- Una computadora a prueba de abogados.
Este incendio el pasado abril en la planta de Renesas en Naka, Japón, hoy afecta a todo el planeta, según EENews (ver aquí).
Y el tsunami sucedió hace 10 años. Hace algunas semanas, Samsung dio la alerta de desabastecimiento de chips automotrices, debido a que la segunda ola de Covid-19 en el invierno boreal dejó bastante paradas todo el 2020 las líneas de producción. Y la automotriz no es una industria que trabaje con stocks acumulables, trabaja “Just In Time”, el componente llega a planta pocas horas antes de instalarse.
Como en los países asiáticos dedicados al hardware las fábricas están hacinadas y son focos de contagio de Covid-19, ahora en todo el mundo faltarán chips y por ende autos nuevos, probablemente. La cosa acaba de complicarse del todo porque Renesas el mes pasado sufrió un incendio. Sí, lugar engualichado, ése. Si Linked-In le da a elegir entre un empleo en Naka y otro en Kabul, elija Kabul.
En cuanto a las 100 millones de líneas de código que hacen funcionar un auto moderno, alguien las tiene que actualizar y probar que el proceso se haya hecho en forma segura. No es cuestión de que la actualización la decida intrusivamente (al estilo de Windows) el propio software.
Y entonces uno, que venia manejando mientras tarareaba alguna “road song” de Springsteen, se queda de pronto varado entre Chacharramendi y Utracán, ruta provincial 152, provincia de La Pampa. La OMC no permite esos modales de bruto en el software automovilístico, y sin embargo el de su auto es un jugador de truco bastante taimado.
Los límites de la maldad de su auto los fija una ley que mencionamos antes, la DMCA. Con eso, el fabricante tiene la baraja cortada a su favor.
Esta ley sanciona no solo la infracción de los derechos de reproducción en sí, sino también la producción y distribución de tecnologías que permitan saltar las medidas de protección de derechos de autor. Éstas son comúnmente conocidas como gestión de derechos digitales o DRM por sus siglas en inglés. Además la DMCA es muy severa con las infracciones de los derechos de autor en Internet. Prometimos volver a la DMCA, y ahora cumplimos.
“¿Y que tiene que ver eso con mi auto?”, grita Ud. en la soledad de la ruta 152, con vista exclusiva a baches como cráteres lunares… y nada más: nadie en sus cabales manejaría por semejante camino. Y no hay señal de celular. ¿No era encantador el mundo de la tracción a sangre?
Con software local, es otra cosa.
Entrando en materia legal, mire… el título 5 protege los diseños de los cascos de los buques. No estaban protegidos por ningún copyright, y no era cosa de evitar únicamente piratería de películas o de canciones. ¿O a Ud. nunca le piratearon el casco de su nave? Esa ley la pueden aplicar fabricantes de casi todo lo fabricable y diseñadores de todo lo diseñable.
La prohibición de herramientas, precisadas en las secciones 1201(a)(2) y 1201(b), proscribe la fabricación, la venta, la distribución o el tráfico de tecnologías que hagan posible eludir las protecciones anticopia. Esto incluye sistemas que logran destrabar o burlar controles de acceso, y que ponen coto a las autodefensas tecnológicas incrustadas en los productos por los detentadores de sus derechos de autor, tales como controles de copia.
¿Se entiende?
Considerando el software bajo la ley estadounidense, cuando éste empezó su despliegue masivo en el mundo automotriz, los fabricantes de autos dictaminaron que sólo permitirían acceso a las reparaciones de sus productos si éstas las hacían concesionarios autorizados. La penalización por imitar al capitán Buttle en la película Brazil, o a nuestros tíos y padres en la realidad, o a nosotros mismos hace 15 años, era: “No te vendemos más un repuesto”.
