El subte aumentó otra vez en C.A.B.A.: $ 14,50. Seguirá subiendo en febrero

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Desde este sábado, la tarifa del subte pasa a costar $ 14,50. Los aumentos se vienen dando de manera mensual, de un peso en un peso, desde noviembre. Para febrero llegará a costar $ 16,50, una tarifa que la Ciudad considera necesaria para compensar la inflación y reducir el precio de los subsidios. Más allá del peso en concreto, lo que impresiona son los porcentajes. Porque solo entre agosto y diciembre, el boleto ya es un 93% más caro. Y cuando se complete el panorama representará un 120% en menos de un año. Se mantendrá el esquema de descuentos para viajeros frecuentes, con quitas de 20%, 30% y 40% en el costo del pasaje según la cantidad de viajes mensuales. Además se aplicarán las otras rebajas por combinar medios de transporte, en el marco de la Red SUBE. También se sostendrán las tarifas sociales para docentes, jubilados, discapacitados y otros.

Preparan un mini «shock» de créditos durante el verano

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Tras las últimas cifras de caída del consumo superior al 5% conocidas en noviembre, en el gabinete económico admitieron el grado de recesión. En el Ministerio de Hacienda avisaron a periodistas («off the record», para publicar) que analizan nuevas líneas de préstamos y devoluciones con tarjeta hasta $ 10 mil millones. Y que podrían ampliar préstamos para empresas. Las líneas de créditos con condiciones especiales se otorgarían a través de las entidades bancarias oficiales, esencialmente con el Banco Nación y el Banco Provincia, como ya fue anunciado en estos días. Por ahora, lo ya previsto es que en el comienzo de este verano el Banco Nación y el Provincia intensificarán sus líneas de crédito promocionales, como son los días especiales de descuento del 50%. Una idea posible, aunque todavía no se tomó la decisión, es reimplementar la devolución fiscal de dos o tres puntos en los consumos con tarjetas de crédito y de débito, una herramienta que quedó eliminada a partir de este año con la implementación de la reforma tributaria. También se está analizando ampliar las líneas de crédito del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE) para las pequeñas y medianas empresas, un sector muy golpeado por la recesión. Espero que no se considere que AgendAR tiene una actitud negativa si decimos que medidas como estas no modificarán en nada la situación de las empresas. Ni tampoco mejorarán, creemos, la actitud de los consumidores, golpeados por la inflación.

Se prohibe la venta a partir de 2020 de las lámparas halógenas

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A partir del 31 de diciembre de 2019 estará prohibida la importación y venta de lámparas halógenas, en todos sus tipos y modelos. Así lo dispone una ley aprobada por el Senado el martes pasado, que busca incentivar el consumo de la tecnología LED. Con 59 votos afirmativos y uno negativo -el de Fernando «Pino» Solanas-, la iniciativa aprobada avanza respecto de lo ya dispuesto por la ley 26.473, que prohibió a partir de 2011 la importación y comercialización de lámparas incandescentes. Si bien las halógenas consumen un 30% menos que las incandescentes, en los últimos años llegó la tecnología LED, que es mucho más eficiente.
  • La duración de cada una de estas lámparas LED equivale a la de ocho halógenas. Eso compensa el hecho de que el precio sea casi el doble.

Informamos las contraseñas más usadas en 2018 (para que UD. no las use)

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Compartimos este listado de las contraseñas más usadas en las aplicaciones más comunes -a pesar que, por motivos obvios, está muy sesgado hacia los que usan el inglés- para mostrar que la capacidad de hacer tonterías es lo único que está repartido generosamente y con equilibrio por todo el planeta. Como demuestran los datos recopilados por SplashData -uno de los mayores proveedores de protección de identidad en EE.UU.- durante 2018, un amplísimo número de claves siguen siendo inseguras. Así que si usa ‘»123456» como su contraseña para Gmail, YouTube, Facebook, Twitter o cualquier servicio digital, tiene dos malas noticias: su clave no le protege de absolutamente nada y no es la única persona del mundo con ese mismo problema. En 2017 pasaba lo mismo. Esos seis números seguidos conforman la contraseña más utilizada del mundo, seguida de cerca por «password» y por «123456789«, que son la segunda y la tercera, respectivamente. Esta última ha subido un puesto comparado con el año pasado, pues el «12345678» ha bajado a cuarto puesto. SplashData ha evaluado más de 5 millones de contraseñas filtradas a lo largo del último año y ha creado una lista de 25 claves totalmente inseguras y fáciles de obtener por cualquiera con unos conocimientos mínimos de seguridad en Internet. Entre las nuevas contraseñas más curiosas e inseguras de la lista, aparecen «111111» o la palabra «donald» (teléfono, Mr. President!). También se han colado «iloveyou«, «sunshine» y «princess» (expresiones de cariño en inglés).

