Un equipo de especialistas provenientes de la UTN, la UBA y la UNSAM trabaja en la fabricación de blindajes para la industria nuclear a partir del uso de pilas usadas.
El desarrollo representa una solución para la disposición final de un residuo contaminante y una alternativa local para reemplazar un producto importado y de alto costo.
En la Argentina, se desechan unas 4.500 toneladas por año de pilas usadas. Se trata de un residuo abundante y muy contaminante, ya que contiene distintas cantidades de metales pesados como mercurio, zinc, plomo y manganeso. El problema es que no existe en el país un tratamiento adecuado para una disposición final segura y, en general, las pilas terminan en rellenos sanitarios o basurales a cielo abierto sin tratamiento alguno.
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En busca de una solución para esta problemática, un grupo de especialistas provenientes de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN–SedesHaedo, Buenos Aires y Delta), la Universidad de Buenos Aires y el Instituto Dan Beninson (CNEA–Universidad Nacional de San Martín) comenzó a trabajar en la fabricación de blindajes para la industria nuclear a partir de los metales recuperados de las pilas usadas. Este desarrollo también resolvería otra necesidad, ya que los blindajes que suelen utilizarse son importados y muy costosos.
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“Las radiaciones ionizantes son un tipo de energía que se encuentra no solo en la industria nuclear sino también en instalaciones médicas que realizan rayos x y tomografías, entre otras. En esos lugares, es obligatorio utilizar un blindaje para proteger a las personas, ya que existe un límite de dosis anuales a las que se puede estar expuesto. Lo que se usa, en general, son blindajes de plomo y acero que, además de ser muy costosos, son productos de la minería, por lo que tienen un impacto negativo en el ambiente”, explica la ingeniera química Alfonsina Serradilla, integrante del equipo.
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El proyecto Blind.AR tiene sus raíces allá por el 2012, cuando otro de los integrantes había empezado a estudiar posibles tratamientos para las pilas gastadas. Unos años después, comenzó a tomar forma la idea de darle un valor agregado al residuo, y en el año 2020 se formó el equipo actual que, además de Serradilla, está compuesto por Antonio Bencardino, Néstor Cometti, Ezequiel Fernández, Facundo Fraguas y Celeste Silvoso. Recientemente, el proyecto fue uno de los finalistas del Concurso IB50K, un certamen organizado por el Instituto Balseiro que premia planes de negocio de base tecnológica.
.El proceso comienza con la recolección de las pilas usadas, que son llevadas a las instalaciones donde se realizará la fundición de las mismas a temperaturas mayores a 1600 grados centígrados. Luego, mediante un proceso de separación, los compuestos más livianos (líquidos y gaseosos) son destinados al tratamiento de efluentes, y los más pesados (los metales) son los que los investigadores utilizarán para fabricar el blindaje. El espesor del material que se obtiene luego de la fundición va a depender de la cantidad de radiación que se quiera blindar.
De izq. a der.: Facundo Fraguas, Néstor Cometti, Alfonsina Serradilla, Celeste Silvoso y Ezequiel Fernández. Foto: Gentileza Alfonsina Serradilla.
“Aún estamos en fase de desarrollo tecnológico, haciendo distintas pruebas, pero desde la viabilidad técnica, no tenemos dudas de que es factible realizar el proceso y obtener un producto adecuado. No existe nada similar en el mercado pero el proceso que proponemos incluye subprocesos que son conocidos en el ámbito industrial y no requieren alta complejidad”, señala la ingeniera.
Con respecto a la capacidad blindante del producto, los investigadores realizaron distintas estimaciones, primero a partir de simulaciones matemáticas y luego probaron distintos prototipos de forma experimental. Para ello, pusieron el material obtenido de la fundición de pilas entre una fuente radiactiva y un detector de radiaciones, y compararon su capacidad de blindaje con la de otros materiales, como el acero, el plomo y el hormigón. “Fuimos analizando las variaciones en el detector e identificamos que la capacidad blindante del material obtenido es muy similar a la del acero inoxidable”, afirma Serradilla.
Actualmente, los investigadores continúan trabajando en determinar y garantizar distintas propiedades mecánicas y químicas del material. A su vez, comenzaron a avanzar en cuestiones legales vinculadas a marca y patente para que el proyecto avance en el camino de la transferencia tecnológica. “Como somos todos del ámbito técnico-productivo, toda la etapa del plan de negocios nos costó bastante pero aprendimos mucho en el concurso IB50K. Las jornadas de mentoreo y los comentarios del jurado nos sirvieron mucho”, contó la investigadora.
En cuanto a la forma de transferencia, todavía no está definida. Una posibilidad es conformar varias unidades de producción en distintas localidades a partir de un licenciamiento de la patente, ya que eso permitiría poder brindarle una solución a los municipios para que gestionen las pilas de forma local y no implique grandes traslados del residuo. Según Serradilla, a partir de la experiencia del equipo, no se necesitarían instalaciones demasiado grandes para poder llevar a cabo el proceso.
“Este es un proyecto que vamos haciendo a la par de los trabajos que cada uno tiene, así que es difícil estimar los tiempos de finalización. También va a depender de los recursos y apoyos que podamos conseguir, que son necesarios para, por ejemplo, contratar las instalaciones para hacer los ensayos. Pero nuestra motivación principal es lograr desarrollar la tecnología, demostrar que funciona y hacer un aporte al desarrollo científico-tecnológico del país”, finalizó la investigadora. (Por Nadia Luna / Agencia TSS)
No hay pruebas de que sean necesarios refuerzos ahora. Puede que tras 2 o 3 años sí, pero no hay datos de que hagan falta después de 6 meses.
Las vacunas bivariantes de Pfizer y de Moderna se utilizarán tanto para iniciar o completar esquemas primarios como para la aplicación de dosis de refuerzo.
El martes se iniciará la distribución de 900.000 dosis, que serán aplicadas a partir de las próximas semanas.
En el marco del Plan Estratégico de Vacunación contra COVID-19, el Ministerio de Salud de la Nación anuncia la inclusión de vacunas bivariantes contra el SARS-CoV-2 a la estrategia nacional con el objetivo de seguir avanzando en la incorporación de tecnología disponible para dar respuesta a la pandemia.
