El precio de los granos exportables repunta: compras de China y debilidad del dólar

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Impulsada por la demanda, la soja continúa subiendo en el mercado de Chicago y se encaminaba a cerrar la mejor semana en ocho meses, acercándose a los US$ 320. «El mercado encuentra sostén en las buenas cifras de exportaciones semanales ya que la mayor parte de esas ventas son a China, a pesar de las recientes tensiones entre ambos países». Esta semana el Departamento de Agricultura de los EE.UU. volvió a informar ventas a destinos desconocidos». Los operadores están convencidos que el comprador es China. La posición más cercana de la soja sube un 3,7% en la semana, siendo la mayor ganancia desde comienzos de octubre. La debilidad del dólar también sostiene al maíz, que se encamina a la segunda suba semanal. Pero esta mejora se ve limitada por el buen clima para el desarrollo de los cultivos en Estados Unidos y los amplios stocks. Además, las exportaciones de maíz se ubicaron por de bajo del rango estimado para la campaña 2020/21 y dentro de lo esperado para la campaña 2019/20, generando un efecto neutral. El trigo también sube y se encamina a cerrar la tercera semana consecutiva con saldo positivo encontrando sostén en la debilidad del dólar. «Los temores respecto a las condiciones climáticas que podrían afectar la cosecha tanto en Estados Unidos como Rusia, ante pronósticos de elevadas temperaturas en áreas productivas clave siguen brindando sostén». Las exportaciones de trigo se ubican dentro del rango esperado para ambas campañas, 2019/20 y 2020/21. Estos son datos cruciales en la coyuntura actual de la economía argentina, ante la deuda externa y la paralización de la mayoría de las actividades -no el agro- provocada por la pandemia. Como señaló el sábado Mauricio Bártoli, de las casi 50 millones de toneladas de soja cosechadas, la mitad está acopiada y otro 20% está “entregada” pero sin precio. Así, los granos de la oleaginosa que aún están en poder de los productores argentinos valen US$ 12.500 millones. Ese número surge de multiplicar 35 millones de toneladas aún no comercializadas por el valor FOB del producto, que este viernes alcanzó a US$ 347.

7 de junio Día del Periodista. Pero no hay día del periodista científico

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Del tratamiento de la pandemia en los medios de comunicación masivos no puede decirse que ha logrado llevar tranquilidad y claridad conceptual. Más bien, derramó confusión. En AgendAR creemos que en parte era inevitable. La ciencia no ofrece una «verdad revelada». En realidad, es un método para ir buscando respuestas, en un camino de prueba y error. Pero otra parte brota de la irresponsabilidad en muchos de los medios. Esta entrevista a Diana Costanzo, periodista, locutora -trabaja en Radio Nacional y hace 15 años se especializa en ciencia y salud- y que integra la Red Argentina de Periodismo Científico, nos parece un llamado de atención válido. —¿Qué temas aborda en general un/a periodista científico/a? —Todo lo que tiene que ver con desarrollos en ciencia, salud, tecnología, innovaciones, también temas relacionados con las ciencias sociales. En una pandemia como la que vivimos, la mirada de un/a profesional especializado/a ayuda a entender con mayor claridad y precisión sobre nuevos tratamientos, potencial desarrollo de vacunas, avances en tests de detección, factores de riesgo, política sanitaria, etc. Es un/a profesional que está sumamente preparado/a para ello, porque tiene una formación previa. —¿En qué ámbitos se capacitan? —A través de la Red Argentina de Periodismo Científico no solo debatimos cuestiones que son inherentes a nuestra profesión, sino que también nos capacitamos. Hace mucho tiempo nos venimos preparando, haciendo varias capacitaciones por año, generalmente relacionadas con sociedades científicas u organizaciones no gubernamentales. También asistimos a cursos dictados por los ministerios de Ciencia y Salud. En ese sentido, lo que vemos con preocupación es que, en este contexto inédito en el que la información es tan dinámica, muchas personas hablan en los medios sin tener sustento científico ni, fundamentalmente, evidencia. Lo hacen sin conocer a qué fuentes recurrir o cómo deben tratarse determinados temas. —En los últimos días, desde la RAdPC sacaron un comunicado en el que precisamente manifiestan la falta de periodistas de ciencia y salud en los medios de comunicación. ¿Esta situación es generalizada o se da en determinados medios (radio, TV, portales, redes sociales, etc.)? —Donde más se ve la ausencia es en televisión, sobre todo en los canales de noticias que permanentemente están informando sobre la pandemia. En radio pasa algo similar. Los medios gráficos están un poco más cubiertos, pero igualmente, en general, faltan periodistas especializados. Hay muchos colegas muy capacitados que, sin dudas, deberían tener más espacio y hoy no lo tienen. —¿Por qué crees que los medios no recurren a estos especialistas que, en estas circunstancias, resultan tan imprescindibles? —A mi parecer, esto está directamente asociado con la precarización laboral que sufren muchos periodistas de distintos rubros, no solo los especializados en ciencia y salud. Tiene que ver con una reducción de costos en los medios y con que se generaliza la tarea profesional. Un mismo periodista puede hacer diferentes coberturas, lo cual deja de lado lo que es la especialización, como debería cumplirse en estos casos. Si bien algunos periodistas especializados son invitados a programas de televisión, su participación es eventual. Es decir, no hay una continuidad; no se los contrata formalmente, con un salario como corresponde, por un trabajo de prensa que tiene que ver con una tarea específica. Esto se ve ahora con mayor claridad en el marco de la pandemia, porque es cuando más se necesita la mirada de estos especialistas. —Al menos esas intervenciones puntuales de las que hablas ¿son pagas? —No conozco en detalle la situación de cada colega, pero, en mi caso, las entrevistas que me han hecho para hablar del tema o las invitaciones, han sido sin remuneración. Hoy por hoy, la mayoría estamos trabajando todo el día, leyendo e informándonos permanentemente. Hay que estar muy actualizado con los datos, porque lo que ayer era hoy no es. Es una tarea que demanda mucho tiempo y, a la vez, agota. Venimos de años de formación. Todo eso, a lo mejor, no se reconoce, pero está en la responsabilidad del trabajador y la trabajadora de prensa el poner en primer plano que esto es un trabajo. No estamos haciendo favores. —El ejercicio periodístico es considerado una actividad esencial en tiempos de pandemia. ¿Crees que al profesional se lo protege y valora como tal? —En el marco de esta pandemia, hay colegas que están atravesando situaciones complejas y los medios deberían tenerlo en cuenta. Obviamente, los profesionales de la salud son los primeros que ponen el cuerpo en este momento de crisis sanitaria, pero también las y los trabajadores de prensa están allí en la primera línea cubriendo notas y exponiéndose muchas veces a la transmisión del virus. Deben ser cuidadas y cuidados especialmente. —Más allá de la precarización, ¿coincidís en que también hay cierto menosprecio hacia el rol de los periodistas científicos? Que no tienen el mismo peso que uno de economía o de política… —Si hay un tema económico, seguramente será cubierto por un periodista especializado en economía; el periodista deportivo hará lo propio con todos los deportes; en cualquier caso, no van a hablar con uno científico. Entonces, en ese sentido, me da la impresión de que se relativiza todo lo que tiene que ver con la salud y la ciencia. Tal vez, como la salud es algo que nos atraviesa en nuestra subjetividad como personas en la vida cotidiana, muchos conductores o animadores se sienten autorizados a hablar, pero sin tener en cuenta esta cuestión de la precaución. —En relación al tratamiento general que los medios hacen de la pandemia, ¿qué es lo que más te llamó la atención? —Muchas cuestiones. El tema de las vacunas, por ejemplo. Hay más de 100 proyectos que están en desarrollo en el mundo y alrededor de 10 ya comenzaron a probarse. Pero recién iniciada la pandemia, se comenzó a hablar de que China ya tenía la vacuna… La verdad es que era una información muy precoz como para darla con tanto énfasis. En temas de salud, una mala información puede llevar a una mala decisión de la población. Genera falsas expectativas y no contribuye a que la audiencia tenga una correcta percepción del riesgo que estamos viviendo. —Qué opinión tenes acerca de la dicotomía existente en torno a “cuarentena sí” vs “cuarentena no”? —Esta “guerra” que ha surgido contra los médicos infectologos, epidemiólogos y también científicos da cuenta de una intencionalidad que no podría definir con claridad cuál es, pero que, en primera instancia, no parece ser la de cuidar la salud de la población. Me preocupa que haya gente en los medios que pida que se levante la cuarentena, sin ningún tipo de responsabilidad ni conciencia del rol social que ocupan. Lo hacen como si estuvieran conversando en un café. —La postura de un periodista científico, más proclive a continuar con el aislamiento, quizás ayude a entender el por qué de su poca presencia mediática… —Tenemos argumentos para decir por qué es necesario el aislamiento y no serviría de nada levantarlo. Hay estudios científicos que lo han avalado, se han comparado las situaciones ocurridas en otros países, también conversamos con los especialistas… Hace poco, en un noticiero central de TV, dijeron: “La cuarentena puede durar hasta dos años”. Se trató de un paper (artículo científico) mal interpretado que, por ende, se convirtió en una información errónea. Hasta hubo personas angustiadas que me consultaron si eso era cierto. Ese tipo de publicaciones deben tener una segunda mirada y un periodista científico puede hacerlo: mirar, comparar, leer, poner en contexto, saber en qué revistas buscar estas informaciones y, sobre todo, cómo transmitirlas.

