martes, 7 julio, 2026 - 12:27 am

La OIEA eligió al argentino Rafael Grossi para un segundo mandato como su director general

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La Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), conformada por 35 países, respaldó la reelección del argentino Rafael Mariano Grossi para un segundo mandato de cuatro años como Director General, según informaron diplomáticos presentes en la reunión a puerta cerrada. La decisión fue una formalidad ya que no había ningún otro candidato. La junta aprobó su reelección por aclamación, lo que significa que no hubo votación y que ningún país expresó su oposición, según los diplomáticos. El segundo mandato de Grossi, de 62 años, comenzaría el 3 de diciembre próximo y terminaría el 2 de diciembre de 2027. “Creo que es una señal de confianza. Tenemos mucho que hacer, con Irán, con Ucrania, con la energía nuclear”, declaró Grossi a Reuters fuera de la sala de reuniones tras la decisión. Grossi ha supervisado un período turbulento en las relaciones con Irán, desde que la República Islámica comenzó a incumplir las restricciones impuestas a sus actividades nucleares por el acuerdo nuclear iraní de 2015 con las principales potencias el año en que asumió el cargo. El director Grossi advirtio que las concesiones hechas por Iran dependen largamente de futuras negociaciones.  

Anomalía de marzo: superó en diez grados a la media histórica

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En los primeros días los termómetros registraron temperaturas máximás que están entre ocho y diez grados por encima del promedio histórico de marzo. Para poder graficar en forma correcta este fenómeno en los mapas de calor, a los rojos habituales hubo que agregarle una nueva gama de grises extremos. Uno tras otro, se suman y quiebran nuevos récords de altas temperaturas. En medio de la novena ola de calor de la actual temporada estival, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) recordó que hace ya una semana que se mantiene la alerta roja para la Ciudad de Buenos Aires, municipios del GBA y parte de la provincia de Buenos Aires, entre otras zonas. En estas geografías las temperaturas máximas diarias oscilan entre los 34 y los 37 grados y las marcas de sensación térmica son todavía más elevadas. Pero lo más llamativo de este evento es que las anomalías más significativas de las regiones afectadas muestran que las temperaturas promedio diarias oscilaron entre 8°C y 10°C por arriba de la temperatura esperable para un típico mes de marzo, según los registros históricos del clima. De hecho, para poder dar cuenta gráficamente del extremo de anomalías, el último Informe Especial sobre este tema –que el SMN publicó en su sitio web esta semana– dejó asentado, en detalle la zona geográfica especialmente afectada. La misma incluye Capital y Gran Buenos Aires en su totalidad y –en forma parcial– el sur del Litoral, norte de Buenos Aires, noroeste de Córdoba y norte de la provincia de San Luis. Y en el trabajo, los expertos confirman que estas temperaturas “son muy altas para la época del año y dan lugar al desarrollo de esta ola de calor muy intensa y tardía”. El resumen detalla que hasta ahora “la extensión de este evento cálido tuvo dos picos; el día 1° de marzo y el día 6. Y confirma que el actual evento se está destacando por la ocurrencia de valores récords de temperatura altas: “Durante el transcurso de este episodio varias localidades alcanzadas por la ola superaron los valores más altos de temperatura para un mes de marzo en los últimos 62 años, destacándose que –para algunos casos– también se superó el récord histórico, si lo hubiere, anterior a la década del 60. También es de remarcar que algunas localidades superaron en más de un día al récord anterior vigente, lo que acentúa todavía más lo extremo de esta situación inusual”. Para mediados de la semana próxima podría haber alguna lluvia, pero seguirán las altas marcas.

Enrique Garabetyan

Un satélite de la NASA calcula si un país emite o absorbe carbono

Un satélite de la NASA calcula si un país emite o absorbe carbono. Este mapa muestra las emisiones y absorciones netas medias de dióxido de carbono de 2015 a 2020 utilizando estimaciones basadas en las mediciones del satélite OCO-2 de la NASA.

Se trata de un proyecto piloto ha calculado las emisiones y absorciones de dióxido de carbono en más de un centenar de países concretos utilizando mediciones por satélite. La investigación ofrece una nueva visión del dióxido de carbono que se emite en estos países y de la cantidad que los bosques y otros «sumideros» que absorben carbono dentro de sus fronteras retiran de la atmósfera. En el mapa de arriba, los países en los que se eliminó más dióxido de carbono del que se emitió aparecen como depresiones verdes, mientras que los países con mayores emisiones son de color canela o rojo y parecen salirse de la página. El estudio internacional, publicado en Earth System Science Data y realizado por más de 60 investigadores, utilizó mediciones realizadas por la misión Orbiting Carbon Observatory-2 (OCO-2) de la NASA, así como una red de observaciones desde la superficie, para cuantificar los aumentos y descensos de las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono entre 2015 y 2020. Gracias a este enfoque basado en mediciones (o «descendente»), los investigadores pudieron inferir el balance el balance de la cantidad de dióxido de carbono emitido y eliminado.

Aunque la misión OCO-2 no se diseñó específicamente para calcular las emisiones de los distintos países, los resultados de los más de 100 países llegan en un momento oportuno. El primer inventario mundial -un proceso para evaluar el progreso colectivo del mundo hacia la limitación del calentamiento global, como se especifica en el Acuerdo de París de 2015- tendrá lugar en 2023

Los capítulos de la saga Argentina nuclear hasta el 9 de Marzo

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Esta pagina reúne todos los capítulos de la saga Argentina nuclear hasta el 9 de Marzo del 2023. Para acceder a los capítulos siguientes a medida que se vayan publicando, entrar aquí La saga de la Argentina nuclear I La saga de la Argentina nuclear II La saga de la Argentina nuclear III La saga de la Argentina nuclear IV La saga de la Argentina nuclear V La saga de la Argentina nuclear VI La saga de la Argentina nuclear VII La saga de la Argentina nuclear VIII La saga de la Argentina nuclear IX La saga de la Argentina nuclear X La saga de la Argentina nuclear XI La saga de la Argentina nuclear XII La saga de la Argentina nuclear XIII La saga de la Argentina nuclear XIV La saga de la Argentina nuclear XV La saga de la Argentina nuclear – XVI La saga de la Argentina nuclear – XVII La saga de la Argentina nuclear – XVIII La saga de la Argentina nuclear – XIX La saga de la Argentina nuclear – XX

La saga de la Argentina nuclear – XXI y XXII

La saga de la Argentina nuclear – XXIII y XXIV

La saga de la Argentina nuclear – XXV La saga de la Argentina nuclear – XXVI La saga de la Argentina nuclear – XXVII La saga de la Argentina nuclear – XXIX La saga de la Argentina nuclear – XXX

La saga de la Argentina nuclear – XXXI

La saga de la Argentina nuclear – XXXII

La saga de la Argentina nuclear – XXXIII La saga de la Argentina nuclear – XXXIV La saga de la Argentina nuclear – XXXV La saga de la Argentina nuclear – XXXVI La saga de la Argentina nuclear – XXXVII La saga de la Argentina nuclear – XXXVIII La saga de la Argentina nuclear – XXXIX La saga de la Argentina nuclear – XL La saga de la Argentina nuclear – XLI La saga de la Argentina nuclear – XLII La saga de la Argentina nuclear – XLIII La saga de la Argentina nuclear – XLIV

Exportaciones de litio crecieron un 236% en 2022. Expectativas y desafios

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Las exportaciones argentinas tuvieron un 2022 histórico, tras alcanzar por primera vez los USD 88.446 millones de facturación. Como todos los años, fueron la soja y el maíz los sectores que más traccionaron en el balance general -entre ambos exportaron USD 34.417 millones-, pero esta vez fue el litio el producto que más creció en términos porcentuales.

