Bolivia: el escrutinio oficial daría el triunfo a Evo Morales en 1° vuelta

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El escrutinio provisional oficial, con más del 80% de los votos contados, indicaba una victoria de Evo Morales, que no alcanzaba para evitar una segunda vuelta con el ex presidente Carlos Mesa, algo inédito en Bolivia.

Cuando se suspendió el conteo, Morales, con 14 años en el poder, obtenía un 45,28% de los votos frente al 38,6% de Mesa, un periodista e historiador de 66 años que ya gobernó entre 2003 y 2005.

Pero al reanudarse el recuento, con el 95,23% de los votos escrutados, el nuevo resultado preliminar daba a Evo el 46,86% de los votos y a Mesa, el 36,72%. Con una diferencia mayor al 10% entre ambos (10,14%), no corresponde el balotaje, según la legislación boliviana.

La suspensión del conteo rápido motivó enérgicas protestas de la OEA, y del candidato opositor, que denunció manipulación por parte del gobierno y llamó a una movilización.

Los resultados definitivos recién se conocerán dentro de siete días. Este desarrollo no varía la situación de los otros candidatos, absorbidos por la polarización.

En tercer lugar se ubicó el pastor presbiteriano Chi Hyun Chung, de origen coreano, con 8,7% de los votos, por encima de Óscar Ortiz -con un estilo «a lo Bolsonaro»- a quien durante la campaña las encuestas proyectaban en tercer lugar pero que solo obtiene 4,3%, según estos primeros resultados.

Corresponde señalar que en la primera versión de esta noticia, con las cifras anteriores, destacábamos que faltaba computar mucho voto rural que, muy favorable a Morales.

De todos modos, frente a esta situación es probable, lamentablemente, que Bolivia no consiga evitar un problema común a nuestros países. Una sociedad dividida en dos sectores amargamente opuestos, que no reconocen la legitimidad del otro.

Mesa hizo una campaña centrada en el «voto útil» y en la necesidad de evitar que Morales se perpetúe en el poder.

Por su parte, Morales convocó en su cierre de campaña y desde las redes sociales: “Con el hermano Álvaro (el vicepresidente García Linera) pedimos cinco años más para aprovechar nuestra experiencia, terminar las grandes obras en petroquímica, hierro y litio y bajar la extrema pobreza a menos del 5 %”. “Mi sueño es que Bolivia siga siendo primera en crecimiento económico en Sudamérica. No me abandonen”.

Otro elemento en la campaña del actual presidente fueron las referencias a la crisis argentina y las comparaciones entre Mesa y Macri.

A los cómputos oficiales del escrutinio se puede acceder cliqueando aquí.

Bolivia: el escrutinio oficial da el triunfo a Evo Morales en 1° vuelta

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El escrutinio provisional oficial, con más del 80% de los votos contados, indicaba una victoria de Evo Morales, que no alcanzaba para evitar una segunda vuelta con el ex presidente Carlos Mesa, algo inédito en Bolivia.

Cuando se suspendió el conteo, Morales, con 14 años en el poder, obtenía un 45,28% de los votos frente al 38,6% de Mesa, un periodista e historiador de 66 años que ya gobernó entre 2003 y 2005.

Pero al reanudarse el recuento, con el 95,23% de los votos escrutados, el nuevo resultado preliminar daba a Evo el 46,86% de los votos y a Mesa, el 36,72%. Con una diferencia mayor al 10% entre ambos (10,14%), no corresponde el balotaje, según la legislación boliviana.

La suspensión del conteo rápido motivó enérgicas protestas de la OEA, y del candidato opositor, que denunció manipulación por parte del gobierno y llamó a una movilización.

Los resultados definitivos recién se conocerán dentro de siete días. Este desarrollo no varía la situación de los otros candidatos, absorbidos por la polarización.

En tercer lugar se ubicó el pastor presbiteriano Chi Hyun Chung, de origen coreano, con 8,7% de los votos, por encima de Óscar Ortiz -con un estilo «a lo Bolsonaro»- a quien durante la campaña las encuestas proyectaban en tercer lugar pero que solo obtiene 4,3%, según estos primeros resultados.

Corresponde señalar que en la primera versión de esta noticia, con las cifras anteriores, destacábamos que faltaba computar mucho voto rural que, muy favorable a Morales.

De todos modos, frente a esta situación es probable, lamentablemente, que Bolivia no consiga evitar un problema común a nuestros países. Una sociedad dividida en dos sectores amargamente opuestos, que no reconocen la legitimidad del otro.

Mesa hizo una campaña centrada en el «voto útil» y en la necesidad de evitar que Morales se perpetúe en el poder.

Por su parte, Morales convocó en su cierre de campaña y desde las redes sociales: “Con el hermano Álvaro (el vicepresidente García Linera) pedimos cinco años más para aprovechar nuestra experiencia, terminar las grandes obras en petroquímica, hierro y litio y bajar la extrema pobreza a menos del 5 %”. “Mi sueño es que Bolivia siga siendo primera en crecimiento económico en Sudamérica. No me abandonen”.

Otro elemento en la campaña del actual presidente fueron las referencias a la crisis argentina y las comparaciones entre Mesa y Macri.

Por la vuelta del «SARA» – 2da. parte

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La primera parte de este artículo está aquí.

Como fabricante nuestros satélites, INVAP estaba en la mejor situación para diseñar un sistema de drones. Los satélites deben hacer casi todo solos, allá lejos en el espacio, y con una electrónica muy liviana: llevar un kilogramo de carga útil a órbita baja sale desde U$ 1700 a U$ 14.600 según el vehículo usado. Un drone no es un avioncito autopilotado capaz de despegar, navegar de A a B y volver, y aterrizar. Eso lo puede hacer desde los ’90 cualquier avión de línea, donde los pilotos humanos están cada vez más de “back up”, para evitar el pánico de los pasajeros. Un sistema drone es una red informática con sensores y actuadores a distancia. Y estos tienen que poder llevar a cabo en forma semiautónoma y sigilosa una misión compleja de patrulla, vigilancia, espionaje o ataque, e incluso pasar de una a otra en un mismo vuelo.

Los satélites polares heliosincrónicos de observación terrestre que usa la CONAE son semiautónomos porque operan en soledad por fuerza. Dado su particular tipo de órbita, pasan la mayor parte de su tiempo de vuelo fuera del alcance de la Estación Terrena Córdoba en Falda del Carmen. Eso significa que en los 10 minutos que dura un fulminante tránsito matutino de Sur a Norte deben «bajar» montañas de información ultracomprimida a la ETC, y recibir de ésta órdenes complejas, que suben también muy compactadas.

En el caso de los drones militares, las comunicaciones son comprimidas, pero además encriptadas e intermitentes, lo que evita –o intenta evitar- que delaten su posición o sean interferidos o hackeados.

Con sus enormes alas y materiales ultralivianos, los drones grandes, de clase III, parecen lentos planeadores motorizados (motoveleros, en la jerga), pero, como los satélites, son robots muy autónomos. Sólo operan a control remoto cuando no están en cielos hostiles, o cuando viajan armados y deben pasar de modo de vigilancia a modo de ataque.

Ahí es donde pinta un humano con un joystick en el “loop” de control. Gracias al uso de otros drones para retransmisión, o al de satélites geoestacionarios a 35.786 km. de altura, un/a operador/a aprieta ese botón y deja en blanco las pantallas de los radares enemigos, aprieta otro y lo deja sin celulares o sin GPS, y si el oponente es realmente malísimo, “lo pinta” con un láser infrarrojo y le suelta un misilazo que busca el reflejo. Pero lo raro de esta época es que el “piloto” puede estar a miles de kilómetros de distancia del teatro de operaciones.

Dado que Argentina es el único país del Hemisferio Sur que quiso y pudo construir sus propios satélites geoestacionarios, ahora el lector tal vez comprende mejor por qué el gobierno de Macri suspendió los ARSAT 3, 4, 5, 6, 7 y 8, planificados desde 2015 y privó a aquella empresa estatal de su sentido fundacional. Y con ello casi provocó la quiebra de INVAP, ya que estaba. Inevitable preguntarse cuál era el blanco principal y cuál “el de oportunidad”.

Tener sólo 2 ARSAT en el cielo de todos modos da capacidades para avanzar a drones clase III sin tener que alquilar un canal en un satélite ajeno, a U$ 1000 por hora y con plena seguridad de ser espiado. Dicho esto, los SARA Clase III todavía son especificaciones y planos, y así seguirán hasta tanto el MinDef vuelva a trabajar para su país y se retome el programa. Pero su carozo funcional, las cargas útiles y equipos de telecomunicaciones, ya existen porque no difieren mucho de las que llevaron y llevan nuestros satélites.

