En agendAR hemos insistido en señalar que la inflación argentina puede ser solo un sintoma mas de los problemas de su economia pero es uno que ya se ha vuelto insoportable. En esta nota proponemos acceder a la trilogia sobre el plan antiinflacionario de 1952, a la nota en el que Joaquin Waldman advertia, antes de la renuncia del ministro Guzman, que nuestro pais habia entrado en un regimen de alta inflación, y aqui reproducimos esta excelente nota de Juan Manuel Telechea y dejamos para nuestros lectores la pregunta del titulo.
Hoy no hay dudas de que el principal problema de la economía es la elevada inflación. Esa es la causa central del mal funcionamiento del sistema económico que no le permite crecer. Si tomamos la última década (2012-2022), podemos advertir que la inflación se cuadruplicó -pasó de 23% anual al 92% actual- mientras que el PBI per cápita se redujo 7%.
Asimismo, existe amplia evidencia en la literatura que muestra que, a partir de cierto umbral (ubicado entre el 20% y el 40% anual, dependiendo del trabajo), se observa una clara relación negativa entre esta variable y el crecimiento (ver, por ejemplo, Barro, 1995; Bruno y Easterly, 1998; Khan y Senhadji, 2001).
«Campeones del mundo»
Si examinamos desde 2010 en adelante, hubo solo dos países en el mundo que durante todos los años presentaron una inflación anual superior al 20%: Argentina y Venezuela. Ojo, eso no significa que sean los casos más críticos. Por ejemplo, Líbano —que en 2010 tenía una inflación del 4%— tuvo una crisis económica en 2019 (con corralito incluido) que llevó a que la inflación fuera del 155% en 2021; Sudán presentó una escalada inflacionaria prácticamente ininterrumpida, que pasó del 11% en 2010 al 383% en 2021; Zimbabue, cuya inflación había sido prácticamente nula en toda la década, fue afectada por una sequía histórica que hizo que la inflación superara el 550% en 2020. Lo que distingue a la Argentina de estos países es que acá no se observó ninguna catástrofe económica, política o climática.
Y, lo que es más llamativo de todo, es que a lo largo de toda esta década la inflación, como problema, prácticamente desapareció en todo el mundo. Recién ahora con el impacto que tuvo el COVID-19 en las cadenas globales de suministros, combinado con el aumento en los precios de la energía y los alimentos que provocó la guerra entre Rusia y Ucrania la inflación volvió a aparecer como un potencial problema, aunque todavía lejos de ser algo grave.
Como se puede ver en el gráfico a continuación, que muestra para cada año la cantidad de países que tuvieron un aumento de precios superior al 20% anual, la inflación fue un problema relativamente global entre 1974 y 1995 (donde aproximadamente el 30% del mundo tenía una inflación elevada), pero una vez que los países lograron contenerla, no volvió a manifestarse. Salvo, claro, en muy escasas excepciones, como Argentina, que volvió a tropezar con la misma piedra.
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Cantidad de países con inflación superior al 20% anual
Fuente: Elaboración propia en base al Banco Mundial.
¿Por qué sucedió esto? Seguramente la primera respuesta que se nos venga a la cabeza es por una mala gestión. De acuerdo, de eso no hay dudas. ¿Pero alcanza con eso para explicar por qué fuimos uno de los pocos países con este problema? ¿Todo el resto del mundo hizo bien las cosas y nosotros no?
Por lo general, no suelo utilizar la categoría “excepcional” para clasificar el comportamiento de las distintas variables de la economía argentina, porque muchas veces se lo cataloga de esta manera cuando, en realidad, los datos muestran algo distinto. Pero para la inflación argentina parece una categoría apropiada.
Si tomamos todos los países que figuran en la base de datos del Banco Mundial con estadísticas de la evolución de los precios desde 1970 a la fecha (son más de 90) y utilizamos como corte una inflación anual del 20%, vemos que Argentina lidera el ranking: es el país que más años convivió con una inflación anual superior al 20%, 37 de los 53 años, es decir, exactamente el 70% del tiempo.
Le siguen la República Democrática del Congo y Sudán (32 años), Turquía (29), Uruguay (25) y Ghana (24). Dada la cercanía, es dable aclarar que en la actualidad no hay similitud con el caso uruguayo, ya que no presenta una inflación superior al 20% desde 1998. Por otro lado, para Venezuela solo hay datos a partir de 1980, pero durante ese período convivió con una inflación elevada el 74% del tiempo, superando a la Argentina.
«Inflacionarios anónimos»
Al margen de que seamos el país de mayor inflación o no, evidentemente tiene que haber algo más —aparte de la mala gestión— que explique este problema recurrente. Y ahí tiene que estar la respuesta, en la recurrencia. Como si tuviésemos una predisposición a la inflación. O una enfermedad crónica.
Como mostramos en una edición anterior, esto es porque la inflación tiene memoria, que podríamos definirla como la capacidad que tiene un proceso, en un momento dado, de conservar ciertas características a pesar de que las causas que la originaron ya no se encuentran presentes en ese momento. Así, el comportamiento de dicho fenómeno no puede ser explicado sólo por las circunstancias actuales, sino por todo el proceso acumulado en el tiempo. Asimismo, esto es lo que lo hace tan difícil de solucionar.
Para entenderlo mejor, podemos compararlo con lo que le sucede a una persona que tiene problemas con el cigarrillo. Como la nicotina genera una adicción, eso hace que, a medida que la persona fuma más, se vuelve más dependiente. Con el transcurso del tiempo, la adicción se vuelve cada vez más difícil de combatir. No solo eso, sino que, aún si esa persona lograra dejar de fumar, las ganas de hacerlo la van a acompañar toda la vida, lo que hace más factible la recaída.
Por tales motivos, el pecado original fue permitir que, tras la salida de la convertibilidad, la inflación volviera a ubicarse en niveles relativamente elevados. Para peor, en ese momento ni siquiera se consideró que fuese un gran problema, al punto de manipular las estadísticas oficiales para ocultarlo. Así, dejamos rápidamente atrás un contexto de inflación baja, para pasar a lo que la literatura denominada regímenes de inflación moderada, que se producen cuando los incrementos de precios se sitúan en un rango de entre 15% y 30% anual por más de tres años consecutivos (ver, por ejemplo, los trabajos de Dornbusch y Fischer, 1993; o Morra, 2014).
Posteriormente, la inflación elevada, combinado con una serie de shocks externos, la acumulación de malas políticas macroeconómicas y un endeudamiento en moneda extranjera irresponsable se tradujeron en recurrentes devaluaciones que llevaron a la economía a la siguiente fase, el régimen de alta inflación, tal como se puede apreciar en el siguiente gráfico.
Inflación (en % anual)
Fuente: Instituto de Trabajo (ITE) e INDEC.
Lo más preocupante de todo es que la fase siguiente es la hiperinflación. Ojo, con esto no estamos diciendo que estemos cerca de una catástrofe así. Por lo general, este proceso tarda varios años —y un par de experiencias fallidas más— hasta materializarse. Por ejemplo, antes de que la hiperinflación argentina de 1989 tuviera lugar se observaron 14 años consecutivos de inflación superior al 100% anual (con la única excepción del año 1986, cuando se aplicó el Plan Austral, que fue del 90%). Pero, precisamente por eso, debería ser la prioridad absoluta de la gestión económica.
«Un plan para dominarlos a todos»
Gran parte de la dificultad para combatir a la inflación reside en lo persistente que es este fenómeno frente a la aplicación de políticas económicas aisladas que buscan frenar los aumentos de precios. En los últimos años, se aplicaron políticas monetarias contractivas (la recomendación más utilizada por los bancos centrales en todo el mundo), controles de precios o anclas cambiarias, y todas fallaron. En algunos casos se observó cierta reducción de la inflación, pero luego resurgió (incluso retomando impulso y aumentando a una velocidad mayor).
Esas herramientas pueden funcionar para contrarrestar un aumento repentino de los precios en una economía estable, pero no sirven para luchar contra una inflación crónica. En este tipo de casos, hay dos rasgos particulares que hacen que las políticas tradicionales no sean eficaces: la inercia y la falta de confianza en la capacidad para lograrlo.
Para entender bien el concepto de inercia, quizás lo mejor sea apelar a su ciencia de origen, la física. Ésta la define como la resistencia que pone un objeto a que se modifique su estado de movimiento, incluyendo cambios en la velocidad o en la dirección del movimiento. Dicho de otra manera, la inercia no es una fuerza, sino lo que queda una vez que se eliminan todas las fuerzas que operan sobre el objeto.
Llevado a la economía, esto significa que aun si lográramos eliminar de un plumazo todas las causas actuales que explican la inflación, seguiríamos observando aumentos de precios por varios meses más. Esto se explica, fundamentalmente, por el grado de indexación de la economía, es decir, por la cantidad de contratos (formales o informales) que se utilizan para ajustar los distintos precios y costos en un entorno inflacionario (esto lo analizamos en detalle acá).
Si nos ponemos a mirar alrededor, notaremos que la indexación está por todos lados. La paritaria es el ejemplo clásico más visible, pero lo mismo aplica para los alquileres, el gasto público (por ejemplo, con la Asignación Universal por Hijo/a o la jubilación mínima) o incluso la manera en la que las empresas determinan sus aumentos de precios, porque para tomar dicha decisión no solo tienen en cuenta los incrementos de sus costos sino también los precios que esperan que fije la competencia. Para eso, por lo general su mejor estimación es que los mismos se van a comportar en línea con la inflación pasada.
Así, podemos advertir que todos los precios de la economía se encuentran atados —parcial o totalmente— a la inflación pasada a través de un entramado de contratos. Esto hace que sea muy difícil bajar la inflación de manera rápida, ya que buena parte de la misma no depende de las condiciones presentes, que son precisamente aquellas sobre las cuales tiene impacto la política económica.
Esto significa que la inercia tiene un efecto propagador, que hace que el proceso inflacionario sea más estable, pero, a la vez, más persistente, provocando que cualquier tipo de shock o cambio brusco en la política económica se transmita lentamente hacia los precios, pero prolongándose por bastante tiempo.
Pensemos, por ejemplo, lo que sucede cuando uno calienta a 50 grados la punta de una barra de acero. Al tocar la otra punta no sentimos ningún cambio de temperatura. Pero a medida que el calor se propaga por la barra, la punta empieza a calentarse hasta que, finalmente, alcanza los 50 grados, logrando un punto de equilibrio. Si luego de esto, apagamos el calentador —es decir, aplicamos un cambio brusco— buscando reducir la temperatura, veríamos que tarda bastante tiempo en materializarse.
Esto nos lleva al segundo rasgo distintivo, la falta de confianza en que el gobierno de turno pueda bajar la inflación, la cual está explicada por la falta de resultados mencionada anteriormente. Esto le quita potencia a la política económica porque las empresas para determinar sus precios también toman en cuenta la inflación futura, es decir, lo que esperan que suceda con el resto de los precios. Como mostramos acá, si las empresas creen que las políticas aplicadas van a funcionar, eso por sí solo ya va a tener un impacto mitigador, a través de la menor inflación proyectada. Por el contrario, el anuncio de medidas aisladas, que encima por lo general son elaboradas como respuesta a las distintas tensiones que van surgiendo, difícilmente tengan ese efecto persuasivo.
Todo lo anterior sirve para cerrar con la conclusión más importante de todas. La única manera de atacar un fenómeno multicausal como la inflación, cuyos 4 componentes principales son la falta de dólares, el excedente de pesos, la inercia y la falta de credibilidad, es con un plan de estabilización diseñado a medida para atacar de manera simultánea los cuatro frentes.
El ministro de Obras Públicas de la Nación, Gabriel Katopodis, impulsa la creación de un fondo soberano que, en caso de concretarse, será financiado con las exportaciones de hidrocarburos y otros recursos estratégicos como el litio. Un equipo dentro del ministerio esta elaborando una propuesta técnica al respecto. Por ahora es una idea solitaria pero el ex intendente de San Martín contó con el aval del Ministerio de Economía.
Katopodis comenzó a hablar en los últimos meses sobre la creación de un fondo soberano para el desarrollo del país. “Cada uno de los recursos naturales que la Argentina está potenciando como Vaca Muerta y otros tantos, tiene que ir conformando un fondo de desarrollo, un fondo soberano”, dijo el ministro en un video publicado en sus redes sociales a principios de año.
Katopodis respondió que “nuestra tarea es contarle a los argentinos y argentinas cómo sigue la Argentina a partir de este tiempo, que es bisagra». «La constitución de un Fondo Soberano, de asignación específica, con los dólares que entren de las exportaciones de hidrocarburos y otros productos, nos debe permitir generar las condiciones necesarias para una transición en el cambio de la matriz energética y productiva de nuestro país”, explicó escuetamente sin entrar en detalles sobre la iniciativa.
“A la vez es un Fondo de futuro para levantar el piso de las nuevas generaciones. Tenemos que garantizar que los que nos sigan tengan mejores trabajos, mejores salarios, mejor calidad de vida. Debemos consolidar un proceso y un horizonte de progreso para los próximos veinte o treinta años”, añadió.
Un equipo dentro del ministerio de Obras Públicas ya esta trabajando en los trazos gruesos de la propuesta, que no fue consultada aún con la Secretaría de Energía
Algunas de las asignaciones específicas del fondo serían financiar el desarrollo de las energías renovables, desarrollar las tecnologías y la economía del conocimiento para el aumento de la producción nacional y capacitar a los jóvenes y fomentar su ingreso al mundo laboral.
La Argentina tiene una oportunidad enorme, un destino de prosperidad y los recursos que está demandando el mundo.
Una muestra es este yacimiento de litio en #Catamarca, 6 mil hectáreas que están generando empleo argentino y que van a permitir exportar 30 mil toneladas por año. pic.twitter.com/PLuOmJjHrY
El Banco Central dictó una comunicación sobre ciberseguridad para los bancos, en vista de los crecientes fraudes a clientes que ven vaciadas sus cuentas en pocos minutos o que pidieron préstamos sin que fuera su real voluntad.
