La mayor preocupación de buena parte del mundo -y de nuestro país- pasa por la producción de alimentos, de que ni las guerras ni el recalentamiento global nos conduzcan al hambre. Que estaba en retroceso, hasta 2014, y ahora está creciendo.
En Argentina venimos capeando una oscilación climática de tipo «La Niña» desde 2018, con enormes pérdidas de cosechas: U$ 75000 millones sólo aquel año. Desde los años ’70, esta «Superniña» es el primer ciclo seco que logra durar tres años, en lugar de uno, o uno y medio. Nada indica que vaya a ser el último, o que en el curso de nuestras vidas no veamos más y peores seguidillas de sequías.
¿Tenemos suficiente ciencia, y lo suficientemente buena y lo suficientemente argentina como para resistir las nuevas reglas de juego climático? ¿Y si hasta podemos ganarles y producir aún más, y no tener que exportar ganancias en forma de regalías tecnológicas? La Dra. Raquel Chan está en eso.
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- “Para poder desarrollarse, hay que invertir en ciencia; no es un lujo. Lo demuestran las curvas de crecimiento de los países que hoy tienen un PBI y un ingreso per cápita mucho más alto”.
- “El desarrollo de la semillas HB4 tolerantes a la sequía partió de un foco en la ciencia básica, en plantearse preguntas ante el hecho de que una planta tolera mucho mejor la falta de agua que esta otra”.
- “Hay una vacancia bastante grande en nuestro país, sobre todo en biotecnología en el tema patentes. Hay mucha escuela de patentes más ingenieriles pero muy poco en biotecnología”.
- “La formación de personas es una de las tareas más importantes que encaramos los científicos, no para que todas se queden en el sector público sino para que haya empresas enriquecidas con gente que pueda resolver problemas”.
Son afirmaciones de la experta en biotecnología vegetal, Raquel Chan. Ella es la investigadora que desarrolló el trigo y la soja HB4 tolerante a la sequía. Es doctora por la Universidad Nacional de Rosario y bioquímica por la Universidad Hebrea de Jerusalém, donde hizo sus estudios de grado. Desarrolló su trabajo postdoctoral en el Instituto de Biología Molecular de la Universidad Louis Pasteur, en Estrasburgo, Francia.
Chan es investigadora superior del CONICET, profesora titular de la Universidad Nacional del Litoral y directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral. Fue también directora del Centro Científico Tecnológico del CONICET Santa Fe.Reproducimos la entrevista completa que le hizo la periodista Luciana Vázquez:
-Su investigación en torno a la soja y el trigo transgénicos resistentes a la sequía tiene un impacto clave en un área tan importante para la Argentina, como es el agro. ¿En qué punto está esa investigación? ¿Ha avanzado hacia otros cultivos esta posibilidad de volverlos resistentes a la sequía?
-En el caso de los cultivos, no podemos hablar de resistencia. La resistencia sería algo absoluto, como la que tienen algunas bacterias a los antibióticos, a las que (estos) no les hacen nada. Los cultivos son plantas, seres vivos y todos requieren agua. Por eso hablamos de tolerancia: estos cultivos tienen la posibilidad de tolerar períodos más largos de sequía sin merma en la producción. No quiere decir que podrían crecer en el desierto, sin agua, lo que (sí) se llamaría resistencia. La tolerancia es una respuesta que depende del ambiente y de cada lugar, de cada cada año y cada campaña. Ahora se están haciendo otros desarrollos a partir del trigo y la soja HB4 para que se adapten a otras regiones. Los está haciendo la empresa Bioceres. Nosotros ayudamos, exploramos y estudiamos lo que ellos hacen. No hay que menospreciar todo lo que ha hecho el breeding o mejoramiento tradicional. Para cada lugar, hay variedades adaptadas que mostraron, por cruces y selección, mejoras para cada región, incluso para otros países como Brasil, Paraguay y Bolivia. Ahora hay que cruzar la tecnología HB4 con esa variedad existente en una región para obtener una variedad aún más mejorada por región. Eso requiere un montón de trabajo. Y no sólo se está trabajando en soja y en trigo sino también en otros cultivos como alfalfa, algodón y caña de azúcar.

-Es decir que esa semilla transgénica se transforma a medida de las regiones donde se va a sembrar finalmente.
-(Y lo que finalmente se siembre) se produce por cruzamiento sexual. Una semilla que está muy mejorada para crecer en determinada región, es cruzada con la soja o con el trigo HB4 y de esa forma se obtienen semillas hijas con las dos características, la de la mejorada (regionalmente) más la característica que le da el gen HB4, que originalmente es un gen de girasol.
-¿Qué pasa en relación a los otros desafíos que presenta el cambio climático, las inundaciones? ¿Hay trabajos de intervención génica que apunten a una mayor tolerancia a las inundaciones?