Se trata de las vacunas Comirnaty Bivariante Original/Ómicron BA.4-5 del laboratorio Pfizer/BioNtech, autorizada para su uso en población general de 12 años o más, y la vacuna Spikevax Bivariante Original/Ómicron BA.4-5 del laboratorio Moderna, autorizada para su uso en población general de 6 años o más.
A fines de enero 2023 se iniciará la distribución de 900.000 dosis de esta vacuna a todas las jurisdicciones del país, que serán aplicadas a partir de las próximas semanas de acuerdo a los planes estratégicos de cada jurisdicción.
Todas las vacunas sirven para evitar complicaciones
Es importante destacar que todas las vacunas contra COVID-19 demostraron ser seguras y efectivas para dar protección ante internaciones, complicaciones y muertes frente a todas las variantes circulantes, por lo que en la estrategia nacional coexistirán las vacunas aplicadas hasta el momento y las nuevas vacunas bivariante.
Al igual que las vacunas monovalentes ARNm, las vacunas bivariantes contra COVID-19 se utilizarán tanto para iniciar o completar esquemas primarios como para la aplicación de dosis de refuerzo, y se administrará la vacuna que se encuentre disponible al momento de la vacunación –según las edades autorizadas– sin priorizar una formulación sobre otra.
La evidencia científica ha demostrado que la estrategia de aplicación de refuerzos es fundamental para mantener los niveles de anticuerpos y su efectividad en el tiempo, sobre todo en términos de evitar internaciones, complicaciones y muertes por la enfermedad.
Por este motivo, se enfatiza además la importancia de reforzar la protección en las personas mayores de 50 años y otros grupos etarios con condiciones de riesgo.
Argentina tiene por delante un año electoral. A la escena ya habitual de fracturas y grietas partidarias, habrá que sumarle campañas políticas en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales. El clima de época demanda el compromiso de dirigentes y representantes para robustecer la discusión pública en los espacios digitales, aquel terreno donde proliferan fácilmente las noticias falsas, la desinformación y las acusaciones radicales. En una lógica marcada por las decisiones unilaterales de los dueños de las plataformas, como las que Elon Musk convierte en noticia global con los cambios que implementa en el funcionamiento de Twitter, la calidad de la información y la convivencia democrática deberían ser garantías para que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a saber y tomar decisiones con mayor libertad.
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Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales y profesora e investigadora en temas de comunicación pública y periodismo, conversó sobre los desafíos para hacer que la libertad de expresión y el diálogo virtuoso sean la norma.
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-Teniendo en cuenta el contexto electoral en Argentina, ¿qué garantías creés que debería haber para que se desarrolle una convivencia democrática en las plataformas digitales?
-Vengo estudiando mucho este fenómeno y mi diagnóstico es que la agresividad no está en las plataformas, la agresividad viene de la política. Creo que más que poner el foco en las reglas de las plataformas, que funcionan óptimamente para el 90% de los usuarios que estamos ahí compartiendo Tiktok, divirtiéndonos o alentando a la Selección, hay que pensar en un pacto de no agresión. Pero no por una cuestión de moralidad o de buena gente, no estoy pensando en un pacto de Ética, sino porque lo que han mostrado las campañas recientes es que cuanto más gozosas, cuanto más divertidas son, hay más participación. La agresividad y la hostilidad es refractaria, no atrae gente, no atrae voluntades, por lo cual es contraproducente para cualquier campaña elegir este camino. A veces lo que ocurre es que muchos equipos de campaña o ciertos núcleos militantes creen que el barrabravismo funciona y lo cierto es que no funciona en las redes. Yo creo que lo que hemos aprendido en estos tiempos es que cualquier intervención en la plataforma no deja de ser artificiosa. La plataforma filtra ciertas palabras pero no lográs un cambio de comportamiento, que es lo que necesitás para tener elecciones más transparentes y que entusiasme más a la gente.
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-¿Creés que los discursos violentos y agresivos no deberían moderarse o regularse, sino que se debería estudiar cuál es su causa social?
-Creo que lo que hay que hacer es primero detectarlos, reconocer que hay una sociedad que está generando esos discursos. Cuando obturás esos discursos, más en una campaña, perdés el diagnóstico. Lo que te sirve es decir: esto existe, la sociedad es esto, cómo actuamos. Eso te permite tomar decisiones, muchas son discursivas y en los espacios donde se dan los discursos. Y esta sí es una posición mía clásica, ya hace bastante vengo defendiéndola, que los problemas que expresan las redes sociales, los contenidos en la televisión, no son problemas de los medios, son problemas de la sociedad que expresan los medios. Cuando de alguna manera regulás ese canal de expresión, no hacés la modificación de la conducta social que lo provoca, hacés una solución para la expresión del problema, pero no para el problema.
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-Regular esas conductas implicaría procesos a largo plazo
-A larguísimo plazo. El problema es que si son procesos a largo plazo pero solo trabajás en las posiciones cosméticas, vas generando un círculo vicioso porque tenés cada vez menos diagnóstico, soluciones más cosméticas, y cada vez ponés más tu problema donde no lo hay. Entonces lo que es un proceso largo, lo hacés larguísimo, porque nunca llegás a asumir cuál es el verdadero problema.
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Un grupo humano que trabaja con valores, automáticamente genera un cambio. Lo que nosotros vimos en los discursos de la Selección, en las declaraciones que hicieron, en la actitud del director técnico, no vino de un manual de estilo de la Selección.
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-¿Considerás que el foco debería estar únicamente en estos procesos a largo plazo para abordar la problemática?