La flamante Comunicación A 7724 del BCRA impulsa una actualización de las exigencias vinculadas con la gestión de los riesgos de la tecnología y seguridad de la información, la continuidad del negocio, la tecnología, la infraestructura informática y la gestión de ciberincidentes, explicó Agustín Allende, socio de Crearis Latam.
Esta norma tendrá vigencia a partir del 10 de septiembre próximo.
Los recaudos más relevantes que impone esta Comunicación pueden resumirse como sigue:
Gobierno de la tecnología y seguridad de la información a ser establecido por las entidades deberá ser hecho a medida conforme sus operaciones, procesos y estructura. Pero deben asegurar supervisión adecuada de las actividades de tecnología de la información y gestión de los riesgos relacionados con la tecnología y seguridad de la información.
Si bien establece obligaciones al directorio y a la alta gerencia, la norma omite considerar entre sus objetivos la protección de los datos personales.
Las medidas de ciberseguridad deben ser diseñadas a medida por los bancos
También se ocupa de obsolescencia de la tecnología y los sistemas, gestión de la relación con terceras partes, desarrollo y utilización de algoritmos de inteligencia artificial o aprendizaje automático, adopción de tecnología nueva o emergente, software o aplicaciones utilizadas por usuarios que no fueron formalmente autorizados, aspectos de protección de datos personales en el uso de tecnologías asociadas a blockchain, escenarios de ciberincidentes relacionados con datos personales, etc.
La comunicación incorpora el análisis de la inteligencia artificial (IA) y machine learning (ML) debiendo identificar y documentar el objetivo del uso, por sí o por terceros, de software que utilice algoritmos de IA o ML en sus proyectos o procesos, afirmó Allende.
Exige establecer roles y responsabilidades para la definición del contexto en que operan los sistemas de IA, la identificación de los modelos, algoritmos y los conjuntos de datos utilizados, y la definición de métricas y umbrales precisos para evaluar la confiabilidad de las soluciones implementadas.
El algoritmo de IA no debe discriminar entre usuarios o grupos de clientes Adicionalmente, se deberán implementar procesos que promuevan la confiabilidad en el uso de este tipo de algoritmos e incluyan al menos, aclaró Allende:
Otro item son las medidas para evitar la existencia de sesgos o discriminación contra grupos o segmentos de clientes o usuarios de los productos y/o servicios financieros.
La nueva norma define a un ciberincidente como aquel evento cibernético que:
Pone en peligro la ciberseguridad de un sistema de información o la información que el sistema procesa, almacena o transmite.
Infringe las políticas de seguridad, los procedimientos de seguridad o las políticas de uso aceptable, sea o no producto de una actividad maliciosa.
Allende celebró que esta comunicación comulgue con convenios internacionales, pero consideró preocupante que todavía en el país no exista un marco general establecido por ley respecto a la ciberseguridad, especialmente cuando está en juego una infraestructura crítica como la del sector financiero.
Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyóLos anteriores capítulos de la saga estan aquiDE CÓMO LO PEOR DE LAS BOMBAS ATÓMICAS EN JAPÓN QUEDÓ EN LOS EEUU
La planta de enriquecimiento de uranio por difusión gaseosa K-25 Oak Ridge, Tennessee, el mayor edificio del mundo en 1944, con 152 mil m2 cubiertos , y el de mayor demanda eléctrica exclusiva (necesitaba su propia planta térmica de 238 MW para funcionar). Aún así, su producto no llegaba ni remotamente al enriquecimiento del 95% que pedían los diseñadores de “Little Boy”, la bomba atómica de uranio testeada en Hiroshima. Para eso, hubo que alargar la cadena de enriquecimiento con los “calutrones” terriblemente ineficientes de la planta anexa Y-12, un cuello de botella intratable, pero que daban un producto más puro. La bomba «Little Boy» que finalmente se arrojó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 tenía 64 kg. de uranio enriquecido a un 80% promedio, pero la lentitud de ambos sistemas garantizaban que no volvería a haber una nueva «Little Boy» hasta diciembre de aquel año. A la luz de ello, el proyecto Manhattan se estaba concentrando desde 1943 en la bomba de plutonio 239 (“Trinity”, testeada en Los Álamos, “Fat Man”, detonada en Nagasaki). Ese material más barato y más físil salió del complejo de reactores plutonígenos y plantas de “repro” en Hanford, pero también tenía problemas de contaminación con isótopos indeseados (básicamente, el plutonio 240). Pero se pudieron resolver a fuerza ya no tanto de física como de pura ingeniería.
Una evaluación rápida del Manhattan, 72 años más tarde y cruzando distintas fuentes, todavía sorprende por algunas cifras. Un proyecto bélico masivo, que empleó un total de 500.000 personas, originado en épocas en las que se sabía bastante poco de radiodosimetría, y cuyo objetivo era matar rápidamente un número descomunal de alemanes o en su defecto, de japoneses, sólo provocó dos excursiones críticas. Y ambas sucedieron con el carozo de una misma bomba, en Nuevo México. Y éstas mataron a tres personas, punto.
Sin embargo, hubo contaminación masiva de tierras, aguas y salmónidos en el río Columbia. Las aguas de éste se usaban para refrigerar el reactor plutonígeno de Hanford, así como para insumo hidrometalúrgico en la planta de “repro” adjunta.
Puede parecer absurdo, pero este último chorro de efluente industrial se almacenaba unas horas en un piletón abierto de casi 26 millones de litros, para descomposición radioactiva inicial de los productos de fisión de vida media más corta. Luego ese efluente radioactivo casi crudo se desechaba en el Columbia, sin ningún otro tratamiento o filtrado, y así se recorría el resto del río hasta su salida sobre el Pacífico. Su ruta.
Los piletones de retención temporaria de fluídos radioactivos de Hanford. El efluente se dejaba decaer unas horas y se tiraba luego al río Columbia, visible al fondo. El resultado: salmones que brillaban de noche.
Solo considerando el lado químico de la cuestión, la acidez se comía el concreto y el acero de las cañerías diseñadas apresuradamente y con materiales poco aptos. El lado radiológico era peor: en 1983, empezaron a desclasificarse documentos que indicaban contaminación con plutonio en los barros del Columbia más de 80 kilómetros aguas debajo de Hanford.
El general Leslie Groves y su manyaoreja, el teniente coronel Colin Mathias, recibieron quejas rarísimas de las reservas indígenas Yakima y Nez Percé situadas corriente debajo de Hanford: truchas y salmones que brillaban de noche. Groves y Mathias se plantearon si lo correcto era detener el complejo hasta investigar los efectos sobre la gente ribereña, unos malditos indios aislados y sin acceso a medios, o ganar la maldita guerra de una maldita vez. ¿Adivina qué decidieron? Exactamente.
Pero como no eran idiotas y en los EEUU la prensa no siempre es totalmente controlable, iniciaron también un programa de estudio de la radioactividad sobre la vida acuática. Para ello, contrataron a dos ictiólogos, Lauren Donaldson y Richard Foster, y les pusieron un laboratorio para estudios preliminares sobre alevinos de salmónido, y la consigna de no encontrar nada serio. Donaldson y Foster cumplieron a medias: descubrieron cosas asombrosas y desconocidas.
Primero, que incluso con el efluente de Hanford atemperado por el colosal factor de dilución de un río gigante como el Columbia, los peces entraban en colapso inmune, se llenaban de hongos y bacterias oportunistas. Literalmente, se pudrían vivos. El 99% no llegaba vivo a la madurez.
Lo otro que descubrieron hoy es un principio básico de la ecología: lo llamaron biomagnificación. Hoy es una de las bases matemáticas de esa disciplina. Dice que algunos contaminantes logran almacenarse en dosis crecientes a medida que se escalan las cadenas alimenticias.
Es decir que si hay X unidades de un determinado metal pesado en el agua, va a haber más en las algas, una concentración aún mayor en los organismos que las consumen, como el zooplancton, y números rampantes en los predadores del zooplancton, como los bagres. Y todavía habrá concentraciones mayores entre los predadores de bagres, como los salmónidos, y la peor es la que se ligarán los superpredadores de las cadenas tróficas. En el caso de Hanford, los osos pardos, los grizzly… y los indios Yakima y Nez Percé, pescadores de truchas y salmones.
Bueno, eso sucedía con los contaminantes químicos de Hanford, pero también con los radioactivos. Algunas truchas hacían crepitar a lo loco los contadores Geiger. Después de haber descubierto todo eso, Donaldson y Foster se callaron prudentemente la boca, acaso para no terminar contribuyendo a la contaminación del Columbia con sus propias personas y alguna ayuda de la Policía Militar de Groves. Los PM eran una presencia constante y pesadillesca en la vida diaria de todos los científicos del Proyecto Manhattan.
En Oak Ridge se enriquecía uranio traído desde el Congo Belga, África Occidental. Ese National Lab estaba situado sobre el río Clinch, un muy alto afluente del Tennessee en medio de los Apalaches. El atractivo para esa ubicación boscosa y escénica no sólo era la soledad, o el acceso al agua fluvial. Eran también las líneas de alta tensión de los muchos y bastante cercanos aprovechamientos hidroeléctricos del TVA, la Tennessee Valley Authority, autoridad federal de cuenca de la cuenca del Tennessee.
La TVA era un organismo con poderes extraordinarios y mandoneaba a su antojo a los estados del Tennessee, Kentucky, Mississipi, Alabama y Georgia, tan jarifos, sureños y orgullosos de su independencia que siempre lindaban con el secesionismo. La TVA les bajaba órdenes, les imponía diques y represas, y los estados ribereños se las tenían que bancar porque el organismo daba cantidad de puestos de trabajo, traía laburantes, fundaba pueblos y escuelas, reavivaba las economías, generaba electricidad a lo bestia y daba garantía contra las frecuentes inundaciones de la Alta Cuenca, la zona más boscosa, montañosa, deshabitada y semisalvaje del país, excepción hecha de Alaska.
La TVA había sido creada por Franklin D. Roosevelt en su lucha contra la Gran Depresión de 1929, ese tipo de cosas por las cuales los republicanos no lo llamaban estatista o populista, sino directamente comunista.
Regularizar el Tennessee es hacer lo propio con dos ríos aguas abajo del mismo: el Ohio y luego el mítico Mississipi. Con el TVA la del Mississipi se volvió la mayor cuenca hídrica navegable del planeta, y logró que casi todo puerto sobre ese río o sus grandes afluentes adquiriera capacidad de comercio de ultramar. En tiempos en que Mark Twain se hizo capitán de barco fluvial, allá por 1860, eso era casi imposible por las fluctuaciones de caudal y los arrecifes, que hundían rutinariamente su cantidad de barcos por años.
Volverse puertos de ultramar fue mucho decir para ciudades ubicadas cuadradamente en medio del continente norteamericano como Kansas City, Saint Louis, Paducah, Memphis, Little Rock, Tulsa, Birmingham, Atlanta, Jackson y Dallas. El «reformateo» del Missisipi le agregó nuevas costas intracontinente abiertas al mundo a un país industrial que ya tenía dos enormes costas, y bien llenas de puertos profundos, sobre el Atlántico y el Pacífico. No existe nada parecido en el resto del planeta.
Vuelvo al tema eléctrico. Aún en una red fluvial con tantos cerramientos hidroeléctricos como los de la TVA y con una población rural que todavía se iluminaba a querosene, al estilo de los Beverly Hillbillies, en la alta cuenca del Mississipi faltaba electricidad para el Programa Manhattan. La demanda de la planta de enriquecimiento de uranio K-25 era tan extravagante que se la tuvo que dotar de una central termoeléctrica propia, y de 283 MWe. La K-25 usaba el sistema, inventado por EEUU, de difusión gaseosa, muy poco eficiente en términos eléctricos, pero era el que había.
Es el mismo sistema que adoptó INVAP para construir Pilcaniyeu. Con una planta tan chica y la seguridad de que en algún momento la Argentina la sacaría del clóset, era un modo de calmarle el pánico a la OTAN: con un sistema de enriquecimiento tan pedorro, una planta tan minúscula y líneas eléctricas de tan pocos kilovoltios, tenía que resultar obvio que la intención no era militar.
En EEUU sí lo era y por eso se necesitaron 283 MWe térmicos para impulsar las miles de bombas de impulsión de un gas muy corrosivo, el hexafluoruro de uranio, a través de miles de membranas porosas que tendían a dejar pasar alguito más de uranio 235 que de uranio 238. Cada etapa de enriquecimiento generaba la materia prima de la siguiente. Y todo eso estaba bajo el techo del edificio mayor del planeta.
Pero dada la mediocridad del producto final al término de una cadena de miles de etapas separativas, a la monstruosa K-25 hubo que añadir el consumo eléctrico de la vecina unidad Y-12. Ésta era más un instrumento científico gigante que un verdadero fierro de producción. Efectivamente, funcionaba como un ciclotrón, un acelerador circular de iones, de uranio en este caso, rematado por un espectrómetro de masas.
En un espectrómetro de masas se somete el chorro de salida de un ciclotrón a un campo magnético. Esto divide el chorro en dos haces: el que llevaba isótopo de uranio más pesado, el 238, tendía a conservar más su dirección, por inercia newtoniana. En cambio, el haz con uranio 235, más liviano, es deflectado en un ángulo mayor, y pega en otro lado.
Repítase N veces en N etapas consecutivas. El sistema era lentísimo para acumular masa del producto deseado, pero al final lograba una pureza de uranio 235 imposible para la planta K-25 de difusión gaseosa.
Todos los procesos de enriquecimiento de un elemento o compuesto natural son así, tienen una cantidad de etapas proporcional a la pureza final, y aún los sistemas más eficientes gastan energía a lo pavote.
