre Clostermann para entender el asunto…

Hoy nuestros aviadores de combate son peatones forzosos con poquísimo entrenamiento real, lejos de las 200 horas/año de tiempos pre-malvineros, o de las 80 horas/año habituales en el Cono Sur. Pese a que Isaac logró resucitar casi 18 Skyhawks casi irrecuperables, «esa gente cazadora», como dice su canción, carece de aviones viables para practicar como fuerza de ataque e intercepción, y menos aún de patrulla armada y de observación.

El pánico a los robots no lo tienen nuestro Barones Rojos, sino nuestras avenegras. Es pánico por las importaciones y comisiones perdidas cada vez que fabricamos, rediseñamos, modernizamos o reparamos algo. Desde los años ’50, hay miserias que no cambian.

Siguiendo quizás órdenes superiores, el SARA lo canceló el presidente Mauricio Macri en 2016, justo cuando iniciaba sus despegues y aterrizajes el primer y minúsculo demostrador en vuelo.

Desde entonces Turquía e Irán, que no tenían ni remotamente la tradición de construcción aeronáutica de la Argentina, empezada en 1927, se han vuelto los dos mayores productores y vendedores de drones de combate de tamaño chico y mediano del mundo. En ese renglón barato, superan a EEUU, Israel y China. Dicho por el SIPRI, el Stockholm International Peace Resarch Institute, cuya base de datos en este mercado opaco es la menos increíble.

Inexplicablemente, Taiana, hombre de pensamiento nacional si quedaba alguno, ahora está comprando drones a Israel. Sin comentarios.

Desde ese lejano 2016 que SARA, ese Lázaro con alas, no resucita. Por el lado positivo, en lo que Macri había vuelto un taller de chapa y pintura para Flybondi, volvimos a tener una fábrica, modesta pero real, de aviones militares.

Es lo que hay. Y no es poco. A largo plazo, es lo fundamental.

Daniel E. Arias

La saga de la Argentina nuclear – XX

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Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyó Los anteriores capitulos de la saga estan aqui ¿Qué hizo el resto de la región? Para la época en que aquí se tomó la decisión de Atucha I, en Brasil, la propuesta de Westinghouse para la central de Angra I venía avanzando viento en popa contra las de otros cinco oferentes. Ganó en 1971, 5 años después que aquí, en un final cuello a cuello en que, vista la acción desde el palco, parecía destinada triunfar por una cabeza la oferta canadiense, pero… Überraschung!, ganó la alemana. Esa historia, otro día. En Brasil algún diablo metió la cola en Angra 1, y en las que siguieron. Construida en 14 años en lugar de 5, comisionada y operando recién a partir de 1985, Angra 1 tenía tantas salidas de servicio por desperfectos que su factor de disponibilidad entre 1986 y 1994 fue de apenas el 55%. Era un aparato nuevo y de buena marca: en aquella época todavía inicial de las máquinas PWR (Pressured Water Reactor), tendría que haber estado el menos en el 66%. Durante 8 años, la operadora Eletrobras y la constructora Westinghouse se echaron mutuamente la culpa, mientras los cariocas, siempre listos para la cargada, apodaron el fierro “A Vagalume” (la luciérnaga), porque se prendía… y apagaba. A partir del ’94, se logró aumentar la disponibilidad al 71%, lo que sigue siendo poco para una PWR de esa marca y antigüedad. Pero las cosas se empiojaron aún más. Brasil se había coordinado diplomáticamente siempre, en forma bastante reservada “ma non troppo”, con la Argentina. En lo nuclear, éramos competidores tecnológicos pero socios diplomáticos a rajatabla. Nos cubríamos las espaldas el uno al otro: éramos los dos estados díscolos de una muy sumisa región que se negaban a firmar el Tratado de No Proliferación (TNP) de 1968. Lo considerábamos muy lesivo para nuestras respectivas autonomías tecnológicas, y lo era. Y sigue siendo. Más allá de que desde 1964 en Brasil gobernaran los militares (y no pensaban irse rápido), las burguesías industriales de San Pablo y Río veían con simpatía todo lo que sigue, y que es muy difícil de hacer si uno firmó el TNP:
  • Enriquecer uranio, al 3 o 4% para sus centrales
  • Enriquecer a valores muy superiores, el 19,7%, para motorizar un submarino atómico
  • La eventual construcción de un reactor plutonígeno chico
  • El reprocesamiento del combustible de dicho reactor para extraer plutonio, usarlo en una bomba, y testear ésta bajo tierra, “con fines de ingeniería” (apertura de puertos, canales y otros grandes movimientos de tierra). Eso último, como discurso para la tribuna.
Esta historia nuclear tiene mucha historia regional infusa. Se puede resumir así: Brasil fue antes un imperio que una república. Ese recuerdo sigue operando. Y el tener el 50% de la superficie de Sudamérica no vuelve modesto a nadie. En esto de la “geoingeniería extrema”, a los bombazos, países como Brasil y la India se amparaban en la propuesta del programa “Ploughshares” de la USCEA, la Comisión de Energía Atómica de los EEUU. Su director era Glenn Seaborg, premio Nobel de química en 1951 por la identificación de 11 elementos artificiales más pesados que el uranio. Seaborg ofrecía amablemente dar este estrepitoso servicio a países en desarrollo, obviamente usando bombas estadounidenses. For a fee, of course. Sucesor de Humberto Castelo Branco, el siguiente presidente militar Artur Da Costa e Silva tomó la idea prestada, obrigado, seu Glenn, sólo que Brasil prefería llevarla a cabo con artefactos propios. Y rebautizar las bombas como “cosas que explotan”, para no alarmar. Sobre todo, no alarmar. Eso, dicho en el presunto hermetismo habitual del Consejo de Seguridad Nacional, se publicó curiosamente sin censura: en suma, nuestros vecinos iban por todo, y además lo avisaban en primera plana y lo proclamaban por la tele en horario central. Quihillalt y la muchachada nuclear criolla se encogieron, pragmáticos, de hombros: “Veamos hasta dónde los dejan llegar los yanquis. Y luego, si hace falta, los alcanzamos caminando”. Pero los vecinos no llegaron lejos. Y es que las relaciones carnales de Brasilia con Washington, tórridas hasta entonces, se pusieron criogénicas. Brasil ocupa -ya se dijo- la mitad de Sudamérica y limita con 10 estados: nació imperio antes de ser república, y no se olvida ni deja que se olvide nadie. Por nuestra mesura, al lado de ellos, éramos Heidy. Pero una Heidy bastante realista. El problema es que Heidy sabía “bocha” no sólo de física pero también de ingeniería nuclear, y de la interacción conocimiento e industria. Nuestros vecinos son tremendos ingenieros, pero la ingenería nuclear es otra cosa menos newtoniana. Y si nuestros primos y vecinos tienen menos kilometraje en ella, es en parte por su costumbre de comprar “llave en mano” y a lo grande. A veces paga más reinventar la rueda en tus laboratorios, al menos cuando se prohibe la venta de ruedas. Ya desde arranques del período militar brasileño, en 1964, los sucesivos presidentes-generales hicieron saber a Buenos Aires que verían con simpatía que hubiera intercambios “colaborativos” de tecnología nuclear, en los que obviamente seríamos más dadores que receptores. Dado que los nuevos ricos de Sudamérica eran más ellos que nosotros, por industria y por PBI, nos habría convenido bastante, porque nuestra escueta población de los ’60 no daba escala para fabricar componentes nucleares a lo grande, pero la suma de la ambos países, sí. Y para piezas gigantes, como los recipientes de presión, la metalurgia paulista ya era interesante. Creo que en los ’60 ambos países perdimos una oportunidad de ser mejores vecinos y mejores países. Pero nuestros militares no quisieron saber nada de transferir know-how argento hasta tanto no se negociara el uso compartido del Paraná y el Uruguay, cuyas altas cuencas los brasileños venían represando sin preguntar, y a velocidad de escape. Creo que se les escapó aquella máxima de John F. Kennedy: “Nunca negocies con miedo, pero nunca tengas miedo de negociar”. En realidad, tampoco había mucho por negociar, porque ya mandaba el cambio climático, sólo que casi nadie hablaba de él. Todavía hay milicos que creen que es una conspiración de los Demócratas de los EEUU. Quienes hoy combatimos exitosamente las canas mediante la calvicie, recordamos que en nuestras hirsutas mocedades el tema de los ríos Paraná y Uruguay generaba espanto en Planeta Generalato Argentino. Si Brasil en una sequía brava cerraba todas esas compuertas para “encanutar” agua turbinable, ¿qué iba a quedar para las entonces futuras hidroeléctricas de Salto Grande, sobre el Uruguay, y de Yacyretá sobre el Paraná? Los brasucas nos podían apagar la luz, se espantaban. Bueno, acaba de suceder otra vez, y no, no nos apagaron la luz. Tres años de «Niña», la fase negativa de la Oscilación Niño del Hemisferio Sur, dejaron caminables los lechos del Paraná y el Uruguay, un «first timer» histórico. Y nos jodimos todos por igual, porque hubo poquísima producción hidroeléctrica en Brasil y en la Argentina. NA-SA salvó un poco las papas, aquí, porque con apenas el 5% de la potencia instalada, generaba el 10% de la electricidad de la red. Pero de haber crecido el PBI como en 2006, estábamos en el horno. Si no hubo apagones masivos en Argentina durante esta sequía histórica, que probablemente se repetirá, es porque a partir de 2016 reinó un apagón económico: faltó demanda. Aún así, por pura desinversión en redes de alta tensión y ya de despedida, el 16 de junio de 2019, el energético trío Aranguren-Iguacel-Lopetegui nos regaló un apagón eléctrico que dejó en la oscuridad a 50 millones de personas en Argentina, Paraguay y Uruguay durante unas 13 horas. Nadie había logrado tanto. Pero el tema son los ríos mesopotámicos en sequía extrema. Ambos grandes colectores, el Paraná y el Uruguay, y toda su prodigiosa red de afluentes, se fueron secando simultáneamente a lo largo de todos sus cursos por falta de lluvias. No hubo mucho para amarrocar: nadie se quedó con el agua de nadie, todos nos fuimos quedando sin lluvias, punto. A comienzos nomás de esa Superniña, en 2019, el campo argentino perdió U$ 7000 millones por muerte de plantas. Y de salida, en 2022, la mitad de la cosecha de trigo. No quieras ver cómo le pegó esto al campo en Brasil. Peor aún, se decía en los ’60: Brasil va por más de 40 represas hidro en el Alto Paraná. Si en alguna inundación histórica Brasil abría todas esas compuertas de golpe, ¿qué iba a quedar de Posadas, Corrientes, Rosario e incluso de Buenos Aires, cuando llegara el frente de inundación? Se hablaba de 11 metros de agua al pie del Obelisco. Eso me lo dijo muy preocupado un senador radical en 1987, tipo asaz honesto pero, de hidrología y números concretos, nada. Con semejante arma, repetía el hombre, los vecinos nos podían chantajear de aquí a la Luna. Traté de decirle que muchas de las represas en territorio brasuca son «de pelo de agua» o «de pasada»: no tienen gran capacidad de almacenamiento, por falta de orillas altas. De modo que el Paraná, como arma hidráulica, es bastante inútil. Pero además, con el Mercosur ya en construcción preliminar, ¿para qué iba Planalto a ahogar en agua a su principal socio y comprador? Sin embargo el senador de marras siguió preocupado. Nuestra clase política es poco científica. No mucho después, en 1998 estábamos en uno de los peores Niños recordables. El Paraná se había salido incluso de su inmenso cauce de inundación. Habían perdido sus hogares decenas de miles de argentinos. Era una tragedia feísima. Y es que hasta aquel año, aún descontando oscilaciones Niño-Niña, había más lluvia en las altas fuentes brasileñas, paraguayas, bolivianas y argentinas de toda la Cuenca del Plata. Pero mucha más. Durante el invierno porteño pasaron meses en que no se vio el sol. Hasta la brutal avenida de 1983, el Paraná medido en Corrientes mostraba un caudal medio de 16.000 metros cúbicos de agua por segundo. En plena inundación del ’83 marcó más de 40.000, momentos en que el chiste antimilitar de moda en Argentina era “No sube el agua, se hunde el país”. Pero… ¿qué pasó después? “Lo notorio es que desde entonces el río adquirió un nuevo caudal medio superior en unos 3.000 metros cúbicos por segundo al habitual antes del ‘83”, dijo en 1999 la doctora Susana Bischoff, climatóloga de Ciencias de la Atmósfera. La diferencia entre el antes y el después del Paraná equivale al porte total de tres ríos como el Negro (el tercer río del país, nada menos), y explica que sobre una base más alta los eventos climáticos puntuales -los Niños- se vuelvan bastante catastróficos. Es lo que sucedió en 1998. “Como siempre, hubo quienes le echaron la culpa a los brasileños por haber deforestado la alta cuenca del Paraná, que ahora absorbe menos lluvia”, me dijo aquel año el doctor Jorge Adámoli, docente en gestión ambiental de ríos y bosques de la UBA y de la Universidad Católica de Santa Fe. Hablo del quizás más fogueado en trabajos sobre el terreno. Adámoli ha sido el primero de su profesión en subrayar que ecólogos y ecologistas son especies diferentes, y no pocas veces, enemigas. Los ecólogos son científicos juzgados por otros científicos nada piadosos. Si versean, no ganan más plata o más horario central: pierden fama, concursos, becas y becarios. «Habida cuenta de la barbaridad que llovió en el ‘97, Arias, echarle la culpa a los brasucas es como creer que un degollado murió de una infección porque estaba sucio el cuchillo con que le cortaron la cabeza. No embromemos: murió porque lo degollaron. Eso, del mismo modo que aquí se inunda porque llueve más. Si las cosas en Argentina salieron especialmente mal es porque aquí demasiados intendentes y gobernas lotearon y dejaron edificar los cauces de inundación de los ríos de nuestra Mesopotamia». ¿Y lo de la Mata Atlántica, Jorge, ese pecado está perdonado?, le insistí. «Mirá, Arias, la deforestación de la Mata Atlántica de Brasil no es moco de pavo, ya lo sé. En medio siglo los primos se cargaron casi enteramente la tercera masa boscosa del planeta, y nadie dijo ni ‘mu’. Pero vos sos del cincuenta y algo… ¿me equivoco? Y eso ya había sucedido antes de que vos y yo naciéramos. Y con lluvias como las del ’97 y ’98, eso es un sobreagregado menor”.