Según el informe de “complejos exportadores” del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en 2022 la Argentina facturó USD 696 millones por las exportaciones de litio, lo que dejó como resultado un crecimiento del 236,2% respecto a los USD 207 millones que se enviaron al exterior en 2021 (diferencia de USD 449).

De acuerdo al informe, dentro de esa rama la Argentina exporta principalmente carbonato de litio, cloruro de litio, pilas y baterías de litio. Los compradores más importantes son China, Japón, República de Corea, Estados Unidos, Alemania y Francia.

Crecimiento silencioso

Si se compara a las exportaciones de litio con otros sectores, se observa con facilidad que la participación de ese mineral es todavía baja en las exportaciones generales (llegó al 0,8% este año). Sin embargo, es un hecho claro que en los últimos años ha venido creciendo de manera exponencial, al punto que su peso sobre los envíos al exterior se duplicó en muy poco tiempo.

infobae

En el gráfico se puede apreciar cómo el litio fue ganando participación dentro de los minerales. Lo mismo ocurrió a nivel general. Según un informe publicado por el Gobierno nacional, en 2017 el litio representaba el 0,3% de las exportaciones argentinas, que ese año totalizaron USD 58.384 millones. En ese entonces, el mineral dejaba solo USD 224 millones y ni siquiera aparecía entre los productos principales de exportación.

A qué se atribuye el crecimiento

Hay varios factores que explican el fuerte incremento de las exportaciones argentinas de litio, pero básicamente todo se resume a que las empresas que operan en el territorio nacional han sabido acoplarse a la tendencia mundial.

Es que en 2021, la producción de ese mineral superó por primera vez la barrera de las 100 mil toneladas, cuadruplicando los números que se alcanzaban en 2010.

El aumento exponencial de la oferta no se tradujo en una baja de precio. Por el contrario, entre 2021 y finales de 2022 el valor internacional aumentó 400%, llegando a rozar por momentos los USD 80.000 por tonelada.

¿A qué se debe este fenómeno? Casi todo se explica por un fuerte incremento en la cantidad de vehículos eléctricos fabricados y comercializados en el mundo, debido a que éstos utilizan baterías con hasta 60 kilos de carbonato de litio.

En este contexto la Argentina sale ganando, teniendo en cuenta que posee el 21% de las reservas de litio a nivel mundial. Llamativamente, nuestro país hoy produce apenas el 6% de todo lo que se extrae en el planeta, según datos de Focus Market. Es un número bajo, considerando la cantidad de minerales que se encuentran en territorio argentino, pero a su vez es prueba del potencial que existe para impulsar la inserción internacional en ese mercado.

La producción de litio en Argentina se concentra en Catamarca, Salta y Jujuy. REUTERSLa producción de litio en Argentina se concentra en Catamarca, Salta y Jujuy. REUTERS

Según información publicada por la Secretaría de Energía, existe actualmente un potencial de inversiones en explotaciones mineras de litio de USD 6.473 millones. El horizonte de producción es de 373,5 mil toneladas adicionales a la capacidad actual de 37,5 mil toneladas por año, lo que con el tiempo, estiman, podría llevar las exportaciones de ese mineral a un valor cercano a los USD 12.000 millones.

Si eso llegara a ocurrir, el litio pasaría a representar, a valores de hoy, el 13,5% de las exportaciones totales de Argentina, y se convertiría en el segundo producto de mayor peso en términos de facturación, solo detrás de la soja.

Por ahora son números que están muy lejos, pero el contexto internacional favorece para el desarrollo de la actividad, que se produce principalmente en Catamarca -allí se encuentra uno de los yacimientos de salmuera de litio más grandes del mundo-, Jujuy Salta.

Un reclamo de AgendAR:

El promocionado «oro blanco» esta empezando a cumplir su promesa, pero hasta hora para Argentina es un boom minero más, relativamente pequeños dentro de sus exportaciones de materia prima.

Este es el momento, entonces que le pidamos a quienes aspiran a gobernar que expliciten sus planes en el tema del litio: las regalias a establecer, los requisitos ambientales, la relación con las provincias y, si estan dispuestos a estimular los efuerzos para agregar valor y trabajos locales a este mineral.