Este abuso de propiedad disparó una industria paralela de software trucho por un lado, y por otro lado una movida legal para que transcurrido el tiempo de garantía, cada propietario de auto (o de camión, o de maquinaria vial o agrícola) pudiera reparar su vehículo como mejor le pareciera sin sufrir represalias.
Cuando un tractor entra en falla, por ejemplo, en general se autoprotege poniéndose en modo seguro. En este tiempo todavía puede moverse una distancia o durante un tiempo estipulado, pero luego se detiene hasta que aparezca un service autorizado. Puede tardar mucho en hacerlo, y la máquina estar prácticamente pensada, por su complejidad, para obligarte a reparaciones frecuentes y «por derecha»: una cosechadora-sembradora John Deere S760 tiene 125 sensores computados a bordo.
Pero con la ley DMCA aplicada en frío y sin atenuantes, si el service no viene a tiempo, se paran siembras o cosechas que tienen ventanas cronológicas acotadas para hacerse. En ese caso, las pérdidas del usuario/propietario son enormes. En EEUU, país de abogados si los hay, esto dio origen a centenares de miles de juicios individuales, lo que suele preanunciar “class actions”, juicios colectivos como los que le cayeron encima a las tabacaleras, que se creían a prueba de todo.
Los jueces en los casos de los indignados usuarios de bienes de capital, ya fuera maquinaria rural o de construcción, no pudieron ponerse siempre del lado del poder. Todo esto culminó con algunas legislaciones estatales sobre derecho a reparar, lo cual en teoría obliga a los fabricantes y distribuidores a vender los sistemas de diagnóstico, los manuales de reparación, los cables y todo lo necesario para que cualquier taller vecinal o el dueño mismo puedan meterle mano a su maquinaria. Pero eso sucede en algunos pocos estados de USA. Gran país, el día que se decidan a ser más eso que una federación.
Como dato de color, el derecho de reparación hace innecesaria la intervención del Bibliotecario de la Biblioteca del Congreso de los EEUU. Por ley federal, este funcionario (en realidad, es muchos funcionarios, toda una oficina) debe revisar cada 3 años qué cosas estarán protegidas y cuáles no por la Digital Millenium Copyright Act. En 2015, el Bibliotecario se decidió a favor de los «farmers»: dijo que tenían derecho a reparar su maquinaria agrícola.
Pero como John Deere tiene buenos abogados, en sus contratos de venta incluyó actas de aceptación con cantidades de letra chica. Estas dicen, en resumen, que si Ud. compró la máquina y la puso en marcha, aceptó con ese acto una serie de cláusulas que lo obligan a hacer toda reparación o cambio únicamente a través de la red de John Deere.
De modo que si las viola, la fábrica lo acusa de ruptura unilateral de contrato. John Deere considera que un arreglo no autorizado pone en riesgo el equipo, el medio ambiente y además, la seguridad de terceros. Si le hacen juicio o no, lo decidirán ellos según el próximo paso que dé Ud., el usuario final.
En Nebraska, estado rural, el paso siguiente de los «farmers» es unirse a foros de usuarios a los que se llega por recomendación reservada, y que tienen acceso pago y restrictivo. Allí, impersonando a un productor perjudicado por John Deere, el periodista Jason Koebler, del programa periodístico VICE, de HBO, sigue los hilos de varios foristas que recomiendan bajar software «truchado» en Polonia y en Ucrania para sustituir el original de fábrica y poder volver a poner en marcha tal o cual equipo.
Los «farmers» en EEUU son patriotas, de derecha, votan normalmente a los republicanos, Polonia y Ucrania les huelen a Unión Soviética y no se sienten demasiado cómodos contrabandeando con esos tipos y operando en la semilegalidad. Crean asociaciones a favor de legislación específica que los defienda de la voracidad de los fabricantes, llamadas genéricamente R2R (acrónico de «Right to Repair», derecho a reparar). Piden leyes que los obliguen a retirar los «locks», o cerrojos de software, que discapacitan los equipos (es decir, «los ponen en modo seguro») cuando detectan «intromisiones de dueño». Exigen también que los distribuidores suministren los equipos de diagnóstico y los manuales a los usuarios finales.