Daniel E. Arias

Llamado a licitación en Neuquén para la explotación del Cerro Hamaca

La licitación es de carácter nacional e internacional. El pliego se publicará en el boletín oficial. El Gobierno de la Provincia del Neuquén, a través del ministerio de Energía y Recursos Naturales, llama a licitación pública, nacional e internacional para la explotación, desarrollo y exploración de hidrocarburos del área Cerro Hamaca. Se trata de un área en producción revertida por la empresa YPF, cuya producción característica es el petróleo y en menor medida el gas. El llamado responde a la necesidad de aumentar la actividad hidrocarburífera en la provincia, incrementando la producción a través de proyectos de nuevas inversiones en el corto plazo, para lo cual es fundamental la promoción de las áreas, de acuerdo a la naturaleza de la tecnología involucrada y el nivel de inversiones a realizar. El llamado establece una oferta de Bono de Acceso al Área, e inversiones mínimas. La resolución que aprueba el pliego será publicada en el boletín oficial y podrá ser consultado por los interesados, entrando al sitio web: boficial.neuquen.gov.ar/. Igualmente el pliego se podrá consultar de forma gratuita en www.licitaciones.neuquen.gov.ar o www.energianeuquen.gob.ar Cabe destacar que se podrá presentar cualquier persona física o jurídica que acredite de forma fehaciente los requisitos que se establecen el pliego.

El Banco Central anuncia el nuevo billete de $2000

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Si bien el Gobierno anunció que el nuevo billete de $2.000 estará en circulación recién en el segundo semestre del año, se supo que los protagonistas serán el Dr. Ramón Carrillo y la Dra. Cecilia Grierson, con el Instituto Malbrán en el anverso.
El nuevo diseño se elaboró en colaboración entre el Banco Central (BCRA) y Casa de la Moneda y conmemora el desarrollo de la ciencia y de la medicina en la Argentina», se anunció oficialmente.
Ahora sí, el Gobierno podrá empezar a imprimirlo y encargar su importación, en caso que resulte necesario, a sus proveedores del exterior porque ya está la aprobación del BCRA, requisito esencial para que eso sea posible. El diseño elegido es el siguiente: Se trata de un diseño muy similar al del billete falso de $5.000 que daba vueltas en las redes en el año 2020, otro momento en el que se sintió fuertemente la presión de los bancos y otro sectores económicos para que salieran papeles de mayor denominación a la calle. «Eso corrobora que el Gobierno viene trabajando desde hace tiempo en este modelo de billete o, por lo menos, ya hace años que tenía definido quiénes serían sus protagonistas«, apunta una fuente del mercado. Sin embargo, ese rumor nunca se había hecho realidad hasta ahora. Sin dudas, la figura del actual ministro de Economía, Sergio Massa, fue clave para que se pudiera avanzar en este sentido por su diálogo constante con las entidades financieras y otros actores económicos. De hecho, su viceministro, Gabriel Rubinstein, venía insistiendo hace tiempo, aún antes de su llegada al cargo en la necesidad de resolver la problemática para los bancos de la baja nominalidad del billete más grande en la Argentina. Cabe recordar que, hasta ahora, el papel de mayor denominación es el de $1.000, que por la evolución de la inflación, ha perdido mucho poder adquisitivo y eso trae complicaciones a los bancos, que se quejan de los costos de la logística, los problemas de desgaste de los cajeros y las quejas de los clientes. Aún no se sabe cuántos billetes de $2.000 saldrán a la calle en la primera «tirada», pero, por el momento, según datos del BCRA al 2 de febrero de este año, hay en circulación 489,2 millones de papeles de $10; 407,3 de $20; los de $50 son 191,4 millones, los de $100 suman 2,055,8 millones en total, los de $500 son 487,7 millones y los de $1.000, 1.346,7 millones. En total, hay 7.993 millones de billetes en la calle. Aunque el dato oficial es secreto bancario por el momento, por lo que no se puede saber exactamente cuántos habrá en la calle este año, la expectativa en el mercado es «que debería haber para julio entre 200 millones y 300 millones de papeles de $2.000 en una primera etapa y que, hacia fin de año, esa cifra aumente», según una fuente. Esto, teniendo en cuenta que se emiten algo así como 200 millones mensuales de billetes de alta denominación.