Los importadores avisan que el stock de notebooks no alcanza para satisfacer la demanda local

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Lo afirmó Matías Plaul, gerente de Producto de ASUS en Argentina. El consumo de estos dispositivos en el país ronda los 30.000 a 40.000 por mes, pero podría comercializarse incluso el doble, si existiera inventario. “Esperamos que a partir del tercer trimestre lleguen equipos para atender esta demanda. Hoy estamos alineados con la disponibilidad de notebooks. Se vende lo que hay”, comentó.
El consumo de estos dispositivos en el país ronda los 30.000 a 40.000 por mes
La primera medida que implementará Asus frente a este desequilibrio es cambiar fletes marítimos por aéreos, con lo que podría “ganar” un mes; y luego, planificar con mayor antelación los embarques. Las ventas de ASUS llegaron a alcanzar picos de un 400% respecto de una semana habitual, en el inicio de la cuarentena. En el segmento específico de notebooks para gaming, se duplicó la demanda: la compañía importaba cien equipos, que servían para abastecer un mes el mercado local, y actualmente este plazo se reduce a quince días.

Mar del Plata está pensando en la post pandemia

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El intendente de General Pueyredón, Guillermo Montenegro, analiza un eventual regreso del turismo para el verano, con posibilidades de retomar la actividad turística con la llegada de la primavera. “Creemos que puede ser una muy buena temporada”. “Pasada la pandemia, tenemos una oportunidad y tiene que ver con estar cerca de Capital Federal y el Gran Buenos Aires, mucha gente va a venir. Creemos que puede ser una muy buena temporada para Mar del Plata y la costa. La gente viajará mucho menos al exterior”. “Hay que procotolizar todas las actividades juntándonos con todos los sectores gastronómicos, hoteleros y entretenimientos. La misma foto no va a estar”. “Vamos a tener que ir viendo de acuerdo a la evolución de la pandemia porque el miedo va a estar”. A pesar de eso, admitió que están expectantes por un “eventual regreso del turismo para septiembre y octubre”.