ABF

La saga de la Argentina nuclear – XLV

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Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyó Los anteriores capítulos de la saga estan aqui Los materiales físiles explican el 90% del costo de aproximadamente U$ 44.000 millones del Proyecto Manhattan (valor actualizado a 2022). Son la parte cara, más aún que el personal experto y la logística. Para evitar la sobredetonación, aún con plutonio 239 casi puro, los Manhattan Boys desarrollaron dos trucos de fabricante, esos secretos de cocina que sólo se desarrollan a fuerza de darse palos y fracasar en un enfoque «hands on», pero que empezaban a poder predecirse a fuerza bruta de cálculo. Significativamente, ambos son asuntos de una disciplina entonces a punto de nacer: la ciencia de materiales, que arrancó como un híbrido de la metalurgia con la mecánica cuántica. El primer secreto de cocina es mezclar el plutonio con un 3% de galio, que absorbe neutrones. Pero además otorga plasticidad a la aleación y favorece su moldeado en caliente (a 450º C) hasta obtener un carozo perfectamente esférico, sin tener que andar torneándolo y desperdiciando material muy, muy caro. Así, Ud. o yo podemos agarrar esa pesadísima esferita sin que nos tengan que amputar la mano a las pocas horas. Nada de guantes, ¿OK? Ud. primero, caballero, faltaba más. El otro secreto de cocina: una envoltorio de plástico impregnado en boro empaquetando el carozo. El boro es otro buen absorbente de neutrones. Pero todos los trucos no servían de nada ante la sobrerreactividad del plutonio 240. Como pudo demostrar a tiempo el físico italiano Emilio Gino Segrè, el plutonio que estaban entregando los reactores de Oak Ridge y Hanford estaba contaminado con ese isótopo por sobreirradiación, y era imposible eliminarlo en el corto plazo. El plutonio 239 realmente puro, libre de contaminación de isótopo 240, había que producirlo en ciclotrones. Era un proceso lentísimo, la guerra en Japón se complicaría por la más que probable invasión del archipiélago por el Ejército Rojo.
La sencillez conceptual de una bomba «tipo cañón» como Little Boy, en la que una bala de uranio 235 muy enriquecido se estrella contra un blanco del mismo material para formar una masa supercrítica.
Puesto en una bomba sencilla, de tipo cañón, ese plutonio tan desprolijo conllevaba siempre el peligro de un “transient”, un fogonazo, una excursión crítica, una rampa breve de fisiones espontáneas, que sin terminar en una explosión propiamente dicha, podía resultar en una deflagración de suficiente energía termomecánica para destruir y dispersar en forma de gases los componentes metálicos y plásticos del “physics package”. Ése es el eufemismo adoptado por la muchachada del Manhattan para darle nombre al corazón funcional de la bomba. Los físicos de armas viven haciendo cosas raras con el lenguaje. Esto tenía consecuencia tácticas. Si no se usaba plutonio 239 de la pureza adecuada, tales fogonazos por exceso de reactividad podían matar en tierra a a los que intentaban integrar los componentes de la bomba, o posteriormente en el aire a la tripulación del B-29 en vuelo hacia su blanco. En suma, que todo el proyecto Manhattan odiaba al plutonio 240. De hecho, el 240, contaminante inevitable del 239 si el proceso de fabricación no es óptimo, forzó a más de 700 físicos a abandonar 4 años de trabajo en su primer objetivo: una bomba lineal, tipo cañón, “Thin Man” (hombre flaco), al parecer muy prometedora por la sencillez de diseño. Era un artefacto que podría haber acortado notablemente la guerra en el Pacífico. Es más, podría haber llegado tanto antes, que su blanco quizás hubiera sido Berlín. Thin Man habría sido funcionalmente bastante parecida a la “Tall Boy” de uranio 235 que reventó Hiroshima. Hasta 1944, la idea de una bomba esférica con un carozo a supercomprimir era exclusiva de un elenco de 5 físicos algo marginales en el presupuesto y en el gallinero de mando de aquella ciudad improvisada y secreta en medio del desierto de New Mexico, Los Álamos: Leo Szilard, Hans Bethe, Ernest Lawrence, Klaus Fuchs y Glenn Seaborg. Pero esos 5 terminaron teniendo razón, y eso a Seaborg le valió un Nobel en la posguerra, como descubridor del plutonio en 1941, y la dirección de la Atomic Energy Commission en 1971. En cambio a Klaus Fuchs, que le pasó el secreto de la bomba implosiva de plutonio a la URSS, la ranada le valió 14 años de prisión en 1949. Sólo muy tardíamente y ante el peligro de que la guerra terminara sola, por ocupación soviética de Japón y sin que Manhattan pudiera haber borrado del mundo alguna ciudad, los 5 marginales impusieron su plan B como línea principal. Eso sucedió después de que el líder científico del programa, Robert Oppenheimer, los escuchara en serio, y se tomara el trabajo de convencer al coronel Leslie Groves, un tipo sin mucha fìsica y de ideas un tanto rígidas, pero absolutamente terrorífico en el arte de imponer el secreto militar a 700 académicos acostumbrados a la libre discusión de sus ideas. Por algo Groves los había hecho traer desde todo el país y recluido en Los Álamos, una especie de villamiseria militar de madera en medio de la nada, donde la mitad de los días las casas se quedaban sin agua, y las posibilidades de comunicarse con el exterior medían en números negativos. Pero adentro de las alambradas, las discusiones entre físicos a veces llegaban cerca de la agarrada a piñas. Oppenheimer flotaba, impasible, sobre ese caos con su pipa y sombrero de cowboy, como un árbitro imparcial. De no haber sido por aquellas internas que atrasaron todo casi un año el Programa Manhattan, la primera ciudad del mundo en desaparecer enteramente del mapa en pocos segundos habría sido Berlín. demon-pitMire bien este carozo que le costó la vida a dos físicos y un soldado, y quizás mató a otro científico más de leucemia aplástica, años más tarde. Costó, además, años de discusión. Para volverlo bomba, otros dos trucos garantizaban el rendimiento termomecánico y radiante: la implosión estrellaba una contra la otra dos piezas metálicas, relativamente separadas entre sí, que formaban brevemente una esfera de berilio. Ésta envolvía el carozo y, como un espejo, le devolvía reflejados hacia adentro los protones liberados hacia afuera, fogoneando aún más las fisiones. Un espejo no muy duradero, eso sí. Otro envoltorio transitorio, externo a la esfera de berilio, y formado también durante la implosión, estaba hecho de pesado uranio 238. Reforzaba básicamente el trabajo del liviano berilio: impedir la fuga de neutrones y reflejarlos hacia adentro. Y en eso era importante la inercia, ya que el uranio no es tan insustancial como el berilio sino uno de los elementos más pesados de la tabla química. Esa inercia mantendría confinado durante unos nanosegundos adicionales el plasma de plutonio, a millones de grados. Eso garantizaría que al menos 2 kg. de los 6,2 del carozo entraran en fisión antes de que toda esa masa se dispersara en forma de gases a velocidad hipersónica. Pero esa última y pesada envoltura de uranio cumplía otro rol más: parte del uranio 238, transformado instantáneamente en 239 por captura de neutrones, entraría también en fisión debido a la hiperabundancia transitoria de neutrones libres, y eso añadiría un tercio de potencia termomecánica extra a la reacción. El que diseñó la fantástica y transitoria ingeniería básica de las bombas Trinity y Fat Man (hombre gordo) fue un canadiense flaco y muy joven, Robert Christy. Le añadió además un núcleo adicional al carozo, algo así como el carozo del carozo, que bautizó «The Urchin» (el erizo), y está hecho de una aleación de polonio y berilio que emite neutrones, como para que no falten en la fiesta. Tipo longevo, Christy llegó a los 96 y se murió en 2012. Todavía a su invento se lo llama «The Christy Pit» entre los ingenieros de armas. Como le dijo a Vannevar Bush, el Consejero Científico de Presidencia al todavía vivo Franklin Roosevelt, poniéndolo al tanto de las polémicas y avances del Proyecto Manhatan, el plutonio parecía mucho más efectivo que el uranio enriquecido, y se necesitaría una masa físil mucho menor. Pero tenía que ser plutonio «del bueno». Pero como de ése no había, se tendría que usar plutonio «del malo», con una ínfima contaminación de isótopo 240. La bomba resultante tendría una ingeniería más complicada que envolver una bicicleta, un raro artefacto con forma de esfera, que a duras penas cabía en la bodega de bombas de una Superfortaleza B-29, con una aerodinámica horrible y casi imposible de apuntar a un blanco. El truco de esa bomba pasaba por poder transformar mágicamente una masa subcrítica, es decir relativamente estable, en supercrítica, es decir reactiva. La sencillez ingenieril de Little Boy es llamativa, frente a la complejidad de Fat Man. Little Boy fue un dispositivo tipo cañón, una bala subcrítica de uranio 235 bastante puro se estrella contra un blanco igualmente subcrítico del mismo material, todo dentro de la recámara y el tubo de un cañón, lo que explica la forma más o menos alargada de la bomba. A la Fuerza Aérea le gustaba: era bastante aerodinámica. Pegaba más o menos adonde apuntabas. El aplastamiento de la bala contra el blanco genera una brevísima masa hipercrítica de 64 kg. de uranio, del cual apenas 1 kg. entra en reacción en cadena de fisiones. Pero todo eso desaparece por la transformación einsteniana de 1 gramo de masa en energía pura en forma de neutrones, rayos gamma, X y ultravioleta, luz visible y rayos infrarrojos. El problema con Little Boy era de producción: aquellos 64 kg. de uranio enriquecidos al 80%  promedio eran el fruto de muchos meses de trabajo separativo. El mineral de uranio había venido del Congo Belga, y se había ido eliminando el uranio 238, el isótopo preponderante del uranio natural, en sucesivos y minúsculos pasos hasta aumentar 113 veces la proporción del isótopo 235. Una vez gastados esos 64 kg. en destruir Hiroshima, cosa que sucedió el 6 de Agosto de 1945, no habría suficiente enriquecido de alto grado para una segunda bomba de uranio hasta Diciembre de aquel año. No era imposible que la guerra se complicara mucho antes con una invasión rusa de Japón.
