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“La tecnología le ha fallado a los EE.UU. y a gran parte del resto del mundo en su función más importante: mantenernos vivos y saludables. Mientras escribo esto, más de 380.000 están muertos, la economía global está en ruinas y la pandemia de covid-19 todavía está en su apogeo. En una era de inteligencia artificial, medicina genómica y automóviles autónomos, nuestra respuesta más efectiva al brote ha sido la cuarentena masiva, una técnica de salud pública que se tomó prestada de la Edad Media.”David Rotman, Editor de MIT Tech Review, 17/06/2020
«Las utopías científico-tecnológicas exacerbadas por la globalización neoliberal, y llevadas al paroxismo en el caso de las tecnologías digitales, mostraron sus límites de manera descarnada frente a la actual pandemia, al igual que las cadenas internacionales de valor demostraron tener pies de barro. Quedó claro que la vida de las personas solo puede ser resguardada por la acción política de los Estados nacionales, una acción basada en la unidad, la organización y la solidaridad de las comunidades. Y también, notablemente, por la red entre las mujeres más humildes, como lo muestran la capacidad de organización en Villa Itatí y en el Barrio Padre Mujica, con la entrega de Ramona Medina como símbolo.***
En este contexto, a mediados de junio la Cámara de Diputados dio media sanción a la Ley de Promoción de la Economía del Conocimiento (LEC) y la semana pasada, luego de haber sido tratada en el Senado, regresó a Diputados con modificaciones. En los debates parlamentarios, más allá del apoyo generalizado (¿quién estaría en contra de la economía del conocimiento?) surgieron algunas críticas focalizadas en cuestiones fiscales (¿cuál será su costo fiscal?), distributivas (¿por qué reducir cargas impositivas de grandes empresas?) y de implementación (¿cómo reglamentar un conjunto tan amplio de actividades y con límites difusos?). Pero hubo aspectos críticos que quedaron al margen del debate: ¿cuál es el modelo de especialización e inserción en las cadenas globales de valor que esta ley promueve y cuál es el que necesitamos? Este es el aspecto que buscamos visibilizar en esta nota. El proyecto legislativo retoma la exitosa experiencia de su antecesora Ley de Promoción de la Industria del Software (LPS) que transformó en política pública el impulso a las empresas del sector de software y servicios informáticos (SSI) en los últimos 15 años. La LPS alentó el crecimiento de SSI en Argentina dentro de un contexto de expansión global liderado por las prácticas de subcontratación y deslocalización de actividades de codificación, testeo y soporte de programas informáticos. En el período de vigencia de la LPS (2004-2019), según datos de la Cámara de Empresas de Software y Servicios Informáticos (CESSI) el empleo del sector se cuadruplicó y las exportaciones se multiplicaron por 8. Las ventas al mercado local crecieron un 45% (para tener una referencia del mercado interno, el PBI argentino en dólares creció un 170% en el mismo lapso). Es decir, el sector se orientó a atender la demanda global con menos interés en promocionar la adopción de nuevas tecnologías a nivel local. La última moda en términos de tecnología es la “industria 4.0”; implica la integración plena de las TICs en los procesos productivos. Sin embargo, hoy las ventas de SSI al mercado local representan menos del 35% de la facturación del sector (participación que viene cayendo desde 2015 en un orden de 7 puntos porcentuales por año), y la industria manufacturera representa tan solo el 5% de las ventas al mercado interno. Esta cuestión pasa desapercibida cuando se destaca que el sector contribuye a los dos temas económicos más sensibles para nuestro país: la capacidad de generar dólares y empleo. En base a datos del balance de pagos provistos por INDEC, se calcula que cada 100 dólares que exporta la Argentina (contando bienes y servicios), 2 corresponden a SSI. A su vez, en el sector trabajan más de 110 mil personas registradas contando sólo al sector privado (cerca del 2% del empleo registrado privado total del país) con un salario medio que es casi un 60% superior que el respectivo nacional, según datos del Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial (OEDE) del Ministerio de Trabajo. Con estos números, el sector SSI forjó masa crítica, visibilidad política y articulación institucional. También ganó un norte de desarrollo producto de un amplio consenso diseñado por los actores involucrados en la iniciativa: gobierno, empresarios y académicos. “Transformar a la Argentina en un actor relevante, como país periférico, del mercado mundial de SSI” fue el objetivo del Plan Estratégico 2004-2014, documento que dio marco a la sanción de esa ley pionera. Hoy la fortaleza del sector es la exportación de servicios estandarizados de desarrollo de software. Esto es: tareas de codificación que se comercializan como horas hombre de programación en diferentes tecnologías (Java, .NET, Android) para proyectos de desarrollo de software comandados por empresas globales. En otros casos se comercializa como desarrollos a medida; es decir, el cliente establece las especificaciones del software y lo ejecuta una empresa local, lo que implica un mayor agregado de valor, pero en uno u otro caso, la propiedad intelectual será del cliente. Esta especialización lograda de la mano de los incentivos de la LPS y de bajos salarios en dólares, marcó la trayectoria tecnológica a seguir: desarrollo de software para terceros bajo estándares de calidad que garanticen el cumplimiento de objetivos y tiempos. Así, al igual que otros países de la periferia, Argentina entró en la gran fábrica global de tecnología a través del “outsourcing” y el “offshoring”, es decir, subcontratación y deslocalización de la producción. Este proceso de división internacional del trabajo está comandado por las multinacionales que desde sus sedes buscan trasladar riesgos y reducir costos, conservando los eslabones de mayor valor agregado de la cadena de producción. En otras palabras, las actividades que llegan a los países periféricos son las que menos beneficios le otorgan al que busca tercerizarlas (que, vale decir, si fuera de otra manera no tendría sentido económico). En esa dirección, salvo excepciones, las empresas argentinas no se ocupan de desarrollar productos innovadores ni obtienen sus ingresos por venta de licencias o por servicios tipo “software as a service”, es decir, con modelos de negocios basados en cobros mensuales o basados en el uso en vez de la adquisición de una licencia (por ejemplo, Dropbox).(Continuará mañana)


EL VLM-1
El VLM-1 (Vehículo Lanzador de Microsatélites) es un lanzador orbital en desarrollo por el Instituto de Aeronáutica y Espacio (IAE) en conjunto con la DLR. Este microlanzador se compone de tres etapas, de las cuales las dos primeras son idénticas y están conformadas por motores S50, de fibra de carbono, conteniendo 12 toneladas de combustible sólido cada uno.
La tercera etapa está compuesta por un motor S44, ya calificado, que había sido usado en las misiones del VLS-1. Dado a que este vehículo no posee una etapa superior de propelentes líquidos para la inserción de alta precisión de un satélite en órbita, el VLM-1 no atenderá misiones donde se requiera esta característica.
El VLM-1 despegará desde el Centro Espacial de Alcántara, que recientemente quedó habilitado para recibir la operación de servicios de lanzamiento de empresas de los Estados Unidos.
Gonzalo Torroba recibió el Premio Estímulo en Física “Dr. Mario Bunge” 2020. Nació en Buenos Aires y desde el colegio secundario se interesó por las matemáticas y la astronomía: “Ahí me di cuenta de que, combinando experimentos, con imaginación y razonamiento, uno puede llegar a entender las leyes que rigen el funcionamiento de las cosas”, confiesa. Se graduó de la carrera de Física en el Instituto Balseiro y luego continuó su formación en el exterior.
En el año 2014 regresó con su familia a la Argentina y desde entonces se desempeña como investigador y docente en el Centro Atómico Bariloche. Trabajar allí “ha sido una experiencia muy enriquecedora; me parece el mejor lugar para investigar. Mis colegas forman una comunidad científica muy creativa, trabajadora y tolerante, que siempre busca progresar. También me ha resultado muy importante el enfoque que combina la investigación con la formación de estudiantes en el Balseiro, tan crucial para nuestro futuro”.