Satelites espías

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Even «Jolly» Rogers, ex comandante de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, le preocupa una guerra espacial. «El conflicto existe en un continuo que comienza con la competencia y acaba desembocando en un conflicto a gran escala como el que se está viendo en Ucrania», afirma. Estados Unidos, añade, ya «compite activamente con Rusia y China por la libertad de acción y el dominio del espacio. Y está evolucionando muy rápidamente».

Así que el 26 de enero del año pasado, el ex mayor de las Fuerzas Aéreas de EE.UU. constituyó True Anomaly, Inc para «resolver los problemas de guerra orbital más desafiantes para las Fuerzas Espaciales de EE.UU.», según tuiteó posteriormente.

«Jolly Roger» es el nombre de la bandera pirata popularizada por Hollywood, una calavera con dos tibias cruzadas. El exgeneral Jolly Rogers no es exactamente un pirata sino un corsario, es decir un pirata corporativo con patente de guerra de un gobierno, en este caso el de los EEUU, y un área de operaciones será la LEO, Low Earth Orbit, la órbita baja de la Tierra, entre los 200 y 1000 km. de altura. Allí ocurre casi toda la acción espacial humana, tanto la económica como la militar. La privatización de la guerra no es un fenómeno exclusivamente estadounidense sino una tendencia de la economía moderna, que terceriza todo: las milicias privadas como el grupo Wagner, que hoy sirve al Kremlin, o Titan Corp., Kroll y Blackwater, contratistas habituales de la OTAN. Tercerizar la guerra es más barato para el estado contratante que tener una milicia regular de intervención como la Legión Extranjera de Francia, o el ubicuo US Marine Corps. La logística la paga -generalmente por izquierda- el país contratante, y el contratista le permite no hacerse cargo de las jubilaciones de los combatientes, o de sus heridas y enfermedades contraídas en acción. Pero sobre todo, permite evadir parte del descrédito nacional que ocasionan los daños a infraestructura y las frecuentes masacres de civiles en las guerras por recursos naturales o por mercados. Son esas decenas de países muy pobres que el general Charles De Gaulle llamaba genéricamente el «Tercer Mundo», sin exclusión del «Segundo Mundo» que son los países de desarrollo mediano, como Ucrania y buena parte de los socios orientales recientes de la OTAN. Nosotros mismos pintamos en esa categoría. Jolly Rogers sólo llevará la privatización de la guerra a alturas del mundo donde todavía no había llegado, pero donde los daños materiales a infligir al enemigo son militarmente muy redituables. Lo está demostrando Elon Musk, cuya empresa Space-X desarrolló el Falcon X y el Falcon Heavy, los cohetes de acceso a LEO más baratos del mundo. Lo hizo durante década y media con contratos de su gobierno, y por una plata con la que la NASA o el club de contratistas caros llamado ULA (United Launch Alliance) no habría logrado gran cosa. Significativamente, sin los satélites de Starlink, que Musk ya desplegó por miles desde sus Falcon, las Fuerzas Armadas Ucranianas no tendrían capacidades de observación o de comunicaciones. Rusia les reventó a misilazos demasiadas antenas de Internet, y les llenó el frente de grandes defensas antidron. Sin Musk, Vlad Zelensky estaría en el horno. Visto el trabajo de Musk, Rusia y China deben tener sus propios Jolly Rogers estudiando el negocio de interferir o destruir los satélites de países de la OTAN. Proyectos de guerra orbital los hay desde los ’50, pero la tecnología para volver la LEO un campo de batalla tiene algo más de una década. Musk piensa llevar Starlink a por lo menos 30.000 satélites de poca vida útil y fácil reposición. Sus detractores en Occidente son muchos: una constelación semejante disminuye la oscuridad nocturna en todo el globo, desorienta a los animales migratorios, amenaza la actividad de unos 4000 astrónomos basados en Tierra. Pero fundamentalmente, en caso de inevitables impactos entre satélites, generará cantidades inmanejables de basura espacial metálica que viaja a entre 9 y 30 km/segundo. Esto es condenar a la industria espacial pacífica a costos brutales de aseguramiento, y ya significa un riesgo de vida para las estadías y viajes espaciales tripulados. La International Space Sation (ISS) recibe dos o tres impactos por día de basura submilimétrica desde hace década y media y contando, por ahora sin daños irremediables o muertos a bordo.

Según un expediente presentado ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, True Anomaly se está preparando para su primera misión orbital. En octubre, la empresa espera lanzar dos naves espaciales Jackal (Chacal) de «persecución orbital» a bordo de un cohete SpaceX a la órbita terrestre baja.

Los Jackals no llevarán armas, ojivas ni emisores láser, pero serán capaces de realizar operaciones de proximidad (RPO), es decir, maniobrar cerca de otros satélites y dirigir sobre ellos una batería de sensores. Esto podría revelar los sistemas de vigilancia y armamento de sus rivales, o ayudar a interceptar comunicaciones. Pero también interferirlas con emisiones electromagnéticas, asunto casi imposible de llevar a cabo desde gran distancia.

En su primera misión, denominada Demo-1, los Jackals se limitarán a espiarse uno al otro, utilizando propulsores, radares y cámaras multiespectrales para acercarse a unos cientos de metros. Si todo va bien en ese coreografiado tango orbital, Rogers prevé desplegar miles de naves espaciales autónomas al servicio del Pentágono, controladas por un equipo de operadores humanos y por  Inteligencia Artificial «para perseguir a los adversarios allá donde vuelen y proporcionar las herramientas para su liquidación», palabras de Rogers.

Esas herramientas empiezan por entender qué tecnologías están desplegando los adversarios de Estados Unidos en el espacio. «Pero va a ser necesaria una defensa activa», afirma Rogers, actual CEO de True Anomaly. «Si te tomás en serio el trabajo de defensa y protección del dominio, tenés que tener la capacidad de realizar las funciones conjuntas de maniobra y fuegos». Aunque «fuegos» parece referirse a armas de energía cinética, como cañones y misiles, en el contexto espacial la expresión por ahora describe acciones de interferencia, guerra electrónica y ciberataques.

Nada en el sitio web de True Anomaly sugiere que esté desarrollando sus propias armas ofensivas. ¿Acaso de esas cosas no se encarga DARPA, la agencia estadounidense de desarrollo de sistemas avanzados de inteligencia y guerra? Rogers aspira a ser un contratista del Pentágono como ya lo es Musk, o como lo es el Colorado Grobocopatel en el campo argentino: el tipo no inventó ni fabrica los fertilizantes, los pesticidas ni los laboreos, pero los compra y vende a precio mayorista. Y hecho el trabajo, se va y vos, el contratante, no tenés que despedir o enterrar a nadie.

Sin embargo, en una serie de mensajes del verano pasado, Rogers tuiteó: «Inutilizar tácticamente naves espaciales enemigas puede ser la diferencia entre la destrucción de todo un Grupo de Portaaviones o su supervivencia… Y hay muchas formas de destruir naves espaciales que no arruinan el medio ambiente. Al fin y al cabo, (los satélites) no son más que computadoras en órbita». Vamos, los ecologistas…

La OPR en sí no es nada nuevo. En un informe del pasado septiembre, la Secure World Foundation, una fundación privada que promueve soluciones cooperativas en el espacio, detallaba docenas de operaciones militares de OPR en órbitas geoestacionarias (GEO) y bajas desde la Guerra Fría. En la mayoría de ellas, naves espaciales estadounidenses, rusas o chinas se acercan a los satélites de la otra parte, presumiblemente para ver qué aspecto tienen o para pispear sus comunicaciones.

Hacer esto con un satélite geoestacionario enemigo no es fácil: orbitan sobre puntos fijos del ecuador terrestre a alturas de 35.786 km., promedio. Hay que subir mucho, y hacer maniobras de posicionamiento y «amarre» muy perfectas. La Argentina, tras navegar desde órbita de transferencia hasta GEO a sus satélites ARSAT 1 y 2, sabe lo difícil de este asunto. Ahora, lo de navegar a menos de los 70 km. fijados como límite de seguridad de otro satélite GEO sin llevárselo puesto, eso es mucho peor.

Los GEO suelen dedicarse a telecomunicaciones y en menor medida, dada su gran altura de vuelo, a observación militar o meteorológica a escala hemisférica. Para espiar, interferir o destruir un GEO hay que poder operar a esa altura. A pesar de que viaja a la velocidad de la luz, cada instrucción suministrada tarda más de un segundo o segundo y medio en subir hasta el satélite atacante, y cada «feedback» visual, otro tanto en recibirse en Tierra. Imaginate pilotar un avión con esas demoras visuales y de comandos, y eso en el espacio aéreo abarrotado de un aeropuerto gigante, y no estrellarte contra tus otros colegas en vuelo. Lo dicho: este baile no es para cualquiera.