La compleja ingeniería de Fat Man, bomba implosiva de plutonio 239. El carozo de la bomba es una esferita hueca subcrítica de apenas 6,2 kg., para mitigar la hiper-reactividad del material por su relativa contaminación con el isótopo 240. La implosión sincronizada a la millonésima de segundo de decenas de cargas huecas aplasta el metal al doble de su densidad y lo vuelve supercrítico.
Pero Fat Man, la bomba de plutonio, es endiabladamente más barata, simple y compleja a la vez, estaría lista antes. La masa de plutonio (6,2 kg.) es deliberadamente subcrítica para que no haga pre-detonación, o excursión crítica, dado que finalmente hubo que hacerla con el único plutonio disponible en cantidad suficiente, el de los reactores de Oak Ridge y de Hanford. Ese material sólo llegará a criticidad al ser comprimido explosivamente al doble de su densidad inicial. La bomba real se ensambla únicamente durante la explosión, y se potencia con ella. Y logra una reacción más profunda del plutonio: hace entrar en fisión 1/3 de la masa físil inicial. Pero, como se dijo, el plutonio adecuado no crece en los árboles. En contraste, Alemania y Japón nunca llegaron ni cerca de tener suficientes elementos físiles en la suficiente cantidad y con la suficiente pureza. Como dijo después el físico puro inglés Richard Feynman, que estuvo tan en la movida del Proyecto Manhattan que podría haber firmado la primera y la segunda bomba, pero luego se ganó un Nobel por cosas más inocentes: “Aquello no fue tanto ciencia como ingeniería”. Ya finalizada la guerra y ocupado Japón, la muchachada del Manhattan, llena de prestigio y con mucha gloria académica por delante, siguió un tiempo bastante largo recluida en aquella piojera de tablones y chapa perpetrada por el general Leslie Groves en el único estado de los EEUU con más ganado que población humana. Todavía buscaba elevar el umbral de criticidad del carozo, paso a paso. Por ejemplo, rodeándolo gradualmente de ladrillos de carburo de tungsteno, que también son reflectores de neutrones. La Guerra Fría estaba por comenzar. Los tipos buscaban mejores “tampers” para un carozo “mini-mini”, algo que pudiera caber en un misil tierra-tierra como la V-2 alemana. Y es que resultaba claro que derrotados alemanes y japoneses, también habría que derrotar a los soviéticos, si se les ocurría invadir Europa Occidental. Y eso pintaba militarmente difícil, al menos con armas convencionales. La búsqueda de carozos chicos la motivaba también que el costo de producción del plutonio. Aunque ya empezaba a venir más puro por un reprocesamiento mejorado desde los reactores plutonígenos de Hanford y Oak Ridge, seguía por las nubes. El que lograra un carozo ahorrativo en masa, sería Gardel, allí en New Mexico. Como concepto de seguridad radiológica, el experimento que liquidó a Harry Daghlian, el irradiado del que prometí hablar, era una estupidez propia de la actitud de cowboy de los “pibes del Manhattan”, vigente aún en 1946. El mejor de todos aquellos físicos nucleares, el italiano Enrico Fermi, vivía diciendo que aquellos muchachos eran unos idiotas y se iban a matar. Tuvo razón en dos ocasiones. Mientras Daghlian iba apilando ladrillos de carburo de tungsteno alrededor del carozo, uno se le cayó encima, tapando el conjunto. Eso provocó una “excursión crítica” o “transitorio” o “rampa crítica”. Fue apenas un fogonazo azul brevísimo. Pero en 25 días de agonía atroz, la radiación gamma y los neutrones absorbidos se llevaron a Daghlian y a un inocente guardia de seguridad que custodiaba la puerta del hangar, el soldado Bob Hemmerly. trinityA Daghlian se lo puede ver a la derecha, intensamente concentrado, meses antes, mientras arma “Trinity”, la primera bomba atómica de la historia, dotada de “su” carozo subcrítico. Trinity liberó una energía termomecánica equivalente a la explosión de 20 toneladas de TNT. 20 kilotones, o 0,20 megatones, en la jerga. En esa foto histórica, el muchacho de anteojos de aviador frente a Daghlian es el canadiense Louis Slotin, otro genio canchero. Y lo mató otra excursión crítica accidental del mismo “carozo” cuando buscaba los límites de la criticidad con otro reflector de neutrones mucho más delgado que los pesados ladrillos de Daghlian, una cúpula de tenue berilio. Mientras hacía un show para la gilada de colegas visitantes, a Slotin se le resbaló la cupulita del destornillador con que evitaba que ésta cubriera totalmente el carozo: FSSSS, fogonazo azul. Otra vez. Slotin murió 9 días más tarde, con lo que los forenses llamaron “el equivalente tridimensional de quemaduras de sol en todos sus órganos internos”. Ese carozo fue bautizado de ahí en más “The Demon Pit”, “el carozo del demonio”. Desapareció del mundo en el testo de la bomba “Able”, en el atolón de Bikini, perteneciente a las islas Marshall, en 1946. Donde contribuyó a joderle la vida a miles de anónimos isleños expulsados «pacíficamente» de sus islas por el Ejército de los EEUU, bajo la promesa de que luego se las devolverían. 63 pruebas nucleares y 77 años más tarde, todavía no cumplieron. Bueno, perdón por tanto academicismo histórico. Es que mi deber es explicar que no con cualquier plutonio se hacen bombas, y que el bueno-bueno no crece en los árboles, y eso lo sabe hasta el físico más nabo. david-albrightAhora fíjese, oh lector/a, en este detalle. El pulcro, frío, aburrido y ritual David Albright, por físico y por matemático, sabía perfectamente que el maldito LPR de Ezeiza iba a emplear combustibles gastados de Atucha I. Eso supone que su contenido de plutonio tendría una contaminación de 240 superior al 20%. Por todo lo dicho y narrado antes, oh lector, habría sido tan útil para hacer bombas como un bate de baseball para la neurocirugía. Pero el quía se había venido hasta aquí de todos modos con su valijita y su cara de vinagre a jodernos la vida, y a empiojar el desarrollo de una instalación que habría duplicado o triplicado la duración de los yacimientos de uranio argentinos. Y también venía a buscar fisuras en la CNEA con voluntad de ir limando desde adentro el proyecto argentino de autonomía en combustibles nucleares. Proyecto por el cual, entre marzo y abril de 1976, y probablemente no sin una orden secreta de los EEUU, habían sido asesinados 33 físicos, radioquímicos e ingenieros nucleares argentinos. Mírele bien la trucha al tipo. Todavía anda suelto. En 2003 se encargó de persuadir, como gran experto, al Congreso de los EEUU de que había que invadir militarmente a Irak para frenar el programa atómico militar de Saddam Hussein… que según el Organismo Internacional de Energía Atómica, no existió jamás. Hace 20 años ya que ese estado dejó de existir, y lo único que hay allí es una guerra infinita y unos 380.000 civiles muertos. Sí, deje en paz su bate de baseball. A mí tambíen me dieron ganas, no es personal. Dado que el hombre quería entrar en contacto con líderes de la CNEA, le presenté al Dr. Carlos Aráoz, uno de “los doce apóstoles de Sábato”, un capo en combustibles y aleaciones especiales. Albright debe haber creído que yo lo pondría delanta de un posible «topo», cuando lo que hice fue dejarlo atado (al menos un par de horas) delante de una máquina intelectual de picar turros. Entre sus antecedentes, Aráoz tenía una larga negociación con Alemania hasta que su gobierno aceptó que se usaran combustibles argentinos en Atucha I sin retirar las garantías: Carlitos no es un duro: es de piedra. La conversación giró sobre la necesidad «objetiva» de que la Argentina desmantelara el proyecto LPR, firmara el Tratado de No Proliferación, y terminara con sus devaneos con el enriquecimiento de uranio o la fabricación de agua pesada. ¿Por qué?, quiso saber, cortés y sucinto, Aráoz. «Para no ser catalogados como proliferantes por los EEUU, porque esas tecnologías nos hacen creer que pueden estar escondiendo un programa de armas nucleares», dijo Albright, casi con convicción. Carlitos lo miró filosóficamente. «Que Uds. crean eso de nosotros, ¿no viene a ser un problema de Uds?», preguntó, mientras encendía, tranquilo, su pipa. La charla duró 2 horas y creo que el yanqui se volvió a su hotel con una úlcera. O eso espero. Mientras yo volvía a mi casa, me decía que el LPR ya estaba perdido desde el mismo segundo en que el ing. Alberto Costantini reemplazó al contraalmirante Castro Madero en la presidencia de la CNEA. La mía fue una venganza de muy bajas calorías, pero me sentí un poco menos peor. Aráoz seguramente ya se olvidó de aquello. Hizo cosas bastante más importantes en su vida. Un saludo, si estás leyendo la Saga, Carlitos. En cuanto a los de la citada mutual médica bonaerense, no creo que hayan entendido jamás de asuntos atómicos. No es lo suyo. Pero como cualquier institución argentina, le tiene más miedo a Clarín que al plutonio. No sin razón.