En otro reportaje de VICE, firmado por el citado Koebler y Matthew Gault, los periodistas llaman a 9 distribuidores en 7 estados agropecuarios reclamando software de diagnóstico, manuales y repuestos. Les son unánimemente denegados. Esas cosas sólo se venden a concesionarios oficiales, les explican con impaciencia. Por lo que se ve en Florida, California o Montana, los usuarios finales que quieren reparar sus equipos en plena legalidad, pueden esperar sentados en un banquito.
Gay Gordon-Byrne dirige una ONG de usuarios llamada Repair.org, y dice que las cuchipandas legales de daños a terceros o al medio ambiente de John Deere «son pura mierda», y que la firma actúa como un monopolio y que le pasa por encima al derecho de propiedad del comprador.
Si los temas son el derecho y los excrementos, Koebler cita el caso de un forista propietario de una granja porcina, alimentada en parte con propios cultivos de maíz. El tipo instaló una planta procesadora de estiércol de chancho. Por procesos bacterianos, el sistema genera cantidad de metano (CH4), que el hombre, todo un tecnólogo, recupera y usa mezclado con aire en una proporción de 80% CH4 para mover su camioneta Chevy, y en un 90% para hacer andar su tractor. Dice que ambos motores literalmente ronronean, de tan bien que queman el biogas.
En suma, el tipo evita quemar gasoil de origen fósil, y además con su práctica de gestión de desechos biológicos mitiga la contaminación de aguas superficiales y de napas típica de las granjas de cría intensiva. Pero para John Deere, ese productor es un infractor. Obviamente, como a todos los usuarios de software ucraniano y polaco, lo tienen en el radar. Delatado seguramente por su propio tractor antes de «entrar en modo seguro» y apagarse.
De modo que hay estados de los EEUU donde se me puede pudrir una cosecha porque las leyes que usa en mi contra Massey Ferguson, por no cargar siempre sobre el mismo, están sacadas de las que se escribieron para proteger a Parkwood Entertainment de las bajadas ilegales de la música de Beyoncé. Y el Bibliotecario de la Biblioteca del Congreso, pobre señor, no puede estar en todo…
Las legislaturas de los estados agropecuarios del Midwest estadounidense se han vuelto campos de batalla entre los lobbies de las constructoras de equipos y de las asociaciones de usuarios. Las constructoras todavía ganan en esas luchas de pasillo: tienen más contactos y más billetera. Pero a veces pierden.
Y sin embargo, logran ganar incluso perdiendo. Hasta los estados con leyes de reparaciones claramente escritas a favor del usuario, los fabricantes de todos modos le pueden volver la vida imposible: deciden la programación, y el diablo está en los detalles. Cambiar una luz LED de una óptica se vuelve imposible si la computadora de a bordo no autoriza la conexión de la nueva lámpara. Ése es el momento en que al productor sus colegas le dan la dirección de un foro, y éste empieza el camino hacia la compra de software «crackeado» en Europa Oriental.
La computadora no arruga si Ud. la amenaza con llamar a su abogado. Y no importa que la lamparita sea técnicamente compatible con el portalámparas y con el resto del cableado eléctrico y electrónico del auto. Sin que le importe que su paradero circunstancial sea un estado con derecho a reparación, la computadora, intransigente, no autorizará el reemplazo si la lamparita no fue comprada a tales y tales otros proveedores autorizados. Maggie Thatcher era flexible y el monopolio español sobre las provincias del Río de la Plata un chiste, en comparación.
Pero los monopolios se vuelven porosos y originan situaciones legalmente grises. El de España sobre su virreinato más austral y pobre (nosotros) nació averiado de movida por el contrabando inglés. Éste operó siempre en semilegalidad abierta, y con los virreyes, cual más, cuál menos, cobrando por hacer vista gorda a los desembarcos de manufacturas británicas en el Riachuelo de las Embarcaciones.
