
Universidad de La Plata: 4° a nivel latinoamericano

Argentina: Avanza con la producción de su vacuna bivalente
Taiana incorpora frente a Malvinas aviones modernizados por FAdeA para la fuerza aérea
El ministro de Defensa, Jorge Taiana, presentó junto al jefe de la Fuerza Aérea Argentina, el brigadier General Xavier Isaac, las aeronaves Hércules C-130 y IA 63 Pampa III – Bloque II para incorporar a esa dependencia militar y anunció que movilizará otras unidades al Sur del país, frente a las Islas Malvinas.
Las máquinas fueron moderizadas íntegramente en la Fábrica Argentina de Aviones “Brigadier San Martín” SA (FAdeA) con aportes del Fondo Nacional de la Defensa (FONDEF) y que serán incorporadas a la flota de la Fuerza Aérea Argentina.
“Esto es resultado de una decisión política y de una estrategia de reequipamiento que tiene su base en la ley FONDEF, que brinda los recursos para avanzar hacia esta dirección. Los aviones vamos a usarlos no solo para transporte, sino para fortalecer el despliegue, el control y la vigilancia de nuestro territorio”, expresó Taiana.
Asimismo, el titular de la cartera también mencionó la incorporación de dos nuevas aeronaves, Beechcraft y SAAB 340 y adelantó que próximamente se llevará una dotación de Pampas a la base de Río Gallegos: “Estamos teniendo una presencia màs fuerte en el Sur de nuestro país. Hace poco recuperamos un radar en Río Grande y ahora vamos a llevar a Río Gallegos una dotación de Pampas. Comenzaremos por tres para recuperar la capacidad de aviones de caza en el sur argentino de manera permanente”, aseveró.
“Esta es la prioridad que le damos desde el gobierno a la recuperación de las capacidades para que hagan efectivo el control y la vigilancia de nuestro espacio aéreo y que contribuyan con firmeza a recuperar una capacidad de disuasión y acción que esté a la altura de lo que merece y requiere nuestro país”, concluyó Taiana.
Por su parte, la secretaria de Investigación, Política Industrial y Producción para la Defensa, Daniela Castro, señaló: “Las modernizaciones realizadas integralmente en FAdeA refuerzan esas indicaciones de la Directiva de Política de Defensa Nacional, que se asientan en la generación de conocimiento y en la industria nacional como soporte de la soberanía nacional”.
A su turno, Isaac destacó el trabajo realizado junto al Ministerio de Defensa con el aporte del FONDEF y el apoyo de Nación para “empezar a cubrir todas las posiciones relativas favorables que la Fuerza Aérea y el instrumento militar tienen en el país”, y aseguró que “cada pista y cada base que hay en la patria es una posibilidad de proyectar poder espacial.” Finalmente, en concordancia con las palabras del Ministro reafirmó: “Vamos a ir a Gallegos con el Pampa para definitivamente destinarlo en lo que próximamente va a ser nuevamente la X Brigada Aérea, vamos a volver a tener presencia en una parte tan importante de la Patria como es el Sur”.
El Pampa modernizado se encontraba en desuso con prolongado tiempo fuera de servicio, siendo originalmente una aeronave de la serie Pampa II. El proceso de modernización, requirió una inspección mayor por 1.200 horas y una recorrida (inspección y reparación a fondo) del sistema eléctrico, de comandos de vuelo, del sistema hidráulico, del anemométrico, el de oxígeno, y de la célula, es decir la estructura del fuselaje y las alas.
A su vez, se realizó su remotorización y modernización de Pampa II a Pampa III – Bloque II, con el montaje de un nuevo motor más potente, y el reemplazo de los relojes analógicos de la cabina por un «full glass cockpit», relojes digitales sobre tres grandes pantallas navegables y modificables. También recibió la modificación de sistema de oxígeno, la incorporación de una nueva computadora de misión, nuevos sistemas de navegación y tiro, y la instalación de un Head Up Display (HUD), que proyecta la información más relevante de los sensores del avión sobre el parabrisas, para que la lectura de esos datos no signifique apartar los ojos de la línea de vuelo.
Finalmente, «last but not least», el avión tiene un data link de gran ancho de banda, es decir que vuela «en red», comunicado en tiempo real con radares terrestres, con otros aviones de su propia clase, con drones y con «amplificadores de capacidades», aviones AWACS de contro aéreo, o reabastecedores de combustible en vuelo. No es un instrumento aislado, sino parte de una orquesta. Lo que falta es la orquesta, pero eso es otro problema. O el de siempre, más bien.
La nueva configuración Pampa III – Bloque II permite entrenar en simuladores de vuelo muy realistas, porque reciben -via data link- datos de aviones reales en vuelo. Es un avión escuela aún sin despegar del suelo, y doblemente cuando despega. Y a U$ 13,4 millones la unidad, muy barato, además, en su categoría.
El Pampa nuevo simplifica y acorta el tránsito desde aviones escuela con motor pistonero o turbohélice al escalón tope de la Fuerza Aérea Argentina, que son los A-4R de cazabombardeo, no muy distintos de los A-4B y C que lucharon en Malvinas, pero con un radar «look down» en la joroba del fuselaje, y mejor aviónica.
Aviones de superioridad aérea, supersónicos, con radares y misiles y capaces de combatir contra otros aviones caza, de esos no tenemos desde la desprogramación, allá por 2015, de los viejísimos Mirage III franceses y Dagger israelíes. Que ya no estaban para más convites, según venían tendiendo accidentes.
Por su parte, el Hércules C-130 de matrícula TC-64 corresponde a la última aeronave incluida en el programa de modernización y remoción de obsolescencias, que involucró cinco aviones Hércules de la Fuerza Aérea Argentina. Se les extendió la vida útil en al menos 20 años y se actualizaron en radares, comunicaciones, motorización y células. Con la reparación de células, el reemplazo de componentes dañados fue tan drástico que los aviones reparados son literalmente nuevos. Con esto la FAA recupera el soporte básico de cualquier táctica y estrategia: la logística.
Entre lo que se modernizó de los Hércoles están un sistema duplicado de control de vuelo, comunicación satelital comercial (Commercial Satellite Communication – SATCOM); sistema de comunicación por enlace de datos controlado por el piloto (el data link); sistema de alerta de proximidad de tierra ampliado (te advierte por mensajes de voz cuando volás a ciegas y estás a punto de llevarte puesto un cerro, o los mástiles un buque o simplemente el terreno), sistema de prevención de colisiones (lo mismo, pero para no estrellarte con otros aviones); radar meteorológico en color (el código cromático indica la velocidad del viento en las tormentas), y sistema de control ambiental mejorado, entre otros.
Importante, lo último. Antes de esa instalación, los Hércules, que por dentro parecen galpones con demasiadas vibraciones y estrépito, eran famosos por el frío que te comías a bordo. En el frente son preferibles los soldados frescos a los congelados.
Con estas adquisiciones, la Fuerza Aérea Argentina continúa con su proceso de recuperación de capacidades a través del FONDEF.
Estuvieron presentes en el acto el jefe de Gabinete, Héctor Mazzei; el secretario de Asuntos Internacionales para la Defensa, Francisco Cafiero, la subsecretaria de Planeamiento Operativo y Servicio Logístico de la Defensa, Lucía Kersul; el subsecretario de Gestión Administrativa Gonzalo Alemis; y el vicepresidente de FAdeA, Franco Giuggioloni.
También participaron los jefes del Estado Mayor Conjunto, teniente General Juan Martín Paleo; de la Armada, almirante Julio Horacio Guardia; y del Ejército, teniente General Guillermo Olegario Pereda.
