Viaje de ida: una mirada argentina de los drones kamikazes que cambiaron la guerra de Ucrania

¿Por qué hasta 2016 FAdeA e INVAP estaban diseñando drones duales, de uso civil o militar? ¿Por qué aquel año dejaron de hacerlo? ¿Y por qué ahora FAdeA empezó a armar otros drones muy distintos, integrando componentes «de anaquel» de distintos orígenes para el Ejército?

Porque sin drones, el país se está volviendo cada vez más indefenso y fácil de manipular/patotear/amenazar, sin importar cuántos tanques, cañones, barcos y aeronaves tripuladas añada a los pocos que tiene y que funcionan. Es la respuesta común a las tres preguntas. Sí, también a la segunda, háganse cargo.

Háganse cargo de esto: en 2016 el primer modelo de experimentación tecnológica (MET) de un SARA estaba haciendo sus primeros despegues y aterrizajes radiocontrolados en una pista deliberadamente mala y solitaria de Córdoba, cuando rompió tren de aterrizaje. Podría no haberse accidentado aquel día sino el siguiente. Iba a suceder. Ésa es la «D» de I&D, significa «desarrollo», trabajo precedido por la investigación, pero mucho más lleno de tropezones.

El MET podría incluso no haberse accidentado, igual su destino estaba cantado: bajo batuta de la abogada Cristina Salzwedel y por orden del presidente Mauricio Macri, la fábrica cordobesa liquidó enteramente el proyecto SARA, o Sistema Aéreo Robótico Argentino, apenas a un año y medio de lanzado. ¿Cómo se aborta todo un proyecto tecnológico complejo de defensa? Se lo mata en el huevo: el MET.

Nueve años después, Ucrania enseña por qué hay que resucitar el SARA. Por ahora la única fuerza armada argentina que parece enterada de que necesita no el SARA, pero sí al menos algún dron y con cierta urgencia es el Ejército. Para el arma terrestre por excelencia, esto tiene su lógica: la aviación robótica les da acceso propio a algo que fue siempre coto casi privado de la Fuerza Aérea y en menor grado, de la Aviación Naval: el cielo.

Y la gente de borceguí no parece con ganas de esperar que sus contrapartes en el mar y el aire, muy afines a importar sistemas «llave en mano», se engrasen las manos construyendo cosas aquí. ¿Y por qué engrasarse las manos? Porque el Ejército conserva algo (poco) de su ADN industrial, el que lo llevó a construir (hace mucho) las 14 grandes plantas de Fabricaciones Militares. Porque los drones pueden ser inherentemente baratos, pero cambian todo. Y además, porque no hay un mango.

Una sola pregunta, tres respuestas.

La situación actual considerando la Guerra de Ucrania

INVAP, la fuerza motriz que inseminó en FAdeA la idea del SARA, parece replegada a espera de un Poder Ejecutivo más jugado a la reconstrucción de la vieja y considerable industria argentina de defensa. Aquí siempre fue una industria industrializante: genera largas cadenas de proveedores locales.

«Parece» significa que el país le mete pata al diseño de un nuevo satélite de observación de la Tierra (en este caso, del Mar Argentino) para la CONAE, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales. Es el SABIA-MAR, un aparato de órbita polar baja al que originalmente estaba asociado Brasil. Si ése proyecto de 2012 hubiera recibido la atención y plata necesarias, la dupla CONAE-INVAP lo habría lanzado en 2016, y hoy estaría reemplazándolo por decenas de SABIA-MAR 2.0 minúsculos y baratos, integrados «en red», en lugar de un satélite monolítico de 700 kg.

«Parece» es porque la misma gente que abortó el SARA decidió no construir los ARSAT 3, 4 y 5, y 6, y eso tras el lanzamiento de los 1 y 2 en 2014 y 2015, satélites que funcionan muy bien. De modo que INVAP en 2016 se quedó sin socio nacional para un satélite geoestacionario de telecomunicaciones, y estuvo nuevamente a punto de quebrar. Alguien en el State Department se la tiene jurada a esta firma de Bariloche. Y aquí esa cancillería apoya a partidos y candidatos con mucha intención de voto.

Pero a INVAP siempre la salva el estado. Sólo que en este caso no fue el argelino, el egipcio, el australiano, el holandés, el saudí, que ya salvaron a INVAP de varias posibles quiebras desde 1984, sino el estado turco. TAI, Turkish Aerospace Industries, empresa que factura arriba de U$ 2500 millones/año, atenta a este nuevo jugador argento en el mercado que empezó con dos éxitos, le pidió un satélite geoestacionario de telecomunicaciones.