Se acerca el 25 de Mayo y es inevitable recordar el aniversario de una pueblada porteña que hizo dimitir a un virrey, Baltasar Cisneros, porque los vecinos principales de este puerto (los comerciantes de ultramarinos y los estancieros) en 1806 habían concordado (no todos) en sacar a tiros al Ejército Británico del Río de la Plata. Y sólo 4 años más tarde estaban hartos de mantener parásitos en España y más parásitos aquí.
La situación tiene algunas semejanzas con la relación amo-esclavo que los fabricantes de maquinaria agrícola yanqui adquieren con sus «farmers». Saben perfectamente que estos ya recurren al contrabando por internet, pero no han perdido totalmente el control legal de la situación en EEUU. La pulseada no está decidida.
¿No es curioso que los suplementos rurales argentinos no hablen jamás de estos problemas? Debe ser que aquí no existen.
Pero fuera de esta burbuja sin conflictos, uno ya no compra vehículos. Uno es vendido a sus fabricantes.
La libertad está en una zona legalmente gris.
Y para los usuarios de maquinaria agrícola yanqui, geográficamente, por ahora, queda entre Polonia y Ucrania.
La pregunta del millón, dado que eso que aquí en estas pampas se autotitula «industria automotriz» no sólo carece con creciente convicción de autopartes argentinas, sino que generalmente no tiene ni una línea de software escrita aquí… ¿no será hora de que nuestros informáticos criollos se añadan los polacos y los ucranianos?
De algo tienen que vivir, y ayudar al campo es patriótico. Como dicen en el campo.
(Continuará)
Daniel E. Arias
Jorge A. T. Casanova


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PS Anesthesia recibió asesoramiento de la facultad de ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata para el diseño de hisopos nasofaríngeos monolíticos para alcanzar el tracto respiratorio superior a través de las fosas y tomar mucosa epitelial.
Su diseño consta de un mango ergonómico y un extremo con forma de cucharón de miel (acanalado) que facilita la captura de la secreción de las mucosas y se fabrican mediante la técnica de moldeo por inyección.
Dicho hisopo integra un kit de toma de muestra para su uso en la prueba PCR SARS-CoV-2 de bajo costo y reemplaza a los tradicionales hisopos flocados. Pueden ser producidos rápidamente y cuenta con la ventaja de que su manufactura está conformada por una cadena de abastecimiento local, simple y robusta. Durante este proceso, PS Anesthesia adaptó su fábrica en la localidad bonaerense de Brandsen para cumplir con la demanda de este insumo.
En el nivel 0 hay un chofer casi completamente a cargo de la conducción. En el 1 el tipo puede usar mejor su visión lateral: hacia adelante y atrás, la velocidad respecto de otros autos ahora está a cargo de un sistema automático. En el 3 ya no depende del chofer si se frena o no se frena. En el nivel 4 el que maneja (je, el que manejaba) puede dormir, si quiere, porque el vehículo se autoconduce salvo en situaciones específicas. En el nivel 5 el rol humano de manejar está eliminado.
El futuro de la movilidad son los viajes personalizados, automatizados y sin interrupciones. Las empresas de software conquistaron el mundo automotriz. Son las que mandan.
Cuando las firmas de Silicon Valley irrumpieron en el mercado automovilístico, lo hicieron pateando la puerta: generaron el concepto de una arquitectura de vehículos eléctricos y electrónicos impulsada por un software de poderes crecientes. Y este modelo está dando vuelta el modo de fabricación y de mantenimiento de los móviles.
La conducción autónoma es una frontera clave, por los desafíos conceptuales que implica no sólo para nuestras viejas nociones de responsabilidad civil (¿de quién es la culpa de un accidente, si manejaba un robot?), sino para las nociones mismas de propiedad.
