La Federación Rusa está cumpliendo una promesa del presidente Vladimir Putin de reducir el papel del dólar en su comercio internacional, a medida que las tensiones se agravan entre Washington y Moscú.
Se trata de una estrategia para «desdolarizar» la economía rusa y reducir su vulnerabilidad a las sanciones estadounidenses. Pero aunque su banco central pudo deshacerse rápidamente de la mitad de sus tenencias en dólares el año pasado, el progreso en el comercio ha sido lento, debido al uso arraigado del billete verde en muchas transacciones.
Según los datos del banco central, la participación de los euros en las exportaciones rusas aumentó por cuarto trimestre consecutivo a expensas de la moneda estadounidense. La moneda común europea casi ha superado al dólar en el comercio con la U. E. y con China, y el comercio de rublos con la India aumentó. En cambio, la participación del dólar en las transacciones de importación se mantuvo en aproximadamente un tercio.
«Ha habido un fuerte incentivo para tratar de reducir la dependencia del dólar, no solo para Rusia sino también para sus socios comerciales», dijo Dmitry Dolgin, economista de ING Bank en Moscú. «La Unión Europea también se enfrenta a la presión comercial de los Estados Unidos».
El euro estuvo cerca de reemplazar al dólar como la moneda de elección para las exportaciones rusas a la Unión Europea, y su participación subió al 42% en el primer trimestre desde el 32% del año anterior.
Rusia todavía depende del dólar para más de la mitad de su comercio anual de $ 687.5 mil millones, aunque menos del 5% de esos acuerdos son con los EE. UU. Parte de la motivación de Rusia para cambiar es que las compañías sufren retrasos en hasta un tercio de los pagos internacionales en dólares porque las empresas occidentales tienen que verificar con los Estados Unidos si las transacciones están permitidas, dijo el ministro de Finanzas ruso, Anton Siluanov, en diciembre.
La participación del euro también aumentó en el comercio anual de Rusia de $ 108 mil millones con China, saltando a más de un tercio de los acuerdos de exportación en el primer trimestre desde casi nada a principios de 2018. Este cambio, que cubre las ventas de productos básicos y los grandes contratos estatales, ha sido acelerado por el desarrollo de la infraestructura de pago en el banco central y otros prestamistas, según Sofya Donets, economista de Renaissance Capital en Moscú.
El comercio de yuanes es difícil debido a las restricciones de capital que limitan el acceso de los extranjeros a los activos chinos, dijo al periódico RBC Dmitry Timofeev, quien dirige el departamento de sanciones del Ministerio de Finanzas. «El yuan no es completamente convertible, lo que significa que no puede desempeñar un papel importante en el comercio mundial», dijo Timofeev.
El cambio más dramático es visible en el comercio de $ 11 mil millones de Rusia con India. El rublo representó las tres cuartas partes de la liquidación total de las exportaciones entre los dos mercados emergentes después de que acordaron un nuevo método de pago a través de sus monedas nacionales para acuerdos de defensa multimillonarios.
«Es probable que la tendencia continúe porque la infraestructura para las transacciones en monedas alternativas está mejorando», dijo Donets de Renaissance Capital. «Sin embargo, Rusia no podrá renunciar a usar el dólar por completo, especialmente para el comercio de petróleo».
La pesca no es una de las actividades económicas importantes en Córdoba. Pero sí lo es el turismo. Y, por supuesto, la prevención de plagas. Usando satélites y algoritmos, un equipo de la Universidad Nacional de Río Cuarto logra prever la mortandad de peces
Durante los años 2007, 2010 y 2016 se registraron mortandades de peces en varios embalses del centro de la provincia de Córdoba por una enfermedad que produce un hongo. El brote de mayor gravedad tuvo lugar en el embalse Río Tercero, el más grande de la provincia con cientos de peces muertos.
Ahora, un modelo basado en algoritmos e imágenes satelitales desarrollado por investigadores de Río Cuarto permitirá estimar la probabilidad de brotes de esa enfermedad, llamada saprolegniasis, en ese embalse.
Se trata de una enfermedad fúngica o micosis causada principalmente por un microorganismo llamado Saprolegnia parasítica, que cubre una extensa zona del cuerpo de los peces y les genera dificultades para nadar y alimentarse. Las principales especies afectadas fueron dos mojarras de cola colorada: Astyanax eigenmanniorum y Astyanax fasciatus.
“El desarrollo puede ser de gran interés tanto para las autoridades locales, organismos decisores y relacionados con el manejo y gestión de recursos hídricos y organizaciones sin fines de lucro relacionadas con el cuidado del medio ambiente y público en general”, afirmó a la Agencia CyTA el director del avance, el doctor Matías Bonansea, investigador del CONICET en el Instituto de Ciencias de la Tierra, Biodiversidad y Sustentabilidad Ambiental (ICBIA), en la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC).
La saprolegniasis tiende a ocurrir de manera estacional, principalmente en los meses invernales y ante la presencia de otros factores predisponentes como las bajas defensas de los peces. “La baja temperatura del agua es uno de factores desencadenantes más importantes, ya que en ciertas especies de peces crea condiciones favorables para la rápida proliferación del hongo”, explicó Bonansea, también integrante del Departamento de Estudios Básico y Agropecuarios de la Facultad de Agronomía y Veterinaria (FAyV) de la UNRC.
Para monitorear esa variable, los científicos recurrieron a imágenes satelitales, una forma de medición periódica que tiene bajo costos económicos y requerimientos logísticos, añadió el investigador. E integraron esa información con campañas de muestreo en el embalse, de modo tal de evaluar el conjunto de especies de peces afectados por la enfermedad, así como con parámetros ambientales y de calidad de agua.
Miguel Mancini (izq.) y Matías Bonansea, investigadores de la Universidad Nacional de Río Cuarto.
A partir de los datos obtenidos a campo, los investigadores validaron una técnica denominada “Single-Channel method”, utilizada para estimar la temperatura de superficie a partir de imágenes satelitales Landsat.
“El modelo funciona como una herramienta práctica, de bajo costo y de fácil aplicación para predecir la probabilidad de la enfermedad en el embalse”, destacó Bonansea. “Y podría ser extrapolable a otros ambientes acuáticos de la provincia y el país donde se hayan registrados brotes similares”, agregó.
Del estudio, publicado en revista “The Science of the Total Environment”, también participaron Lucio Pinotti, del ICBIA-CONICET, y Miguel Mancini, Micaela Ledesma, Claudia Rodríguez y Susana Ferrero, de la UNRC.
Peor aún, nuestros generales creían que si en inundación histórica del Alto Paraná Brasil abría de golpe todas las compuertas de golpe de los 40 represamientos que hoy cierra esa vasta cuenca, ¿qué iba a quedar de la Ciudad de Buenos Aires, cuando el frente de inundación llegara? Los más paranoicos en el Ejército hablaban -con poco sustento científico- de 11 metros de agua al pie del Obelisco. Con semejante arma hidráulica, los primos nos podían chantajear de aquí a la China. Significativamente, los primeros modelos matemáticos de funcionamiento del Paraná, que corrían en series de computadoras del tamaño de camionetas, el CONICET los financió en esta época, alrededor de 1971.
La imposibilidad de “fazer parceria” con nosotros por demasiadas viejas historias de guerra entre vecinos, más la costumbre displicente de comprar “llave en mano” quizás expliquen por qué Angra 1 se adquirió a las apuradas, para no ser menos que nosotros, y sin transferencia total (es decir, sin examen a fondo) de la tecnología. Y también por qué se buscó al mayor proveedor yanqui, Westinghouse, como garantía presunta de suficiente de calidad. Y eso a su vez acaso permita vislumbrar por qué, pese a que fue concebida a tiempo, Angra 1 nació tan tarde y anduvo tan renga.
Mientras esto sucedía, Atucha I era rigurosamente co-diseñada en Alemania Occidental por KWU y un elenco de más de 40 reactoristas de la CNEA cuya alma, dedicada a los combustibles, fue el Dr. Roberto Cirimello. La CNEA sabía que la única planta de uranio natural creada por KWU-Siemens era el reactor MZFR de 57 MW, y no tenía garantía alguna de que un «scale-up» de 320 MW como Atucha I se bancaría la paliza. Y lo bien que hicimos. En alguno de sus breves descansos familiares en Argentina a Cirimello lo llamaron urgente desde Erlangen: se acababan de romper como grisines 9000 barras de los elementos combustibles de la futura Atucha 1 por vibraciones a las 200 horas de ser testeadas a presión y temperatura y caudal de operación en un «loop». «El Chiri», como se lo llama aquí, tuvo que salir corriendo desde Santa Fe a Karlsruhe (muchos, muchos transbordos) para rediseñar -sin códigos de cálculo y con regla de cálculo- los elementos combustibles de pe a pa. Y le salieron bien, son los que seguimos usando hoy.
De haber comprado la CNEA el combustible alemán a ojos cerrados, el problema habría sucedido en 1974 a pocos días de inauguración de la central real por el presidente Juan D. Perón, y probablemente habría deteriorado con un alud de pastillas de cerámica de dióxido de uranio las bombas de circulación del primario. ¿Venderle «llave en mano» un prototipo de algo no probado a escala 1 a 1 a la CNEA? «Vergiss, meine Liebe», como dicen en el Kernforschungzentrum de KWU en Erlangen, y en Santa Fe, «Olvídate, cariño», seguido por «Cocodrilo que se duerme, es cartera». Ese favor que nos hizo «El Chiri» -y mil otros- hoy se van olvidando, incluso entre los colegas.
Hasta la compra de Angra 1 a Westinghouse, los EEUU hacían de la dictadura brasileña un gendarme regional y su niño mimado, pero no tenían maldita la gana de permitir otro imperio en las Américas que no fuera el suyo. Y menos, uno con un programa nuclear independiente y dirigido por tres fuerzas armadas que coincidían en su visión de que Brasil no sólo merecía sino que necesitaba tener «la bomba». De modo que respecto de la promesa de abastecer a Angra 1 de combustible enriquecido, en 1973 los del State Department anunciaron que, bueno, en fin, let’s see, meus meninos, la promesa quedaba sujeta a la capacidad de oferta estadounidense. Y si no hay, no hay.