Torroba es físico teórico y ha realizado importantes aportes en una variedad de áreas de investigación, resaltando la perspectiva interdisciplinaria a problemas diversos como los superconductores de altas temperaturas, la teoría de campos a temperaturas finitas y la evolución cosmológica. Se dedica al estudio de la naturaleza a escalas microscópicas, “donde aparece la mecánica cuántica y todas nuestras intuiciones cotidianas dejan de funcionar. En especial, trabajo en sistemas cuánticos que tienen muchos grados de libertad, que hemos aprendido a entender utilizando la ‘teoría cuántica de campos’”, resume el investigador.
En el año 2017 había recibido el Premio Estímulo a Jóvenes Científicos de la Fundación Bunge y Born, por lo que el nuevo reconocimiento significa para él “un gran honor y un impulso para seguir adelante. En tiempos tan difíciles como los que estamos viviendo, creo que es muy importante difundir el papel de la ciencia y la tecnología en nuestra vida. Este premio de la Academia va en esa dirección. Por la forma en la que hacemos ciencia y tecnología hoy en día, estas iniciativas de la Academia, la Fundación Bunge y Born, y muchas otras instituciones, nos muestran el valor de trabajar en equipo, de ser críticos pero tolerantes, y de ponernos de acuerdo para progresar juntos”.
El Premio a la Innovación Tecnológica este año fue para Alberto Martín Ghiselli y su equipo, por el proyecto Antena Radar de Apertura Sintética (ARAS), un trabajo desarrollado íntegramente en la CNEA, que contó con la colaboración de aproximadamente 70 personas. “Creo que lo más importante es que se reconoce un esfuerzo de 20 años, en el que se comenzó desde cero y se desarrolló todo el conocimiento, los recursos humanos, la tecnología y las capacidades de fabricación y ensayo con los que hoy cuenta la CNEA para encarar proyectos de estas características”, comenta Ghiselli.
Este proyecto comprende la estructura, los mecanismos de despliegue y los módulos radiantes de la antena del Instrumento SAR (Radar de Apertura Sintética), necesarios para realizar las mediciones en las observaciones de la Tierra que llevarán a cabo los dos satélites del Proyecto SAOCOM de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE). Su desarrollo implica desde el diseño e ingeniería de innovación, hasta la fabricación y ensayos de un desarrollo de alto valor tecnológico, incluyendo investigación aplicada en el campo de los materiales y que también tiene aplicaciones en distintas ramas de la ingeniería, incluyendo el sector nuclear.
El proyecto de la Antena SAR es un desarrollo que lleva varios años, donde Horacio Quiróz, del Departamento de Reactores del Centro Atómico Constituyentes, aportó el concepto del diseño original adoptado, que la CONAE aprobó inmediatamente. “Todo el desarrollo estuvo marcado por el hecho de que ninguno de los participantes tenía experiencia en otros proyectos espaciales por lo que las ideas no estaban influenciadas inicialmente por conocimientos previos”, remarca el investigador.
“Después, fue cuestión de ponerse a estudiar y ver como hacíamos para que esas ideas se adaptaran a las normas y procedimientos de cálculo que requiere la industria aeroespacial. En particular, el sistema de colchón de aire que se usó para simular la condición de falta de gravedad en los ensayos de despliegue de la antena, fue una apuesta a superar la experiencia que tenían en INVAP y en CONAE sobre sistemas de ese tipo (pórticos con contrapesos), que resultó adecuada dado que cada uno de los paneles de la antena tiene una masa mucho mayor que cualquier conjunto desplegable que se haya ensayado previamente en nuestro país.”, amplía Ghiselli.
La relevancia de este proyecto radica en que los conocimientos y experiencias adquiridas en el desarrollo de la Antena SAR ya se aplican en otros proyectos y actividades de CNEA. El exitoso lanzamiento de los satélites SAOCOM 1A y 1B y el despliegue de las Antenas SAR avalan la capacidad de CNEA para suministrar productos innovadores en sectores de alta tecnología, generados por profesionales altamente capacitados -gracias a estas iniciativas- en las distintas tecnologías involucradas.
Comenta Daniel Arias:
«Esta fue una patriada múltiple: Torroba y Ghiselli inventaron todo, desde el patrón de interferencias para generar el apuntamiento del haz del radar espacial en banda L, al despliegue físico de esa antena espacial como ninguna otra en el mundo, de 1500 brutales kilogramos!»