-Creo que el Mundial nos dio el ejemplo perfecto. Un grupo humano que trabaja con valores y con actitudes y que se expresa adecuadamente, automáticamente genera un cambio. Lo que nosotros vimos en los discursos de la Selección, en las declaraciones que hicieron, en la actitud del director técnico, no vino de un manual de estilo de la Selección. Representa un espíritu de esa Selección. ¿Qué pasaría si ese pacto lo hacés entre los candidatos? Un pacto de no agresión, de respeto, de no insultos. Parece medio de Gandhi pero eso sí va a ser mucho más inmediato que pedirle a Elon Musk que te baje la perilla de Twitter cuando te insultan. Esa es la solución más tonta que hay. No le cambia la actitud al odiador, la dejará de hacer en Twitter. Esta cosa de decir “de dónde salió todo esto”, también tiene que ver con que somos especialistas en obturar diagnósticos. No nos gusta el diagnóstico entonces lo disimulamos, lo maquillamos, incluso para el propio político que le dicen “está todo fenómeno, la gente te ama”, y después no te votan.
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-¿La polarización de los contenidos que se comparten no sería entonces una estrategia política redituable en términos de imagen o de participación para los partidos políticos?
-En redes es la peor. Las figuras polarizadas son las menos propicias a ser compartidas porque sabés que en tu propia red te puede generar comentarios y críticas, incluso de tus conocidos. Lo que necesita la política en campañas es que compartas, que es lo que Henry Jenkins llama spreadable content, que es el contenido, no viral porque un virus no se lo quiere pegar nadie, sino que es el contenido como el meme, que tenés ganas de mandarlo, o el sticker que te mandaron de Messi, estás esperando que alguien te escriba para mandárselo. Eso es lo virtuoso de la comunicación en red. Y los núcleos hostiles no lo consiguen.
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-Solés mencionar que hay que tomar el parámetro de comportarse en las redes como te comportarías en la sociedad, ¿creés que las redes permiten hablarle a un público masivo desde un lugar resguardado porque no estás exponiéndote directamente?
-No estoy muy de acuerdo con ese principio porque soy una persona muy activa en redes y la verdad es que si me quedara en mi casa o en mi aula estaría mucho menos expuesta. Las redes me exponen mucho más. Incluso los que lo hacen desde una máscara, desde una cuenta, que considero que también es válido porque toda la vida la gente pudo tener un seudónimo, un alter ego para decir lo que piensa. También te exponés a que te cierren la cuenta, a no tener seguidores, a que cuando pongas una discusión tan agresiva nadie quiera participar en ella. Es cierto que evitás que te den un palo por la cabeza, pero a veces son mucho más dolorosos esos insultos que leés en Twitter. Yo nunca tuve una discusión o un insulto en la calle como los que a veces recibís en Twitter y duele muchísimo y te molesta. Yo no puedo hacer un paper porque una vez un energúmeno me agredió. Lo que tengo que pensar es, bueno, ¿cuántos de los comentarios que recibí en el día son de este tono, es uno solo? Lo tengo que silenciar y pasar a lo siguiente, a mí me parece que hay muchos especialistas muy obsesionados con el desvío, que no es la regla.
Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyóEl noveno capítulo de esta saga está aquí.
Guarda con los recomendados
Los audaces no vienen exentos de error. Perón a veces tomaba riesgos, pero si tropezaba, tenía mañas para no caerse. Con Richter, es fama, no fue a medias y tropezó a lo grande. El austríaco devoró fondos a mansalva en su proyecto secreto en la Isla Huemul, frente a Playa Bonita, entonces en el despoblado de los extramuros de Bariloche. Y el resultado fue un papelón internacional.
El físico prohijado por Tank le había propuesto a Perón “nuclearizar” a la Argentina por trámite express. Había que ignorar la trabajosa fisión del uranio 235, y en cambio ir directo a la aparentemente fácil fusión termonuclear de átomos livianos, litio en este caso. “Y va a costar chirolas”, le aseguró Richter al presidente, según Cernadas y Mariscotti. Recién llegado, el Herr Doktor ya “chamuyaba el lunfa” necesario para caer bien, aunque con guturales “erres” de ostrogodo. Perón le contestó con sus famosos: “Métale, nomás”.
La fusión controlada… Ufff. Todavía hoy sigue inviable pese decenas de tentativas por parte de millonarios consorcios científicos. Si Ud. ioniza totalmente átomos del elemento más liviano de la tabla química, el hidrógeno, lo ha vuelto un plasma, una sopa muy caliente de protones y neutrones dedicados a colisiones caóticas.
Si quiere empezar una fusión con plasma, la primera recomendación es usar no el isótopo más liviano y abundante del hidrógeno, que tiene un protón como todo núcleo. Use deuterio, cuyo núcleo tiene, además, un neutrón. Que su lema sea: “Cuanto más neutrones, mejor”. Un plasma de deuterio, bien lleno de neutrones, sale caro, eso sí: sólo el 0,015% del hidrógeno en la naturaleza tiene ese neutrón extra. Acabo de explicarle de paso por qué es tan difícil y caro fabricar agua pesada (D20, dos deuterios y un oxígeno), pero ya volveremos sobre eso.
Fusionar deuterio tiene tres etapas que se atraviesan de modo fulminante, a condición de que Ud. incurra en gastos fuertes y sin garantías de éxito industrial. El problema es que los protones, si Ud. quiere ensamblarlos, no se portan pasivamente como piezas de un Lego. Cada uno tiene una carga positiva, y la repulsión magnética que se genera entre ellos, si Ud. intenta siquiera acercarlos, no digamos amontonarlos, es enorme.
Ojo: Ud. está peleando contra el electromagnetismo, una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. No es chiste. Para vencerlo copiando a la naturaleza, hay que calentar y comprimir plasmas de deuterio a 15 millones de grados C y 300 mil millones de atmósferas, hasta que ese casi insustancial gas ionizado alcance una densidad 7,8 veces mayor que la de un metal muy denso en la superficie terrestre, el oro puro.
De paso, le digo que necesitará una enorme masa de “reactivos”, es decir de deuterio, porque la eficiencia energética del proceso es muy baja: un 0,8 %. En el centro del sol, un protón puede deambular a los tumbos durante miles de millones de años antes de, por fin, fusionarse con otro de su especie y dos neutrones, formando helio.