Y como turco con plata quiere lo mejor, ambas firmas crearon GSATCOM Space Technologies. Esta «joint venture» ya aprobó el diseño de ingeniería de su nuevo GSC-1, con 1/3 de la masa de los ARSAT 1 y 2, pero con un ancho de banda mucho mayor, unas placas fotovoltaicas enormes, sistemas de antenas y bandas de emisión según gusto del comprador, y de yapa propulsión eléctrica (adiós, combustibles líquidos).

Eso es más o menos lo que ARSAT e INVAP estaban planeando para los ARSAT 5 y 6. Pero pensaba ir llegando a esa complejidad de a poco y asumiendo los riesgos tecnológicos de a uno por vez. Los turcos, en cuyo territorio se inventó el comercio entre estados hace 5000 años, no quieren perder tiempo: tratan de llegar de un salto a un producto exportable «urbi et orbi».

Del cual ARSAT podría ser no sólo usuario sino asociado, por la parte mayoritaria que tiene en CEATSA. Ése es el Centro de Ensayos de Alta Tecnología, donde Argentina testea todos los satélites complejos de ARSAT y de la CONAE (es una instalación gigante, puede testear hasta aviones. Sí, también drones). El 10% de CEATSA es de INVAP, y los laboratorios están dentro de la sede de INVAP en Bariloche.

Pasa que los satélites en general son drones, aunque eso no lo entiende ni la gente aeronáutica. Y por lo demás, los satélites de telecomunicaciones son esenciales para dirigir drones en misiones de largo alcance. De todos modos si hablo de INVAP y de TAI es porque prometí hablar de drones más banales y baratos, los intra-atmosféricos.

TAI es el tipo de socio que, de no existir, habría que inventarlo. Está bastante a salvo de bandazos electorales en Ánkara, por ser parte de un complejo de defensa muy enraizado en el estado y la economía turcas. En aeronáutica, TAI hace de todo, incluida modernización de flotas de cazas estadounidenses F-16, y si bien tienen satélites de observación, están bastante asombrados de lo que logró la Argentina con los ARSAT 1 y 2 y por muy poca plata, grosso modo U$ 250 millones por aparato.

También les interesan los SAOCOM 1A y 1B: nadie en el mundillo espacial esperaba que nuestras antenas espaciales de radar en banda L funcionaran bien: tienen el tamaño de canchas de squash y una demanda eléctrica feroz. Pero lo hacen.

Fundamentalmente, los turcos son necesarios porque no se bancan los tiempos geológicos que tiene la Argentina para sus desarrollos de defensa, probablemente porque desde la Primera Guerra hasta hoy jamás perdieron una contienda entre estados. No tienen traumas de derrotado.

Esta «joint venture» no está condenada al éxito, pero promete. Aunque los GSC recauden su plata transmitiendo fútbol o recitales, repito la idea de que en guerra es impensable usar drones de largo alcance sin satélites de telecomunicaciones con canales exclusivos para militares.

Y de drones intra-atmosféricos los turcos la saben lunga: una subsidiaria de TAI, Baykar, es la diseñadora y constructora de los drones de observación y ataque Bayraktar, que en 2022 se hicieron famosos en 2022 en la guerra de Ucrania. En un mercado dominado por EEUU, Israel y China, Turquía pintó de pronto como un emergente que factura más que Israel y que China.

Sin embargo no fue en Ucrania donde el Bayraktar se hizo conocido en el mundillo militar, sino antes, en la 2da guerra entre Armenia y Azerbaiyán. Contra todo pronóstico, la ganó ese último estado en tres semanas y cuando sus drones (israelíes, turcos y propios) liquidaron los blindados, baterías antiaéreas y camiones del poderoso ejército armenio.

Como conviene recordar, y los turcos lo saben, algo de drones sabemos, porque los satélites argentinos son drones exo-atmosféricos. No tienen alas fijas ni rotativas, pero -al menos en los de órbita polar baja heliosincrónica- sí la capacidad informática de pasar la mayor parte de su tiempo de vuelo orbital corrigiendo constantemente, en tiempo real y por sí mismos, su posición, altura, actitud, manejo de potencia y temperaturas, y cumplimiento de misión de la carga útil.