-Absolutamente. Las inundaciones son los desastres más grandes (para la gente y la infraestructura) que han ocurrido en las últimas décadas en el mundo. Sin embargo, las mayores pérdidas (económicas y alimentarias) se producen por sequía y no por inundación. La sequía es mucho más constante a lo largo de las décadas. Hay lugares que son secos y con muy baja producción. De todas formas, como las inundaciones se han vuelto realmente un drama, con otros genes del girasol (distintos del HB4), como el HHB11, hemos desarrollado mucha tolerancia a inundaciones sobre todo en el período de siembra y de emergencia de las plantas. Ya la hemos puesto en maíz y en soja. El arroz es un cultivo que crece inundado. Los científicos lo usamos mucho para hacer ensayos porque es más fácil de manejar y de transformar. De todas formas, la idea no es desarrollar HB11 en arroz, que ya lo hicimos. Da una planta ideal, como dicen los agrónomos, o sea, con todas las características de mayor producción y tolerancia. Sí (en cambio) queremos desarrollar esa tolerancia en maíz y en soja, donde ya pusimos el gen HHB11. Muestra muchas características benéficas, como tolerancia a la inundación y también a lo que llamamos “tormentas”. No es que la tormenta en sí afecte los cultivos sino que causa defoliación: las plantas pierden las hojas. En realidad, el efecto ante una tormenta fue un descubrimiento absolutamente accidental: tuvimos una tormenta terrible, de tipo tornado, en uno de los ensayos que hicimos en 2019-2020 y se llevó puestas todas las plantas. Fue un desastre. Después de que pasó la tormenta, las plantas HHB11 de maíz resurgieron y rindieron casi como si no les hubiese pasado nada. Aparentemente, y lo estamos estudiando con más detalle, hay una tolerancia a la defoliación, pérdida de hojas, que estaría dada porque las plantas con HHB11 fijan antes sus granos. Entonces, si logran recuperarse de la tormenta o de la inundación, siguen su vida: o las mata o las fortalece, como dice el refrán.
Entre el laboratorio y los agronegocios
-Es muy interesante ver a la ciencia interviniendo en el mundo productivo real con un alcance enorme: la aprobación de la soja HB4 por parte de distintos países como China, Estados Unidos, Brasil, Paraguay, Canadá, además de la Argentina, implica que el 85% del territorio sojero del mundo podría recibir este tipo de semillas. De ahí surge una cuestión: cómo razona un científico a la hora de plantarse ante la posibilidad de un campo de investigación. En el caso del gen del trigo tolerante a la sequía, usted ha comentado que le prestó atención por su “utilidad biotecnológica”. ¿Cuánto del mundo real productivo entra en la cabeza de un científico de laboratorio como es su caso a la hora de decidir un campo y una línea de investigación?
-Últimamente, cada vez más. El científico ve algo y dice por qué pasa esto y qué pasó. Con esas preguntas, requerimos una hipótesis, requerimos hacer experimentos. Después, las hipótesis se nos caen al piso porque no fueron correctas, pero está bien: es parte de la ciencia. O sí se corroboran. Y últimamente está muy promovido, desde las instituciones y desde la sociedad toda, que uno les mire algún viso de utilidad a los experimentos. Toda la ciencia es útil, aún la que a veces le puede parecerle inútil a la gente. Cuando a Newton se le cayó la manzana y dijo porqué se cae la manzana y no queda colgada en el aire cuando se desprende, elaboró la teoría de la gravedad: está atraída por el centro de la tierra. Ni Newton ni nadie que lo escuchó sabía que es la base por la cual funciona un avión o un ascensor o todo lo que tiene que pelear contra esa fuerza gravitatoria que hoy usamos continuamente (en la navegación de nuestros satélites y sondas espaciales, por ejemplo). Ésa es la ciencia básica que a veces no tiene un impacto inmediato. El impacto viene siglos, años, meses después. Por eso yo valoro toda la ciencia básica aunque no parezca útil.
-Cuando arrancó con este mundo de la genética de las plantas, ¿tenía ya ese foco puesto en la producción del agro o era una curiosidad casi intelectual y científica de torre de marfil?
-Uno siempre tiene la idea de ver si lo que uno hace sirve para algo en forma inmediata. El foco fue la ciencia básica, es decir, plantearse preguntas ante el hecho de que una planta tolera mucho mejor la falta de agua que otra. Es algo que se puede haber preguntado cualquier ama o amo de casa. Se olvida de regar las plantas; una se le muere y la otra, no. Le ha pasado a todo el mundo cuando se va de vacaciones, no vino la vecina y no le dio el agua. Nosotros nos preguntamos por qué ésta se muere y ésta, no. ¿Qué tienen de distinto?
De la ciencia a las patentes
-¿En qué momento esa curiosidad científica e intelectual, que dispara una investigación de laboratorio, se conecta con el interés productivo de una empresa de biotecnología como Bioceres?