En esas condiciones, y a distancias de 10-17 metros (un billonésima de milímetro), aparece otra fuerza mayor que la repulsión magnética, llamada “Fuerza Fuerte”, otra de las cuatro fundamentales de la física y el verdadero Poxipol de la naturaleza que une protones y neutrones (los nucleones) de cualquier átomo más pesado que el hidrógeno, es decir, todos los de la tabla.
Entonces, si Ud. persiste con la presión y temperaturas recomendadas “ut supra”, es probable que de golpe y porrazo logre trillones de fusiones en cadena, una reacción autosostenida: la ignición termonuclear. Si además Ud. logra controlarla sin transformarse en parte del plasma, tal vez logre que la reacción y su propia vida sean durables. Si pudo llegar ahí, notará que hay una menor masa del producto final (helio) que de reactivos iniciales (deuterio): esa milésimo de masa material faltante se habrá convertido einstenianamente en energía. Pero en MUCHA energía.
Sin embargo, el laboratorio más cercano a su domicilio que logra rutinariamente ese milagro termonuclear es el Sol, y por la pura fuerza gravitacional que ejerce su corpachón de hidrógeno sobre su núcleo. El hidrógeno podrá ser el elemento más liviano de la tabla, pero al sol le sobra: tiene 3 millones de veces más masa que la dura, rocosa y densa Tierra, comparativamente ínfima en tamaño. El sol está más o menos en su promedio de vida: cumplió 4600 millones de años, y hasta su dramática senectud falta otro tanto. Por lo simple, brutal, ineficiente y durable, el Sol parece casi tecnología soviética.
De acuerdo a los reportes más recientes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Región de las Américas enfrenta una “triple amenaza” de enfermedades respiratorias, ya que COVID-19, gripe y el VSR (virus sincitial respiratorio) están sobrecargando a los sistemas de salud.
Las infecciones por VSR, que afecta particularmente a los menores de 1 año y mayores de 60 años, han aumentado considerablemente en los últimos años principalmente en Canadá, México, Brasil, Uruguay y Estados Unidos.
Por ello, a través de su plataforma tecnológica de ARNm, Moderna da a conocer resultados positivos y alentadores de la fase 3 de su vacuna experimental de ARNm contra el virus respiratorio sincitial (VRS) en adultos mayores.
Demostro tener UNA EFICACIA DEL 83.7%
La compañía tiene previsto presentar la solicitud de aprobación reglamentaria en el primer semestre de 2023. A continuación, comparto la información y adjunto el boletín de prensa con más detalles.
Detalles de la vacuna
Según la compañía su vacuna contra el virus respiratorio sincitial (VRS) ha cumplido con los criterios primarios de eficacia en un ensayo de fase 3 en adultos mayores. ARNm-1345 demostró una eficacia de la vacuna del 83,7% en la enfermedad del tracto respiratorio inferior por VRS, definida por 2 o más síntomas en adultos mayores.
En general, ARNm-1345 fue bien tolerado, sin que la Junta de Supervisión de Datos y Seguridad (DSMB) identificara problemas de seguridad. Basándose en estos resultados, Moderna tiene la intención de presentar ARNm-1345 para su aprobación reglamentaria en el primer semestre de 2023.
El ensayo de fase 3, con la ConquerRSV de ARNm-1345, una vacuna experimental de ARNm dirigida contra el virus respiratorio sincitial (VRS) en adultos mayores..
“Los resultados de hoy representan un paso importante en la prevención de las enfermedades respiratorias bajas debidas al VRS en adultos de 60 años o más. Estos datos son alentadores y representan la segunda muestra de resultados positivos de ensayos de fase 3 de nuestra plataforma de vacunas de ARNm contra enfermedades infecciosas, después de la vacuna COVID-19 (Spikevax). Estamos impacientes por publicar el conjunto completo de datos y compartir los resultados en una próxima conferencia médica sobre enfermedades infecciosas”, declaró a Stéphane Bancel, CEO de Moderna.
Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyóEl octavo capítulo de esta saga está aquí. Conste que todo esto fue escrito en 2016.
El período de la caza de cabezas
Fue el éxito mismo del programa nuclear de “Jorjón” Sábato, y en parte también la muerte temprana de ese personaje, las cosas que desataron su ostracismo y ruina desde 1983 hasta 2006. Aquel año, forzados por un déficit nacional de potencia instalada incompatible con el sobresaltado crecimiento chino de nuestro PBI, los Kirchner tuvieron que romper su visión parroquial, santacruceña y petrolera del mundo y redescubrieron el átomo. Eso fue 2530 después de que lo hiciera Demócrito de Tracia y 56 después de que lo volviera a hacer Perón, pero hizo una diferencia tremenda. Y la hizo porque la CNEA se moría. Literalmente, de vieja.
En sus libros, Cernadas y Mariscotti coinciden en que en parte la “cultura organizacional” nuclear, tan excepcionalmente autónoma y estable, fue el resultado inesperado del choque de Perón contra la realidad física y contra los físicos argentinos. La física y los físicos probaron ser duros. Y Perón, a la larga, sagaz.
Los sucesivos contralmirantes que dirigieron la CNEA aceptaron eso de movida: aquí la línea la fijan los que saben. Y como a fuer de militares les gustaba mandar, aprendieron. Ojo: antes de ser “reformateados” por esa misma cultura nuclear que en parte generaron, ya como materia prima eran personajes poco comunes: Iraolagoitía había protagonizado una aventura aeronaval importante (llegar en hidroavión a la Antártida… y volver), su sucesor Oscar Quihillalt era un matemático experto en explosivos y balística, y Eduardo Castro Madero, un diseñador de reactores nucleares con un doctorado en el Instituto Balseiro de Bariloche y posdocs en los National Labs de los EEUU.
Cada uno tuvo aciertos y errores, y Castro Madero, más aciertos y más errores que ninguno. En perspectiva, sumaron. Si hasta la propia CNEA surgió de un error. Y nada pequeño, además.
Vamos a esa prehistoria. En el “head-hunting” de lumbreras alemanas de la posguerra, Argentina jugó bien: la URRS se quedó con aproximadamente 3000 “experten”, EEUU con 1600, el Reino Unido con 800, Francia con 300, la Argentina unos 120 y Brasil 27.