Estos SARA medio descomunales tienen, por especificación, 230 kg. de carga útil, cámara estabilizada, apuntador laser, 24 horas de autonomía de vuelo, 1000 km. de rango operativo, 14.000 metros de techo y comunicaciones satelitales. En capacidades, aunque no en pinta, equivalen a los míticos Raptor de General Atomics o a los Hermes 450 de Elbit. La diferencia es que son nuestros.

La cámara estabilizada infrarroja, pancromática y telescópica PLATES testeada en un Orion de la Armada, en 2007. Está preparada para resistir viento, bajas temperaturas y atmósfera salina.

La carga útil más desarrollada es la cámara estabilizada PLATES, desarrollada por INVAP en 2004 para los aviones de patrulla marina Orion de la Armada y adaptada para el Pucará por FixView. Este “pod” cuelga ventral en el morro, funciona en infrarrojo (para visión nocturna), pero también da imágenes en alta definición en el espectro visible. Cuando algo merece mayor examen, es capaz de amplificar telescópicamente más de 20 veces una imagen sin “pixelarla”. Lo que para el Orion significó búsqueda y rescate, para “el Puca” y los drones clase II y III es eso mismo, y además operatividad diurna y nocturna.

Hay 2 tipos de radares para los SARA. Uno es un radar sencillo de corto alcance, parecido al RASIT de infantería, un probable “co-pasajero” de una cámara PLATES en un clase II. El más ambicioso es un SAR de apertura sintética como el del satélite SAOCOM-1A, pero compacto y en banda X en un vehículo de clase III.

Nuevamente, para mostrar que el SARA no está en el mismo planeta que el Vigía 2B, la dificultad de subir un radar SAR a un drone no sólo se mide por los kilogramos de peso sino por el producto de ese dispositivo medido en gigabytes. Un radar SAR genera gigabytes de información, que deben comprimirse a megabytes a bordo para su transmisión. En este proceso sustractivo de información redundante, ¿cómo hacer para que no desaparezca el blanco? Es el riesgo de tirar al bebé con el agua en que se lo bañó. Por eso las comunicaciones del satélite SAOCOM 1A fueron un desafío, pero INVAP tenía dominado ese problema antes de terminado el siglo XX. En el SARA clase III, el alcance de este radar SAR estaría en los 200 km. en 360º  alrededor del avioncito.

Los satélites GEO de comunicaciones ARSAT, a 35.786 km. de altura, permiten avanzar con los SARA clase III.

El error del MinDef kirchnerista en esta historia fue haber oficializado el contrato global del SARA 4 años tarde, en 2014, cuando el MET clase II ya estaba volando. Luego los tiempos políticos no dieron para completar el resto del programa, y llegó el macrismo a cancelar todo. El eterno problema de muchos gobiernos en Sudamérica: creerse eternos.

Segunda parte: mejor depender de Bariloche que San Diego o Haifa

En 2010 el MinDef ya tenía a FAdeA, literalmente, una fábrica recuperada, y pensaba usarla en serio. Mandó una delegación a Bariloche a tratar de entusiasmar a INVAP de subirse al proyecto SARA, esperaba una recepción fría. INVAP estaba hasta las manos, tapada de otros pedidos en parte originados por el Ejército y la Armada.

“Lo que no nos imaginábamos –confiesa una fuente reservada- era que en ese directorio de INVAP vos tirás una piedra, rebota en un aviador civil y le pega a un piloto de planeadores. Son más enfermos de la aeronáutica que nosotros. Aquella primera reunión fue como poner un fósforo prendido en un tanque de nafta”.

Desde entonces mediaron varios avances y una gran derrota. Cuando renazca –si renace- el programa SARA, habrá que ir certificando sobre la marcha cada prototipo que se alcance a construir ante la Dirección General de Aeronavegabilidad Militar Conjunta (DIGAMC). El organismo estará ante un desafío de licenciamiento importante: jamás en su corta vida tuvo que homologar robots aéreos obligados a compartir cielos con aviones comerciales. Se sabe: todo muy bien hasta que un avión de línea se lleva puesto un drone y mueren civiles.

Este dilema de país periférico se repite, con otros actores, en industrias cuyos productos necesitan atravesar procesos de licenciamiento del estado, como la nuclear, la farmacológica o la de cultivos recombinantes. ¿O no hace más de una década que vaya a saber qué lobby impide que el Ministerio de Agricultura licencie el trigo HB4, un transgénico con genes de girasol resistentes a la sequía? Fue desarrollado por Bioceres, pero pasan los gobiernos y las pérdidas por sequía. Y ahí sigue el HB4, sin licenciar.

El lobby en contra del SARA apretará con que un Raptor de General Atomics, firma con base en San Diego, California, o un Hermes 450 de Elbit, con sede en Haifa, ya licenciaron esos sistemas en bocha de países ‘serios’ (porque son de la OCDE). Y aquí, entre colonizados mentales, esa argumentación paga, porque el primer deber de un burócrata es protegerse.

Pero eso es anticiparse demasiado. La revista Zona Militar sí parece convencida de que el SARA resucita, y de que el proyecto tendrá que lidiar una vez más con la hostilidad de la cúpula aeronáutica (por la que parece tomar partido). Y lidiar, deberá hacerlo, con ésta o la siguiente jefatura, da lo mismo. No alcanza con decapitar la actual porque rebrotará sistémicamente su inquina a la tecnología argentina. Tiene raíces históricas ya viejas en multinacionales y embajadas.

La compra del Hermes 450, si ocurre antes del relevo del macrismo, no cierra ni a palos. Por el dinero que menciona Zona Militar (hoy serían unos U$ 30 millones a cambio oficial) lo único que se lleva el comprador es un par de drones clase III, el paquete de comunicaciones satelitales y la estación terrena de control: nada que cambie en absoluto el actual estado de indefensión aérea nacional.

Más bien lo agrava: compra dependencia. Los drones no son aviones resistentes. Son plataformas que aguantan, con buena suerte, dos años antes de romperse y empezar a pedir repuestos a lo grande. Si un jet de línea tiene 10 millones de horas de vuelo sin novedades entre falla y falla, un drone de gran calidad (un Raptor o un Hermes) a lo sumo dan 3100 horas. De modo que esa compra nos condena a volvernos el hijo pavote de una firma que por ahora es un proveedor bueno, Elbit. Un sistema de drones importados, de ellos o de quien sea resulta un excelente “programa tapón”: garantiza gran sequía de plata que de otro modo podría ir a desarrollo propio.

“El de los drones es idéntico al modelo de negocios de Nesspresso. Te hago precio en la cafetera y te tengo comprándome capsulitas el resto de tu vida”, dice otra fuente (ésta, reservadísima) de aquel MinDef proargentino.

“Para el caso –sigue esa fuente- cuando nos cayó la ficha decidimos que para ir adelante con el SARA necesitábamos a INVAP. Si vamos a vivir comprando repuestos y actualizaciones, mejor desarrollar industria nacional. Si FAdeA fabrica drones y se vuelve tecnológicamente dependiente, mejor que lo sea de Bariloche que de San Diego o Haifa”.

(Continuará)

Daniel E. Arias

Un humano como referencia para mostrar las formas y tamaños relativos de 2 robots: los SARA clase II y III. La envergadura del 2do está en los 16 metros.

2° debate presidencial 2019

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En AgendAR somos escépticos sobre si es posible exponer en forma clara y coherente las medidas de un posible gobierno -no hablemos de la filosofía que las anima- en el formato elegido para estas exposiciones televisadas de los candidatos.

En cuanto al debate en sí, hay distintas opiniones en el equipo: están quienes consideran que sirve para que los televidentes pueden conocer más de quienes aspiran a gobernarlos, y los que creen que es otra moda, de las que el cholulismo argentino se apasiona cuando las ve en el exterior.

Como sea, cada uno debe formarse su propia opinión, si ya no lo han visto, o quieren repasar fragmentos. Les acercamos la versión más completa -y con menos propaganda- que encontramos.

Lino Barañao: «La degradación del Ministerio fue una mala señal»

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Sobre la gestión del actual secretario y anterior ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, AgendAR reflejó el juicio hostil de importantes sectores de la comunidad científica argentina, hace un año y recientemente.

Nos parece interesante reproducir aquí lo que serían, según sus propias palabras, sus reflexiones al cierre de su carrera en la administración pública. Puede ser, o no, útil para sus sucesores.