-En eso fuimos bastante pioneros. Vimos que HB4, este gen de girasol, daba mucha tolerancia a la sequía. Uno dejaba de regar la planta 20 días, parecían todas muertas y después, le daba agua de nuevo y revivían como si nada. El que fue mi director de tesis me dijo si no lo iba a patentar. Le dije, no, no tengo plata para pagar patentes, porque eso cuesta mucho dinero. Además, yo desconocía el campo de las patentes. Era el año 2003. Mi director de tesis, que yo había terminado en 1988, fue el Dr. Rubén Vallejos. Ya estaba jubilado. Él me sugirió hablar con una empresa, me mencionó a la gente de Bioceres que recién empezaba. Logré contactarme con ellos, me recibieron muy bien. No tenía ni sede. Nos reunimos en Rosario, en AAPRESID (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa) porque Bioceres era una empresa formada por productores que estaban en esa organización. Apostaban a desarrollar algo de biotecnología (propia) y cada uno ponía un poco de plata, lo cual hacía facilitaba la inversión porque nadie jugaba toda su fortuna y todos sus bienes. Les conté lo que tenía y les mostré fotos de estas plantas y cómo habían sido hecho los experimentos. En un diálogo muy naif de parte de ellos y de parte mía, dijimos esto es bárbaro porque proyectamos que eso podía darse en cultivos. En ese momento, eso era un delirio pero resultó porque tuvimos mucha suerte: hay muchos genes, otros y de otras plantas, que confieren esa tolerancia a sequía… pero en general (ocasionan) mucha merma en la productividad. Hasta ese momento, nosotros ni siquiera habíamos medido productividad. Fue un delirio, pero se jugaron, nos jugamos nosotros… y nos fue muy bien.
Para poder desarrollarse, hay que invertir en ciencia; no es un lujo. Lo demuestran las curvas de crecimiento de todos esos países que hoy tienen un PBI y un ingreso per cápita mucho más alto. En Argentina, siempre estamos resolviendo lo urgente y no lo importante
-Hubo un encuentro muy virtuoso entre la ciencia básica y el interés productivo de innovadores del agro. Lo que llama mucho la atención de su currículum es que, además de mencionar la cantidad de publicaciones y los libros que ha escrito, también se mencionan la cantidad de patentes que ha desarrollado: nueve patentes.
-Nueve más todas las repeticiones en todos los países. Son nueve originales.
-¿Cuán desarrollado y aceitado está en el CONICET y en la ciencia que se hace en una universidad esa cosmosmovisión que considera que la ciencia básica puede influir en el desarrollo productivo y es un conocimiento que puede ser patentado y ser rentable? ¿Cuánta resistencia hay en el mundo científico o cuán desarrollada está esa perspectiva?
-Existían protocolos de relación con el mundo privado pero estaban en pañales; no había mucho ejercicio y eran difíciles. Era difícil encontrar un lenguaje común entre empresarios y CONICET. Los investigadores de CONICET creemos que lo que tenemos es maravilloso, y los empresarios no están tan seguros. Es un diálogo complicado. Hoy en día eso ha evolucionado realmente muchísimo. Sí existen en CONICET el convencimiento de que vale la pena patentar, aunque no cualquier cosa, ése es el tema. Las patentes cuestan dinero, no tanto la presentación sino los honorarios de los abogados que saben hacer patentes. Eso es una vacancia bastante grande en nuestro país, sobre todo en biotecnología. Hay mucha escuela de patentes más ingenieriles pero muy poco en biotecnología.
En eso fuimos bastante pioneros. Vimos que HHB4, este gen de girasol, daba mucha tolerancia a la sequía. Uno dejaba de regar la planta 20 días, parecían todas muertas y después, le daba agua de nuevo y revivían como si nada
-La rentabilidad que genera la patente, ¿va para el CONICET, para el Ministerio de Ciencia o para los investigadores? ¿Para quién va? ¿Para la parte privada que hizo la inversión económica?
-Depende de cada patente. Puedo mencionar nuestro caso, y en general es más o menos así. Se hizo un convenio, se renovó, se arregló 80 veces porque siempre tenía fallas. La patente está licenciada a Bioceres, que es quien ejecuta toda la parte comercial y de negocios. La patente es por el gen o por la construcción genética que tiene la planta. Al mismo tiempo, la planta también tiene su semilla original: la planta no es sólo la patente. Entonces, un porcentaje de los ingresos brutos sobre la venta de semillas de soja o trigo HB4, va al CONICET y a la Universidad Nacional del Litoral. Y cada una de las instituciones reparte esos ingresos entre los investigadores.
-¿De cuánta plata estamos hablando? ¿Cuánto ingresó en 2021 a ser repartido de esa manera?
-Es simbólico porque todavía no estaba la aprobación. Una vez que sale la aprobación, hay que sembrar, cosechar y vender. Lo único que se vendió fue lo que estaba en estado experimental. Serán 10 millones de pesos. No me acuerdo exactamente. Esto va a llevar años de evolución. El trigo particularmente tiene normas muy estrictas de segregación del otro trigo, lo que requiere una logística de cosecha y almacenamiento en molinos separados. Las aprobaciones en Australia y en Nigeria vinieron después. Año a año, va a ir creciendo la superficie sembrada. Nos va a dar números mucho más importantes, si tiene éxito.
Los sesgos ideológicos antiagro
-Por algún sesgo ideológico que influye en parte del mundo científico argentino, hay una mirada que estigmatiza al sector del agro. ¿Cuánto pesa en la posibilidad de avanzar con este tipo de investigaciones, que pueden generar patentes muy rentables hacia adelante?
-No es todo el mundo científico. Hay una parte del mundo científico, y yo diría reducida, que tiene esa resistencia a la gente del agro. Actualmente muchos de mis colegas están haciendo este tipo de desarrollos con foco en otras características, por ejemplo, tomates resistentes a enfermedades, plantas con más nivel de azúcares. Esa resistencia es muy minoritaria.