Tras haber consumido la mayor parte del tiempo, del personal y del dinero del Proyecto Manhattan, se llegó al 6 de Agosto con el uranio enriquecido para una sola bomba, y ésta resultó la peor de todas las armas atómicas. También sigue siendo la más famosa, pero sólo porque fue la primera: la de Hiroshima. ¿Quién se acuerda del nombre del segundo hombre en pisar la Luna?
Lo cierto es que no había sobrado U-235 para hacer siquiera un test con «Little Boy». Se hizo sobre la desdichada ciudad que inauguró oficialmente, para su mal, la era nuclear y su percepción pública. Funcionó bien, era de diseño muy sencillo y en general no había muchas dudas de que explotaría. Pero el uranio 235 enriquecido al 80% para una segunda Little Boy sólo estaría listo para Diciembre de 1945. Para hacer rendir a los japoneses con al menos un par de bombas más y hacerles creer que había más listas para ellos, hacía falta plutonio, no uranio.
Las plantas de enriquecimiento de uranio no tienen el potencial contaminante de las de reprocesamiento de plutonio. Oak Ridge, allá en los boscosos Apalaches, dejó una herencia más química que radioactiva en el paisaje: en 1983 se desclasificó que había vertido al río Clinch de más de 1 millón de toneladas de mercurio, y en 1988 se descubrió en los barros de White Oak Creek, kilómetros aguas debajo de Oak Ridge, una cantidad de PCBs (policloruros de bifenilo) muy cancerígenos.
Pero no eran nada nuclear: probablemente habían chorreado de los muchos transformadores eléctricos de la enorme planta, más o menos como en el AMBA sigue pasando con los «trafos» de bajada de tensión media a domiciliaria de Edesur y Edenor. Los aceites clorados son llamados «forever chemicals»: no desaparecen del medio ambiente. Por liposolubles, se almacenan en las grasas y se concentran en los seres vivos, y a mayor altura en la cadena alimenticia, mayor la concentración. La causa es ese fenómeno fundante de la ecología, la biomagnificación descubierta por Donaldson y Foster con los salmones llenos de productos de fisión del río Columbia, esos peces que brillaban de noche.
Oak Ridge cerró en 1964 y está llena de contaminantes químicos a gestionar.
La situación de Hanford es incomparablemente peor. Pero sobre ella hablé en el capítulo anterior a éste.
En New Mexico, esa vasta villamiseria de tablones y chapa acanalada donde debatieron 700 grandes físicos y se diseñaban y armaban las bombas, hubo una cantidad inevitable de muertes, bastante propias de la industria de la construcción, para peor dirigida por militares. En ese contexto ni se te ocurra hablar de sindicatos.
Hablo de al menos 24 muertos, casi todos mecánicos, operadores de equipos pesados, carpinteros de obra y trabajadores no calificados. Entre ellos se observa una desproporción de apellidos hispánicos (Ruybal, Montoya, Salazar, Baca, Lovato, Aguilar, etc,). No es casualidad: los accidentes de construcción sucedieron casi todos en New Mexico, uno de los estados que el Tío Sam le robó a México en el siglo XIX, y que en 1943 seguía tan hispánico, precario, subdesarrollado en lo económico, técnico, urbano y educativo, que tenía más ganado que habitantes humanos.
Si ampliamos el panorama al resto del Proyecto Manhattan, diseminado en 9 instalaciones gigantescas ubicadas en 5 estados muy distantes entre sí, hay un total de 3789 accidentados con secuelas discapacitantes, pero ningún muerto más que dos físicos demasiado audaces y un soldado por accidentes nucleares y exposición a radiaciones. No es simplemente raro, va de frente contra las estadísticas industriales de ayer y de hoy. Me lo imagino pensando que esto es puro “bullshit”.
En 1986 el ing. Abel González, la referencia mundial del OIEA en radioprotección, me dijo que en los reactores plutonígenos, fueran yanquis o soviéticos, “el personal se irradiaba hasta las pelotas”. Me puedo imaginar sin esfuerzo que el reprocesamiento posterior de la torta de plutonio acumulada por yanquis y soviéticos durante la Guerra Fría debe haber sido un asunto muy desprolijo. ¿Control civil del asunto? Olvídate, cariño.
No sobran los historiadores críticos del Manhatan, ni testigos vivientes de sus presuntos fallos en radioprotección. El proyecto involucró el manejo de todo tipo de explosivos convencionales, además del uso de cantidades descomunales de energía eléctrica y de sustancias corrosivas, o infernalmente tóxicas, o al menos de toxicidad hasta entonces desconocida. Esas cosas suelen matar laburantes.
Un ejemplo: hubo casos fatales por inhalación de polvo de berilio, como consecuencia del maquinado de piezas de este metal que se usa como “espejo” o “fuente” de neutrones. Fue un “first timer” histórico. Nadie había aspirado polvo de berilio en toda la historia y probablemente tampoco en la prehistoria humana. El berilio no figuraba en los manuales de toxicología. Y sin embargo, ése, el primer accidente fatal por aspiración de berilio, aunque sucedido en un laboratorio de armas atómicas, sigue sin ser en absoluto un accidente radioactivo o radiológico.
El 2 de septiembre de 1944, en un ínfimo laboratorio de enriquecimiento de uranio en los astilleros de US Navy en Filadelfia, tres ingenieros químicos trataban de destapar con un soplete un caño obturado por el que circulaba hexafluoruro de uranio, material entonces novísimo para cualquier profesional.
El hexafluoruro es jodido de manejar porque pasa de estado gaseoso a sólido casi sin preaviso y tapa cañerías. Y destaparlas ya es asunto de riesgo. Pero además estaba en proximidades de otro por el que circulaba vapor seco caliente. Este último caño de vapor estalló vaya a saber por qué, reventó el de hexafluoruro, y los tres expertos quedaron de pronto bañados en una nube de ácido fluorhídrico formado por la combinación instantánea del vapor de agua con los 6 átomos de flúor liberados bruscamente de cada molécula de hexafluoruro. Otro «first timer» histórico.
El fluorhídrico es el ácido más potente de la química inorgánica: disuelve el vidrio, y lo hace muy rápido. Los ingenieros no se disolvieron pero murieron en minutos, de quemaduras químicas. ¿Accidente nuclear? Estrictamente hablando, no. ¿Químico? Sí, y con probable afectación –por inhalación siquiera breve de vapor de ácido fluorhídrico- de toda la tripulación del acorazado USS Winsconsin, anclado en las cercanías.
Si eso tuvo impacto epidemiológico, no se sabe: la US Navy, la Marina, no dijo ni «mu». El ya general Groves, mandón supremo del Proyecto Manhattan, era un experto en barrer su mugre bajo la alfombra y a fecha de hoy no hubo destapes al respecto. El mayor (y único) usuario de hexafluoruro de uranio en 1944 era la planta industrial K-25 de Oak Ridge, entonces también el mayor edificio del planeta, y en su larga vida operativa jamás hubo derrames de hexafluoruro de uranio. Si es verdad, mejor.
Tampoco hay reportes de rampas críticas entre caños o tanques contiguos en la planta de “repro” de Hanford. Ningún fogonazo azul. El medio ambiente y los fogonazos azules no interesaban un comino en los ’40, pero sí mantener el inmenso secreto de un Programa con medio millón de empleados directos e indirectos, y ganar rápido la guerra.
Me inclino a creer que algo de verdad hay en la falta de muertos por irradiación en el Programa Manhattan, salvo los casos que ya reporté de los físicos Daghlian, Slotin y el pobre soldado de guardia Hemmerlich. Habría sido imposible mantener un buen nivel de supresión de chismes en plantas con abundancia de accidentes radioactivos.
Tras la rendición de Berlín pero un poco antes de los ataques nucleares contra Japón, la inteligencia aliada juntó a la craneoteca nuclear alemana. Allí se amucharon nada menos que Werner Heisenberg, Carl von Weiszäcker, Otto Hahn, Kurt Diebner, Walter Gerlach, Paul Harteck, Max von Laue y Karl Wirtz. Estaban viviendo a lo grande en la mansión campestre británica de Farm Hall, donde había micrófonos hasta en los baños, y donde se los dejó ostensiblemente a solas.
Lógico, los tipos se sabían espiados, pero estuvieron meses viviendo allí, y nada puede hacer que un físico rodeado de físicos no termine discutiendo sobre física, y nadie puede hacerse el idiota tanto tiempo. La transcripción en inglés de las grabaciones revela que aquellos prisioneros de lujo no tenían la más mínima idea del Proyecto Manhattan: pasaron la guerra creyéndose la super-élite de la física atómica, sin poder avanzar gran cosa en la fabricación de plutonio por falta de agua pesada primero, y porque el que lograban sintetizar en su reactor experimental de Haigerloch estaba sobreirradiado y tenía demasiado isótopo 240.
Cuando Heisenberg y compañía, los encargados de hacer la bomba atómica para Hitler, recibieron la noticia de que los EEUU había pulverizado Hiroshima, se quedaron atónitos. Pese a que Heisenberg tenía algún informante en Suiza que retransmitía información originada en Inglaterra, don Werner no tenía maldita la idea de lo que habían avanzado los EEUU por su cuenta.
Sin quitarle méritos a Edgar Hoover y su gran telaraña, el FBI, donde quedaron pegados bastantes espías y saboteadores nazis en la industria de guerra yanqui, la vanguardia de la física nuclear alemana no se enteró siquiera de la existencia del proyecto Manhattan, pese a sus muchas instalaciones de tamaño monstruoso. Y esto fue en parte posible porque éstas estuvieron razonablemente libre de accidentes específicamente radiológicos. Como mostró la experiencia de posguerra (ver casos de Slotin, Daghlian y Hemmerlich) los resultados de una gran exposición instantánea a rayos gamma y neutrones a veces pueden ser inocultables.
La reacción de Otto Hahn cuando se entera de lo de Hiroshima es gritarle a sus colegas: “Si los americanos tienen la bomba de uranio, es porque Uds. son todos una manga de segundones”. Para un idioma como el alemán, donde los insultos se dirigen a la inteligencia o a la autoridad social (o más bien a su falta) y rara vez tienen una raíz escatológica o sexual, lo de «segundón» sonó fuerte. Y Hahn tenía razón: los mejores físicos nucleares de Europa, incluidos los alemanes, se habían fugado en la preguerra a EEUU, en general por ser judíos ellos mismos o por tener esposas judías. Qué manera de tirotearse los pies, los superhombres arios antisemitas.
Comparado con la accidentología habitual de la toda la industria estadounidense del momento, considerando todas sus múltiples ramas, el Proyecto Manhattan está un 62% abajo. Y habida cuenta de las cantidades de materiales radioactivos que se manejaron en cantidades industriales que sólo se habían testeado a escala de laboratorio, la accidentología por “excursiones críticas” en las plantas de “repro” en distintas partes del mundo parece cercana a cero.
Fuera de los Yakima y Nez Percé, de los que significativamente no se sabe nada, no parece haber muerto gente por accidentes o por irradiación lenta causada por especies radioquímicas. Lo que sí sucedió, fundamentalmente en New Mexico, es gente muerta cuando A le pegó un tiro a B, o el hijo de C se ahogó en una pileta, o porque al carpintero X el operario D le pasó con una topadora por encima. Las tragedias de casi todo obraje gigante con contratistas sin entrenamiento ni una cultura de seguridad laboral.
Y sin embargo también hubo –y queda para que la gestionen varias generaciones de estadounidenses- una cantidad espantosa de líquidos simultáneamente corrosivos y radioactivos mal gestionados en Hanford. Duermen desde hace décadas en recipientes deteriorados. Estos pierden y han contaminado de modo probablemente irreversible suelos y acuíferos.
La seguridad laboral puede haber sido una prioridad del Manhattan. Aparentemente lo fue, probablemente por imposición de las agencias de contraespionaje, que no querían juicios ni periodistas, y la cautela casi inevitable en un proyecto dirigido por científicos de mediana edad, que sabían que estaban lidiando con sustancias y procedimientos peligrosos, pero a ciegas y sin el beneficio de guía alguna de manejo o de límites de exposición. Toda la biblioteca de la radioprotección todavía no había sido escrita.
Lo claro, lo sorprendente, es constatar que hasta los años ’70 la idea misma de impacto ambiental prácticamente no existía en ninguna industria, y menos que menos en el ámbito militar. El único reprocesamiento de escala en los EEUU, conviene recordar, ha sido, es y sigue siendo asunto del Pentágono: en su apogeo de guerra tenía por objetivo llegar a muchos megatones termomecánicos para matar alemanes y/o japoneses, no por llegar a muchos megavatios eléctricos para iluminar a sus compatriotas.
Luego la prioridad pasó a matar soviéticos, lo que requirió de plantas inmensamente mayores y en general libres de intromisión civil. Otro tanto se puede decir de las instalaciones homólogas de la extinta URSS.
Pero la historia del reprocesamiento civil es bien distinta en todo el mundo. No estábamos condenados a hacer las idioteces de los yanquis. En buena parte, porque ya las habían hecho ellos.
Los meses de invierno suave son siempre ajetreados para Revathy K, neumóloga de Bombay, pero los últimos meses han sido especialmente agitados. En noviembre, un repentino descenso de las temperaturas oceánicas frenó los vientos que normalmente desplazan el polvo de la construcción, los escombros y los humos del tráfico de la ciudad. El enlace marítimo Bandra-Worli, un puente que conecta el centro de la ciudad con sus suburbios del norte, desapareció tras una cortina de smog cuando la calidad del aire de la ciudad bajó a «muy mala», superando brevemente a Delhi, la ciudad más contaminada del mundo.
«Muchos pacientes llegaban con sibilancias», explica K., algo que suele ocurrir en pacientes con asma o trastornos relacionados con el tabaquismo. En pocos meses, de noviembre a enero, los médicos de Bombay informaron de un aumento de la tos crónica y persistente, junto con la temporada anual de gripe. «Se trata de pacientes que nunca habían tenido síntomas alérgicos, pero que ahora acuden con síntomas parecidos a los de la bronquitis aguda», dice K. (que, como muchos indios, usa una inicial como apellido).