También están surgiendo usos pacíficos de la OPR, como satélites LEO que pueden reparar o traccionar, como grúas, a satélites averiados para sacarlos de órbita, o limpiar la basura espacial peligrosa, que es toda, de cualquier tamaño y en cualquier altura orbital.

La Fundación Mundo Seguro ayuda a dirigir una organización llamada Confers que está estableciendo normas técnicas voluntarias para la OPR comercial. True Anomaly es uno de los 60 miembros de Confers. «Si algún día queremos hacer cosas como limpiar la basura espacial, tenemos que desarrollar estas tecnologías», afirma Brian Weeden, director de planificación de la fundación.

Es genial: una empresa destinada a generar basura espacial como ni siquiera la puede lograr Elon Musk poniendo sus autitos en órbita, o abarrotando la misma con decenas de miles de sus satélites Starlink, como autitos chocadores, ganará plata también por limpiarla. Esa Fundación es una sucesora perfecta de La Hermandad de la Costa, el reducto pirata en la Isla Tortuga. ¿Quién compra el ron?

Sin embargo, True Anomaly es la primera startup de OPR centrada explícitamente en el mercado militar, afirma el hombre con sobrenombre de bandera pirata. El último trabajo de Rogers para el gobierno fue dirigir equipos dentro del Mando Espacial de EE.UU. que planificaban cómo y cuándo desplegar sistemas espaciales militares defensivos y ofensivos.

Él y sus cofundadores, Dan Brunski, Tom Nichols y Kyle Zakrzewski, también ex oficiales de las Fuerzas Aéreas y Espaciales, «conocían el problema mejor que nadie, lidiaban con las limitaciones de la tecnología en el día a día y se sentían frustrados por esas limitaciones», afirma Rogers. En lugar de esperar a que un gran contratista industrial de defensa se pusiera manos a la obra, decidieron resolver el problema ellos mismos. El despliegue de armas espaciales por parte de los rivales de Estados Unidos, dice, «está mucho más cerca de lo que la mayoría de la gente piensa».

No sé la mayoría de la gente, pero AgendAR piensa que este negocio empezó hace un par de décadas, al menos. Sólo que no se sabe. En ello se parece a las operaciones militares de fondos marinos: espiar, interferir o arrancar cables de fibra óptica suboceánicos, civiles y militares, e incluso reventar activos de infraestructura como los dos enormes gasoductos Nordstream, que llevaban gas ruso a Alemania por el fondo del Mar Báltico. Sólo que las operaciones de combate de fondo no parecen estar privatizadas… aún. Es más caro darle un submarino de titanio capaz de bajar a kilómetros de profundidad a un privado, que dejar que lo opere la misma Armada que lo mandó a construir, y que lo conoce mejor.

Según los registros de la US Security Exchange Commission, True Anomaly ya ha recaudado más de 23 millones de dólares de inversores. Esto incluye una inversión en diciembre de Narya, una empresa de capital riesgo cofundada por el senador estadounidense JD Vance, un republicano de Ohio de tendencia MAGA (Make America Great Again, el lema de Donald Trump). Rogers dice que True Anomaly no tiene afiliación política. Y es cierto. Trump tampoco: privatizó un partido preexistente, que es otra cosa.

La empresa acaba de alquilar una fábrica de 35.000 metros cuadrados en los suburbios de Denver (Colorado). Además de fabricar los satélites Jackal, los ingenieros de True Anomaly están diseñando un sistema de control basado en la nube para integrar agentes autónomos y operadores humanos, utilizando motores de juegos comerciales como Unity.

De ese modo, van a crear aplicaciones interactivas en tiempo real y desarrollando software de física de alta fidelidad para ayudar a los Jackals a maniobrar en el espacio. Dicho con respeto, yo no le pondría un mango a un empresario que confunde la órbita baja real con un videogame. Salvo que cambie de rubro y venda videogames.

True Anomaly ya ha solicitado una marca que cubre, entre otras cosas, hardware y software para «sistemas orbitales de imágenes espacio-espacio, proximidad de encuentros y adquisición de objetivos». Bien de su país, don Rogers: primero lo patenta, y luego si puede lo desarrolla.

«La diferencia de True Anomaly es que parece presentar su satélite más como un sistema de persecución que como un sistema de obtención de imágenes o de inteligencia», afirma Kaitlyn Johnson, subdirectora del Proyecto de Seguridad Aeroespacial del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. «Esto me preocupa porque podría causar una escalada involuntaria. Especialmente con los antecedentes del fundador en las Fuerzas Aéreas, nuestros adversarios podrían interpretarlo como una empresa dirigida por militares que empezaba a buscar esta capacidad.»

Astutísima, la Kaitlyn. A esta chica no se le puede mentir.

El primer reto de la empresa podría ser mantener intactos sus propias computadoras en órbita, como llama Rogers a los satélites, con cierto reduccionismo nerd. «La OPR cooperativa ya es difícil», afirma Johnson. «Podés verlo en las simulaciones de Astroscale y Northrop con sus satélites de servicio, que llevaban años en desarrollar una maniobra sencilla entre satélites».

Una misión OPR cooperativa de la NASA en 2005 llamada DART fracasó cuando la nave espacial funcionó mal, se estrelló contra su satélite objetivo y fue destruida. En realidad, parece haberse tratado de un ejercicio de intercepción por impacto disfrazado de error de navegación. Todavía hay basura en órbita de ese choque, y no quieras ver la mala prensa que se ligó la NASA en todo el planeta. Dicho sea de paso, es curioso que una nave de intenciones inocentes se haya llamado DART (en castellano, dardo o flecha).

Las misiones de persecución de satélites adversarios pueden ser mucho más arriesgadas aún, afirma Johnson: «No tienes los mismos datos procedentes del otro satélite. Tal vez no dispongas de los diagramas y diagnósticos de cómo es el satélite para saber con qué te vas a encontrar».

Cualquier colisión en órbita puede generar muchos miles de trozos de basura espacial, cada uno de los cuales podría dañar otros satélites, creando aún más desechos. A los investigadores les preocupa que la escalada de basura orbital acabe desencadenando una cascada catastrófica conocida como el Síndrome de Kessler. Es algo que ya existe desde hace más de una década, y va empeorando: el futuro llegó hace rato, como dicen los Redondos. Pero Jolly Rogers, con toda candidez, afirma que la prevención de colisiones es una posibilidad. «Estamos comprometidos a actuar de forma responsable y sostenible en el ámbito espacial».

Sí, ponele.

Rogers no es ajeno al riesgo. Antes de crear True Anomaly, fundó y dirigió un fondo de cobertura de criptomonedas llamado Phobos Capital («phobos» en griego significa miedo). Ahora sí que me siento seguro. Y antes de eso, constituyó una empresa llamada 3720 to 1, Inc, una referencia a las probabilidades de que Han Solo navegara con éxito por un campo de asteroides en El Imperio Contraataca. Ése era el cálculo probabilístico de aquel robot dorado de aquella película, C-3PO, antropomórfico y de fines ceremoniales, y hablaba siempre excusándose y con un acento «very British». Y pensar que yo antes le tenía miedo a Musk…

Tras el lanzamiento del cohete de SpaceX en octubre, quedará mucho más claro si la empresa de satélites de Rogers tiene más probabilidades de éxito o si se trata sólo de otra obra de ciencia ficción.

Como país espacial que es la Argentina, con satélites carísimos en vuelo como los SAOCOM-1A y 1B de la CONAE en órbita polar baja, concordamos en que Jolly Roger no es ajeno al riesgo. Ese cretino debería estar preso y es más bien un riesgo para ajenos. Artículo original de Wired, mechado con algunas intervenciones corrosivas de Daniel E. Arias  

Nueva entrevista a Tulio Calderón, Gerente de Proyectos Nucleares en INVAP

El gerente de la división nuclear de INVAP dialogó sobre los proyectos nucleares y el mercado de radioisótopos médicos. La compañía rionegrina esta finalizando la construcción del reactor RA-10 en Ezeiza. El estatus de los proyectos de INVAP en Países Bajos y otros mercados. La visión de la compañía sobre los reactores modulares pequeños. El portal especializado Econojournal menciona un posible acuerdo con este tema con Westinghouse.