El próximo 10 de diciembre –gane quien gane las elecciones el próximo domingo– Lino Barañao dejará de ser secretario de Ciencia y Tecnología tras 12 años de permanencia en el cargo. Tiempo en el que atravesó los gobiernos de Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri, y donde fue protagonista de la creación del Ministerio y su posterior degradación a Secretaría. El futuro, asegura en una entrevista, lo encontrará más cerca del laboratorio que de la política: “Quiero demostrar que la ciencia y la tecnología pueden generar empleo y divisas para el país”.

Justamente esos son los dos problemas, sostiene, que afectan a la Argentina: la balanza comercial y la falta de trabajo. “Curiosamente en el discurso de los científicos esos dos temas no aparecen, y eso me preocupa porque en los países desarrollados la ciencia genera ambas cosas: divisas y empleo. Estamos muy anclados en la visión muy academicista de la ciencia. Lo que va a ser interesante, si hay un cambio de gobierno, es esta puja entre las dos visiones: una metropolitana y academicista, y otra más federal y productiva. Nosotros hemos tratado de poner equilibrio a la balanza. Apoyamos la creación de conocimiento, pero también su aplicación y distribución más federal”, defiende.

Macri durante el debate presidencial dijo que “aumentó el presupuesto para la ciencia” cuando, por el contrario, el presupuesto disminuyó significativamente…

—Supongo que se refería al aumento propuesto para el presupuesto 2020. De todos los ministerios, hubo cinco que subieron más, y uno de ellos fue este. En términos de poder adquisitivo y demás, sí es cierto que el presupuesto de los últimos años fue menor que el óptimo. Desde 2013 viene bajando en términos reales en paralelo con la situación económica. Nuestro presupuesto es un reflejo de la crisis que ha sufrido el país. No es que haya habido una política aviesa de ataque a la ciencia como desde algunos sectores se piensa, lo que hemos sufrido es la consecuencia de la crisis como otras áreas del Gobierno.

—Esta semana el directorio del Conicet pidió un aumento salarial del 20% para todo el personal y becarios del organismo. ¿Apoya el reclamo?

—Sí, claramente el salario se ha deteriorado. Si vemos la pirámide salarial de la Argentina, los científicos no están tan mal, pero cuando vemos los salarios de la región, son considerablemente menores. Eso genera el riesgo de fuga de cerebros. Justamente hay una propuesta dentro del Plan 2030 de crear una especie de escalafón único porque históricamente, por ejemplo, el INTA tenía mejores sueldos que el Conicet. Los sueldos del Conicet se rigen por las paritarias de la administración pública, y eso hace que la curva se adapte a ese incremento, que es exiguo.

—En 2016 me dijo que continuaba como ministro para garantizar las políticas del sector en marcha y que si no había presupuesto, renunciaba. ¿Por qué decidió permanecer en el cargo?

—Porque había cosas por terminar y porque pensaba que mi ausencia iba a ser más perjudicial que mi presencia. Durante todo este período logré, justamente con la amenaza de irme, que se incorporaran partidas adicionales que permitieron aliviar el impacto negativo que tuvo la crisis en el sistema científico. Había proyectos personales que yo quería terminar, como el edificio Cero + infinito, que si bien estaba propuesto desde la administración anterior, se ejecutó durante esta gestión, y la sede del Centro Latinoamericano de Formación Interdisciplinaria en Bariloche. Y fundamentalmente para mantener el grupo humano que me acompaña desde 2013, que es la garantía de eficiencia en el manejo de fondos. Hemos manejado casi 8.700 millones de dólares y no tenemos una denuncia de ningún tipo. Para mí ese recurso humano era algo que había que preservar y hacerlo pasar por esa etapa de crisis que, honestamente, yo no pensé que iba a durar tanto. Pasado un tiempo también quería honrar el compromiso que asumí. Me había comprometido a un cargo, independientemente de las condiciones económicas que hubiera. Con el diario del lunes, uno juzga de otra manera.

—¿Lo defraudó Macri?

—Lo más grave que ocurrió fue la evolución de la economía que nos afectó. Creo que hubo buena intención, se hizo lo que parecía más adecuado como cualquier funcionario hace. Nadie llega al poder para destruir algo. Lamentablemente no funcionaron, también cambiaron las condiciones del entorno. Lo de la degradación del Ministerio fue una mala señal, me dolió particularmente. Una mala señal también para toda la región. Hubo gente que dijo que como Argentina había liderado la jerarquización del área, la vuelta atrás también había incidido negativamente en otros países que están en proceso de creación del Ministerio, como Colombia y Chile. Sobre todo porque no hubo consecuencias presupuestarias, no hubo ningún ahorro. Entiendo que el Presidente haya querido tener un gabinete más compacto y más coherente con lo que era su partido, al cual yo no pertenezco. Entonces, desde ese punto de vista era lógico pensar dos niveles jerárquicos. Pero la señal para el sistema científico y para el exterior no fue buena.

—¿Conoce a Alberto Fernández?, ¿cuál es su opinión?

—Lo traté brevemente cuando ingresé al Gobierno. Los dos salimos del mismo colegio: el Mariano Moreno, cuyos egresados tienen una visión del mundo distinta que los del Buenos Aires. Creo que es una persona muy inteligente, que tuvo en su momento el valor de criticar las políticas e irse de un gobierno, algo que no es frecuente en la Argentina.

—¿Qué consejos le daría al próximo ministro?

—El consejo es tratar de honrar las responsabilidades que uno tiene: administrar los recursos en beneficio de la sociedad. Tener claro que el ministro de Ciencia no es el presidente del gremio de los investigadores. Eso es importante porque todavía se sigue viendo a este Ministerio como una conquista de los investigadores, no como una herramienta que tiene el Estado de hacer un uso eficiente del recurso más valioso que tiene, que es la inversión en ciencia y tecnología. También hay que estar dispuesto a asumir las críticas como un insumo necesario para mejorar la gestión. Estos últimos cuatro años –sobre todo– he sido blanco de muchas críticas, no es fácil soportarlas porque vienen de parte de gente que uno aprecia. Pero también es cierto que es mucho más fácil criticar que hacer.

Sandra Pitta, los argentinos y la grieta

“A ningún investigador nunca le voy a preguntar cómo piensa ni a quién vota. Así que, Sandra Pitta, no tengas miedo”, dijo Alberto Fernández en un acto frente a científicos. Para Barañao el cruce se debió a un malentendido. “El asumió que lo que estaba temiendo la científica era una persecución del Gobierno. Que la pudieran echar y eso no es posible. No se puede echar a alguien del Conicet. Creo que lo que esta científica más temía era el bullying interno, del propio entorno de la Facultad, que sí tiene una posición bastante peculiar respecto a los que piensan diferente. Y en eso un presidente no tiene mucho qué hacer. Me parece que se metió en un debate que no le incumbía”.

Para el actual secretario, existe una grieta entre los científicos como en toda la sociedad. “Los seres humanos amamos las grietas. Necesitamos identificarnos con un grupo. Esa identificación es mayor que el instinto de supervivencia. La manera más eficaz de sentirse parte de un grupo es tener un odio común hacia alguien. Está en nuestro software innato. Cuando se comprende eso, se entiende por qué la gente actúa como actúa. Lo peligroso es cuando se avala esa política de discriminación. Me pareció que estuvo mal esa situación de reírse de una persona que había tenido una posición diferente”, sostuvo.

Por la vuelta de los drones argentinos «SARA»

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El Sistema Aéreo Robótico Argentino (SARA), un proyecto de INVAP elaborado a partir de la Resolución 1.484 de 2010 del Ministerio de Defensa, quedó abandonado -como tantos otros- durante la gestión Macri. Pero soplan nuevos vientos, y la publicación Zona Militar, especializada en temas de defensa, está cuestionando una compra «llave en mano», de un sistema de drones israelí, como informamos aquí en AgendAR.

Ahora, nuestro amigo Daniel Arias tiene cosas para decir de esa compra «llave en mano» y también de lo que afirma Zona Militar. Y de paso, se extiende sobre el tema de los drones, actual si los hay, y las posibilidades de las empresas argentinas en ese rubro. Abrimos la polémica.

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Primera parte: en lugar del SARA, sarasa.

Un artículo del portal Zona Militar se alarma por el porvenir de la aviación robótica argentina: las 40 empresas nacionales proveedoras del llamado Sistema Aéreo Robótico Argentino (SARA) estarían indignadas ante la compra “llave en mano” por la Fuerza Aérea Argentina (FAA) de un sistema israelí de drones sustitutivo, el Hermes 450, de Elbit Systems. La operación vale $ 1800 millones y el pedido data de 2017, pero la parte compradora trataría de apurar la operación a todo vapor. En lo que le deseamos muy mala suerte.

Inevitable conjetura: si la fórmula Fernández x 2 ganara las elecciones presidenciales, podría volver la línea pro-desarrollo nacional al Ministerio de Defensa. En tal caso, no sería imposible que se caigan, junto con la compra del sistema Hermes, algunas cabezas.

