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La epidemia que mata 9 millones de personas por año: aire contaminado
- La mayor parte de los muertos por smog tiene más de 60 años
- El acortamiento promedio de expectativa de vida de los muertos por smog es de 3 años
- Las causas de muerte más frecuentes son las enfermedades cardiovasculares, muy por encima de los cánceres de pulmón, las infecciones respiratorias y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC)
- El componente más letal del smog son las partículas de hollín menores de 2,5 micrones, o PM 2,5 en la jerga, productos de la combustión incompleta de carbón o de hidrocarburos líquidos y gaseosos
- Las áreas de mayor mortalidad por contaminación aérea son las ciudades de Extremo Oriente y del Sudeste Asiático. Las menos afectadas son las de Europa Occidental, donde los controles de contaminación aérea son los más severos del planeta.
Beijing envuelto en el smog habitual.
El citado Münzel cree que los cardiólogos deberían prestar más atención al smog, que en estos días decayó a casi una nota al pie en la polémica sobre la necesidad de descarbonizar las matrices energéticas del mundo.
Los efectos climáticos de la quema de combustibles fósiles son, sin duda, causas masivas de muerte por recrudecimiento de tormentas, sequías, inundaciones, deslaves, pérdidas de cosecha, deterioro o escasez de agua potable, migraciones y guerras. Pero esa mortalidad climática nos acompañó siempre, es difusa y su aumento resulta difícil de encerrar en un número incontestable.
Una mortalidad por smog de 9 millones/año es una cifra tal vez menor, pero más entendible. Por ejemplo, triplica el número de porteños. Pero ningún guarismo es tan expresivo como la pérdida de expectativa de vida. Imagine que le digan que iba a vivir hasta los 90 pero, por su hábitat urbano, a Ud. le acaban de robar 3 años.
Bueno, se lo acabo de decir.
¿Y POR CASA CÓMO ANDAMOS?
La Plata en 2008, fue enterrada en el humo de los incendios en el delta del Paraná.
El smog está matando casi 9 millones de personas/año, indican 2 estudios recientes, y la mayor parte de los muertos son asiáticos.
¿Y por casa cómo andamos? Cualquiera que vuelve en ferry a Baires desde Uruguay en una madrugada clara y sin viento nota que nuestra ciudad, a diferencia de Montevideo, más marítima y ventilada, parece enterrada en una gran nube lenticular.
Esa nube tiene un color marrón violáceo claro, está tendida de horizonte a horizonte y ostenta un borde superior curvo definido (los meteorólogos lo llaman “la boina”). Del mismo emergen, indecisas, las cumbres de las torres del centro porteño, y las de los partidos costeros vecinos.
El tamaño de esa lenteja descomunal de aerosoles enmudece. De Norte a Sur, a veces llega desde Campana hasta La Plata, y hacia el Oeste, llega hasta los confines de La Matanza. Allí adentro vivimos 15 millones de personas. Eso es smog fotoquímico, oriundo en un 80% de los motores de combustión interna, con un 20% añadido por fuentes fijas: centrales termoeléctricas, sobre todo, y fábricas con procesos en caliente.
Eso es lo que respiramos. “La boina” no se forma todos los días. Lo normal es que el sol caliente la tierra, ésta haga lo propio con las capas inferiores de la atmósfera, y que la diferencia de peso específico y temperatura con el aire más frío en las alturas hagan el resto: el aire caliente, menos denso, se desprende en grandes burbujas invisibles que van subiendo en espiral, las llamadas “corrientes térmicas ascendentes” por los pilotos de avión. El aire frío –y relativamente menos contaminado- de las alturas a algún lado tiene que ir, y baja a llenar el vacío generado en la base de la columna en ascenso. Esa circulación convectiva, en células, no hace desaparecer el smog a nivel del suelo, pero dispersa altitudinalmente sus contaminantes. Da un alivio.
Sin embargo hay cada vez más días en que el aire en lo alto está tan caliente como el del suelo o incluso más, y entonces esa dispersión convectiva no funciona y Buenos Aires se ahoga en smog, aplastado de modo perfectamente visible –la boina- en los primeros 100 metros de altura por la llamada “inversión térmica”. La palabra “inversión” indica que lo esperable según el manual sería que el aire de altura sea más frío. Pero bueno, a veces no sucede.
Como consuelo para porteños, la inversión es peor en las ciudades rodeadas parcial o totalmente de sierras o montañas, como Córdoba o Mendoza. Ahí el aire frío de las cumbres baja de noche por las laderas al centro urbano, y al amanecer inhibe la convección en su base justamente en la hora pico de tránsito, cuando el sol está oblicuo y débil, y el suelo no se ha calentado lo suficiente como para generar térmicas.