Nuestros satélites de observación están condenados a ser bastante robóticos: su contacto asegurado «en línea de visión» con las estaciones terrenas de la CONAE se limitan a sus pasadas de Sur a Norte sobre la Argentina, grosso modo una vez cada 8 días. Para toda otra comunicación con sus satélites, sea bajar imágenes o subir instrucciones, la CONAE depende de centros espaciales extranjeros, ergo, de pactos diplomáticos que, con un mundo quizás al borde de una nueva guerra mundial, pueden cumplirse. O no.

La novedad es que FAdeA, de la mano del Ejército y no de la Fuerza Aérea (sería lo lógico), tampoco se quedó esperando el regreso de INVAP a la fábrica cordobesa para seguir aprendiendo de drones. Con un sentido bastante realista y en acuerdo con el Ejército, empezó por aparatos de observación de despegue convencional y hélice en posición «pusher» (detrás del fuselaje).

Un dron un tanto chino para la artillería argentina

Estos bichos de los que se está dotando el Ejército son aerodinámicos, como para volar y maniobrar en sobre una línea de vuelo más bien horizontal, con una pinta general de avioncitos. Pero tienen capacidad añadida de sobrevuelo estático gracias a cuatro pequeñas hélices montadas sobre las alas, como las de un cuadricóptero comercial de filmación. Son bien raros.

Para formularle el alcance a FAdeA, el Ejército dio el del tiro más largo de su artillería, el del cañón autopropulsado Palmaria de 155 mm., que monta sobre el chasis de un TAM (Tanque Argentino Mediano). Si el Ejército tuviera algún misil tierra-tierra de 200 km, el dron que les está armando FAdeA tendría mayor autonomía, para espiar qué onda con el enemigo a esa distancia. No compran lo que no pueden usar.

La plataforma es china y casi de venta libre. No es que te la comprás en Easy, pero te viene «de anaquel» y sin que tengan que mediar guiños diplomáticos (no mucho, al menos). Buena parte del resto del dron (la motorización, las cámaras, los sistemas de comunicaciones y la aviónica) también son importados, pero todos con certificación para uso militar expedida en origen.

Esta certificación encarece mucho cualquier componente, pero le otorga al Ejército la posibilidad de que la DIGAMC (Dirección General de Aeronavegabilidad Militar Conjunta) autorice el vuelo del pendorcho sobre áreas pobladas, por asuntos de eventuales daños a terceros. Suponemos (suponer es gratis) que la autorización saldrá con fritas, salvo que volvamos a poner en el sillón de Rivadavia un mamerto sin miedo a la abyección, y el/la susodicho/a ordene bajarle el pulgar TAMBIÉN a este proyecto. This is Argentina!

El cauteloso añadido nacional de valor de este dron está en el diseño del producto final, el del software de control, y en la certificación. Sin ese papelito mágico y una pila de carpetas acompañantes que llena fácil un container de 20 pies, el vuelo de un dron de cierto peso es un delito penal. Es obvio que en una guerra, cuando hay que improvisar tecnología y mandarla de apuro al frente, esas montañas de papel son lo primero en irse al carajo.

Quiero dar un panorama de lo difícil y peligroso que puede ser construir drones en la Argentina, incluso hoy. El del Ejército es un programa modesto, un caso dramático de «es lo que quedó», para un arma que fabricaba históricamente desde ácido nítrico a cables eléctricos, y todo su armamento liviano y pesado y la correspondiente munición, desde los fusiles FAL a los tres grandes cañones SOFMA que operaron en Malvinas. El Ejército y la Marina de Su Graciosa Majestad recuerdan los SOFMA sin amor.

En cambio si hoy un TAM quiere practicar tiro con munición antitanque de 105 mm., sea de carga hueca o de tipo «flecha», la tiene que comprar en Israel, a entre U$ 3000 y U$ 5000 cada tiro.

Obviamente, esa munición aquí no se fabrica, por lo cual los tanquistas argentinos raramente pudieron usar alguna. Y es que ya se sabe qué hizo el presidente Carlos Menem con la Fábrica Militar de Río Tercero el 3 de noviembre de 1955 a las 08:55 de la mañana. La hizo volar.

Eso costó la destrucción de la fábrica, de todos los barrios colindantes de la ciudad de Río Tercero, 7 muertos, más de 300 heridos y miles de vecinos con un post-trauma irremediable, pero tras 19 años de calesitas judiciales, encubrimientos, recusaciones y expulsiones del cargo llegó 2014 por fin hubo responsables presos y condenados, con reclusiones de 10 a 13 años, uno diría que livianitas. Menem de todos modos murió en su propia cama protegido por sus fueros de senador.