Zona Militar dice (textual): “El plan de fabricación del SARA surgido bajo un proceso de relevamiento técnico operativo del 2010, que estimaba una inversión de unos 3 mil millones de pesos para fabricar 3 sistemas clase II, 2 sistemas clase III, una estación terrena, blancos aéreos para la Armada, desarrollo de cargas útiles como pods electro ópticos y otras capacidades tecnológicas, sufrío un fuerte parate luego del 2015, por una tendencia muy centralista de la firma INVAP que colisionaba con esfuerzos de otros actores”. (El destacado en negrita es nuestro).

Los expertos del MinDef de tiempos de Nilda Garré y Agustín Rossi involucrados en el SARA leyeron ese artículo y sugirieron estas correcciones: donde dice “fuerte parate” debería leerse más bien “liquidación pura y dura”. En cuanto a “la tendencia muy centralista de la firma INVAP que colisionaba con los esfuerzos de otros actores…”, colegas de Zona Militar, lean el contrato de Diciembre de 2014: es de acceso público.

Para construir el SARA, aquel MinDef anterior al 10 de Diciembre de 2015, nunca libre de errores pero que trabajó para este país y para su industria, trataron con INVAP desde 2010 y nombraron contratista principal de todo el proyecto a esa firma nuclear y aeroespacial barilochense. Y los contratistas principales centralizan: está en su naturaleza. La opción es el caos.

Las 3 Fuerzas Armadas (y luego se sumaron las 4 de Seguridad) acordaron una a una las especificaciones técnicas de los clase II y III. Esto quiere decir que tras no poca discusión, consensuaron centenares de asuntos bajo dirección civil, y en defensa del país y del trabajo nacional.

Las coincidencias no pasaron por el mero diseño aeronáutico de las plataformas. Los aviones de un sistema de drones son la parte más llamativa, más barata y menos relevante de un enorme dispositivo de acopio de datos y de telecomunicaciones, la parte más oculta, más cara y específica. Las acuerdos pasaron por consensuar qué cargas útiles debían llevar a bordo los avioncitos, y qué especificaciones técnicas tendrían. La lista a puntear era larga:

  • sensores electro-ópticos,
  • apuntadores láser para guiado de bombas y misiles,
  • radares de distinto tipo,
  • cámaras fotográficas de film para alta definición,
  • interrogador NIF para detección de vuelos amistosos y enemigos,
  • equipos SIGINT de mapeo y espionaje de inteligencia de señales de radar y de comunicaciones del enemigos,
  • equipos de ELINT para bloquear esas fuentes

Y eso para empezar, porque la lista sigue. También definieron qué se llevaría a bordo para comunicaciones de media y larga distancia con las estaciones de base, y cuántas de éstas se necesitarían, qué equipos tendrían y qué tipo de “datalinks” necesitarían, y también cómo resolver su logística de base, desde los containers para el transporte y despliegue de las aeronaves y de las estaciones terrenas, hasta la repuestería de todo el conjunto y los manuales de uso. Ésa, señores, es la parte sumergida del témpano, ahí está el 90% del costo y la dificultad de cualquier sistema de drones. SARA es una chica de bajo perfil pero compleja, como se ve.

Y empezaron a barajarse nombres de posibles proveedores: PyMES privadas argentinas como Volartec, Florestán, Nostromo, Redimec, FixView, Aerodreams, Tesacom, centros académicos como el Instituto Universitario Aeronáutico (IUA) o la Nacional de San Martín (UNSAM), o la Tecnológica Nacional (UTN), y centros nacionales de investigación como CITEDEF, que pertenece a las 3 Fuerzas Armadas. Pero este club fue creciendo.

Según el contrato, las Fuerzas Armadas integraron 2 equipos asesores para monitoreo y control del programa: uno supervisaba el desarrollo de los drones a hélice clase II y III, con motores pistonero y turboprop respectivamente. El otro equipo monitoreaba el Blanco Aéreo de Alta Velocidad (BAAV), un extraño jet-robot propuesto por la Armada. Cada grupo estaba formado por 1 representante de las Direcciones de Investigación y Desarrollo (DIGID) de las 3 Fuerzas, más un actor industrial perteneciente al MinDef: la Fábrica Argentina de Aviones (FAdeA) en el equipo de los drones a hélice, y la Dirección de Fabricaciones Militares en el equipo del BAAV.

Hasta que en 2010 aquel MinDef contactó a INVAP, cada Fuerza Armada estaba desarrollando algún drone propio y con poca plata. El MinDef dejó que quienes hubieran tenido éxito con un clase I lo conservaran, caso del Lipán del Ejército. Más allá de su utilidad en despliegue (ver en qué anda un enemigo cercano y oculto), estos aparatos son imprescindibles para entrenamiento inicial de personal.

La FAA entró muy a contramano. Venía desarrollando vehículos aéreos a control remoto por su cuenta desde 2004 y sin mayores resultados. Se plegó al programa SARA absolutamente a disgusto. En los equipos asesores exigían especificaciones irreales, irrelevantes y cambiantes, según recuerdan los técnicos del MinDef. Desde que el macrismo abortó el SARA: la FAA tomó un protagonismo súbito: sus desarrollos, los aviones Vigía 1 y 2, aparecieron como de la nada y fueron fotografiados innumerables veces en exposiciones y en pista. Recibieron emotivos elogios de los fans en los foros de defensa.

Los Vigía de la FAA: lindos y vuelan bien, pero, no son en absoluto un sistema de drones.

Lo real es que pese a los 15 años que se tomó la FAA en su programa, ningún Vigía puede fungir de drone por su falta de equipos internos y periféricos, excusa hoy usada para esta compra de apuro y “llave en mano” a Elbit. Los Vigía sin duda son aviones bien resueltos en tanto tales, pero con una ausencia disfuncional de “la parte cara”: justamente, lo que define el sentido funcional y militar del drone. No son el SARA: son saraza.

En cambio el SARA Clase II pasó de especificaciones a un MET (Modelo de Ensayo Tecnológico) en vuelo en 2 años. Este minúsculo aparato, realmente un pre-prototipo, fue la primera aeronave argenta “stealth”, diseñada para reflejar muy poco las ondas de radar. Pero es apenas una parte de un sistema complejo de detección remota y telecomunicaciones: lo importante va adentro y afuera pero lejos del avioncito. Que en su versión prototipo deberá llevar hasta 40 kg. de carga útil, invertidos en una cámara multiespectral e infrarroja estabilizada, con 12 horas de autonomía teórica sobre teatro de operaciones, 4600 metros de techo de vuelo, radio de acción de 180 km., capacidad de aterrizaje y despegue desde pistas verdaderamente horribles, equipos de comunicaciones “en línea visual” y “más allá del horizonte”, y 2 estaciones de control: una en pista y otra adelantada en el teatro de operaciones.

Me asombró la ingenuidad con que algunos lectores opinaron sobre aquel hito en la página de INVAP. Alguno se mandó con los tapones de punta contra “la falta de seriedad del programa”, evidenciada a su poco informado parecer por el uso de una pista tan berreta. Otro se desilusionó por el tamaño y potencia motriz mínimas del avión: dijo que no superaba a un chiche chino comprable por Mercado Libre. Y es verdad que este MET, que subrayo, sirve (sirvió) para testear sensores y electrónica en vuelo. No es el prototipo, no asusta, frente al contundente tamaño del Vigía 2B. Que además es más lindo, pero militarmente inútil.

Insisto con que los legos en aviación robótica creen que un sistema de drones es las aeronaves. Pero como dijo un gran aviador, en un clase II lo esencial es invisible a los ojos: está adentro del fuselaje o -para un clase II- hasta a 180 kilómetros de distancia del mismo. Este MET preliminar y submotorizado, aunque fuera un “stealth”, ni siquiera define la apinta definitiva del clase II: éste será probablemente bimotor, más robusto y carguero. Lo claro es que INVAP venía corriendo 1 año delante del cronograma fijado por contrato, que suponía llegar al MET en 3 años.

Este banco de pruebas volador tenía una motorización minúscula, de 16 HP. Despegó y aterrizó en bautismo en agosto de 2014 en las afueras de Córdoba, como se ve en este video.

Su regreso a tierra no fue la mar de suave, pero la pista elegida se asemeja deliberadamente a la que uno improvisa en guerra cuando el enemigo le bombardeó el aeródromo: es precaria y despareja. Después del 10 de Diciembre de 2015, aquel MET siguió en testeo, en búsqueda obstinada de los límites de sus “envolvente” de vuelo y de comunicaciones, atravesó con su indiferente zumbido de cortadora de pasto el cambio de gobierno nacional, y se hizo puré en un aterrizaje duro en 2016. El nuevo ministro de Defensa, Julio Martínez, no lo hizo reparar: había discontinuado el programa.