Observaciones de AgendAR:
Así como las casas destruidas se reconstruyen desde los cimientos, el ministro Taiana y el Brigadier General Xavier Isaac están rehaciendo a la Fuerza Aérea desde su asiento real, que es la Fábrica Argentina de Aviones. Eso ha sido lo primero a reparar, y la FAdeA se reconstruye reconstruyendo las naves que ya teníamos y a las que, pobreza manda, parecemos un poco condenados a seguir teniendo. Con la deuda externa (trucha) a pagar, no es mucho el reequipamiento avanzado que se puede importar.
Lo que mirado por AgendAR no es una crisis, sino más bien una oportunidad.
¿Cazas MiG-35 rusos? ¿JF-17 pakistaníes? Olvídate, cariño. Por ahora, al menos. Pero además, ¿qué sucede en los cielos ucranianos? Allí los aviadores deben volar pegados al piso si quieren jubilarse, porque en altura tienen cita con un SAM disparado desde alguna lejana batería móvil. Pero incluso rascando las azoteas y copas de árboles y perdiendo mucha efectividad por ello, allá abajo suelen tener un mal encuentro con un MANPADS tirado desde el hombro de un infante.
Así las cosas en los cielos ucranianos, la contienda aérea se va reduciendo cada vez más a una lucha entre sistemas automatizados móviles de defensa antiaérea y drones. Creo que a cualquier jefe aeronáutico se le van a ocurrir cosas más urgentes en las que enterrar U$ 600 o 700 millones en una decena de aviones. Máxime cuando 10 aviones o 12 aviones, en el 8vo país del mundo por su extensión territorial, por muy supersónicos que sean, no cambian en nada la situación defensiva actual.
El despliegue de los Pampas III bloque II en Gallegos, bastante cerca de las Malvinas, tampoco mueve el amperímetro estratégico local. Son aviones subsónicos, no tienen lanza de reabastecimiento para llegar a las islas cargando armas y además, volver, carecen de armas de tubo en el fuselaje y a fecha de hoy no hay adónde poner un radar de búsqueda ni de puntería en sus pequeñas células. Lo que se adose en ese sentido, va afuera, entorpeciendo la aerodinámica. Tampoco habría potencia eléctrica para hacerlo funcionar.
Vía data link y con mala visibilidad, los Pampas navegar hasta cercanías de los aviones de combate radarizados que tenemos (el Pucará Fénix, un único prototipo), y tomar puntería de los sensores de infrarrojo Fix View (otro desarrollo en prototipo y sin despliegue efectivo) y disparar misiles buscadores de calor del tipo del Sidewinder. Eso si conseguimos algún equivalente moderno de los Sidewinder AIM-9M que nos quedan en arsenales, y que datan de tiempos de Ñaupa.
Pero estos misiles van a perder alcance y capacidad de intercepción efectiva por la baja velocidad inicial al momento del disparo: los Pampa III bloque II, incluso remotorizados, siguen siendo transónicos, no supersónicos. Y de los pocos segundos de combustión del motor del misil, se desperdiciarían demasiados en forzar el cruce de la velocidad del sonido. Durante el vuelo inercial subsiguiente del proyectil, el alcance y la energía cinética efectivos para maniobras de intercepción son escasos.
Frente a los cazas multirrol Eurofighter Typhoon GFR4 que ostenta la RAF en las islas, los Pampa no tienen capacidad de combate a distancia ni en proximidad, o «dogfight». Y eso pese a que este pequeño avioncito criollo siempre ha tenido una agilidad maravillosa a alturas bajas y medias.
En las prácticas de combate cerrado solía enloquecer bastante a los pilotos de Mirage, en Tandil, prov. de Buenos Aires. Salvo que los Mirage se escaparan a puro motor en vertical por encima de los 6000 metros, no lograban desprenderse de algún Pampa literalmente pegado a la nuca del perseguido.
Sólo que -como lo certifica el cielo ucraniano- el «dogfight» se está volviendo un modo de combate del siglo pasado, pero de todos modos incluiría siempre ganar la vertical sobre el enemigo como materia obligatoria, y además para que la trifulca acrobática culmine en un derribo práctico, se necesita que el perseguidor tenga al menos cañones a bordo. No es el caso.
Entonces a no embromar, el Pampa es un avión de entrenamiento. Quizás uno de los dos o tres mejores del mundo en su tipo, pero es un avión escuela. Tiene inevitables capacidades de ataque a tierra, cómo no. Puede cargar con 1,5 toneladas de armamento, repartibles entre un cañón de 30 mm. en una góndola ventral, o dos metras calibre .50 en dos góndolas subalares, o bombas guiadas a condición de que otro Pampa actuando de numeral ayude con el apuntamiento con un láser infrarrojo, onda «teneme la vela». Todo muy bien, salvo si el enemigo tiene sistemas antiaéreos modernos, y no te cuento si está enojado.
Como capacidad de patrulla, al menos desde retaguardia, no es de despreciar la de las 5 Chanchas (sobrenombre de los Hércules) que han vuelto al servicio activo. Para dar un ejemplo, las Chanchas de la FAA ya tenían sus años cuando volaron en Malvinas. No sólo hicieron las de cualquier Hércules, llevando y trayendo equipos pesados, relevos y munición para la infantería. Uno tuvo que volar en reconocimiento avanzado como reemplazo de los Neptune de la Armada, que ya tenían quemados los radares. Para ello, el TC-63 debía emplear su radar de proa para plotear los movimientos de la Task Force británica.
Eso implicaba volar pegado al mar para no pintar en las pantallas de la flota enemiga, hacer breves trepadas a 3000 metros, allí dar un par de barridas de radar y volverse a zambullir hasta el mar para no comerse un misilazo Sea Dart de largo alcance. Nadie se aburría a bordo de los Hércules destinados a «vuelos locos», como se los llamó en la FAA. Así murió sin sobrevivientes la tripulación del TC-63, derribada por el piloto de Harrier, Nigel «Sharkey» Ward.
Un perfecto hijo de puta, el «Brit». No le alcanzó surtirle un Sidewinder en el ala izquierda al avión argentino para voltearlo. Además lo tuvo que rociar con el cañón de 30 mm. de punta a punta de ala hasta agotar la munición, y allí recién el Hércules, que ya venía ardiendo, se dignó a picar y caer al mar, cerca de la isla Borbón. Masacre innecesaria, porque ya con el misil el TC-63 estaba perdido. Ward podría haberle dado chances de escapar a algunos de los tripulantes.
Los Hércules sirven y servirán para todo, en una Aeronáutica que no siempre fue pobre, pero con o sin plata, y durante décadas, se emperró en no desarrollar sus propios radares. Y así hasta que a partir de 2002, por decisión presidencial, a veinte años de la Guerra de Malvinas, se los empezó a diseñar, construir e instalar INVAP.
Lo importante es que Taiana está poniendo cerca de las islas aviones que pergeñó y construyó la Argentina, y que logró modernizar a estándares internacionales. Tanto así que el Pampa es un avión exportable, o lo será cuando la FAdeA esté en condiciones de producir más de 6 por año.
Los Pampas son una promesa de que en algún futuro, que hoy parece lejano, algún otro ministro con parecidas intenciones, un gobierno más firme y algo más de chequera pueda poner activos militarmente más significativos en Comodoro y Gallegos. Y entonces nos volvamos al menos una molestia mental para los dirigentes isleños.
No digo darles miedo, pero algo de insomnio, ¿por qué no? Como para que la muchachada de Whitehall, la cancillería británica en Londres, no siga ocupándonos cada vez más espacios marinos simplemente porque se les da la gana. Desde 1982, va van por 1,65 millones de km2, y contando.
