Uno de los cuatro gigantescos generadores de vapor de una central CANDU fabricado en IMPSA en tiempos más industriales.
En AgendAR no causó sorpresa alguna la eliminación de Atucha III por parte del gobierno. Consternación, sí. La movida saca de la grilla eléctrica argentina 800 MW nucleares nuevos, obtenibles en apenas 6 años, y que no necesitaban de nuevas líneas de alta tensión (LATs). En Lima, provincia de Buenos Aires, estarían en el medio mismo de la zona de mayor consumo eléctrico del país, el cinturón La Plata-Rosario. Una LAT de 500 kilovolts cuesta arriba de U$ 1 millón/kilómetro.
La decisión va a acentuar la recesión donde ya era grave antes de los nuevos cupos estadounidenses para el acero argentino: el cinturón metalmecánico Zárate-Campana. En Arroyito, Neuquén, donde tampoco sobra trabajo, no es imposible que la tachadura de Atucha III precipite el cierre la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), la mayor fábrica de agua pesada del planeta. Es una inversión que a la Argentina le costó U$ 200 millones en los años ’80. Se pensó para un programa de 6 centrales de uranio natural.
La PIAP estuvo a punto de cerrar en 1995 y 2000, los puntos álgidos del largo “invierno nuclear” argentino. Hoy pertenece a una firma provincial llamada ENSI. Si la planta cierra, quedan 620 ingenieros, químicos y técnicos desocupados, decenas de proveedores locales en la estacada, y la Argentina es eliminada como proveedor potencial de las 47 centrales nucleares CANDU o “CANDU-like” en el mundo.
Las CANDU necesitan agua pesada de alta pureza. No es un “commodity”: es un producto caro que se obtiene por procesos sofisticados de enriquecimiento. Las centrales de uranio natural como las CANDU y nuestras Atuchas I y II no pueden funcionar sin ese líquido ligeramente azulado. Sólo lo fabrican 11 países, con Argentina a la cabeza. Su precio anda entre U$ 600.000 y 800.000 la tonelada. La tarea inminente de la PIAP era fabricar 600 toneladas para la carga inicial de Atucha III. Ya no más.
Planta Industrial de Agua Pesada en Arroyito, Neuquén, nuevamente al borde del cierre.
Hay muchas más víctimas. El bajón de pulgar a Atucha III deja fuera del mercado nuclear a una lista de aproximadamente 80 empresas nacionales chicas, grandes y medianas que fueron contratistas de la épica terminación de Atucha II, entre 2005 y 2014. También le quita futuro a los más de 400 nuevos ingenieros que lograron calificarse como “nucleares” en aquella obra. Los más enraizados en sus firmas tal vez deriven –no es fácil, en una recesión- a otras especialidades.
Los menos enraizados y más jóvenes, lejos de ponerse a manejar taxis, se van a tomar uno hasta Ezeiza. Con 50 centrales nucleoeléctricas en construcción en el mundo, 160 formalmente pedidas y 300 en estudio, hay una demanda rampante de expertos nucleares en Rusia, Medio y Extremo Oriente. En esa zona del planeta el panorama se parece a los EEUU durante los años ’80, cuando se inauguraba una nueva central cada 17 días. Pero el ingeniero argentino que no quiera aprender ruso, chino, japonés, coreano, árabe, checo, rumano, farsi o esloveno y se entienda con la cocina local (no es fácil), puede irse a Inglaterra, donde entran en obra 11 centrales.
La liquidación de Atucha III implicará la “desnuclearización” de los recursos humanos de firmas argentinas de ingeniería grandes y diversificadas, es decir les quitará no sólo toda tentación sino toda posibilidad de competir en esos mercados. Por ejemplo, Electroingeniería que hizo el edificio del reactor de Atucha II y su “annulus”, amén de sistemas de refrigeración de emergencia, lo que luego le permitió participar en otra gran obra: el “revamping” de Embalse para darle 20 años más de vida útil. Otro ejemplo es TECHINT, que hizo el edificio auxiliar de Atucha II. Y otro más es IECSA, con los piletones para combustibles gastados y las plantas de tratamiento de aguas. Y añadimos DYCASA, que se anotó las terminaciones de obra civil.