La contaminación atmosférica de la India es una catástrofe continua que no muestra signos de desaceleración. Un informe de 2022 del think tank Centre for Research on Energy and Clean Air concluyó que «casi toda la población de la India» está expuesta a una contaminación atmosférica superior a las directrices establecidas por la Organización Mundial de la Salud. Se calcula que en 2019 la contaminación atmosférica mató a 1,6 millones de indios.
Mientras fracasan los intentos de solucionar el problema en su origen, un nuevo tipo de desigualdad se está afianzando en las ciudades indias. Frente a una calidad del aire potencialmente mortal, los indios más ricos pagan por respirar sin problemas, lo que ha creado un mercado en auge de purificadores de aire que, según las previsiones, crecerá un 35% hasta alcanzar los 597 millones de dólares en 2027. Pero en un país ya dividido económicamente en función de la casta, el sexo y la religión, donde el 63% de la población paga la sanidad de su bolsillo y el 10% de la población posee el 77% de la riqueza, pagar por un aire respirable no es una opción para la mayoría.
«Estamos normalizando un mundo que apenas valora la naturaleza y los derechos naturales: necesidades básicas como el agua potable, el aire puro y no contaminado o el espacio para los peatones no forman parte de la planificación urbana ni conciernen a nuestra conciencia colectiva», afirma Suryakant Waghmore, profesor de sociología en la Universidad de la India
Instituto de Tecnología de Bombay. Waghmore dice que los purificadores purifican el aire para los privilegiados «mientras se deja que el público se pudra y se degrade».
Mientras una ola de frío azotaba Bombay en enero y la gente se ponía jerséis y pasamontañas para entrar en calor, en el aire flotaba una bruma polvorienta que a veces se apelmazaba en las hojas y se amontonaba en las esquinas. Las carreteras seguían congestionadas por el tráfico, y los residentes más pobres de la ciudad recurrieron a las hogueras de contenedores, quemando restos de madera, caucho y plástico para mantenerse calientes.
Timothy Dmello, que pasa 12 horas al día al aire libre como paseador de perros remunerado, dice que empezó a notar el empeoramiento de la contaminación atmosférica cuando subía y bajaba por el paseo de Carter Road, un tramo bordeado de palmeras flanqueado por apartamentos de famosos de Bollywood que dan al mar Arábigo. Dice que no se ve el horizonte con claridad.
La mujer de Dmello está en diálisis renal; él aceptó un trabajo como paseador de perros porque el horario flexible le permitía pasar más tiempo con ella y su hija de 14 años. En casa, el polvo del exterior se acumula, mientras que fuera está expuesto a humos y partículas. Demello dice que a veces respirar es un problema.
Ha visto purificadores de aire en el hospital, pero el coste -los modelos más baratos cuestan a partir de 6.000 rupias (72 dólares)- está fuera de su alcance. Como la mayoría de la gente que conoce, este invierno enfermó de tos y resfriado y no pudo trabajar.
El 60% de los casi 1.300 millones de habitantes de India viven con menos de 3,10 dólares al día, por debajo del umbral medio de pobreza del Banco Mundial. Sin contar a los trabajadores agrícolas, el 18% de la población del país trabaja al aire libre.
La exposición a altos niveles de PM 2,5 ambiental (partículas de menos de 2,5 micrómetros, que se quedan atrapadas en los pulmones de las personas) puede causar enfermedades mortales como cáncer de pulmón, accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardíacas. Las muertes relacionadas con la contaminación por PM 2,5 se han más que duplicado en los últimos 20 años, cobrándose 979.900 vidas en 2019. Es más, según el Informe Mundial sobre la Calidad del Aire 2022, la contaminación atmosférica le cuesta a la India 150.000 millones de dólares al año.
En 2019, cuando 102 ciudades de la India incumplían las normas de contaminación atmosférica del país, el gobierno puso en marcha un Programa Nacional de Aire Limpio. Menos de cinco años después, el número de ciudades incumplidoras ha aumentado a 132.
Los gobiernos nacionales y estatales han intentado sin éxito abordar la crisis de la calidad del aire. En Delhi, el partido Aam Aadmi, que gobierna la ciudad, probó un plan de «pares-impares» en 2016, cuando la calidad del aire bajó considerablemente. Los vehículos privados con matrículas acabadas en números impares podían circular los impares, y los que tenían números pares, los pares. Los ecologistas dicen que tuvo un impacto mínimo en los niveles de contaminación del aire. Delhi, así como la cercana Gurugram, que es un importante centro tecnológico, también han probado soluciones tecnológicas.
En 2021, el Tribunal Supremo ordenó al gobierno de Delhi que instalara dos enormes «torres de niebla tóxica» de 24 metros de altura para filtrar las partículas del aire, mientras que Gurugram ha puesto en marcha un sistema de «torres de niebla tóxica».
instalar purificadores de aire exterior. En febrero, la Corporación Municipal de Bombay anunció planes para instalar 14 purificadores de aire en toda la ciudad.
Sin embargo, los expertos creen que estas medidas son un callejón sin salida. «Los purificadores no funcionan», afirma Ronak Sutaria, fundador de Respirer Living Sciences, una startup de datos urbanos que vigila la contaminación atmosférica.
«Creo que hay un amplio consenso entre los investigadores de la comunidad científica en que los purificadores no resuelven el problema».
Los purificadores de aire exterior son el último recurso cuando han fracasado otros métodos de control de la contaminación, según Pallav Purohit, investigador principal del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados de Austria. «Sólo tiene sentido utilizar purificadores de aire cuando los métodos tradicionales de control de la contaminación son insuficientes», afirma. «El déficit de la mayoría de los sistemas de purificación del aire exterior es un área de cobertura limitada, una eficacia limitada y un coste elevado».
Purohit afirma que los purificadores crean estrechas columnas de aire purificado que sólo benefician realmente a las personas que están cerca de ellos durante un largo periodo de tiempo.
Tras la crisis de la calidad del aire de Bombay este invierno, los críticos acusaron a la administración de Maharashtra Junta de Control de la Contaminación de trasladar los sensores de calidad del aire a zonas «más limpias» de la ciudad. Mientras tanto, los habitantes más ricos de la India han tomado cartas en el asunto.
Las marcas de purificadores de aire se han convertido en tema de conversación habitual entre los residentes de clase media. Las personas que pueden permitírselo se trasladan de casas con aire purificado (donde cada habitación suele tener su propio purificador) a tiendas y centros comerciales con aire purificado, conduciendo coches con aire purificado. Las marcas han reclutado a estrellas del críquet y famosos de Bollywood, publicidad en periódicos en inglés, redes sociales y vallas publicitarias.
Si hemos de creer la combinación de anuncios y cobertura informativa, respirar aire en la capital de la India equivale a 50 cigarrillos al día durante Diwali, un festival hindú en el que mucha gente explota petardos, y a 10 cigarrillos al día durante el invierno. Para un anuncio del Día de la Independencia de la India, Sharp sugiere «Impurities Quit India», en referencia al movimiento «Quit India» de la lucha por la libertad de la India. Los artículos de prensa responden a cada repunte de la mala calidad del aire con consejos sobre purificadores de aire: «5 purificadores de aire que le ayudarán a respirar aire limpio», reza uno de ellos; «¿Planea comprar un purificador de aire ante la caída del índice de calidad del aire? Conozca los costes y otros factores», dice otro.
Deekshith Vara Prasad, fundador y CEO del purificador de aire AirOK Technologies, fabricado en la India, dice que las ventas de su compañía han crecido un 18% desde 2018. (Los purificadores de aire de AirOK Technologies se utilizan en gran medida en hospitales y oficinas).
Prasad afirma que el aumento de la demanda ha dado lugar a productos de calidad inferior en el mercado. Para que funcionen en el aire de las ciudades indias, los purificadores tienen que filtrar partículas finas, hongos, bacterias, virus y gases tóxicos como el azufre y los óxidos nitrosos. Hay «cientos» de contaminantes, dice.
«Si elimino dos contaminantes, puedo afirmar que ‘elimino contaminantes'».
Las fronteras de los espacios privados, como las oficinas y, cada vez más, los hoteles -que a veces se comercializan en función de su purificación del aire- son un claro ejemplo del acceso desigual al aire limpio. Los porteros, aparcacoches, botones y guardias de seguridad que trabajan en las entradas y salidas de estos edificios no respiran el aire purificado del que disponen los que están dentro.
Waghmore afirma que esta división se cruza con las desigualdades sociales de la India en torno al estatus y la casta, y que los purificadores de aire no hacen sino consolidar la ideología de la «pureza» como algo fundamental en la vida de la casta dominante.
Esta desigualdad tiene graves consecuencias, pues los miembros de las castas desfavorecidas ya se enfrentan a considerables barreras para acceder a la atención sanitaria.
Waghmore afirma que el sentimiento exacerbado de individualismo privilegiado -donde los ricos disponen de medios para valerse por sí mismos- «tiene las peores consecuencias en los países pobres, donde los gobiernos aún no invierten moral y económicamente en infraestructuras públicas y transportes para contrarrestar la degradación medioambiental».
K, que trata regularmente a quienes sufren la desigualdad de la contaminación atmosférica en India, lo expresa de forma más concisa. «No creo que la gente deba vivir con esto», dice, y añade que todo el mundo debe adoptar soluciones reivindicativas. «Si no tienes algo tan básico como aire fresco, ¿qué sentido tiene vivir en nuestro país?».
La minera canadiense Blue Sky comenzará un nuevo programa de exploración en el yacimiento Ivana del proyecto de uranio Amarillo Grande, en la provincia de Río Negro. Perforará 1.200 metros en un total de 24 pozos.
La compañía minera canadiense Blue Sky, una empresa perteneciente al Grosso Group del empresario minero Joseph Grosso, comenzó un nuevo programa de perforación exploratoria en el proyecto de uranio Amarillo Grande, ubicado en la provincia de Río Negro. Perforará 1.200 metros en el yacimiento Ivana Este, una zona del proyecto que todavía no había perforado. El proyecto Amarillo Grande tiene una extensión total de 300.000 hectáreas.
El programa de perforación en el depósito Ivana Este “es una continuación de la perforación de exploración por etapas de cuatro objetivos de alta prioridad del yacimiento Ivana, donde también se incluye los depósitos Ivana Norte, Ivana Central y Cateo Cuatro”. En los yacimientos Ivana Norte y Central la compañía completó la perforación inicial, donde perforó 1.900 metros en 50 pozos. Ahora comenzará a perforar 24 pozos más enIvana Este, mientras que en Cateo Cuatro tiene un programa de perforación planeado para completarse en el futuro.
El yacimiento Ivana (que tiene cuatro zonas) fue descubierto en 2011 y es el objetivo central de Blue Sky en el proyecto de uranio Amarillo Grande, que a su vez cuenta con otros dos yacimientos: Anit, descubierto en 2006, y Santa Bárbara, encontrado en 2008. En Ivana, la minera canadiense tiene realizada la estimación de recursos y una evaluación económica preliminar. La característica principal del desarrollo es que el recurso de uranio está alojado cerca de la superficie. Además de uranio, el proyecto cuenta con vanadio, un metal que se utiliza para la producción de acero.
El proyecto de uranio y vanadio Amarillo Grande en Río Negro comenzó la exploración en 2006. Blue Sky cuenta también con otros proyectos de uranio en Chubut conocidos como Sierra Colonia, Tierras Coloradas y Cerro Parva, pero por ahora están paralizados.
Nueva perforación
El nuevo programa de perforación de Blue Sky en el yacimiento Ivana completará 1.200 metros en 24 pozos, que tendrán 40 metros de profundidad en promedio, según informó la minera. El objetivo del programa “es probar la presencia de mineralización de uranio depositada dentro de conglomerados de alta porosidad en areniscas relacionadas con un entorno de canal basal. Este subtipo de depósito de arenisca de uranio es el modelo definido para el depósito de Ivana”, añadió Blue Sky.
El programa de perforación se ejecutará con un equipo de perforación sobre orugas Morooka MST-1500. Los pozos serán verticalmente y se recolectarán muestras en cada metro perforado, que se analizarán mediante secado, trituración, desmenuzamiento y pulverización. También otras muestras se enviarán a Perú.
Los estados miembros de la ONU lograron este sábado un acuerdo para crear el primer tratado internacional de protección de la altamar, destinado a contrarrestar las amenazas que pesan en ecosistemas vitales para la humanidad.
El marco legal, conocido como “Tratado de alta mar”, colocaría el 30% de los océanos del mundo en áreas protegidas, destinaría más dinero a la conservación marina y cubriría el acceso y el uso de los recursos genéticos marinos.
“El barco llegó a la costa”, anunció la presidenta de la conferencia, Rena Lee, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York poco antes de las 21:30 hora local, entre los aplausos de los delegados.
El Secretario General de la ONU, António Guterres, felicitó a los países miembros de las Naciones Unidas por haber terminado un texto que busca garantizar la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica marina de áreas fuera de la jurisdicción nacional. Se trata de un gran avance después de casi dos décadas de negociaciones, dijo.
La ONU logró un histórico acuerdo para crear el primer tratado internacional de protección de la altamar. (AP)
Tras dos semanas de intensas conversaciones en la sede de la ONU, incluida una maratónica sesión nocturna entre el viernes y el sábado, los delegados ultimaron un texto que no puede sufrir alteraciones significativas. El acuerdo se adoptará formalmente una vez que haya sido examinado por juristas y traducido a las seis lenguas oficiales de las Naciones Unidas, anunció Lee.