 

Massa lanzó el “dólar vino” y promete un plan para las economías regionales

El ministro de Economía, Sergio Massa, anunció que habrá un dólar especial para liquidar las exportaciones vitivinícolas desde abril y aseguró que Estados Unidos levantó las restricciones para importar mosto argentino.
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Así afirmó durante el desayuno vitivinícola con el que comienza la Vendimia, desde Mendoza, organizado por la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR).
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“Quiero dejarles una buena noticia”, aseguró el funcionario, y confirmó que además de la puesta en marcha de esa divisa sumarán otras decisiones para recuperar mercados con un programa de “fortalecimiento exportador”. Y continuó: “A partir del 1º de abril, vamos a acompañar con un mecanismo para las economías regionales, arrancando por la vitivinicultura”.
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Sobre el valor de ese nuevo dólar, señaló que este mes convocarán una mesa de trabajo para definirlo, sin perder de vista tres desafíos fundamentales: “Recuperar competitividad, que el beneficio llegue a todos los productores y que no se afecte el precio del vino para la mesa de los argentinos”. “Así como pusimos en marcha para el complejo agroindustrial, vamos a acompañar a la industria vitivinícola”, agregó Massa.
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“Desde el 1° de abril, con competitividad cambiaria, tenemos que tener más vino argentino en el mundo”, enfatizó el tigrense.
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Señaló además que el Ministerio trabajará en los próximos días para que “el precio nuevo llegue a todos los productores para que no se transforme en utilidad de unos pocos” y que “esté garantizado con buen precio el abastecimiento en el mercado interno”.
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Las medidas para el sector vitivinicultor
El Ministro habló de fortalecimiento de la competitividad del sector, que pueden incluir medidas en tipo de cambio, retenciones, impuestos y promoción. Adelantó que el lunes estará publicado el decreto que habilita la línea crediticia por US$ 50 millones, como parte del Programa de Apoyo para Pequeños Productores Vitivinícolas de Argentina (Proviar II).
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Además, indicó que esperaban una cosecha vitivinícola con “un volumen inferior al 21% respecto de la temporada pasada, que había sido escasa, y un 34% inferior a la media”, y lamentó que “el clima está castigando”.
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“El clima nos está castigando cada vez más frecuentemente: helada, granizo, olas de calor, nos han ido quitando superficie productiva y dañando producciones que se habían llevado adelante, son 2.000 viñedos menos a lo largo y ancho del país. El cambio climático es uno de los grandes enemigos que tenemos y por eso firmamos con Coviar un acuerdo para financiar la red de estaciones meteorológicas para anticiparnos y trabajar en términos de prevención de mediano y largo plazo”, sostuvo.
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También remarcó que “el Estado tiene que intervenir a favor de quienes sufren los problemas climáticos”. Massa anunció que ampliará “con más de 583 millones de pesos el apoyo a los productores que sufren los problemas climáticos”.
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“Estamos poniendo en marcha el sistema de riego para ampliar la superficie atendida, y estamos licitando del sistema Luján Oeste”, dijo.
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Importaciones
Massa también destacó particularmente el “acuerdo con Estados Unidos que permite levantar las restricciones para el mosto” y anunció que este lunes estará publicado el decreto del Gobierno Nacional que hace efectivo el aporte de 40 millones de dólares y un adicional de 10 millones del Estado Nacional para la puesta en marcha del programa Proviar II.
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“Este crédito que tomará el Gobierno servirá para mejorar la productividad, con foco en la eficiencia hídrica. Contribuirá al arraigo de jóvenes en la ruralidad. Para Coviar es muy importante una participación activa en conjunto con el organismo subejecutor (el INV) y el Gobierno nacional, por los próximos cinco años, garantizando la transparencia, tal como sucedió en la primera etapa exitosa de este programa”, explicó González.

Europa: 1° cementerio de dioxido de carbono importado

Primer país del mundo en enterrar dióxido de carbono importado del exterior, Dinamarca inauguró un sitio de almacenamiento de dióxido de carbono a 1800 metros bajo el mar del Norte, una herramienta considerada esencial para frenar el calentamiento global. «Hoy hemos abierto un nuevo capítulo verde para el mar del Norte», celebró el príncipe Federico, al dar inicio a la fase piloto del proyecto en Esbjerg. Paradójicamente, este cementerio de CO2 es un antiguo yacimiento petrolífero que contribuyó a las emisiones.
Dirigido por la multinacional química británica Ineos y la empresa energética alemana Wintershall Dea, el proyecto «Greensand» permitirá almacenar hasta ocho millones de toneladas de CO2 por año hasta 2030.
Todavía en pañales y muy costosa, la captura y almacenamiento de carbono (CAC) consiste en captar y luego aprisionar el CO2, principal causante del calentamiento global. Actualmente hay más de 200 proyectos operativos o en desarrollo en todo el mundo. Lo que hace especial a Greensand es que, a diferencia de los emplazamientos existentes que secuestran CO2 de instalaciones industriales vecinas, utiliza carbono venido de lejos. «Es un logro europeo en materia de cooperación transfronteriza: el CO2 es capturado en Bélgica y muy pronto en Alemania, cargado en barco en el puerto (belga) de Amberes», dijo la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. El gas se transporta por mar hasta la plataforma Nini West, en el borde de las aguas noruegas, y se transfiere a un depósito a 1,8 km de profundidad. Para las autoridades danesas, que aspiran a la neutralidad de carbono en 2045, se trata de un «instrumento indispensable en nuestra caja de herramientas climáticas». El mar del Norte es una región propicia para el enterramiento porque alberga muchos oleoductos y depósitos geológicos que quedaron vacíos tras décadas de producción de petróleo y gas. «Los yacimientos de petróleo y gas agotados tienen muchas ventajas porque están bien documentados y ya existe infraestructura que muy probablemente pueda reutilizarse», afirma Morten Jeppesen, director del Centro de Tecnologías Marinas de la Universidad Tecnológica de Dinamarca. Cerca de Greensand, el gigante francés TotalEnergies va a explorar la posibilidad de enterrar a más de dos kilómetros bajo el lecho marino unas 5 millones de toneladas anuales de CO2 hasta 2030. Pionero del CAC, la vecina Noruega también recibirá toneladas de CO2 licuado de Europa en los próximos años. Principal productor de hidrocarburos de Europa Occidental, el país posee también el mayor potencial de almacenamiento de CO2 del continente.

No hay milagros

Las cantidades almacenadas siguen siendo pequeñas en relación con la magnitud de las emisiones. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, la Unión Europea emitió 3.700 millones de toneladas de gas de efecto invernadero en 2020, un nivel bajo por ser un año afectado por la pandemia. Percibida por mucho tiempo como una solución técnicamente complicada y costosa, la CAC es vista ahora como necesaria, tanto por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) como por la Agencia Internacional de Energía. Pero no es una solución milagrosa al calentamiento global. El proceso de captación y almacenamiento de CO2, que consume mucha energía, emite el equivalente a 21% del gas capturado, según el grupo de estudios australiano IEEFA. Y la técnica implica riesgos, advierte el centro de investigación, que cita el riesgo de fugas con consecuencias catastróficas. «El CAC no debe utilizarse para mantener el nivel actual de producción de CO2, pero es necesario para limitar el CO2 en la atmósfera», explicó Jeppesen. «El costo de almacenar carbono debe ser reducido para que se convierta en una solución duradera de mitigación, a medida que madura la industria», agregó el científico. Entre los defensores del medio ambiente, la tecnología no tiene apoyo unánime. «No resuelve el problema y prolonga las estructuras nocivas», afirma Helene Hagel, responsable de energía de Greenpeace Dinamarca. «El método no cambia nuestros hábitos mortales. Si Dinamarca quiere realmente reducir sus emisiones, debe ocuparse de los sectores que producen gran parte de ellas, es decir, la agricultura y el transporte«, aseguró.