En cuanto a capacidad defensiva, seguimos sin tener ninguna. Y así estaremos hasta que otro gobierno argentino más audaz, más inteligente o más rico, y preferiblemente las tres cosas, no asuma que estamos en el siglo XXI y que la aviación tripulada se ha vuelto menos decisiva.
Y dado que en Ucrania el viejo concepto de superioridad aérea parece haber perdido sentido para ambos bandos, alguien que resucite el programa SARA, Sistema Aeronáutico Robotizado Argentino. Fue una idea de INVAP que la FAdeA tomó «al vuelo» en 2014. Otros tiempos…
La propuesta incluía 4 tipos de dron, de alcance, autonomía y carga útil creciente. Oreste Berta, «El Mago» de los Torino de la Escuadra de Nürburgring, había desarrollado los motores pistoneros boxer de tipo para esa futura flota, que tendría monomotores y bimotores. La panoplia del SARA tendría tres clases de plataformas de vuelo relativamente lento, con autonomías y cargas útiles crecientes, civiles y militares, y dentro de éstas, de observación y también de combate. Pero el cuarto SARA sería un dron transónico a turbofan llamado elípticamente Blanco Aéreo de Alta Velocidad, BLAAV.
La utilidad real del BLAAV, aparato demasiado caro para blanco de uso único, habría sido más bien la de un misil crucero de cierto alcance. Habida cuenta de que el Mar Argentino -según nuestra cartografía vieja- es más del doble de mayor que el Mar Negro, necesitamos más vuelo que los 300 km. de ese par de Neptunos ucranianos que en 2022 se cargaron el crucero ruso Moskvá.
Asunto que no se repitió, porque pocas horas después cinco robots rusos aéreos de mayor alcance, probablemente misiles Kalibr, borraron del mapa la fábrica de los Neptuno, Luch Design Burea en Vizar, cercana al aeropuerto de Hostomel, en Kiev. Todo ello sin que mediaran pilotos humanos en el pifostio.
Las sucesivas guerras de Libia, Nagorno-Karabaj y hoy la de Ucrania, certifican que si hay un proyecto que merezca plata del FONDEF, el que promete «the biggest bang for the buck», la mayor efectividad militar real por cada dólar invertido, es el SARA. También asegura la mayor generación de desarrollo, fabricación y empleo calificado local, y la mayor autonomía diplomática.
Estimados, lo más relevante de un dron no es la plataforma aeronáutica sino el software y el hardware a bordo, que es lo que determina sus distintos grados de autonomía. Exactamente como sucede con los satélites.
Y para el caso, ya fuera para la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) o para la empresa de telecomunicaciones nacional ARSAT, INVAP lleva diseñados y construidos unos cuantos desde 1996, funcionaron todos bien, y de los 4 en vuelo a fecha de hoy, dos son considerados avanzadísimos, los SAOCOM 1A y 1B.
El Proyecto SARA entusiasmó (es entendible) mucho más al Ejército que a la Fuerza Aérea, donde todavía causa cierto pánico. Y no se trata del rechazo de los pilotos humanos que podría reemplazar. No los reemplazaría, los potenciaría.
Cualquier avión de combate biposto de los que tenemos, incluidos los A4R de doble comando y todos los Pampas y Pucarás, puede potenciar su peligrosidad si el hombre del asiento trasero, ahora en rol protagónico, va dirigiendo uno o más drones propios a distancia vía el data-link encriptado.
¿Cuántos BLAAVs se compra la Argentina a sí misma, a la larga y sin apuro, por el valor que nos cobraría China por irnos entregando, también a la larga y sin apuro una escuadrilla de JF-17? Lo de «sin apuro» hay que entenderlo bien: Pakistan Aeronautical Complex tiene que actualizar a modelo C todos sus JF-17 A y B viejos, y además atender algunos pedidos previos de exportación. Antes de que nos piantáramos de la cola, ya estábamos últimos.
En cuanto al MiG-35, técnicamente mucho más atractivo en carpetas y por la oferta rusa de apertura de talleres de mantenimiento, reparación y eventual integración en Córdoba, tiene dos inconvenientes: la doble motorización es una, y no menor.
La otra, es que el precio verdaderamente de regalo (U$ 35 millones la unidad) se debe a que por ahora esta bella máquina no está en producción por falta de pedidos internos e internacionales, por lo cual se entrega -si se entrega- con incontables cafés para la espera. O un samovar, si se prefiere el té.
Los compradores con poca plata y/o paciencia optan por el MiG-29, claramente inferior pero el menos, existente. Los de mayor chequera piden el SU-35, de mucho mayor rango y capacidades, y que sale con fritas. No hay que ser Wilbur Wright ni Pierre Clostermann para entender el asunto…
Hoy nuestros aviadores de combate son peatones forzosos con poquísimo entrenamiento real, lejos de las 200 horas/año de tiempos pre-malvineros, o de las 80 horas/año habituales en el Cono Sur. Pese a que Isaac logró resucitar casi 18 Skyhawks casi irrecuperables, «esa gente cazadora», como dice su canción, carece de aviones viables para practicar como fuerza de ataque e intercepción, y menos aún de patrulla armada y de observación.
El pánico a los robots no lo tienen nuestro Barones Rojos, sino nuestras avenegras. Es pánico por las importaciones y comisiones perdidas cada vez que fabricamos, rediseñamos, modernizamos o reparamos algo. Desde los años ’50, hay miserias que no cambian.
Siguiendo quizás órdenes superiores, el SARA lo canceló el presidente Mauricio Macri en 2016, justo cuando iniciaba sus despegues y aterrizajes el primer y minúsculo demostrador en vuelo.
Desde entonces Turquía e Irán, que no tenían ni remotamente la tradición de construcción aeronáutica de la Argentina, empezada en 1927, se han vuelto los dos mayores productores y vendedores de drones de combate de tamaño chico y mediano del mundo. En ese renglón barato, superan a EEUU, Israel y China. Dicho por el SIPRI, el Stockholm International Peace Resarch Institute, cuya base de datos en este mercado opaco es la menos increíble.
Inexplicablemente, Taiana, hombre de pensamiento nacional si quedaba alguno, ahora está comprando drones a Israel. Sin comentarios.
Desde ese lejano 2016 que SARA, ese Lázaro con alas, no resucita. Por el lado positivo, en lo que Macri había vuelto un taller de chapa y pintura para Flybondi, volvimos a tener una fábrica, modesta pero real, de aviones militares.
Es lo que hay. Y no es poco. A largo plazo, es lo fundamental.
Daniel E. Arias
La saga de la Argentina nuclear – XX
- Enriquecer uranio, al 3 o 4% para sus centrales
- Enriquecer a valores muy superiores, el 19,7%, para motorizar un submarino atómico
- La eventual construcción de un reactor plutonígeno chico
- El reprocesamiento del combustible de dicho reactor para extraer plutonio, usarlo en una bomba, y testear ésta bajo tierra, “con fines de ingeniería” (apertura de puertos, canales y otros grandes movimientos de tierra). Eso último, como discurso para la tribuna.
Daniel E. Arias
Llamado a licitación en Neuquén para la explotación del Cerro Hamaca
El Banco Central anuncia el nuevo billete de $2000
Satelites espías
Even «Jolly» Rogers, ex comandante de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, le preocupa una guerra espacial. «El conflicto existe en un continuo que comienza con la competencia y acaba desembocando en un conflicto a gran escala como el que se está viendo en Ucrania», afirma. Estados Unidos, añade, ya «compite activamente con Rusia y China por la libertad de acción y el dominio del espacio. Y está evolucionando muy rápidamente».