La importancia de la altamar
La altamar comienza donde terminan las Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) de los Estados, a un máximo de 370 km de la costa, por lo que no está bajo jurisdicción de ningún país. Ocupa la mayor parte del océano (un 64%) y aunque existen normas y entes sectoriales para regular algunos aspectos, como el tráfico marítimo o la pesca, no hay ningún instrumento internacional centrado en la protección de la biodiversidad marina.
Guterres sostuvo que el tratado es crucial para abordar la triple crisis planetaria del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
Con los avances de la ciencia, se ha demostrado la importancia de proteger todos estos océanos con una biodiversidad a menudo microscópica, que proporciona la mitad del oxígeno que respiramos y limita el calentamiento climático al absorber una parte importante del CO2 que genera la actividad humana.
Impactos del tratado en América Latina y en Argentinas
El chileno Maximiliano Bello, experto en políticas oceánicas internacionales y uno de los principales impulsores de las áreas marinas protegidas en América Latina, indicó en declaraciones exclusivas a La Nación que “menos del 1% de la altamar está actualmente protegida, y una de las consecuencias es que países con economías altamente subsidiadas siguen pescando sin tener mayor control. Las reglas las ponen ellos. La sobrepesca es el gran problema que se genera, es la principal amenaza del océano. Este manejo no es ecosistémico. Se sigue extrayendo y destruyendo parte del patrimonio que, en realidad, nos pertenece a todos.”
Anoche volamos a 5000 pies sobre la flota pesquera extranjera que depreda nuestros mares, y provoca desastres ecológicos. No estaban en la milla 201, estaban bien adentro de nuestras aguas territoriales. pic.twitter.com/4UdD146XxL
Acerca de cómo podría impactar este nuevo tratado en América Latina, Bello dijo que podría ser muy positivo, “porque estaríamos en condiciones de controlar las flotas de países ricos que están sacando todos los recursos que son transzonales. La actividad de los barcos de naciones como China, que están pescando fuera de Argentina durante la temporada del calamar, tiene efectos sobre un ecosistema que no tiene límites. O sea, la Argentina llega hasta las 200 millas de su zona económica exclusiva, pero los calamares y las especies que consumen esos calamares no saben dónde está el límite, no se resguardan en las aguas argentinas. Y todo lo que está pasando por fuera de las 200 millas va a impactar de manera directa sobre el ecosistema, sobre la economía y sobre la gente que vive de esos recursos.“
En sus cinco años de vida, el Instituto de Tecnologías Nucleares para la Salud (Intecnus) se ha erigido en un actor clave del sistema sanitario argentino. DEF visitó su sede, en el corazón del Centro Atómico Bariloche, y conversó con sus autoridades
Bajo el modelo de la Fundación Escuela de Medicina Nuclear (Fuesmen) y de la Fundación Centro Diagnóstico Nuclear (FCDN), Intecnus es un nuevo actor del ecosistema de salud pública argentino. Atención médica, innovación tecnológica y formación de excelencia se conjugan en este centro, dotado de equipamiento de última generación y de un plantel multidisciplinario, que funciona en San Carlos de Bariloche desde diciembre de 2017.
Tal como explicó a DEF su gerente general, el ingeniero nuclear Luis Rovere, se trata de una “una fundación sin fines de lucro, pero con recupero de costos”, a imagen y semejanza de sus instituciones fundadoras, la Fuesmen, con sede en Mendoza, y la FCDN, que funciona en la ciudad de Buenos Aires. Ellas son, junto a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), las impulsoras de este ambicioso proyecto.
Médicos, físicos médicos y técnicos integran el plantel de profesionales conducido por Rovere, un rosarino que llegó a Bariloche a fines de la década del 70 para estudiar en el Instituto Balseiro y desarrolló la mayor parte de su carrera profesional para la CNEA en esta localidad rionegrina.
El Ingeniero nuclear Luis Rovere, gerente general de Intecnus
UNA AMPLIA GAMA DE APLICACIONES
Suele asociarse a la medicina nuclear con la radioterapia y los tratamientos oncológicos, uno de los focos de atención de Intecnus pero no el único. Su área de trabajo es mucho más amplia e incluye la cardiología, identificación de patologías neurodegenerativas, disfunciones renales, digestivas y de la tiroides, entre otras.
“La diferencia entre Intecnus y otros centros del país es la cantidad de cuestiones diversas que se atienden aquí, lo que nos convierte en centro médico único tanto para diagnóstico y tratamiento, como para la enseñanza y formación de profesionales”, destacó Rovere.
Ejemplificó algunas patologías difíciles de detectar, frente a las cuales son muy efectivos los equipos de última generación con los que cuenta Intecnus. Uno de ellos, señaló, es el de las prótesis de cadera que se pueden desprender del hueso. “Podemos determinar si ese desprendimiento es consecuencia de una inflamación o infección u otra patología”.
“Otras aplicaciones no oncológicas que atendemos incluyen ciertas inflamaciones resistentes a todo tipo de antiinflamatorios, que se reducen con radiación, y, a veces, también en caso de sangrados internos en distintos órganos”, añadió el gerente de Intecnus.
Intecnus cuenta con el tercer PET con resonador magnético instalado en América Latina
DE LA TECNOLOGÍA PET A LA RADIOFARMACIA
Al referirse al equipamiento de punta presente en el instituto, Rovere destacó que Intecnus cuenta con el tercer PET con resonador magnético instalado en América Latina. Se trata de un tomógrafo por emisión de positrones, que, combinado con la resonancia magnética de alto campo (PET/MR), permite evaluar con gran precisión las funciones de órganos y tejidos y ofrecer el diagnóstico adecuado.
“Tenemos también una instalación ciclotrón-radiofarmacia que nos permitirá producir radiofármacos. Nos va a dar la posibilidad de utilizar radioisótopos que tienen vida media muy corta y hoy no pueden llegar a Bariloche por los tiempos de vuelo”, precisó. Citó, en particular, el caso de un material radioactivo, el oxígeno 15, que va a consentir la realización de estudios de perfusión miocárdica y cerebral. La expectativa está puesta en la inauguración de la radiofarmacia este mismo año.
RESIDENCIAS Y ESPECIALIZACIONES
La formación de recursos humanos, cómo señalamos, es otro de los focos de Intecnus. En 2022, ingresó allí el primer residente en imágenes híbridas, que se obtienen a través de la fusión de imágenes metabólicas (PET) con imágenes anatómicas (CT, o bien RMN). El instituto también ha diseñado dos residencias en radioterapia y medicina nuclear, la primera de las cuales está asociada con la Universidad Nacional del Comahue, y la segunda se espera asociar con la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Suele asociarse a la medicina nuclear con los tratamientos oncológicos, pero su alcance es mucho más amplia e incluye la cardiología, identificación de patologías neurodegenerativas, disfunciones renales, digestivas y de la tiroides, entre otras (Fernando Calzada)
“Además, hemos presentado al Instituto Balseiro, dependiente de la UNCuyo y de la CNEA, un programa de formación inspirado en un proyecto del OIEA: una residencia clínica para físicos médicos”, añadió Rovere, quien recordó la escasez de este tipo de profesionales en todo el país. A su vez, indicó la intención de “establecer vínculos con el Ministerio de Salud de la Nación, con la expectativa de recibir algún apoyo financiero para las residencias clínicas”.
Un tema no menor es el déficit de viviendas en Bariloche, precisó la gerenta de Asuntos Jurídicos y Relaciones Institucionales de este centro médico, Natacha Vázquez. “Nos cuesta traer profesionales ya formados, porque es difícil localizar viviendas debido a la competencia que existe con los alojamientos destinados al sector turístico”, lamentó.
Lo cierto es que Intecnus sigue adelante con su apuesta por la formación y la investigación, al servicio de la salud. En solo cinco años desde su puesta en marcha, ha dado muestras de su vocación de servicio y su compromiso con la ciencia médica argentina.
La Armada Argentinay la compañía INVAP acordaron la construcción de un radar naval de vigilancia aérea y de superficie, basado en tecnología de barrido electrónico activo (AESA), para incrementar y mejorar la capacidad operativa de las unidades de superficie de la clase MEKO que actualmente conforman la flota de la Armada Argentina.
Del acuerdo rubricado entre el Gerente General de INVAP y el Jefe de Estado Mayor de la Armada se desprende que “…resulta indispensable que reemplazar y/o actualizar los radares Signaal DA05 con IFF instalados en las corbetas MEKO 140 y Signaal DA08 con IFF instalados en los destructores MEKO 360, por haber acumulado una gran cantidad de años en servicio y horas de operaciones sin actualizaciones. Esto ha ocasionado una marcada degradación en sus características operativas y una alta tasa de fallas, además de presentarse dificultad para la obtención de repuestos y componentes necesarios para su reparación y mantenimiento…”, por lo que el desarrollo de un radar naval AESA por parte de la empresa rionegrina resulta de vital importancia para recuperar y actualizar las capacidades de las principales unidades de superficie de la Armada.
Vale recordar que pese a que los destructores MEKO 360 y corbetas MEKO 140 han recibido algunos trabajos en los últimos años, usualmente los mismos se han limitado a tareas de mantenimiento generales y no al reemplazo y/o incorporación de sistemas que permitan actualizar e incrementar las capacidades de detección y ataque de los buques.
El desarrollo por parte de INVAP de un radar naval AESA para vigilancia aérea y de superficie permitirá a las corbetas y destructores MEKO la detección y seguimiento con precisión de blancos múltiples, con un extenso rango de detección y bajo todo tipo de condiciones climáticas. La incorporación de este tipo de tecnología a los buques de la Armada Argentina incrementará y mejorará considerablemente su capacidad operativa. Aún queda por definir cual será el primer buque en recibir el nuevo radar.
En cuanto a los alcances del contrato
INVAP entregará a la Armada los siguientes componentes:
Un sensor radar compuesto por: una unidad exterior (antena de radar); una unidad interior (unidad de procesamiento e interfaces); cableado del sistema para su instalación (20 metros) y un lote de repuestos.
Una consola de operación compuesta por: licencia software para la visualización de la información y control del sensor y hardware de consola de operación para el operador radar.
Los componentes necesarios para la integración del sistema radar en el buque y su instalación, cuya fase de ensayos se realizará bajo la modalidad “llave en mano”.
Integración del nuevo radar con una consola desarrollada por la Armada: la interfaz evía información desde los blancos del radar a la consola, y comandos desde la consola al radar.
Logística, manuales de operación y mantenimiento, cursos de capacitación y garantías de soporte con respuestos y asistencia técnica.
Un sistema de Identificación Amigo-Enemigo (IFF) integrado al radar. Estará compuesto por: antenas IFF; interrogador, respondedor e interfaces
Consolas como la del radar RMF200 y otra a desarrollar por la Armada, con su cableado, manuales, soportes y garantía.
Etapas del proyecto
La Cláusula Tercera establece que el proyecto tendrá una etapa única denominada ETAPA I, la cual conllevará el cumplimiento de diversos hitos a partir del inicio del proyecto T0 (se establece en el día hábil posterior al que se efectiviza el cobro del anticipo).
INVAP ya cuenta con amplia experiencia en el desarrollo de radares.
HITO 2 – T0 + 12 meses: Efectuar demostración con el prototipo MET 1 (propiedad de la empresa).
HITO 3 – T0 + 18 meses: Efectuar la demostración con el prototipo MET 2 (propiedad de la empresa).
HITO 4 – T0 + 24 meses: Efectuar la demostración con el prototipo MET 3 y consola (propiedad de la empresa), con ensayos de navegación a bordo de uno de los buques MEKO de la Armada Argentina.
HITO 5 – T0 + 34 meses: Montaje e integración para su instalación definitiva e integración con los demás sistemas.
HITO 6 – T0 + 40 meses: Recepción de la instalación definitiva en el buque designado. Este hito incluye las pruebas de aceptación en puerto y navegación del modelo pre-serie.
Durante el tiempo que dure el proyecto, INVAP trabajará con la Dirección General de Investigación y Desarrollo de la Armada.