¿Se entiende mejor, ahora, por qué la CNEA de Jorge Sabato evitó la trampa de las centrales de uranio enriquecido, y por qué todas nuestras centrales hasta hoy han sido de uranio natural, y por qué JAMÁS en su historia -salvo ahora- la entidad que dirige el Programa Nuclear Argentino compró una central «llave en mano», y máxime una unidad sin kilometraje real? Además de comprar problemas técnicos, se compran geopolíticos, y pueden ser peores. Una cosa es que los EEUU te paren un reactor como el RA-3, cosa que nos hicieron en 1978, con un boicot de combustibles enriquecidos para castigar el atrevimiento argentino de haberle vendido 2 reactores a Perú. Nos dejaron mal con el cliente y además interrumpieron la única fabricación de radiofármacos de Sudamérica. Y al State Department ese tiro le salió por la culata, como se verá después. Pero otra cosa mucho más seria es que te paren 3 centrales nucleoeléctricas y te dejen 7 u 8 millones de habitantes a oscuras.
El mensaje que le envió el State Department a Itamaraty, con Angra 1 ya en obra, fue sencillo: “Háganse los vivos con el plutonio y todo eso, y no la inauguran jamás”. Rápidamente, el resto del “Club Nuclear” se alineó con los EEUU, el RU y Francia, pero en este caso acordaron también la URSS y China. Aún en plena Guerra Fría y estrangulándose entre ellos, las 5 superpotencias estaban de acuerdo en que no querían un nuevo miembro en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. O sea.
En 1975, tiempos del general de artillería (y presidente) Ernesto Geisel, hijo de alemanes, los militares brasileños se vengaron de los EEUU firmando el pacto nuclear más grande de todos los tiempos con Alemania Federal. Era una venta apabullante; incluía de 4 a 8 centrales PWR (es decir, de uranio enriquecido) de 1300 MW por unidad, y además una planta piloto de enriquecimiento “por toberas”, recién inventado por KWU, y de yapa el reprocesamiento de combustibles. Compraban el caballo, y además el pasto, y cómo sembrarlo. La KWU exultaba. Valuada en U$ 4000 millones “de los de entonces”, aquella sería la mayor exportación tecnológica alemana de la historia. Hoy sumaría más o menos U$ 8000 millones, cifra que ya no despeina a nadie: las centrales se han vuelto más complejas y demasiado caras, y eso viene a ser el costo de una sola de 1300 MW.
Pero volvamos a 1975: de nuevo esa costumbre de los vecinos: compran “llave en mano” y a ciegas una planta de enriquecimiento –tecnología dual, es decir de uso civil y militar si las hay, y de yapa experimental- como quien pega el tarjetazo en Jumbo y se lleva un televisor LED de 110 pulgadas: después de todo, no se necesita saber de microelectrónica para ver TV: sólo manejar el control remoto. Nada de sentarse con el diseñador y sugerir cambios. Nada de reinventar la rueda en casa. Exactamente el modelo de Angra 1. Podrá servir para fabricar automóviles, pero el mundo de la tecnología dual no funciona así.
La prueba se las dio en 1977 un exreactorista nuclear de la US Navy, don James Earl Carter, a la sazón presidente de los EEUU. Viajó a Brasilia para reunirse con el general Geisel y tener unas palabras en privado. Luego de lo cual redirigió el «Air Force One» hacia Bonn, donde mantuvo alguna reunión igualmente reservada con el canciller Helmut Schmidt.
Inevitable: algún diablo volvió a meter la cola. Todo empezó a ir «para atrás». Lo de las toberas, la principal innovación del modelo alemán, no anduvo jamás, vaya a saber por qué. La KWU-Siemens negó tener la culpa y no se hizo cargo de subsanar el problema, o de devolver las garantías. Brasil tuvo que ponerse a desarrollar por prueba y error un sistema de enriquecimiento avanzado pero más convencional, las ultracentrifugadoras. Y lo terminó dominando, porque habría sido un papelón dejarse apagar la única central que tenían en marcha por un boicot de uranio enriquecido.
Pero simultáneamente, los militares brasileños tomaron nota de que la núcleoelectricidad era un asunto mucho más complicado de lo que suponían, no sólo en lo tecnológico sino en lo político. Y concluyeron en que lo seguro para blindar la monstruosa demanda de energía de Río de Janeiro y de Sao Paulo, en ese país más bien montañoso y lleno de ríos -el más fluvial del planeta, verdaderamente- era seguir apostando al desarrollo hidroeléctrico.
Y en cuanto a la bomba, no renunciaron a ella. Sólo que en lugar de separar el programa nucleoeléctrico de un único programa militar clandestino, hicieron 3 de estos: uno para cada fuerza armada, y todos en competencia recíproca. Semejante despilfarro de esfuerzos y plata fue visto por la CNEA, donde ya campeaba el contralmirante Carlos Castro Madero, como algo casi tranquilizador: era muy difícil que de semejante caos saliera nada, al menos rápido. Fue Castro Madero el que tuvo que suministrarle alprazolam verbal al generalato y también a su propio y satánico jefe en la Marina, Emilio Massera. Fue al menos la segunda vez que la CNEA impidió una carrera armamentista nuclear regional. Si se piensa en la que se desató entre la India y Pakistán, y que ha hecho de la frontera de Kashmir el sitio más peligroso de la Tierra por su potencial de desatar una guerra atómica, se entiende de qué estamos hablando. Ese favor secreto a su país y al mundo casi nadie se lo reconoce a Castro Madero y a su antecesor, Oscar Quihillalt.
Antes que la bomba a Brasil llegó la democracia en 1985, y Angra II seguía demorada entre aprietos o aprietes presupuestarios, desvíos a cajas políticas, impugnaciones judiciales de ese nuevo jugador, los ecologistas, y escándalos de todo tipo. Y así volvieron a pasar 13 años en lugar de los 5 normales para que entrara en línea. El romance entre Brasilia y Bonn, capital política de la República Federal Alemana, duró poco y nada, mientras en el edificio Harry S. Truman de Washington DC sonreían con diplomática indulgencia y ponían cara de «Yo no fui».
Los EEUU sencillamente se sentaron a ver cómo en 1977 el Reino Unido, Francia, la URSS y China le caían encima a Alemania Federal con el argumento de que estaba violando el TNP, al venderle tecnología dual a un país no signatario. Acaso lo de las toberas (“jet nozzles”) habría funcionado bien, en otro contexto político más tranquilo. Nunca lo sabremos. Ese par de viajes de Jimmy Carter dejó más destrozos que el ataque a Pearl Harbour.
Eso sí, la central alemana a la larga se portó mejor que “La Luciérnaga” yanqui. Desde 2000, cuando por fin entró en línea, su factor de disponibilidad anda por el 80%, lo que no es brillante pero no está mal en absoluto. Angra III, otra PWR de KWU (luego Siemens), empezó su obra en 1984… y ahí se quedó, enterrada en despioles parecidos a lo de su melliza Angra II. Debió entrar en línea en 1989: ya van 30 años de demora, y sigue sin terminar. Al hombre que más logró adelantar su obra bajo el amparo del presidente Luiz «Lula» da Silva, y me refiero al almirante Othon Luiz Pinheiro da Silva, ingeniero nuclear, mecánico y naval, los tribunales de Curitiba y los multimedios brasileños le armaron una causa de corrupción y le dieron 43 años de cárcel, cuando el hombre ya cumplía 78 años. Para entender mejor Seu Othon, como se lo llama en Brasil, fue también el hombre que mayor adelanto le imprimió a la motorización del futuro submarino nuclear brasileño, el SNB Alte. Alvaro Alberto.
Otras tres grandes centrales nucleares proyectadas por el programa de 1975 en Iguapé, Peruibe y Sao Sebastiao jamás empezaron. En menos de una generación, desde un optimismo inicial enorme y un armamentismo casi cándido, una sucesión de escándalos, fracasos y operaciones de medios de los ecologistas y de una resistencia frontal e indisimulada de los EEUU, vacunaron a Brasil contra el átomo. Y las consecuencias son espantosas.
Especialmente, las ecológicas.
Adiós
a las armas, “ma non troppo”
“Take five”: en 2008 Brasil compró a Francia 4 Scorpene como el de abajo, y 1 como de diámetro aún mayor, parecido al del Barracuda, al que le pondrá un motor nuclear, un pequeño PWR de desarrollo propio, obra del almirante Othon Luiz Pinheiro da Silva.
Ante
el fiasco del sistema de toberas que les vendió Siemens, la
dirigencia brasileña se decidió entonces a construir su planta de
enriquecimiento de Resende con tecnología propia, de
centrifugadoras. La diseñó la Armada en una unidad piloto en Iperó,
Sao Paulo, inaugurada en 1988, posteriormente llevada a escala
industrial en Resende, Río de Janeiro, en 2003.
Iperó fue el único éxito palpable del llamado “Programa Nuclear Paralelo” de Brasil, en el que cada fuerza armada tenía su propio proyecto de producción de elementos físiles, billetera libre y ningún control internacional. Llegada la democracia a Brasil en 1985, esto se fue corrigiendo bastante rápido, al menos según los tiempos más bien glaciarios de la diplomacia, para no romper lanzas con la Argentina. Iperó y nuestra planta de enriquecimiento de Pilcaniyeu, en la estepa rionegrina, y luego Resende fueron puestas bajo control del ABBAC, la novedosa agencia binacional de controles recíprocos de inventarios nucleares inventada por el Palacio San Martín e Itamaraty para sustraerse al control mucho más intrusivo del OIEA. Pero como el presidente Carlos «Menem lo hizo» firmó el TNP sin consultar siquiera con Brasil, y obligó a Brasil a hacer lo propio para no quedar en una suerte de aislamiento norcoreano, hoy Resende opera bajo salvaguardias dobles, del ABBAC y del OIEA, según un engendro híbrido llamado «Acuerdo Cuatripartito». Los brasileños aún no nos perdonan.