En un ecosistema de movilidad autónoma, ¿quién es el verdadero dueño del vehículo? ¿Quién tiene derecho a repararlo? Si con el título de dueño uno lo repara sin autorización oficial (siempre cara, raramente buena), ¿acaso lo está hackeando? ¿Uno está cometiendo un delito contra la propiedad?
¿Qué ley se aplica al caso? ¿Quién la escribió? ¿Para qué?
La Ley de Derechos de Autor de la Era Digital (en inglés Digital Millennium Copyright Act o DMCA) es una “corpus” legal federal que regulaba los derechos de autor de Estados Unidos, y en 1996 implementa dos tratados de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual). ¿Qué tiene que ver su auto con leyes hechas para proteger novelas, música y cine? Volveremos sobre eso.
¿Y a quién pertenece la enorme cantidad de metadata generada por el móvil? Si me compré un auto que me espía, toma nota de adónde voy y cuándo y por dónde, y después le da esa información al fabricante, que a su vez la vende al gobierno o a otros empresarios, ¿cuáles son mis derechos sobre esa información?
Lo que se discute es la compra de un auto como acto de apropiación. En un ecosistema de tránsito complejo y residente en “nubes informáticas” remotas, los derechos del propietario se restringen cada vez más a subirse, determinar un destino, llegar a él y bajarse. Todo lo demás está en manos de los propietarios de los sistemas.
No es que estén desbrozados todos los problemas técnicos en esa dirección, pero tampoco quedan tantos. Está claro que la potencia de procesamiento a bordo y la capacidad de flujo de datos deben aumentar bastante.
Hoy existe la suficiente para procesar datos de sistemas avanzados de asistencia al conductor (ADAS), datos de sistemas de entretenimiento en el vehículo (IVI) y datos sobre los sistemas de información al conductor (como pantallas de visualización frontal), y también los de gestión de los niveles de batería y energía.
Pero a medida que uno se desplaza hacia el nivel 3 y los siguientes de la conducción automatizada y distribuida, esta carga de procesamiento exige mucha memoria RAM, velocidad de procesamiento y ancho de banda. Y es que los vehículos se intercomunican entre sí y con una infraestructura estatal y/o privada de operadores de redes de tránsito residentes en nubes informáticas. Se viaja en línea y en nube.
Hay 3 películas al menos que conviene recordar por premonitorias.
En “Minority Report”, que es de 2002 y la dirigió Spielberg, Tom Cruise es el capitán John Anderton, encargado de capturar a personas por crímenes aún no cometidos. En la sociedad de 2054, en la que vive Anderton, la acusación y la sentencia pueden ser legalmente válidas incluso si son previas al delito, con la condición de que éste se haya pronosticado legalmente como inevitable, salvo si es impedido por un arresto, juicio y condena previos. Las sentencias por delitos vaticinados de acuerdo a nomras por videntes certificadas son tan sólidas como si estos hubieran tenido lugar. Lo contrafáctico vale como los hechos.
Hacia ese futuro vamos a paso de carga y con los ojos cerrados. Volvé, Steve McQueen. Te perdonamos que hayas manejado tu Mustang como loco por medio San Francisco en aquel policial de 1969, Bullit. Fue la mejor persecusión automovilística en la historia del cine y un acto de libertad extrema: los policiales futuros carecerán de ellas. ¿Para qué ir al cine, entonces? Dentro de poco habrá que explicar también qué era el cine. Y el verbo “ir”.
Dentro de poco es probable también que perseguir mafiosos con este auto imposible de “trackear”, un Ford Mustang de 1968 informáticamente virgen, una musculosa bestia brutalmente mécanica, sea ilegal para el ciudadano común y también para un policía como el Tte. Frank Bullit. También el tenerlo. También el manejarlo.