-¿Qué resistencias hay del lado política? El Consejo Deliberante de la ciudad de Gualeguaychú, en Entre Ríos, la cuna del actual secretario de Agricultura Juan José Bahillo, donde fue intendente, estaba por prohibir el uso de semillas de transgénicos HB4. Usted hizo una exposición para explicar el tema. Hay un cuestionamiento en términos medioambientales y también sanitarios. ¿Cómo percibe la mirada que la política tiene sobre este tipo de desarrollos?
-El propio secretario de Agricultura apoya el trigo transgénico. Yo di la charla, invertí un montón de tiempo, di todas las entrevistas periodísticas que me pidieron y no creo que haya convencido a los que no están convencidos. Esto es una posición política de alguna gente. Mucha gente asocia todo lo que es transgénico al aumento del uso de herbicidas, algo que no es así y no tienen porqué serlo. La tolerancia (a extremos hídricos) está más allá. Si quieren prohibir los herbicidas, prohíbanlos. Lo de prohibir el glufosinato de amonio sería absolutamente simbólico como prohibir el trigo en Gualeguaychú: en la ciudad no se siembra trigo ni se usa glufosinato. Tampoco tienen posibilidad de control, que es otra cosa que le he dicho a la gente. Todo ese rechazo es simbólico y declamativo. Por supuesto que no acuerdo porque, aunque sea simbólico, no tiene fundamentos ni científicos ni tecnológicos ni ambientales.
-¿Ni sanitarios? ¿Desmiente la idea de que consumir productos hechos con trigo transgénico puede tener un efecto en la salud de la población?
-No es una desmentida en términos personales. Están hechos todos los ensayos y estudios de alimentación animal lo demuestran. Para que un evento transgénico sea aprobado se exige una cantidad de estudios enormes. Todos esos estudios están publicados en un paper. Está establecido que el trigo es equivalente al otro trigo porque el gen (HB4) no se expresa en semillas, o sea, que la harina es indiferenciable de la harina sin transformar. Eso no es opinable; son datos científicos. Este trigo HB4 es igual de malo para un celíaco que el otro trigo. Con respecto al herbicida en particular, en esa reunión con el Consejo Deliberante de Gualeguaychú, estaba presente la presidenta de todos los Colegios de Ingenieros Agrónomos de la provincia de Entre Ríos. Ella explicó que tiene todos los datos de uso de herbicida porque hay trazabilidad de quién compra, cómo compra, cuánto se compra. Y el glufosinato de amonio no lo usa nadie ni lo va a usar nadie porque no es el herbicida más adecuado. Nosotros lo pusimos para poder hacer la transformación pero no hay (para qué) usarlo. Si quieren, lo pueden prohibir porque no tiene nada que ver con el trigo HB4 que es para (resistir) sequía, no para (resistir) herbicidas.
-Usted hizo su carrera de grado en la Universidad Hebrea de Jerusalém. Israel se ha convertido en un polo científico y tecnológico muy interesante. Hay datos de la Unesco de 2014-2018. Israel invertía en ciencia 4,95% respecto del PBI. Argentina, en 2018, 0,54. Brasil, 1,26. Esa diferencia de inversión en ciencia que se da entre Israel y la Argentina, ¿cómo impacta en la posibilidad de avanzar con estos desarrollos tan clave para el mundo productivo y para la economía argentina en general?
-Obviamente que impacta. Corea, Noruega, hay un montón de países que tienen esos porcentajes. Tienen que ver con empresas que están invirtiendo en ciencia y tecnología. En la Argentina, no tenemos muchas empresas que inviertan en ciencia y tecnología. ¿Y cómo impacta? Fue el aniversario del fallecimiento de Bernardo Houssay, nuestro primer Nobel en biología o en ciencia biológica, en medicina en realidad. Él lo dijo: somos demasiado pobres para darnos el lujo de no invertir en ciencia.
Es una de sus frases más conocidas. Para poder desarrollarse, hay que invertir en ciencia; no es un lujo. Lo demuestran las curvas de crecimiento de todos esos países que hoy tienen un PBI y un ingreso per cápita mucho más alto. En Argentina, siempre estamos resolviendo lo urgente y no lo importante. Desde que nací, me parece que vivo en crisis. Ahora hay un plan de ciencia y tecnología para poder llegar al 1% de inversión en ciencia en 2030. Fue aprobado por todos los sectores. Es un plan para hacer de la ciencia una política de Estado que no dependa del poder político de turno. La ciencia, en mi opinión y en opinión de mucha otra gente, no debería depender de quién está a cargo de la gestión. Esto lo demuestran los países desarrollados donde los gobiernos han cambiado también 8 mil veces, izquierda derecha, centro y sin embargo siguen invirtiendo en ciencia.
Es la fuente de desarrollo de mayores ingresos y de riqueza. Israel es un caso muy emblemático. Un país que no tiene riqueza natural de ningún tipo, es muy chiquito, no tiene agua y, sin embargo, tiene un desarrollo y un nivel de vida envidiable. Nosotros deberíamos aspirar a hacer más ciencia y a desarrollarla más. No cualquier ciencia. Hay que pensar, hay que hacer planes, hay que elegir temas. Esos modelos son buenos obviamente aunque no son trasladables en forma inmediata porque nosotros tenemos otra tradición, otra idiosincrasia, otra población, otros problemas. Hay que adaptar esos modelos que no es lo mismo que copiar.