La de Río Tercero no fue la única planta de producción de armamento argentina que clausuró Menem, pero sí el cierre más espectacular y con víctimas. Es que el presidente, además de su obediencia debida a cierta embajada, en este caso tenía apuros y motivos personales (el ocultamiento de su contrabando de artillería a Croacia).

Los demás cierres fueron más de oficio. TANDANOR, donde debían fabricarse, mantenerse y modernizarse los submarinos Type 209 y TR-1700 de la Armada, fue cerrada en 1993 para dedicar ese predio con costa al Río de la Plata a construir un barrio cheto tipo Puerto Madero a través de sociedades fantasma del presi. Y con poca oposición de la oposición.

Lo del barrio tilingo no anduvo (nadie puso un mango) y las múltiples denuncias terminaron en otra larga calesita judicial con pocos condenados (3 testaferros de Menem), y a pocos años (sólo 3), y tardísimo, en 2020, a 27 años de los hechos. Se evitó la figura de «estrago doloso» aunque se echó a la calle a decenas de ingenieros navales argentinos formados durante años en los astilleros de submarinos de Thyssenkrupp, Alemania, y se vendió a precio de chatarra una cantidad asombrosa de máquinas herramienta de control numérico para trabajar acero HY-80, fenomenalmente resistente a cargas.

Néstor Kirchner en 2006 y con el nombre de CINAR reabrió como pudo el astillero -devastado en recursos humanos y maquinaria-, pero reconstruirlo en equipamiento y recursos humanos a su estado previo a 1993 era difícil. Y sí, habría que haber puesto plata en serio. De todos modos, la Argentina conservó 11 años más al menos parte de la capacidad de reparación de sus dos unidades TR-1700.

La perdió del todo, y también sus últimos recursos humanos, cuando tras el hundimiento del ARA San Juan, en 2017, el Ministro de Defensa Oscar Aguad dejó sin terminar la reparación de media vida de su gemelo, el ARA Santa Cruz. Equivale a cierre. Poca gente, de la muy veterana, se quedó a esperar ser echada de nuevo. A este poliministro no sólo se le hundió un submarino, sino también un astillero. Es el mismo Aguad que, como Ministro de Telecomunicaciones, había cancelado la construcción de los satélites ARSAT 3, 4, 5 y 6, y dado licencia a la operación de 21 satélites estadounidenses y europeos. Tipo coherente.

Ahora la Armada quiere importar tres submarinos franceses de Naval Group. El problema es que las entregas son a diez años, y cada unidad cuesta U$ 800 millones, por lo bajo el valor inmobiliario del predio de la vieja TANDANOR en 2020. Cada submarino saldría U$ 300 millones más que la plata que recibe anualmente el FONDEF en un buen año.

Ése el nombre del Fondo Nacional para la Defensa creado en 2019, encargado de reequipar como mejor se pueda a un país que, desde que perdió la Guerra de Malvinas, parece diplomática y políticamente resignado a perder toda capacidad de autodefensa. Si le cumplimos a la Armada, se quedan en pelota el Ejército y la Aviación. Opción: sacarse diez veces seguidas la lotería.

Mientras eso no le ocurre, nuestra Armada podría o más bien debería estar desarrollando con INVAP y las universidades nacionales alguno de los cuatro tipos de drones submarinos o de semisuperficie que existen. Le permitirían enterarse de qué pasa en el Mar Argentino, y en caso de conflicto, actuar en él con bastante efectividad, a bajo costo económico y sin arriesgar personal. El analista de defensa británico HI Sutton enumera casi toda la tipología en este corto de Youtube.

Si la Armada está desarrollando algo, no dice «esta boca es mía». Lo cual sería excelente, porque esas cosas deben ser bastante secretas. Sucede que pese a los esfuerzos de cuadros pro-tecnológicos como el Alte. Segundo Storni o más recientemente el Contraalte. Julio Pérez, el arma no tiene lo que se dice ningún ADN de desarrollo propio.

Inevitablemente, uno piensa que están en nada. Qué diferencia con los rusos, que han desarrollado muchos drones submarinos. Uno particularmente aterrador, el Poseidón, es bastante mayor que un submarino enano. Tiene motorización y carga útil nucleares, y en teoría puede eliminar (por tsunami) ciudades costeras a 10.000 km. de distancia, tras navegar hasta allí en inmersión silenciosa y de modo robótico.