En la rapidez con que INVAP sacó volando un sistema drone muy básico pero verdadero, con una carga útil funcional y que puede comunicarse por UHF hasta a 250 kilómetros de distancia de la base, no hay misterios. INVAP hace todo en tiempo y forma y en general le sale aceptablemente de entrada. Por algo, desde 2000 sigue siendo el primer exportador mundial de pequeños reactores nucleares, corona más pesada que las de Maradona y Messi, si se mide en cantidad de camiseteos, codazos y barridas de tobillos. Pero lo que cuenta, en el caso SARA, es su experiencia en satelites.

Más allá de acumular prestigio y lesiones, la firma vino trabajando con los sensores ópticos e infrarrojos de los satélites SAC-B, SAC-1, SAC-C y SAC-D desde 1994, cuando no la conocía casi nadie. Desde 1998 empezó con su primer radar espacial, el de los satélites SAOCOM 1A y 1B, y a partir de 2003, pasó a otros de todo tipo (navegación aérea, militares de diversa potencia, meteorológicos, portátiles de infantería, etc).

Los 5 complejos SAC y SAOCOM construidos por INVAP para la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y los 2 que le hizo a la empresa de telecomunicaciones ARSAT SA anduvieron incontestablemente bien. Todos y cada uno. El SAOCOM-1A y los ARSAT 1 y 2, para el caso, siguen operativos. A diferencia de casi todas las empresas aeroespaciales del Primer Mundo, ARSAT con el SARA hizo un camino tecnológico inverso: bajó del espacio a los aviones.

No es de extrañar que antes de que el MinDef de 2010 le tocara timbre, INVAP ya tuviera cocinadas algunas soluciones para “carga útil” de drones. Es que salvo por la pinta, los verdaderos drones son conceptualmente parecidos a los satélites: deben arreglárselas casi solos, gracias a una electrónica de gran potencia en sensores, en informática y en telecomunicaciones, pero muy liviana.

(Continuará)

Daniel E. Arias

El voto «latino» ¿irá contra Trump en 2020?

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Esta columna de opinión -publicada hace algunas semanas en El Nuevo Herald, de Miami- tiene dos elementos sorprendentes: una, que el autor es Andrés Oppenheimer, un periodista de evidentes simpatías por el sector de la comunidad «latina» en EE.UU. más favorable a Trump y a los Republicanos. Otra, más importante, que en las elección anterior un tercio del voto «latino» contribuyó a la victoria del Donald. Pero, sorprendentes o no, los hechos que menciona aquí son reales. Por eso la pregunta del título.

«MIAMI.- Una vieja broma entre los encuestadores estadounidenses es que el voto latinoamericano es un gigante dormido, y siempre lo será. Pero hay indicios de que podríamos ver una ola de votos hispanoamericanos que complicaría, si se da, las posibilidades de reelección del presidente Trump en las elecciones de 2020.

Una encuesta publicada horas antes del debate demócrata en Houston mostró que los demócratas ganarían Texas -un estado que ha votado por los republicanos durante casi cuatro décadas- si las elecciones se celebraran hoy. Y gran parte de eso podría deberse al voto hispanoamericano. 47% de los votantes registrados en Texas dicen que planean votar o se inclinan a votar por quien gane la nominación demócrata, mientras que solo un 42% apoyaría a Trump, según la encuesta de Univision News.

Entre los hispanoamericanos, que representan alrededor del 40% de la población de Texas y el 24% de los votantes en el estado, el 69% dice que votará por los demócratas. La gran pregunta, por supuesto, es si los hispanoamericanos saldrán a votar o si se quedarán en sus casas, como lo han hecho tantas veces. A pesar de ser la minoría más grande del país, los latinoamericanos votan en menores proporciones que los angloamericanos o los afroamericanos.

Entre los indicios de que las cosas podrían cambiar en 2020 está el hecho de que en las elecciones legislativas de 2018 los hispanoamericanos votaron en números récord, según un estudio reciente del Centro de Investigación Pew. La participación de votantes latinoamericanos a nivel nacional llegó a un récord del 40 por ciento en 2018, según el estudio de Pew. El número de votantes latinoamericanos casi se duplicó entre las elecciones legislativas de 2014 y las de 2018. Esa tendencia probablemente continúe en las elecciones de 2020, dicen los encuestadores.

«Te puedo garantizar que el voto latinoamericano alcanzará proporciones históricas en 2020«, dice Fernand Amandi, presidente de la firma encuestadora Bendixen y asesor político demócrata. Amandi citó el continuo crecimiento de la población hispana y el creciente resentimiento contra la campaña antiinmigración de Trump entre los latinoamericanos. «El tema de las próximas elecciones no será el candidato demócrata, sino Trump, el presidente más antilatino en la historia de Estados Unidos«, dijo Amandi.

El consenso entre los encuestadores es que las elecciones de 2020 dependerán en gran medida del resultado de la votación en un puñado de Estados, incluidos Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Florida y Arizona, y quizás incluso Georgia y Texas.

En su nuevo libro «Que en paz descanses, Partido Republicano», el conocido encuestador demócrata Stanley Greenberg, que trabajó para Bill Clinton, prevé una «oleada demócrata» en 2020. En una entrevista, me dijo que el voto hispanoamericano probablemente sea crítico, junto con el de los millennials, las mujeres solteras y los votantes suburbanos y afroamericanos.

Greenberg dice que podríamos ver un fenómeno nacional similar a lo que vimos en California en la década de 1990. California había sido durante mucho tiempo un estado republicano, hasta que los republicanos comenzaron a presionar por la Resolución 187, que buscaba hacer la vida imposible para los inmigrantes mexicanos. Eso creó una gran reacción en contra, que terminó convirtiendo a California en un estado sólidamente demócrata.

«Lo mismo podría pasar en todo el país en 2020«, dice Greenberg. “Los votantes se han vuelto más proinmigrantes a medida que Trump se ha vuelto más virulento en sus ataques contra los inmigrantes”.

Claro que no hay que olvidar que los encuestadores se equivocaron en 2016: predijeron con razón que los demócratas ganarían el voto popular, pero no pronosticaron que perderían en el colegio electoral. Y hay varias cosas que podrían ayudar a Trump a ser reelegido, como una economía estadounidense en alza o un candidato demócrata demasiado a la izquierda como Bernie Sanders. Si sucede alguna de estas dos cosas, creo que Trump tiene buenas posibilidades de ganar.

Pero hay cada vez más dudas sobre si la economía seguirá creciendo como hasta hace poco, y es difícil imaginar que los demócratas serán tan bobos como para elegir a Sanders como su candidato. De manera que no estoy tan convencido como antes de que Trump será reelecto. Quizás los encuestadores tengan razón esta vez.»

Las turberas de Tierra del Fuego, un patrimonio argentino clave frente al cambio climático global

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La península Mitre en Tierra del Fuego almacena el equivalente a más de tres años de emisiones de dióxido de carbono de Argentina en sus turberas. Mantenerlas es un asunto clave en la lucha contra el calentamiento global.

Hace años que las organizaciones conservacionistas que Península Mitre, esta joya del archipiélago fueguino, sea declarada Parque Provincial. El Programa Marino «Sin Azul no hay Verde» de la organización Conservation Land Trust dio a conocer un informe de National Geographic Society y el Centro Mundial de Vigilancia de la Conservación de Naciones Unidas: revela que la Península Mitre, la punta Sureste de la Isla Grande de Tierra del Fuego, es el punto de mayor captura de carbono en Argentina. Con 315 millones de toneladas de carbono almacenadas en sus turberas, la zona es un mitigador pasivo de la crisis climática mundial.

¿Qué son las turberas? Clasificadas como humedales, son un paisaje pantanoso originado tras el retiro de los glaciares comenzado hace 18.000 años. Lo compone la turba, material vegetal fibroso sin descomponer y normalmente empapado que a veces se extrae, se seca y se utiliza como combustible. Se emplea también como abono y en usos industriales, domésticos y científicos. Situadas en los fondos de valle fluvial, hidrológicamente las turberas actúan como esponjas y regulan el flujo de aguas superficiales. Es una comunidad vegetal dominada por musgos del género Sphagnum, acompañados también de líquenes, hongos, hierbas y arbustos característicos de la zona más austral de nuestro país, de Chile y de las islas Malvinas.