Comentario de AgendAR
Los radares AESA difieren bastante de la icónica pantalla cóncava giratoria. Suelen ser placas planas, generalmente inmóviles respecto de la estructura portante. Como muchos radares desde la 2da Guerra, están formados por una grilla de múltiples unidades radiantes, que emiten y reciben. Llamémoslas «celdas», por ponerles un nombre. En un AESA grande, pueden ser miles.El desfasaje temporal de emisión de onda entre esas celdas genera interferencias. Éstas logran un haz de barridos rapidísimos más o menos hasta unos 60 grados respecto de la línea perpendicular de la pantalla. Con ello, el cono de espacio iluminado delante del AESA mide 120 grados de ancho. De ahí sale el nombre: Active Electronically Scanned Array, AESA, conjunto activo de escaneo electrónico.Si el AESA está montado en la nariz de un caza, es probable que tenga un barrido mecánico adicional, para poder leer el espacio aéreo hacia adelante no en un cono de 120 grados, sino en toda la hemiesfera frontal. Éste no es el primer AESA de INVAP, además: está el que se transporta en un «pod» ventral en el Pucará Fénix, que es de barrido lateral y transforma a este avión diseñado para contrainsurgencia en un AWACS de bajo presupuesto, y sobre todo, en una posible patrulla aérea marina.Las celdas múltiples tienen ventajas: amplifican las señales verdaderas de retorno y mitigan el ruido, porque éste genera retornos menos direccionales y fáciles de eliminar de la consola. Los haces de un AESA también carecen (bueno, casi carecen) de esas emisiones parasitarias que son los haces laterales. Estos estorban la ubicación azimutal del blanco en todo radar parabólico. Por el contrario, los AESA son altamente direccionales: muestran lo que está iluminando el haz principal, casi nada más, lo que es otro método más de eliminación de ruido y de determinación muy precisa del paradero del blanco iluminado. Pero además los haces emitidos por la pantalla de un AESA pueden ser decenas, y moverse independientemente unos de otros, siguiendo múltiples blancos a la vez, y con una rapidez de nanosegundos, que excede la de todo apuntamiento mecánico.Y todavía hay más ventajas: estos haces pueden ser de distintas frecuencias y distintas potencias, e incluso cada haz por su cuenta puede realizar saltos aleatorios de frecuencia. Con esto, un misil anti-radar enemigo probablemente tendrá que sudar la gota gorda para determinar si está «recibiendo» la iluminación de un radar puntual ubicado en tal o cual lugar, o si lo que percibe son ecos de decenas de otras fuentes tecnológicas de microondas dispersas en el campo de batalla. En suma, la pantalla del AESA deja de ser un objeto brillante y fácilmente detectable para una batería misilística enemiga, y se puede camuflar bastante dentro del entorno electromagnético caótico y múltiple de un campo de batalla, pasar como simple ruido de fondo. Detalle interesante, estas emisiones además pueden ser de baja potencia y entonces ser muy difíciles de pescar. Es más, se puede silenciar totalmente la pantalla y dejarla detectando en forma pasiva las demás fuentes activas de radiofrecuencia del campo de batalla. En esta modalidad espía, un AESA es casi enteramente indetectable. Eso depende bastante del uso de un material muy caro para las celdas: arseniuro de galio, enormemente sensible a ecos de baja intensidad. Un radar AESA tratando de pasar desapercibido no grita: cuchichea. Sólo que, si se quiere usar una emisión de alta potencia en la misma frecuencia que un radar enemigo, para interferirlo y «dejarlo sordo», puede agrupar toda su energía radiante en un haz único y hacerle percha los oídos a distancia al enemigo, en el sentido electromagnético, no sonoro. En suma, que si quiere, el AESA también grita. Pero en revancha, por su patrón tan randomizado e impredecible de emisiones, es bastante difícil interferirlo.Un AESA, además, es durable. La desconexión o quemado de algunas de sus mil o más celdas en general será gradual, con lo que el deterioro de la detección es paulatino, y el reemplazo de módulos averiados por nuevos es mucho más rápido y barato que el de toda una antena parabólica con su emisor.Con el fin de abaratar aún más el sistema, INVAP renunció a la idea clásica de poner una placa AESA fija en cada plano de la torre de alguna estructura alta de las MEKO-140, como ser la timonera. Y es que la 140 se presta poco para esto porque es una corbeta bastante petisa, y además de no haber lugar adonde poner cuatro pantallas, por número costarían más que una. Por ende, INVAP hace este AESA de barrido electrónico exclusivamente vertical, y en lugar de montarlo fijo sobre un puente lo pone sobre un mástil rotativo en los 360 grados del azimut. De modo que el resultado es AESA puro en el barrido vertical, pero mecánico en el horizontal.Como las amenazas para las corbetas suelen cosas rápidas como misiles y aviones, la pantalla plana de este AESA argento gira rápido, a 360 grados/segundo, de modo que da una información actualizada en tiempo casi real sobre amenazas en todo el horizonte. ¿Se puede tener información aún más actualizada? Sí, acelerando momentáneamente el giro sobre eje vertical. Pero con cuidado: es una pieza pesada, ya que las celdas son de sustancias cerámicas y tienen mucha circuitería y cableado detrás. Lo ideal siempre será una fragata con algún puente alto y cuatro placas AESA fijas en la obra muerta del buque, una mirando a proa, otra a popa, y dos más a babor y a estribor. Es lo típico en los destructores AEGIS de la Marina de los EEUU. Pero bueno, el que quiere celeste, que le cueste.¿Este AESA de INVAP sustituye al típico combo de dos radares convencionales con antena parabólica, uno de alerta temprana y otro de apuntamiento de misiles? Sí, cuando en el momento de lanzar un misil hasta su blanco, uno inmoviliza brevemente la pantalla giratoria. Si el misil es de los que combinan guiado terminal con un radar propio, sigue girando. De todos modos, este plan de 5 años hasta ubicar un radar de INVAP en una MEKO-140 tiene otros desafíos, y dadas las capacidades de la firma, son más políticos que tecnológicos.El primero es atravesar airoso un posible cambio de gobierno nacional en diciembre 2023, y luego otro más en 2027. Si gana Juntos por el Cambio, sus antecedentes son estos: entre 2016 y 2019 esa alianza suspendió todos los proyectos de radarización de INVAP, y no sólo de los radares militares de aviación, ejército y marina sino incluso meteorológicos. Hasta clavó años enteros a la empresa barilochense sin pagarle por sistemas entregados. Puede sonar muy antinacional pero no es nada frente a lo hecho antes por el presidente Carlos Menem: intentó vender las MEKO-140, todas ellas. Total, según los neoconservadores, a nosotros nos defiende la OTAN. ¿O no? Sí, como nos defendió en Malvinas.
La Armada, por su parte, nunca fue propensa al «Compre Nacional» en materia de tecnología. Eso, pese a que su nave más poderosa y compleja, el rompehielos Irízar, fue reconstruida íntegramente en los astilleros CINAR luego de un incendio que dejó intacto únicamente el casco, y ese barco volvió al mar repotenciado, como el rompehielos de mayores capacidades de romper hielo en toda la Antártida, y con un radar de tránsito aéreo de INVAP. Mucho menos complejo que un AESA, sin duda, pero anda joya desde 2007 y no necesita repuestos o mantenimientos importados, como el Plessey inglés de detección temprana. Algunas cabezas no cambian.
El otro problema que tendrá este AESA es que, aún desplegado en las 6 MEKO-140 de la Armada, no cambiaría demasiado la situación de incapacidad ofensiva de estas corbetas: tienen armas de tubo de la década del ’70, un cañón Breda de 76 mm., 4 Bofors de 40 mm. antiaéreos y 2 tubos de torpedos antisubmarinos, amén de varias ametralladoras calibre 50. Parece mucho para barquitos de 1400 toneladas, pero no se deje impresionar.
Las armas principales de las MEKO-140 fueron los misiles Exocet MM38, maravillosamente eficaces durante la Guerra de Malvinas (el crucero británico HMS Glamorgan pudo dar fe de ello el 12 de junio de 1982). Pero aún si siguieran funcionales, algo casi imposible, hoy esos viejísimos Exocet no tienen ni el alcance ni la electrónica que requiere un enfrentamiento naval moderno. Con armas de tubo, salvo que gasten municiones carísimas con espoletas programables durante el disparo para estallar de contacto, de proximidad o de enfilada, hoy, en una guerra entre estados nacionales, se está tan bien armado como con lanza y boleadoras.El Ministerio de Defensa tendrá que pensar en sistemas de desarrollo propio, o conjunto con Brasil o con otros países «outsiders» del BRICS y libres de todo componente OTAN, factible de boicot británico. En el largo desarme unilateral de la Argentina desde 1982 a esta parte, la Armada ha perdido buena parte de su capacidad funcional y razón de ser. Eso cambia algunas cabezas. El año pasado le encargó un helidrón RUAS-160 a INVAP que puede servir perfectamente de helicóptero ligero de detección y ataque para las MEKO-140, algunas de las cuales carecen no sólo de helicóptero sino incluso de hangar. Y ahora la Armada encargó también a los Astilleros Río Santiago un dique seco para reparación de otras naves capitales y auxiliares de la Flota de Mar. Lo importado tiene su glamour, pero lo nacional se paga en pesos y si no lo frenan, se entrega en tiempo y forma y el «service» es local. Como dice el Martín Fierro, «hasta la hacienda baguala/cae al jagüel con la seca».Daniel E. AriasRadar Thales NS50. Imagen: Thales
Cuando la actividad nuclear argentina está en riesgo, queremos repasar algunos momentos del largo esfuerzo que la construyóLos anteriores capítulos de la saga están aquiMUCHA OBRA DURABLE POR DESHACER, Y CÓMO LA FUERON DESHACIENDO
Ud. leyó el viernes pasado el capítulo XLV de la saga, pero hoy sonó el teléfono y era otro «apóstol» de aquellos 12 que se paseaban con Sabato y discutían. Y me llamó para discutirme y mandarme… a paseo. Por una vez, he sido fino.
Según él (y esas cosas las vivió, subrayó mi interlocutor, no se las relataron como a mí) los dos primeros laboratorios de reprocesamiento de la CNEA fueron la Unidad Alfa y el LR. Alfa estaba en el Centro Atómico Constituyentes, y el LR en el de Ezeiza, y los que realmente entendían del «business» de la recuperación de plutonio hasta el año 1973 fueron los doctores Juan Flegenheimer y Federico Kauffmann, así como varias veces mentado en esta saga, Carlos Aráoz.
Los tres fueron destituidos por las asambleas de aquel año en que la CNEA se horizontalizó totalmente. Creo que se hicieron muchas imbecilidades en ese tiempo.
A mi capítulo 45 mi interlocutor le cayó encima como los vikingos a París. Estuvo dos horas deshaciéndolo sin parar de hablar. Lo conozco desde 1986 pero jamás lo escuché tan enojado. El LPR, resumo según el, estaba sobredimensionado y mal hecho. Por lo demás, así como el uso de un ligerísimo enriquecimiento en el uranio natural de Atucha 1 terminó dando un resultado económicamente muy bueno, tratar de hacer lo mismo con plutonio reciclado no hubiera funcionado jamás.
¿Por qué?, traté de meter bocado. No porque Atucha 1 con su nuevo combustible no pueda quemar plutonio (de hecho, lo genera y quema a velocidades casi equivalentes). Eso me contestó mi interlocutor -sin haber oído siquiera la pregunta- sino porque a la hora de las cuentas, como «polenteador» del quemado, es diez veces más caro que el uranio.
¿Cuál plutonio es más caro que cuál enriquecido?, traté de conseguir un poco de precisión para ese dato vago. No me dio más información ni detalles, me mandó (euphemism alert!) «a paseo» y me estaba por cortar cuando le ofrecí que escribiera su propia versión de la historia del reprocesamiento, y así con su historia vivencial del asunto aclarara los tantos. Y que lo hiciera hoy en esta misma Saga Nuclear Argenta de AgendAR.
El tipo vive apurado. Lo pensó a velocidad warp y me contestó que no le da el tiempo para ello, porque tiene que cortar el pasto, ocuparse de sus nietos y tratar de que la próxima central nuclear argentina sea una CANDU y no una central de uranio enriquecido china, y eso último exige no poco pasillo, y a su edad…
Le contesté con sinceridad que si lograba lo de la CANDU, yo le cortaba el pasto y me ocupaba de sus nietos. Me mandó por tercera vez al mismo paseo que las dos anteriores, y esta vez sí me cortó.
Tras esta casi conversación, amén de un par anteriores con otros interlocutores y similar contenido y tono, sospecho que el Dr. Federico Kaufmann fue quien me hizo recorrer el LPR por dentro. Mis apuntes de 1987 sobre aquel viaje a Ezeiza no dicen nada al respecto, lo que es rarísimo: es posible que haya sido mi Cicerón y me haya pedido reserva. De Flegenheimer había oido hablar siempre bien, aunque en 38 años de periodismo jamás lo vi. A fines de 2021, la CNEA le hizo un homenaje conjunto a él y a Jorge Sabato. Ups.
Entre los discursos estuvo el del vicepresidente de la casa, Diego Hurtado, uno de mis referentes en la historia de la CNEA. Resumió así a Flegenheimer y Sabato: «Sus trayectorias se dieron en lo que se llama el Primer Ciclo de Industrialización, lo cual es esencial para entender la trayectoria de la CNEA… cuando la característica no era buscar la frontera tecnológica sino concentrarse en la generación de capacidades nacionales, en la generación de entornos institucionales-empresariales”.
Sí, Dr. Diego, bien dicho. Sabato era básicamente un troesma social: trataba de volver tecnológicamente culta a una burguesía que él calificaba -y en voz bien alta- como «chanta». Detalles, después.
Del Flegenheimer, Diego Hurtado resaltó que se doctoró en Química en 1954 en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, y pasó a discípulo del físico alemán Walter Seelman-Egebert, discípulo a su vez de Otto Hahn, el descubridor de la fisión nuclear, allá en la preguerra. Seelman-Egebert fue el padre de la radioquímica criolla, y Flegenheimer fue uno de los grandes en esa disciplina. Hurtado subraya que «el punto más alto de su carrera fue en 1968, cuando al frente del Grupo de Radioisótopos pone en marcha la planta de reprocesamiento en el Centro Atómico Ezeiza”.
De Flegenheimer y Sabato, Hurtado dijo: «Ambos trabajaron por el desarrollo de la Argentina y Latinoamérica. En 1977, Sabato escribió ‘la llave de la independencia de América Latina es el entendimiento argentino-brasileño, y la llave del entendimiento argentino-brasileño es la cooperación nuclear.´ Dos años después de su fallecimiento, en noviembre de 1983, se produjo la cumbre entre Alfonsín y Sarney que abrió la cooperación nuclear binacional y sigue siendo ejemplo global hasta el día de hoy».
Mi propia acotación a la de Hurtado es ésta: la plantita de enriquecimiento de Pilcaniyeu logró algo más importante que ponernos a salvo de boicots sobre el uranio enriquecido. Logró el control recíproco de inventarios de materiales físiles entre Brasil y Argentina.
Y el Mercosur salió de ahí.
Algo que en mis apuntes aparece con insistencia es el equipamiento del LPR en la captura de efluentes gaseosos, que uno se imagina forzosamente cargados de productos de fisión en forma de aerosoles. Nunca había visto filtros de aire de los llamados «absolutos», ni sabía que existieran, puestos en este caso para lograr un impacto radiológico aéreo del LPR sobre el entorno cercano a cero. Ahí había muchos filtros absolutos, y de un tamaño considerable. Eso no parecía un laboratorio destinado a un experimento de duración limitada. Todo en el LPR tenía dimensiones más industriales que experimentales.