Así que el 26 de enero del año pasado, el ex mayor de las Fuerzas Aéreas de EE.UU. constituyó True Anomaly, Inc para «resolver los problemas de guerra orbital más desafiantes para las Fuerzas Espaciales de EE.UU.», según tuiteó posteriormente.
«Jolly Roger» es el nombre de la bandera pirata popularizada por Hollywood, una calavera con dos tibias cruzadas. El exgeneral Jolly Rogers no es exactamente un pirata sino un corsario, es decir un pirata corporativo con patente de guerra de un gobierno, en este caso el de los EEUU, y un área de operaciones será la LEO, Low Earth Orbit, la órbita baja de la Tierra, entre los 200 y 1000 km. de altura. Allí ocurre casi toda la acción espacial humana, tanto la económica como la militar. La privatización de la guerra no es un fenómeno exclusivamente estadounidense sino una tendencia de la economía moderna, que terceriza todo: las milicias privadas como el grupo Wagner, que hoy sirve al Kremlin, o Titan Corp., Kroll y Blackwater, contratistas habituales de la OTAN. Tercerizar la guerra es más barato para el estado contratante que tener una milicia regular de intervención como la Legión Extranjera de Francia, o el ubicuo US Marine Corps. La logística la paga -generalmente por izquierda- el país contratante, y el contratista le permite no hacerse cargo de las jubilaciones de los combatientes, o de sus heridas y enfermedades contraídas en acción. Pero sobre todo, permite evadir parte del descrédito nacional que ocasionan los daños a infraestructura y las frecuentes masacres de civiles en las guerras por recursos naturales o por mercados. Son esas decenas de países muy pobres que el general Charles De Gaulle llamaba genéricamente el «Tercer Mundo», sin exclusión del «Segundo Mundo» que son los países de desarrollo mediano, como Ucrania y buena parte de los socios orientales recientes de la OTAN. Nosotros mismos pintamos en esa categoría. Jolly Rogers sólo llevará la privatización de la guerra a alturas del mundo donde todavía no había llegado, pero donde los daños materiales a infligir al enemigo son militarmente muy redituables. Lo está demostrando Elon Musk, cuya empresa Space-X desarrolló el Falcon X y el Falcon Heavy, los cohetes de acceso a LEO más baratos del mundo. Lo hizo durante década y media con contratos de su gobierno, y por una plata con la que la NASA o el club de contratistas caros llamado ULA (United Launch Alliance) no habría logrado gran cosa. Significativamente, sin los satélites de Starlink, que Musk ya desplegó por miles desde sus Falcon, las Fuerzas Armadas Ucranianas no tendrían capacidades de observación o de comunicaciones. Rusia les reventó a misilazos demasiadas antenas de Internet, y les llenó el frente de grandes defensas antidron. Sin Musk, Vlad Zelensky estaría en el horno. Visto el trabajo de Musk, Rusia y China deben tener sus propios Jolly Rogers estudiando el negocio de interferir o destruir los satélites de países de la OTAN. Proyectos de guerra orbital los hay desde los ’50, pero la tecnología para volver la LEO un campo de batalla tiene algo más de una década. Musk piensa llevar Starlink a por lo menos 30.000 satélites de poca vida útil y fácil reposición. Sus detractores en Occidente son muchos: una constelación semejante disminuye la oscuridad nocturna en todo el globo, desorienta a los animales migratorios, amenaza la actividad de unos 4000 astrónomos basados en Tierra. Pero fundamentalmente, en caso de inevitables impactos entre satélites, generará cantidades inmanejables de basura espacial metálica que viaja a entre 9 y 30 km/segundo. Esto es condenar a la industria espacial pacífica a costos brutales de aseguramiento, y ya significa un riesgo de vida para las estadías y viajes espaciales tripulados. La International Space Sation (ISS) recibe dos o tres impactos por día de basura submilimétrica desde hace década y media y contando, por ahora sin daños irremediables o muertos a bordo.Según un expediente presentado ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, True Anomaly se está preparando para su primera misión orbital. En octubre, la empresa espera lanzar dos naves espaciales Jackal (Chacal) de «persecución orbital» a bordo de un cohete SpaceX a la órbita terrestre baja.
Los Jackals no llevarán armas, ojivas ni emisores láser, pero serán capaces de realizar operaciones de proximidad (RPO), es decir, maniobrar cerca de otros satélites y dirigir sobre ellos una batería de sensores. Esto podría revelar los sistemas de vigilancia y armamento de sus rivales, o ayudar a interceptar comunicaciones. Pero también interferirlas con emisiones electromagnéticas, asunto casi imposible de llevar a cabo desde gran distancia.
En su primera misión, denominada Demo-1, los Jackals se limitarán a espiarse uno al otro, utilizando propulsores, radares y cámaras multiespectrales para acercarse a unos cientos de metros. Si todo va bien en ese coreografiado tango orbital, Rogers prevé desplegar miles de naves espaciales autónomas al servicio del Pentágono, controladas por un equipo de operadores humanos y por Inteligencia Artificial «para perseguir a los adversarios allá donde vuelen y proporcionar las herramientas para su liquidación», palabras de Rogers.
Esas herramientas empiezan por entender qué tecnologías están desplegando los adversarios de Estados Unidos en el espacio. «Pero va a ser necesaria una defensa activa», afirma Rogers, actual CEO de True Anomaly. «Si te tomás en serio el trabajo de defensa y protección del dominio, tenés que tener la capacidad de realizar las funciones conjuntas de maniobra y fuegos». Aunque «fuegos» parece referirse a armas de energía cinética, como cañones y misiles, en el contexto espacial la expresión por ahora describe acciones de interferencia, guerra electrónica y ciberataques.
Nada en el sitio web de True Anomaly sugiere que esté desarrollando sus propias armas ofensivas. ¿Acaso de esas cosas no se encarga DARPA, la agencia estadounidense de desarrollo de sistemas avanzados de inteligencia y guerra? Rogers aspira a ser un contratista del Pentágono como ya lo es Musk, o como lo es el Colorado Grobocopatel en el campo argentino: el tipo no inventó ni fabrica los fertilizantes, los pesticidas ni los laboreos, pero los compra y vende a precio mayorista. Y hecho el trabajo, se va y vos, el contratante, no tenés que despedir o enterrar a nadie.
Sin embargo, en una serie de mensajes del verano pasado, Rogers tuiteó: «Inutilizar tácticamente naves espaciales enemigas puede ser la diferencia entre la destrucción de todo un Grupo de Portaaviones o su supervivencia… Y hay muchas formas de destruir naves espaciales que no arruinan el medio ambiente. Al fin y al cabo, (los satélites) no son más que computadoras en órbita». Vamos, los ecologistas…
La OPR en sí no es nada nuevo. En un informe del pasado septiembre, la Secure World Foundation, una fundación privada que promueve soluciones cooperativas en el espacio, detallaba docenas de operaciones militares de OPR en órbitas geoestacionarias (GEO) y bajas desde la Guerra Fría. En la mayoría de ellas, naves espaciales estadounidenses, rusas o chinas se acercan a los satélites de la otra parte, presumiblemente para ver qué aspecto tienen o para pispear sus comunicaciones.
Hacer esto con un satélite geoestacionario enemigo no es fácil: orbitan sobre puntos fijos del ecuador terrestre a alturas de 35.786 km., promedio. Hay que subir mucho, y hacer maniobras de posicionamiento y «amarre» muy perfectas. La Argentina, tras navegar desde órbita de transferencia hasta GEO a sus satélites ARSAT 1 y 2, sabe lo difícil de este asunto. Ahora, lo de navegar a menos de los 70 km. fijados como límite de seguridad de otro satélite GEO sin llevárselo puesto, eso es mucho peor.