Resende fue pensada para abastecer un programa de centrales ya muy disminuido, que sólo genera el 3% de la electricidad nacional. Y pese a la oposición de los EEUU los brasileños la hicieron nomás, y le dijeron “No hay tu tía” al tío Sam, que detesta que Brasil y Argentina tengan capacidades propias de enriquecimiento. El de Brasil, por lo pronto, nos ha servido para comprar allí la carga inicial de uranio enriquecido al 1,8% y al 3,1% del prototipo de la central nucleoeléctrica CAREM 25, hoy en construcción.
Pero en este desafío del uranio hay algo de fútbol tribunero. Es cierto que Brasil necesita enriquecer este combustible “at home” para cubrir sin temor a extorsiones el consumo de las Angras 1 y 2, y la 3 si se termina alguna vez. Nosotros también lo necesitamos paras seguir construyendo exportando reactores de investigación, cuyo núcleo tiene HALEU (High Assay Low Enrichment Urenium), uranio al 19,7%, el mayor índice de enriquecimiento dentro del llamado «bajo enriquecimiento». Es una cifra no es arbitraria en lo técnico ni en lo político: si uno logra enriquecer al 20%, el camino para llegar desde ahí al 95 o 97% habitual en una bomba atómica de uranio se hace con muy poco trabajo separativo adicional, sin tener que añadir hectáreas de planta fabril. Cuando pasemos del CAREM prototipo de 25 MW al primer modelo comercial, que puede tener 120, 240, 360 o 480 MW de acuerdo a cuántos módulos lleve, necesitaremos mucho más capacidad de enriquecimiento de la que nos da Brasil, y ni hablar de la de nuestra planta en Pilcaniyeu, que es más una unidad de demostración tecnológica que una industrial.
Pero a la hora de hacer bombas lo que vale es el plutonio: una esfera tamaño bola de billar de plutonio 239 militar pesa 4 kg y cuesta mucho menos que una de 15 kg. de uranio enriquecido al 90% (de tamaño apenas mayor). En el ínfimo y terrible instante de formar masa hipercrítica, la bola de plutonio rinde más potencia termomecánica y radiante. “More bang for the buck”, como descubrió Oppenheimer en 1944. En términos militares, con uranio se hace “jogo bonito” pero los goles se hacen con plutonio. Hoy es hasta dudoso que queden muchas bombas de uranio como “Little Boy”, la de Hiroshima, en los arsenales de las potencias armamentistas. Y no es que Little Boy no haya funcionado: lo hizo horriblemente bien. Simplemente que era carísima en relación a los efectos termomecánicos logrados: fue “la bomba champagne”.
Por ello, es de una imbecilidad supina perseguir a los países enriquecedores de uranio, si tienen sus plantas bajo salvaguardias. Y menos cuando se trata de unidades chicas y vigiladas 24x7x365, pero de algo tiene que vivir el OIEA. Como para dejar la cosa establecida, si se suman las capacidades de enriquecimiento actuales de Brasil en Resende y de Argentina (Iperó + Resende + Pilcaniyeu) se llega al 0,3% de la instalada en todo el mundo, medida en unidades separativas.
Es cierto que la misma planta que produce MUCHO uranio LEU (Low Enrichment, entre 3 y 5%, “grado central”) se puede reconfigurar para producir MUY POCO uranio HEU (High Enrichment, 90%, “grado bomba” o “motor naval”). Pero aún si se reconfigurara Resende, la planta resultaría chica para un programa militar. Hay material en Wikipedia- que asegura que Resende –capaz de arrimar a 280 toneladas/año de LEU a algo más del 3%, «grado central»- se podría reconfigurar para producir hasta 31 bombas de HEU «grado bomba» por año (565 kg, mínimo). Wikipedia asegura además que el “lapso de escape” hasta la primera bomba brasuca sería de 3 años.
Es un macanazo atómico, indigno de Wikipedia pero también típico de la misma. Por empezar, la planta está instrumentada y telemetreada desde la sede del OIEA en Viena, para saber en tiempo real su inventario de insumos y productos a la centésima de gramo. De yapa, Brasil llegó a recibir entre 60 y 80 inspecciones sorpresa/año del organismo vienés en 2003 y 2004, cuando la construyó. Es cierto que la planta ocultaba con mamparas de madera o biombos de tela los detalles de las centrifugadoras, para evitar el pirateo de tecnología por los inspectores, que no son ángeles. Eso dio lugar a un tiempo de forcejeo casi cómico entre inspectores y autoridades locales, parecido al de una adolescente brava con su mamá santurrona cuando discuten la longitud de una minifalda.
Son fantochadas y las dos partes lo saben. Cuando los estados quieren armas –ver Israel, ver Sudáfrica, ver la India, ver Pakistán, ver Corea del Norte- van al plutonio, al secreto y a los hechos consumados. Aunque los isótopos físiles de ambos metales físiles –plutonio 239 y uranio 235 de alta pureza- son los metales más caros de la Tierra, más que el oro o todos los de la familia del platino, el plutonio sigue siendo más barato que enriquecer el uranio 235 desde «su piso natural» del 0,7%, hasta el grado militar del 95 al 97,5%.
El plutonio es un elemento artificial, pero no siempre lo fue. Como hace 1700 millones de años funcionaron al menos 16 “reactores nucleares naturales” en formaciones uraníferas subterráneas e inundadas de Oklo, Gabón, allí se han encontrado indicios de distintos isótopos de plutonio de origen natural, además de americio 241. Pero son cantidades ínfimas, casi indetectables. A lo largo de 1700 millones de años el decaimiento en otros elementos terminó eliminando casi toda traza de estos átomos super-pesados.
El plutonio se fabrica en reactores ad-hoc o plutonígenos, bastante berretas pero potentes, como el de Arak de 40 MW térmicos, que el OIEA –y éste fue il “capolavoro” tardío del argentino Rafael Grossi, «Our Man in Vienna»- le hizo cerrar en 2014 a Irán. Para mayor inri, los iraníes le tuvieron que extirpar el núcleo al reactor y rellenar la cavidad con cemento. Hoy Arak vuelve a ser noticia, porque EEUU se retiró unilateralmente del acuerdo de desarme y vuelve a estrangular a Irán bloqueándole las cuentas y cerrándole las oficinas en EEUU a cualquier país que se atreva a comprar petróleo a los persas. Obviamente, el gobierno iraní anuncia que va a poner nuevamente operativo el reactor de Arak. Probablemente no lo haga: ¿para qué financiar, y a precio tan caro, la reelección del presidente Donald Trump?
Como estos reactores son militares, no brillan por su prolijidad en radioprotección, que es una manía sólo de civiles. Esto es cierto incluso -o especialmente- en EEUU, donde a estas plantas se las llama con el eufemismo de “production facilities”. Dicho en Argentina en 1987 por Abel González, hoy nuestro “top man” en esta difícil materia en el ICRP (International Commitee on Radiological Protection) del OIEA, “Los operadores de las production facilities se irradian hasta las pelotas”.
Estas instalaciones no fabrican ni un kilovatio/hora de electricidad. Son meras “tostadoras” de uranio natural moderadas con agua pesada. Su función es darle una irradiación “livianita” al uranio 238 (que viene a ser el 99,3% de este elemento en estado natural), como para limitar su captura de neutrones. La idea es obtener mucho plutonio 239, pero poco y nada de 240, 241 y 242. Estos son “hiperfísiles”: resultan tan reactivos que disuelven en plasma el “pit”, o semilla hipercrítica de la bomba A, antes de tiempo, y disipan en un fogonazo prematuro (“fizzle”) lo que debería ser una razonable explosión.
Las “production facilities” se construyen en general con alguna planta adjunta de reprocesamiento, donde el plutonio es químicamente separado en fase líquida del combustible irradiado, después de lo cual resulta inevitable una segunda separación isotópica mucho más difícil, en general en fase gaseosa. No existe ninguna constancia de que Brasil haya tenido jamás este tipo de instalaciones.
Sería risible mencionar ese reactorcito de 0,5 MW térmicos moderado con grafito en la Reserva Biológica de Guaratiba, llamado Projeto Atlantico. La escasa potencia del aparato -80 veces menor que el de Arak, en Irán, y 300 veces menor que el de Dimona, en Israel- trasunta su escasa utilidad militar. Es inevitable que produzca plutonio, pero no en las cantidades y tiempos que requiere un programa de armas, incluso si se disminuye el quemado para obtener el “mix” isotópico necesario.
Acabo de explicar, sin proponérmelo, por qué las centrales de potencia son pésimas fabricando plutonio militar. Dado que hay que maximizar el quemado para sacarle a cada tonelada de combustible el máximo posible de megavatios/hora por día, la irradiación del uranio 238 en una central es muy larga y profunda. Resultado: un exceso de isótopos hiperfísiles del plutonio. Las piezas de ese metal inútil irradian gamma con tal ferocidad que es casi imposible tornearlas, y como descubrieron sucesivamente EEUU, el Reino Unido y la URSS, entran en supercriticidad a gran distancia unas de otras. Es imposible transportarlas dentro del espacio reducido de una bomba. Y si eso se logra, hace autoencendido o «fizzle» en lugar de una buena y destructiva explosión.
Las FFAA brasileñas, más prestigiosas en su país que las argentinas en el suyo –asesinaron menos civiles, dejaron crecer la industria nacional en lugar de destruirla y no perdieron ninguna guerra- todavía tienen la costumbre de “cortarse solas”. Lo hicieron entre 1964 y 1985, cuando cada una tenía su propio programa de armas nucleares libres de control interno civil, y obviamente tampoco externo por parte del OIEA. Como prueba, ya en democracia y aprovechando que el presidente Henrique Cardoso estaba de gira en el exterior, el Ejército anunció en 1991 la construcción de una “facility” de 40 MW térmicos, que al día siguiente de volver Cardoso eran 2 MW y luego ninguno… porque jamás se construyó. Pero «la cabra tira p’al monte», como dicen.