El fenómeno climatológico de «La Niña» se debilita, pero deja consecuencias graves para la Argentina

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La sequía severa en nuestra región productiva desde el inicio de la campaña agrícola provoca caídas fuertes en las proyecciones de cosecha de maíz y soja. Con un 94% de probabilidades, en este mes se volverian a condiciones más normales pero seguiran las altas temperaturas.

En su informe del 3 de marzo, la cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) indicó que en gran parte de la región productiva agrícola del país, la escasez de lluvias durante los meses de verano, combinada con las olas de calor extremo, desecó los suelos y afectó los rendimientos del maíz y la soja. Según estimaciones de la Bolsa de Cereales de BA, las cosechas de maíz y soja estarían 11 y 10 millones de toneladas por debajo de la campaña pasada, respectivamente. Mientras tanto, el pronóstico de El Niño-Oscilación del Sur informa que con un 94% de probabilidades tendría lugar una transición de La Niña hacia condiciones neutrales en el trimestre marzo-abril-mayo. Según Adela Veliz, docente de Climatología y Fenología Agrícolas en la FAUBA, “el último trimestre —verano, si lo consideramos desde el punto de vista meteorológico— presentó anomalías negativas importantes en las precipitaciones en casi todo el país, salvo en el centro de la Patagonia y el norte de Cuyo, con lluvias por encima de los valores normales para la época. A esto hay que sumarle las temperaturas extremas que ocurrieron desde noviembre, con una sucesión de nueve olas de calor hasta al momento de elaborar el informe”. Al respecto, y como ejemplo, Veliz comentó las temperaturas registradas desde principios de febrero en la estación meteorológica automática ubicada en la FAUBA. “El 11 y el 12 de febrero, la temperatura máxima llegó a 38,5 °C, y seis días después ingresó una masa de aire frío que provocó una caída abrupta de las marcas térmicas, con una mínima de 7,9 °C el día 17. Y luego, marzo arrancó con temperaturas elevadas: el día 2, la marca fue 38,8 °C, récord para el mes”, afirmó la docente. La docente hizo hincapié en que las altas temperaturas y las lluvias deficitarias causaron el desecamiento de las reservas de agua útil en los perfiles del suelo justamente en los momentos en que se definieron los rendimientos de la soja y el maíz, los cultivos más importantes de cosecha gruesa. “Los maíces tempranos que ya se comenzaron a recolectar en zonas como el norte de Santa Fe presentan rendimientos muy por debajo de lo esperado, ya que tampoco hubo oportunidad de acumular agua en el suelo durante los meses del invierno, que también resultó extremadamente seco”. Además, Adela agregó que en el caso del maíz, las temperaturas muy elevadas tuvieron un efecto negativo en la viabilidad del polen, lo cual disminuyó la formación de granos. En cuanto a la sequía, Veliz aseguró que regiones productivas como el NOA, el centro de Santa Fe, la zona núcleo, el centro y norte de Córdoba, Corrientes y el AMBA presentan condiciones de sequía extrema. Esto se puede apreciar en el mapa del Índice de Sequía SEDI, un índice agrometeorológico que considera los déficits hídricos acumulados en los últimos tres meses. El agua del suelo, heladas y cosecha gruesa Por otra parte, Liliana Spescha, coautora del informe junto con Adela Veliz, María Elena Fernández Long y Gastón Sosa —docentes de la misma cátedra de la FAUBA—, se refirió a la evolución del almacenaje de agua del suelo en dos situaciones de sequía en localidades de la provincia de Buenos Aires. “Tomando el perfil hasta 1 metro de profundidad, en Junín, los niveles de reserva se mantuvieron por debajo del punto de marchitez de manera casi permanente desde el inicio de la campaña”. Liliana agregó que, en cambio, en la localidad de Olavarría, el estado de humedad del suelo se encuentra en condiciones no tan desfavorables, aunque con 50% de agua útil desde principios de año. “Otra adversidad en febrero fue la helada agrometeorológica —es decir, temperaturas mínimas menores o iguales a 3 °C— que ocurrió el sábado 18 en el oeste de la zona agrícola, particularmente en el este de San Luis, Córdoba, la zona núcleo y en el oeste de Buenos Aires. Los daños a los cultivos van a depender de la fase fenológica en la que estaban, del estado de los lotes, de la cobertura y de su ubicación dentro del paisaje: los sectores bajos serán los más afectados”, dijo la docente. Por lo señalado anteriormente, Spescha advirtió que habrá una disminución muy importante en los volúmenes de maíz y soja producidos en la presente campaña. De acuerdo con la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, la proyección de cosecha de maíz sería de 41 millones de toneladas, mientras que la de soja sería de 33,5 millones de toneladas. En comparación con la campaña pasada, estas cifras representarían una caída de 11 millones en el caso del maíz y de 10 millones en el caso de la soja. La Niña y una ansiada neutralidad Fernández Long, por su parte, comentó que el 20 de febrero, el International Research Institute for Climate and Society —o IRI, por sus siglas en inglés— difundió su pronóstico para el fenómeno El Niño-Oscilación del Sur. En el mismo anunció que existe un 94% de probabilidades de que tenga lugar una transición hacia condiciones neutrales para el trimestre marzo-abril-mayo. Además, María Elena resumió los contenidos del pronóstico trimestral que elaboran —en el ámbito del Servicio Meteorológico Nacional— distintos organismos oficiales, incluyendo la cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la FAUBA. “Para el trimestre otoñal se indican precipitaciones inferiores a las normales en el norte y el centro de la Mesopotamia, en Cuyo y en el norte y centro de la Patagonia. También se espera que sean superiores a lo normal en el noroeste, y valores normales en la Región Chaqueña. Para la Región Pampeana no hay una categoría con mayor probabilidad de ocurrencia, por lo que se recomienda seguir los pronósticos a corto plazo. En estos casos se debe considerar la información estadística del trimestre”. Para concluir, Fernández Long indicó que las temperaturas medias continuarían siendo elevadas y superiores a los valores normales en gran parte del territorio, especialmente en la Mesopotamia y en el oeste de la Región Pampeana.