Dado que el aire urbano ya era mucho más impuro que el campestre en la antigua Roma (y eso con la sola ayuda de la quema doméstica de leña y las siete famosas colinas para generar inversiones térmicas), en este mundo dominado por motores de combustión interna se entiende que la contaminación aérea es inherente a la modernidad.
La OMS trata de fijar valores de referencia prácticos para los máximos permisibles de contaminación. No son inaccesibles si se fijan políticas duras de emisión. Lo han hecho ciudades otrora famosas por su smog: Londres, Nueva York y San Francisco, todas hoy con mejor calidad de aire que Baires, Córdoba o Mendoza. “Políticas duras” significa “durísimas” en el caso del Reino Unido, que dentro de 12 años prohibirá la venta de todo vehículo con motor de combustión interna, incluso si es un híbrido térmico-eléctrico.

(Continuará mañana)
Daniel E. Arias
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El coronavirus ya golpeó la economía de Latinoamérica, al afectar la de China
Como si las economías latinoamericanas no tuvieran suficientes problemas, ahora apareció una nueva amenaza al crecimiento económico de la región: la epidemia de coronavirus en China. No se está hablando mucho de esto en los medios latinoamericanos, pero existe una creciente preocupación dentro de las instituciones financieras internacionales de que la epidemia de coronavirus podría afectar especialmente a las economías de América Latina, porque China es el principal socio comercial de varios países de la región.
Si la economía de China se desacelera porque decenas de millones de chinos han sido puestos en cuarentena y el consumo de China sigue desacelerándose, las exportaciones de los países latinoamericanos a China caerán. China es el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y el segundo entre los socios comerciales más grandes de varios otros países de la región. En Chile, el gobierno ha dicho que las exportaciones de salmón y frutas a China ya se han visto sustancialmente afectadas, entre otras cosas porque no hay trabajadores en varios puertos chinos para descargar los contenedores de productos chilenos.
Un reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) que pasó casi inadvertido incluyó la epidemia de coronavirus de China entre los «riesgos significativos a la baja» para las economías latinoamericanas en 2020. Antes del estallido de la epidemia, se proyectaba que la economía de América Latina creciera un magro 1.6 por ciento este año.»Hay mucha incertidumbre», me dijo Alejandro Werner, el director para América Latina del FMI, en una entrevista telefónica. «Si esto se prolonga más allá de la primera mitad del año, la recuperación económica de la región sería menor«.
Según estudios internos del FMI, los países más afectados serían los exportadores de productos básicos de América del Sur. Chile depende de las exportaciones a China para el 34% de sus exportaciones mundiales, Perú para el 28% y Brasil para el 26%. Si el crecimiento económico de China cayera en un punto porcentual -del 6 al 5% anual-, este año por el coronavirus, el producto bruto de Chile y de Perú caería entre 0,3 y 0,5% cada uno, según el FMI.
Para Brasil, la economía más grande de la región, el impacto sería algo menor, porque Brasil depende menos de las exportaciones que otros países de la región. Alicia Bárcena, directora ejecutiva de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe, me dijo que muchos exportadores latinoamericanos de productos básicos se verán afectados por el coronavirus. «China está reduciendo sus importaciones de productos perecederos como el aceite de soja y frutas, que son precisamente el tipo de productos que exportan a China los países sudamericanos», me dijo Bárcena.
Algunos especulan con que puede haber un efecto positivo para América Latina si una desaceleración en el comercio mundial obliga a EE.UU. a reducir sus tasas de interés para estimular su crecimiento. La Argentina y otros países endeudados se beneficiarían, por ejemplo, porque sus pagos de deuda externa están atados a las tasas de interés estadounidenses. Aun así, el impacto general del coronavirus en la región sería negativo, dice Fausto Spotorno, jefe del Departamento de Economía de la universidad UADE de la Argentina.
«El impacto negativo de una desaceleración del comercio mundial sería mayor que el efecto positivo de un recorte en las tasas de interés de EE.UU.», dice Spotorno. Sin embargo, hay algunas razones para no ser excesivamente pesimistas. El coronavirus puede comenzar a retroceder en abril gracias al calor, cuando llegue el verano a China, dicen los científicos. En ese caso, el crecimiento económico de América Latina proyectado podría recuperarse en la segunda mitad del año.
Brasil está experimentando una recuperación económica gracias a sus nuevas reformas de libre mercado. México, la segunda entre las economías más grandes de la región, podría ver un aumento en las inversiones extranjeras gracias al reciente acuerdo de libre comercio entre EE.UU., México y Canadá. La epidemia de coronavirus de China es una amenaza mucho mayor para América Latina que para EE.UU. Si es un problema de corta duración, será manejable. Si todavía estamos hablando de este tema en junio, será un gran problema.
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