El establishment político brasileño, que hasta 1986 no veía con malos ojos que su país accediera a “la bomba”, en 1991 se había vuelto más intolerante con esas “travesuras” de sus militares. Empezaba seriamente el Mercosur, y la industria paulista entonces estaba muy interesada en acceder al mercado interno argentino. El brevemente presidente Fernando Collor de Melo, antes de ser expulsado por «impeachment» de su cargo, hizo un show televisivo de cerrar, pala en mano, el túnel de 320 metros de profunidad destinado a una presunta prueba de un arma nuclear en la base militar de Cachimbo, estado de Pará. Se duda bastante de que la bomba existiera. ¿De adónde iba a sacar Brasil el suficiente uranio enriquecido a tan alto grado, en 1991? Todavía hoy no podría. Lo que quedó en claro es que quienes mandan en Brasil, los fabricantes de «los estados Gaúchos», decidieron que no podés venderle heladeras y autos a tu socio y cliente, si simultáneamente lo asustás con un trabuco.
El plutonio 239 sin contaminación de isótopos más pesados, a diferencia del uranio, permite hacer artefactos muy miniaturizados, capaces de viajar en misil. Además, las bombas A de plutonio son la espoleta imprescindible de toda bomba H, o termonuclear.
Aunque parezca “política ficción”, los brasileños renunciaron a “la bomba” –y a la vía del plutonio, que es el mejor modo de hacerla- no por presiones yanquis: tienen más espaldas que cualquiera en la región para aguantarlas. Lo hicieron a propuesta de la DIGAN (Dirección General de Asuntos Nucleares) fundada por el embajador Adolfo Saracho en la Cancillería. Esa propuesta fue empleada por el presidente Raúl Alfonsín en 1987 para atraer al presidente Sarney a la mesa de negociaciones de la cual salieron el primer acuerdo bilateral de salvaguardias recíprocas de la historia, el ya mentado ABBAC, y como consecuencia de ese voto de confianza nuclear mutua, esa rara criatura llamada Mercosur.
Eso sí, dado que se autoabastecen de uranio enriquecido, los brasucas tienen cierto margen para desobedecer al “Club Nuclear”, o al menos a 4 de sus miembros principales. Asociado con el 5to, Francia, el presidente Lula en 2008 anunció la compra de 4 submarinos de ataque Scorpene franceses de propulsión convencional (térmica y eléctrica), más un 5to con el casco de mayor manga y eslora de un Barracuda, preparado para recibir un motor nuclear de tipo PWR con uranio enriquecido al 20%. Esta PWR existe, está siendo testeado en tierra y sería de desarrollo totalmente brasileño (según los vecinos). Su segunda carga de combustible saldría de alguna ampliación de Resende, por ahora abocada a surtir la demanda (no toda) de “las Angras”.
Cono de popa
del Scorpene nuclear brasileño, con un PWR de 48 MW todavía en
desarrollo.
Las fechas de terminación de este 5to submarino se van corriendo de 2020 a 2023 y hoy a 2030. La verdad es que poner una central nuclear de potencia en un submarino es un asunto complejo. Si uno apura estos proyectos, termina saliendo al mar con un prototipo inmaduro y se accidenta. Lo cierto es que Resende tiene el módulo suficiente como que Brasil pueda permitirse uranio al tope del llamado bajo enriquecimiento, o LEU, es decir al 19,7%, para su Scorpene nuclear.
Pero un submarino nuclear no remedia los déficits de generación eléctrica. Brasil tiene sin duda la mejor infraestructura de distribución eléctrica de la región, pero también un consumo pavoroso en el Sur del país y cada vez que la economía crece un poco, una insuficiencia crónica de generación. Como viene el panorama, se puede atender con el petróleo que Petrobrás, bajo instrucciones de «Lula», descubrió y empezó a explotar «off shore» en una formación submarina profundísima llamada «Presal». El déficit podría cubrirse a menor costo y sin añadir carbono a la atmósfera con un programa nucleoeléctrico de alrededor de 30 mil MW. Pero eso ahora es políticamente ya imposible, con tanto escándalo y fracaso en el pasado de Angra 1 y 2. Por factores que se verán a continuación, el átomo brasileño quedó maldito, al menos para usos civiles, y ni el presidente Luis Inazio “Lula” da Silva, que de ecologista finolis no tuvo jamás un pelo, tuvo tiempo de resucitarlo. Otra sería la historia si a Seu Othon Luiz Pinheiro da Silva le hubiera alcanzado el tiempo para que Eletrobras terminara y pusiera crítica Angra III. La mala imagen nuclear habría revertido bastante, como sucedió en la Argentina cuando entre 2006 y 2014 logró terminarse Atucha II, en línea desde entonces, con 27 años de retraso.
El otro recurso a mano para generar electricidad de base en Brasil es hacer estragos humanitarios, etnológicos, sociales, ecológicos y jurídicos en sus inmensos ríos. Y los únicos que todavía no se han explotado están en la llanura amazónica. Para mal de la población ribereña y nativa.
(La continuación es la crónica de malas decisiones en los campos de la energía y de la ecología que terminaron en la derrota del Partido de los Trabajadores. Continuará, más adelante)
Nos parece útil compartir este análisis de Gabriel Balbo, analista de Relaciones Económicas Internacionales, Tecnología y Geopolítica, y director de ESPADE (Estudios para el Desarrollo).
Aclaramos que la opinión del profesor Balbo no es necesariamente la de AgendAR. La capacidad de presión del gobierno estadounidense es grande, y la actual Administración no vacila en usarla. De cualquier modo, no podemos dejar de recordar que cuando en 1980 EE.UU. decidió un boicot a la venta de trigo a la Unión Soviética, Argentina estaba gobernada por una dictadura visceralmente anticomunista, y muy interesada en comprarle armas a los EE.UU. Pero...
«La condición de China como el mayor comprador de commodities del mundo (y principal vendedor de manufacturas) le otorga, con respecto a países dependientes de alguno de ellos, una importante arma de negociación a nivel comercial y diplomático. Algunos ejemplos válidos en nuestras latitudes: Chile depende del cobre, Brasil depende (ciertamente con una menor magnitud relativa) de la soja, el mineral de hierro y el crudo (petróleo), y Argentina también depende en buena medida de los granos y los combustibles fósiles para equilibrar su balanza de pagos.
Así es como China sale a jugar estas cartas a la hora de la venta de tecnología a los “commoditizados”, intentando neutralizar los “issues” (principalmente de seguridad) que alega su gran rival comercial global (y player a vencer) en generación de alto valor agregado: Estados Unidos.
Entonces se pueden advertir los malabares diplomáticos que deben realizar tanto Chile como Brasil para no perder condiciones comerciales favorables con el gigante asiático y, a su vez, no enfurecer a la administración Trump, que presiona solicitando la exclusión de la china Huawei de los grandes proyectos tecnológicos en danza, principalmente (y de forma casi excluyente) aquellos relacionados con el despliegue de la Quinta Generación de tecnología celular móvil (el 5G).
En el caso chileno, el destino financiero del país depende en gran medida de las ventas de cobre. Este commodity representa en la actualidad el 10% del total del PBI y prácticamente un 50% del total de las exportaciones del país transandino: 30 mil millones de dólares. De esa cifra, el 42% corresponde a exportaciones del metal rojo a China.
En lo que va de 2019 el precio del cobre ha bajado de manera considerable, (primordialmente por las adversas expectativas económicas globales, que llevan al gigante asiático a demandar menos cantidad), lo que ha encendido las alarmas del otro lado de la cordillera: el 18 de julio pasado, COCHILCO (Comisión Chilena del Cobre) comunicó un ajuste a la baja de su proyección de precios para 2019 (de 3,05 a 2,81 dólares por libra) y para 2020 (de 3,08 a 2,90 dólares) debido a que “continúan las tensiones macroeconómicas y geopolíticas globales, lo que ha deteriorado las expectativas de crecimiento mundial; y a que China enfrenta un ciclo de desaceleración económica que ha socavado las expectativas de demanda del metal en el corto plazo”.
En este contexto, la diplomacia comercial chilena pugna por lograr mayores despachos de vinos, salmón y fruta fresca para equilibrar la balanza externa. Así, el presidente Piñera lidera la cuestión, intentando avanzar en una profundización de las relaciones comerciales con China (que actualmente, con el 28% del intercambio global total del país, se revela como su principal socio comercial). Intenta cautivar a su par Xi Jinping con la implementación de un “nuevo y modernizado acuerdo de libre comercio y el desarrollo de áreas como la electromovilidad, la tecnología 5G, la política espacial y la colaboración en ciencia, tecnología, innovación y emprendimiento” (Prensa de Presidencia después de la primer visita de Estado de Piñera a China).
Asimismo, los chilenos redoblan “esfuerzos”, manifestando a través de su viceministro de Relaciones Exteriores, Rodrigo Yañez Benitez, que no van excluir a Huawei de las futuras licitaciones por equipamiento 5G, pese a las advertencias recibidas por parte de Mike Pompeo, Secretario de Estado norteamericano, sobre “los peligros” que implica la tecnología de la firma china.
En este punto se puede advertir claramente el trade off que China implícitamente propone y que Chile acepta: commodities por infraestructura. Tiene su lógica desde ambos lados: los chinos avanzan en todos los mercados con su oferta tecnológica, los chilenos no tienen una gran estructura científico-tecnológica que deban proteger dentro de algún tipo de negociación comercial, y sí están dispuestos a avanzar en mercados para su oferta primarizada y/o de manufactura básica (como los vinos).
En tanto que Brasil, con mucho más juego diplomático y comercial a partir de su tamaño como mercado y como productor de bienes y servicios, también trata de mantener una posición equilibrada entre Estados Unidos y China, aunque lo acecha el mismo trade off que domina las relaciones del país asiático con Chile: el 82 % de la soja brasileña (principal productor mundial, con 83 millones de toneladas producidas en 2018) actualmente tiene destino chino.