La saga de la Argentina nuclear – XLIV

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Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyó Los anteriores capítulos de la saga estan aqui El plutonio militar no se compra en los quioscos.
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“Demon pit” (el carozo del diablo) bautizado así por sus colegas del proyecto Manhattan.
Voy a explicar el origen de una leyenda negra generada inadvertidamente en épocas del contraalmirante Carlos Castro Madero, y que todavía atormenta a algunos memoriosos pero científicamente desinformados habitantes de Capital Federal y de Ezeiza. Pero para ello, tengo que referirme sí o sí a cómo los EEUU en 1945 pudieron ocupar el territorio metropolitano japonés casi pacíficamente, casi sin sufrir pérdidas. Ambos hechos están relacionados con el plutonio, y ambos dejaron secuelas históricas: Japón sigue militarmente ocupado por los EEUU, y en Argentina perdimos otras cosas de las que no sólo el argento de a pie sino su dirigencia no tiene la menor idea. En 1987 y 1988, muchos porteños fueron persuadidos de que una instalación del Centro Atómico Ezeiza iba a transformarse en un Chernobyl criollo, aunque en general la propaganda lanzada por “vecinos preocupados” e incluso por la mutual médica bonaerense FEMEBA mostraba explosiones de armas atómicas, con la típica nube en forma de hongo. En los textos, ya que no en las fotos, no hablaban de explosiones. Decían que el Laboratorio de Procesos Radioquímicos iba a causar los mismos efectos del derretimiento e incendio de una central nucleoeléctrica gigante, siendo apenas un laboratorio. A todo esto en el Centro Atómico Ezeiza no hay centrales grandes ni chicas. Hay un pequeño reactor que, con sus laboratorios adjuntos, fabrica radiofármacos para diagnóstico y terapia de cáncer, enfermedades circulatorias, metabólicas, autoinmunes, neurológicas, y sigue la lista. No hay muchos modos de derretir el núcleo de uranio de una central atómica que no existe, sobre todo porque no existe. Tampoco de hacer lo propio con una planta radioquímica que, por empezar, carece de núcleo. Pero además, según las imágenes, éste accidente tendría las características termomecánicas de la explosión de una bomba A: bola de fuego, térmicas huracanadas ascendentes chupando polvo y humo hacia lo alto, la formación de un hongo atómico y todo eso. Como lo saben los chicos, el cuco se oculta en la oscuridad. Un poco de luz sobre el LPR, aunque ya no existe, puede disipar pesadillas viejas, si el lector sigue siendo vecino del Centro Atómico Ezeiza. El LPR iba a reprocesar plutonio, ¿pero se parecería en algo al plutonio militar, grado bomba, que todavía se usa en las armas nucleares de implosión? Ni un poco. Vamos a 1945, a la historia de la bomba y de la muerte de Harry Daghlian y Lewis Slotin, porque de otro modo no se entiende la muerte de nuestro LPR. Buscando ahorrar plutonio metálico de altísima pureza en isótopo 239, cuyo costo de fabricación a fines de los ’40 era sideral, la gente del proyecto Manhattan buscó hacer una “carozo mini”, de masa muy subcrítica, de sólo 6,2 kg y 9,2 cm de diámetro. Y lo logró. Mírelo con respecto: es esa aparente “bola de billar” de la foto de arriba es idéntica a la que el 9 de agosto de 1945 mató a 70.000 japoneses en Nagasaki. Según uno de los proponentes del “carozo mini”, Harry Daghlian, éste carozo debía ser un “faltan cinco para el peso” (a dime less than a buck), es decir debía tener una masa un 5% inferior a la crítica, con la que se inicia una reacción en cadena espontánea. Ese carozo subcrítico tiene suficiente descomposición nuclear infusa y permanente como para estar todo el tiempo a una temperatura de 43º C, y emitir rayos alfa de mucha energía, pero muy poca penetración. Se lo puede llevar en la mano sin consecuencias, (por las dudas, use guantes, alcanza con que sean de algodón). Eso que Ud. carga con desconfianza costó una cifra con la que se podría comprar el palacio de Joe Lewis en el Lago Escondido, tiene casi 3 veces la densidad del acero y una tibieza permanente. Objeto raro, ¿no? Más de lo que cree. Sometido a 100.000 atmósferas de presión, ese carozo cambia de personalidad. Tan bruta compresión se lograba mediante la implosión concéntrica y sincronizada de 32 explosivos envolventes de tipo “carga hueca”, que explotan todos direccionalmente, desde afuera hacia adentro. Ante tan prepotente aplastamiento, el carozo colapsa, se vuelve un fluído compresible y pasa a otro estado alotrópico del metal, duplicando en ello su densidad de casi 20 a 40 gramos/cm3. Al hacer esto, se pone supercrítico y entra a reaccionar en cadena, fisiones desencadenan fisiones, etc. ¿Pero cuánto dura en ese estado? Toda la tecnología de Fat Man, la bomba que eliminó a Nagasaki, la que fue modelo de decenas de miles de bombas más, involucra dos ideas: primero, tener un carozo hueco de un plutonio 239 muy puro, poco contaminado del isótopo 240. En el momento adecuado, se lo aplasta con explosivos. Si hay demasiado isótopo 240 (más del 3 o del 7%, según distintos usuarios), es dificilísimo de transportar plutonio, incluso si usa el consabido truco de dividir la masa por la mitad: cada una irradia a lo bestia rayos gamma, muy energéticos y penetrantes. Sólo se puede manejar con brazos telecomandados, y desde atrás de una protección de ladrillos de plomo. Peor aún, ese combo empieza a entrar en fisión espontánea aunque las dos secciones del carozo estén separadas entre sí por decenas de metros, porque se detectan la una a la otra y se bombardean con neutrones. Esto se llama predetonación, o “fizzle”, y supone un desperdicio considerable de potencia y dinero, e incluso de pilotos. A los ingleses les sucedió cantidad de veces, en la posguerra, cuando trataban desesperadamente de mostrarle a los EEUU que ellos también tenían la bomba, y había que sentarlos a la mesa para dividirse el mundo con la URSS. La gente del Programa Manhattan para tener carozos “comme il faut” usó únicamente el plutonio fabricado en ciclotrones de la Universidad de California (“Calutrones”, en cortito).  Todo tiene un por qué: el que salía de los reactores plutonígenos de Oak Ridge, todavía demasiado primitivos y difíciles de controlar, venía “sobrequemado” y con trazas inaceptables de 240. Todo esto fue descubierto por la patota Manhattan sobre la marcha, y duramente, aunque desde el principio hubo teóricos que podían predecir esa conducta del plutonio 239 «sucio» de modo puramente matemático. Mucha regla de cálculo, esos muchachos. Pero hay que ver cómo acertaban. Japón no pudo rendirse más a tiempo. Lo hizo el 2 de septiembre de 1945, después de los bombazos de Hiroshima (6 de agosto) y de Nagasaki (9 de agosto). La dictadura militar y nobiliaria que dirigía el país pensó que se venía rápido una tercera bomba (con toda razón). Pensó también que el paso siguiente sería toda una campaña prolongada y sistemática de bombardeo atómico. Y eso no era cierto, por imposible. Por una parte, ya no había mucho qué bombardear. Los japoneses ya no tenían país. Los B-29 yanquis del general Curtis Le May, con sus bombas de napalm y de fósforo blanco, habían vuelto cenizas las principales 67 ciudades del archipiélago, achicharrando entre 250.000 y 500.000 ciudadanos en ello. Tres años de bombardeos de Alemania por el Bomber Command de la RAF y el 8vo Ejército de la aviación yanqui no lograron lo mismo que Le May en medio año. Pero además los autodenominados americanos no tenían con qué bombardear (y ya llegará a ese tema), y tampoco para qué. La población nipona urbana, aún viviendo en carpas o entre puras ruinas, era unánime con el emperador Hirohito: ante el inminente desembarco estadounidense en Kyushu, la isla más austral del archipiélago central, no habría distingo entre militares y civiles. Morirían peleando todos contra la invasión, incluidos mujeres y pibes. Las chicas de primaria ya practicaban en la escuela cómo ensartarle una lanza de bambú en la panza a un marine. Nadie pensaba en rendirse, y tampoco en llegar a adulto o viejo. Los sobrevivientes