Satélites geoestacionarios, radares militares y servicios de alta especialización tecnológica. Estos son solo algunos de los negocios en los que destaca INVAP, la principal empresa de proyectos de alta tecnología del país. Pero el corazón de la compañía estatal rionegrina continúa siendo el diseño y la construcción de reactores nucleares de investigación: es el origen de las capacidades tecnológicas que le permitieron dar el salto a nuevos negocios, como el satelital. INVAP lleva cuatro décadas exportando este tipo de unidades al mundo y esta atravesando uno de sus momentos de mayor actividad, con proyectos nucleares en Argentina, Países Bajos y otros mercados. Entre los líderes de este desafío se encuentra Tulio Calderón, gerente de la división nuclear de INVAPEconoJournal dialogó con el directivo sobre el estatus de los distintos proyectos nucleares de la compañía, el mercado de radioisótopos médicos y sus oportunidades, y la visión de la empresa sobre tendencias en el mercado nuclear. -INVAP lleva décadas trabajando en el diseño y construcción de reactores de investigación en Argentina y el mundo. ¿Qué funciones cumplen este tipo de reactores? Nuestros reactores son reactores multipropósito de potencia media para hacer investigación, producir radioisotopos para medicina, realizar ensayos de materiales, entrenar personal y realizar algunas aplicaciones médicas directas. Ejemplo de eso, el RA-10 en Argentina tendrá las capacidades para poder hacer muchos experimentos y estudios con neutrones sobre materiales. Algunos para aplicaciones industriales directas y otros para investigación. A la vez, en la periferia del núcleo reactor hay posiciones para irradiar ciertos materiales que al trasmutarse por la interacción con el flujo neutrónico generan radioisótopos para aplicaciones diversas, típicamente médicas, para diagnóstico o tratamiento, además de industriales.
Tulio Calderón, gerente de la división nuclear de INVAP.
-La producción y venta de radioisótopos médicos es un core business en este tipo de unidades. ¿Cuáles son las características de este producto en lo que refiere a sus aplicaciones y a su comercialización? Los radioisótopos médicos tienen finalidades de diagnóstico y/o tratamiento. Un isótopo radiactivo tiene la capacidad de decaer, emitiendo normalmente rayos gamma o unas partículas beta. El más usado en el mundo por lejos es el tecnecio, que genera la capacidad de realizar imágenes para diagnósticos de cáncer. Con el isótopo que se genera a partir del reactor se pone y marca una molécula que es química. Esta molécula se dirige a ciertos órganos, transportando al radioisótopo a dónde uno quiere estudiar los tumores. Desde esa posición, al emitir radiación permite que con sensores externos se estudie cómo se distribuye la actividad. Luego hay otros isótopos que permiten hacer no solamente diagnósticos por imagen sino tratamiento. Se alojan cerca del tumor y lo irradian, liberan energía destruyéndolo. -¿Qué oportunidades existen hoy en el mercado internacional de radioisótopos médicos? El mercado esta maduro. Hay una demanda más o menos estable. El más usado es el tecnecio 99, que es molibdeno 99. El tema es que la flota mundial de reactores que lo producen es vieja, de los años 60. En Argentina tenemos el RA-3, en Australia esta el más nuevo, el OPAL, que lo hicimos en los 2000. Países Bajos hoy lo produce con un reactor viejo, que será reemplazado por el PALLAS. Sudáfrica también quiere una nueva unidad para reemplazar el reactor SAFARI-1. Canadá salió de este mercado y Estados Unidos no fabrica esto y es el 50% de la demanda mundial. Esencialmente hay bastante trabajo en una generación nueva de reactores que reemplacen los viejos. El caso más reciente es que con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Gales esta estudiando instalar un reactor, con el que eventualmente podría exportar al Reino Unido. Estamos participando en un análisis de factibilidad allí. El 40% del tecnecio se produce en Europa, básicamente, y el 60% restante esta distribuido entre Sudáfrica, Australia y otros países. El RA-10 es argentino y también puede entrar en este mercado. También hay un isótopo nuevo, el lutecio 177, que es el que tiene grandes expectativas comerciales. Para eso es que se esta diseñando el reactor PALLAS así como el RA-10. -La compañía tiene distintos proyectos de este tipo en construcción. Uno es el reactor RA-10, en construcción en Ezeiza. ¿Por qué Argentina necesita un nuevo reactor de investigación? La razón es la misma que en todo el mundo: obsolescencia del reactor anterior. El RA-3 ya esta cumpliendo más de 50 años. Estos reactores normalmente se diseñan para una operación de 40 años. Pero como son máquinas que tienen un diseño relativamente simple comparada con la complejidad de un reactor de potencia, se generan actividades de media vida, de extensión de uso y disponibilidad de los componentes principales, actualizaciones de electrónica y se les extiende la vida útil, a veces unos 20 años más. Algunos llegan a los 80. Esa es la principal razón para reemplazar el RA-3 con el RA-10. Pero al reemplazarlo no solamente se reemplaza la funcionalidad original sino que se amplia a los nuevos requerimientos. El RA-10 agrega muchísimas funcionalidades respecto al RA-3. En particular muchísima capacidad de investigación en haces neutrónicos, capacidad de hacer análisis de materiales, la capacidad de irradiar silicio para agregarle valor y producir muchísima más cantidad de radioisótopos. Por ejemplo, se podrán realizar muchos de los ensayos que son fundamentales para el diseño de nuevos combustibles nucleares para centrales de potencia. Esto es algo que esta en alta demanda en el mundo. -¿Cómo esta avanzando la construcción del reactor? Muy bien. La obra civil esta prácticamente terminada. Los montajes electromecanicos están muy avanzados, con bombas piping. Este es el año de montar los sistemas, como para que el próximo ya entrar en el comisionamiento del sistema. Primero en frío, sin cargar el combustible. Y luego en caliente, que es la puesta del combustible, puesta en crítico y uso del reactor. Por lo que el RA 10 estaría operativo en el 2024. -Otro proyecto importante es el reactor PALLAS. ¿Qué impulsa a Países Bajos a querer este reactor? Países Bajos junto a Bélgica produce actualmente el 40% de los radioisótopos del mundo, particularmente del molibdeno. Países Bajos apunta a mantener ese posicionamiento. Además tienen una excelente cadena logística. Estos isótopos normalmente tienen una vida media de una semana. A las cinco semanas no queda nada. Tener un isótopo que hay que distribuir a todo el mundo eficientemente necesita de una cadena de distribución aérea, más el transporte y distribución en superficie. La cadena logística es el segmento más complejo porque hay pocas empresas que tengan una capacidad global de distribución. Holanda ya la tiene y lo que esta haciendo es cambiando el reactor que los produce, el High Flux Reactor, por uno nuevo, el PALLAS. Con este nuevo reactor además se esta configurando como posible proveedor de lutecio 177. -¿Cuál es el rol de INVAP en este proyecto? Somos básicamente el diseñador de la planta y el responsable de toda la construcción e integración. Tenemos una relación muy buena con la Fundación PALLAS, que será la dueña de la planta y operadora junto con RNG, que es el actual operador del HFR. Vamos a incorporar contratistas para la obra civil y trabajamos en un pliego para la licitación de quien hará propiamente la obra civil del reactor.
Comenzó la construcción del PALLAS en Países Bajos. Imagen: Fundación PALLAS.
-¿Cuál es el estatus del proyecto Pallas? -La construcción ya comenzó. El sitio de construcción fue entregado a Pallas y las rutas al sitio están hechas. Ya se definió el constructor de lo que sería el foso sobre el que se construirán los cimientos del reactor, que se ubica a cientos de metros del reactor viejo. Por lo que el período de construcción ya comenzó. En cuanto al financiamiento será otorgado por el gobierno holandés. Antes de la pandemia hubo una expectativa de inyectar financiamiento privado en un 70% del proyecto, pero eso no prosperó. Así que el proyecto será con financiamiento estatal, como suele pasar con estos reactores en el mundo. -INVAP también tiene proyectos en Brasil, Sudáfrica y Arabia Saudita. ¿En qué consisten? Hace varios años Argentina y Brasil tuvieron la posibilidad de hacer un reactor como el que se había hecho en Australia, para que sea el reactor de radioisótopos y ciencia a partir de neutrones de referencia en la región. Se acordó construir uno en Buenos Aires y otro cerca de San Pablo. En ese momento se diseñó el RA-10 en Argentina y junto con una empresa brasilera de nombre Amazul, Invap diseñó el Reactor Multipropósito Brasileño. Se terminó la ingeniería de detalle hace unos años y Brasil esta empezando a prepararse para la construcción. Esperamos que este año se estructure el presupuesto. Por lo que se sumaría en la región un reactor con una configuración de diseño parecida a lo que es el OPAL, el RA-10 y el PALLAS. Sudáfrica también esta reemplazando el reactor SAFARI-1. El año pasado abrió un nuevo proceso licitatorio, al cual presentamos