En este caso, Huawei ha sido el elegida para realizar los primeros tests de 5G por la firma TIM en el sur del país (Florianopolis), materializando de esta manera la no exclusión en territorio brasileño de la icónica firma tecnológica china como proveedora de redes de telecomunicaciones móviles de quinta generación. Complementariamente también Huawei ha avanzado en la apertura de un Laboratorio de Internet de las cosas (IoT) en el estado de São Paulo y planea construir una planta de ensamblaje de teléfonos inteligentes.
Por último, Argentina también presenta un horizonte de mucho trabajo para su diplomacia. Dada la importancia de China como socio comercial por un lado y las devenidas estrechas relaciones con Estados Unidos (como ejemplo, principal garante de la administración Macri ante el FMI), el Palacio San Martín deberá surfear los malestares que generen sus decisiones comerciales que, en el mejor de los casos, contemplará una industria propia que (aún con dificultades) tiene efectivas capacidades científico-tecnológicas.
En este sentido, China no solamente detenta la compra de más del 80% de la cosecha de soja argentina sino que “seduce” a nuestro país con la posibilidad de abrir su mercado a la harina de soja, cuestión que ha sido un objetivo malogrado en los últimos 20 años y que implica incrementar el valor agregado del mix exportador local y principalmente del complejo sojero (algo muy positivo sin dudas). Sabido es que en la arena de las relaciones internacionales nada es gratuito, esta decisión de los chinos posiblemente apunte a allanar el camino para la entrada de sus campeones tecnológicos (con Huawei a la cabeza) en el mercado de las telecomunicaciones vernáculo.
En tanto que Estados Unidos por un lado mantiene hacia Argentina la misma postura que en las naciones vecinas respecto de la participación de Huawei en las arenas mencionadas, y por otro lado le hace un guiño a las posibles compras de tecnología israelí (equipamiento para seguridad) o coreana (aviones militares). Las advertencias sobre Huawei habrían provenido en este caso del Comando Sur, dirigidas al ministerio de Defensa por las presumibles amenazas de seguridad que presentarían los equipamientos de redes y telecomunicaciones chinos.
Se podría considerar que los tres casos expuestos vendrían a disponer implícitamente una suerte de “commodities for technology” llevado adelante por China, valiéndose de su actual músculo económico y homenajeando así al extinto “Oil for Food”, creado por las Naciones Unidas en 1995 que permitía a Irak vender su petróleo a cambio de comida, medicinas y otros. Este último programa se extinguió relativamente pronto; el que propone China tiene el aspecto de que va a durar bastante más».
Cualquiera que mire un mapa -político, económico- de la América del Sur, puede darse cuenta que Brasil y Argentina serán socios o enemigos. Como Francia y Alemania en Europa. Por eso decidimos en AgendAR empezar con la publicación de este trabajo de Daniel Arias.
La mayor parte del material forma parte de una historia del programa nuclear argentino que Daniel publicó hace años en mi blog personal. Esto está enfocado en Brasil, pero tiene lecciones para el presente y el futuro argentino.
¿CÓMO
SE LLEGÓ A UN PRESIDENTE QUE SE PROPONE TALAR EL AMAZONAS?
El
primer fracaso fue comprar “llave en mano”
El presidente Jair Bolsonaro acaba de lograr que Brasil sea declarado “aliado preferencial extra OTAN” por el presidente Donald Trump. Hemos estado allí: con Carlos Menem tuvimos ese misma distinción otorgada por el presidente George Bush, y no nos fue bien. Pero Bolsonaro acaba de ser distinguido por otro sector de la política estadounidense: la élite que lee el New York Times, lo considera una amenaza planetaria, por el impulso que le dio a la deforestación del Amazonas.
Podríamos pasar de esta disputa entre un magnate hotelero y la prensa liberal yanqui si no fuera por esto: si hay alguna verdad en el asunto y la selva amazonica efectivamente desaparece, desaparecen también las lluvias en la llanura chacopampeana, es decir en los dos ecosistemas agroganaderos más importantes de la Argentina.
Brasil tiene quilates en esto de hacer desaparecer grandes bosques. Entre 1920 y 1970 “se cargó” entera la Mata Atlántica, que después de la selva amazónica y el bosque siberiano, era la tercera masa forestal del planeta. Los relictos discontinuos que quedan de ella no suman el 7% de su extensión de preguerra y hoy son reservas estatales o parques nacionales, entre ellos el que compartimos en forma transfronteriza, el de Iguazú. Cuando Antoine de Saint Exupéry con sus monomotores franceses inauguró la Aeroposta, primer correo aéreo entre Río y Buenos Aires, decía que una plantada de motor en cualquier punto de la costa brasileña era matarse: la masa forestal costera era tan alta y cerrada que, salvo por tal o cual playa, no había ninguna chance de hacer un aterrizaje forzoso. Hoy de eso no queda casi nada.
Las causas por las cuales Bolsonaro odia el Amazonas son diversas: su educación militar hace que lo vea como un sitio donde el estado brasileño tiene poco poder, en parte porque en 1988 se le otorgó constitucionalmente a las etnias que viven allí y a las cuales él desprecia visceralmente. La selva, amparada hasta hace poco –y bastante mal- por la ley y el estado, administrada por la población original, es un enclave relativamente resistente al “Big Business” maderero, minero y agropecuario.
Pero como representante de un país básicamente hidroeléctrico, Bolsonaro ve la selva amazónica como el futuro enchufe de Brasil, una reserva de “potencia de base” fácilmente transformable en teravatios/hora. Y se equivoca por completo. Si tuviera un poco de visión histórica y conocimiento tecnológico –y algunos de los militares brasileños los tienen- sabría que Brasil está energéticamente contra las cuerdas por el fracaso de su programa nuclear pacífico. Y trataría de sacarlo de su actual marasmo.
El programa nuclear brasileño capotó social y económicamente por causas que se entienden mejor retrocediendo a los ’60, y hablando –entre otros temas- de la bomba atómica y el Mercosur. Son causas-raíz de que hoy Bolsonaro está tratando de hacer con el Amazonas lo que Brasil ya hizo con la Mata Atlántica. En aquella década decisiva, los ’60, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) recibió mandato del presidente Arturo Illia para construir su primera central nuclear en 1965, y su combustible lo propuso también la propia CNEA al año siguiente a un presidente muy distinto, el general golpista Juan Carlos Onganía, que acató el consejo. NADIE en la política argentina, fuera civil o militar, desechaban una opinión experta de la CNEA. Otros tiempos…
Por eso aquí, a diferencia de México y Brasil, elegimos centrales a uranio natural. En buena medida, lo hicimos para desmalezar el terreno de propuestas yanquis para Atucha I (había 18 oferentes, y queríamos llegar a 2). Pero fundamentalmente, abjuramos de las compras “llave en mano” para apropiarnos –hasta donde pudimos, y pudimos en un 100%- de la tecnología alemana y de la canadiense, las ofertas alternativas en uranio natural.
Brasil decidió imitar a los países con gran desarrollo nuclear, y hacer sus centrales con uranio enriquecido. Como quien dice, pisó el palito. Mientras aquí se decidía si Atucha I se hacía con tecnología canadiense o alemana, en Brasil la propuesta de Westinghouse para la central de Angra I venía avanzando viento en popa contra las de otros cinco oferentes. Ganó en 1971, 5 años después de que aquí, en la Argentina, en un final cuello a cuello en que parecía destinada triunfar por una cabeza la oferta canadiense, pero … Überraschung!, a último momento ganó la alemana. Porque el oferente, KWU, literalmente le regaló Atucha I a la CNEA con tal de no quedarse afuera del Programa Nuclear Argentino. Así de importante era para una multinacional atómica ganar pie en Argentina.
En Brasil algún diablo metió la cola en Angra 1, y en las centrales que siguieron. Construida en 14 años en lugar de 6, ya comisionada y operando, Angra 1 tenía tantas salidas de servicio por desperfectos que su factor de disponibilidad entre 1986 y 1994 fue de apenas el 55%. Era un aparato nuevo y de buena marca: tendría que haber estado en un 80%, lo típico de las máquinas de los años ’70. Durante 8 años, la operadora Eletrobras y la constructora Westinghouse se echaron mutuamente la culpa, mientras los cariocas, siempre listos para la cargada, apodaron el fierro “A Vagalume” (la luciérnaga), porque se prendía… y apagaba. A partir del ’94, se logró aumentar la disponibilidad al 71%. Sigue siendo poco para una PWR de esa marca y año de diseño.
Pero las cosas se empiojaron aún más.
Brasil se había coordinado diplomáticamente siempre, en forma bastante reservada “ma non troppo” con la Argentina. En lo nuclear, éramos competidores tecnológicos pero socios diplomáticos a rajatabla. Nos cubríamos las espaldas el uno al otro: éramos los dos retobados de la región que se negaban a firmar el Tratado de No Proliferación (TNP) de 1968 por considerarlo incompatible con nuestras respectivas autonomías tecnológicas. Lo era. Y sigue siendo.
Más allá de que desde 1964 gobernaran los militares, todas las clases dirigentes brasileñas veían con simpatía todo lo que sigue, y que es muy difícil de hacer si uno ha firmado el TNP:
Enriquecer uranio, al 3 o 4% para sus centrales y a valores muy superiores para motorizar un submarino atómico.
La eventual construcción de un reactor plutonígeno, el reprocesamiento de su combustible para extraer plutonio,
Usarlo el plutonio en una bomba, y testear ésta bajo tierra, “con fines de ingeniería” (apertura de puertos, canales y otros grandes movimientos de tierra).
Obviamente lo de «la geoingeniería extrema» es discurso para la gilada pero no hay quien se lo crea y tampoco es original: los brasileños se amparaban en la propuesta del programa “Ploughshares” de la USCEA, la Comisión de Energía Atómica de los EEUU. Su director era Glenn Seaborg, premio Nobel de química en 1951 por la identificación de 11 elementos artificiales más pesados que el uranio. Seaborg ofrecía amablemente dar este servicio a países en desarrollo, obviamente usando bombas estadounidenses.