se harían matar y/o se suicidarían antes que entregarse. Estas no son teorías o leyendas urbanas o inventos de la máquina propagandística aliada. Era exactamente lo que acababa de suceder dos meses antes en la isla japonesa de Okinawa, de apenas 1199 km2, en cuya captura se había insumido tres meses. Y en esos tres laboriosos meses murieron 12.000 marines, 100.000 soldados imperiales y 160.000 civiles isleños. Estos últimos ni siquiera se sentían culturalmente japoneses y toleraban al imperio de Hirohito como una presencia extranjera, abusiva y colonial. Y sin embargo sobran testimonios cinematográficos de madres okinawenses que, para no rendirse, saltaron desde acantilados muy altos con sus hijos en brazos. Si uno no ha estado inmerso un tiempo en la cultura japonesa no entiende nada: cree que la obediencia absoluta es humanamente imposible. Desgraciadamente no es así. Tampoco es un fenómeno exclusivamente japonés. La URSS, por su parte, le acababa de declarar la guerra a Japón, estaba haciendo picadillo al Ejército Imperial en Manchuria y Corea, en cualquier momento intentaría un desembarco en las islas Kuriles y desde ahí era apenas un salto hasta invadir Hokkaido, la isla más boreal de las cuatro mayores del archipiélago nipón. Y de ahí, a Honshu, la isla central y mayor. ¿Quién los paraba? Pregunta legítima, incluso para Japón. No era la primera vez que el imperio luchaba contra la URSS, pero siempre le había ido mal. En 1939, el hasta entonces imbatible Ejército Imperial había sido literalmente obliterado por el Ejército Rojo en la batalla de Khalkin Gol, por el control de Mongolia Exterior. El Imperio Nipón todavía estaba en su etapa de triunfalismo invencible, hasta que le sobrevino Khalkin Gol estaba seguro de conquistar Mongolia, y lueto territorio siberiano soviético hasta el lago Baikal. Pero sufrió pérdidas tan desastrosas e inesperadas que tuvo que firmar un insólito acuerdo de paz con los soviéticos. Es más, ese acuerdo se mantuvo toda la guerra, incluso cuando la Wehrmacht llegó a 15 km. de Moscú. La URSS se había vuelto un post-trauma irreductible para el alto mando japonés: era lo único en el mundo contra lo que no podían. Hasta que, ya en 1945, con Japón expulsado de casi todo el Pacífico y acorralado por EEUU en su territorio insular metropolitano, Stalin decidió violar el tratado, porque ya era hora de hacer leña del árbol caído. El generalato imperial había decidido la muerte honorable de todo su país, pero cambió de idea tras la segunda atómica, “Fat Man”, en Nagasaki. Ahora estaban ante dos novedades que no entendían y cuya potencia excedía lo imaginable: el átomo y el Ejército Rojo. El emperador dio la orden de deponer las armas por radio. Su inexpresivo y breve discurso, pactado con sus generales pero también con el general Douglas McArthur, omite cuidadosamente la palabra «rendición»: habla en cambio de deponer la lucha, como si se hubiera tratado de una cortés deferencia ante turistas inesperados. Todavía hoy millones de japoneses te explican con naturalidad que nunca fueron derrotados, porque jamás se rindieron. Es lo que se enseña en la escuela. Y se lo creen. Pero sí que se rindieron, y además sin cuestionamientos dado que la orden venía de un ser divino. No por nada los EEUU no tocaron demasiado la cúpula jerárquica del país que estaban invadiendo, y menos que menos, a la familia imperial. La necesitaban intacta. Una vez ocupado el país por EEUU, McArthur le escribió al emperador Hirohito un discurso en que el monarca declaraba -y lo leyó también por la radio, en cadena nacional- que él no era una deidad sino una persona. Cosa que la población acató también con naturalidad, porque lo decía una deidad. La suma de factures decidió que el alto mando se rindiera sin patalear. Para no morir irradiados, en primer lugar. No entendían el concepto, pero lo estaban viendo suceder en decenas de miles de sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki, que al decir de los médicos japoneses, parecían estar pudriéndose en vida. Y lo estaban: la radiación los había inmunosuprimido totalmente. No tenían linfocitos para luchar contra sus propias bacterias y hongos saprófitos, generalmente inofensivos. Pero fundamentalmente la cúpula japonesa eligió que el país fuera ocupado por los autodenominados americanos antes que por los soviéticos, sabiendo que los primeros no tratarían de refundar socialmente al país, mientras que los últimos no tendrían miramiento alguno hacia la jerarquía empresarial y militar imperial. Paredón para todos. En cuanto a la falta de bombas atómicas para asestarles, los generales nipones ignoraban que desde el 19 de agosto había un segundo carozo de plutonio listo para otra bomba implosiva tipo “Fat Man”, asignada probablemente a la ciudad de Kokura. Era la que seguía en la planificación Curtis Le May. Sin embargo, por problemas industriales, no científicos, luego pasaría al menos un largo mes hasta que el Proyecto Manhattan lograra reunir suficiente material físil para una cuarta bomba, fuera de uranio 235 grado bomba o más bien plutonio militar. Éste es muchísimo más eficiente por su capacidad einsteniana de transformar materia en energía, y además, dentro de todo, es más pagable. La tercera y cuarta bombas serían para, respectivamente, Nara y Kyoto. Luego, sobrevendría el grave problema de que no quedaban más ciudades en todo Japón. Bombardear con atómicas el campo, las montañas y los bosques no es militarmente redituable. ¿Cómo ocupar -y para siempre- un país cuya producción de comida quedará dañada durante décadas? Además, las bombas de plutonio, aunque más baratas que las de uranio, siguen siendo carísimas. Quiero volver sobre esto: no sólo faltarían ciudades. Sobre todo y ante todo, faltarían bombas. Hasta agosto del ’46 no habría las cantidades necesarias de plutonio 239 de suficiente pureza para destruir con atómicas la retaguardia japonesa, en caso de desembarcos en las islas grandes, Honshu o más probablemente, Kyushu. En suma, tras borrar Kokura del mapa y si Japón se obstinaba en seguir en pie de guerra, los EEUU debían resignarse a rascarse el higo casi un año en sus buques mientras hambreaban al enemigo por bloqueo naval. Pero mientras sucedía eso, era cantado que perdían Hokkaido bajo las botas del Ejército Rojo, y quién te dice, también la isla grande central, Honshu, o al menos su prefectura más boreal, Tohoku. Por el contrario, una invasión de la isla bastante menor y menos poblada de Kyushu al estilo Normandía, con armas únicamente convencionales, significaba asumir la muerte de 1 millón de estadounidenses y al menos 4 millones de japoneses, fundamentalmente civiles. Esos eran los datos que le llegaban a Harry Truman, que por la muerte de Franklin D. Roosevelt, recién estrenaba sus zapatitos de presidente. Y como suele suceder con los vicepresidentes de los EEUU, que ejercen roles más bien ceremoniales, en vida de Roosevelt, don Truman había sido puesto deliberadamente dentro de un termo para que no se enterara de casi nada. Cuando asumió, no sabía siquiera de la existencia del Programa Manhattan. El núcleo de plutonio de las bombas sucesoras de “Fat Man” tardaba horrores en fabricarse en los “calutrones”. Un sincrotrón es primero y ante todo, un acelerador de partículas, un instrumento más académico que industrial: mueve muy poca masa usando demasiada energía eléctrica. Acumular los 6,2 kilogramos de plutonio “grado carozo” en 1945 y con tales medios era un trabajo de hormigas, algo así como llenar una pileta olímpica a cucharaditas o iluminar un estadio nocturno con fósforos. Y Ud., que quería saber qué corno pasó en Ezeiza en la década de los ’80, y yo hablándole de carozos del diablo, físicos irradiados, soviéticos invencibles, islas japonesas y calutrones californianos. Téngame paciencia y fe, no estoy tan perdido como parece. Estoy tratando de echar luz sobre algo importante que sucedió en nuestro país entre 1983 y 2000 y delante de nuestras narices,y cambió nuestra historia. Y no para bien. Es algo de lo cual ni siquiera nuestra dirigencia conserva recuerdos.