A INVAP no hay cómo desnuclearizarla, porque es esencialmente una firma atómica y una competidora mundial pura. En Atucha II, la PyME rionegrina construyó dispositivos y máquinas especiales para las penetraciones del recipiente de presión, alineó con precisión de 0,5 milímetros los canales de refrigeración con las penetraciones de la tapa del mismo. Eso es mucha precisión: fueron 356 agujeros en una pieza de 250 toneladas. Con su vasta experiencia de puesta en marcha de reactores, INVAP escribió los procedimientos para la entrada en línea de Atucha II.
Nos detenemos un segundo más en INVAP. La firma acaba de ganar la licitación por el mayor reactor de irradiación del mundo: el reemplazo del viejo PALLAS en Petten, Holanda. Pero desde 2016 a esta parte perdió el 94% de su facturación con el estado nacional, una cantidad de contratos por radares civiles y militares, satélites de telecomunicaciones y aviones robotizados o “drones”. En INVAP hoy están haciendo malabarismos para pagar los sueldos de sus 1300 expertos. La suspensión de Atucha III es otra barrida de tobillos, y van…
Fuera de esos nombres archiconocidos, lo impresionante de Atucha II fue la participación de decenas de Pymes sólo conocidas en el ámbito de la ingeniería. ¿Casos de libro? CRUMA y TERMIPOL. La primera hizo 1550 cerramientos de alto desempeño en toda esta gran central, sumando puertas, escotillones y escotillas a prueba de fuego o de fugas de fluidos o de radiación, así como portones anti tornado y antimisil.
TERMIPOL, en cambio, colocó andamios multidireccionales de seguridad. Estos permitieron una accidentología bajísima pese a que en Atucha II centenares de personas trabajaron a alturas de vértigo. TERMIPOL hizo también escurrimientos, tajamares y las aislaciones térmicas de lana basáltica en esta central.
Las dos mencionadas ya son, por derecho propio, empresas que compiten en el mercado mundial de la ingeniería de plantas, químicas, termoeléctricas y de todo tipo. En tales licitaciones, la calificación de “nuclear” en la carpeta de un oferente abre puertas. Y hay decenas de casos parecidos, todas de Pymes que ya estaban anotadas y haciendo fila para Atucha III. En realidad, desde 2016 estaban más bien esperando en un banquito. Ahora las acaban de mandar “a su casa”.
Demasiado argentina para estos tiempos
Central nuclear de Embalse, en Córdoba, nuestra primera y excelente CANDU… ¿la última?
En el planteo vigente hasta 2016, Atucha III era una central CANDU, una tecnología canadiense desarrollada por la AECL Ltd. (Atomic Energy Commission of Canada, Limited) en los ’60. China no nos vendía la tecnología, porque la conocemos de memoria: sólo un 30% de componentes, y la financiación. Es decir, era más bien el banquero.
Las CANDU tuvieron éxito porque son “fáciles de nacionalizar” para los países de desarrollo intermedio, como la Argentina: carecen de recipiente de presión, una pieza de acero forjado resistente a neutrones y de dimensiones heroicas. En Sudamérica solo FURNAS de Brasil y últimamente IMPSA de Argentina han fabricado o están fabricando este componente crítico. Si alguien pregunta, para las centrales Angra III y la CAREM experimental, en cada caso.
En una CANDU, el recipiente de presión se reemplaza por centenares de “tubos de presión”, también muy resistentes, dentro de una calandria no muy diferente de las de las viejas locomotoras de vapor, aunque los materiales son “high tech”: aleaciones especiales de circonio-niobio, y otros etcéteras. Con centrales de uranio natural, el CANDU es lo más sencillo y lo más barato. Entre los compradores iniciales de CANDU que hoy las fabrican por su cuenta están la India (18 centrales), Corea del Sur (4) y China (2).
Cuando en 1980 Embalse, una CANDU de 600 MW, se iba acercando a su final de obra, el plan de desarrollo nucleoeléctrico de la CNEA era ir por 5 centrales similares, y llegar a un 100% de componentes nacionales a partir de la 3ra. EEUU presionó severamente a Canadá a partir de 1974 para abortar sus exportaciones de centrales. Esto forzó a la CNEA a la compra de Atucha II a KWU (luego SIEMENS), una rareza técnica de uranio natural con recipiente de presión, como también lo es Atucha I.