Sucesor de Humberto Castelo Branco, el siguiente presidente militar Artur Da Costa e Silva tomó la idea prestada, obrigado, seu Glenn, sólo que prefería llevarla a cabo con artefactos propios. Y rebautizar las bombas como “cosas que explotan”, supuestamente para no alarmar. Eso, dicho en el hermetismo habitual del Consejo de Seguridad Nacional, se publicó curiosamente sin censura: en suma, nuestros vecinos iban por todo. Y lo decían.
Nuestros generales se alarmaron muchísimo, pero por suerte no eran quienes tomaban las decisiones en este campo: las firmaban, que es distinto. En la CNEA, el almirante Oscar Quihillalt y la muchachada nuclear criolla se encogieron, pragmáticos, de hombros: “Veamos hasta donde los dejan llegar los yanquis, y luego, si hace falta, los alcanzamos caminando”. Previsiblemente a los primos los EEUU no los dejaron llegar lejos. Y como resultado, las relaciones carnales de Brasilia con Washington, tórridas hasta entonces, se congelaron bastante.
Brasil ocupa la mitad de Sudamérica y limita con 10 estados: nació imperio antes de ser república, y no se olvida de ello. En comparación con ellos, en materia de querer ser la subpotencia regional, la Argentina nunca fue Heidy, pero a fuerza de fracasos económicos seriales está obligada a ser más modesta y realista. Por empezar, nunca quisimos meternos en una carrera armamentista nuclear con Brasil, porque eso habría dejado sin un peso al programa nucleoeléctrico y el desarrollo de tecnologías de exportación competitivas. Habría sido seguir el camino militarista que a partir de 1974 tomaron la India y Pakistán, cuyos arsenales hoy suman unas 400 armas termonucleares, pero que son incapaces de exportar reactores nucleares de investigación. Nosotros, en cambio, somos el primer exportador mundial. Y por ahora somos el único país con una planta de potencia compacta modular, o SMR, el construcción, el CAREM. Y los SMR probablemente serán el futuro de la nucleoelectricidad.
Promediando los ’60, la CNEA sabía que si los brasileños efectivamente lograban llegar a una bomba, ponerse a la par no nos costaría demasiado. Ya sabíamos mucha ciencia de materiales y suficiente de radioquímica, dos pilares de la ingeniería nuclear, aprendida en los laboratorios de combustibles de la CNEA, porque nada de ello se enseña, vende o publica. Y en materia de construcción, con los RA-1, 2 y 4 funcionando, el RA-3 inaugurado y el RA-6 en construcción, veníamos haciendo aparatos mucho más complejos que los llamados “plutonígenos”. Nuestros vecinos, en parte por su costumbre de comprar “know how” estadounidense y europeo de todo tipo como transferencia de tecnología anexa a la adquisición de fierros, en construcción nuclear habían avanzado menos.
Los argumentos de nuestra capacidad para hacer una bomba, si a Brasil se le daba por ir por ese camino, aquí tenían la contundencia de lo visible y tangible: reactores formando nuevas camadas de expertos, fabricando los primeros radiofármacos de la región, y una primera planta nucleoeléctrica en construcción con un 31% de participación nacional que incluía sistemas electromecánicos, y la fabricación local del combustible. La CNEA usó todos estos argumentos para calmar a nuestro generalato.
Desde comienzos del período militar brasileño iniciado con el golpe de 1964, los sucesivos generales-presidentes hicieron saber a Buenos Aires que verían con simpatía algunos intercambios “colaborativos” de tecnología nuclear, en los que era obvio que seríamos más dadores que receptores. Dado que los nuevos ricos de Sudamérica eran más ellos que nosotros, por plata nos habría convenido, y por diplomacia, más aún. Pero aquí el Ejército no quiso saber nada de transferir know-how argento hasta tanto no se negociara el uso compartido del Paraná, cuyas alta cuenca los brasileños venían represando sin preguntarnos, y a velocidad de escape.
Quienes hoy combatimos exitosamente las canas mediante la calvicie, recordamos que en nuestras peludas mocedades el tema del Alto Paraná alarmaba no poco a Juan C. Onganía, Roberto Levingston y Agustín Lanusse, la tríada de generales que sucesivamente dirigió a la Argentina entre 1966 y 1973. Si Brasil en una sequía histórica cerraba todas esas compuertas para “encanutar” agua turbinable, ¿qué iba a quedar para represar en la entonces futuras hidroeléctricas de Yacyretá y Paraná Medio, aguas abajo?
La Cámara Nacional Electoral -los jueces Santiago Corcuera y Alberto Dalla Vía-, a solicitud de los apoderados de los partidos políticos, dictó este jueves 1° un conjunto de medidas para facilitar la fiscalización del proceso electoral.
Esto se consideró necesario a partir de que el gobierno contrató para el escaneo y transmisión de los datos del escrutinio a la empresa Smartmatic, sin antecedentes en los países más desarrollados y cuestionada por su actuación en otros.
Se trata, entendemos, de un aspecto fundamental. Los votos no garantizan que la decisión sea acertada -nada puede hacerlo- pero es la única forma en una sociedad moderna de dotar de legitimidad a los actos de gobierno. O, en una expresión no tan moderna «el consentimiento de los gobernados». Por lo tanto, es necesario que no haya sospechas sobre el resultado de las elecciones.
Un resumen de las medidas más importantes dispuestas:
• Los fiscales podrán fotografiar toda la documentación del escrutinio (Acta de escrutinio, Telegrama y Certificado de escrutinio)
• Los fiscales informáticos podrán permanecer en los CET ubicados dentro de las escuelas y fotografiar la pantalla durante el escaneo del telegrama.
• También se accederá a las imágenes del telegrama escaneado antes que sea procesado
Puede accederse al texto completo de la Resolución en el Expediente “S” 67/2018, cliqueando aquí.
El precio del dólar en la plaza local registró la mayor suba semanal en cuatro meses: subió un 3,1%. En algunos bancos, como el Galicia, ya se vendía a $ 46.-
El índice de «riesgo país» llegó a los 829 puntos; el máximo en 5 semanas.
Y en el primer trimestre de este año -el período informado por la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional- la inversión extranjera, ya bastante escasa, excepto en Vaca Muerta, se redujo en un 25%.
Un comentario irónico en las redes sociales decía «Moscú no cree en lágrimas y Wall Street no cree en encuestas«. Probable, pero, en todo caso, eso se refiere a la coyuntura.
El problema estratégido -de estrategia económica, para ser precisos- es que con el actual esquema, las únicas inversiones productivas con razonable rentabilidad son los que se hacen en petróleo y gas -si se asegura que pueden exportarlo-, en nichos subsidiados por el Estado, y en explotaciones agropecuarias en la Pampa Húmeda. Y aún ellas no pueden competir con la timba financiera.
No hay buenas señales en el largo plazo con este esquema.
La profesora de Exactas Carolina Vera fue premiada por la prestigiosa American Meteorological Society por su "devoción desinteresada en la promoción y la comunicación de la ciencia climática". Es la primera distinguida por fuera de los países centrales. ➡️ t.co/CqA4SOeWJUpic.twitter.com/ONWIevBcxx
Fuentes del Ministerio de Defensa confirmaron negociaciones «en última fase» para el equipamiento de la FAA: una pequeña flota de aviones de combate a Corea del Sur por cerca de US$ 400 millones. La cartera que maneja Oscar Aguad eligió el FA-50 de la Korean Aerospace Industries (KAI) después de 3 años negociaciones. Se están limando los detalles de una financiación a 10 años, y los contratos están a la firma
Hasta ahora se busca que lleguen primero dos aviones, de una flota de entre diez y doce.
Un entusiasta artículo de Clarín define al FA-50 como «…un avión de alta superioridad aérea, que puede interceptar aviones de gran performance como puede ser un avión ejecutivo o los propios comerciales -las fuentes ponen de ejemplo las aeronaves que atacaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001- y que será usado por la Fuerza Aérea para control de frontera y de reuniones internacionales, como las cumbres que vienen teniendo lugar en Argentina. Lo comparan al F-16 de los Estados Unidos que hoy tiene Chile».
El FA-50 es, efectivamente, un F-16 para pobres: KAI lo fabrica bajo licencia de Lockheed Martin, y hereda su motorización y rasgos de diseño, pero no todos: en lugar de 10.000 horas de ciclo de vida, tiene 8334, y tiene un mantenimiento bastante alto: 5,2 horas de reparaciones por cada hora de vuelo. El costo de la hora de vuelo parece similar a la del Gripen sueco: U$ 4500.
La idea del F-16 para pobres KAI la tuvo del modo más obvio: fabricando el F-16 bajo licencia en sus talleres. Lockheed estuvo interesada en tener «segunda marca», adelantó el 13% de la inversión, y salieron primero un aparato de entrenamiento, luego un aparato-escuela con capacidad de ataque ligero a tierra, y finalmente el Golden Eagle FA-50 propiamente dicho. ¿Dos ejes de comparación con el F-16? A U$ 30 o 35 millones la unidad, cuesta la mitad. Con una carga alar menor, es más maniobrable y hereda una virtud típica de una plataforma de entrenamiento: es más perdonavidas, más tolerante con los errores de pilotaje.
El avión tuvo aceptación rápida en Lejano y Medio Oriente: además de la propia Corea, lo adquirieron Indonesia, Irak, Filipinas y Tailandia. Lo que se buscó es bajar el costo de la hora de vuelo del F-16, un obstáculo importante en un país periférico si se trata de mantener una fuerza de pilotos en estado de entrenamiento, con al menos 200 horas de vuelo/año.