Una de las críticas internas que escuché años más tarde sobre el LPR era que le faltaban al menos U$ 200 millones más de inversión para neutralizar y gestionar los efluentes líquidos, que en términos químicos y radiológicos uno supondría más que jodidos. Eso tal vez seguía en planos: recorrí todo el edificio sin que me la mostraran. Desconté que en un futuro improbable habría alguna, y forzosamente, no habría sido un edificio chico.
El reprocesamiento Purex, inventado en EEUU durante el Programa Manhattan, es químico: aprovecha que el plutonio se combina con el magnesio o el calcio, pero no con el cesio o el iodo. Las especies radioactivas del cesio y el iodo son los productos más clásicos y dominantes de los muchísimos producidos por la fisión del uranio 235, y que por ahora, resultan basura nuclear inútil. Desde los ’40 se han inventado otros métodos de reprocesamiento al parecer ventajosos sobre el Purex, no me meto en ello. Como primer sistema en la historia de recuperación de plutonio, indudablemente útil y aún más indudablemente dual, el Purex es un modo de apartar la paja del trigo.
¿Las plantas de reprocesamiento son inocuas, por lo tanto? Por antecedentes históricos, las militares, ni un poco. Las que se fundaron en EEUU bajo control del general Leslie Groves tuvieron impactos ambientales fortísimos. Los ejemplos de libro son Hanford, en las estepas frías del estado de Washington, en el noroeste de losEEUU. Pero del otro lado de la Cortina de Hierro estuvoMayak, o Kyshtym, como la llaman aún los rusos, en la ladera oriental de los Urales.
En Hanford, el problema fue (y sigue siendo, 80 años más tarde) la fuga de líquidos química y radiológicamente contaminados de depósitos metálicos “transitorios”… que terminaron siendo permanentes, y se corroyeron, y generaron pérdidas a suelo y napas. Fue un desastre en cámara lenta que involucró la indiferencia de tres generaciones de burócratas con charreteras y mucho manejo del secreto militar de estado.
Hoy la remediación del enchastre la sobrellevan dos agencias civiles federales (el DOE o Department of Energy y la EPA o Environmental Protection Agency). Promete durar más la solución que el problema, y costar más que el Programa Manhattan, cuando se termine. Si se termina.
Hanford era ideal para fabricar plutonio militar. Tenía abundante electricidad en represas cercanas, y estaba apartada de las grandes ciudades y rutas comerciales. Pese a la hostilidad del clima continental desértico, con inviernos duros y unas tormentas de nieve, viento y polvo que te las cuento, ese condado distaba de ser enteramente desierto.
Había algunos centenares de quinteros por irrigación que habían hecho del lugar un pequeño polo frutihortícula llamado Richfields, comparable en desarrollo con nuestros pequeños oasis hechos a punta de pala de gringo: los viñedos de Mendoza y San Juan, y las quintas frutihortícolas del Alto Valle del Río Negro, en la estepa patagónica.
Por su origen similarmente laburante, Hanford se había vuelto casi próspera y tenía de todo, hasta escuela secundaria, y bonitamente construida.
En su lucha global por la democracia, a esos “farmers” blancos el general Leslie Groves, capo del Programa Manhattan, los desalojó a patadas de abogados del Pentágono apoyados por infantería. Lo hizo en apenas dos meses y con una compensación inferior a los U$ 0,50 por hectárea. Y eso porque había que tratarlos bien a aquellos patanes, dado que eran blancos.
A los aborígenes que intercambiaban inmemorialmente pesca por productos de cacería en las orillas del Columbia, el mayor río americano hacia el Pacífico, Groves los echó a bayoneta. No les dio un mango, pero sí la promesa –jamás cumplida- de que el gobierno de los EEUU les devolvería sus tierras cuando finalizara la guerra. Desde entonces pasaron muchas guerras.
Estamos hablando de un frente costero fluvial muy escénico, de 80 kilómetros, aproximadamente y 10 kilómetros de profundidad. El sitio quedó tan estragado radiológica y químicamente que, según los tataranietos de los indios desalojados, hoy su remediación insumiría unos 500 años de trabajo de las citadas agencias federales. Que desde hace dos décadas no saben técnicamente ni cómo empezar.La foto muestra la herencia de la Guerra Fría: se ven 3 de los 9 reactores plutonígenos y plantas de reprocesamiento de Hanford, en el sureste desértico del estado de Washington. Nadie sabe cómo vitrificar y gestionar el inventario de residuos radioactivos generados allí desde inicios del Programa Manhattan hasta 1987. Son 208 millones de litros contaminados con 46 especies de radioquímicos que contienen 176 millones de curios de radioactividad, el doble de lo liberado por el accidente de Chernobyl en la URRS. Sólo el traslado por caños del material hasta la futura planta de vitrificado es un trabajo de U$ 13.400 millones, según Scientific American. Fecha posible de inicio de obras: 2022 (vencido sin que pasara naranja). Fecha de término de la vitrificación: 2068. Nadie cree en tales fechas por la dificultad técnica del trabajo. No importa en qué país ni bajo qué régimen político, en las plantas de armas nucleares a cargo de militares, la radioprotección es una contradicción en término.
En Mayak, en 1957 hubo un accidente que hoy calificaría como el tercero más importante de la historia después de Fukushima y Chernobyl, con un grado INES 6. Una explosión de sustancias químicas destruyó la tapa de un depósito de productos de fisión en estado de polvo, y la pluma aérea resultante contaminó de cesio 137 y estroncio 90 una superficie de 1,8 millones de km2. Esto obligó a la evacuación de 22 ciudades y aldeas a sotavento.
Los milicos soviéticos ocultaron exitosamente todo, de modo que a fecha de hoy las víctimas radiológicas son conjeturales. Ha de haberlas, porque algunas respuestas a la irradiación interna, como las leucemias, pueden demorarse una década hasta pintar en las estadísticas. Sin embargo, la diáspora forzada de los evacuados y la censura militar posterior probablemente diluyeron toda estadística local en el océano de números de la epidemiología oncológica general de los 270 millones de habitantes desparramados por los 22,4 millones de km2 del territorio soviético.
En suma, las plantas viejas de “repro” que alimentaron de sus primeras bombas atómicas a los EEUU y la URSS, tienen una mala imagen bien ganada. Las nacidas bajo autoridad civil y profesional de La Hague y Marcoule en Francia y Sellafields en Inglaterra tienen décadas en lo suyo y trabajan decentemente (al parecer). La Hague es inmensa.
El problema, en Argentina, es qué poco trabajo les dio a los yanquis entre 1986 y 1988, operando a través de las tapaderas institucionales más insólitas, en hacerle creer al compatriota promedio que el LPR iba a ser Hanford, Mayak y Chernobyl, todo junto. Justamente ellos, miralos vos.
Y es que sus voceros aquí eran locales y con autoridad médica, o formaban parte de «los guerreros del arcoiris». Todavía no se habían quemado políticamente, se los suponía jóvenes idealistas que salvan las ballenas durante la semana, y los findes al planeta entero, y todo sin apoyos raros de gobiernos o empresas. Eran ecologismo, término nuevo, no guerra híbrida, término inexistente.
Ahí se vio también que la CNEA, en sus primeros 30 años de gloria, dormida en su prestigio decentemente ganado, lo daba muy por seguro, lo creía intocable. No había hecho demasiado trabajo educativo capaz de asegurarle un mínimo de simpatía popular en tiempos más duros. ¿Y para qué? Si hasta Walt Disney, en su programa Disneylandia, los viernes a las 20:00 horas por Canal 13, nos ponía en la Era Atómica, y de yapa más felices y con la vida más resuelta que los Supersónicos.
Casi nadie previó los actuales tiempos duros, el insólito regreso a los peores combustibles fósiles, como el carbón o el fueloil. El futuro era atómico, tíos y tías. Y la CNEA tenía la llave.
Pero en 1977 YPF descubrió un yacimiento gigante de gas «fácil», con el cual no hay que penar frackeando rocas, sólo es perforar y sale a muy alta presión. Ese monstruo metanífero estaba en el centro geográfico de Neuquén, en laderas de las Sierras Blancas, se lo llamó Loma de la Lata y resultó tener 280.000 millones de m3 de gas, amén de cantidad de «condensados» (es decir líquidos asociados, nafta natural, bah).
En 1986, cuando el gobierno de Raúl Alfonsín terminó de perforar Loma de la Lata y lo unió Loma con la red de gas de las ciudades de la zona centro del país mediante el gasoducto Neuba II, se calculó que ahí el ispa tendría gas barato para 60 años más, y eso suponiendo que el PBI creciera un promedio del 6% anual. 60 años sin agotarse, incluso si Alfonsín lograba reconvertir todo el transporte público a GNC, gas natural comprimido.
Eso Alfonsín no lo pudo o quiso hacer, por oposición de los colectiveros urbanos. Pero logró sin proponérselo que en poco tiempo nos volviéramos el mayor fabricante y exportador mundial, durante unos años, de equipos de GNC para autos, con clientes en 50 países, el dominio del 30% del mercado global, una facturación anual de U$ 130 millones y un crecimiento interanual de la misma del 24% en 2010.
Eso no tuvo la debida publicidad. Pero es raro que don Raúl, dado que este pequeño milagro fue todo suyo, no haya sacado cuenta, al menos tardíamente, de que con la energía pasan esas cosas: lo que crea trabajo calificado y duradero, lo que te hace Gardel, no es vender gas, o petróleo, o electricidad, sino tecnología. En el caso nuclear sucede lo mismo.
Menem tampoco hizo cuentas. Pero no trabajaba para la Argentina.
Alfonsín fue un político típico criollo: abogado, fiera de bufete y de comité, inteligentísimo, pero de formación en ciencia y tecnología medible en números negativos. Si le hablabas de vender tecnología atómica argentina, te daba la razón pero no te creía ni un poco. Al átomo a duras penas si lograba verlo como un enchufe. Y uno menor, además.
Pero además venía envenenado contra el Programa Nuclear Argentino por sus asesores (algunos eran de cuarta). Lo veía más como un engendro militarista caro y un eterno problema diplomático con EEUU, que como una solución energética. Loma de la Lata fue uno de los tres clavos finales para cerrarle el ataúd a la CNEA. Era gas barato en cantidades de escándalo.
Con una producción despampanante (300.000 m3 diarios) que a partir de 1986 llegaban por caño al AMBA, Loma de la Lata parecía el modo más elegante de paralizar todo el despliegue nucleoeléctrico de tiempos de Carlos Castro Madero. ¿Para qué penar partiendo el átomo, don Raúl? Electricidad iba a sobrar, y de yapa mucho más barata y segura, le decía su secretario de Energía, Jorge Lapeña.
Se podía dejar morir de muerte natural, es decir sin terminar, todos aquellos elefantes blancos nucleares de Castro Madero, como Atucha II o la Planta Industrial de Agua Pesada. Y la luz se iba a prender igual. Sobre todo, con el aporte de base de dos represas hidroeléctricas verdaderamente gigantes, ya construidas y pagadas por los milicos.
Y de yapa, esos dos pilares hidroeléctricos del Sistema de Interconexión Nacional (SIN) eran muy distantes una de otra: 1568 kilómetros hay desde El Chocón, en el Comahue, hasta Salto Grande, sobre el río Uruguay. Semejante distancia hacía climáticamente independientes a ambas centrales, una de otra. ¿O no?
Con tales certezas de su arúspice en la materia, Alfonsín apostó tranquilo a vivir de hidroelectricidad y a espera de que SEGBA, EPEC, EDELAP, EPE y otros grandes productores eléctricos estatales se reequiparan con nuevas turbinas a gas y centrales de ciclos combinados, ahora que llegaba gas a espuertas a la Región Centro. Pero no sucedió.
Lapeña no le dijo a Alfonsín que el parque térmico de la región (muy viejo, quemaba fuel-oil) estaba hecho percha por años sin mantenimiento. Probablemente él también lo ignoraba, y si lo sabía, no lo remedió.
Tampoco sabía que una oscilación climática enorme, de tipo Niña, te puede dejar caminables por el fondo de puros secos los ríos Limay y Uruguay, y fuera de combate sus grossas centrales hidro. Sí, lector, tal como acaba de suceder nuevamente entre 2019 y 2022, y estuvo cerca de . Esas cosas desde los años ’70 pasan con frecuencia e intensidad crecientes. Se llaman Cambio Climático.
¿Por qué tenía que saber de semejantes cosas mecánicas y climáticas un secretario de energía? Casi todos sus colegas entienden de concesionar baratito a las multis el petróleo y el gas descubiertos a riesgo por YPF. No les pidas más.
El segundo clavo en el ataúd nuclear llegó de afuera. Embalse se logró terminar 4 años tarde y a pulmón, porque el proveedor canadiense AECL había recibido orden de no colaborar debido al bombazo nuclear de Indira Gandhi en 1974. Con los canadienses ya no se podía contar más, paciencia.
Pero no sin cierto paralelismo con lo de Canadá, la obra de Atucha II se frenó con colaboración soviética: en 1986 la muy mal diseñada central RBMK Chernobyl 4 en Ucrania se hizo puré, y la energía nuclear en Occidente se volvió anatema.Abel González, ingeniero nuclear, jefe de planta de Atucha 1, director de ENACE y primer constructor de Atucha 2, doctor en radioprotección, miembro del Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de las Radiaciones Ionizantes de las Naciones Unidas y del Comité de Seguridad del INSAG (Grupo Internacional Asesor en Seguridad Nuclear) del Organismo Internacional de Energía Atómica, actual asesor de la Autoridad Regulatoria Nuclear de la Argentina.
En aquel momento publiqué una frase de Abel González, exjefe de central de Atucha 1, que merece recordarse: a valores de 1986, nuestra máquina sobre el Paraná de las Palmas había costado U$ 1800 por KW instalado, de los cuales la mitad estaba en sistemas de seguridad. Chernobyl sólo había costado U$ 200 por KW instalado. Y los sistemas de seguridad, te los debo.