Los GEO suelen dedicarse a telecomunicaciones y en menor medida, dada su gran altura de vuelo, a observación militar o meteorológica a escala hemisférica. Para espiar, interferir o destruir un GEO hay que poder operar a esa altura. A pesar de que viaja a la velocidad de la luz, cada instrucción suministrada tarda más de un segundo o segundo y medio en subir hasta el satélite atacante, y cada «feedback» visual, otro tanto en recibirse en Tierra. Imaginate pilotar un avión con esas demoras visuales y de comandos, y eso en el espacio aéreo abarrotado de un aeropuerto gigante, y no estrellarte contra tus otros colegas en vuelo. Lo dicho: este baile no es para cualquiera.
También están surgiendo usos pacíficos de la OPR, como satélites LEO que pueden reparar o traccionar, como grúas, a satélites averiados para sacarlos de órbita, o limpiar la basura espacial peligrosa, que es toda, de cualquier tamaño y en cualquier altura orbital.
La Fundación Mundo Seguro ayuda a dirigir una organización llamada Confers que está estableciendo normas técnicas voluntarias para la OPR comercial. True Anomaly es uno de los 60 miembros de Confers. «Si algún día queremos hacer cosas como limpiar la basura espacial, tenemos que desarrollar estas tecnologías», afirma Brian Weeden, director de planificación de la fundación.
Es genial: una empresa destinada a generar basura espacial como ni siquiera la puede lograr Elon Musk poniendo sus autitos en órbita, o abarrotando la misma con decenas de miles de sus satélites Starlink, como autitos chocadores, ganará plata también por limpiarla. Esa Fundación es una sucesora perfecta de La Hermandad de la Costa, el reducto pirata en la Isla Tortuga. ¿Quién compra el ron?
Sin embargo, True Anomaly es la primera startup de OPR centrada explícitamente en el mercado militar, afirma el hombre con sobrenombre de bandera pirata. El último trabajo de Rogers para el gobierno fue dirigir equipos dentro del Mando Espacial de EE.UU. que planificaban cómo y cuándo desplegar sistemas espaciales militares defensivos y ofensivos.
Él y sus cofundadores, Dan Brunski, Tom Nichols y Kyle Zakrzewski, también ex oficiales de las Fuerzas Aéreas y Espaciales, «conocían el problema mejor que nadie, lidiaban con las limitaciones de la tecnología en el día a día y se sentían frustrados por esas limitaciones», afirma Rogers. En lugar de esperar a que un gran contratista industrial de defensa se pusiera manos a la obra, decidieron resolver el problema ellos mismos. El despliegue de armas espaciales por parte de los rivales de Estados Unidos, dice, «está mucho más cerca de lo que la mayoría de la gente piensa».
No sé la mayoría de la gente, pero AgendAR piensa que este negocio empezó hace un par de décadas, al menos. Sólo que no se sabe. En ello se parece a las operaciones militares de fondos marinos: espiar, interferir o arrancar cables de fibra óptica suboceánicos, civiles y militares, e incluso reventar activos de infraestructura como los dos enormes gasoductos Nordstream, que llevaban gas ruso a Alemania por el fondo del Mar Báltico. Sólo que las operaciones de combate de fondo no parecen estar privatizadas… aún. Es más caro darle un submarino de titanio capaz de bajar a kilómetros de profundidad a un privado, que dejar que lo opere la misma Armada que lo mandó a construir, y que lo conoce mejor.Según los registros de la US Security Exchange Commission, True Anomaly ya ha recaudado más de 23 millones de dólares de inversores. Esto incluye una inversión en diciembre de Narya, una empresa de capital riesgo cofundada por el senador estadounidense JD Vance, un republicano de Ohio de tendencia MAGA (Make America Great Again, el lema de Donald Trump). Rogers dice que True Anomaly no tiene afiliación política. Y es cierto. Trump tampoco: privatizó un partido preexistente, que es otra cosa.
La empresa acaba de alquilar una fábrica de 35.000 metros cuadrados en los suburbios de Denver (Colorado). Además de fabricar los satélites Jackal, los ingenieros de True Anomaly están diseñando un sistema de control basado en la nube para integrar agentes autónomos y operadores humanos, utilizando motores de juegos comerciales como Unity.
De ese modo, van a crear aplicaciones interactivas en tiempo real y desarrollando software de física de alta fidelidad para ayudar a los Jackals a maniobrar en el espacio. Dicho con respeto, yo no le pondría un mango a un empresario que confunde la órbita baja real con un videogame. Salvo que cambie de rubro y venda videogames.
True Anomaly ya ha solicitado una marca que cubre, entre otras cosas, hardware y software para «sistemas orbitales de imágenes espacio-espacio, proximidad de encuentros y adquisición de objetivos». Bien de su país, don Rogers: primero lo patenta, y luego si puede lo desarrolla.
«La diferencia de True Anomaly es que parece presentar su satélite más como un sistema de persecución que como un sistema de obtención de imágenes o de inteligencia», afirma Kaitlyn Johnson, subdirectora del Proyecto de Seguridad Aeroespacial del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. «Esto me preocupa porque podría causar una escalada involuntaria. Especialmente con los antecedentes del fundador en las Fuerzas Aéreas, nuestros adversarios podrían interpretarlo como una empresa dirigida por militares que empezaba a buscar esta capacidad.»
Astutísima, la Kaitlyn. A esta chica no se le puede mentir.El primer reto de la empresa podría ser mantener intactos sus propias computadoras en órbita, como llama Rogers a los satélites, con cierto reduccionismo nerd. «La OPR cooperativa ya es difícil», afirma Johnson. «Podés verlo en las simulaciones de Astroscale y Northrop con sus satélites de servicio, que llevaban años en desarrollar una maniobra sencilla entre satélites».
Una misión OPR cooperativa de la NASA en 2005 llamada DART fracasó cuando la nave espacial funcionó mal, se estrelló contra su satélite objetivo y fue destruida. En realidad, parece haberse tratado de un ejercicio de intercepción por impacto disfrazado de error de navegación. Todavía hay basura en órbita de ese choque, y no quieras ver la mala prensa que se ligó la NASA en todo el planeta. Dicho sea de paso, es curioso que una nave de intenciones inocentes se haya llamado DART (en castellano, dardo o flecha).
Las misiones de persecución de satélites adversarios pueden ser mucho más arriesgadas aún, afirma Johnson: «No tienes los mismos datos procedentes del otro satélite. Tal vez no dispongas de los diagramas y diagnósticos de cómo es el satélite para saber con qué te vas a encontrar».
Cualquier colisión en órbita puede generar muchos miles de trozos de basura espacial, cada uno de los cuales podría dañar otros satélites, creando aún más desechos. A los investigadores les preocupa que la escalada de basura orbital acabe desencadenando una cascada catastrófica conocida como el Síndrome de Kessler. Es algo que ya existe desde hace más de una década, y va empeorando: el futuro llegó hace rato, como dicen los Redondos. Pero Jolly Rogers, con toda candidez, afirma que la prevención de colisiones es una posibilidad. «Estamos comprometidos a actuar de forma responsable y sostenible en el ámbito espacial».
Sí, ponele.