El artículo de Clarín amplifica la confusión frecuente en la comunicación de Defensa a la hora de justificar sus compras. Lo que define que un caza de 4ta o 5ta generación pueda ejercer superioridad aérea son el armamento, la aviónica y el alcance. Hoy en día el armamento debe comprender misiles BVR (Beyond Visual Range), capaces de derribar oponentes a distancias muy superiores al alcance visual de los pilotos. Para ello, la aviónica incluye un radar a bordo capaz de detectar y seguir varios de tales blancos a más de 120 km, e incluso de programar los misiles para alcanzarlos.
Si el aparato que llega a la Argentina se parece a los que compró Filipinas, el radar será israelí, tendrá un alcance de 100 km, y alguna vez -si hay plata- el avión podría llevar el misil Sparrow, con un alcance BVR relativamente limitado (70 km) y la contra de no ser un «fire and forget»: hay que mantener el blanco «iluminado» con el radar para que el misil lo encuentre. De todos modos, «pistear» un FA-50 base para llevar el Sparrow implica añadir de U$ 17 a U$ 22 millones al costo de cada aparato. Lo cual resulta simplemente ridículo.
Pero lo fundamental en un caza contemporáneo es una conexión «data link» para combatir «en red». Esto significa que el rastreo de los blancos se hace desde un avión AWACS de control aéreo, aparato grande con radares muy potentes que en general orbita a gran altura en retaguardia, fuera de peligro. El AWACS, esencialmente una torre de control voladora, transforma a los cazas adelantados en plataformas de tiro, y los mueve por el teatro de operaciones como un ajedrecista a sus alfiles. Esta conexión el FA-50 la tiene. Pero lo que no tiene Argentina son los AWACS para darle utilidad.
Por último, la superioridad aérea, y máxime en un país de casi 2,8 millones de km2 como la Argentina -más el millón adicional de la jurisdicción marítima-, supone capacidad de alcanzar teatros de operaciones distantes y poder quedarse «in situ» lo que deba durar una misión de combate. Dada la voracidad de las turbinas de buen rendimiento (y el FA-50 alcanza los 1650 km/h), la superioridad aérea en Argentina supone sí o sí una lanza para reabastecimiento de combustible en vuelo. La opción para lograr un modesto alcance en misión de 700 km. es lastrar el avión con tanques de reserva, lo cual supone quitarle munición para compensar el sobrepeso.
Para derribar un jet ejecutivo o comercial no se necesita mucho más que un radar a bordo o en tierra, y un cañón de 20 mm. No es algo fuera del alcance -al menos el técnico, no el legal- de un entrenador Pampa III. Subrayamos lo del alcance legal, porque sin ley de derribos los aparatos civiles no son atacables por fuerzas militares. Puede gustar o no, pero la pena de muerte sin juicio previo viola doblemente la Constitución.
Defensa dice que los FA-50 pueden usar un armamento variado. Y es cierto, pero se está comprando el avión «destripado», con un radar y un cañón. Se le pueden montar los misiles antiaéreos autoguiados por infrarrojo Sidewinder 9 Lima y 9 Mike que usaban nuestros viejos A4.
El primero de esos cohetes peleó en Malvinas (lamentablemente, del lado inglés) y el segundo en la 1ra Guerra del Golfo (1991): muy nuevos no son. Los Sidewinder persiguen el calor de las toberas de los motores del enemigo y su rango de efectividad está entre 1 y 30 km del sitio de lanzamiento. El Lima en Malvinas tuvo una efectividad de hasta el 80%, porque en general nuestros aviones no tenían «flares» o bengalas para engañar al misil multiplicando las fuentes de calor. Las bengalas y el detector que advierte al piloto que está siendo iluminado por un radar de tiro hoy son parte del equipamiento básico de cualquier caza, y el FA-50 los incluye. Para añadirle sustancia y pegue, la Fuerza Aérea tiene también un stock de la contraparte israelí de los Sidewinder: los Shafrir y los Python.
Pero enfrentarse con los aviones de combate de otro estado-nación, incluso defensivamente y sobre territorio propio, eso exige misiles BVR de largo alcance, mejores misiles infrarrojos para la corta distancia y una lanza de reabastecimiento para sostener las escuadrillas propias en el aire lo que duren las misiones, que aquí jamás podrían ser breves. Demás está decirlo: con semejantes espacios a controlar sobre tierra y mar y 15 exitosos años construyendo radares, incluso espaciales, somos un país que no puede no tener algunos AWACS.
La Fuerza Aérea Argentina sigue históricamente corta de aviones reabastecedores (tiene 2 Hércules KC-130). Pese a que el país desarrolla sus propios sistemas de radares INVAP desde 2004, no convirtió ningún avión de porte mediano o grande en un AWACS. Es decir que más allá de que el avión caza elegido sea un FA-50 o cualquier otro, si se trata de ejercer superioridad aérea, aquí no existe la infraestructura suficiente de reabastecedores, AWACS y armamentos que la hagan efectiva.
Esas fuentes en Defensa señalaron que el valor unitario de cada supersónico FA-50 que Surcorea le venderá a la Argentina es de unos US$ 35 millones. Esta nueva precisión sobre el costo despeja al menos una incógnita: el mes pasado se hablaba de aproximadamente U$ 20 millones por avión. Cruzando información con la revista Jane’s, referencia mundial en armamento, eso indicaba compra de FA-50 reacondicionados por Corea, y dados de baja por -probablemente- Filipinas, cuyo presidente Rodrigo Duterte los llamó «un despilfarro de plata».
Con este nuevo precio más salado, sólo puede tratarse de aparatos nuevos. Sería una novedad en una administración de Defensa que viene comprando chatarra de descarte de la OTAN e Israel como no se recuerda otra.
En el precio final de U$ 400 millones se incluyen los simuladores, el soporte logístico por un período determinado, el adiestramiento de la tripulación y del personal de mantenimiento, y ahí se acabó el amor coreano. «El armamento no es parte de las negociaciones pero vienen con toda la capacidad de utilizarlo. Y lo que tenemos ya en el país de armamento es utilizable», señalaron fuentes militares argentinas.
Lo utilizable -ya se dijo- son Sidewinder, Shafrir y Python del año de ñaupa. Que los aviones posean la capacidad de usar armas más potentes no altera el hecho de que no las tenemos en stock ni vienen incluidas en esta operación. Dado que el FA-50 hereda de su antecesor, el «trainer» TA-50, una enorme cabina para dos pilotos en tándem, lo que estamos comprando son aparatos de entrenamiento e intercepción (rápida trepada, techo en la estratósfera, autonomía mediocre) que sólo podrán combatir contra blancos al alcance visual, y mientras no estén demasiado lejos del aeródromo de despegue. Hasta ahí, de superioridad aérea, nada.
La administración anterior de FAdeA fue poco elogiosa con esta compra. La llamó «plataforma de entrenamiento, pero con esteroides” y también «cascarón vacío», y pronosticó que sería un excelente negocio de repuestos (para KAI) durante el ciclo de vida de estos aviones, ya que no se contempló ninguna transferencia de tecnología para fabricar siquiera una parte de sus componentes aquí.
Como cazas de ataque a tierra o a barcos, los FA-50 «pelados» tienen la misma limitación: carecen de armamento específico. No es el caso de los que compró Filipinas, que llegaron a Manila con el «paquete full» de bombas inteligentes JDAM guiadas por GPS, así como misiles antitanque o antibarco Maverick. La computadora de adquisición de blancos del FA-50 es lo bastante precisa como para lograr aciertos incluso en lanzamiento de «bombas bobas».
Pero los aviones argentinos se compran pelados de toda esta parafernalia. Y por supuesto, no pueden aventurarse muy lejos de la línea costera argentina, porque fueron diseñados para proteger el espacio aéreo de un país -Corea del Sur- no mucho mayor que nuestra provincia de Jujuy. Nadie los pensó para reabastecimiento en vuelo.
El citado presidente filipino, Duterte, les tiene inquina a los FA-50 justamente por ello: su hipótesis más caliente de conflicto la tiene con China por la posesión del lejano atolón de Scarborough. Si un FA-50 filipino tuviera que salir a interceptar MiGs chinos sobre esas aguas, llegaría al combate sin suficiente combustible como para estar allí unos minutos. ¿A que Ud., lector, se está acordando de nuestras islas demasiado famosas, allá por 1982?
En 2015 se desprogramaron los últimos Mirage III, aparatos que Argentina compró en tiempos de Onganía y nuevos. Estaban de moda, tras ser usados de modo devastador por Israel en la Guerra de los Seis Días, y muy fuera de la finalidad con que los diseñó Marcel Dassault: el Mirage III era un interceptor puro.
Forzando la tecnología y la imaginación al límite, los israelíes usaron sus Mirage III sorpresivamente como aviónes de ataque a tierra en 1967: en las 4 primeras horas de la guerra habían liquidado todas las pistas de aviación de Egipto, Siria y Jordania. Pero pasada la guerra, los israelíes siempre supieron que necesitaban un avión capaz de atacar a distancias mayores, de modo que alargaron el Mirage III para dotarlo de tanques de combustible más generosos, y lo transformaron en el Nesher, avión veloz y mediocre que no tardaron en desprogramar, y que Argentina compró en tiempos del Proceso con el nombre de Dagger. Peleó bien en Malvinas, pero mucho mejor lo hicieron los vetustos A4, porque tenían lanza de reabastecimiento y pudieron volar en misiones de muy largo alcance, como el ataque al portaaviones HMS Invincible, que los británicos consideraban invulnerable por estar operando muy al Este de las islas.
Los FA-50 pueden ser un buen sustituto de los Mirage III y darle salida profesional a los pilotos ya entrenados con el Pampa III, pero el sistema de armas que estamos comprando no da para ir a la guerra con otro estado. Resulta útil para mantener una pequeña fuerza de pilotos en estado de entrenamiento. Pero de un entrenamiento limitado, porque por todo lo dicho antes, los pilotos que los vuelen no tendrán práctica alguna de misiones de largo alcance, de pelea a distancias BVR o de ataque a buques.