Un gigante japonés en el negocio de la energía eólica en Argentina

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El gigante japonés Mitsui, que en el país opera como trader y también tiene negocios de autopartes y nutrición animal, decidió ingresar en el rubro de las energías renovables, uno de los que logró evitar la crisis desatada en abril pasado (gracias a que el Estado argentino subsidia fuertemente el rubro). La compañía asiática entró en un proyecto en marcha: le compró a la francesa Total Eren (en la que participa la petrolera Total) parte de un proyecto de energía eólica en Santa Cruz. Mitsui adquirió el 34% de las acciones de la empresa Vientos Los Hércules. El proyecto aportará al sistema 97.2 MW en total, mediante 27 aerogeneradores de 3,6 MW cada uno. El parque eólico se encuentra cerca de Pico Truncado, en Santa Cruz, en un predio de 350 hectáreas. La electricidad se venderá a CAMMESA, la empresa administradora del mercado mayorista, durante un período de 20 años. El costo total del proyecto es de unos US$ 220 millones. «Con la adquisición de acciones, Mitsui también acordó un contrato de garantía contra pérdidas derivadas de riesgos políticos y no comerciales con la Agencia de Garantía de Inversiones Multilaterales (MIGA) del Grupo del Banco Mundial. Este es el primer proyecto de energía eléctrica de Mitsui en Argentina», indicó la empresa en un comunicado. Hisashi Yamaguchi, presidente de Mitsui, sostuvo que observan «un cambio en el clima de negocios en el país, a pesar de la turbulencia económica; por ello, somos muy optimistas sobre el futuro de la Argentina y estamos decididos a reactivar nuestro negocio de manera agresiva, enfocándonos, inicialmente, en las energías renovables y en la agricultura. Esperamos realizar nuevos anuncios sobre el desarrollo de nuestros negocios y de inversión en el país, más allá del proyecto Vientos Los Hércules». La ley de energía apuntaba a aumentar el porcentaje de energía renovable de la red, al 8% para el corriente año y al 20% al 2025. Ese objetivo está lejos de ser alcanzado, por razones que explicamos en AgendAR aquí. Pero en aras de ese objetivo, el gobierno de Mauricio Macri puso en marcha el programa Renovar. Ya hay 100 centrales renovables en marcha. En total son 102 nuevos proyectos, de los cuales 19 ya se encuentran en operación comercial y 83 están en construcción. En números, se trata de 3.7 GW de nueva potencia y US$ 5.200 millones de inversión directa, con 7.300 nuevos empleos, según los datos de la secretaría de Energía. En el mundo, Mitsui cuenta con una capacidad instalada, mediante su participación en empresas de generación, de 9.1 GW de electricidad, de los cuales el 16% corresponden a recursos renovables. El objetivo de Mitsui, para 2030, es aumentar esa proporción al 30%.

