Por su extensa distribución geográfica, se considera que, después del hombre, es el mamífero que más ha invadido el planeta. Según un estudio reciente, su “convivencia” con los humanos se remonta a unos 15.000 años atrás, cuando nuestros ancestros cazadores-recolectores comenzaban a establecer los primeros asentamientos precarios y, con ello, a almacenar alimento y a acumular desperdicios.
Durante todos estos milenios, el ratón casero –Mus musculus, para los científicos- se comió y contaminó nuestra comida, cultivos y otras producciones agropecuarias, dañó estructuras de nuestras viviendas y nos transmitió enfermedades infecciosas que ocasionaron muertes.
De hecho, la laucha -como la llamamos vulgarmente- está incluida en la lista de especies exóticas invasoras más dañinas del mundo. No obstante, hasta ahora, los esfuerzos dirigidos a controlar esta plaga -mediante trampas y venenos- fueron infructuosos. Por un lado, por su capacidad de adaptarse a ambientes muy variados y, también, de prosperar rápidamente: la hembra puede quedar preñada cada 45 días y parir hasta 15 ratones por camada.
Por otro lado
porque, como las bacterias con los antibióticos, el ratón casero
puede sufrir alteraciones genéticas que lo hacen resistente al
veneno más utilizado en las últimas décadas: un cebo que contiene
un anticoagulante que los lleva a morir desangrados.
SOLUCIONES ALTERNATIVAS
Ahora, un trabajo que será publicado en la revista científica Pest Management Science da cuenta de un método alternativo de control: “Comprobamos que ciertos olores afectan el éxito reproductivo de esta especie”, revela Jimena Fraschina, investigadora del CONICET en el Laboratorio de Ecología de Poblaciones de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
Todo partió de una pregunta: “¿Y si encaramos el control de estos roedores enfocándonos en la natalidad en vez de en la mortalidad?”, cuenta Fraschina.
Había algunos estudios científicos, efectuados en esta y en otras especies, que mostraban que la exposición al olor de un predador les provoca estrés y altera su conducta reproductiva. “En su mayoría, esos trabajos apuntaron a evaluar ciertos efectos fisiológicos de algunos olores”, acota Luciana Adduci, bióloga y primera autora del trabajo que formará parte de su tesis doctoral. “Nosotras decidimos hacer una evaluación más integral, que abarca distintas variables que afectan el éxito reproductivo: si copulan normalmente, si hay preñez, si las crías son normales, si llegan al destete y si los individuos adultos presentan alguna diferencia con los que no fueron expuestos a olores”, añade. “Buscamos que esto pueda llegar a tener una aplicación en el control de estos roedores”, consigna.
En este camino, las autoras del estudio -que también firman María Busch y Vanina León- decidieron experimentar con cinco olores, dos de los cuales no produjeron ningún efecto significativo en el éxito reproductivo de los ratones. Pero los otros tres, sí.
DE GATOS, ZORROS Y MACHOS EXTRAÑOS
Al menos por los
dibujitos de Tom y Jerry, sabemos que los gatos y los ratones no se
llevan bien. La ciencia ya había demostrado que el olor del pis del
gato aumenta la proporción de abortos en las ratas (que es otra
especie, de mucho mayor tamaño que el ratón): “Los resultados de
nuestro estudio indican que el olor a la orina del gato aumenta la
proporción de abortos en las hembras de los ratones”, señala
Fraschina.
Para una hembra preñada, la presencia de un ratón macho extraño puede significar un riesgo: que cuando nazcan sus crías ese macho extraño se las coma. Debido a que la preñez implica para la hembra un gasto energético muy grande, que le requiere buscar más alimento y estar expuesta a muchos peligros (tiene dificultades para moverse y para encontrar refugio), la proximidad de un macho extraño puede llevarla a la pérdida de esa preñez: “Comprobamos que el olor a un macho extraño reduce significativamente la media de nacimientos por hembra”, informa Adduci.
Un tercer olor que afectó el éxito reproductivo de los ratones fue el de un compuesto químico que está presente en las heces del zorro rojo, un predador natural del ratón. La sustancia en cuestión es una trimetiltiazolina (TMT), que ha sido muy utilizada para investigar la reacción de ratas y ratones ante el estrés o el miedo que les provoca un predador.
“Las hembras
expuestas al TMT tuvieron un efecto general acumulativo muy negativo
en su éxito reproductivo, porque tuvieron menos nacimientos por
camada y porque llegaron menos crías vivas al momento del destete”,
destaca Adduci.
Con los datos obtenidos, las investigadoras decidieron hacer una proyección que mostrara cuál sería el efecto del TMT en el crecimiento poblacional: “Hicimos un modelo muy básico que nos permitió predecir que un año de exposición al olor del TMT haría que la población de ratones crezca un 86% menos”, indican, y añaden: “El modelo también nos dice que si los exponemos al TMT durante dos meses y después no los exponemos durante tres meses, y luego los volvemos a exponer dos meses, y así a lo largo de un año, el crecimiento poblacional sería un 59% menor, lo cual no es poco”.
REBELIÓN EN LA GRANJA
Desde hace algunos
años, las investigadoras están en contacto con algunas granjas
avícolas que producen pollos para consumo humano. Allí, los
roedores constituyen un problema tanto económico como sanitario: no
solo afectan a la producción (se comen la comida de los pollos y
pueden contaminarla con sus heces y orina) sino que, además, ponen
en riesgo a los trabajadores del lugar.
En esos lugares, se
trata de controlar a esta plaga con veneno. Pero, además de generar
resistencia, los rodenticidas no evitan que los ratones se acerquen a
los galpones: “La idea del uso de olores es para que el ratón no
se acerque ni vuelva más”, explica Adduci.
Por otro lado, el
veneno puede ser consumido accidentalmente por los animales
domésticos, o los mismos pollos, u otras especies no exóticas de
ratones que son necesarias para el equilibrio ecológico.
En este contexto, el
uso de olores para el control reproductivo de las lauchas es
bienvenido por los productores, que le abren las puertas de sus
instalaciones al equipo de investigación. “Para este trabajo
repusimos los olores en las cajas donde criamos a los roedores cada
cuatro días. Ahora estamos probando una reposición del olor cada
dos días para ver si hay efectos más notorios. Incluso, para ver si
hay algún efecto de los olores que, hasta ahora, no dieron ningún
resultado”, cuenta Adduci.
Según las investigadoras, “para mejorar los resultados, no solo se puede aumentar la frecuencia con la que se reponen los olores sino que, también, se puede aumentar la cantidad de la sustancia que produce ese olor”. Finalmente, Fraschina anuncia: “Ahora vamos a ir a tres granjas a probar cómo funciona esto en la vida real, fuera del laboratorio”. (NEX Ciencia – FCEN – UBA / Por GABRIEL STEKOLSCHIK)