A nuestra altura de la ingeniería nuclear, una obra como Atucha III “CANDU-like” era posible con un 70% de componentes nacionales, y la dirección de obra la podían realizar por su cuenta o compartir cualquiera de los tres grandes actores de la actividad nuclear argentina: la propia CNEA, Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA), que coordinó la terminación de Atucha II, y la rionegrina INVAP, desde 2006 la mejor exportadora mundial de pequeños reactores.
El gobierno del ingeniero Mauricio Macri no toleró este armado. Hace unos meses, apareció la novedad de “una renegociación” del precio de Atucha III, que según el Ministerio de Energía sería de U$ 9000 millones, a la que le había suprimido “sobreprecios” en alrededor de U$ 1600 millones. Tales sobreprecios eran componentes que ya sabe fabricar la Argentina, básicamente los gigantescos “generadores de vapor”, que en una CANDU son 4, y deben reponerse a los 30 años para que la central alcance su vida programada de 60 años. Los de Embalse, por ejemplo, son argentinos (los hizo IMPSA).
En AgendAR supusimos que los chinos estaban felices de bajar el precio de Atucha III (que nunca fue de U$ 9000 millones) porque planeaban vendernos el combustible. Dado que la Argentina es autónoma desde 1983 en la fabricación de elementos combustibles nucleares para todas sus centrales (asunto a cargo de CONUAR, del grupo Pérez Companc), eso habría sido como que del dueño de una estación de servicio le comprara un camión a un concesionario con la extraña condición de adquirir también el gasoil del mismo… en otra estación de servicio perteneciente al dueño de dicho concesionario, y eso durante toda la vida útil del móvil. Con el agravante de que una central dura 60 años, no 10 como un camión. Y el uranio es a lo sumo el 7% del costo de fabricación de un elemento combustible, una obrita de arte de la metalurgia del circonio.
Un elemento combustible CANDU, de 50 cm. de largo. Es un desarrollo de tecnología de materiales (cerámicas y aleaciones de circonio-niobio) que insumió 34 años a la Argentina.
Llegar a la fabricación de elementos combustibles a la Argentina le tomó 34 años: es un asunto de un valor agregado en ciencia de materiales infinitamente mayor que el de hacer perforaciones, sacar crudo y refinarlo. Como la cosa venía causando alarma entre los “nucleares fundacionales” formados por Jorge Sábato, lo estábamos investigando.
Nos quedamos cortos. Es toda la central la que se suprimió. Era demasiado argentina para durar. En su lugar, el gobierno apuesta (o dice que apuesta) a la compra «llave en mano» de una central china de 1100 MW de uranio enriquecido. Ésta ya causó una crisis de gobierno en Río Negro, cuya legislatura la rechazó de plano por ley, no sin aclarar que la provincia está perfectamente dispuesta a construir centrales nucleares CAREM de INVAP, porque es una empresa local. No son antinucleares, simplemente no comen vidrio.
La central china de marras, una Hualong de la Chinese National Nuclear Corporation (CNNC) es de tercera generación. Esto significa que tiene “seguridad pasiva”, heredada de su inspiración en la AP 1000 de Westinghouse, lo que habla bien de la misma. Pero les falta «kilometraje»: la CNNC tiene sólo 2 “Hualongs” en funcionamiento en territorio chino, aunque está exportando varias unidades a Pakistán, que las comprará “llave en mano” y sin participación de la industria nucleoeléctrica local (de la que carece).
Sin embargo, Argentina no es Pakistán: aquí hay una tradición que cumple ya 60 años de no comprar “llave en mano” y pelear a cara de perro con el proveedor la fabricación local de componentes críticos. El ADN nuclear es “industrialista argentinista”. Si hay dudas, preguntarle a la SIEMENS y a la KWU. Su filosofía está en las antípodas de un plan como RenovAR, que ya licitó miles de MW de energía renovable, entre los cuales la Argentina, con tres fabricantes de turbinas eólicas (IMPSA, NRG, INVAP) no recibió ningún contrato. Todo muy ecológico y bonito, pero lo único “made in Argentina” de esta movida es el viento.