Con menos pretensiones pero gran efecto mediático, a fines de octubre de 2022 Ucrania atacó con cierto éxito a la flota rusa en el Mar Negro, dentro de su propia rada en Sebastopol, en la península de Crimea. Y lo hizo de noche con drones explosivos parecidos a kayaks, casi indetectables por su bajo franco bordo. Que una Argentina que supo tener 22 astilleros industriales, entre ellos el mayor de Sudamérica (Río Santiago), no esté haciendo ni este equivalente naval de un cóctel Molotov pero soñando con importar submarinos Scorpene nuevitos, da cierta indignación.

Hablando de explosivos, el último regalo que Mauricio Macri le hizo en 2017 a la capacidad nacional de defensa fue cerrar FANAZUL, la fábrica de Fabricaciones Militares de Azul, provincia de Buenos Aires, que desde 1946 fabricaba y exportaba explosivos para la minería basados en TNT. Dejó en la calle -literalmente, haciendo acampes o vendiendo empanadas- a 238 laburantes muy calificados. Explico: si no sos muy calificado, si no entendés bocha de química y te memorizaste a lo catecúmeno unos manuales de seguridad del tamaño de aquellas viejas guías de teléfonos porteñas, en este laburo te matás. Y matás a muchos otros.

Pero -a diferencia de su predecesor, Menem- es fama que ni el presidente Macri ni su gobernadora, Mariu Vidal, mandaron volar la planta fabril o la ciudad. Alcanzó con medidas blandas: jubilaciones extorsivas y chatarrear lo chatarreable, como con TANDANOR.

La planta FANAZUL fue reabierta -algo tarde- en 2021. A última consulta, con sólo 118 trabajadores aunque con la capacidad recuperada (o residual según se la mire), ya hay cinco años de pedidos firmados con Perú por TNT y un tipo de explosivo muy para minería, el Máster Mix.

Todavía FANAZUL está lejos la capacidad de llenado de cartuchos de propelente con base de TNT para ojivas de artillería de mediano y alto calibre, la causa por la cual la OTAN preferiría que esta pequeña fábrica (cuya existencia los porteños ignoraban pero no así el State Department), cierre de nuevo. La clausura obligó a importar al cuete explosivos a un país con más de 150 proyectos mineros, 13 de ellos ya activos en 2020.

Pero lo que termina de explicar por qué el ensañamiento de Macri y Vidal con FANAZUL en un tan país minero, es que allí se hacían las mezclas de componentes químicos que forman los «granos», como se llama en el gremio al combustible sólido de los misiles y cohetes argentinos. La formulación es todo una experticia. La extrusión de las mezclas se hacía en la planta de Río Tercero (lo que quedó de ella), y el testeo de los motores en banco de pruebas se hacía en FANAZUL.

Como uno puede ver en los noticieros sobre Ucrania, los misiles de todo tipo salen disparados como de un patadón, lejos de acelerar poco a poco como los cohetes de puesta en órbita de cargas. La eyección de un misil es brutal, incluso cuando tiene un motor inicial o «booster» para proteger al operador o el sitio de lanzamiento del chorro de gases que vomitará el motor principal cuando se encienda. El quemado de un grano misilístico es casi una explosión lenta, pero la paradoja es que debe respetar la resistencia del tubo contenedor sin generar sobrepresiones puntuales.

Los «boosters», o motores de despegue de combustible sólido, sin embargo son componentes importantes de los lanzadores de puesta en órbita, que suelen ser de combustibles líquidos. De modo que con el cierre de FANAZUL, Macri y Vidal no sólo liquidaron la fabricación y recarga de todos los cohetes guiados y no guiados de las tres Fuerzas Armadas, sino también el programa de puesta en órbita de la CONAE y su empresa VENG, ya que los lanzadores Tronador se quedaban sin «boosters» nacionales.

Tomo esta aclaración del ing. y piloto Norberto Cobelo. Hasta hace 5 minutos yo pensaba que la de FANAZUL había sido un cierre al cuete. No, fue el intento de cierre de nuestros cuetes, de todo programa argentino de fabricación y/o mantenimiento de misiles militares y de yapa, de sistemas de satelización civil. Y no tengo información de que esa parte de la actividad de la planta haya resucitado.

 

El Hero 120 israelí, que la Argentina compró por no atreverse a fabricar algo similar.

