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Me acaban de dar esta vacuna, «La Cecilia», en el CEMIC de Saavedra, CABA, como voluntario integrante de la fase 3 del estudio de licenciamiento. Todavía ignoro si lo que me inyectaron fue placebo (solución salina) o vacuna real. Pero me dijeron que no me enteraría de ello hasta dentro de tres meses, cuando se abra el «doble ciego», se sepa qué me ligué hoy y me vacunen de veras si era placebo. En noviembre de 2020 estuve en la fase 3 internacional de la vacuna de Jenssen, y aunque el doble ciego se abrió recién a fines de 2022, me di cuenta «sobre el pucho» de que no había sido placebo. Los efectos adversos leves fueron inmediatos: mucho cansancio y síntomas pseudogripales. En 2022 recibí Moderna, la primera vacuna recombinante contra el COVID aprobada por la FDA, como parte de la campaña vacunatoria nacional, que ya venía de repliegue. Literalmente me planchó dos días en la cama. Pero ésta, La Cecilia, me dijo hoy el infectólogo Pablo Bonhevi, parece estar bastante libre de esos efectos y sin embargo los números de eficacia están dando muy bien, aunque todavía no están cerrados. Como balance del COVID-19, el gobierno de Alberto Fernández hizo tres cosas: permitió que aquí se fabricaran decenas de millones de dosis de la vacuna de Astra Zeneca, y que se fueran en tambores hacia México, sin fraccionar, y sin que retornara ninguna. El gobierno inventó una excusa ridícula: no había filtros ni frasquitos para el «filtering-filling», es decir la formulación de las dosis individuales. Sí los había: a 450 metros de la puerta de la planta mAbxience, en Garín, provincia de Buenos Aires, donde se fabricaba la vacuna a granel la vacuna de AstraZeneca, está Biogénesis Bagó, otra planta de vacunas en copropiedad del mismo dueño, el grupo ELEA, que abastece de vacunas contra la aftosa a casi todo el subcontinente. Todas con su filtrado y su frasquito. «No entiendo cómo no hay un circuito de fraccionamiento para uso local», se frustró cuando lo entrevisté Jorge Geffner. Virólogo e inmunólogo, Geffner dirige el INBIRS, Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y Sida, que pertenece a la Universidad de Buenos Aires y al CONICET. Expresaba el asombro de muchos de sus pares. Entre las vacunas PAGADAS por la Argentina que viajaron a México «one way trip» estaban los 12 millones de dosis que necesitaban los grupos de mayor riesgo, entre ellos médicos, enfermeros y todo el personal de salud. Entre la primavera de 2020 y el otoño de 2021 se enfermaron muchísimos. Muchos de ellos se murieron en cumplimiento de su trabajo. «Porque no había frasquitos». Luego siguió la fase de importación. La nueva ministra de Salud, Carla Vizzotti, se jugó el prestigio y el cargo en la compra de la Sputnik-V rusa, que resultó tremendamente efectiva, y de la Sinopharm china, que también salió buena, pero inevitablemente llegó con cuantagotas y bastante tarde, porque la lista internacional de espera era larga. Después, durante 2021 vino la libre importación de vacunas buenas pero caras de Moderna y Pfizer, cuando el médico Juan Mansur estaba de Jefe de Gabinete. Durante todo ese tiempo, las autoridades sanitarias a la vacuna Cecilia Grierson, de la UNSAM, no la habilitaban a iniciar una fase 1, de bioseguridad. Olvidate de financiar una fase 2 y una fase 3. Eso con el laboratorio Pablo Cassará ya plenamente equipado para entrar en producción. Ahora parece que ya no va a haber más remedio que licenciarla. Debería haber hecho los estudios de fase «a velocidad warp» y estaba en la calle en el momento más siniestro y trágico del COVID criollo, el pico de contagios y muertes entre la primavera de 2020 y el otoño de 2021. Hay veces en que tener una política de salud fijada por las multinacionales mata a tanta gente como El Proceso. Alguien debería hacer las cuentas. Bueno, aquí está «La Cecilia», me la dieron hoy (tal vez), no siento efectos secundarios. Esta vez había frasquitos.Daniel E. Arias
PS: Abel Fernández, mi jefe, me sugiere que firme como Daniel «Hamster» Arias, por tanta participación en «trials» de fase 3.