Y hay otra dificultad más: se llama federalismo. Hoy es difícil poner 1100 MW en ninguna provincia, y máxime de marca nueva, si no es a cambio de beneficios industriales sustantivos. Eso significa un plan general de plantas fabriles electro intensivas en la provincia que reciba la central: puro “quid pro quo”. Hay muchas industrias posibles: vidrio, acero, aluminio, titanio, desalinización de agua por ósmosis inversa, pero tienen que tomar personal calificado y estar a pie de planta. El modelo centralista porteño de dirigirse a las provincias con el discurso: “Vos te quedás con el impacto y el riesgo ambiental, y yo con la electricidad”, eso ya fue.
El gobierno viene dando frenazos, bandazos y tumbos en política nuclear. Debido a que tiene una cabeza esencialmente petrolera, no logra ordenar ningún plan técnica y políticamente aceptable, salvo para China. Si decide “pasarle por encima” a las leyes rionegrinas, sólo logrará el descrédito de la energía nuclear en la provincia misma adonde nació. Sería lamentable.
Posponer la decisión de una nueva central nuclear para 2022 es tirarle la pelota al próximo gobierno, y apostar a que el consumo eléctrico argentino no desborde la capacidad de generación aplastándolo a puros tarifazos y recesión industrial.
Entre tanto, como es inevitable que gastemos electricidad, las petroleras y gasíferas que dominan no sólo la matriz eléctrica argentina sino el pensamiento mismo del Ministerio de Energía, se proponen pasar una década y más de excelente facturación y repatriación de utilidades, cabalgando cancheramente sobre el aumento del crudo.
Daniel E. Arias


Foto de TSS, UNSAM. Varotto a la izquierda, con sus célebres anteojos de N pulgadas. A derecha, su sucesor en la CONAE, el ingeniero aeronáutico y espacial Raúl Kulichevsky.
¿Por qué se jubila un tipo así? A los 77 años, Varotto podría contestar a esta pregunta simplemente con su edad: nadie lo creería. ¿Le mostraron la puerta de salida? No sería la primera vez. Lo que nosotros consideramos currículum otros lo ven como prontuario. Es un personaje nada mediático, y más bien volcánico, carismático y recóndito, por decirlo todo con esdrújulas. Quienes trabajan con él se quejan de su “misteriómetro”, de los constantes cambios de rumbo y del trabajo hasta deshoras, pero se inmolan por él y para él. Viven agotados, orgullosos y con ocasionales ganas de subirlo a alguno de sus satélites.
Varotto es más argentino que Ud. o que yo, lector, que simplemente nacimos aquí. En 1950 su padre Luigi dijo, allá en Brugine, provincia de Padua: “Se viene la Tercera Guerra Mundial”. Ex soldado y largamente prisionero de los nazis en algún “stalag”, Luigi ya estaba podrido de guerras. La URSS había testeado su primera bomba atómica en 1948 e iba por la de hidrógeno. ¿Adónde irse? Claramente, no a los EEUU, porque allí, de paz, ni hablar. Australia era una posibilidad: lejos de todo y con un buen sistema educativo público. Pero todavía en 1950, la Argentina reunía las mismas condiciones y era, para cualquier italiano, una opción mucho más “sexy”.
En 1959 a Varotto, flaquito, atlético y sin anteojos, la física que se enseñaba en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA ya le había quedado chica y era alumno del Instituto Balseiro de la Comisión de Energía Atomica, en Bariloche. De la mecánica cuántica a trepar cerros como una cabra montesa: la vida en el Balseiro sigue siendo un poco así, saltos cuánticos o saltos de piedra en piedra, y a veces unos porrazos que te la cuento. Cuando gracias a una beca del CONICET Varotto se postdoctoró en Stanford, en 1968, escribió esta dedicatoria en su tesis: “A mis padres, por haberme traído a un país maravilloso”. Me pregunto si sus profesores entendieron que se refería a la Argentina.