Como excusa para sacarle el tapón a la CNEA y dejarla irse por los caños, Chernobyl era genial. Todo el mundo aplaudía el apagón nuclear de Alfonsín: la Embajada, los petroleros, el Ministerio de Economía, ahora que se había podido darle el raje a aquel incómodo industrialista, Bernardo Grinspun, todos aplaudiendo, todos, la prensa amarilla y aquella novedad verdosa, Greenpeace. Joder a la CNEA se había vuelto un deber ético.
Atucha II tendría que haberse terminado en 1987, pero antes se enfriaría el infierno que al Subsecretario de Hacienda Mario Brodersohn se le escapara un mango para ello. Y Jorge Lapeña daba seguridad a su Presi de que el Sistema Interconectado Nacional estaba firme como rulo de estatua.
Hay estatuas y estatuas… En 1987, 1988 y 1989, por salidas irremediables de servicio de las máquinas a fuel-oil, la Región Centro empezó a caer en cortes de luz primero planificados, luego imprevisibles pero cada vez más frecuentes y largos, y finalmente disruptivos a tiempo completo sin importar día u hora, especialmente en verano y en el AMBA. De yapa, el Chocón y Salto Grande se habían quedado simultáneamente sin su «combustible», que es la lluvia.
El personal de la CNEA se había resignado a los arbitrios del gauleiter Alberto Costantini: tras las 33 desapariciones de 1976 los gremios nucleares estaban desarticulados. Es más, las huelgas y tomas de instalaciones no imprescindibles, como los laboratorios, aulas y oficinas, se habían desacreditado mucho entre 1973 y 1975: no tenían prensa ni producían ningún resultado, salvo la confusión que deriva del nombramiento en altos cargos de gente floja de currículum pero con alta oratoria en las asambleas. No tenía sentido volver a eso. Y a más que asambleas inocuas no se podía escalar: un paro en las plantas nucleoeléctricas, como Atucha 1 y Embalse, era y es un delito penal.
¿Cómo recurrir a la desorganización, además, si el nuevo administrador civil garantizaba su propio caos dejando esquilmar a 4 manos a la institución por las constructoras que Clarín llamaba «los capitanes de la industria», y el personal nuclear, «la patria contratista»?
Amén de la movida clásica (reducir el presupuesto nuclear del año anterior a la mitad del año en curso), en 1984 Alfonsín lo dejó clavado ahí, en pesos. Eso, con un gobierno que a lo largo de su estadía en la Rosada acumuló el 3079% de inflación.
Los nucleares, acostumbrados durante 3 décadas a una administración insólitamente honesta y a sueldos tolerables, ahora eran nuevos pobres y se fumaban un carnaval de contratistas que cobraban como terminadas obras incompletas, y ojo con el que protestara. Constataban con asombro que eso al resto del país le interesaba un carajo: por primera vez en su historia, la CNEA estaba sin paraguas militar o civil alguno. Ya no estaba ni Walt Disney en la tele con «Mi amigo el átomo». En lugar de ser motivo de discreto orgullo popular, como estaba acostumbrada, ahora vivía asediada por la hostilidad múltiple y perfecta de embajadores, ecologistas, petroleros y medios de opinión.
Costantini siempre supo irse a tiempo. Eso permite que hoy se haya olvidado de su autoría, en 1961, del intento de cierre del 32% del tendido ferroviario argentino y de todos sus talleres, y de la respuesta obrera: la primera huega general ferroviaria por tiempo indeterminado de la historia argentina. Que tuvo que quebrar su sucesor, militarizando los ferrocarriles. Porque don Alberto, tras firmar el recorte y viendo tormenta en el horizonte, se había tomado el piróscafo y renunciado.
Ese saber cuándo hacerse humo le permitió a don Alberto que Alfonsín se olvidara de que había sido el Rector de la Universidad de Buenos Aires elegido por el dictador Videla, con un órdago de alumnos y profesores desaparecidos. Y que lo nombrara al frente de la CNEA, sin haber sabido en su vida Costantini lo que se dice un pito del Programa Nuclear, pero con patente de corso para desmantelarlo.
El ingeniero supo medir, como en otras ocasiones, la bronca acumulada, se vio venir la huelga general de la CNEA, se volvió «de los buenos» entre gallos y medianoche y renunció a su dirección con un portazo, no sin echarle públicamente la culpa a Alfonsín del atraso de obras nucleares y del vaciamiento intelectual de la institución. Una trayectoria coherente.
Alfonsín llamó en su auxilio a la única militante radical con prestigio nuclear, científico y cívico, Emma Pérez Ferreira, física atómica, y la nombró presidenta de la CNEA. Emma asumió «pro patria» y recibió el amor absoluto de todo el personal nuclear, unánimemente ilusionado de que volvieran mejores tiempos: no podía haberlos peores.
Creo que Emma no se hizo ilusiones. Sabía que su jefe la acababa de designar capitán del Titanic, y que a Alfonsín le alcanzaba con que el barco se le hundiera al siguiente presidente, no a él. Pero la veterana física se cargó esa mochila sin chirriar, y en 1988, cuando se rompió Atucha 1, esa mujer increíble resultó ser en serio la salvación, al menos transitoria, de la CNEA. Pero esa historia queda para después.
La ruptura de Atucha 1 fue un regalo para Lapeña: le pudo echar la culpa de un quilombo eléctrico desmesurado (y de su entera autoría y firma) a esta relativamente pequeña central nuclear. A la que, como agravante, le había suspendido paradas obligatorias de mantenimiento por la negativa de Brodersohn a adquirir repuestos.
De todos modos con aquella engañapichanga no alcanzó. La verdadera salvación para la Región Centro habría sido Atucha 2, cuya inauguración prevista inicial, en 1981, era justamente 1987. Pero el gobierno había paralizado la obra, apostando alegremente a que el parque de generación térmico se arreglara solo, y a que lloviera.
Con Baires sin iluminación nocturna, sin cines, sin vidrieras, sin semáforos y sin agua en los pisos altos, la sensación de «¿Adónde está el piloto?» se volvió nacional, y facilitó la hiperinflación de 1989, ese primer «golpe de mercado» asestado a Alfonsín por la City, Clarín y La Nación, y que barrió con ese gobierno y puso de presidente al hasta entonces impresentable Carlos Menem. Quien para la CNEA fue como ir de la sartén al fuego.
En materia nuclear, Menem de movida hizo la clásica: demediar el presupuesto y clavarlo en sopes. Pero luego fue mucho más lejos: cerró el ingreso de expertos nuevos a la CNEA y apostó a que el combo de edad y frustración por choreo y obras y proyectos inacabables iría eliminando, por jubilación anticipada o común, el incómodo problema de tener unos 3000 expertos de clase mundial en asuntos nucleares, y todos muy propensos a opinar de lo suyo.
Ni Mauricio Macri, mucho más tarde, lograría ser tan letal para el desarrollo nuclear como lo fue Menem. Eso porque Macri ya agarró todo demasiado estropeado, y fundamentalmente porque no logró quedarse diez años. Todavía cuando se fue Macri quedaba mucha obra durable de Castro Madero por deshacer.
Y es que fue mucha obra. Cualquier crítico de su administración -y yo lo soy- se queda un poco apabullado con el crecimiento del Instituto Balseiro, la única universidad nuclear de la región, la creación de la carrera de Ingeniería Nuclear, la construcción del reactor experimental RA-6 en el Centro Atómico Bariloche, la expansión de la Medicina Nuclear con un primer centro especializado en Mendoza, el FUESMEN, el desarrollo de la tecnología para la fabricación de tubos de zircaloy, la instalación de la Planta de Elementos Combustibles de CONUAR, la construcción del LPR en Ezeiza, la terminación de la Central Nuclear Embalse en Córdoba, la adjudicación e inicio de obras de Atucha II, la construcción y puesta en marcha de la Planta Experimental de Agua Pesada, la licitación de la Planta Industrial de Agua Pesada, y la más destacada y la única clandestina: la creación de la plantita de enriquecimiento de uranio en la localidad de Pilcaniyeu.
Pilca fue el primer secreto en serio de la CNEA y probablemente, el último. Inglaterra, que acababa de ganarnos una guerra, sacó cuentas de que la planta había empezado a funcionar cuando en las islas demasiado famosas todavía sonaban los tiros. A la Prime Minister Maggie Thatcher se le habrán parado los pelos de punta, pese al mucho spray.
De toda esa lista, sólo tres comentarios: a) habría sido imposible semejante obra con una administración deshonesta, b) si el el LPR necesitaba más construcción no lo sabremos, porque se lo demolió, y c) todavía existe el sentimiento de muchísimos reactoristas y combustibleros, ya jubilados, de que la Central Nuclear Nro 3 no debió ser de recipiente de presión, sino de tubos de presión. La obra podía hacerse en pesos, no en dólares, y sin ningún auxilio de la AECL. ¿Por qué no? Embalse se hizo prácticamente sin su ayuda.
En cuanto a Pilca, no fue una respuesta a una guerra perdida por Argentina. Fue una planta construida a partir de 1980 y para defender exportaciones nucleares, respuesta a un embargo de uranio enriquecido que nos cayó encima en el ’78.
Y Pilca fue enteramente obra de un presidente de la CNEA que en el verano de 1982 se arriesgó al límite de la insubordinación para disuadir al almirante Jorge Isaac Anaya de detener la captura de las Malvinas.
La escena, transcurrida en el modesto chalet de 3 ambientes que Castro Madero estaba terminando de pagar a crédito, la cuenta un alfonsinista puro y duro, el embajador Max Gregorio-Cernadas en su libro «Alfonsín, una épica de la paz», obra publicada por Eudeba en 2016 y que recomiendo.
Lo de la defensa de exportaciones nucleares es muy concreto. Si queríamos seguir exportando con alguna libertad, teníamos que tener alguna capacidad práctica de enriquecimiento de uranio. Eso podía garantizarle a nuestros futuros compradores de reactores no sólo el caballo, sino también el pasto. Porque a nuestros clientes también les podría caer encima boicot yanqui, ¿o no?
Cuarenta y tantos años tras la decisión de construir Pilca, la Argentina tiene vendidos los 2 reactores de Perú, 1 de Argelia, otro en Egipto, otro en Australia (considerado la mejor planta multipropósito del mundo), otro en Holanda y uno más en Arabia Saudita. INVAP se volvió la más respetada (y temida) empresa en este tipo de instalaciones. Gana casi todas las licitaciones, y generalmente por calidad, no por precio o financiación.
Curiosamente, la planta política y comercialmente más útil de la CNEA, la que nos ganó el puesto de mejor exportador de reactores, pasó casi toda su vida cerrada.
Tras reabrirla para no desilusionar a Sarney como visitante, Alfonsín volvió a desactivar Pilca y tuvo a la gente que trabajaba allí vegetando o yéndose con un portazo. Menem fue más lejos y la hizo abandonar. Castro Madero, muerto a fines de 1990, comentó al respecto que un presidente de la Nación podía hacer lo que quisiera con Pilca, incluso bombardearla, pero no podría destruir la capacidad tecnológica adquirida.
Sí se puede, don Carlos. Sólo que hay que ser muy turro. Menem y luego Fernando De la Rúa y mucho después Mauricio Macri apuntaron directamente a destruir los recursos humanos de la CNEA por envejecimiento del plantel, mediante unos sueldos ridículamente bajos, por parálisis de proyectos y por desmoralización. La capacidad tecnológica no está en los fierros: está en los cerebros. Y los neoconservadores tratan de lograr nuestro Alzheimer Nuclear.
Nadie sabe si el Programa Nuclear Argentino sale vivo de otro gobierno de JxC. De dos al hilo, probablemente no. Y nada indica que siga muy vivo después de otro más que, como el actual, dio muestras constantes de querer terminar con la laboriosa y compleja Saga Nuclear Argentina, que ya lleva 73 años.
Paga políticamente más rascarse y dejar vaciar Vaca Muerta por las multis y por Chile. No de otro modo Menem hizo vaciar en 10 años Loma de la Lata -que iba a durar 60 años- por las multis, Repsol a la cabeza, y por Chile, que revendía el gas argentino a Lejano Oriente a 10 veces el precio nuestro. La Argentina jugó ya dos veces a ser Qatar, 150 veces más chico en superficie y con 18 veces menos población, más garrafa con monarcas que estado-nación.
Bueno, quizás si puede. Pero no por nada, Qatar tiene sólo 313.000 ciudadanos NYC (nacidos y criados) que viven de rentas, y 2,3 millones de expatriados flotantes venidos de hasta 100 países distintos, mayormente del Sudeste Asiático. En general son los desharrapados que viven en gamelas y se desloman bajo el rayo de sol, con pasaporte retenido por el patrón y trato de semiesclavos.
La aristocracia económica argenta, que incluso en sus rumbosos e industriales años ’60 Jorge Sabato llamaba «burguesía chanta» dado que hacia caja con negociados y golpes de estado, ahora es mucho más neoconservadora. Si la dejan elegir libremente, prefiere el modelo qatarí.
Para el cual, además, no le hacen falta siquiera expatriados semiesclavos. Como dijo Aldo Ferrer de los planes económicos de Martínez de Hoz en 1976: buenísimos, pero sólo sirven a un tercio de la población y de la superficie. Sólo que aquí, en lugar de expatriados flotantes, optamos por compatriotas hundidos. Bienvenidos al extractivismo, lectores.
El LPR, hoy una batalla olvidada, con o sin justicia fue la primera derrota política seria del Programa Nuclear Argentino. Y fue derrota doble porque de su existencia no se enteró nadie, así como tampoco de su cierre. No por nada, al toque de asumir y con un discreto aplauso de embajadores de la OTAN, Alfonsín y Costantini cerraron también Pilca, en el corto plazo mucho más necesaria y significativa.
Estas derrotas anunciaron otras derrotas, antes impensables. Muchas perviven. Seré curioso: ¿está activa Pilcaniyeu?