Monsanto ya no existe. Se hizo ecologista

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Es un enfrentamiento simple e inevitable el del Secretario de Ciencia, Lino Barañao contra el Secretario de Agricultura, Luis Etchevehere. El gran tema es el trigo HB4. El mandamás no quiere autorizar su cultivo, el «mandamenos» pena por hacerlo desde ¿2007? Gana Etchevehere, pero tiene en contra una parte creciente del campo argentino, el suplemento Rural de Clarín lo empieza a cruzar, y el mandamás tiene que decir que no piensa renunciar con cierta frecuencia. El HB4 es un monoevento transgénico de planta a planta: en ese caso, trigo transfectado con un «pack génico» de girasol, cuya búsqueda la doctora Raquel Chan, del CONICET y la Universidad Nacional del Litoral, empezó en 1992. Con los genes HB4 el girasol le transfiere al trigo la resistencia más que notable de esa oleaginosa frente a extremos hídricos: sequía e inundación. Pero esos genes de girasol no regulan únicamente el manejo del agua por parte de la planta receptora, sino que logran que la planta siga verde y en fotosíntesis activa durante el llenado del grano: son promotores de rendimiento en semilla. Este rasgo conferido por el HB4 tiene tiene una lógica darwiniana: ante una seca o una inundación, el girasol concentra sus recursos metabólicos en garantizar la supervivencia de la generación siguiente, y responde produciendo más grano. Como los ciclos de sequía e inundación se han vuelto más intensos y frecuentes por el cambio climático, el valor comercial de este pack genético aislado, identificado, patentado y aplicado por argentinos, no tiene un techo preciso. Los cultivos industriales a los que se transfectó con HB4 son básicamente la soja, el trigo y la alfalfa. Se probó también con el maíz, cuyo rendimiento no mejoró en forma notable, pero con los tres primeros cultivos las mejoras de rinde oscilan entre el 9 y el 25% según la especie receptora. Algo más: la ingeniería genética agronómica existe comercialmente desde hace 24 años, pero nadie la había usado en trigo, el cultivo con mayor área sembrada en el planeta, y la mayor fuente de proteína vegetal de los humanos. El trigo HB4 es un «first timer», una «primera vez», mundial. Sin embargo, el Secretario Etchevehere y su subsecretario de Alimentos y Bioeconomía, Andrés Murchison, no quieren darle la aprobación comercial. Con esto, el Secretario Barañao -el CONICET es socio de Bioceres- pierde royalties, pero el campo argentino pierde más: trigo marchito no paga. Y la que pierde en el fondo es la Argentina, que se condena a seguir exportando naturaleza cruda pagando patentes, en lugar de cobrarlas. Que un «game changer» como los genes HB4 sean argentinos no es consecuencia de ser agroexportadores de siempre. Somos eso, pero además educamos a tres premios Nobel en biociencias, y el 60% del mercado farmacológico local lo dominan empresas nacionales, muchas de ellas exportadoras. En algún momento eso tenía que hacer «masa crítica». La doctora Chan es biotecnóloga vegetal, pero no nació de un repollo. Llegar a estas tres especies HB4 costó 26 años de investigación básica y aplicada de Chan, como líder científica del INDEAR, instituto del CONICET y de la UNL. En 2001, atraídas por las sorpresas que iba generando el HB4 en laboratorio, 23 firmas argentinas, mayormente agrícolas pero también laboratorios farmacológicos, se agruparon alrededor como consorcio en Bioceres. Este es otro «first timer» en la historia argentina: una empresa de productores agrupada por un desarrollo tecnológico. Bioceres patentó el HB4 y siguió atrayendo socios: ya superan los 300. El CONICET y la UNL anunciaron la novedad en 2004 sin que los suplementos o las revistas y programas rurales le dieran importancia, asunto llamativo. ¿Nadie es profeta en su tierra? De todos modos la gente de campo empezaba a enterarse boca a boca. En 2012 Bioceres le puso la marca definitiva al desarrollo: HB4. Hasta hoy, es la única firma de biociencias del mundo con tres eventos de protección contra el cambio climático. Y van más en camino.
En 2010 ya había una pugna soterrada pero feroz entre Bioceres con la CONABIA y el SENASA. Estos organismos, hoy dependientes de Agroindustria, tienen que certificar que, por ejemplo, una soja transgénica tenga ventajas agronómicas importantes sobre las no transgénicas. Pero también que no muestren déficits nutricionales respecto de éstas, y que no dañen la salud humana o afecten de modos adversos la animal, e incluso que no afecten el medio ambiente. Las autorizaciones de estas agencias siempre salen a velocidad express cuando las piden empresas multinacionales como Monsanto (hoy comprada por Bayer). Los funcionarios argentinos suelen justificar su respuesta inmediata aduciendo que están cubiertos por abundante literatura científica de la inocuidad médica, sanitaria y ecológica del evento a licenciar, justamente la que permitió antes la aprobación de la FDA (Food and Drug Administration) de los EEUU. Pero a Bioceres, y a lo largo de todos los gobiernos que van desde el de Eduardo Duhalde hasta el de Mauricio Macri, CONABIA, el SENASA y Agroindustria, ya fuera Secretaría o Ministerio y con diversos nombres pero parecida burocracia, les han puesto décadas de palos (de baseball) en las ruedas. Sucesivos funcionarios e incluso algunos de los científicos que desfilaron por tales pasillos aducen, con grabador apagado, tenerle terror