Entre “los nuestros” –al menos nuestros un tiempo- estuvo Kurt Tank, horrible nazi medular, pero sin discusión, el mejor ingeniero aeronáutico de cazas de la 2da. Guerra, diseñador del temible Focke Wulf 190. Tank se mudó a Córdoba donde se abocó, junto a decenas de colegas argentinos con 30 años de “expertise”, a transformar su interceptor a reacción TA-163, que no había logrado salir de planos en la 2da Guerra.
Aquí el TA-163 dejó de ser un interceptor, bueno para trepar rápido y operar sobre suelo propio en un país de tamaño europeo, se volvió un animal conceptualmente distinto, rehecho para cubrir con un único modelo las necesidades de un territorio gigante. Fue el bellísimo caza multipropósito y de largo alcance Pulqui II, del cual sólo se fabricaron 5 prototipos, aunque en 1953 era marginalmente superior al Mig 15 y al F-86 Sabre. O por eso.
Esa historia, otro día.
En eso andaba Tank y todavía le iba bien, cuando se le ocurrió hablarle a Perón sobre la presunta genialidad del físico atómico austríaco Ronald Richter, ignorada hasta el momento por sus pares. Raro: los físicos del rubro en los años ’40 eran poquísimos en el mundo y se conocían bien entre sí.
Además, aunque hay excepciones como Enrico Fermi, es casi una ley de la física que los físicos puros, pensadores de lápiz y papel, sean poco fierreros, y viceversa. Tanto así que de Wolfgang Pauli, el tipo que describió los orbitales electrónicos y con ellos explicó definitivamente la tabla periódica y el funcionamiento cuántico de toda la química, se decía que bastaba que entrara al laboratorio para que los experimentos se fueran al diablo.
Un poco en contrapartida, los ingenieros suelen tener nociones vagas sobre quién es quién en el mundo enrarecido de la física básica. Se limitan a transformar ese insumo, quizás la más pura de las ciencias puras después de las matemáticas, en “pendorchos”. Pero eso lo logran únicamente una vez que alguien volvió investigación aplicada toda esa nebulosa abstracción. A los físicos puros, los ingenieros los consideran algo así como marcianos naturalizados. En la otra trinchera, los físicos puros no registran mucho la existencia de los ingenieros.
En la Argentina de 1947, cuya emergente pero rumbosa industria sustitutiva se las arreglaba aún sin física básica, con ingenieros nomás, el apadrinamiento de un fierrero “world class” como Tank bastó para que Perón se comprara un físico “diz que nuclear” a ojos cerrados. Era como un cheque del City endorsado por un millonario.
“Al Viejo” le fue muy mal: sin mala intención, Tank lo mandó como quien dice, al muere. Pero sin aquel error y el quemazo mundial que siguió, la existencia posterior de un programa nuclear serio y autónomo habría sido difícil. Y sin ese programa, 72 años después, hoy Rafael Grossi sería otro diplomático con otra vida más banal, yo no estaría peleando por su acceso a la dirección general de OIEA, y tampoco Ud. estaría soportando este mamotreto por una mezcla de patriotismo y curiosidad.
En la historia de la CNEA, esto de salir parado de una rodada y volver a remontar parece un karma. Júzguelo por lo que sigue (ver en los siguientes capítulos de Argentina nuclear).
Perón inaugura el hoy ya desmontado acelerador de partículas Cockroft-Walton de la CNEA, en pleno e impresionante despliegue de su período inicial, o académico.
Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revela en sus encuestas que un 43 % de los trabajadores no está satisfecho con las horas que trabaja. Además, asegura que el teletrabajo benefició la productividad, la conciliación y hasta la salud de los empleados.
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La pandemia obligó al mundo a flexibilizar jornadas laborales y generalizar el teletrabajo en muchos sectores, medidas que beneficiaron la productividad, la conciliación y hasta la salud de los empleados, por lo que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) recomienda que se mantengan.
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Es una de las principales conclusiones del primer informe de la organización sobre jornadas de trabajo y conciliación familiar, publicado este viernes y en el que se subraya también que más de un tercio de los empleados globales (35,4 %) aún trabaja más de 48 horas por semana y un quinto (20,3 %) no llega a las 35.
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Durante la crisis sanitaria se tomaron medidas como la reducción de horarios, que evitó muchas pérdidas de empleos, mientras que el teletrabajo, que ya había probado su eficacia en crisis como la del terremoto de Japón de 2011, “mostró que puede aplicarse a gran escala, cambiando la naturaleza del trabajo”, recuerda la OIT.
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Las medidas laborales de emergencia tomadas durante la pandemia “aportaron nuevas pruebas de que dar a los trabajadores más flexibilidad sobre cómo, dónde o cuando trabajar es positivo para ellos y para los negocios, mejorando por ejemplo la productividad”, destaca el informe.
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La pandemia, por otro lado, mostró la necesidad de flexibilizar los horarios y el lugar de trabajo de los empleados cuando éstos tuvieron que hacerse cargo de familiares enfermos, subraya el documento.
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El estudio de la OIT sin embargo advierte que la flexibilidad de horarios tiene costes como el desequilibrio por género en el mundo laboral, ya que las mujeres tienden más a reducir su jornada que los hombres.
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El informe recomienda mantener leyes que establezcan un máximo de horas diarias (algo que la OIT recuerda que ya reivindicó en el primer documento que publicó tras su fundación en 1919) y promover políticas públicas de reducción de horarios como las que han puesto en marcha recientemente países como Islandia, España o Reino Unido.
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El teletrabajo, añade en sus conclusiones, “ayuda a mantener el empleo y crea un nuevo espacio para la autonomía del empleado”, pero necesita ser regulado para que, entre otras cosas, se incluya el “derecho a desconectar” del trabajador cuando está trabajando en su domicilio, subraya la OIT.
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El informe subraya que los largos horarios -y también los que no pueden predecirse, como los “encargos de última hora”- están en general asociados a la baja productividad, que mejora a medida que hay reducciones de jornada y trabajos más predecibles.