Atucha II: una crónica argentina – Conclusión

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(La primera mitad de este artículo está aquí). Si Atucha II hubiera sido terminada en tiempo y forma, es decir en 1987, ya estaría en el último tercio de su primera vida útil programada. NA-SA, la CNEA y la ARN estarían sentadas en una mesa discutiendo su extensión de vida útil. En 1984 sólo teníamos la pequeña Atucha I, entonces de 320 MW, y la mediana Embalse, de 600 MW, en Córdoba. Juntas no sumaban 1000 MW. Pero la contribución nuclear total (producida por la pequeña Atucha I y Embalse) al Sistema Interconectado Nacional (SIN), entonces mucho menor que la red actual, era del 10% de la electricidad anual circulante. Y es que por su diseño muy robusto, las nucleares se bancan un “uptime” que demolería a cualquier central térmica. Pero entre 1987 y 1988, todavía en épocas de Alfonsín, la contribución nuclear se disparó al 14 o 15% sin ningún añadido al parque nuclear. Sucedió porque el parque térmico, formado por viejas máquinas a fueloil, estaba hecho fruta y falto de mantenimiento. Pero también por esas oscilaciones secas que hoy llamamos “eventos Niña”: faltaba agua simultáneamente –algo que no se creía posible- en enclaves hidroeléctricos tan alejados uno de otro como el de los ríos Limay y el Uruguay. Bienvenido al cambio climático, señor Secretario de Energía Jorge Lapeña. Ud. sí que nos hizo sacar a todos chapa de doctores en apagones, entre 1987 y 1988. Apagones de 8 a 12 horas diarias en el AMBA. Todos los malditos días de ambos veranos. ¿Cómo olvidarme, si yo vivía en un departamentito en un piso 19, y tenía que subir con los baldes de agua, 10 kilos en cada mano, 4 o 5 veces por día? ¿Sabe cómo me acordaba de Ud? ¿Y cómo no recordar los tortazos diarios que veía desde el balcón en la avenida Luis María Campos, tan llena de colectivos que iban como los bomberos, y tan difícil de cruzar con todos los semáforos apagados? ¿Cuánta gente terminó en terapia intensiva o en la Chacarita por esa encantadora desidia del señor Secretario de no preocuparse por mantener el parque térmico, o por su jovial confianza en la lluvia, o por poner siempre cuanto palo se pudiera en la rueda para que Atucha II no se terminara? De haber entrado en línea en 1987, como debió, Atucha II habría aumentado el aporte atómico a la red a entre un 17 y un 20 % sin esfuerzo. Tal vez el gobierno del doctor Raúl Alfonsín se habría salvado de algunos de esos apagones estivales monstruosos que tanto corroyeron su autoridad. Y que, sumados a las hiperinflaciones, le pusieron fin prematuro a su mandato, por exceso de pruebas de acefalía. Hasta su muerte en 2009, el popular dirigente bonaerense jamás mentó el tema. Pero desde que en 2003 la demanda eléctrica empezó a crecer en flecha, a razón de 1,5 puntos por cada punto de suba del PBI, al menos un par de presidentes –Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández- trataron de no repetir la historia de Alfonsín y su peculiar secretario. Sin el peculiar secretario y decenas como él, la historia argentina pudo ser muy distinta. En 1983 la CNEA se quedó sin fondos en medio de un plan de 6 centrales en asociación estratégica con la República Federal Alemana y Siemens. La primera de ésas 6 era Atucha II. Las 3 últimas de esa serie serían aún mayores, de 1100 MW, pero siempre de uranio natural y agua pesada. La idea del contralmirante Carlos Castro Madero, el artífice de aquel plan, era mucho mayor que tener 4 o 5 mil MW nucleares. El propósito era exportar a los países del Tercer Mundo. Y que la Argentina fuera un socio igualitario de Alemania, dado que en este tipo de máquinas PHWR, de uranio natural y agua pesada, nuestro “know-how” ya estaba a la par, y en cualquier obra en tierras lejanas nuestra hora/hombre de ingeniería era, a igual calidad, mucho más barata que la alemana. En 1987 pude ver las pruebas de aquel delito de “hybris”, como lo habrían llamado los antiguos griegos. Abel González, ingeniero nuclear, experto en radioprotección y a la sazón gerente de ENACE, me presentó unos planos que hacía semanas quería mostrarme, como un regalo. ENACE era una firma mixta en todo sentido, combo de lo público y lo privado, de lo argentino y lo alemán: CNEA iba con el 75% de las acciones, Siemens con el 25%. “Pero ésta es Atucha I”, le dije a González, un poco decepcionado. Me miró con bronca. “¡No, Arias!… Bueno (se atajó un poco)… En fin…. es parecida pero más potente, 380 MW. Y tiene muchísima seguridad activa, mirá la cantidad de generadores de back-up. Le pusimos ARGOS 380. No, nada de mitos griegos, Arias, es un acrónimo de ‘Argentine Offer for a Safer Nuclear Reactor’. La estamos mostrando en el Norte de África. Y hay ganas de comprar, muchas… pero también un problema”, me dijo. ¿Cuál? En 1987, mientras sucedía esta conversación, ENACE debía estar inaugurando Atucha II y empezando a cavar los cimientos de dos centrales más del mismo tipo, pero «ni ahí»: el avance de obra estaba atascado en el 30%. Horrible publicidad para un potencial exportador. Si no podíamos ni siquiera completar Atucha II, ¿quién que no estuviera loco nos iba a comprar clones mejorados de Atucha I? González estaba teniendo un mal año, y el país, una mala década. El mes anterior González había tenido que hacer desalojar con Gendarmería la obra, otra vez detenida por falta de fondos, y nuevamente tomada por los obreros que se veían venir otro gran raje. “Mi viejo era un laburante de la construcción. ¿Entendés lo que me pasa, Arias, cuando se arman estos quilombos?”, me había dicho González en aquella ocasión. Estaba abrumado. En aquella misma semana González había ido a ver a Mario Brodersohn, secretario de Hacienda de Alfonsín, para destrabar fondos prometidos pero no entregados para la obra. González le aseguró a Brodersohn que sin Atucha II el Sistema de Interconexión (su nombre de entonces) se iba al tacho aquel mismo verano: habría cortes. A izquierda, nuestro Rafael Grossi, hoy director del OIEA. A derecha, Abel González. Lugar: Viena. Tema: seguridad radiológica Brodersohn -parte de un grupo de economistas a quienes los medios llamaban «tecnócratas» aunque no diferenciaban tuercas de tornillos- casi no lo escuchaba: estaba pendiente de la evolución de algún bono argentino, y exigía actualizaciones de valor a su secretario cada 5 minutos. Tras 40 minutos de ninguneo, González se fue obviamente con las manos vacías otra vez. Meses después, González se tomó un avión a Viena para volverse la mayor referencia mundial en protección radiológica en el Organismo Internacional de Energía Atómica. Fue el primer experto occidental que los soviéticos dejaron ingresar a Ucrania para inspeccionar la planta siniestrada de Chernobyl. Perdimos otro jefe de proyectos de la gran siete. Pero ésa es otra historia. El programa de Castro Madero habría sido posible sin el endeudamiento externo atroz que promovió José Martínez de Hoz, “Doctor Joe”. Pero llovido sobre mojado, en 1982 la Argentina se había metido en una guerra inesperada con un país de la OTAN, y en 1983 anunció –para sorpresa de esa alianza militar- que tenía dominada la tecnología de enriquecimiento de uranio en una plantita perdida en la quebrada de Pilcaniyeu, en la estepa rionegrina. En los días que corren hoy y por menos que eso, los EEUU y la OTAN te invaden o te bloquean. Invadirnos (se sabe desde 1806) es difícil, y bloquearnos (se supo en 1847) muy caro. Resultó mucho más fácil bloquear los fondos del hasta entonces poderoso Programa Nuclear Argentino, y dejar que se lo devoraran los costos improductivos de tanta obra parada: Atucha II, la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de Arroyito, Neuquén, el Laboratorio de Procesos Radioquímicos de Ezeiza, y siguen los nombres… Con pisarle la plata a la CNEA, el resto sucedía solo: que los precios se dispararan por renegociación de contratos, por juicios de despido, por almacenamiento de piezas críticas en salas de atmósfera de nitrógeno, etc. Es más cara una obra parada que una terminada, siempre, y Atucha II fue un caso de libro de texto. Cuando se termine el año próximo va a haber costado 2 o 3 veces su precio inicial por kilovatio instalado, aunque –para embrollar más el cálculo- no a dólar constante. U$ 1000 en 1981 son el equivalente del U$ 2800 a fecha de 2014, año en que se pondrá crítica. Intocable desde su fundación en 1950 hasta 1983 para decenas de gobiernos de la más distinta laya y legitimidad (o sin ella), a fines de los ’80 la CNEA dejó hasta de cobrar la electricidad que le vendía al estado. Con tanto vendepatria conspirando contra ella y desde adentro de ella, pasó de reina a mendiga en muy pocos años. Ya en épocas de Menem y de la Alianza, se la degradó en el tótem estatal, quitándole la dependencia directa del Poder Ejecutivo y poniéndola a rodar por distintos ministerios. Y se buscó con ahínco la jubilación prematura, el desaliento y la dispersión de sus expertos, mientras simultáneamente se impedía el ingreso de profesionales jóvenes. Y todo sucedió sin que ningún presidente explicara que se cumplía con un ultimátum externo, plasmado elípticamente como “recomendaciones” de bancos, fondos y países acreedores. Y sin que ningún dirigente hasta 2004 se planteara los costos para el país de semejante apagón nuclear, si alguna vez salíamos de la monodieta noventista de deuda, ajuste y recesión. Pero en 2003 fuimos dejando esa noche atrás y la economía volvió, inesperada, a crecer, y en cuanto lo hizo, a tropezarse con sus límites energéticos. A fuerza de apagones, el país (o una parte de él) descubrió que necesita otra matriz energética. ¿Hoy estaríamos pagando 12.000 millones de dólares anuales por importaciones de combustibles gaseosos y líquidos, si en lugar de 957 escuetos megavatios nucleares instalados la Argentina tuviera los 6000 que planeaba tener a fecha de hoy, allá en tiempos del contralmirante Carlos Castro Madero? Ni ahí. Operación “Levántate y anda” La lógica de terminar Atucha II: si exportamos reactores como el OPAL, vendido a Australia, podemos exportar centrales. Pero si no terminamos Atucha II, no vendemos más reactores. En 2005, vista el techo energético que tenía el crecimiento argentino, el presidente Néstor Kirchner ordenó sacar Atucha II “del freezer”, medir el avance de obra y estimar los costos para terminarla.  Se juzgó que estaba hecha al 93% y con 700 millones de dólares más se terminaba en 2009. Fueron cuatro subestimaciones implícitas en tres. Faltaba mucho más montaje, mucho más plata y 5 años más de tiempo. Pero sobre todo, faltaban más ingenieros nucleares. En 1987 ya se estaban yendo del país unos 3 por mes. No quieras contar cuántos quedaban en 2005. ¿Y de dónde sacarlos? Al cerrar ENACE para tratar de privatizar las centrales, don Domingo Cavallo cerró el ingreso a planta de la CNEA y de NA-SA de los egresados del Instituto Balseiro. Tanto éxito tuvo la movida en eliminar a toda una generación de expertos que en 2006, cuando Kirchner decidió completar Atucha II, se quiso recontratar jubilados y otros “duros de matar” menos canosos (pero más remisos a emigrar). Incluso tentándolos con los muy buenos sueldos que empezó a pagar NA-SA, sólo volvió a filas el 10% del plantel original. El que se quemó con leche, ve una vaca y llora. La vieja Dirección de Centrales Nucleares (DCN) de la CNEA había sido particularmente devastada: era el reducto de los fieles del extinto Jorge Sábato, el ideólogo del Programa Nuclear hasta 1976. Allí, bajo la dirección de Bernardo Murmis, se juntaban “los Sabatianos”: profesionales poco proclives a romances con Alemania Federal, y muy de la idea de desarrollar en forma independiente una central argentina de tubos de presión parecida a la CANDU canadiense. La AECL, la empresa estatal canadiense propietaria de esta tecnología, estaba contentísima de tener hinchada propia y vehemente dentro de la CNEA, pero de volver a financiar una obra en Argentina ni hablar. No tras los problemas que habían tenido para cobrar Embalse cuando la hiperinflación de 1975, el llamado “Rodrigazo”. Los “canucks” también se habían quemado con leche en estas pampas de Dios. Por lo demás, a partir de 1974, la diplomacia de los EEUU obligó a Canadá a exigir que sus clientes nucleares firmaran el Tratado de No Proliferación, TNP, un documento que le complica la vida a los países como el nuestro, no proliferador, pero exime de obligaciones a los verdaderos proliferadores. Con eso destruyeron a la AECL, espantándole a la clientela. Desde entonces, sólo vendió 4 centrales y en 2011 se fundió. Los alemanes tendrían una tecnología más compleja y cara, pero también bolsillos más profundos y ninguna voluntad de someterse a las órdenes del Departamento de Estado. El propio Castro Madero en 1976 había presentado un primer plan de 4 CANDÚ idénticas a Embalse, pero ante las trabas diplomáticas de Canadá, debió resignarse a la ingeniería alemana, más compleja y cara. Y tanta onda le puso al plan B que hasta tejió con Alemania la asociación estratégica, y fundó ENACE. Por fuerza ahorcan, como dicen en España. Los de la DCN no estaban tan locos: en realidad, la CANDU es el único tipo de planta de uranio natural que tuvo éxito de ventas internacional: hay 29 CANDÚ “legítimos” vendidos por la AECL en Canadá, Corea del Sur, China, La India, Pakistán y Rumania, y 11 “clones” más en la India, hechos sin autorización de Canadá. Y a añadir, 6 más en construcción, también en la India. Andan joya. El complejo de las Atuchas I y II junto a las barrancas sobre el Paraná de las Palmas. Son 2 prototipos únicos en el mundo. En cambio sólo existen 2 reactores de tipo PHWR (presurizados de agua pesada) con recipiente de presión. Son nuestras germánicas Atuchas, que ni siquiera puede decirse que sean la misma máquina con distintas potencias, porque hasta los elementos combustibles son sutilmente distintos. Cada Atucha es un prototipo, y además, un prototipo sin futuro. ¿Por qué sin futuro? Por abandono del proveedor. Resultó que además de cerebros propios, habíamos perdido ajenos. En los ’90, en un ataque de antinuclearismo frecuente en la política de Alemania, Siemens le había vendido su división atómica a la estatal nuclear francesa FRAMATOME, ex EDF, y que luego se transformó en AREVA. Pese a su manía de cambiar de nombre como quien cambia de medias, esa empresa estatal francesa ha sido y sigue siendo la mayor y más exitosa constructora de centrales nucleares de la historia, con 57 unidades en suelo francés. Es más, las centrales de mayor futuro de las empresas nucleares chinas son copias potenciadas y mejoradas bajo licencia de la central EDF de 900 MW. Cuando en 2006 la Argentina quiso resucitar Atucha II, los alemanes ya no entendían