El 95% de las turberas de Argentina se encuentra en la provincia de Tierra del Fuego, concentradas en la Península Mitre (el resto está en el Sudoeste de Santa Cruz). «En América del Sur, la concentración más importante de turberas extra tropicales están en la Patagonia. En Península Mitre hay 2400 km2 de turba” explica Rodolfo Iturraspe, secretario de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego. Todo lo que en este mapa de Península Mitre aparece en rosado, es turbera, y además casi virgen porque la zona está mayormente despoblada.

Las turberas inmovilizan durante miles de años el 30% del carbono. En el Hemisferio Norte, donde su superficie es mucho mayor que en el Sur, cumplen una función importante en la regulación planetaria del ciclo de carbono. En casi todo ecosistema terrestre el dióxido de carbono atmosférico es captado por fotosíntesis por las plantas y almacenado en tallos, hojas y raíces que duran lo que el vegetal. Así, en el bosque fueguino, formado mayormente por especies arbóreas del género Nothofagus, el carbono capturado puede vivir hasta 300 años -lo que dura el árbol- pero aún antes de su muerte va siendo liberado por el ataque de más de 500 especies de hongos, proceso que se acelera -en términos relativos, todo proceso biológico es muy lento en este clima frío- cuando la planta cae y termina de descomponerse más rapidamente en el suelo. En cambio en las turberas el ciclo del carbono es muy distinto.

Incorporado el carbono por fotosíntesis a las plantas del Sphagnum, éstas no se pudren sino que más bien fermentan. Al hacerlo, crean condiciones ácidas en el suelo (lo saturan de ácido húmico). Con esta acidez, tallos, hojas y raíces resisten largamente la descomposición por bacterias u hongos. De modo que el carbono fijado en una turbera tiene una estabilidad milenaria y que todavía no se ha terminado de medir. Es más, en suelos planos, anegados y fríos, el sphagnum crece y muere sin parar, de modo que de mantenerse las condiciones húmedas y las temperaturas bajas en la Península Mitre, las turberas continúan creciendo en espesor e incluso extensión, sin que otras ecosistemas vegetales de ciclo más rápido (los pastizales y los bosques subantárticos) las puedan reemplazar o hacerles competencia.

Hasta ahora vienen acumulando materia orgánica imputrescible desde la última deglaciación, y no son un ecosistema directamente alterable por la presencia humana, o del ganado traído por humanos. Ésa es una diferencia notable con bosque sub-antártico andinopatagónico, que a principios del siglo XX cubría 5 millones de hectáreas, de las cuales, entre incendios intencionales, talas rasas e introducción de ganado, quedan 2 en pie, mayormente defendidas por la Administración de Parques Nacionales. La turbera, en cambio, es un depósito de carbono a largo plazo: su explotación es marginal, no tiene maderas valiosa y es inhóspita para personas, ovejas y vacas.

La meteorología fueguina es fría pero cambiante (las 4 estaciones en un día, suelen gruñir sus habitantes). Pero la de Península Mitre está particularmente dominada por el mar, ya que es el único sector de la Isla Grande que no está cubierto por el Sur por las islas chilenas montañosas, como Navarino. Esto somete directamente a la Península al soplo directo de los feroces vientos antárticos, lo que junto con el relieve accidentado genera un paisaje no muy distinto del de la Isla de los Estados: humedad y frío casi garantizados.

Esto no significa que la Península quede a salvo de otros efectos antrópicos indirectos: el aumento mundial y local de las temperaturas medias y la aparición y mayor frecuencia de veranos secos, muy dañinos para el bosque subantártico, la pueden volver incendiable. Por ahora, su biomasa total parece mantenerse constante, que ya es mucho, e incluso creciendo muy despacio. Franco contraste con las turberas boreales siberianas, que vienen de un verano de incendios como no se recuerda otro.

La Península Mitre hoy está más despoblada que en el siglo XX, por el cierre de las pocas estancias aisladas sobre la costa Atlántica desde que en los ’80 empezó la caída del precio de la lana. Entre la cerrazón del bosque de Nothofagus, las fuertes pendientes, los arroyos impasables y las turberas intransitables, la zona se defiende sola de la presencia humana. Fuera de los destacamentos temporarios de la Armada y Prefectura, ahí solo hay algunos «trekkers» en verano que tratan de llegar a Bahía Policarpo, amén de algunos pocos efectivos navales en Bahía Thetis y los guardafaunas del Museo del Fin del Mundo en alguna misión de rescate de cóndores o de relevamiento de zorros colorados. La fauna nativa no es peligrosa, pero sí lo son los toros cimarrones, descendientes lejanos de los que se fugaron de las estancias abandonadas, ya totalmente asilvestrados.

Península Mitre, sin caminos, sin otra explotación que el turismo de aventuras, no es siquiera un sitio sometido a manejo. Pero salvo que quede bajo algún régimen fuerte de protección legal de la Provincia o la Nación, no faltarán emprendedores que intenten drenar las turberas para construir. Y es que éstas ocupan el escaso suelo horizontal de la zona. En el mundo actual la soledad es un artículo para ricos que se cobra caro. Y aquí hay cantidades.

Los incendios masivos de las turberas siberianas, además de un «tipping point» capaz de disparar en espirales el recalentamiento global, son un recordatorio de que Península Mitre vale más preservada sin cambios.

El Día de #NuclearPride

El domingo 20 de octubre, Buenos Aires y Bariloche fueron dos de las 32 ciudades del mundo -entre ellas París, Berkeley, Manila, Berlín- que participaron de la iniciativa “Stand Up for Nuclear” con el objeto de promover el uso y difundir  los beneficios de la energía nuclear y sus aplicaciones.

En Argentina,  Women in Nuclear (WIN)Mujeres del Sector Nuclear–, la asociación internacional de mujeres profesionales del sector nuclear, es responsable de organizar el día de acción global y propuso celebrar una “Kermesse Nuclear” para todo el público, con juegos, música en vivo, charlas y demás actividades que inviten a la comunidad toda a adentrarse en el  mundo atómico.

En Bariloche, era en el Centro Cívico entre las 15 y 17 hs. En Buenos Aires, la Kermesse será alrededor del Planetario “Galileo Galilei”, en el horario de 15 a 18 hs.

Para más información, cliquear en las siguientes páginas:

ENUla Energía Nuclear Latinoamericana (en castellano)

standupfornuclear.org/stand-up-oct-20 (en inglés)

Twitter: @nuclear_pride / @WiNargentinas

Instagram: @stand_up_for_nuclear /  win_argentina

Facebook: nuclearpridecoalition  womeninnucleararg

«La economía argentina después de la grieta»

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Decidimos reproducir este artículo de Matías Kulfas -publicado en Anfibia– no sólo porque plantea un plausible proyecto para reencauzar la destrozada economía de nuestro país. También porque desarrolla y confirma una tesis que esbozó hace algunos años Eugenio Díaz Bonilla en El mito de la decadencia argentina, que también publicamos en AgendAR.

Estamos convencidos que, más perjudicial todavía que negar nuestro fracaso en construir una estructura productiva que dé trabajo, bienestar y oportunidades a todo el pueblo argentino, es equivocarse al identificar los motivos, las decisiones equivocadas. Sobre todo si esa equivocación se apoya en la desvalorización de lo argentino, de lo propio.

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«La economía argentina afronta severas dificultades para encontrar un sendero hacia el desarrollo económico. El problema no es nuevo: hace cuatro décadas que la economía alterna ciclos de expansión y ajuste, con abruptas oscilaciones en la política económica en aquello que el lúcido Marcelo Diamand denominara “péndulo argentino”. La denominada grieta es una expresión simplificada de aquel. Su superación es fundamental para encontrar la senda del desarrollo económico y social.

La tesis de la decadencia argentina

En los últimos años ha tomado fuerza, tanto en ámbitos académicos como en la discusión pública, en medios de comunicación y redes sociales, la idea de una larga decadencia económica de la Argentina. Según este enfoque, Argentina era, a principios del siglo XX, un país desarrollado o que se encontraba muy cerca de encontrar esa fórmula que separa a los pocos países de elevado bienestar (actualmente alrededor de 30) del resto (actualmente alrededor de 190). Su inserción internacional como país proveedor de alimentos había generado las bases para un sólido desarrollo económico que se había a su vez traducido en un crecimiento de las infraestructuras, un incipiente crecimiento de las manufacturas y un sistema educativo que mejoraba las oportunidades de incorporación social.

Sin embargo, según esta narrativa, los desafíos que se abrieron a partir de nuevos escenarios internacionales, en particular la crisis mundial de 1930, no fueron debidamente internalizados. Se abrió un largo ciclo de inestabilidad política, cuya señal más evidente fueron los sucesivos golpes militares, y de políticas económicas que se alejaron de aquel sendero virtuoso que se había iniciado a fines del siglo XIX. Una versión algo más extrema, no compartida por todos quienes adscriben a esta tesis, pero con bastante presencia en los medios de comunicación y en el propio gobierno, hace referencia a los “70 años de peronismo” como factor explicativo de este proceso de larga decadencia.