una oferta muy similar a los reactores mencionados anteriormente. Somos dos o tres los oferentes, con Francia y Corea del Sur. Por otro lado, lo que estamos haciendo en Arabia Saudita es construir una facilidad para entrenar gente para operar y mantener centrales de potencia. Arabia Saudita decidió hace unos años explorar la energía nuclear para generación eléctrica. Para esto necesita la capacidad nuclear, como instituciones, instalaciones y personal capacitado. La facilidad que estamos construyendo tiene una potencia de esencialmente 100 watts, es de muy baja potencia, como las que existen en universidades argentinas. Estamos terminando la obra civil, los componentes mecánicos. Esperamos terminarla el año que viene. -Con el proyecto Pallas, podría decirse que los reactores de INVAP habrán alcanzado los cinco continentes. ¿Cómo se explica este caso de éxito internacional en el rubro tecnológico que es INVAP? No es casualidad esto, es estructural. Argentina tiene más de 70 años de un plan nuclear con muchas dosis de continuidad. Esto genera una posición tecnológica fuerte. Pero normalmente después de cuatro o cinco años el mercado interno ya lo saturaste. El RA-10 es el décimo reactor diseñado para Argentina. Pero desde 1977 con la primera exportación a Perú que estamos exportando reactores. Por lo que el segundo horizonte de cualquier área tecnológica es exportar en la región o a países con los que existe cierta cercanía política. Eso luego también se agota, por lo que el tercer horizonte es global. En casi todas estas tecnologías de alta complejidad y de mercado global tenes que ser global a los diez años, sino te volves doméstico. Muchas empresas que diseñaron este tipo de reactores especializados nacieron en los programas militares de los países, como Rolls Royce, que hace los reactores de los submarinos ingleses. El nicho de reactores medianos es un nicho que Argentina ocupa hace muchísimos años. Pero la industria con el tiempo se tiende a consolidar y no es un mercado grande, entonces las empresas que pueden realizar trabajos ahí se vuelcan en su lugar a centrales de potencia, que es lo que pasó cuando Canadá, Alemania y Estados Unidos salieron de este nicho. Se dedican a las centrales de potencia, porque son más grandes y un negocio más grande. Por lo que INVAP esta en un nicho especialísimo, de reactores de entre 500 y 1000 millones de dólares, con plantas asociadas, mientras que las centrales de potencia cuestan miles de millones. Argentina ocupó este nicho hace mucho tiempo y entre las empresas de occidente quedamos nosotros y los franceses. En Oriente quedan empresas en Corea del Sur y Rusia. -¿Cómo viven este desafío de trabajar en tantos proyectos nucleares simultáneamente en varios continentes? Ser una empresa global es un desafío estimulante para INVAP. Al vender y trabajar en países con culturas tan distintas es muy estimulante para nuestra gente. Pero el desafío de ser internacional es que jugás en primera A. Tenes ciertas ventajas como capacidad, compromiso, tecnología y experiencia. Pero tenes otras desventajas como un menor acceso financiero y a los recursos humanos. En casi todas las áreas tecnológicas entró muchísimo el tema de laburar remoto. Entonces muchísimo del diseño se hace de forma remota. Todo lo que es software hoy es global. Lo mismo que hacemos nosotros lo podemos hacer en India o acá. Así que cambió la estructura de relación con la mano de obra. Ya las generaciones nuevas son, in extremis, los nómades digitales. De todas formas, Argentina tiene un nivel de crecimiento infernal en gente vendiendo servicios para afuera. Es un área con un crecimiento enorme. La consecuencia es que los costos de mano de obra especializada se dolarizaron, se pusieron a nivel internacional. Se busca gente en todo el mundo y nuestra gente es muy competitiva. Hoy tenemos que nutrirnos de gente de todos lados, así que es un ambiente bastante más interesante para trabajar. Tenes clientes por todos lados pero también competencia y demanda por todos lados. Ya no podes suponer que tu desafío es interno y tu frontera define las reglas. Hoy incorporas reglas mundiales.
Construcción del reactor RA-10 en Ezeiza, Buenos Aires. Octubre 2022. Imagen: prensa CNEA.
-Muchos gobiernos y empresas están apuntando al desarrollo de reactores de baja y mediana potencia, como es el caso del CAREM argentino, e incluso se habla de microrreactores. ¿Cómo están viendo en la compañías estas tendencias en generación nucleoeléctrica? Los reactores modulares pequeños (SMR) constituyen un campo muy atractivo desde el punto de vista tecnológico, ambiental y económico. Aspiran a dar suministro de energía cercano a las ciudades, en ubicaciones chicas, y fabricados en economía de escala, no por tamaño sino por cantidad, además de ser intrínsecamente seguros. Aparte del tema de seguridad, la atracción mayor de los SMR es que tienen inversión gradual. El modulo de reactor nuclear grande de entre seis y diez mil millones de dólares tarda ocho o diez años en empezar a producir. Es invertir un gran dinero para recién comenzar a recuperarlo en diez años. Con cualquier tasa de retorno es un negocio muy difícil de justificar. Mientras que con un reactor modular podes comenzar a producir en tres o cuatro años. El negocio es más chico pero lo vas incrementando modularmente. Por lo que tienen dos ventajas, una financiera y otra de mejor resiliencia a eventos extremos. Otra área que mueve este negocio es la posibilidad de incorporar tecnologías avanzadas. Acá se divide el escenario. Hay reactores que derivan de reactores de submarinos. Rolls Royce esta en esa línea, Francia también. Argentina con el CAREM también. Son reactores de potencia chicos que se adaptan a generación de electricidad. Luego hay dos o tres conceptos completamente diferentes, algunos basados en combustibles muy avanzados. Por ejemplo, con esferitas de muy alta tolerancia a las temperaturas, llamados combustibles tolerantes a accidentes. Hay dos operando en China y X-Energy esta apostando a uno en EE.UU. Esos reactores tienen un combustible avanzado que los hace mucho más apto para ser utilizado en reactores chicos. También hay otra línea que esta haciendo reactores con núcleos líquidos, son sales fundidas, donde el uranio esta disuelto en la sal. Su gran atractivo es que pueden realizar un ciclo de torio. La tecnología nuclear tiene la potencialidad de producir más combustible del que consume, lo que se conoce como reactores reproductores. Los reactores actuales pueden ser reproductores pero utilizando plutonio como combustible. Pero como el plutonio puede utilizarse para fabricar armas nucleares se consideró que no era una opción adecuada para la seguridad mundial. En EE.UU. se discontinuó esta línea en los 70. Así que existe una línea de trabajo que busca construir reactores de torio, que son complicados, porque utilizan sales fundidas que deben ser reprocesadas constantemente. Sintetizando, todos estos conceptos son lo que se conocen como reactores de cuarta generación, son intrínsecamente seguros, basados en diseños convencionales con agua refrigerante, diseños que utilizan combustibles tolerantes a accidentes o diseños que utilizan sales fundidas. Argentina esta trabajando en la primera línea, que es el CAREM, mientras que hay empresas en China, Estados Unidos y Europa que trabajan en reactores de sales fundidas. En los reactores tolerantes a accidentes lo interesante es que como son chicos, como los microrreactores, el combustible en vez de tener cinco por ciento de enriquecimiento tiene 20%, que se considera no proliferante. Argentina tiene muy bien conocidas ciertas partes del proceso tecnológico de hacer combustible al 20%, así que estamos trabajando con Westinghouse de EE.UU. para ver si podemos hacer ciertas partes del proceso para tener este uranio al 20%, conocido como HALEU. Con este tipo de uranio, que tiene cuatro o cinco veces más de densidad de energía, se pueden hacer reactores más pequeños. Los estadounidenses crearon en diciembre un consorcio para hacer una base tecnológica para hacer unos nuevos ciclos de combustible en base a HALEU, reactores compactos de siguiente generación. -INVAP se focaliza en proyectos o bienes de capital de alta tecnología que suelen tener como clientes a actores estatales. ¿La compañía podría volcarse al diseño y producción de productos para el mercado en general? Nosotros somos business-to-government. No somos bussiness-to-bussiness, no somos bussiness-to-consumers. En Argentina no es negocio hacer productos para empresas, sí se pueden hacer servicios. Para realizar productos para empresas se necesita un mercado y tamaño global. Lo que sí hacemos nosotros, que es comparable a lo que realizan corporaciones como Boeing o Northrop Grupmman pero a una escala menor, es vender grandes proyectos de infraestructura de series cortas pero de muy alto valor agregado. Los gobiernos compran eso. Ahí podes facturar unos 200 millones de dólares por año, que es lo que necesitamos nosotros para mantener nuestra base de personal, que es altamente calificado. Ocasionalmente van a salir productos derivados al mercado más bien de corporaciones. De consumidores casi seguro que no.