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MÁS HORAS, PEOR SALUD
Horarios excesivos también contribuyen a una peor salud del trabajador, al aumentar el riesgo de estrés, ansiedad, o insatisfacción laboral, con mayores porcentajes en estos trabajadores afectados por la depresión o el alcoholismo.
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Aunque se considera que el horario estándar de trabajo semanal es el de 40 horas, la media mundial es de 43,9 horas, siendo los hombres quienes están más afectados por los largos horarios y las mujeres por los de corta duración.
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La región con la jornada semanal promedio más prolongada es el sur de Asia (49 horas, o 51 si se contabiliza sólo a los hombres), seguida de Asia Oriental (48,8), mientras que en Europa y América ya está por debajo de las 40 horas de promedio.
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El informe recoge en sus encuestas que un 43 % de los trabajadores no está satisfecho con las horas que trabaja, aunque son muchos más los que preferirían aumentar sus jornadas (36,6 %) que los que quieren reducirlas aunque ello supusiera menor sueldo (6,5 %).
La semana pasada recorrí la fábrica de cohetes Tronador de
@veng_argentina y @CONAE_Oficial
En este video hacemos un repaso de la recorrida y te cuento todos los avances para volver a ver un cohete despegar desde suelo argentino. 🚀🇦🇷
El 17 de enero de 1958, la Comisión Nacional de Energía Atómica puso en marcha su primer reactor experimental. Fue construido en apenas 9 meses, con técnicos, científicos, materiales y tecnología locales.
La idea original era comprar un reactor nuclear experimental llave en mano a la empresa estadounidense General Electric. Pero sobrevinieron órdenes de no venderle «fierros» a los argentinos. De modo que el plan B fue más modesto pero -en el fondo- más ambicioso: comprar los planos del reactorcito para formación de personal Argonaut del Argonne National Lab. Y que Dios te ayude.
A eso los autodenominados americanos accedieron. Estaban casi seguros de que no íbamos a poder construirlo, o de que no iba a funcionar bien. Y tenían sus razones: la CNEA no sólo debía juntar y calificar a 90 proveedores industriales argentinos para los componentes. En los ’50 éramos un país mucho más industrial que hoy, pero en los rubros metalúrgico, electromecánico y electrónico, pocas firmas locales llegaban a calidad de exportación y con volumen.
Mucho más difícil aún, había que resolver la metalurgia y el diseño físico de placas de combustibles. Estas placas de primera generación son diluciones de uranio en aluminio, sostenidas por armazones de aluminio. Los materiales, obviamente, debían resistir el daño por absorción de neutrones, y la corrosión que ello desencadena.
Eso no era pavada en un país cuya metalurgia más avanzada era la de fabricación de armas de tubo por parte de Fabricaciones Militares, en aceros, y otras aleaciones de acero en industrias privadas. País, además, que no producía sus propios aluminios ni sus aleaciones derivadas. Sí sabía manipular aleaciones aeronáuticas de aluminio como el dural, pero importando chapa para su entonces industria aeronáutica, bastante avanzada.
En cuanto a importaciones nucleares, los autodenominados se limitaban a suministrarnos el uranio altamente enriquecido por un convenio anterior, de 1955. En cuanto tomaron la decisión de no vendernos un reactor entero, se olvidaron del asunto.
Poco les duró el olvido. El RA-1 logró su primera reacción nuclear controlada el 17 de enero de 1958, hace 65 años. Fue inaugurado oficialmente tres días después y fue el primero en operar en América Latina. Y se tardó nueve meses en construirlo. Lo único que tenía de importado eran los planos, el uranio enriquecido (no así los elementos combustibles tipo placa), el grafito usado como moderador (era francés) y algunos componentes electrónicos. El resto de los componentes era -con cierto orgullo- Industria Argentina.
Y cosa fundamental, eran argentinos el combustible y la ingeniería del mismo.
Un camión grúa eleva componentes del edificio del reactor RA-1 en el Centro Atómico Constituyentes
La construcción del Reactor Argentino 1 o RA-1 salió de mucho entusiasmo e inventiva de los investigadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), y de no poca rivalidad regional con Brasil: había una carrera por lograr la primera reacción en cadena autosostenida en esta parte del continente.
Los brasileños ya tenían en marcha su propio reactor. Compraron «llave en mano» otro Argonaut, sin ninguna objeción del State Department: habían sido aliados en una guerra todavía muy reciente, y eso pesaba.
La génesis del proyecto
En noviembre de 1956, la CNEA, a la sazón una organización exitosa y académica, anunció que la Argentina compraría un reactor nuclear para poder pasar de la teoría a la práctica, y de la práctica a la industria. Presidía el entonces capitán de navío Oscar Quihillalt, quien a principios de 1957 viajó a Nueva York para concretar la operación con General Electric. Pero lo esperaban con un laberinto de pedidos de papeles y de firmas: había contraorden obvia, pero evidentemente no declarada. Pareció que iba a tener que volverse con las manos vacías. Pero eso no era muy de Quihillalt.
En su libro “El sueño de la Argentina atómica” (Edhasa, 2014), Diego Hurtado de Mendoza cuenta que Quihillalt se dirigió entonces a Filadelfia para asistir a una conferencia. Allí se encontró con el ingeniero Carlos Büchler, quien había trabajado en la CNEA y en ese momento lo hacía en el Argonne National Laboratory de Chicago. El mismo donde el físico Enrico Fermi desarrolló el primer reactor nuclear artificial del mundo, en 1942, y bajo las gradas de un estadio de fútbol americano.
El entonces presidente de la CNEA, Oscar Quihillalt, consiguió sus planos del Argonaut convencido de que Argentina debía construir su propio reactor.
A instancias de Büchler, Quihillalt fue a conocer el Argonaut (Argonne Nuclear Assembly for University Training), un pequeño reactor experimental que había sido inaugurado unos días antes en Argonne, y se fue con los planos. No es imposible que el State Department haya pensado: «Se van a volver locos con los combustibles y las configuraciones del núcleo, no van a poder». Tenían razón. Bueno, en lo primero.