Rogers no es ajeno al riesgo. Antes de crear True Anomaly, fundó y dirigió un fondo de cobertura de criptomonedas llamado Phobos Capital («phobos» en griego significa miedo). Ahora sí que me siento seguro. Y antes de eso, constituyó una empresa llamada 3720 to 1, Inc, una referencia a las probabilidades de que Han Solo navegara con éxito por un campo de asteroides en El Imperio Contraataca. Ése era el cálculo probabilístico de aquel robot dorado de aquella película, C-3PO, antropomórfico y de fines ceremoniales, y hablaba siempre excusándose y con un acento «very British». Y pensar que yo antes le tenía miedo a Musk…
Tras el lanzamiento del cohete de SpaceX en octubre, quedará mucho más claro si la empresa de satélites de Rogers tiene más probabilidades de éxito o si se trata sólo de otra obra de ciencia ficción.
Como país espacial que es la Argentina, con satélites carísimos en vuelo como los SAOCOM-1A y 1B de la CONAE en órbita polar baja, concordamos en que Jolly Roger no es ajeno al riesgo. Ese cretino debería estar preso y es más bien un riesgo para ajenos. Artículo original de Wired, mechado con algunas intervenciones corrosivas de Daniel E. AriasNueva entrevista a Tulio Calderón, Gerente de Proyectos Nucleares en INVAP
El gerente de la división nuclear de INVAP dialogó sobre los proyectos nucleares y el mercado de radioisótopos médicos. La compañía rionegrina esta finalizando la construcción del reactor RA-10 en Ezeiza. El estatus de los proyectos de INVAP en Países Bajos y otros mercados. La visión de la compañía sobre los reactores modulares pequeños. El portal especializado Econojournal menciona un posible acuerdo con este tema con Westinghouse.
Satélites geoestacionarios, radares militares y servicios de alta especialización tecnológica. Estos son solo algunos de los negocios en los que destaca INVAP, la principal empresa de proyectos de alta tecnología del país. Pero el corazón de la compañía estatal rionegrina continúa siendo el diseño y la construcción de reactores nucleares de investigación: es el origen de las capacidades tecnológicas que le permitieron dar el salto a nuevos negocios, como el satelital. INVAP lleva cuatro décadas exportando este tipo de unidades al mundo y esta atravesando uno de sus momentos de mayor actividad, con proyectos nucleares en Argentina, Países Bajos y otros mercados. Entre los líderes de este desafío se encuentra Tulio Calderón, gerente de la división nuclear de INVAP. EconoJournal dialogó con el directivo sobre el estatus de los distintos proyectos nucleares de la compañía, el mercado de radioisótopos médicos y sus oportunidades, y la visión de la empresa sobre tendencias en el mercado nuclear. -INVAP lleva décadas trabajando en el diseño y construcción de reactores de investigación en Argentina y el mundo. ¿Qué funciones cumplen este tipo de reactores? Nuestros reactores son reactores multipropósito de potencia media para hacer investigación, producir radioisotopos para medicina, realizar ensayos de materiales, entrenar personal y realizar algunas aplicaciones médicas directas. Ejemplo de eso, el RA-10 en Argentina tendrá las capacidades para poder hacer muchos experimentos y estudios con neutrones sobre materiales. Algunos para aplicaciones industriales directas y otros para investigación. A la vez, en la periferia del núcleo reactor hay posiciones para irradiar ciertos materiales que al trasmutarse por la interacción con el flujo neutrónico generan radioisótopos para aplicaciones diversas, típicamente médicas, para diagnóstico o tratamiento, además de industriales.


La saga de la Argentina nuclear – XIX
A. B. F.
El átomo en tiempo de Illia… y de Onganía Aquel año 1965, en estas pampas entonces trigueras y vacunas, el PBI crecía bonitamente y en consecuencia el presidente radical Arturo Illia había decidido que se erigiera una planta nuclear de alrededor de 550 MW. Para no despilfarrar dinero y potencia en largas líneas de alta tensión, la planta estaría en el centro mismo del área de mayor aumento de consumo proyectado. Eso daba Lima “o por ahí”, a 160 km. de Buenos Aires sobre la ruta 9 a Rosario. Se compraron campos de los Atucha linderos con la barranca del Paraná de las Palmas. Y el nombre de esa familia de grandes propietarios rurales terminó definiendo el de dos centrales atómicas, y tal vez de alguna más, en el futuro. Aquella potencia eléctrica, 550 MW, entonces daba para cubrir completamente la demanda de la Capital Federal, el área del Litoral hasta Rosario y buena parte del conurbano norte porteño. Ante la inminente compra, los bandos de Jorge Sábato, con sus 12 apóstoles, y los seguidores de Jorge Cosentino ya se habían escindido y rompían lanzas. Era una agarrada de «combustibleros» versus reactoristas, un duelo por dirigir el Programa Nuclear más enconado que el de Capuletos y Montescos por ser amos de Verona. El grito de guerra de los combustibleros Sabatianos era: “¡La central la hacemos nosotros!”, y el de los segundos: “¡Transferencia de tecnología!”. Sobre esto, más información en siguientes capítulos. No pretendo siquiera tratar de ser objetivo, lector. Soy sabatiano. Lo cierto es que, divididos los ángeles en el cielo nuclear, peleaban como demonios por decidir de qué modo se construiría esa central. Pero primero tuvieron que cerrar filas espalda contra espalda, porque tenían enemigos locales. La batalla empezó por una victoria pírrica de la Secretaría de Energía (y en buena medida también la plana mayor de la empresa eléctrica metropolitana SEGBA). Hablo de gente de pensamiento petrolero: querían centrales térmicas que pudieran entender y manejar, no nucleares fuera de su dominio intelectual y administrativo. El bando térmico-petrolero tenía manija, y logró bajar en casi 200 megavatios el “share” de potencia instalada destinado a la comparativamente pequeña CNEA. Pero ésta dio más lucha de pasillos de la esperable, y el club del fuel-oil salió ganando por puntos y se fue gruñendo con un ojo a la funerala. No se lo esperaban. Zanjada la discusión con los Oil & Gas boy por Illia, a la muchachada atómica le quedaban 350 MW. Hoy parece poco, pero en 1965 era mucho, si pensamos en el contexto de una red eléctrica nacional de apenas 4000 MW como la de aquel entonces (hoy, en 2023, es casi 10 veces mayor). Atucha I sería durante décadas la máquina puntual más potente de todo aquel sistema. Illia, y como él todos los partidos, cenáculos, corporaciones y concentraciones de poder civil y militar en la Argentina, habían defendido el derecho de la CNEA a dar electricidad. Entendían casi como artículo de fe que tener megavatios nucleares iba a darle a la Argentina progreso tecnológico y prestigio regional. En la región, la movida argentina aceleró la toma de decisiones en Brasil y México, donde había una base de recursos humanos e industriales comparable. Pero como se verá después, cada país siguió opciones diferentes, en contextos políticos muy distintos y a veces con resultados muy extraños. Respecto de la entrada de los nucleares argentinos al campo eléctrico, las venganzas posteriores de la Secretaría de Energía serían taimadas y casi letales, pero ésa es otra historia. Significativamente, los intentos más serios para detener el Programa Nuclear empezaron en 1983, y 11 años después, en 1994, lograron derribar a la CNEA de su dependencia directa del Poder Ejecutivo Nacional y subsumirla en secretarías o niveles aún inferiores de diversos ministerios, entre ellos Educación, el difunto ministerio de Planeamiento. Durante el gobierno macrista, rodó aún más abajo y fue una subsecretaría del nuevo Ministerio de Energía, dirigido por el ing. Juan C. Aranguren. En