La saga de la Argentina nuclear – XIX

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Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyó Los anteriores capitulos de la saga estan aqui Esta historia -vamos por el capítulo 19- se inició en el marco de un esfuerzo un poco quijotesco: que un argentino tuviera la Dirección General del OIEA, Organismo Internacional de Energía Atómica.  Fue quijotesco porque Rafael Grossi ya había perdido una posibilidad en la votación anterior: Mauricio Macri y su canciller Susana Malcorra retiraron su nominación. Pero Rafael es persistente. Compruebo que la saga tiene un público minoritario pero fiel: suma a los interesados en temas científicos, a los que descubren con algún asombro las cosas que logró el Estado argentino en otros tiempos, y a quienes como Daniel Arias, y yo pensamos que la industria nuclear no es un mero enchufe eléctrico, sino una fuente de investigación propia, desarrollo original, industria de punta, empleo calificado y exportaciones de tecnología estratégica.

A. B. F.

El átomo en tiempo de Illia… y de Onganía Aquel año 1965, en estas pampas entonces trigueras y vacunas, el PBI crecía bonitamente y en consecuencia el presidente radical Arturo Illia había decidido que se erigiera una planta nuclear de alrededor de 550 MW. Para no despilfarrar dinero y potencia en largas líneas de alta tensión, la planta estaría en el centro mismo del área de mayor aumento de consumo proyectado. Eso daba Lima “o por ahí”, a 160 km. de Buenos Aires sobre la ruta 9 a Rosario. Se compraron campos de los Atucha linderos con la barranca del Paraná de las Palmas. Y el nombre de esa familia de grandes propietarios rurales terminó definiendo el de dos centrales atómicas, y tal vez de alguna más, en el futuro. Aquella potencia eléctrica, 550 MW, entonces daba para cubrir completamente la demanda de la Capital Federal, el área del Litoral hasta Rosario y buena parte del conurbano norte porteño. Ante la inminente compra, los bandos de Jorge Sábato, con sus 12 apóstoles, y los seguidores de Jorge Cosentino ya se habían escindido y rompían lanzas. Era una agarrada de «combustibleros» versus reactoristas, un duelo por dirigir el Programa Nuclear más enconado que el de Capuletos y Montescos por ser amos de Verona. El grito de guerra de los combustibleros Sabatianos era: “¡La central la hacemos nosotros!”, y el de los segundos: “¡Transferencia de tecnología!”. Sobre esto, más información en siguientes capítulos. No pretendo siquiera tratar de ser objetivo, lector. Soy sabatiano. Lo cierto es que, divididos los ángeles en el cielo nuclear, peleaban como demonios por decidir de qué modo se construiría esa central. Pero primero tuvieron que cerrar filas espalda contra espalda, porque tenían enemigos locales. La batalla empezó por una victoria pírrica de la Secretaría de Energía (y en buena medida también la plana mayor de la empresa eléctrica metropolitana SEGBA). Hablo de gente de pensamiento petrolero: querían centrales térmicas que pudieran entender y manejar, no nucleares fuera de su dominio intelectual y administrativo. El bando térmico-petrolero tenía manija, y logró bajar en casi 200 megavatios el “share” de potencia instalada destinado a la comparativamente pequeña CNEA. Pero ésta dio más lucha de pasillos de la esperable, y el club del fuel-oil salió ganando por puntos y se fue gruñendo con un ojo a la funerala. No se lo esperaban. Zanjada la discusión con los Oil & Gas boy por Illia, a la muchachada atómica le quedaban 350 MW. Hoy parece poco, pero en 1965 era mucho, si pensamos en el contexto de una red eléctrica nacional de apenas 4000 MW como la de aquel entonces (hoy, en 2023, es casi 10 veces mayor). Atucha I sería durante décadas la máquina puntual más potente de todo aquel sistema. Illia, y como él todos los partidos, cenáculos, corporaciones y concentraciones de poder civil y militar en la Argentina, habían defendido el derecho de la CNEA a dar electricidad. Entendían casi como artículo de fe que tener megavatios nucleares iba a darle a la Argentina progreso tecnológico y prestigio regional. En la región, la movida argentina aceleró la toma de decisiones en Brasil y México, donde había una base de recursos humanos e industriales comparable. Pero como se verá después, cada país siguió opciones diferentes, en contextos políticos muy distintos y a veces con resultados muy extraños. Respecto de la entrada de los nucleares argentinos al campo eléctrico, las venganzas posteriores de la Secretaría de Energía serían taimadas y casi letales, pero ésa es otra historia. Significativamente, los intentos más serios para detener el Programa Nuclear empezaron en 1983, y 11 años después, en 1994, lograron derribar a la CNEA de su dependencia directa del Poder Ejecutivo Nacional y subsumirla en secretarías o niveles aún inferiores de diversos ministerios, entre ellos Educación, el difunto ministerio de Planeamiento. Durante el gobierno macrista, rodó aún más abajo y fue una subsecretaría del nuevo Ministerio de Energía, dirigido por el ing. Juan C. Aranguren. En suma, que a la CNEA la dirigió la Shell. Mirando pa’ atrás, uno ve que tipos tan distintos como Perón, Illia, Lanusse, el innombrable Videla e incluso Alfonsín, en un punto, consideraron el átomo como lo que es: un asunto estratégico, y mal que bien, todos usaron esa palanca diplomática que daba. Pero desde Menem en más la dirigencia subsiguiente lo vio como una pesada herencia, un cinturón de castidad que impide las relaciones carnales plenas con los EEUU. Los menos idiotas a veces lo redescubren como un generador portátil para paliar apagones, como cuando Menem te desinfla el gigantesco yacimiento de Loma de la Lata con 60 años de gas, sólo que malvendiéndolo y exportándolo a precio vil. O cuando, como acaba de suceder, tres años sucesivos de sequías dejan caminables los fondos del Paraná y del Uruguay, y sin agua las turbinas hidroeléctricas de Yacyretá y de Salto Grande. Pero nadie se enamora de su generador portátil. En estos mares de Dios la clase política sigue creyendo que la nave es el gas natural, y el átomo a lo sumo un salvavidas. Es al revés, pero no entiende de climatología, como casi tampoco ninguna otra ciencia dura. Nadie cree que el negocio nuclear exceda el de electricidad barata (U$ 48 el megavatio hora) y disponible 24×7. Raras veces se entiende que el «core business» del átomo para la Argentina es la tecnología, que por ser tan dual, es estratégica siempre. Obviamente, desde tan abajo del tótem federal como una Secretaría, es imposible cambiar el destino productivo de este país. Y es que la tecnología nuclear está llena de ramificaciones y opciones “perplejas”, habría dicho quizás Borges, y no tienen respuesta sin un considerable poder político. ¿Se hace tal o cual central? ¿De qué módulo? ¿En qué provincia? ¿Con qué combustible? ¿Se exporta ésta u otra planta a tal o cual país? ¿Se manda a pasear a quienes objetan esa exportación? Son todos asuntos de estado o entre estados-nación, no de compañías y de CEOs. Con su caída en el tótem estatal a un rango de autoridad inferior al de un municipio y manijeado, de yapa, por lacayos de una petrolera multinacional, el viejo “Planeta CNEA” pasó de ser Júpiter a volverse un asteroide invisible e inviable. En un mundo muy distinto, el 25 de junio de 1966, después de que el general Juan Carlos Onganía derribara al presidente Illia, aclaró en los meses sucesivos, mediante sus broncos carraspeos de prensa, que pensaba quedarse indefinidamente de primer mandatario. Un poco como su modelo, el Caudillo de España por voluntad de Dios, generalísimo Francisco Franco. Las presidencias de Sudamérica se habían ido llenando de cuarteleros bigotudos de similar calaña, fogoneados por el miedo del Departamento de Estado de que los sudacas nos hiciéramos todos comunistas y ateos. Y barbudos. Y cubanos. El onganiato recibió ofertas en carretilla para la central de Lima, pese a que la alarmada CNEA, dispuesta a no perder el control de su área, había perpetrado un pliego de licitación draconiano. Nada de financiación del Banco Mundial, del FMI ni de niño muerto: el que ofertara, tenía que poner su propia tarasca “upfront” y, construida la planta, ir cobrando a un interés bastante bajo el dinero que saldría de la venta de electricidad. Puesto que una central nuclear tiene una inversión inicial enorme, y luego costos operativos relativamente bajos de combustible y mantenimiento, los repagos serían firmes pero lentos: la propuesta de la CNEA estaba casi dibujada para espantar oferentes. No se espantaron. Otra cosa interesante de los pliegos: debía haber una intensa participación de la industria argentina, para lo cual el SATI, Servicio de Asistencia Técnica a la Industria de la CNEA (una idea de Jorge Sabato), haría un relevamiento de quién calificaba, quién no, y con qué componente se anotaba cada quisque. Si alguien imponía compra llave en mano, esta cláusula le saboteaba (o quizás le sabateaba) el juego. Para sorpresa general, aún con tan tóxica fumigación de restricciones, dentro del área económica que los EEUU llamaban «el mundo libre» no se bajó casi nadie. Hubo 17 oferentes, a cuál más ansioso. Y por buenas razones: teníamos el desarrollo nuclear independiente más poderoso del mundo, detrás del de la India. ¿Quién se perdería la posibilidad de subirse a semejante tren… aunque más no fuera para abrirse paso hasta la locomotora e imponer sus propios maquinistas? Primero fue el descarte de opciones tecnológicas de las centrales inglesas y francesas de aquel entonces, de uranio natural moderado con grafito y refrigeradas a helio, como la escocesa de Calder Hall, o la francesa Chinon III. En ello hubo consideraciones técnicas y políticas. Las técnicas son simples: el grafito le baja la velocidad a los neutrones, lo que paradójicamente los vuelve más capaces de lograr fisiones de uranio 235. En ese uso antiintuitivo del lenguaje común que es propio de los físicos nucleares, ese proceso que aumenta la paupérrima reactividad del uranio natural se llama «moderación». El grafito es un moderador