Esta tesis es altamente controversial en varios aspectos. El Gráfico 1 muestra la evolución en el largo plazo del PIB por habitante de la Argentina y de su distancia respecto a dos casos relevantes para su comparación: Estados Unidos, la gran potencia mundial del siglo XX y Australia, un país útil para la comparación debido a algunas características económicas similares a las nuestras a comienzos del siglo XX (un país extenso, con una densidad de población relativamente baja, distante de los grandes centros económicos mundiales y muy buenas condiciones agroecológicas para la producción agropecuaria). La brecha se mide como el cociente entre el PIB por habitante de Argentina respecto al de Estados Unidos y Australia, de modo que si se acerca al 100% indica que Argentina está alcanzando niveles similares a dichos países, al tiempo que si se aleja de dicho valor se está produciendo un ensanchamiento de la brecha.

La evolución de largo plazo muestra un proceso mucho más complejo que el que señala la tesis de la larga decadencia argentina. Por un lado, se observa que, efectivamente, Argentina tenía a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX un PIB por habitante similar, o incluso mayor en algunos años, al de EE.UU. y Australia. Sin embargo, esas condiciones particulares no pudieron ser aprovechadas para forjar un sendero de desarrollo de largo plazo, como sí logró Australia. Entre 1910 y 1940, el PIB por habitante argentino pasó a representar aproximadamente un 70% del australiano o estadounidense. Una revisión de los documentos de la época nos podrá acercar a la obra de Alejandro Bunge, quien en la década de 1920 ya alertaba sobre el agotamiento de ese modelo agroexportador y la necesidad de pensar nuevos horizontes y modelos de desarrollo, no desde una mirada crítica sino, precisamente, desde la perspectiva de alguien que notaba que ese modelo había alcanzado su techo, o, como dijera Duhalde sobre la Convertibilidad en 1999, “se agotó por exitoso”.

Lo que sigue en esta narrativa es el supuesto gran fracaso de la industrialización argentina, basada en un proteccionismo espurio y aislacionista. Los datos no abonan esta hipótesis. Entre fines de la década de 1940 y mediados de la década de 1970 Argentina creció a un ritmo similar a Estados Unidos y Australia, de modo que la brecha se mantuvo estable. Vale agregar una aclaración muy relevante: esos años de posguerra fueron de altísimo crecimiento en la economía internacional y en los países desarrollados en particular, al punto que suele ser denominada como la edad de oro del capitalismo. En esa edad de oro, Argentina creció a un ritmo similar al de la gran potencia mundial y al de su clásico referente de comparación.

Donde los números son contundentes y exentos de controversia es en la notable divergencia que se inicia a fines de la década de 1970. De tener un PIB por habitante equivalente al 70% del australiano, pasamos al 43% en 1989 y al 32% en 2002. En pocos años Argentina se rezagó notoriamente. Tuvo dos períodos donde pudo recuperarse, en el primer lustro de la década de 1990 y entre 2003 y 2013, pero dicha reversión no pudo ser sostenida.

Estos datos también contribuyen a desmitificar la hipótesis de los 70 años de peronismo como causa del rezago en nuestro desarrollo. No solo el fenómeno es más complejo y no atribuible a la llegada del peronismo al poder en 1946, sino que carece de sentido encontrar un sendero de continuidad en un escenario que estuvo signado por la inestabilidad política. A lo largo de los más de 25.000 días que transcurrieron entre 1946 y 2015, el peronismo gobernó el 52% del tiempo, hubo gobiernos radicales en el 21% de aquellos días y gobiernos militares o de facto en el restante 27%. Si miramos más en detalle, y para agregar más complicaciones, veremos que hubo un gobierno peronista que implementó muchas de las reformas pro mercado que estos sectores que sostienen esta tesis suelen reclamar.

En definitiva, antes que encontrar puntos de continuidad y ejes claros y contundentes acerca del origen de nuestro rezago e incapacidad para crecer de manera sostenida, lo que se observa es la inestabilidad, el constante penduleo del que hablaba Marcelo Diamand y las dificultades para encontrar un sendero consistente y estable hacia el desarrollo económico.

¿Qué país es Argentina?

Argentina dejó de ser un país agroexportador hace muchas décadas. La relevancia del sector agropecuario es indiscutible: es la principal generadora de exportaciones y de actividad económica en numerosos pueblos del interior. Argentina se destaca por ser uno de los principales exportadores mundiales de soja, trigo y maíz. Pero el peso de este sector en el PIB es relativamente bajo (en torno al 10%) y su aporte al empleo es muy bajo y tiende a reducirse. El agro argentino hace su aporte a nuestro desarrollo, pero con ello solo no alcanza.

Argentina es también un país de industrialización intermedia. Suele ubicarse entre los puestos 24 y 29 entre las economías industriales del mundo. No es algo para desdeñar: las primeras 10 economías del mundo explican el 70% del producto industrial mundial, y las primeras 30 concentran el 90%. ¿Qué significa esto? Que estamos lejos de tener un sector industrial avanzado, pero también que producir manufacturas es un fenómeno de pocos países, y Argentina está en ese mapa, en un lugar subalterno y de baja significatividad, pero está presente.

La industria del siglo XXI es muy diferente a la del siglo XX. Es cada vez más intensiva en conocimiento y en servicios. En esto también Argentina tiene cosas para aportar: actividades de servicios basadas en el conocimiento de alta calidad y con alguna presencia exportadora.

Pero estos sectores no alcanzan aún para generar esa base para el desarrollo sostenido. Más aún, presentan esa contradicción donde los sectores que generan más divisas por exportaciones generan poco empleo y, al mismo tiempo, los sectores que generan empleos son más demandantes que generadores de divisas. Empezar a resolver esta contradicción es un paso fundamental para encontrar el sendero del crecimiento sostenido y salir de estos ciclos. La grieta, expresada como un conflicto entre visiones o intereses extremos y sin puntos de encuentro, es el principal obstáculo. Agitar esa contradicción puede ser políticamente rentable en el corto plazo para algunos sectores, pero en nada contribuirá a resolver la crisis vigente y afrontar los desafíos que se vienen.

Conseguir los dólares

El principal problema de la economía argentina es la restricción externa. En algunos momentos históricos esa restricción se relaja, o bien porque se atraviesa por períodos de términos de intercambio favorables, o porque se dispone de reservas internacionales para cubrir desequilibrios, o bien porque se accede al financiamiento externo para afrontar desfasajes transitorios.

Ninguna de esas tres condiciones estará presente en los próximos años. El ciclo de altos precios internacionales de las materias primas finalizó hace 5 años y no hay señales de retorno. No hay márgenes para aumentar el endeudamiento externo: el gobierno de Mauricio Macri multiplicó por tres el peso del endeudamiento público con acreedores privados y organismos internacionales al cabo de su gobierno. El nivel de reservas disponibles no es elevado, la mayor parte se encuentra comprometido a garantizar futuros vencimientos de deuda.

Estas restricciones llevan a plantear la necesidad de implementar un programa macroeconómico y productivo consistente que permita generar un excedente genuino de divisas para garantizar el crecimiento económico y afrontar los vencimientos de deuda externa de los próximos años. Esto implica alinear en tal dirección a las diferentes facetas de la política económica (fiscal, monetaria, cambiaria, productiva y financiera). Las políticas de desarrollo productivo deberán priorizar aquellos proyectos que generen un incremento de las exportaciones y sustituyan importaciones de manera genuina. Desde diferentes instrumentos financieros se deberá promover la financiación a tasas de fomento y a largo plazo de los proyectos productivos que avancen en tal dirección. Una regla sencilla: a quien genere dólares genuinos, se le debería asistir con financiamiento barato en moneda nacional y a plazos favorables.

La prioridad: recuperar el crecimiento

El sector industrial argentino ha sufrido un fuerte proceso de ajuste durante el gobierno de Macri, con una pérdida del 15% del empleo y una caída del 17% en su producción. Las actividades científico – tecnológicas padecieron reducciones a partir de un menor presupuesto público y la pérdida de espacio productivo en los sectores que utilizan la tecnología de manera más intensiva, junto al cierre o reducción de proyectos públicos en sectores como la industria satelital, energía atómica y otros.