-Entonces, certidumbre política y participación también del sector privado en el desarrollo de la ciencia.
-Sobre todo lo segundo. Cuando hablan de 4,9 de inversión en ciencia respecto del PBI, no significa que el Estado gasta el 5% de su PBI en ciencia. Hay que desglosar esos datos. Mucho de esta inversión viene de los privados. Esa participación se podría promover con leyes de biotecnología y nanotecnología. Incentivos a las empresas para que hagan inversión, para que tengan ciencia (propia), porque en general adquieren la ciencia. A nosotros nos vendría muy bien como país sustituir importaciones y desarrollar cosas acá. Pero eso quiere requiere desarrollo y formación de personas, una de las tareas más importantes que encaramos los científicos, formar personas, no para que todas se queden en el sector público sino para que, justamente, haya empresas enriquecidas con gente formada para poder resolver problemas.»
Luciana Vázquez
NdeA: Las aclaraciones entre paréntesis son de AgendAR, y en algún caso son insuficientes para que este artículo pueda entenderse fuera del ámbito de un suplemento rural. AAPRESID, por ejemplo, en las últimas tres décadas logró desterrar la rastra de discos para roturar la tierra. Al dejar el suelo desnudo durante meses, la roturación venia provocando pérdidas de capa fértil por voladura eólica, o por lixiviación de nutrientes durante las inundaciones. En cambio esta asociación promovió con éxito la «siembra directa», que simplemente entierra la semilla sobre suelo intacto, que conserva su estructura, su fauna y su flora microbiana. Hoy ésa la práctica dominante de siembra en todos los cultivos industriales de toda la llanura chacopampeana.

—¿Cuáles marcarías como hitos del SMN en sus 15 décadas?
—El primero es su fundación y cómo lo pensaron. Recordemos que nació en 1872, en un contexto donde la ciencia apalancaba el progreso social y económico. Sarmiento invitó a un destacado científico de EE.UU. a fundar un observatorio astronómico. Así llegó Benjamin Gould a Córdoba. Pero para observar el cielo nocturno necesitaba datos meteorológicos como presión y temperatura. Y terminó diseñando un sistema de observación que lo propuso a Sarmiento, que aprobó ese proyecto: “Se hace porque es necesario conocer el clima de este país que no necesariamente es semejante al clima de EE.UU. o Europa”, se lee en la documentación original. Y lo bueno es que desde ese mismo momento quedó clara la importancia de la meteorología sobre la economía y la actividad productiva. Es algo que nos habla de la cabeza de los científicos de esa época.
—¿Fue original?
—Sí. Y fue el primer observatorio de todo el hemisferio sur, pionero en tomar datos en forma ordenada y sistemática. Y luego Argentina estuvo entre los primeros países del mundo en contar con un servicio meteorológico.
—¿Y otro mojón histórico?
—La presencia continua en Antártida desde 1904, con la instalación de la base en las islas Orcadas. Ahí se unió ciencia con soberanía. Pero también hay cosas negativas: el golpe de Onganía, en 1966, intervino el SMN y lo pasó a la órbita militar, lo que le cambió el sentido a la institución. Eso recién se revirtió en 2007, cuando pasó a depender del Ministerio de Defensa.
—¿Qué cambió en 15 décadas?
—Algunas cosas cambiaron y otras no. Por ejemplo, sigue siendo prioritario hacer observaciones sistemáticas. Pero ahora también es clave emitir alertas y pronósticos, siempre basados en la ciencia y poder colaborar con el desarrollo sostenible.
—¿Desde cuándo se preparan pronósticos con modelos fisicomatemáticos?
—Es algo reciente, desarrollado a partir de la década de los 50, cuando estos modelos y ecuaciones matemáticas –que son muy complejas– comenzaron a ser “corridos” en las primeras computadoras. Eso permitió dejar atrás el cálculo manual, que era demasiado lento. Antes de esa época había pronósticos pero eran muy básicos. Y en Argentina la meteorología como disciplina universitaria nació en 1958, en Ciencias Exactas de la UBA.
—¿Cuentan con recursos informáticos suficientes?
—En ese ítem estamos bastante bien: tenemos un centro de cómputos que está entre los más poderosos de América Latina en nuestro rubro. Y recientemente se anunció una expansión tecnológica para todo el sistema de ciencia que a nosotros nos daría mayor capacidad. En realidad nuestro problema no está ahí.
—¿Dónde está?
—Lo que nos falta para poder tener más calidad de pronóstico es mejorar sustancialmente nuestra red de estaciones de toma de datos, con expertos que registren y envíen con continuidad información básica que luego se usa para poder pronosticar. Hoy contamos con 125 puntos de toma de datos y es insuficiente. Lo ideal sería superar los 200 y reforzar la presencia donde la topografía se complejiza. Eso implica sumar equipamiento específico y observadores capacitados que puedan, además, reportar en forma continua. Lo cierto es que tener un sistema nacional de observación robusto es bastante caro.