mucho de la materia, y los franceses nos hicieron saber que éramos un peludo de regalo en la Pampa Húmeda del que no pensaban hacerse cargo. Ni terminarían la obra ellos, ni nos darían garantía alguna sobre aquella tan extraña tecnología teutónica de uranio natural. Fue un doble sopapo para la Argentina. A veces vienen bárbaro, esos sopapos. Nos cayó la ficha: no tendrá mayor valor comercial en estos tiempos, pero somos los mayores y además los únicos expertos del mundo en Atuchas. La primera evidencia de esto la habíamos tenido en 1987, cuando se rompió un elemento combustible dentro del primario de Atucha I. La Siemens nos ofreció el favor de reparar la central por 200 millones de dólares, destapando el recipiente de presión y parándola un año y medio, mientras al país se lo comían los apagones del peculiar señor Secretario Lapeña. Expeditiva, la doctora Emma Pérez Ferreryra, presidenta de la CNEA, apretó los dientes, le juró al alarmado presidente Alfonsín que estaba todo bien, juntó a la DCN, a INVAP y a TECHINT, reparó la central en 9 meses y por 17 millones, y su ruta. “No comment”, como dicen los políticos en los policiales de TV. Somos muy “atuchólogos”. Con cero ayuda externa y en la peor hora de su historia, la CNEA durante los ’90 aumentó la potencia neta de Atucha I de 320 a 335 megavatios eléctricos cambiándole el uranio natural por ULE (levemente enriquecido), y además logró duplicar el bajísimo quemado de diseño original, con un ahorro de combustible de 7 millones de dólares anuales. Sacada la cuenta de tanta atuchología rendida con buenas notas, en 2006 para terminar Atucha II le pedimos ayuda al único país que podía dárnosla en el mundo: el que está bajo nuestros pies. Argentina, lo llaman. El fin de lo infinito Aérea del predio de las Atuchas, con el Paraná de las Palmas en primer plano NA-SA dividió la obra, se asignó el montaje del reactor y de los sistemas de cambio de combustibles, de ventilación y de control, y empezó a licitar la finalización de otras partes. Fue el fin de lo infinito. Electroingeniería hizo el edificio del reactor y su “annulus”, amén de sistemas de refrigeración de emergencia. En realidad, la firma cordobesa ya se va retirando de Atucha II mientras se prepara para jugar en la siguiente gran licitación: el “revamping” de Embalse para sacarle 20 años más de vida útil. Techint hizo el edificio auxiliar de turbinas. IECSA, los piletones para combustibles gastados y las plantas de tratamiento de aguas. DYCASA, las terminaciones de la obra civil. NA-SA, dirigida por el mentado ingeniero José Luis Antúnez, otro a quien conozco sólo por teléfono, hizo magia. Con las viejas ENET (Escuelas Nacionales de Educación Técnica) cerradas durante más de una década, en el país no había ni siquiera suficiente cantidad de soldadores de alta calificación para la obra. Hubo que organizar una escuela y formarlos “in situ”. Antúnez logró incluso que Siemens reapareciera para montar la turbina, y la propia AREVA –que en los ’90 se comía crudo el mundo, pero hoy retrocede ante el empuje exportador nuclear chino y coreano- se costeó hasta estas pampas olvidadas de Tata Dios para reconvertir la vieja sala de mandos de instrumentación analógica a digital. Algunos “relojes” alemanes viejos se mantuvieron por su insobornable exactitud o más bien –sospecho- por su encanto “vintage”. Vean si no: Es el caso del medidor de desintegraciones nucleares que se ve en la foto de arriba. Y la traza roja corrida hacia la derecha del papel troquelado (¿de dónde lo sacan?) indica el inicio de la reacción en cadena. Veo eso y siento lo mismo que cuando escuché por primera vez el Aleluya de Händel, pero en mi familia saben que soy un caso grave. INVAP, la única empresa exportadora nuclear del Tercer Mundo que compite con el Primero y en el Primero (y gana), hizo tres trabajos modestos pero de sustancia: construyó dispositivos y máquinas especiales para las penetraciones del recipiente de presión, alineó con precisión de 0,5 milímetros los canales de refrigeración con las penetraciones de la tapa del mismo (son 356 agujeros en una monopieza de 250 toneladas), y con su mucha experiencia de puesta en marcha de reactores, escribió los procedimientos para la entrada en línea de Atucha II. A futuro, INVAP se encargará de definir el tratamiento y gestión de los residuos radioactivos “de alta” (combustibles quemados), “de media” (resinas y filtros de depuración de los sistemas de enfriamiento) y “de baja” (eventuales derrames de agua pesada, descarte de guantes y guardapolvos usados en “áreas calientes”, etc). Esto me lo explica el ingeniero Fernando Macario, de INVAP, y a deshoras. Lo estoy haciendo quedarse tardísimo en el trabajo… Bueno, sí, ya entendí, buenas noches, Fernando. Hoy Atucha II me interesa no tanto por su tecnología, una rareza francamente ya más criolla que alemana. Tampoco por la electricidad que dará, por muy firme que sea. Me interesa porque significó el reagrupamiento de firmas privadas argentinas de ingeniería alrededor del Programa Nuclear, un milagro tras décadas en que los ingenieros argentinos manejaban taxis y los científicos eran mandados a lavar los platos por un muy mentado señor ministro de Hacienda. Hoy en Atucha II algunos empresarios sacaron chapa nuclear, como dijo Arbarellos. Y los que la tenían desde tiempos viejos, hoy la lustran para quitarle la pátina, porque vuelve a tener valor. Ahora van apareciendo otras empresas: los peones, las torres y los caballos criollos en un ajedrez nuclear internacional donde antes la Argentina jugaba sólo con un rey, muy incisivo pero único: INVAP. Y cuando se haya puesto en marcha Atucha II, muchas de estas empresas tendrán un nuevo campo de entrenamiento en la extensión de vida útil o “revamping” de Embalse. Y probablemente también jugarán en la cuarta central, Atucha III CANDÚ, 700 megavatios, con CANDU Energy, la continuadora de AECL, dispuesta a colaborar… ¡y China deseosa de dar financiación! ¿Sólo para salir en la foto? Obviamente no. China nos financia el 85% de una central en la que participará con muy pocos componentes (el 15% en valor). Por supuesto, a condición de vendernos también su máquina “de bandera”, la Hwalong-1, que tiene la ventaja de ser de tercera generación plus, pero la contra –para nosotros- de quemar uranio enriquecido. En esas negociaciones anda don Antúnez, me dicen, lo cual quizás explica por qué no me contesta los llamados. Dejo la polémica uranio natural vs. uranio enriquecido para otra ocasión. Lo evidente es que el mundillo nuclear en el exterior parece tomarse nuestro renacimiento en la materia más a pecho que nosotros mismos, prueba de que fuimos grandes. De seguir vivo, Jorge Sábato estaría muy extrañado pero probablemente muy contento. Maestro de la ironía como era, tal vez estaría buscando alguna frase mordaz para definir este momento rarísimo. O más probablemente, como todos los que traté de entrevistar, estaría corriendo como loco de aquí para allá y no tendría ni 10 minutos para sentarse conmigo, ni siquiera por teléfono. Casi simbólicamente, al lado de esa escuela gigante en que devino Atucha II, la Argentina está construyendo el pequeño prototipo de 32 megavatios de su primera central puramente propia, el CAREM. Y ésa sí que es tecnología interesante para nosotros y para el mundo, mucho más que la de Atucha II. Porque es nuestra.