suma, que a la CNEA la dirigió la Shell. Mirando pa’ atrás, uno ve que tipos tan distintos como Perón, Illia, Lanusse, el innombrable Videla e incluso Alfonsín, en un punto, consideraron el átomo como lo que es: un asunto estratégico, y mal que bien, todos usaron esa palanca diplomática que daba. Pero desde Menem en más la dirigencia subsiguiente lo vio como una pesada herencia, un cinturón de castidad que impide las relaciones carnales plenas con los EEUU. Los menos idiotas a veces lo redescubren como un generador portátil para paliar apagones, como cuando Menem te desinfla el gigantesco yacimiento de Loma de la Lata con 60 años de gas, sólo que malvendiéndolo y exportándolo a precio vil. O cuando, como acaba de suceder, tres años sucesivos de sequías dejan caminables los fondos del Paraná y del Uruguay, y sin agua las turbinas hidroeléctricas de Yacyretá y de Salto Grande. Pero nadie se enamora de su generador portátil. En estos mares de Dios la clase política sigue creyendo que la nave es el gas natural, y el átomo a lo sumo un salvavidas. Es al revés, pero no entiende de climatología, como casi tampoco ninguna otra ciencia dura. Nadie cree que el negocio nuclear exceda el de electricidad barata (U$ 48 el megavatio hora) y disponible 24×7. Raras veces se entiende que el «core business» del átomo para la Argentina es la tecnología, que por ser tan dual, es estratégica siempre. Obviamente, desde tan abajo del tótem federal como una Secretaría, es imposible cambiar el destino productivo de este país. Y es que la tecnología nuclear está llena de ramificaciones y opciones “perplejas”, habría dicho quizás Borges, y no tienen respuesta sin un considerable poder político. ¿Se hace tal o cual central? ¿De qué módulo? ¿En qué provincia? ¿Con qué combustible? ¿Se exporta ésta u otra planta a tal o cual país? ¿Se manda a pasear a quienes objetan esa exportación? Son todos asuntos de estado o entre estados-nación, no de compañías y de CEOs. Con su caída en el tótem estatal a un rango de autoridad inferior al de un municipio y manijeado, de yapa, por lacayos de una petrolera multinacional, el viejo “Planeta CNEA” pasó de ser Júpiter a volverse un asteroide invisible e inviable. En un mundo muy distinto, el 25 de junio de 1966, después de que el general Juan Carlos Onganía derribara al presidente Illia, aclaró en los meses sucesivos, mediante sus broncos carraspeos de prensa, que pensaba quedarse indefinidamente de primer mandatario. Un poco como su modelo, el Caudillo de España por voluntad de Dios, generalísimo Francisco Franco. Las presidencias de Sudamérica se habían ido llenando de cuarteleros bigotudos de similar calaña, fogoneados por el miedo del Departamento de Estado de que los sudacas nos hiciéramos todos comunistas y ateos. Y barbudos. Y cubanos. El onganiato recibió ofertas en carretilla para la central de Lima, pese a que la alarmada CNEA, dispuesta a no perder el control de su área, había perpetrado un pliego de licitación draconiano. Nada de financiación del Banco Mundial, del FMI ni de niño muerto: el que ofertara, tenía que poner su propia tarasca “upfront” y, construida la planta, ir cobrando a un interés bastante bajo el dinero que saldría de la venta de electricidad. Puesto que una central nuclear tiene una inversión inicial enorme, y luego costos operativos relativamente bajos de combustible y mantenimiento, los repagos serían firmes pero lentos: la propuesta de la CNEA estaba casi dibujada para espantar oferentes. No se espantaron. Otra cosa interesante de los pliegos: debía haber una intensa participación de la industria argentina, para lo cual el SATI, Servicio de Asistencia Técnica a la Industria de la CNEA (una idea de Jorge Sabato), haría un relevamiento de quién calificaba, quién no, y con qué componente se anotaba cada quisque. Si alguien imponía compra llave en mano, esta cláusula le saboteaba (o quizás le sabateaba) el juego. Para sorpresa general, aún con tan tóxica fumigación de restricciones, dentro del área económica que los EEUU llamaban «el mundo libre» no se bajó casi nadie. Hubo 17 oferentes, a cuál más ansioso. Y por buenas razones: teníamos el desarrollo nuclear independiente más poderoso del mundo, detrás del de la India. ¿Quién se perdería la posibilidad de subirse a semejante tren… aunque más no fuera para abrirse paso hasta la locomotora e imponer sus propios maquinistas? Primero fue el descarte de opciones tecnológicas de las centrales inglesas y francesas de aquel entonces, de uranio natural moderado con grafito y refrigeradas a helio, como la escocesa de Calder Hall, o la francesa Chinon III. En ello hubo consideraciones técnicas y políticas. Las técnicas son simples: el grafito le baja la velocidad a los neutrones, lo que paradójicamente los vuelve más capaces de lograr fisiones de uranio 235. En ese uso antiintuitivo del lenguaje común que es propio de los físicos nucleares, ese proceso que aumenta la paupérrima reactividad del uranio natural se llama «moderación». El grafito es un moderador excelente, pero a temperatura de reactor, si llega a ponerse en contacto con oxígeno, arde. Y no quieras ver cómo. El primer accidente nuclear serio de la historia europea fue el de Windscale, sobre la costa escocesa, en 1957, sin víctimas. Cuando el Dr. Carlos Aráoz le preguntó a uno de los jefes de planta cómo se extingue un incendio de grafito, la respuesta fue: «No se apaga. Arde hasta que se consume todo el grafito». De modo que como moderador aquí en Argentina se optó por agua liviana o por agua pesada, barata una, muy cara la otra, pero ambas resueltamente incombustibles. Las consideraciones políticas son más serias: las máquinas de tipo Calder Hall o Chinon son un híbrido: fabricaban electricidad para la red, pero también plutonio para programas de bombas implosivas de plutonio, con el que el Reino Unido y Francia querían ponerse rápidamente a la altura de los EEUU y de la URSS en capacidades bélicas. El plutonio «grado militar» es su isótopo 239, pero los demás isótopos más pesados (240, 241, 242, etc) son desastrosos para fabricar armas. O emiten radiación gamma que vuelve al material casi imposible de manejar en términos metalúrgicos, o son tan hiper-reactivos que dispersan prematuramente en forma de nube de plasma la masa sólida y supercrítica destinada a explotar. Lo que logran estas mezclas isotópicas de plutonio no es un «bang» sino un «fizzle», un reacción de pésimo rendimiento termomecánico. El óxido de plutonio 239 casi puro en 1965 todavía se podía conseguir por licitación pública internacional desde EEUU, Francia e Inglaterra e incluso la URSS, aunque en cantidades subcríticas (un kg. con toda la furia), bajo vigilancia tipo «dos de oros» del OIEA y a un precio de U$ 10 el gramo. En 2022, eso equivaldría a U$ 95,37. Y no se lo vendés a nadie, ni de a gramos, está recontra prohibido. Con criterios de hoy un reactor plutonígeno de la industria militar debe evitar la formación de isótopos hiper-pesados. Eso cuesta retirar el combustible del reactor en forma prematura, es decir sacrificar meses o años de quemado. Es el modo de lograr el máximo posible de isótopo 239. Pero además, luego hay que depurarlo todo lo que se pueda de la contaminación con isótopos 240 y más pesados. Es complicado. Y carísimo. Calder Hall y Chinon fueron un punto de divorcio tecnológico: separaron a las centrales de potencia, que producen electricidad para la red, de las «production facilities», es decir de los reactores plutonígenos militares. En su ansia de juntar la Biblia con el calefón, estas primitivas plantas inglesas y francesas mixtas eran malas para una y otra cosa. Una verdadera