a los ecologistas. Y de la capacidad de las grandes multinacionales de biociencias de armarles operaciones de prensa con ecologistas, de eso ni hablar. Uno casi los comprende. El problema es que benefician de un modo transparente a las multinacionales de biociencias, como Bayer-Monstanto, Syngenta y Nidera. Y desalientan obstructivamente a las firmas nacionales que se quieren meter al ruedo transgénico, al tratar de quebrar a la que llegó más lejos. Ese «modus operandi» viene siendo demasiado repetido, prolongado y predecible, y sobre todo demasiado independiente de que el presidente sea un liberal explícito, un peronista ortodoxo, un «populista» keynesiano y luego su viuda, o Mauricio Macri. ¿Qué sostiene esa continuidad? En 2015, la Secretaría de Agricultura licenció por fin la soja HB4. Esto no movió demasiado el amperímetro en el campo, porque el cliente principal de este cultivo es China, donde las autoridades regulatorias locales todavía no la aprobaron. La semilla RR argentina es para consumo animal, no para siembra. Los ciudadanos chinos devoran pollos y cerdos sin preguntarse si los forrajes de los mismos han sido transgénicos o «normalitos»: culturalmente son tan aversos a comer semillas recombinadas como el más recalcitrante militante verde europeo. La cultura alimentaria del humano promedio es conservadora. Los ecologistas la tienen fácil. Pero no es por ello que la imagen de las firmas de biociencias resulta tan merecidamente mala. Se la ganan día a día. Por ahora, los eventos transgénicos más importantes han estado ligados al uso de herbicidas, como la soja Roundup de Monsanto, resistente al glifosato. Siendo la soja una planta petisa y lerda para crecer, las malezas le hacen sombra, le roban agua y nutrientes, y le ganan sin esfuerzo. Pasa el avión fumigador o el camión mosquito rociando glifosato, y se amustian, achicharran y mueren las malezas, mientras triunfa, solitaria y espléndida, la soja con resistencia a este desmalezante en sus genes implantados. Eso sucede hasta que las malezas evolucionan y desarrollan resistencia genética el glifosato. Entonces se transforman en «supermalezas». En 2010 sólo en la provincia de Buenos Aires ya había 18 especies que hicieron esta transformación. Las supermalezas hay que atacarlas con superdosis de super-herbicidas, que combinan el glifosato (ligeramente cancerígeno y mutagénico) con agrotóxicos más perdurables y agresivos. En la carrera armamentista entre el reino vegetal salvaje y las semilleras, los que pierden son los productores y la población rural dispersa. Los productores cada vez pagan más por cócteles de plaguicidas crecientemente impresentables en dosis cada vez mayores, y la población rural colindante con las áreas de cultivo los termina respirando, tocando, comiendo o bebiendo. Otros eventos más inocentes están ligados a toxicidad selectiva, cuya eficacia probablemente sea también precaria: los insectos evolucionan aún más rápido que las plantas. Las semillas «Intacta» (Monsanto) generan plantas cuyos tejidos expresan algunos genes de una bacteria del suelo, el Bacillum thuringiensis, BT para los amigos. La toxina BT resulta inocua para los humanos y otros animales superiores, pero es letal para las orugas de diversos insectos. Una planta BT se defiende sola de las orugas sin tener que rociarlas de insecticidas discutibles, como los órganofosforados (suelen ser neurotóxicos en dosis muy bajas) o los nicotinoides (que están exterminando a los polinizadores, como las abejas). Bueno, es lo que dice la propaganda. Por ahora funciona. Pero explicale a un chino o a un europeo que se coman tranquilos la toxina BT de la soja de su chop-suey o de la polenta. La idea de comer toxinas les pone los pelos de punta, aunque lo hacen diariamente: en la dosis adecuada, el cloruro de sodio es tóxico, el azúcar fructosa también, el alcohol ni hablemos, e incluso también el agua destilada. Por lo demás, los humanos somos reacios a cambiar de hábitos alimentarios, y si el marbete en el supermercado dice «recombinante», aunque no se trate de un evento ligado a defoliantes o toxicidad para larvas, la mitad de mis amigos se abstiene. Y se consuela tomando un vino fermentado con levaduras recombinantes, acompañado de un queso fermentado por otras levaduras también recombinantes, todas más eficientes. El mundo de la agroindustria alimentaria está regido por la ingeniería genética desde 1994 y eso no parece estar matando a nadie, salvo a la gente de campo fumigada con defoliantes. Lo cual es monstruoso, y algún día -y llegará- tendrá remedio, político y amargo. Los cultivos industriales rara vez llegan directamente al público: desaparecen antes en la cadena de valor agregado como insumos. Por ello, el chino no se entera de que el cerdo salteado de su guiso comió balanceados de soja transgénica argentina o brasileña desde el destete. Si China hiciera como la Unión Europea y no comprara soja recombinante «at all», el plato del chino tendría mucho menos cerdo salteado, o no tendría nada. Es difícil que la población china acepte volver a una dieta casi puramente vegetal, como en los heroicos tiempos de la Revolución Cultural, cuando se vivía de arroz y de consignas. Si desaparece la proteína animal, en el Reino del Medio se arma Troya. Por lo tanto, los chinos prefieren no hacerse preguntas respecto de si sus chanchos comieron los porotos correctos o «los malos». En general, pasa lo