Daniel E. Arias

Nora Bär: «El debe y el haber de la pandemia». En la Argentina

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Reproducimos esta desafiante columna de Nora Bär. Y agregamos en el título «en la Argentina», porque los ejemplos y las lecciones se refieren en particular a nuestro país: «Cuando el aislamiento, la imposibilidad de abrazar a nuestros familiares y amigos, de viajar, de vagabundear por las librerías o pasear mirando vidrieras, de ir al cine o al teatro, de ver fútbol o practicar deporte «de entrecasa» queden en el recuerdo y ya no se nos hagan tan lacerantes, cuando los evoquemos a la distancia, sin que nos provoquen emociones estridentes, cuando este episodio de nuestras vidas sea como esas fotos de tonos desvaídos por el paso del tiempo, tal vez el balance de los días en que, literalmente, «se paró el mundo», no sea totalmente negativo. Por supuesto que habrá muchos a los que esta pandemia, surgida de improviso a fines del año pasado y que en una decena de semanas había dado la vuelta al mundo, les dejará cicatrices indelebles. Para los que padecieron cuadros graves de Covid-19 y sus familias, 2020 será el año que marcará un antes y un después en sus vidas. Lo mismo les sucederá a quienes sufrieron penurias o quebrantos económicos irrecuperables. Pero tal vez (¡ojalá!), podamos anotar en la columna del «haber» que fue el inicio de un nuevo vínculo entre científicos y tomadores de decisión. La masiva respuesta que tuvo la convocatoria del Ministerio de Ciencia, Salud e Innovación para aportar las capacidades y el conocimiento de sus investigadores al control de la epidemia reveló que, contra lo que muchas veces se le objeta, la comunidad científica no está recluida en una torre de cristal. Centenares de sus integrantes dejaron de lado los papers que les hacen ganar prestigio internacional y se pusieron manos a la obra. Y como pasó otras veces, en cuanto dispusieron de los medios mínimos y se les dio oportunidad de colaborar, los frutos fueron inmediatos. La Argentina fue el único país de la región que en 45 días tuvo la capacidad de producir un test de anticuerpos contra el SARS-CoV-2 y, poco días más tarde, otros de detección viral por PCR que pueden realizarse en una hora y con equipos que están al alcance de cualquier laboratorio. El país participa en los estudios internacionales de la OMS y lanzó un gran ensayo clínico con suero de pacientes recuperados. Pero, además, puso a disposición el capital intelectual de sus matemáticos, bioinformáticos y especialistas en Big Data para interpretar qué nos están diciendo los indicadores, cartografiar el escenario epidemiológico, y orientarnos en un océano de datos inciertos y cambiantes. Desde el punto de vista sanitario, por lo menos hasta el momento, todo parece indicar que haberse apoyado en el conocimiento experto, y no en opiniones más o menos inspiradas, permitió resultados considerablemente mejores que los que se obtuvieron actuando al revés, como ocurre en otros países del continente. Que la ciencia y la tecnología son vitales para el desarrollo ya es una verdad de Perogrullo. No hace tanto, en este mismo espacio, mencioné el documento elaborado por el físico y nanotecnólogo Fernando Stefani, vicedirector del Centro de Investigaciones en Bionanociencias del Conicet, que pasa revista a una serie de los argumentos más convincentes que muestran la íntima relación que existe entre la inversión en ciencia y tecnología, y la riqueza. Por ejemplo, destaca que en una muestra de 61 países tomada entre 2001 y 2014 se advierte claramente que «Los que generan más riqueza por habitante son también los mismos que invierten mayores fracciones de su PBI en investigación y desarrollo. Los más rezagados, con menor PBI, son los que invierten proporciones menores». Hace décadas que venimos escuchándolo. Pero esta pandemia también está mostrando en forma palmaria lo importante que es contar con ciencia y tecnología para trazar políticas públicas basadas en evidencias. Y para monitorearlas. Ojalá que, como saldo a favor, la catástrofe global nos deje esta fluida interacción entre la política y la ciencia. Sería histórico.»