central de potencia manda el quemado: se trata de sacar todo el rendimiento eléctrico posible de la fisión del uranio. Además, tiene más del 50% de su costo invertido en seguridad operativa, y está controlada por civiles. En una «production facility», como me dijo en 1986 el ing. Abel González, reactorista argentino y hoy la mayor referencia mundial en radioprotección, mandan gorras sobre pergaminos, la seguridad es «no preguntes» y (sic) «el personal se irradia hasta las pelotas». Descartar la confusa tecnología de Calder Hall o de Chinon fue un modo de decirle a la región que la Argentina no iba a por armas nucleares. Brasil y Chile, encantados. El asunto después fue elegir qué tipo de combustible, y por ende qué tipo de moderador. Con la nuclearización de la electricidad rampante en EEUU, Europa y la URSS, las cosas aquí en Argentina no salieron exactamente como Washington tenía “in mente”, y justamente por cuestiones de combustible. A diferencia de México y Brasil, aquí elegimos el uranio natural en buena medida para desmalezar el terreno de propuestas yanquis, todas a enriquecido. Y abjuramos de las compras “llave en mano” para apropiarnos –hasta donde pudimos, y pudimos bastante- de la tecnología alemana y canadiense. Esos tenían fierros «pinturita», y las ofertas más generosas en transferencia de tecnología. En el mundo de los ’60 los países nucleares occidentales no estaban ni remotamente tan disciplinados a la política del State Department como los de hoy. Y en ese mundo multipolar, la Argentina tenía un perfil nuclear muy autónomo. No pretendíamos ser heráldicos y rugientes leones, tigres, pumas, jaguares o águilas, pero tampoco burros de la noria de nadie. Más bien, éramos como las cebras: si las dejás en paz, hacen la suya. Pero si te gustan tus dientes no trates de domarlas. En términos de combustibles, nuestra «cebritud» o «cebridad» significó uranio natural, con esa escasa proporción de 0,71% de isótopo 235 con que sale de la mina. Aún purificado a estado de óxido, sin residuos geológicos, y luego cocinado bajo presión para transformarse en las pastillitas negras de cerámica que rellenan los manojos combustibles, su tenor de 235 no varía desde la geología hasta la central. Mas he aquí que el uranio natural es un combustible flojo en neutrones libres, no hay modo de iniciar con él una reacción en cadena si no lo moderás para que te sobren neutrones «termalizados», de baja energía. Y para ello se necesita grafito (material que aquí no tenía fanáticos) o agua pesada. Ésta es cara y era importada, pero podés aprender a fabricarla por un lento y engorroso enriquecimiento del agua natural, y se hizo. ¿Por qué el uranio enriquecido aquí no tenía «groupies»? Porque no teníamos la tecnología de fabricación, y es aún más peliaguda que la del agua pesada. Pocos oferentes internacionales de uranio enriquecido «grado central» (alrededor del 3% en aquel entonces), y eran EEUU, la UE y la URSS. Con que como país tomaras alguna decisión de política externa que no le gustara a ese trío, como ser competir comercialmente con ellos, te cortaban el abastecimiento. Y entonces la Reina del Plata se quedaba en apagón eléctrico. No son teorías, como se verá. El uranio natural como opción nucleoeléctrica estuvo bien. Cuando la CNEA tuvo el atrevimiento de venderle dos reactores de investigación a falta de uno al IPEN, Instituto Peruano de Energía Nuclear, en 1981 EEUU le inició un boicot de uranio enriquecido al 90%. Para ello rompió contratos celebrados en los ’50, prácticamente a perpetuidad. Eso puso en apagón todos los reactores de investigación y de fabricación de radioisótopos médicos de la región, incluidos nuestro RA-3 de Ezeiza y el RP-10 de Perú. Estaban diseñados para funcionar con uranio al 90%. Ups. Afortunadamente, en 1981 la URSS necesitaba de trigo argentino casi con desesperación, nosotros podíamos rediseñar esas plantas para funcionar con enriquecido al 19,7%, el llamado HALEU (High Assay Low Enrichment Uranium), y los soviéticos podían suministrarlo bajo salvaguardias según las leyes internacionales. Mientras duró ese mal trago, más de un enfermo cardíaco u oncológico estuvo en trance de quedarse sin los diagnósticos y tratamientos más avanzados del momento. Pero todo ese tiempo Atucha I funcionó aceptablemente, como venía haciéndolo desde 1974. Con uranio natural argentino, por si no se entendió. Hicimos macanas pero también tomamos algunas buenas decisiones. Y nos fue como nos fue: bastante peor de lo que esperábamos en los muy optimistas años ’60, pero no tan mal. Medio siglo más tarde tenemos muy poca electricidad nuclear, aunque es la más barata y confiable del Sistema Argentino de Interconexión, una cantidad desmedida de recursos humanos en relación a la potencia nucleoeléctrica instalada, el mayor desarrollo de medicina nuclear de las Américas, con 14 centros activos en 13 provincias, y desde 2000 y por ahora, dominamos el mercado mundial de pequeños reactores. No estamos bien, pero ¿mal? Nada mal, habida cuenta de tanto cipayo y/o zapallo, de tanto endeudador serial y de tanto «pasaron cosas». En el mundo nuclear, hemos pasado de bicho raro a rarísimo, con un cerebro muy capaz pero poca musculatura. Anomalía para cuya remediación esa nube tóxica de economistas al uso que se prostituye en los medios recomienda no la gimnasia, sino la lobotomía. Lo dicho, es una posición vulnerable: mucho prestigio pero poco poder económico y político. En materia de uranio enriquecido, estamos construyendo la planta piloto del CAREM, nuestra primera central de potencia “Nac & Pop”, con 32 MW instalados, en el predio de las Atuchas I y II. Si el CAREM sale bueno, acaso en un modelo industrial más potente, alguna vez lo exportaremos. Quizás fabricado en serie y por decenas, quién te dice. Y tal vez eso cambie de un modo interesante todo el futuro industrial argentino, vuelva «de mayor densidad nacional» nuestro perfil exportador, como decía el economista Aldo Ferrer, uno de los pocos de su profesión que siempre recordamos con cariño. Y entonces las asociaciones de la industria las dirijan empresas de tecnología, en lugar de fabricantes de galletitas. Ponele. País con un destino nuclear rebelde y rigoreado, el nuestro, pero si comparamos con la región, menos dependiente, más interesante y con un futuro enigmático y más promesas. Lo dicho: el negocio nuclear es vender tecnología, no megavatios hora. Dicho eso, qué bien que le vendría a la Argentina ese 17% de electricidad nuclear que llegó a tener cuando se puso crítica Atucha I, en lugar del 5 o 6% actual. Eso, mientras rezamos que no aflojen las incipientes lluvias en el Alto Paraná, el Uruguay y el Limay. Y que no nos maten los emires con el precio del gas licuado importado. Lindo país supimos hacer, sujeto al clima y a lejanos reyes.Daniel E. Arias
La CONAE ofrece gratuitamente informacion satelital sobre lluvias
La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) publicó en su Portal de Información Geoespacial (Geoportal) una serie de nuevos productos sobre precipitaciones basados en información satelital. Con acceso libre y gratuito, constituyen un insumo de interés para la comunidad de ciencia y tecnología así como para usuarios finales. Los productos, desarrollados por la Gerencia de Vinculación Tecnológica de la CONAE, incluyen datos acumulados de precipitación en periodos diarios y mensuales, anomalías mensuales y series históricas.La CONAE publicó en su Geoportal nuevos productos sobre precipitaciones basados en información satelital, con acceso libre y gratuito.
— CONAE (@CONAE_Oficial) January 30, 2023
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