Y hablando de importar al cuete, en diciembre de 2022 el Ministerio de Defensa autorizó la compra de bombas vagabundas Hero israelíes para la Fuerza Aérea Argentina. La excusa de los gorras ya cansa: el Hero es de altísimas capacidades, a nosotros, miserables ignorantes, no nos da el cuero tecnológico para, ponele (y aquí te abren las especificaciones técnicas del Hero) desarrollar un droncito kamikaze antibúnker, antitanque y antirradar, con 4,5 kilos de explosivo, peso de 18 kilos incluido el lanzador, 60 km. de alcance y un motorcito eléctrico silencioso a popa, y bla, bla, bla.

Bueno, obvio, no nos da el cuero, al menos con FANAZUL cerrada y Río Tercero medio viva. De modo que como toda verdad a medias es mentira, pero ponele. ¿No habría sido un proyecto al menos para fabricación bajo licencia en FAdeA? ¿Éste no era un gobierno industrialista?

Supongo que todo lo anterior explica que las Fuerzas Armadas sean remisas, tímidas o directamente contrarias para encarar programas de drones. Y para no discutir al cuete, en AgendAR llamamos dron a un vehículo que tiene, la use o no, capacidad de despegue o lanzamiento o desamarre, llegada a destino (pacífica o no) y navegación -sea de ida y vuelta, o sólo de ida- totalmente autónomas, así como debe ser autónoma su capacidad de uso de la carga útil. Eventualmente, algo que tenga autonomía incluso para decidir un ataque.

Estas cosas se vienen usando en Libia (o contra Libia) desde 2020, según Naciones Unidas, pero empezaron mucho antes, en Vietnam. Los «killer robots» de Hollywood existen en la realidad desde antes de Terminator 1 y SkyNet.

¿Por qué nos interesa la autonomía plena? Lector, mire lo que pasa en Ucrania. Si Ud. es un milico ucraniano que anda intercambiando información con una bomba vagabunda, ¿cuánto tarda el Ejército Ruso en descubrir el paradero de su antena de controlador, interferirla, y de yapa mandarle de regalo otra bomba vagabunda Lancet, o en su defecto, una grossa salva de artillería de 152 mm?

En un ambiente de guerra electrónica exacerbada como el de Ucrania, vale aquel aforismo de Hipólito Irigoyen, al que la oposición llamaba «El Peludo» por lo escaso y parco de su discurso público. El aforismo es: «El que habla, se jode». Aplicable, un siglo más tarde, a quien emite radiofrecuencia al cuete en el campo de batalla.

La fábrica de aviones de la Fuerza Aérea le venía quedando grande a la susodicha arma desde 1956, cuando ésta abortó la construcción en pre-serie del caza Pulqui II. Desde entonces, y atravesando demasiados cambios de nombres, la enorme planta fabril había diseñado algunos aviones notables, como el transporte liviano biturbohélices Guaraní II, el avión contrainsurgencia Pucará y el caza de entrenamiento Pampa, todos los cuales la Fuerza Aérea se obstinó en fabricar en poca cantidad, en no exportar, y en tratar de desprogramar cuanto antes. Menem no pudo cerrar la fábrica, pero la regaló a un concesionario, Lockheed Martin.

Este fabricante estadounidense cobró fortunas entre 1995 y 2011 por rajar personal fogueado, remozar como se pudo pero a precio salado los cazas de ataque A4 comprados hechos percha y de tercera mano a EEUU, y jugar a que construía aviones los Pampa Nac & Pop (uno cada año y medio, promediando). En 2011 la fábrica -lo que quedaba- volvió al estado nacional, y los gringos se fueron silbando bajito y con un inesperado resarcimiento de U$ 50 millones, que no se esperaban. País generoso.

 

El Lipan 2 del Ejército en su primera exhibición en 2008.

Todo lo cual explica la actual timidez del Ejército y de FAdeA para hacer un dron criollo, o un poco criollo, y la lógica de no empeñar un mango en desarrollar proveedores locales, que podrían quedarse sin cobrar y fundirse. No suena glorioso, pero es mejor empezar por un cauteloso rejunte de componentes importados y ver qué pasa. Por eso de que el que se quemó con leche, ve una vaca y llora.

Para la fábrica, es el modo de no perder del todo aquellos esperanzados recursos humanos de tiempos del SARA, y para el Ejército, es poder ver el blanco de sus cañones de mayor alcance. Al menos, cuando FM vuelva a fabricar munición pesada y haya algo para disparar. Son dos instituciones en post-trauma, se vienen las elecciones nacionales, y sobran interesados anglo e hispanoparlantes unánimes en eso de que la Argentina no vuelva a construir nada que haga PUM y navegue o vuele con capacidad militar.