—Se discute mucho la precisión de los pronósticos, ¿por qué es tan complejo predecir?
—Básicamente porque necesitamos procesar muy rápidamente muchísimos datos que van variando todo el tiempo: presión atmosférica, temperatura, humedad y viento son los principales. Y hay que tomarlos en espacios geográficos acotados. O sea que si partimos de pocos datos precisos para “alimentar” el modelo, el resultado será limitado. La gente suele decir “se equivocaron”, pero nuestra limitación está en que debemos partir de cómo está la atmósfera hoy y nunca tenemos esa información tan completa como querríamos. Es realmente complejo porque se trata de medir una capa de gases de 15 kilómetros de altura que envuelve todo el planeta. Eso dificulta pronosticar lo que sucederá con el paso de las horas. También se suma el hecho de que los modelos son buenos, pero no perfectos. Y hay que hacer varias aproximaciones matemáticas para correrlos. Por todo eso los pronósticos a veces no se cumplen.
—¿Hoy qué precisión tienen?
—Las predicciones a pocos días son bastante acertadas. Y también hay estimaciones robustas de algunos parámetros como temperatura. Tal vez se falla un poco más en “lluvias”, que tienen un porcentaje de confiabilidad del 75 al 80%. Además, hacemos
—¿Cómo altera esto el cambio climático?
—La física de la atmósfera sigue siendo la misma pero viene creciendo la prevalencia de eventos extremos (inundaciones, tormentas, sequías, etc.) y esas circunstancia de alto impacto nos fuerzan a concentrarnos en esos temas. Lo que pasa es que son eventos particulares y mucho más complejos de pronosticar. A eso se le suma que se vuelve difícil comunicar la información que generamos o lanzar alertas tempranas cuando hay riesgos severos para la población. Es un desafío que afrontan todos los servicios similares del mundo.



Un 91,63% de los 123.674.383 votos válidos emitidos se dividieron entre los dos candidatos principales. Los otros 6 que se presentaron no mostraron el arrastre suficiente para que sus apoyos resulten decisivos. Así, este mes se transformará en un duelo personal entre el ex presidente Lula y el actual presidente Bolsonaro.
El Tribunal Supremo Electoral informó en su página de los resultados, a medida que avanzaba el escrutinio. A pesar de las sospechas sobre el voto electrónico que Bolsonaro había planteado previamente, no hubo cuestionamientos y la elección y la información de los resultados transcurrieron sin incidentes.
El promedio de todas las encuestas de las empresas de opinión pública más conocidas de Brasil, que
La venta se hará directamente por Internet o en concesionarias asociadas que todavía no están confirmadas. “ Durante este año estuvimos trabajando en todo el desarrollo de vehículo y se acercaron muchas empresas de todo el país para ponerse a disposición y sumarlo a su red de distribución. Lo mismo con el Wakure, que es el otro vehículo de cuatro ruedas que hemos desarrollado”, agregó Bueno.
Actualmente, hay dos Wakure en el Parque Nacional de Talampaya, dos en Iguazú y uno en Glaciares. Estos vehículos –en los que el conductor va parado– fueron comprados por la dirección de Parques Nacionales y el ministro de Ambiente, Juan Cabandié, se comprometió a comprar dos por cada Parque Nacional, lo que daría un total de unos 50 vehículos. Es una plataforma con una velocidad máxima de 40 km/h y 60 km de autonomía, con capacidad de arrastre de hasta 2.000 kilos que permitirá trasladar maquinaria en los Parques por asfalto, tierra, arena o barro.
En estas idas y vueltas, Bes publicó más de 140 trabajos en revistas internacionales, fundó y codirigió otras como Ciencia Hoy, doctoró a cantidad de tesistas, sus libros se tradujeron hasta en japonés y sustituyó a los dos premios Nobel Aage Bohr y Ben Mottelson en la dirección del Nordic Institute for Atomic Physics (NORDITA) mientras ellos iban a por el Nobel.
En sus pagos, cosechó premios como el Kónex de Platino y el Bunge y Born. Como a nuestro Jorge Luis Borges en literatura, a Daniel Bes el Nobel le ha sido esquivo, y suponemos que con alguna injusticia: sus dotes un poco descomunales como organizador y docente lo han hecho de la clase de científicos que se corren la cancha entera y la pasan al goleador en el área: es más un Mascherano que un Messi.
En el NORDITA de Copenhague trabajó entre 1956 y 1959, antes de doctorarse en la UBA, y siguió haciéndolo a distancia hasta 1962, cuando entró al célebre Departamento de Física de la UBA de Juanjo Giambiagi.
Pero los vikingos no lo querían largar: a mediados de 1964 volvió a Copenhague para reemplazar –como ya se dijo- a Bohr (hijo) y Mottelson en el métier de doctorar a físicos escandinavo,s mientras esos dos peleaban por el Nobel con su modelo atómico. El área chica del Nobel debía estar complicada, porque los premiaron recién en 1975. En cuanto a Bes… ¿Mascherano, dijo alguien?
Sin embargo Bes es demasiado argentino y siempre vuelve al pago, aunque le cueste algún palo. Hablando exactamente de palos, en julio de 1966 Onganía decidió romperle la cabeza a la cúpula científica argentina, en ‘la noche de los bastones largos’, y Bes fue de los centenares que renunciaron a su cargo en protesta, y emigró a EEUU. “Definitivamente”, pensaron todos sus contemporáneos, según lo bien que le fue allí.