El intento de reequipamiento más ambicioso en los tiempos del Unasur fue el los Gripen suecos fabricados «en vaquita» entre la Saab y Embraer. Entre sus muchas virtudes para operar en países grandes tienen lanza de reabastecimiento. Pero el Gripen trae mucha aviónica inglesa, y por temas malvineros, el Reino Unido objetó la adquisición. Recientemente Israel frenó la provisión de aviones de entrenamiento avanzado Pampa III a Bolivia haciendo valer similares derechos: el pequeño «trainer» argentino nació con el pecado fundacional de un 100% de componentes importados, que se logró reducir a un 87%… a lo largo de 32 años, Y viene con un cockpit repleto de excelente aviónica israelí.
Se evaluaron aviones italianos, rusos y chinos, dice Defensa, pero probablemente por afinidades y favores del gobierno con el de los EEUU, no parece que rusos y chinos tuvieran chance. Al final, el presidente Macri mismo dio su consentimiento para que este año lleguen dos de «los supersónicos surcoreanos», como los proclama Clarín. No sería raro que aterricen antes de las elecciones. ¿Cuántos votos le ganó a Perón el Pulqui II haciendo acrobacia aérea sobre Aeroparque, allá por 1951? Ahí se termina la comparación, porque aquel avión aquel año fue uno de los 3 mejores cazas del mundo, y además fue diseñado y construido íntegramente en Argentina, que tenía hasta garantizada la fabricación local de las turbinas.
Como observó el mes pasado Ámbito Financiero, cuando uno compra a otro país un sistema de armas complejo, lo que está comprando es una red de relaciones internacionales. Siguiendo con esa matriz de pensamiento, tal vez Corea sea nuestra próxima China, pero en tanto no lo es (y no parece que pueda, por cantidad de habitantes), ¿no tendría más sentido reexaminar las ofertas y guiños que nos estaba haciendo China en 2015 para vendernos su caza multirrol J-10?
Es esencialmente una versión algo más robusta de un avión con que Israel se aprestaba a barrer del mercado al Lockheed F-16: el Laví. Costaba menos que el F-16, tenía un alcance mucho mayor (Israel, por su tamaño, está obligado a pelear toda guerra sobre suelo enemigo) y podía llevar clases y cantidades prodigiosas de armamento. Pero «de algún modo» EEUU logró persuadir al gabinete israelí de interrumpir la fabricación en 4 prototipos. Ni lerdos ni perezosos, los israelíes le transfirieron la tecnología a China.
El J-10 sirve tanto en intercepción como en ataque a tierra, y con su lanza de reabastecimiento en vuelo es capaz de ejercer superioridad aérea en serio, y también atacar blancos a distancia y mar adentro. Por lo demás, Corea (al menos la del Sur) está demasiado ligada a los EEUU: si volviéramos a tener algún chispazo con el Reino Unido, estos aviones se quedan sin repuestos «al toque». Y hay otra cosa que lo podría dejar en tierra con tanta facilidad más facilidad que la falta de componentes: el costo de la hora de vuelo. Los pilotos chilenos gruñen (muy por lo bajo) que la del F-16 es carísima, y que eso termina con menos horas de vuelo anuales de las necesarias «para estar afilados». Aún si ellos pagaran el doble que nosotros, ¿nos bancamos un avión que quema U$ 4500/hora sólo en combustible, mantenimiento y amortización?
Defensa señaló que se optó por un avión que se pudiera usar hasta tener más presupuesto y adquirir máquinas «aún más sofisticadas». Es decir que el FA-50 es un «mientras tanto». Promete durar.
Para AgendAR el problema no está tanto en que el avión no tenga mucha relación con el tamaño y necesidades de la Argentina, o en que se lo adquiera destripado de armas y para lucimiento en desfiles, sino en que se trata de una compra «llave en mano»: aquí no se fabrica ni un tornillo. La FAdeA (Fábrica Argentina de Aviones), que en 2027 cumplirá un siglo, no participa del caza coreano con un solo componente, y sus proveedores tampoco.
Turquía, país con el que INVAP acaba de iniciar una sociedad para construir satélites geoestacionarios, aceptó el F-16 a condición de que una parte sustantiva del mismo se construyera en su planta aeronáutica, Turkish Aerospace Industries, TAI. El propio FA-50 es hijo de una incubación parecida de Lockheed Martin en KAI, de Corea. Lamentablemente, de esa empresa estadounidense sólo conocemos el lado oscuro, gracias a una administración particularmente vendepatria que en los ´90 le regaló la actual FAdeA, y a la que dejó en estado de ruina.
AgendAR aplaudiría la fabricación local del FA-50, a condición de recibir toda la transferencia de tecnología, co-diseñar con KAI el implante de una lanza de reabastecimiento, pactar cero restricciones para la exportación y tener la libertad de reinventarle la aviónica al aparato, para no oir toques de silbato si queremos vendérselo a algún vecino. Y para su armamento, propondríamos algún «joint venture» con Brasil. ¿Construimos asombrosos radares espaciales como el del SAOCOM, y no podemos resolver la electrónica de un avión?
Un avión con una hora de vuelo cara cuesta menos divisas cuando su construcción paga sueldos en casa. No ha sido el caso. No se le eche la culpa al avión. Punto.
Fernando Peirano es un economista especializado en temas de investigación y desarrollo. Ha sido subsecretario de Políticas de Ciencia, Tecnología e Innovación (2011-2015), y es profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Univaresidad Nacional de Quilmes. Compartimos esta columna que escribió para la revista Noticias.
«Hasta hoy, la Argentina parece condenada a un péndulo que oscila entre dos modelos, uno que prioriza los salarios y hace base en el mercado interno, y el otro que apuesta a la liberalización de la economía como respuesta a todos los obstáculos. La historia reciente nos muestra que hubo gobiernos que ampliaron derechos, pero han sido poco efectivo en mejorar la productividad y diversificar exportaciones; y gobiernos que han venido a plantear que esta incongruencia se resuelve bajando derechos y flexibilizando regulaciones, y solo han conseguido mayor endeudamiento, caída del consumo y parálisis de las inversiones.
Ambos enfoques han carecido de un proyecto de desarrollo bien delineado y mejor implementado sobre cómo crear valor agregado. Esta carencia nos condena a ser un país sin anclajes, donde prima la volatilidad. Sin embargo, la respuesta para superar está dinámica de vertiginosa oscilación, aún la podemos encontrar en tres particularidades.
Primero, la Argentina es un país con una importante dotación de recursos naturales aunque, es importante subrayarlo, insuficiente para permitirnos vivir de sus rentas. Segundo, somos un país con un desarrollo industrial significativo. Y tercero a partir de una rica tradición en ciencia y tecnología, Argentina cuenta con una potente plataforma de investigación y desarrollo. Aquí por cada mil trabajadores, tres son investigadores, ningún otro país de América Latina está cerca de esto. Su sistema científico tecnológico es bien diversificado con capacidades que van desde la tecnología satelital o nuclear pasando por la biotecnología y el software hasta los destacados aportes de las ciencias sociales.
Ahora bien, lo que no se ha logrado y es crucial, es aprovechar este potencial. Para esto se necesita ensamblar: recursos naturales, producción y conocimiento. Y como si se tratará de resolver el cubo mágico, solo puede lograrse si el planteo es unificado. El cubo mágico no puede resolverse si se intenta hacer cara a cara. Pero esto exige una mirada nueva de la política y el desarrollo. Asumir que antes que una restricción de recursos, tenemos una restricción originada en nuestra mirada estratégica. De otra manera seguimos atrapados en el laberinto.
Numerosos países entre ellos la Argentina sufren lo que en la literatura especializada se conoce como la trampa de los ingresos medios: en las primeras etapas de crecimiento es más fácil dinamizar la economía, pero después si no hay transformaciones estructurales, tiende a empantanarse.
Para superar esta restricción es necesario lograr un Estado competente y coherente. No es una fórmula nueva. La generación del 80 armó un Estado coherente con su proyecto liberal y la oportunidad de esa época. Perón fue otro que logró un Estado coherente para su proyecto. Pero después de esas experiencias hemos tenido un Estado más bien residual de estos impulsos, donde se combinan capas geológicas al ritmo de las oscilaciones. Así es como encontramos que durante el kirchnerismo, se implementaron interesantes experiencias en temas de innovación, de ciencia y tecnología. Pero los programas más sofisticados llegaron sobre el final, casi sin tiempo para consolidarse y con una macroeconomía aletargada.
Desde esta perspectiva deberíamos mirar Vaca Muerta o el litio. No solo como yacimientos sino también como la oportunidad para edificar un modelo productivo donde el valor agregado provenga de nuestro conocimiento. En un mundo interrelacionado como el de hoy, el desarrollo se describe en los grados de libertad para llevar adelante un proyecto social. Hay unos 25 países que pueden decidir su propio destino, el resto acompaña. La Argentina tiene que decidir dónde se va a ubicar.
La etapa actual requiere de políticas sofisticadas que respondan a la diversidad de las agendas pendientes: no es lo mismo la agenda científica que la tecnológica, tampoco las tecnologías con relevancia geopolítica, que las de innovación. Es clave pensar las maneras de construir dominio sobre diversos paquetes tecnológicos. El camino de la tecnología es con más riesgos y costos que el que recorre la ciencia, por eso el rol de lo público también es importante para explorar los nuevos caminos o moldear una conveniente articulación entre lo nuevo y lo viejo.
En tiempos donde el mundo reconstruye sus sistemas productivos a partir del concepto de Industria 4.0, necesitamos de una mirada nueva, de una narrativa propia sobre nuestro futuro. Asumir como propias las proyecciones de otros es una limitación muchas veces insalvable. Debemos recuperar la planificación para que el conocimiento circule desde los laboratorios hacia la producción.
El país cuenta con un sistema de ciencia robusto, que es reconocido y es motivo de orgullo, ahora es necesario también desarrollar un sistema tecnológico, que renueve nuestros activos productivos, nos permitan capturar el valor de nuestros recursos naturales y amplíe el impacto de nuestros saberes científicos».