¿Va a tener tiempo de ver volar los SAOCOM, los satélites más innovadores de observación de la Tierra, o su extraño cohete Tronador II, si “lo jubilan”? La reacción de nuestro colega y jefe en AgendAR, Abel Fernández, fue instarnos: “Hay que hacer TODO para conservar a Varotto en actividad. En cualquier actividad. Es un patrimonio de la Argentina”. La reacción de los interrogados en CONAE fue más escéptica: “¿Jubilarse, El Petiso? Sí, se acordó en el directorio: transfiere el cetro. Queda ‘ad honorem’. Pero ojo, mañana el tipo aparece por la puerta sí o sí. El sol, no sé”.
El primer sentido de este artículo es tranquilizar(nos) a los ansiosos. Varotto se jubila “ma non troppo”. Se quedará en la CONAE craneando ideas, algunas de ellas francamente cuerdas, todas inevitablemente audaces, tal vez acaso alguna factible; mientras ajusta sus proyectos a tumbos en las cambiantes circunstancias políticas y económicas argentinas. Con los inevitables porrazos de quien ha vivido a los saltos cuánticos (¡y en Argentina!), eso lo hace bien.
Por el bien mayor de la CONAE, sin embargo, le deberá dar aire de sobra a su sucesor, Raúl Kulichevsky, quien por personalidad y antecedentes, “is the right stuff”: ingeniero aeronáutico, experto en materiales de la CNEA, “años de vuelo” en proyectos clave de la agencia espacial criolla. Y es que desde 2016 la CONAE ya sufrió un cambio de ministerio (hoy está en el MinCyT) y dos años de congelamiento presupuestario: no toleraría un doble comando.
Varotto viene lidiando con cambios generalmente para peor desde 1971, cuando en una CNEA que el país mimaba con presupuesto y protegía con orgullo, era un postdoctorado en Ciencia de Materiales, disciplina que entonces mezclaba de modo irreverente la metalurgia ingenua con la mecánica cuántica. Al Petiso la vida académica le quedaba más chica que sus escarpines de los 4 años: quería fundar una empresa basada en el conocimiento nuclear. Como en la CNEA fundacional amaban a los locos, pudo fundar sin ruido el Proyecto de Investigación Aplicada (PIA) en el Centro Atómico Bariloche. Otro salto cuántico.
El PIA dio origen a su vez, en 1974, a la empresa INVAP, fundada con U$ 5000 dólares de capital. Los ya canosos fundadores, entre ellos el proto-prócer Héctor “Cacho” Otheguy, suelen ocultar esa cifra porque les da vergüenza. Y es que el primer y principal proyecto fue tan secreto como exitoso y se hizo con muy poca plata y preponderancia de componentes tan sofisticados que se podían comprar en las casas de repuestos de automóviles. Eran un poco precarios, pero La Embajada, que monitorea la compra de ciertos sistemas exquisitos, no se anoticiaba de nada raro.
El proyecto madre de INVAP fue el enriquecimiento de uranio, revelado al mundo en 1983, a semanas de que asumiera el presidente Raúl Alfonsín, y a un año y medio de haber perdido una guerra contra el Reino Unido (y por ende, legalmente, contra el resto de la OTAN). Todos los desastres y conquistas posteriores del Programa Nuclear Argentino derivan de ese hecho: sabemos enriquecer uranio. Lo hagamos en la práctica o no, y a qué grado, no pensamos olvidarnos.
Por eso, con tal de que no enriquezcamos uranio “at home”, los 5 países que forman el Consejo de Seguridad de la ONU nos dejan comprar tanto uranio enriquecido al 20% (grado reactor) como pidamos, sin quitarnos un segundo la lupa de encima. Gracias a esas compras, podemos exportar ese tipo de plantas. Salen poco pero pagan bien: Holanda deberá abonar unos 400 millones de euros por el reactor PALLAS que construiremos en la aldea costera de Petten.
No haberse olvidado de cómo enriquecer es fundamental: el mundo nuclear es muy caníbal, y la Argentina ya sufrió dos boicots de combustibles justamente cuando exportó sus dos primeros reactores a Perú. Hoy nadie le compra un caballo a un vendedor que no puede garantizar la provisión de pasto. No aprendimos a enriquecer uranio porque es un deporte chic. Lo hicimos para exportar fierros impresionantes y necesarios. Da plata y cambia la imagen.