El Gobierno define su agenda energética. Falta algo muy importante

La agencia estatal Télam informa que el Ministerio de Desarrollo Productivo que conduce Matías Kulfas enviará al Congreso una nueva Ley de Hidrocarburos, y también la definición de una prórroga del régimen de promoción de biocombustibles. Además de Hidrocarburos y Energías Renovables, el borrador incluye Biocombustibles. PERO hasta ahora se nota la completa ausencia de menciones a (en palabras de Roberto Bobrow) la única fuente no contaminante de disponibilidad continua, la nuclear, en la que Argentina además tiene tecnología de punta exportable, el CAREM, esperando terminarse. La agenda energética del gobierno nacional para la post pandemia contempla el envío al Congreso de una nueva Ley de Hidrocarburos, más la definición de una prórroga del régimen de promoción de biocombustibles, el impulso de la electromovilidad y la continuidad del desarrollo de las energías renovables con énfasis en la promoción de tecnologías y proveedores locales. Estos son los temas que se suman a los que el Gobierno nacional se propuso definir vinculados con los servicios públicos. Es decir, la revisión de los cuadros tarifarios como el viernes anunció el presidente Alberto Fernández en La Pampa, y la elaboración de un plan de incentivo a la producción de gas para evitar dificultades de abastecimiento en el la temporada invernal de 2021. Hidrocarburos En el Ministerio de Desarrollo Productivo ya estaba elaborado en el primer trimestre del año el proyecto de una nueva Ley de Hidrocarburos, que pretendía generar mejores condiciones de inversión, yendo más allá del desarrollo masivo de Vaca Muerta, sino que resulte abarcativa de todas las cuencas del país e inclusivo del sector minero. Por encima de las modificaciones que se le puedan realizar por la coyuntura de la pandemia, el espíritu del proyecto sigue siendo el de buscar un marco normativo que permita al sector ser palanca para el desarrollo, a partir de un entramado productivo tecnológico y diversificado en todas las provincias. «Queremos que el sector hidrocarburífero permita promover el desarrollo de una cadena con miles de empresas proveedoras más competitivas, impulsar el empleo directo e indirecto en todo el país, e incrementar las exportaciones, tanto desde la producción convencional como no convencional, el off shore, y lo que tiene para aportar la recuperación secundaria y terciaria». Energías renovables Otro escenario energético a la espera de definiciones es el de las energías renovables, sector que recibió un gran impulso durante la gestión Cambiemos mediante las distintas rondas del programa Renovar, pero que desde el Ministerio de Desarrollo Productivo se ve con «una mirada crítica» por tratarse de «un modelo muy vinculado al sector financiero internacional». Es una cita casi textual las palabras que repite Kulfas sobre el tema: reconoce que se impulsó un sector que venía rezagado, pero es «un modelo que tuvo como eje un flujo financiero con inversores extranjeros que venía asociado a un paquete tecnológico, también importado y que debía incorporar jugadores nacionales, lo que no ocurrió». De la variedad de tecnologías que las energías renovables comenzaron a desplegar en el país, las vinculadas con la energía eólica y la biomasa parecen tomar la delantera con este Gobierno: la primera por la existencia de un Cluster Eólico pre existente a la ley de promoción de 2015 y muy asociado a la industria metalmecánica, y la segunda por la amplia disponibilidad de abundantes residuos biomásicos en todas las regiones del país. Una vez más el componente de proveedores locales, dispersión geográfica del desarrollo, agregado tecnológico local y generación de empleo, se presentan como las guías para las definiciones que el Gobierno dará a conocer para las energías renovables. Biocombustibles Otro sector que espera la señal de la actual gestión es el de los biocombustibles, una industria que logró alto grado de competitividad global a partir de la ley de promoción de 2006 -vence en 2021- pero que entró en modo de espera por las restricciones de mercados externos clave como el de Estados Unidos y Europa, y la falta de ampliación de su participación en el mercado local de naftas y gasoil, además del rezago en sus precios regulados. Para este campo, el equipo del ministro Kulfas asegura que «el tema está en trabajo y evaluación para definir si es conveniente una prórroga de la Ley 26.093» que estableció el Régimen de Regulación y Promoción de los Biocombustibles, pero con la idea de centrar el apoyo en las empresas pymes y no en las grandes productoras que ya tienen competitividad desarrollada. Las fuentes señalaron que por este tema «es saludable el diálogo con toda la industria, para rediscutir la ley, y en los próximos meses se va a tomar una definición no para terminarla sino para ver con qué condiciones continuarla, luego de un régimen que en 15 años dio muchos resultados positivos que este gobierno no quiere perder»: Pero el sector de los biocombustibles miró con recelo en los últimos meses la irrupción con fuerza en la agenda energética -siempre más allá del petróleo y el gas- del tema de la electromovilidad, y que Kulfas llevó adelante públicamente al lanzar la convocatoria a su desarrollo, una vez más desde una mirada integral que incluye al litio, el mineral con que el país cuenta generosamente. Orientada en principio a una red eléctrica de transporte publico, la idea del Gobierno es promover la industrialización del litio -recurso clave hoy para las baterías eléctricas-, la incorporación de las terminales locales y los fabricantes de autopartes y las empresas de transporte y sus rubros de servicios asociados, en el marco de lo que denominamos agenda verde. Las fuentes explicaron que la aspiración es «poner en práctica lo antes posible un programa de alta tecnología», a tono con la tendencia global de la industria automotriz, que arranque con el litio y el desarrollo de una cadena completa de fabricación local de buses.