Nuestro único presidente aviador (Menem) concesionó la única fábrica estatal de aviones y presidió sobre la bancarrota de todos los fabricantes particulares, entre ellos AeroBoero, el principal cliente de motores pistoneros Lycoming de Sudamérica, con 4000 aviones fabricados y entregados. El mandato fue ir a degüello de todo lo aeronáutico y fabril.

Explicación: la OTAN tiene lobby de sobra entre nuestros decisores, con gorra o sin, y todavía recuerda que en 1982 aquí, a manos de pilotos que literalmente volaban antigüedades o chatarra para la baja, según el caso, perdió 6 barcos, o 7 según quién cuente la historia.

Según la cuenta AgendAR, el destructor HMS Sheffield, la conteinera STUFT Atlantic Conveyor y el portaaviones HMS Invincible y el crucero HMS Glamorgan (arruinados, pero no hundidos) fueron víctimas de drones: el misil crucero antibuque Exocet lo es.

Este pendorcho francés, sea en modelo aeronáutico o naval, es un dron kamikaze apuntado con radar externo para el lanzamiento, de trayectoria rasante y con vuelo terminal autoguiado por radar a bordo, amén de su propia lógica computada para cálculos de intercepción. Dron, punto.

Sólo que por alguna causa, aquí vivimos en los tiempos del Barón Rojo y no nos enteramos de que los máximos daños a la Task Force los infligió un robot aéreo, lanzado con bastante margen de seguridad para los pilotos navales de Super Étendard a más de 40 km. de sus blancos.

Los robots no ganan condecoraciones. Ganan guerras.

No parece obvio para quien haya visto volar a fines de 2015 y principios de 2016 el Modelo de Demostración Tecnológica del SARA, que se trate de un aparato dual, es decir potencialmente militar. Algún aeronabo de los que abundan en los foros de defensa vio el videíto de INVAP sobre el MET y lo describió así: «Un curro, una vergüenza, consigo algo mejor por Mercado Libre».

Pero, oh, aeronabo criollo, lo que te compres por Mercado Libre es asunto tuyo y no tiene vuelo autónomo, no sólo porque es difícil sino porque está prohibido por la constitución. A menos que la ANAC (civil) y la DIGAMC (militar) echen agua bendita sobre tus compras con tarjeta. Antes se va a helar el infierno. Lo que define dron no es la aerodinámica ni la potencia: es la aviónica y los sistemas de comunicaciones.

El SARA no pensaba quedarse en el minúsculo MET. Era un proyecto complejo y con muchas etapas sucesivas. Nació únicamente para testear la aviónica con avión a la vista (no tan lejano que quedara oculto por el horizonte). En distintas etapas de diseño y listas para pasar a prototipo real había una serie de tres aparatos ulteriores de mucho mayor porte, velocidad, techo y alcance, con distintas motorizaciones pistoneras de potencia creciente (entre ellas un motor «boxer» de 90 HP diseñado ad-hoc por Oreste Berta). Había propuestas mono y bimotorizadas, incluso.

Como me dijo en 2014 Tulio Calderon, un cuadro histórico de INVAP y en aquel momento gerente general de FADEA, había más plata puesta en drones que en construcción de aviones. Alguien estaba usando por fin la cabeza. Y con no poca oposición de comodoros compradores (ver aquí).

El desafío mayor, al menos para el dúo FAdeA-INVAP, iba a ser más legal que técnico: el licenciamiento por la citada DIGAMC. Con que un comodoro te cruce el caballo, tu drone se queda juntando polvo en tierra, y el pequeño club de altos oficiales jubilados que vive de la importación pueden pedirle drones a su proveedor favorito en la OTAN. Esto generalmente termina siendo nadie del mundillo del Atlántico Norte por veto británico, y te lleva sí o sí a Israel. En 2017, por ejemplo, estaban antojados con importar el Hermes 450 de Elbit.

Entiéndase que aquí hay, además de matufia y cuchipanda, un asunto de cultura del arma: para cualquier aviador militar que vea los noticieros, los drones son el modo de comandar muchos aviones a la vez desde su avión, un multiplicador de fuerza. Pero vistos con el ojo incorrecto, son la desocupación. Soy el Barón Rojo, y vive el robot o vivo yo.

Explicarle el combate aéreo actual a estos tipos es como hablarle de la ametralladora Maxim a un húsar o un dragón de los de bigotazo y sable en 1910. Como no se baja del caballo, no entiende. Jamás entendió. Pero si le ofrecés drones israelíes caros, empieza a entender enseguida.