La recuperación deberá seguir un proceso mucho más calibrado que en el pasado. No se puede apostar a una recuperación traccionada exclusivamente por el consumo o por el gasto público. Es deseable y necesario estimular una recuperación del salario real, pero este proceso deberá hacerse con sumo cuidado y calibración para evitar que la puja distributiva retroalimente los niveles inflacionarios, que actualmente son más del doble que los registrados a comienzos del gobierno de Macri. Asimismo, en el actual estado de deterioro de la situación de la industria, es probable que los incrementos del salario real no encuentren oferta productiva adecuada, generando una mayor demanda de importaciones y, con ello, de empeoramiento de la delicada situación externa. Con respecto al gasto público, la situación fiscal dista de la holgura de la década pasada. El gobierno de Macri empeoró la situación agregando una holgada cuenta de intereses de la deuda.

Por tales motivos, no es posible apostar a una recuperación generalizada a partir de un shock de consumo estimulado mediante aumentos del gasto público o la recomposición del salario real, de manera exclusiva. Antes bien, es necesario montar un aparato de relojería que direccione de manera efectiva escasos recursos hacia inversiones que permitan recuperar el tejido manufacturero y, al mismo tiempo, contribuir positivamente en la generación de un excedente de divisas que permita desplazar la restricción externa y obtener los recursos para financiar el crecimiento y los pagos de deuda externa.

Esto lleva a priorizar objetivos para asignar recursos escasos: aumentar las exportaciones y sustituir importaciones de manera genuina deben ser las prioridades estratégicas. Entendemos como genuina a una sustitución de importaciones cuando el resultado neto de la sustitución implica un ahorro efectivo de divisas y la efectiva implementación de nuevas prácticas productivas y tecnológicas. Por ejemplo, si una empresa prevé la producción en el país de un bien determinado que actualmente se importa, pero en su producción prevé incorporar componentes importados que suman aproximadamente el mismo valor del bien final, se trata de un caso de una sustitución no genuina. Algo similar debe acotarse para las exportaciones: debe haber un aumento efectivo de las cantidades exportadas y el contenido de producción local.

Los proyectos exportadores o de sustitución genuina de importaciones pueden existir en numerosos sectores y tamaños de empresas. Hay proyectos para aumentar las exportaciones en el sector primario pero también en el industrial, en grandes empresas, pero también en PYMES biotecnológicas y de la industria farmacéutica.

Un eje central para plantear la sustitución genuina de importaciones son los clusters en torno a los recursos naturales. Está bien hablar de “agregar valor a los recursos naturales”, pero más importante aún es desarrollar las tecnologías vinculadas a la explotación y/o extracción. Australia no es rica por tener alimentos o minería sino por ser un gran proveedor tecnológico en torno a ello (por ejemplo, es el proveedor del 60% de las exportaciones mundiales de software para minería.)

Argentina tiene el potencial para hacerlo. Pensar en clusters tecnológicos y de ingeniería en torno al agro, el petróleo y la minería rompe la tradicional dicotomía entre recursos naturales versus industria, genera más empleo y sustituye importaciones de manera genuina. En la misma dirección, el desarrollo de las tecnologías 4.0 pueden aportar servicios y manufacturas para mejorar procesos y sustituir importaciones de manera genuina, además de mejorar el contenido tecnológico de las exportaciones.

El acuerdo económico y social

Salir del péndulo y de la grieta son elementos centrales para encontrar la senda del desarrollo. La idea de un acuerdo económico y social parece trillada y vetusta, pero hoy parece ser un camino no solo deseable sino también inevitable. El síntoma más claro es la exacerbación del proceso inflacionario: Macri heredó una economía con una inflación en torno al 25-26% anual y estará dejando niveles superiores al 50%. La idea de que se trata de un problema exclusivamente monetario y de fácil resolución chocó frente a una realidad mucho más compleja. La inercia inflacionaria, la puja distributiva, los saltos del tipo de cambio y los desajustes monetarios son todos ellos factores que inciden, en mayor o menos medida, y de manera cambiante según diferentes períodos temporales, en la evolución de la inflación. Esto nos lleva a pensar que no habrá soluciones mágicas, pero que una mesa de concertación de precios y salarios tendiente a generar un proceso de desinflación es una condición necesaria.

Por supuesto que ello no resuelve por sí solo el problema: deberá ser acompañada de una política monetaria y fiscal consistente con ese proceso, donde se evite la apreciación del tipo de cambio, donde se busque el equilibrio fiscal sustentado en el crecimiento y buenas reglas de gestión intertemporal (ahorrar en tiempos de crecimiento, gastar más en períodos de desaceleración y crisis). Esa mesa deberá proponerse una articulación entre el crecimiento, la baja de la inflación, la mejora del salario consistente con el aumento en la producción y la productividad y la recuperación del valor de nuestra moneda. No son tareas sencillas dada nuestra historia reciente. Pero el camino reciente muestra que la receta ortodoxa no funciona.

Producción del conocimiento

La profesora del MIT Alice Amsden, fallecida hace pocos años, decía que el desarrollo económico consiste en transitar desde una sociedad que produce predominantemente bienes intensivos en el uso de recursos naturales a otra que produce bienes intensivos en el uso del conocimiento. Es una definición sencilla que nos permite guiar el rumbo. Es necesario recuperar el Ministerio de Ciencia y Tecnología y poner en valor el conocimiento que se produce en nuestras universidades. Las empresas con participación estatal y las agencias públicas son motores fundamentales de la innovación y los ámbitos más propicios para incorporar los múltiples avances que se generan. Estas ideas transcienden la tradicional dicotomía entre recursos naturales e industria. Hoy los entramados productivos combinan ambas cosas y servicios basados en el conocimiento. Los desafíos que abre la era 4.0 son enormes, es una agenda que no puede seguir esperando y debe formar parte de las prioridades políticas de los próximos años.

Nuestro Green New Deal

De manera reciente, un grupo de intelectuales y referentes políticos estadounidenses comenzó a hablar de un nuevo New Deal basado en la reconversión tecnológica tendiente a compatibilizar los sistemas productivos con los desafíos ambientales, cada vez más acuciantes. Es hora de que en Argentina empecemos también a hablar de nuestro Green New Deal.

Pocos proyectos podrían tener un impacto económico y social tan contundentes como el saneamiento de la Cuenca Matanza – Riachuelo donde viven más de 3 millones de personas. Existen tecnologías desarrolladas en el país que podrían iniciar un camino de solución en un sitio que está entre los más contaminados del mundo. Imaginemos por un momento el impacto que tendría el saneamiento de la cuenca, no solo de manera directa en el nivel de vida de las personas que viven en torno a ella, sino también en el desarrollo de nuevos proyectos productivos, turísticos, comerciales y habitacionales.

El otro espacio fundamental de nuestro Green New Deal son las energías renovables. Si bien se han hecho avances, no los hemos podido aprovechar para fomentar el desarrollo. Tan importante como sembrar molinos eólicos, paneles solares y plantas de generación de energía en base a residuos biomásicos, es generar las tecnologías para hacerlo. Nuestro país tiene capacidad para hacerlo y lo ha demostrado. Lamentablemente, el régimen vigente priorizó grandes proyectos con inversores financieros internacionales que vienen con su tecnología incorporada. Hemos incrementado nuestra generación de energías renovables, tanto como las importaciones de los equipos de producción.

Apostar en esta dirección es apuntar a tres objetivos con una misma bala: más energía, más producción y empleo en el país y mejora en el medio ambiente. Algo fundamental en una etapa de escasez de recursos.

El desafío institucional

El Estado argentino suele ser ineficaz en la gestión. Se superponen funciones y programas, falta coordinación y no se valora adecuadamente a su personal técnico, dotándolo de la estabilidad y la carrera necesaria para mejorar la profesionalización. Es una desventaja que no se puede seguir otorgando. Necesitamos un Estado más profesional, que articule sus propias políticas de manera más efectiva y que pueda dialogar con el sector privado con mayor solidez.

El tamaño del Estado es un elemento central de discusión en nuestro país. Tenemos hoy en Argentina una suerte de Estado de bienestar low cost, que provee muchos servicios, no siempre de la mejor calidad. No existen caminos hacia el desarrollo sin una presencia importante del sector estatal, pero su mera presencia tampoco es una garantía. Salir de la grieta es también superar esa falsa dicotomía entre mucho Estado y nada de Estado (una utopía inexistente en la historia del desarrollo económico capitalista) sino en encontrar el mix adecuado entre Estado y mercado y en las estrategias para ganar eficacia en nuestro sector estatal.»

* Gráfico 1. Argentina en el largo plazo. Producto por habitante de la Argentina y brecha con EE.UU. y Australia, 1875-2016. Dólares constantes a precios de 2011. Fuente: elaboración propia en base a Maddison Project Database, versión 2018. Bolt, Jutta, Robert Inklaar, Herman de Jong and Jan Luiten van Zanden (2018).