El 9 de abril de 1957 se decidió que la CNEA construiría el primer reactor nuclear de investigación argentino en un predio de la Dirección General de Fabricaciones Militares, en Constituyentes y General Paz. Hoy ahí está el Centro Atómico Constituyentes, pero entonces era poco menos que potreros y campo abierto, con algunos hangares tipo Quonset del Ejército.
El director del proyecto era el físico Fidel Alsina Fuentes, jefe de Ingeniería Nuclear de la CNEA, quien formó parte del grupo que viajó a Chicago para recibir formación técnica. “Al principio no los dejaban participar en los experimentos. Hasta que ellos encontraron un problema en el registro del reactor Argonaut y a partir de eso sí les permitieron presenciar las prácticas. Y aprendieron muchísimo”, cuenta el ingeniero electrónico Hugo Scolari, que lleva cuatro décadas como jefe del RA-1.
Aclaración gramatical necesaria: «ellos» son los autodenominados americanos. Nos invitaron a meter mano en los experimentos porque con su nuevo Argonaut, los muchachos de Argonne tenían problemas de instrumentación y necesitaban una manito para resolverlos. No son orgullosos. Tampoco nosotros. Y sí, aprendimos, claro que aprendimos. En cuanto a ellos, estaban escribiendo el manual.
En el país, al frente de la construcción quedó el ingeniero Otto Gamba, jefe del Departamento Reactores de la CNEA. A su mando había varios equipos de trabajo formados con egresados recientes de los también recientes cursos de reactores nucleares.
La construcción del RA-1
Carlos Domingo, quien integró la Sección Reactores de la CNEA entre 1955 y 1960 y fue parte de la comitiva que viajó a Chicago y escribió un relato acerca de aquellos días de prueba, error y búsqueda de soluciones durante la construcción del RA-1.
“Se trató de calcular la masa crítica del reactor para diferentes disposiciones de uranio, cálculo complicado por la geometría, que no era un anillo completo. El Taller, dirigido por Di Marzio, avanzó rápidamente en la construcción de las placas de control, el sistema de circulación de agua de enfriamiento y el tanque de aluminio del reactor. Velia Hoffman supervisaba y trabajaba en la construcción del blindaje. Había que diseñar los encofrados de las diferentes clases de bloques y controlar con cuidado el vaciado de cemento especial con la cantidad adecuada de barita (sulfato de bario, fundamental para hormigones pesados y de alta densidad). Koppel se encargó de controlar el corte del grafito que rodeaba al tanque”, contó Domingo.
Velia Hoffman era la encargada de supervisar la construcción del blindaje y diseñar los encofrados de las diferentes clases de bloques y controlar con cuidado el vaciado de cemento especial con la cantidad adecuada de barita.
Como seguramente preveían en EEUU, el problema duro fueron los combustibles, hechos con placas de óxido de uranio forradas por una fina cubierta de aluminio de alta pureza. “Se producían por un procedimiento de extrusión en caliente, a la temperatura en la que el aluminio es deformable. El grupo de metalurgia dirigido por Jorge Sabato, que contaba con gente muy preparada, estudió el problema y llegó a hacer un prototipo usando óxido de uranio natural preparado en el país y aluminio común”.
Sabato fue el arma secreta del combustible, ayudado por el entonces jovencísimo Carlos Aráoz. Pensaban estar resolviendo un problema concreto, cuando en realidad estaban haciendo nacer una ciencia en Argentina: la de materiales.
Hubo dudas acerca de si el sistema de extrusión funcionaría con el uranio enriquecido, y máxime a más del 90%. Pero Harry Bryant, el director del Argonaut, aseguró con algún asombro que estos elementos combustibles diseñados en la Argentina eran de mejor calidad que los que se usaban en el reactor estadounidense. Y se decidió que los del RA-1 se harían en la CNEA.
Bryant no macaneaba y se corrió la bola. En 1958, la empresa alemana de metalúrgica avanzada Degussa AG, que participaba del programa nuclear de la República Federal Alemana (RFA), nos compró la patente para este tipo de combustibles. La Argentina había vendido su primera patente nuclear.
Es curioso que sólo 9 años más tarde la RFA, a través de la división KWU de Siemens, estuviera en condiciones de ofrecer a la Argentina no un reactor de entrenamiento, sino una central nucleoeléctrica completa: la actual Atucha I. Es menos curioso si se recuerda que aquel año de triunfo, 1958 a la CNEA, vaya a saber por qué, se le cortó el presupuesto por la mitad.El Grupo de Metalurgia dirigido por Jorge Sábato, que contaba con gente muy preparada, llegó a hacer un prototipo de combustible usando óxido de uranio natural preparado en el país y aluminio común.
Los científicos argentinos trabajaban de 12 a 18 horas por día para construir el reactor
La primera prueba comenzó el 16 de enero de 1958. Al principio parecía que no había uranio suficiente, o al menos lo suficientemente enriquecido, para alcanzar la criticidad. Eso los combustibleros lo solucionaron cambiando de posición los elementos combustibles: colocaron los que tenían mayor carga de uranio en el centro. No estaba en el manual, lectores: como todo constructor por cuenta propia, estábamos escribiendo el manual.
La reacción nuclear en cadena autosostenida se alcanzó a las 6:30 del 17 de Enero de 1958. No sucedió nada hollywoodense, simplemente relojes e instrumentos que certificaban que el núcleo del RA-1 había átomos de uranio 235 desintegrándose unos a otros, y que estaba emitiendo neutrones. Mucha gente que hacía nueve meses no pegaba bien el ojo, aquella noche pudo dormir por fin. No sin algunos brindis previos. Había sido la primera reacción nuclear en América Latina.
La inauguración oficial se hizo el 20 de enero y el reactor recibió el nombre de “Enrico Fermi”. Brasil inauguró su reactor cinco días después, aunque lo habían literalmente bajado en cajones desde un barco, con todos sus componentes «Made in USA». Y con el manual.
“Este hito fue el puntapié inicial para el desarrollo en el país de reactores de investigación y producción”, subraya Scolari.
Los diarios de la época daban a conocer los primeros resultados de la aplicación de tecnología nuclear argentina a la salud.