mismo en casi todo el mundo. Un ecologista escribe un artículo muy militante mientras toma su cervecita (cebada transgénica y levaduras transgénicas) y se baja su picada (salamines hechos con carne y grasa de cerdos fermentada con levaduras transgénicas), e ignora o prefiere ignorar que el mundo se está volviendo más complejo de lo que cree. Hay que ser un idiota para creer que los genes del girasol pueden transformar en peligrosos los cultivos industriales como la soja, la alfalfa y el trigo. El girasol es un alimento humano desde hace milenios, y al parecer no envenena a la gente ni agranda el agujero de ozono. Y aún así, la ley dice hay que demostrar prolijamente que los transgénicos son inocuos para humanos, animales y medio ambiente. Y eso es totalmente correcto. ¿Pero cuántos años para esto? ¿Dos? ¿Cinco? Ya parece demasiado. Pero cuando la empresa es argentina y también lo es la agencia regulatoria, podemos estar hablando de doce, o más, mucho más, indefinidamente más en el caso del trigo. Eso en agencias que otorgaban una patente ligada a agrotóxicos o a toxicidad a la Monsanto (antes de que la compraran) en un pestañeo. La pelea que se está armando en torno al licenciamento del trigo tal vez sirva para fumigar a estos tipos. El argumento favorito con que se cubren hoy es Brasil: nuestros vecinos y socios, grandes compradores de trigo argentino, son también muy ecologistas, o eso se dicen. Aducen, trémulos, que la autorización de siembra del HB4 podría desatar una ola de rechazo popular brasileño ante el trigo argentino. Y fogoneada por la Multinacional de la Ecología. «Si a un brasileño le decís que el pan se hizo con trigo transgénico, no lo compra», aseveró una luminaria de Agroindustria. «Si non e vero, e ben trovato». Es bastante más demostrable que las multinacionales de biociencias no tienen ningún desarrollo siquiera parecido al HB4. Y es sospechable que a Bioceres la quieran borrar del mapa aprovechando su endeudamiento mientras es chica y no mueve el amperímetro. Por lo pronto, antes de ser comprada a su vez por Bayer, Monsanto se compró un 5% del paquete accionario de la firma criolla, que necesitaba «cash». Sucedió este año. La Secretaría pinta un cuadro con brasileños que se escapan de los supermercados, donde acechan los peligrosos trigos criollos, como de un incendio. Si realmente quieren cuidar al productor local deberían proponer medidas como la trazabilidad y el etiquetado diferencial: que el trigo argentino no HB4 y sus derivados en la cadena industrial paguen por un marbete ecológico, y por ende se puedan vender más caros. Las góndolas de los alimentos «ecológicos» en los supermercados europeos tienen precios regularmente 30% mayores. Si un brasileño quiere una lasagna o unos fettucini etiquetados como «no transgénicos», que los pague más. Punto. Es lo lo justo, es lo factible. Tiene hasta una lógica social. En general, no mucha gente come pan en Brasil. La fuente de almidón del pueblo pobre, en nuestro vecino gigante, es la mandioca, no el trigo. Éste es más bien un lujo de clases medias que se fue extendiendo luego de la creación del Mercosur. El trigo es un cultivo relativamente robusto: soporta frío y calor, pero no tiene la tolerancia ante extremos hídricos del girasol o de ciertos maíces. El área de trigo HB4 en Argentina se dispararía al toque de la aprobación del evento de Bioceres por parte de sus principales antagonistas, Mr. Murchison y el señor Etchevehere, o también de la renuncia de ambos funcionarios y su remplazo por personas de otro perfil. ¿No lo hizo acaso el área sembrada de soja RR, en cuanto fue aprobada -muy rápidamente- en 1994? Y el aumento del área sembrada con trigo HB4 sucedería por tres razones: ante los ciclos cada vez peores de sequía e inundación, la adopción por los productores argentinos del HB4 sería rápida: un trigo que rinde más cuanto menos llueve es un «wet dream» agronómico. Al respecto, ya no hay nada qué demostrar. Además, clientes posibles de trigo y harinas argentinos en el mundo hay bastantes, además de Brasil, y la Secretaría debería estar buscándolos. ¿No le hemos vendido cantidades ingentes de trigo a la Unión Soviética, desafiando el embargo de comercio exterior decretado por Jimmy Carter en 1981? ¿Y no cambiamos de preferencias luego, en tiempos de Raúl Alfonsín, y le vendimos barcos y barcos de trigo al Irán del Ayatollah Khomeini, al punto de volverlo un tiempo nuestro mejor cliente agrícola? EEUU estaba muy en contra, pero bueno, uno no deja que un competidor comercial -EEUU es una potencia agrícola- le autorice los clientes. Por más de una causa, se debería creer que el poder de inhibición comercial de los EEUU supera bastante al de Greenpeace, y sin embargo… ¡Si habremos hecho plata con nuestro trigo desestimando los «non papers» del Departamento de Estado!… Aquí estamos dejando no sólo que nuestros competidores nos indiquen los clientes sino las tecnologías, cuando no son las de ellos y no les significan cobrar patentes, sino pagárnoslas a nosotros. ¿Es Greenpeace la que traba la autorización comercial del trigo HB4? ¿O las grandes semilleras que no tienen nada comparable en su panoplia de eventos? ¿O los EEUU? ¿O todos ellos? ¿O se trata de un caso raro y milagroso de imbecilidad institucional mantenido a lo largo de décadas y por gobiernos argentinos políticamente muy adversos entre sí? Lo que sea, que se termine de una vez.
Daniel E. Arias