Pero Bes es más argentino que el ombú. En 1971, a sólo 5 años de los palazos de Onganía y todavía durante el mismo gobierno militar pero en su retroceso (ya de presidente estaba el general Lanusse), Bes volvió para entrar a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
En la CNEA tenía aún vigencia una tradición fundacional según la cual a nadie le importa tanto de qué tribu política vengas, sino con qué currículum, y si sos mejor en investigar, desarrollar, enseñar o dirigir, o algo de todo eso junto. Lo otro también cuenta, pero menos.
Eso en el mundo académico criollo era una rareza, y una que le dio a estabilidad y solidez a todo el Programa Nuclear a través de gobiernos muy distintos. Para ponerlo en números: entre 1950 y 1983 el país tuvo 19 presidentes, algunos muy incompatibles con el antecesor y/o el sucesor. En el mismo interín, la CNEA tuvo 3 presidentes, uno peroncho, otro liberal, otro procesista, y todos alineados, sin mayores bandazos de línea, manteniendo casi el mismo programa científico, tecnologico e industrial.
Y en esos primeros 33 años al Programa no lo jodía nadie, porque manejaba asuntos estratégicos y lo hacía de un modo absolutamente experto y con resultados asombrosos en lo tecnológico, industrial y diplomático. Ni siquiera a Onganía se le habría ocurrido romper cabezas en la CNEA. Y la institución transitaba por el caos político argentino como una absorta vaca sagrada avanza por el estrépito de un mercado de esos que pinta Kipling. Porque es sagrada.
Entrados los años ’60, eso le permitió a la CNEA salir de su etapa académica e ingresar a la industrial, como cuenta el Dr. Mario Mariscotti, ex gerente de Investigación y Desarrollo de la casa, físico e historiador.
La etapa industrial se materializó como adquisición exitosa de las primeras centrales nucleoeléctricas, la de la Planta Industrial de Agua Pesada, la exportación, primero desde la CNEA y luego desde INVAP, de pequeños reactores de ingeniería propia, el logro de plena autonomía en combustibles de reactores y centrales. En esos tiempos el Instituto Balseiro de Bariloche se volviera la unidad académica de referencia en física nuclear para el país y la región, por encima incluso de las universidades nacionales de Buenos Aires, Córdoba y La Plata.
Durante los ’70 y hasta promediando los ’80, detrás del de la India, el argentino fue el Programa Nuclear más dinámico del Tercer Mundo: se entiende que Bes quisiera volver. En la CNEA de 1971 se habían reagrupado muchos de sus ex colaboradores. Su vida pasó a supervisar ensayos en los reactores del Centro Atómico Constituyentes o correr para no perderse el avión y dar clases en Bariloche.
Allí las dos únicas carreras entonces eran Física Nuclear e Ingeniería Nuclear. Sumándolas, no juntaban medio centenar de estudiantes. Pero ese puñado era lo mejor de las universidades nacionales, y siempre había algunos primos chilenos, peruanos y brasucas, en cuyos países esas carreras de grado y sus posgrados no existían aún.
Esa gente formada aquí en su juventud volvió a sus países para detentar cargos en el área científica. Y ello en parte explica los dos reactores vendidos a fines de los ’70 a Perú, o la ingeniería básica del RBM (Reactor Brasileño Multipropósito) que compró hace poco Brasil. El resto es trabajo de INVAP, el mayor éxito de la CNEA en transformar su conocimiento de lo nuclear en desarrollos, fierros, exportaciones y prestigio.
Los físicos nucleares en formación aquí corren con ventajas respecto de la región: tienen 4 pequeños reactores construidos por la CNEA en los Centros Atómicos Constituyentes, Ezeiza, Bariloche y en las Universidad Nacionales de Córdoba y de Rosario. A esto a fines de los ’70 se añadió el TANDAR, el acelerador lineal de iones pesados, un equipo de experimentación único en el Hemisferio Sur, y que nuevo hoy valdría alrededor de US 280 millones.
Esa máquina, alta como un edificio de 10 pisos, la puso el mentado Mariscotti cuando dirigía I&D en la CNEA, y lo hizo para formar a más físicos argentinos, y atraer a los de la región.
Lo de Mariscotti fue un modo de mitigar la dependencia externa en formación de recursos humanos en Física Nuclear, y también de evitar su drenaje: cada vez que un físico nuclear argentino hace un posdoctorado afuera, las chances de que reciba ofertas de trabajo a las que no se puede negar son muy altas. Bes, el que siempre volvía pese a todo, podría hablar días enteros de ello.
Ya peinando canas, cuando la Universidad Favaloro fundó su carrera de Ingeniería en 1998, el decano fue Bes, físico de nucleones, es decir mecánico cuántico, si se quiere, pero tan ingeniero como yo bailarín. Y es que venir de esa Shangri-La académica del Instituto Balseiro te pone alfombra roja para cargos muy altos en la docencia de las ciencias duras y sus aplicaciones. Se da por sentado que vas a saber organizar una carrera nueva.