excelente, pero a temperatura de reactor, si llega a ponerse en contacto con oxígeno, arde. Y no quieras ver cómo. El primer accidente nuclear serio de la historia europea fue el de Windscale, sobre la costa escocesa, en 1957, sin víctimas. Cuando el Dr. Carlos Aráoz le preguntó a uno de los jefes de planta cómo se extingue un incendio de grafito, la respuesta fue: «No se apaga. Arde hasta que se consume todo el grafito». De modo que como moderador aquí en Argentina se optó por agua liviana o por agua pesada, barata una, muy cara la otra, pero ambas resueltamente incombustibles. Las consideraciones políticas son más serias: las máquinas de tipo Calder Hall o Chinon son un híbrido: fabricaban electricidad para la red, pero también plutonio para programas de bombas implosivas de plutonio, con el que el Reino Unido y Francia querían ponerse rápidamente a la altura de los EEUU y de la URSS en capacidades bélicas. El plutonio «grado militar» es su isótopo 239, pero los demás isótopos más pesados (240, 241, 242, etc) son desastrosos para fabricar armas. O emiten radiación gamma que vuelve al material casi imposible de manejar en términos metalúrgicos, o son tan hiper-reactivos que dispersan prematuramente en forma de nube de plasma la masa sólida y supercrítica destinada a explotar. Lo que logran estas mezclas isotópicas de plutonio no es un «bang» sino un «fizzle», un reacción de pésimo rendimiento termomecánico. El óxido de plutonio 239 casi puro en 1965 todavía se podía conseguir por licitación pública internacional desde EEUU, Francia e Inglaterra e incluso la URSS, aunque en cantidades subcríticas (un kg. con toda la furia), bajo vigilancia tipo «dos de oros» del OIEA y a un precio de U$ 10 el gramo. En 2022, eso equivaldría a U$ 95,37. Y no se lo vendés a nadie, ni de a gramos, está recontra prohibido. Con criterios de hoy un reactor plutonígeno de la industria militar debe evitar la formación de isótopos hiper-pesados. Eso cuesta retirar el combustible del reactor en forma prematura, es decir sacrificar meses o años de quemado. Es el modo de lograr el máximo posible de isótopo 239. Pero además, luego hay que depurarlo todo lo que se pueda de la contaminación con isótopos 240 y más pesados. Es complicado. Y carísimo. Calder Hall y Chinon fueron un punto de divorcio tecnológico: separaron a las centrales de potencia, que producen electricidad para la red, de las «production facilities», es decir de los reactores plutonígenos militares. En su ansia de juntar la Biblia con el calefón, estas primitivas plantas inglesas y francesas mixtas eran malas para una y otra cosa. Una verdadera central de potencia manda el quemado: se trata de sacar todo el rendimiento eléctrico posible de la fisión del uranio. Además, tiene más del 50% de su costo invertido en seguridad operativa, y está controlada por civiles. En una «production facility», como me dijo en 1986 el ing. Abel González, reactorista argentino y hoy la mayor referencia mundial en radioprotección, mandan gorras sobre pergaminos, la seguridad es «no preguntes» y (sic) «el personal se irradia hasta las pelotas». Descartar la confusa tecnología de Calder Hall o de Chinon fue un modo de decirle a la región que la Argentina no iba a por armas nucleares. Brasil y Chile, encantados. El asunto después fue elegir qué tipo de combustible, y por ende qué tipo de moderador. Con la nuclearización de la electricidad rampante en EEUU, Europa y la URSS, las cosas aquí en Argentina no salieron exactamente como Washington tenía “in mente”, y justamente por cuestiones de combustible. A diferencia de México y Brasil, aquí elegimos el uranio natural en buena medida para desmalezar el terreno de propuestas yanquis, todas a enriquecido. Y abjuramos de las compras “llave en mano” para apropiarnos –hasta donde pudimos, y pudimos bastante- de la tecnología alemana y canadiense. Esos tenían fierros «pinturita», y las ofertas más generosas en transferencia de tecnología. En el mundo de los ’60 los países nucleares occidentales no estaban ni remotamente tan disciplinados a la política del State Department como los de hoy. Y en ese mundo multipolar, la Argentina tenía un perfil nuclear muy autónomo. No pretendíamos ser heráldicos y rugientes leones, tigres, pumas, jaguares o águilas, pero tampoco burros de la noria de nadie. Más bien, éramos como las cebras: si las dejás en paz, hacen la suya. Pero si te gustan tus dientes no trates de domarlas. En términos de combustibles, nuestra «cebritud» o «cebridad» significó uranio natural, con esa escasa proporción de 0,71% de isótopo 235 con que sale de la mina. Aún purificado a estado de óxido, sin residuos geológicos, y luego cocinado bajo presión para transformarse en las pastillitas negras de cerámica que rellenan los manojos combustibles, su tenor de 235 no varía desde la geología hasta la central. Mas he aquí que el uranio natural es un combustible flojo en neutrones libres, no hay modo de iniciar con él una reacción en cadena si no lo moderás para que te sobren neutrones «termalizados», de baja energía. Y para ello se necesita grafito (material que aquí no tenía fanáticos) o agua pesada. Ésta es cara y era importada, pero podés aprender a fabricarla por un lento y engorroso enriquecimiento del agua natural, y se hizo. ¿Por qué el uranio enriquecido aquí no tenía «groupies»? Porque no teníamos la tecnología de fabricación, y es aún más peliaguda que la del agua pesada. Pocos oferentes internacionales de uranio enriquecido «grado central» (alrededor del 3% en aquel entonces), y eran EEUU, la UE y la URSS. Con que como país tomaras alguna decisión de política externa que no le gustara a ese trío, como ser competir comercialmente con ellos, te cortaban el abastecimiento. Y entonces la Reina del Plata se quedaba en apagón eléctrico. No son teorías, como se verá. El uranio natural como opción nucleoeléctrica estuvo bien. Cuando la CNEA tuvo el atrevimiento de venderle dos reactores de investigación a falta de uno al IPEN, Instituto Peruano de Energía Nuclear, en 1981 EEUU le inició un boicot de uranio enriquecido al 90%. Para ello rompió contratos celebrados en los ’50, prácticamente a perpetuidad. Eso puso en apagón todos los reactores de investigación y de fabricación de radioisótopos médicos de la región, incluidos nuestro RA-3 de Ezeiza y el RP-10 de Perú. Estaban diseñados para funcionar con uranio al 90%. Ups. Afortunadamente, en 1981 la URSS necesitaba de trigo argentino casi con desesperación, nosotros podíamos rediseñar esas plantas para funcionar con enriquecido al 19,7%, el llamado HALEU (High Assay Low Enrichment Uranium), y los soviéticos podían suministrarlo bajo salvaguardias según las leyes internacionales. Mientras duró ese mal trago, más de un enfermo cardíaco u oncológico estuvo en trance de quedarse sin los diagnósticos y tratamientos más avanzados del momento. Pero todo ese tiempo Atucha I funcionó aceptablemente, como venía haciéndolo desde 1974. Con uranio natural argentino, por si no se entendió.  Hicimos macanas pero también tomamos algunas buenas decisiones. Y nos fue como nos fue: bastante peor de lo que esperábamos en los muy optimistas años ’60, pero no tan mal. Medio siglo más tarde tenemos muy poca electricidad nuclear, aunque es la más barata y confiable del Sistema Argentino de Interconexión, una cantidad desmedida de recursos humanos en relación a la potencia nucleoeléctrica instalada, el mayor desarrollo de medicina nuclear de las Américas, con 14 centros activos en 13 provincias, y desde 2000 y por ahora, dominamos el mercado mundial de pequeños reactores. No estamos bien, pero ¿mal? Nada mal, habida cuenta de tanto cipayo y/o zapallo, de tanto endeudador serial y de tanto «pasaron cosas». En el mundo nuclear, hemos pasado de bicho raro a rarísimo, con un cerebro muy capaz pero poca musculatura. Anomalía para cuya remediación esa nube tóxica de economistas al uso que se prostituye en los medios recomienda no la gimnasia, sino la lobotomía. Lo dicho, es una posición vulnerable: mucho prestigio pero poco poder económico y político. En materia de uranio enriquecido, estamos construyendo la planta piloto del CAREM, nuestra primera central de potencia “Nac & Pop”, con 32 MW instalados, en el predio de las Atuchas I y II. Si el CAREM sale bueno, acaso en un modelo industrial más potente, alguna vez lo exportaremos. Quizás fabricado en serie y por decenas, quién te dice. Y tal vez eso cambie de un modo interesante todo el futuro industrial argentino, vuelva «de mayor densidad nacional» nuestro perfil exportador, como decía el economista Aldo Ferrer, uno de los pocos de su profesión que siempre recordamos con cariño. Y entonces las asociaciones de la industria las dirijan empresas de tecnología, en lugar de fabricantes de galletitas. Ponele. País con un destino nuclear rebelde y rigoreado, el nuestro, pero si comparamos con la región, menos dependiente, más interesante y con un futuro enigmático y más promesas. Lo dicho: el negocio nuclear es vender tecnología, no megavatios hora. Dicho eso, qué bien que le vendría a la Argentina ese 17% de electricidad nuclear que llegó a tener cuando se puso crítica Atucha I, en lugar del 5 o 6% actual. Eso, mientras rezamos que no aflojen las incipientes lluvias en el Alto Paraná, el Uruguay y el Limay. Y que no nos maten los emires con el precio del gas licuado importado. Lindo país supimos hacer, sujeto al clima y a lejanos reyes.

Daniel E. Arias

La CONAE ofrece gratuitamente informacion satelital sobre lluvias

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La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) publicó en su Portal de Información Geoespacial (Geoportal) una serie de nuevos productos sobre precipitaciones basados en información satelital. Con acceso libre y gratuito, constituyen un insumo de interés para la comunidad de ciencia y tecnología así como para usuarios finales. Los productos, desarrollados por la Gerencia de Vinculación Tecnológica de la CONAE, incluyen datos acumulados de precipitación en periodos diarios y mensuales, anomalías mensuales y series históricas.