A INVAP, que vive sin subsidios y de lo que factura, se la trató de cerrar de todos los modos posibles. La OTAN no se olvida de que nosotros seguimos sin olvidarnos de cómo enriquecer uranio. En tiempos de Alfonsín, la CNEA la dejó totalmente sin contratos. En tiempos de Carlos Menem y como INVAP se negaba a morir, el canciller Guido Di Tella le prohibió también exportaciones millonarias (y supervisadas por la ONU) de tecnología pacífica de combustibles de reactor a Irán. Luego en 1993 el mismo canciller saboteó una “joint venture” con Turquía para fabricar en serie y exportar masivamente centralitas nucleares compactas CAREM, sociedad tejida pacientemente por el embajador Adolfo “Chinchín” Saracho y que en 1988 toda la élite política y de negocios turca descontaba como cosa hecha.
Eso fue un trauma que los nucleares argentinos tardaron 23 años en remontar: el prototipo de 27 MW del CAREM sólo se empezó a construir en 2011, al lado de las Atuchas I y II, en Lima, provincia de Buenos Aires. En 1992, ya al borde del cierre, INVAP tuvo que echar a 800 de sus 1100 expertos, y entre aquella desconsolada multitud se fue El Jefe. Quedó Cacho Otheguy, todavía sin canas, para salvar lo que se pudiera. Varotto pareció bajarse del ring, pero estaba buscando nuevos combates, y la oportunidad se le dio en 1994.
En aras de liquidar toda tecnología dual -es decir, la que tiene usos tanto civiles como militares- argentina, el gobierno del Dr. Carlos Menem había empezado por clausurar la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), organismo dependiente de la Fuerza Aérea. Desbandó los elencos humanos y destruyó físicamente los prototipos de su proyecto chiche: el cohete de dos etapas Cóndor II, bastante dual por su tipo de combustible (sólido, de bajo impulso específico, pero se dispara a toque de botón). En lugar de la CNIE, por asuntos de imagen, Di Tella hizo la CONAE, que debutó como la primera agencia espacial en la historia mundial fundada para no hacer un cohete.
El embajador que la dirigía, típico exponente de la “línea Revlon” (Londres, París, Nueva York) de nuestra cancillería, hacía casi un punto de honor de no entender un comino de fierros. Como imagen, aquello era ridículo incluso para los estándares de incumbencias de la época.
Aquel jefe olvidable cedió paso a un astrónomo, el Dr. Jorge Sahade, un habilidoso urdidor que no estaba dispuesto a que lo cubriera el polvo de la contemplación académica. Sahade reflotó un proyecto de Manuel Sadosky archivado en tiempos alfonsinistas: el satélite de investigación cosmológica SAC-B. Sahade lo veía no tanto como astrónomo, sino como un modo de retener algunos expertos de la vieja CNIE y aprender ingeniería satelital de la propia NASA. En 1994, Varotto sustituyó a Sahade con un plan MUY revolucionario para la época: los satélites debían mirar para abajo, observar la Tierra, no el cielo, dar servicios y ganancias, no “papers” en congresos. Propuso el SAC-C, un satélite todavía hoy complejísimo, con la agricultura argentina como beneficiario principal. Y logró vendérselo… ¡a Domingo Cavallo!
Varotto profundizó la transferencia de tecnología con la NASA, pero pagó un precio. Por falta de oportunidades de lanzamiento más decentes dejó que la agencia espacial estadounidense subiera el SAC-B heredado de Sahade a un lanzador experimental (el Pegasus XL) y se bancó que el maldito cohete hiciera fracasar nuestro satélite. Éste llegó a órbita pero no logró desplegar sus «alas» fotovoltaicas: el Pegasus, lleno de “glitches”, se le había quedado pegado a la espalda, sin expulsarlo debidamente. En el par de órbitas que logró hacer antes de agotar su carga de batería inicial, sin embargo, el SAC-B mostró que funcionaba al 100% de sus sistemas. Ergo, estaba bien construido.