Quizás confluyan dos fenómenos en el mundo desarrollado, donde el transporte publico es (o era) bueno en general. Para la gente contemporánea informada sobre el cambio climático, la tenencia privada de automóviles es éticamente cuestionable, un crimen contra la biosfera en el que uno incurre porque el transporte público en la mayor parte del mundo subdesarrollado es sencillamente una mierda. Nada como una virosis respiratoria, como el Covid-19, para recordarnos los costos sanitarios individuales y sociales del viajar hacinados muchas horas por día.
Pero para las generaciones pasadas, el manejar un auto propio en cambio simbolizaba la libertad. El poeta beat Jack Kerouak escribió la mayor “road novel” de los ’50, “On the Road”, donde hay tres literatos estrella, aventureros y drogones, todos ellos futuras luminarias culturales en el mundo real (el propio Kerouak, Allen Ginsberg y William Burroughs. Pero curiosamente, el personaje principal de la novela es un enorme Cadillac.
Una década después los Beatles cantaron “Drive my car”, tema en el que una aspirante a estrella de rock nombra a su aspirante a novio o amante como su chofer, al menos cuando por fin le lleguen, inevitablemente, la fama, la fortuna y pueda comprarse un auto. Bob Dylan y Bruce Springsteen hablan insistentemente en sus canciones de pirarse romántica y/o solitariamente por las inacabables rutas del Oeste, ya un lugar común del imaginario yanqui cuando uno anda con el alma demasiado cargada.
Casi no hay “baby boomer” varón que no recuerde aquella serie, obviable salvo por el nombre, que se llamaba como la autopista estadounidense que une el aburrido Midwest con el Pacífico: “Ruta 66”. Los actores (Martin Milner, George Maharis) son más olvidables que el auto, el entonces sorprendente Chevrolet Corvette. ¿Quién no ha querido tenerlo?
Incluso Margaret Thatcher (en una cita quizás apócrifa) dijo que quien no tenía un auto propio a los 26 era un fracasado. Si es verdad que lo dijo, entonces por omisión también dijo que una de las libertades fundamentales en Occidente es la de perderse de vista manejando por lugares vacíos y sin que el estado pueda decir ni “mu”, cosa que no sucedió jamás en el comunismo.
En el velorio de la Maggie, en primera fila, los directivos de las empresas petroleras inglesas, lloraban a quien llegó al poder de la vieja Inglaterra, una economía industrial con problemas, y se bajó del mismo habiéndola transformado en Otra Inglaterra, en un paraíso fiscal lleno de “homeless” y con vista a los yacimientos de gas del Mar del Norte.
Pero los CEOs petroleros que homenajeaban a la Baronesa Thatcher ignoraban que los enterrados de la jornada ya empezaban a ser ellos.

Se me rompió una lámpara de una óptica, o de un faro de posición: la repongo yo y chau. Pero no: en algunos coches de alta gama cualquier repuesto, no importa lo barato, mínimo, transitorio o banal, tiene que ser autorizado por la insobornable computadora de a bordo, operada además por un concesionario autorizado. Y estas costumbres cunden desde la punta de la pirámide de costos hacia abajo, invadiendo las gamas automotrices media y baja.
Y Ud. que pensaba que el auto era suyo sólo porque se lo había comprado…
Esta es apenas la punta del iceberg de las cadenas de valor de la industria automotriz. Hoy en Argentina a la industria automotriz se la puede definir como una que fabrica baratas cosas que pagamos caras, y sin siquiera garantizar un poco de trabajo local: el 30 o 40% del costo (y del valor) de cualquier auto es informática desarrollada afuera, en decenas de países. La importamos con el producto de la venta interna o de la reexportación de ese auto, sin saberlo.
Pero pagándola.
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* Huampa 2: Es más grande y tiene la forma de un tractor futurista. Podrá llevar un conductor, pero también será eléctrico y con capacidad autónoma. Se utilizará para trabajos agropecuarios.