En el caso de Bes, la leyenda (verdadera) de que fue discípulo de Niels Bohr, y de que vivió en su casa para organizar el NORDITA ayuda no poco a que sea tan conocido en su mundo, y en el mundo. Y es que esa enorme casona burguesa tiene su leyenda, también verdadera.
Es la casa donde Niels Bohr (padre), judío y en plena ocupación alemana de Dinamarca, convenció a su ex alumno Werner Heisenberg, en 1943, de que los obstáculos tecnológicos para manipular la recientemente descubierta fisión del uranio 235 eran imposibles de remontar. Si Bohr creía o no en eso, es difícil saberlo, y si Heisenberg le creyó o no a Bohr, también.
Lo cierto es que Heisenberg fue, con Albert Einstein y el propio Bohr, uno de los 3 físicos más importantes de la primera mitad del siglo XX. Y también es cierto que durante la guerra formaba parte de la Uranverein, la sociedad de físicos alemanes que trataba, sin éxito, de descular cómo hacerle una linda bomba atómica al Führer. Cuando le tocó timbre a Bohr, en 1943, difícilmente haya sido sólo para hacer sociales con su viejo maestro y mentor.
El de arriba es Niels Bohr en 1965, ya de 80, frente a su enorme caserón del cual en 1943 se tuvo que rajar, no sólo por judío sino por haberse negado a darle ideas a Heisenberg sobre cómo fisionar átomos de uranio 235 en cadena. Bohr se obstinó en repetir que tecnológicamente era casi imposible, y que tomaría décadas. Tal vez hasta lo creía y todo.
Luego de ese probable y fracasado intento de Heisenberg de reclutar a su ex profesor, Bohr fue alertado por la Resistencia danesa que los de la Gestapo iban a por él y su familia. Con ayuda del espionaje británico, se rajó clandestino a Suecia en un bote, y de ahí, escondido en el compartimiento de bombas de un pequeño y velocísimo bombardero Mosquito, a Escocia, de allí a Inglaterra, y de allí a EEUU.
Bohr salió con lo puesto, y con el tiempo justo. Y tuvo la suerte de que no los interceptara la Luftwaffe: las instrucciones de los pilotos ingleses eran, en tal caso, abrir las compuertas y dejarlo caer, como una bomba humana. Los Mosquito lograban volar a casi 9000 metros. Bohr pudo también haberse congelado, o morir de hipoxia, pero no podía terminar vivo en manos de los alemanes. En todo caso, de ese detalle tan bomba de su viaje, Bohr se enteró mucho más tarde.
Cuando llegó por fin a EEUU y pudo ver el Proyecto Manhattan (al que no se unió), Bohr entendió por qué él se había vuelto demasiado importante. Allí estaban decenas de sus colegas y pares europeos, mayormente judíos, tratando de que los Aliados llegaran a la bomba antes que Alemania. Y comprobó que reuniendo centenares de físicos nucleares «top» de toda América y Europa y entregándoles toda la tecnología que pidieran y las que desarrollaron ellos mismos, el intratable átomo de uranio 235 se estaba por volver algo capaz de dividirse a voluntad, en forma controlada o explosiva, y así dividir la historia humana en antes y después.
Perdón por la salida del tema, que es Bes. Era inevitable para ilustrar un punto crucial: un físico nuclear de primera línea tiene un valor agregado inmenso. Es una carambola de billar a demasiadas bandas, y por eso son pocos los países que producen gente así. Además de un talento individual y una voluntad férrea, para formar un gran físico nuclear se necesita un ecosistema educativo e industrial poderoso, sofisticado, motivado y equipado. Así se obtiene un maestro de maestros.
En la calle, nadie entiende cómo piensa un jugador de estos, ni de qué va «la sociología de los nucleones». Pero uno que la domina y en el entorno adecuado, a veces termina inventando cosas que cambian el mundo, mucho o poco, o forman discípulos que también pueden cambiar el mundo, o al menos su país, cosa que -como argentinos egoístas- nos importa más. Un jugador así se conserva. No se entrega a nadie.
Pero se lo puede desperdiciar de muchos modos: Dinamarca, después de todo, cosechó tres Nobel con sus físicos nucleares (Bohr padre, Bohr hijo y Mottelson), y aunque llegó a tener operativos tres reactores de investigación, los cerró en uno de tantos ataques de ecologismo que afligen a los europeos del Norte, que -no es el caso de Suecia o Finlandia- se jactan de carecer de toda central nucleoeléctrica.
El invierno de 2022 tal vez les cambie las ideas.
A casi 80 años de aquella escapada de Niels Bohr y a sus 90 de nacido, Bes se obstina en vivir en su propio país tratando de soldar entre sí cuatro eslabones de una cadena que lo desencaje del endeudamiento permanente y de la exportación de naturaleza cruda, en la que se enterró hasta los ejes a fines de los ’80.
Esa cadena todavía existe. Se hizo pegando la ciencia pura, la aplicada, la tecnología y la educación, tarea actual de Bes. Terminar de forjarla es como la octava tarea de Hércules, por ahora incompleta. Y también algo que la CNEA viene tratando de cerrar desde los ’60, uniendo a la cadena un tractor: la industria.
La cosa no viene fácil.
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