Una semillera argentina llega a China

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El semillero Don Mario, el principal del país en soja, comenzará a promocionar en mayo sus variedades en China. Irá a sembrar 300 variedades de la oleaginosa en 10 localidades de ese país. La expectativa de la empresa es empezar a vender semillas a los productores chinos en 2021/2022, en función de la evaluación genética. Comenzará con semillas no transgénicas -China importa soja transgénica para alimentación animal pero no siembra el evento transgénico- y ve un potencial de crecimiento en un país que hoy siembra 8,2 millones de hectáreas de este cultivo. La empresa ve oportunidades en ese mercado porque China está buscando avanzar en una mayor producción propia de soja. Después de muchos años de incentivos al maíz, hay un cambio para incentivar precisamente a la oleaginosa que, vale recordar, es originaria precisamente de ese país. China comenzó a ponerle foco a un programa de mayor producción propia en medio de la disputa comercial con los Estados Unidos, que le estaba vendiendo soja por unas 35 millones de toneladas. En China, el mercado de semillas de soja está muy atomizado. La competencia no pasa por grandes multinacionales, sino por organismos, universidades y centros de investigación  vinculados con el Estado. Actualmente los rindes de soja en China promedian los 1800 kilos por hectárea. Son rindes bajo por cuestiones ambientales de manejo y de genética. Como un 50% del rendimiento viene por el lado de la genética, en la compañía creen que tienen para aportar.