Padre dos veces de la misma criatura
Imagen “de prensa” del SAC-C en vuelo. Fue el primer satélite hiper-complejo de observación de la Tierra: en lugar de 2 sensores (el standard normal de la NASA) llevaba 11. Programado para durar 5 años en óbita baja, duró 13. Tan robusta era su plataforma de servicios que la NASA la usó en 2010 como soporte de un radar pasivo en banda L de U$ 250 millones de dólares para medir salinidad en los mares, el satélite SAC-D Aquarius.
El detalle interesante a aclarar de esta historia: el SAC-B había sido construido por INVAP. Los U$ 15 millones que Varotto le dio, vía CONAE, a la empresa que él mismo había creado 20 años antes, le sirvieron en 1994 para mantenerse viva en una Argentina entre distraída y hostil hasta que “la salvó el estado”. En este caso, el estado egipcio, que le compró un considerable reactor nuclear ETRR de 22 MW, actualmente en funcionamiento en Inshas, en extramuros de El Cairo. Con INVAP, Varotto fue padre dos veces de la misma criatura.
La criatura nunca la tuvo fácil. Vender reactores para fabricar radioisótopos es como ser joyero especialista en mitras papales: se factura bien, pero el tiempo entre una licitación y la siguiente puede ser largo, y la competencia resultar feroz. Con el contrato que le dio Varotto, INVAP logró diversificarse de empresa básicamente nuclear a empresa también espacial, y luego aeroespacial. Los satélites realmente importantes por sus capacidades y la cantidad de países asociados, el SAC-C y el SAC-D, también otorgados por Varotto a la PyME barilochense, la ayudaron no poco en su pobreza, que rebrotó con el exitoso «final de obra» en Egipto… hasta que en 2000 volvió “a salvarla el estado”.
El estado australiano. Le compró el reactor OPAL. Éste opera desde 2006 en Lucas Heights, Sydney, y es considerado el mejor del mundo porque con sólo 20 MW produce tantos radioisótopos que Australia se propone copar con él un 40% del mercado mundial, no se rompe, y además tiene grandes capacidades extra en fabricación de silicio para microelectrónica, investigación aplicada en ciencia de materiales, y entrenamiento de científicos.
INVAP suele pasarla mal durante las presidencias muy liberales: los cancilleres y la OTAN recuerdan bien su pecado original: se fundó para enriquecer uranio. Además, en el Hemisferio Norte no hace maldita la gracia que la mínima INVAP ande ganando licitaciones en las que sólo deberían triunfar empresas gigantes de «países serios»: General Atomics de EEUU, SIEMENS de Alemania, ARÉVA de Francia, ROSATOM de Rusia, AECL de Canadá o KAERI de Corea del Sur. Acaso para aplacar chirridos en el Norte, el gobierno del presidente Mauricio Macri le quitó a INVAP el 94% de su facturación de 2015 en radares de todo tipo y en sistemas aeronáuticos robóticos, además de asestarle la cancelación (definitiva) de los satélites de comunicaciones de la empresa ARSAT.
Hoy INVAP está nuevamente sin poder pagar sueldos, pero por tercera vez en su vida volvió “a salvarla el estado”. El estado holandés, dado que la firma rionegrina habia concursado allí en 2008 y ganado. Entonces Holanda canceló el proyecto por la crisis de Lehman Brothers y “las subprimes”. En 2014 volvió a llamar a licitación, y en enero de 2018 INVAP volvió a ganarle a los mismos finalistas (Rusia y Corea del Sur) de 2008.
Con toda esta historia argentina propia y ajena encima no puede extrañar que Varotto se jubile este año. Tampoco puede extrañar, a quien conozca un poco el personaje, que lo haga “ma non troppo”.
A futuro
Sí, esa especie de frontón de pelota paleta es una antena de radar espacial en banda L de 1500 kg. Costó lo suyo construirla. El satélite total pesa 3 toneladas: es el SAOCOM-1A.
Al frente de la CONAE queda un varottista bien testeado: el Dr. Raúl Kulichevsky. Es probable que haga con la agencia lo que vino haciendo su mentor desde 1994: lo que se puede, lo que lo dejen… y más. Como es costumbre en la CONAE, Kulichevsky deberá partir un pelo en cuatro, multiplicar los panes y los peces, pagar sueldos modestos por trabajo exquisito y dejar proyectos críticos en el freezer para sacar al menos uno adelante. O si puede, dos. Como un pequeño botón de muestra de las dificultades, INVAP liquidó en cuotas los sueldos de marzo, como informamos
Una panorámica del SABIA-Mar 1, satélite que casi seguro se empezará este año. Cuando se terminará, vaya a saber.