La cuarta etapa del SARA era el llamado Blanco Aéreo de Alta Velocidad, un vehículo transónico a turbina cuyo objetivo manifiesto estaba descripto en el nombre, pero que con cualquier sistema de navegación autónoma -algo que INVAP domina por su baquía satelital- se volvía un misil crucero de alcance medio o largo. En Washington, Londres y Port Stanley no estaban felices con la idea.

El problema práctico para el BAAV era adónde corno conseguir la turbina: no hay muchos fabricantes en el mundo, y se dividen entre prohibidos por la OTAN clase 1 (rusos y chinos) y prohibidos por la OTAN clase 2 (estadounidenses, canadienses, británicos, franceses y sigue la lista). ¿Avibrás en Brasil?

Los primos brasucas tienen turbojets de 70 kg. capaces de propulsar un crucero desde 2013 (ver aquí), y estaban planeando un turbofan de flujo inverso para remotorizar el entrenador Tucano básico. Y a Brasil le estábamos fabricando componentes para su transporte militar Embraer C-390 Millennium. No era imposible un «toma y daca», incluso sin mediar plata.

Por algo el macrismo desembarcó en FAdeA en 2016 denunciando malversación de fondos. Y después de la dramática abogada Salzwedel, que entró pateando puertas como Los Intocables, esa fábrica (que ya había diseñado al menos tres jets) la dirigieron el lechero (sic) cordobés Ercole Felippa, y luego Antonio Beltramone, el exjefe de personal de FIAT. Entre los tres, se las arreglaron para echar a casi todos los ingenieros y técnicos con experiencia y volver el sitio un taller de reparaciones muy juvenil y baratito para Flybondi, la línea aérea de Macri. Hoy, el milagro es que la fábrica insista en un dron con el Ejército, sin importar lo básico.

La noticia, entonces, es más dulce que amarga. SARA se fue, y esa chica no parece apurada por volver. Y ya que se habla de apuro, o de su falta, la Armada todavía tiene que licenciar el helidrón RUAS-160 de INVAP, Cicaré y Marinelli presentado en 2018, algo que tal vez suceda antes de las elecciones… o no.

El RUAS un aparato que le daría a todas las corbetas MEKO 140 y las patrulleras OPV e incluso al rompehielos ARA Irízar algo que en general los marinos no tienen en cantidad y calidad necesarias: un helicóptero para poner en el hangar, con 2 horas de autonomía inicial y 150 km/h de techo.

Incluso con una carga útil inicial puramente óptica y sin armas (cámara multiespectral, otra infrarroja y un apuntador láser), los RUAS pueden ser una solución en busca de problemas, que en el Mar Argentino los hay a patadas: 600 pesqueros piratas en temporada alta, y de yapa una falta de equipamiento para búsqueda y rescate, como se vio en 2017, cuando se perdió el submarino ARA San Juan. Y obviamente resuelven un compromiso internacional que aquí no se respeta por falta de equipamiento: la búsqueda y rescate.

Al ser de palas contrarrotativas que cancelan entre sí todo «momento angular», el RUAS no necesita de rotor de cola para evitar girar como un trompo. Por ello es muy compacto y se pueden llevar varios a bordo de casi cualquier nave, aún sin hangar y con cubierta poco despejada. Se planifica hacer RUAS más cargueros y con más potencia al motor: combustible para vuelos de hasta 6 horas, la posibilidad de que algunos puedan estar radarizados y/o artillados, y operar de noche.

Siempre refractarios al armamento argentino, ¿qué harán los almirantes en esta ocasión? Mientras no saben/no contestan, el Ejército al menos apunta a tener un dron de observación para dirigir su artillería pesada. Al fin un poco de realismo.

Pero cuando uno ve la cantidad y variedad de drones que en este momento combaten en Ucrania, se da cuenta de que nos caímos del planeta. En materia de drones, hay alrededor de 50 países, con menos plata, menos urgencia y menos tradición industrial que la Argentina, pero con proyectos propios. Los robots aéreos de observación y/o combate son centenares, y muchos de ellos se mantienen secretos.

Frente a los costos fabulosos de la aviación tripulada y justamente porque pueden hacer tareas a las que jamás mandarías a un humano, los drones kamikaze se han vuelto el futuro de la guerra terrestre. Mejor que no te falten, en un apuro.

(La conclusión está aquí)

Daniel E. Arias