El legado del RA-1
En 1959, una reforma integral del RA-1 permitió subir diez veces su potencia máxima. Hubo que construir un nuevo tanque que albergara el núcleo y nuevas piezas de grafito. También se renovaron las placas de control y se instaló una torre de enfriamiento, porque ahora sí había calor a disipar.
Después de una prueba en la que no se logró criticidad alguna: ¡a rediseño! Hubo que reducir el diámetro del cilindro interno de grafito y agregar a su alrededor algunas placas de combustible. Pero para eso había que arquearlas. Ya las divergencias con los planos comprados en EEUU se iban agravando.
Los técnicos encontraron la manera doblar las placas en forma segura sin que se generaran fisuras cuando entraran en reacción nuclear. El reactor, que ya se parecía tanto al Argonaut como el Ford de Manuel Gálvez (auto de Turismo Carretera) a uno comprado en concesionario, volvió a alcanzar criticidad el 25 de diciembre de 1959.
El RA-1 fue utilizado para innumerables experimentos e investigaciones y fue pionero en la producción de radioisótopos nacionales para uso medicinal e industrial (a baja escala). Aún hoy se lo usa para capacitación de recursos humanos; extensas actividades de divulgación; ensayos por activación neutrónica de materiales; estudios de daños por radiación, por ejemplo, en metales que luego formarán parte de Reactores de Potencia, y el desarrollo de una terapia quizás revolucionaria en medicina nuclear para tratar ciertos tipos de cáncer, llamada BNCT (Terapia por Captura Neutrónica en Boro).
El RA-1 sigue activo hasta la actualidad. En imagen se puede ver un equipo de investigadores que realizó en 2018 un ensayo para desarrollar la Terapia de Captura Neutrónica en Boro (BNCT) contra el cáncer.
A 65 años de la inauguración del primer reactor, la CNEA construye el Reactor Nuclear Argentino Multipropósito RA-10 junto a la empresa estatal INVAP. Y hasta el día de hoy, la Argentina produce sus propios elementos combustibles para sus plantas y reactores nucleares. Todas y sin excepción.
“El RA-1 dio inicio a la carrera nuclear argentina y hoy se encuentra en servicio gracias a las capacidades científicas tecnológicas, humanas y de gestión de nuestro país y su gente. Las mismas que hoy permiten desarrollar el RA-10. Esta es la historia entrando en diálogo con el presente, para construir el futuro. El RA-1 es la semilla que se sembró en el ´57 y asomó en el ’58, dando lugar al actual ecosistema de excelencia nuclear que hoy lidera nuestra Nación”, destacan desde el Departamento de Reactores de Experimentación y Servicios de CNEA (GRyCN – GAEN), liderado por Fabián Moreira e integrado por Juan Manuel Politano, Florencia Parrino y Agustina González.
“La construcción y puesta en marcha del RA-1 es un hito en sí mismo, pero lo más importante es el sendero que comienza a marcar –subrayan-. Hoy en la CNEA las personas siguen capacitándose y llevando adelante nuevos proyectos con la misma energía, sed de conocimiento y de crecimiento para el ámbito nuclear, siempre asumiendo y superando cada desafío con compromiso, seguridad, profesionalismo, creatividad y con mucha pasión”.
Para sintetizar: el RA-10, con sus 30 MW de potencia térmica y su sofisticación de diseño, nos podría permitir abastecer del 20 al 30% del mercado mundial de radioisótopos médicos, particularmente el de molibdeno 99, que hoy vale aproximadamente U$ 6300 millones/año, y que desde hace 20 años no hace sino crecer. Podríamos estar facturando arriba de U$ 1260 millones/año, para empezar. Y eso con un reactor que terminará costando U$ 400 millones a fecha de entrega. Y que debería durar al menos 50 años en operaciones.
No es una argentinada: el reactor OPAL de Sydney, Australia, ha llegado a mover el 40% de ese mercado, con sólo 20 MW. Y también es argentino, lo construyó INVAP en 2006 y se lo considera la mejor planta multipropósito del mundo. El reemplazo del reactor PALLAS, en Petten, Holanda, probablemente se vuelva el 2do abastecedor mundial del mercado de radioisótopos. Dicho sea de paso, es otra obra de INVAP en la que el sello de la CNEA está en todos lados, empezando por los combustibles, que ahora ya son de tercera generación.
El RA-10, raro destino, tendrá como competidores más acérrimos otros dos reactores argentinos, al parecer. Debería haber estado operativo en 2020, pero en 2016 a la CNEA -vaya a saber por qué- se le volvió a cortar el presupuesto a la mitad del de 2015, y quedó clavado en pesos hasta 2020. Y trascartón de «la malaria», la pandemia…
Cambió la suerte y ahora la construcción, fogoneada por nuevo presupuesto, avanza a todo trapo. Y cruzamos los dedos. «Nunca faltan encontrones/cuando un pobre se divierte…», como decía el tango de Pichuco Troilo.
A contar reactores exportados: el RPO y el RP10 a Perú, el NUR a Argelia, el Inshas a Egipto, el OPAL a Australia, el reemplazo del PALLAS a Holanda, todavía sin nombre, una unidad docente a Arabia Saudita, y contando. Y 14 Centros de Medicina Nuclear en otras tantas provincias, y contando.
Ésa es la herencia del RA-1.
La Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN) hace extensiva la invitación para participar de la encuesta internacional sobre «Valores, Ciencia, Percepción del Riesgo y Energía Nuclear» de la Agencia de Energía Nuclear (NEA, por su sigla en inglés), de la cual la República Argentina es miembro.
La encuesta de la NEA es anónima y se realiza de manera online a través de este enlace: bit.ly/3VXG29q. La NEA extendió el plazo para quienes deseen completarla hasta el 31 de enero de 2023.
La encuesta está dirigida al público en general, que puede estar dentro o fuera del sector nuclear, y busca identificar relaciones entre los valores individuales y las opiniones y percepciones sobre la ciencia, el riesgo y la energía nuclear.
Acceda a la encuesta internacional de la NEA en idioma inglés.