Aumenta, paulatinamente, la morosidad en el pago de deudas

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Con un 33,6% de la población por debajo de la línea de pobreza a raíz de la suba de la inflación y la caída de los ingresos –en blanco y en negro–, las familias, además de estar más endeudadas, también se atrasan cada vez más con los pagos. En los sectores de más bajos ingresos, la morosidad creció un 30% en lo que va del año, explican, por ejemplo, los directivos de Tarjeta Naranja, una de las entidades financieras que más atiende a los segmentos medios y bajos. “El nivel general de morosidad todavía es bajo en el sistema pero los clientes incurren en retrasos”, explicó Alejandro Asrin, presidente de la empresa. Según un relevamiento a cargo de Resolvé tu deuda, el 87% de quienes incurren en la morosidad lo atribuyen al sobreendeudamiento. “Por la situación que vive el país está cayendo la cartera de los bancos y las personas caen en un problema de sobreendeudamiento. Eso genera morosidad en los créditos al consumo. En los hipotecarios no hay cambio porque como se trata de la vivienda, los pagos se mantienen. Pero la cartera de consumo se deterioró”, explicó Rodrigo Nadal, director de la reparadora de crédito.
  • La deuda promedio de los argentinos ronda los $ 118.000, mientras que el 52% de los encuestados expresaron que su sueldo no supera los $ 20.000.
“Al analizar estos datos notamos que para poder cancelar una deuda se necesitan casi cinco sueldos íntegros, sin tener en cuenta los intereses». Un informe del Banco Central reconoció la suba de la mora de los hogares, que llegó a 3,8% de la cartera total en octubre.

Rapipago se prepara para sumarse al negocio de las fintech

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La empresa de cobranza extrabancaria avanza en un plan para complementar su red física con servicios digitales. En 2019 lanzará una plataforma de pagos online y ofrecerá una tarjeta de crédito prepaga y cuentas nominadas.
  • Serán todos servicios gratuitos para sus usuarios.
Mercado. La empresa cuenta con una comunidad de 7 millones de personas que todos los meses va a pagar cuentas a alguno de sus locales. “En el futuro no existirá la disyuntiva banco o fintech. Será banco y fintech. Igualmente desaparecerá la diferencia entre físico y digital. Todo será complementario, no excluyente”. Así proyecta los próximos pasos de Rapipago Gustavo Gómez, gerente general de Gire, empresa dueña de la cadena de cobranzas extrabancarias. Rapipago tiene un origen eminentemente físico. Una red de locales a la calle, propios y franquiciados, que facilitan a una importante cantidad de gente el trámite de pagar impuestos y servicios que los bancos tradicionales dejaron de recibir hace ya tiempo.

La Inteligencia Artificial se introduce en la gestión de Personal

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Aunque históricamente el área de recursos humanos (RR.HH.) de las empresas fue una de las primeras en incorporar la computación –por ejemplo, para las liquidaciones de sueldos– se asegura que en los últimos años alguna de las tradicionales soluciones de este rubro fueron “añejándose” y quedando algo antiguas. “Veíamos que había una oportunidad para ofrecer soluciones de RR.HH. que estuvieran mejor concebidas y que fueran más eficientes. Y –además– quisimos hacer un uso intensivo de las más recientes técnicas de Inteligencia Artificial (IA) enfocadas en facilitar la gestión de recursos humanos de las empresas”, explica Miguel Terlizzi, CEO de Workia Solution, una compañía que debutó formalmente en este segmento tech hace apenas algo más de un año, aunque tiene una larga trayectoria en el mercado de RR.HH. El uso de la IA lo concentraron en otra parte de su oferta: “Hace tres meses lanzamos Birpin, un portal de búsqueda de empleos y de relacionamiento”. En esa web, que se suma a una categoría ya de por sí muy competitiva y con muchos jugadores de larga data, Workia busca diferenciarse usando técnicas de machine learning: “Logramos que cargar un currículum sea más simple. La persona crea su perfil y ya puede subir su CV en Word o PDF. El sistema lo lee, y usando IA, logra sistematizarlo de manera de poder completar la base de datos en forma ordenada. La IA también juega un papel destacado para recomendar los perfiles más adecuados a cada empleador, según la descripción del cargo pedido. Y el sistema va aprendiendo cuáles son las preferencias de cada usuario para mejorar las sugerencias. Además tienen ya avanzada a EVA, un proyecto que desarrollaron junto con investigadores del Conicet. Se trata del Entrevistador Virtual Argentino que podrá hacer entrevistas automáticas, por medio de tests, para evaluar ciertas competencias y skills de los candidatos y sistematizarlo en números. “EVA podrá acelerar el proceso de selección ya que la compañía podrá usarlo como un complemento para perfilar a los candidatos más apropiados sobre temas de liderazgo o trabajo en equipo, por ejemplo”. Con eso el responsable de la selección puede programar las entrevistas personales con los postulantes más adecuados y reducir el tiempo total que lleva el proceso tradicional de selección. Es cierto que puede faltar el toque humano. Pero no es un área donde se haya hecho notar demasiado.