«Argentina debe mantener activa la investigación de lanzadores orbitales»

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El astrónomo e investigador principal del Conicet, César Bertucci, que participó del proyecto Cassini-Huygens y otras iniciativas de la agencia espacial estadounidense (NASA), afirmó que «el lanzamiento de la ‘Crew Dragon’ de SpaceX es una demostración más de que Argentina debe mantener activa una línea de desarrollo de lanzadores». Bertucci, que además es docente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), sostuvo que «cada vez está más claro que es estratégico que un país tenga sus propios medios para acceder al espacio, y por eso es muy importante que el Estado argentino mantenga el apoyo al desarrollo de lanzadores que hace junto a la empresa aeroespacial argentina VENG«. «Hoy en Argentina cualquier universidad con un presupuesto razonable puede desarrollar un satélite, pero el cuello de botella se produce a la hora de ponerlo en el espacio por el limitado acceso a los lanzadores que operan muy pocos países». Bertucci destacó que «hoy el mercado argentino y hasta el regional son muy chicos como para que los privados se interesen en el desarrollo de lanzadores, por eso es el Estado el que debe asegurar los desarrollos a través de contratos y proyectos; si hay algo que nos enseña la historia, es que para todo proyecto de investigación serio y de largo plazo el primer inversor debe ser el Estado, porque los privados recién llegan cuando aparecen más seguridades y expectativas comerciales». El sector industrial espacial es hiperdinámico y vive en innovación permanente, por eso es vital la formación continua y actualizada del recurso humano, y regenerar el ecosistema de pequeñas empresas que la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae) había ayudado a forjar y que la crisis económica de los últimos años afectó especialmente». Bertucci destacó que «Elon Musk y Jeff Bezos entendieron que la apertura del acceso al espacio les abre un enorme mercado de posibilidades y para eso invierten y trabajan en proyectos como este». «Esta es la primera vez que una empresa privada se pone a la cabeza del desarrollo de un lanzador y lleva a dos personas a la Estación Espacial Internacional. Esto es muy importante para Estados Unidos que hace diez años que no lleva por medios propios a sus astronautas al espacio y necesitaba para esos de los cohetes rusos». «La NASA tiene la voluntad de abrirse cada vez más a la cooperación con empresas privadas, e incluso hay proyectos que SpaceX desarrolla de manera independiente». «Si uno compara esta cápsula con las anteriores va a ver que es mucho más ergonómica, y que palancas y botones fueron reemplazados por pantallas táctiles, lo mismo pasa con los trajes de los astronautas, porque son todos desarrollos de nuevas tecnologías; con cada lanzamiento al espacio se generan una serie de nuevas patentes asociadas de nuevos productos de mucho valor».

Encontraron cuatro gliptodontes en Bolívar

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Un granjero de Bolívar, provincia de Buenos Aires, halló por accidente los restos fósiles de una especie enorme de armadillos que vivieron hace más de 10.000 años. El tamaño de cada uno -y también la forma- era similar al del «Escarabajo» de Volkswagen. Estos restos fosilizados, que se encontraron cerca de un arroyo al quedar parcialmente descubiertos a raíz de una intensa sequía que afecta el área, pertenecen a cuatro gliptodontes, un gran mamífero extinto, herbívoro, acorazado, al que se supone antecesor de los actuales armadillos. El granjero, Juan de Dios Sota, divisó accidentalmente la parte superior de uno de los caparazones mientras llevaba a pastar el ganado, y dio parte a las autoridades del municipio, que se comunicaron con el Conicet. Según los investigadores, estos ejemplares pesaban más de una tonelada, y medían más de tres metros de largo. Y como murieron en las mismas circunstancias, se trata de un caso «excepcional». «¡Un póker de gliptodontes!» comentó uno. Su caparazón era muy resistente, a tal grado de que les permitía resistir los mordiscos de los smilodones -los conocidos tigres dientes de sable- o de otros depredadores prehistóricos que quisieran atacarlos. El equipo de expertos del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario en la Pampa (INCUAPA) ya está trabajando para extraer los restos fósiles de las cuatro criaturas.

El trabajo en el cine argentino de este siglo: desempleo, experiencias autónomas. Video

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Trabajo sobre trabajo es una muestra virtual con idea, guión y dirección de Florencia Eva González y diseño y edición de Biby Aflalo, que se exponía en el Centro Cultural Kirchner. Cada una de sus piezas diseña, con un pulso distinto, una estética que guarda relación con un momento histórico del mundo laboral. Y del cine argentino, que en estos años ha puesto énfasis en el formato documental. Hoy mostramos el cuarto video, poco más de 2 minutos, con imágenes de 4 películas argentinas que filman experiencias -reales o ficcionales- de rescates autónomos de las fuentes de trabajo.
Acerca de las realizadoras Florencia Eva González es documentalista y ensayista. Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), se desempeña como docente en el CBC y en la Carrera de Artes Combinadas (UBA), entre otras instituciones desde hace más de 20 años. Dicta cursos gratuitos de cine, arte y filosofía, y coordina ciclos de cine en la Biblioteca del Congreso. Escribe para diversos medios sobre cine y estética. Trabaja en realización de documentales desde la década del ’90 y formó parte del «Movimiento de documentalista». Publicó los libros ´Desajustes. Sobre arte y política en Argentina´ (Ed. Paradiso, 2014). ´1989. Cine y muro de Berlín. La memoria de las ruinas´ (Ed. Caterva, 2019), y ´Fantasmal´. Inventario crítico del cine argentino 1897-2018´ (Ed. Colihue, 2019). Biby Aflalo trabaja combinando las artes plásticas, gráficas y escénicas desde los años ’80. Integrante en la década del 2000 del equipo artístico MUTE (Música y Teatro), grupo que participa en diferentes convocatorias teatrales vinculadas a la tecnología y a la música electroacústica: ´El fin del Espacio´, Tecnoescena´; ´La voz que guarda el silencio, Ciclo historias CCRR´; entre otras. En mayo del 2012 realiza la dramaturgia y puesta en escena del Arte de la Fuga de J. S. Bach, en el Centro Experimental del Teatro Colón (CETC), de la Ciudad de Buenos Aires, junto a la pianista Silvia Dabul.