Si bien doy por asegurado el inicio del SABIA-Mar 1, no me ilusiono con su compleción. La Argentina lo necesita para monitorear erosión de costas, mareas rojas, “booms” de medusas y sobrepesca. Son asuntos en los que estamos perdiendo miles de millones de dólares/año. Imposible saber cuánto por turismo que busca mejores playas en el exterior mientras las nuestras van desapareciendo. No sería raro que estemos perdiendo U$ 1600/año solamente por sobrepesca, actividad básicamente a cargo de España, que maneja el Mar Argentino como propio.
Pero no hay quién mida estos deterioros. Hasta ahora, no son temas que desvelen a la dirigencia argentina. ¿Podrá Kulichevsky lidiar con un desinterés crónico del país por su propio mar? Esa indiferencia ya era vieja antes de la derrota de Malvinas, pero luego se agravó como trauma de posguerra. Varotto no pudo contra eso. Hace casi dos décadas que ideó la misión SABIA-Mar con Brasil, entre otras cosas para tener una marca: “satélites Mercosur”. Brasil, sin embargo, no estuvo interesado. Tampoco hizo mucho por tener un “lanzador de satélites Mercosur”.
En cuanto al Tronador II, Varotto quiso usar propelentes militarmente inútiles pero avanzados para la primera etapa: ketorolox, es decir querosene como combustible y oxígeno líquido como comburente. Sin embargo, estuvo siempre constreñido por temas presupuestarios, de modo que debió saltar al menos tres prototipos llamados Vex (Vehículos Experimentales), y pasar del 2do en 2014 al 6to “non stop”, sin testeos intermedios hasta 2017. Demasiados saltos cuánticos.
En abril de aquel año, el porrazo: ese experimento explotó delante de las narices del presidente Macri en el Centro Espacial de Pipinas, provincia de Buenos Aires. El mandatario no pareció compungido: ya como candidato había llamado “empresas innecesarias” a casi todas las iniciativas espaciales argentinas, incluidos los satélites de ARSAT, que recaudan sus buenos U$ 70 millones/año. En la visión presidencial, los servicios espaciales se compran afuera. En la de Hispasat, que va por el dominio de los cielos sudamericanos, nuestro país no debería tener satélites de telecomunicaciones propios. Y en la visión de la OTAN, la Argentina no debería tener ningún cohete propio, aunque sea militarmente inútil.
Kulichevsky tiene herencia varottiana. No se conformará con lo obvio y ya hecho. Tratará de ir por más. Habla de comprar motores rusos para reflotar el programa Tronador II, siempre que haya transferencia de tecnología, y de armar un satélite meteorológico regional, en el que por ahora sólo parece interesado Perú. Serán tiempo duros, pero en tiempos también duros nació la CONAE y se forjaron sus recursos humanos, y se logró una capacidad de diseño complejo en observación de la Tierra que en la región por ahora sólo tiene la Argentina. Como muestra el SAOCOM 1A.
Blanco sobre negro, Varotto sigue en la agencia. En espíritu y cuerpo.
Una última anécdota y no hincho más. En 1943 Luigi, padre de “nuestro” Varotto, estaba en el frente cuando lo capturó la Wehrmacht y se lo llevó prisionero a Alemania. Su hijo Franco lo había visto una única vez, cuando tenía un mes de vida.
Lo volvió a ver en 1945, cuando regresó como pudo a Brugine, en la provincia de Padua. Franquito tenía 4 años y lo estaba esperando en la calle. El corazón se le salía por la boca. Luigi venía caminando entre otros dos hombres y El Petiso (entonces doble petiso) le preguntó a su madre: “¿Pero cuál es mi papá?”. “El del medio”. El pibe corrió como una liebre, le saltó a los brazos a aquel hombre y le apretó los cachetes: “¡Te conozco, vos sos mi papá!”, le gritó.
En el ámbito nuclear y espacial, hoy eso al Petiso Varotto se lo gritamos unos cuantos.